Dulce Dueño

Part 4

Chapter 43,821 wordsPublic domain

--Catalina, cuando te miraba ayer, pensaba en tu forma, en las apretadas nieves de tu busto, en el aroma de tu cabellera. Hoy pienso en que eres fuerte y sabia y en que el hombre á quien recibas puede descansar en ti para la voluntad y el consejo. Yo tengo momentos en que me siento capaz de adueñarme del mundo; pero, según Helios avanza en su carrera, desfallezco y anego mis ansias de engrandecerme en el vicio y en la sensualidad. Necesito un sostén, una mano amada que me guíe. Mi socio Constantino está fortalecido por el apoyo de su madre. Yo no tengo á nadie; á mi alrededor hierven los traidores, que si les conviene me apuñalarán ó me ahogarán en el baño. Desconfío de todos, porque conozco sus vicios, iguales á los míos. Tú eres incapaz de felonía. Unido á ti seré otro; recobraré la totalidad del poder que hoy reparto con Licinio, el árbitro de Oriente, y Constantino, el hijo de la ventera, á quien aborrezco. ¡Y, ejerciendo ya el poder sumo, extinguiré la persecución, toleraré vuestros ritos, como hace él, que es ladino y ve á distancia! Hasta tomaré la iniciativa de que se le erija al Profeta de Judea un templo tan esplendoroso como el Serapión. Tú pondrás la primera piedra con tus marfileñas manos. Y si quieres más, más todavía. Dicen que para ser de los vuestros hay que recibir un chorro de agua pura en la cabeza. No quedará por eso. ¿Ves adónde llego, Catalina? ¿Ves cuál servicio se te ofrece ocasión de rendir á tu Numen y á los que como tú siguen su ley? ¿No es esto mejor que sufrir por él la centésima vez, sin eficacia, garfios y potro?»

--En Dios y en mi ánima juro--no pudo reprimirse más Polilla, que no se desahogaba lo bastante con garatusas y balanceos de cabeza--que su Majestad don Maximino era en el fondo buena persona, y hablaba como un libro de los que hablan bien. Ya verán ustedes cómo su Alteza doña Catalina va á salir por alguna bobaliconería, porque estas mártires no oyen razones...

»Catalina, un momento, suspendió la respuesta. Se recogía, luchaba con la tentación poderosa, ardiente. Su ancha inteligencia comprendía la importancia de la proposición. Más de tres siglos heroicos habían madurado y sazonado al cristianismo para la victoria, y acaso era el momento de que se atajase la sangre y cesasen las torturas. La lucha continuaría, pero en otras condiciones, y Catalina se veía á sí misma en una cátedra, en la abierta plaza pública, enseñando la verdad, confundiendo herejías, errores, supersticiones y torpezas; ó en el solio, cobijando bajo su manto de Augusta á los pobres, á los humildes, á los creyentes, á los antiguos mártires que saldrían del desierto ó de la ergástula á fin de que sus heridas por Cristo fuesen veneradas por la nueva generación de cristianos ya victoriosos y felices... En el ensueño íntimo de Catalina surgía el templo á Jesús Salvador, doblemente magnífico que el Serapion,--del cual se decía que estaba colgado en el aire, y en cuya sala fúnebre subterránea yacían los restos del blanco buey idolatrado.--Acaso fuese posible purificar el mismo Serapion, expulsar de allí al numen bovino y elevar en su cima la Cruz. Una palabra de Catalina conseguiría todo eso. Por ella, el César cristianizaría al Imperio inmenso, y, realizándose las profecías, confesaría al Señor toda lengua y le rendiría culto toda gente, desde las frígidas comarcas de Scitia hasta los arenales líbicos. ¿Quién impedía?...

Lo impedía un anillo, que un niño había ceñido á su dedo, y una especie de latido musical, que allá dentro, más adentro del mismo corazón, repetía, lento, suave, como una caricia celeste:

--Eres hermosa... Te amo... Eres mía, mía...

--Maximino...--articuló pausadamente--, me avengo gustosa á lo que me ofreces: seré tu consejera, tu amiga, tu hermana, tu socia. Pero... en cuanto á ser tu mujer... tengo dueño, y dueño tan dulce y tan terrible, que no me permitirá la infidelidad. Tengo Esposo...--Y, moviendo el dedo, hizo fulgir el anillo.

--¿Te burlas, princesa? Haces mal, porque Maximino te ha hablado como nunca volverá á hablar á nadie. ¿Acaso no eres virgen?

--Virgen soy y seré.

--Serás mi emperatriz. Ya te he dicho que por ti iré hacia tu Profeta crucificado. Mil veces he sentido que los dioses de Roma no me satisfacen. Quizás prefiero á Serapis. Preferiré, sin embargo, al tuyo. Pero tráeme la fe entre tus labios. La suma verdad está en lo que amamos, en lo que exalta en nosotros la felicidad. ¿Otro sorbo, princesa?

--César...--insistió ella rechazando la copa--no sé si me creerás; yo, aunque tengo dueño, te amo también á ti; amo á tu pobre alma obscura que ha entrevisto un rayo de claridad y vuelve á cegar ahora. Líbrate de la horrible suerte que te aguarda. Tu porvenir depende de tu resolución. No pasará mucho tiempo sin que Cristo tenga altares y basílicas en el Imperio y en toda la tierra. El emperador que realice esta transformación vivirá y vencerá, y su nombre llenará los siglos. El que se oponga, no morirá en su lecho, y acaso morirá de su propia mano. ¡Cuidado, Maximino! La suerte va á echarse. Conviértete, pide el agua--, pero sin exigirme nada, sin disputarle á Jesús su prometida. He sido tentada, pero resistiré.

Maximino palideció de cólera. Decadente hasta en la pasión, no tenía ni el arranque brutal necesario para estrechar á la princesa con brazos férreos, para estrujarla con ímpetu de fiera que clava las garras, hinca los dientes y devora el resuello de su presa moribunda. Un vergonzoso temblor, un desmayo de la voluntad lacia y sin nervio le incitaba á la crueldad, á la venganza de los débiles y miserables.

--Basta, princesa; no te disputo ya al Esposo imaginario á quien llamas é invocas. No soy un faenero del muelle, ni un soldado de la hueste tracia, y no te amarraré con soga á un lecho de encina, para ultrajar tu escultura maravillosa. A Maximino también se le alcanza algo de exquisiteces, sobre todo cuando no ha sepultado su razón maldita en el jugo de las vides y en el peligroso hondón de las ánforas. Has visto á un Maximino Daya que sólo existió para ti. Respeto en ti, ¡oh, Catalina!, el mismo respeto con que te hice proposiciones: respeto tu zona virgínea, tu anillo milagroso de desposada. Pero respeto también la ley, y he de cumplirla.

Palmoteó tres veces. Algunos hombres de su guardia se presentaron.

--Que vengan los sacerdotes de Apolo. La princesa tiene que incensar al Numen. Si no obedece á la ley, que sufra su peso.

* * * * *

Catalina, penetrada de gozo repentino, segura ya de su ruta, se enderezó y se envolvió, erguida y altanera, en el albo y argentado velo. El César se retiraba poco á poco; en el incierto avance de sus piernas se descubría la indecisión del ánimo. Una exclamación compasiva de la virgen espoleó su vanidad. Encogióse de hombros; hizo con la siniestra el ademán del que arroja algo lejos de sí y se alejó á paso activo, desigual, airado. Minutos después dió órdenes. Aquella noche, festín. Y los mejores vinos, y las saltatrices y meretrices más expertas.

Entre los sacerdotes, que todavía la trataban con sumisa cortesía, Catalina volvió al extenso patio, en cuyo costado se erguía la imagen del Dios. La organización estética de la naturaleza de Catalina se reveló en su actitud ante el simulacro. Generalmente, los cristianos, al encararse con las efigies de los Dioses de la gentilidad, hacían gestos de repulsión y reprobación. Entonces como ahora, existían los incomprensivos y los que comprenden con finura. La princesa no apartó los ojos, antes al contrario, pareció admirar breves momentos la obra maestra de Praxíteles, considerando que aquella escultura era nobilísima representación del cuerpo humano, hecho á imagen y semejanza del Creador y bajo cuya envoltura se ocultó y padeció la divinidad de Cristo.

El hijo de Latona, airoso, cercada la sien por la artística maraña de sus rizos grandiosamente ensortijados; avanzando un pie de corte tan elegante, curvado y prolongado, que se diría que hollaba nubes, en vez del mármol rojo del pedestal, empuñaba con la diestra el Arco de plata, y con la siniestra echaba atrás el manto de armoniosos pliegues, que una fibula sujetaba al hombro. Profirió Catalina algunas frases de elogio y aun de simpatía. ¿No era aquél el símbolo de la más perfecta y maravillosa de las criaturas, del Sol que fecundiza los campos y sazona la mies, que da el pan del cual viven los hombres, alabando al Señor y disfrutando de los sabores sanos de la vida?

Mas no lo entendió así el viejo pontífice de Helios, que tendió á la princesa la cazoleta humeante. Ella la rechazó suavemente, sin indignación ni menosprecio. El pontífice no podía elevarse á la interpretación científica del mito solar: ¡era un sacerdote ritualista; una fórmula, el incienso... y, si no, la muerte! Y tres veces hizo Catalina con la mano el gesto que la sentenciaba; el gesto con el cual se despedía de su mocedad en flor, de su existencia inimitable, de sus estudios elevados que aristocratizan el pensamiento; del arte, de la belleza visible y gaya y varia, presente en el arbusto odorífero y en la cincelada copa...

--A tí voy, ¡oh hermosura incorruptible! ¡Dulce dueño, voy á ti!

La retiraron del patio y la encerraron, no en hórrida mazmorra, sino en una estancia pequeña, sin ventanas, contigua al cuerpo de guardia, por precaución de que los cristianos, alborotándose, intentasen darla libertad. Y el pontífice convocó á los sacerdotes y á algunos funcionarios y aun sabandijas del palacio, como aquel sofista Gnetes, primer derrotado en la liza filosófica; y reunidos en conciliábulo, deliberaron sobre la suerte de la nueva galilea. Á medias palabras convinieron en que el César estaría ebrio aquella noche, y que si no debían cumplirse, por advertencia de él mismo, las órdenes que diese en su embriaguez, nada impedía ejecutar las proferidas antes. Catalina pertenecía ya á los jueces y á los sacerdotes, á cuyo brazo vengador la había relajado Maximino. Ó se retractaba ante el tormento y el suplicio, ó se ejecutaría lo mandado. Y había entre los deliberantes un tácito instinto de apresurar, porque temían que á la mañana siguiente, el tantas veces irresoluto César cambiase de parecer, lo cual se interpretaría como indicio del miedo á los cristianos y á los serapistas, partidarios del tiranuelo Costo. La religión oficial necesitaba herir, dar un golpe de fuerza, imponerse. Con nadie mejor que con la orgullosa Catalina.--Y les quedaba la esperanza de una retractación, ante un martirio que procurarían horrificar y encruelecer. La victoria filosófica obtenida en el certamen por la mañana era de deplorable efecto en Alejandría para las creencias del Imperio. Los cristianos efervescían, al correr la voz de que se iba á atormentar á la doncella. No se debía dar tiempo á que se conchabasen y tramasen un complot; el hecho tenía que realizarse la misma noche... ¡Qué triunfo, si en presencia de los instrumentos de tortura, la sábia renegase del Galileo!

Y Gnetes, sacando su cabeza de tortuga del hondo de su corcova, opinó:

--El único modo de reducir á una hembra tan soberbia sería amenazarla con una excursión forzosa al lupanar, ó con una fiesta del Panoeum, en que ella hiciese de ninfa y nosotros de capripedes.

Varios sacerdotes jóvenes y cortesanos aprobaron, prometiéndose una noche divertida; pero el pontífice, cauto, reprobó. No, era necesario irse con pies de plomo: Costo tenía poder, muchos partidarios entre los nacionalistas egipcios, y al regresar de su viaje, si se conformaba á los rigores de la ley con su hija, podría no avenirse á tolerar el escarnio. No estábamos en la augusta Roma, sino en una ciudad donde la mayoría de los habitantes todavía barniza con nafta á sus muertos, y donde los inmundos cristianos roen y socavan, como topos, el pavimento y los cimientos del templo apolínico. La virgen es peligrosa. Cuanto antes, y sin aventurarse á ninguna fantasía, desembarazarse de ella. Ó reniega ó perece.

Fué llamado ante la junta el verdugo mayor, el etíope Taonés. Preciábase de maestro en su género, y, recientemente, con artificio salvaje, había inventado varios instrumentos para martirizar; ciertos peines de hierro de púas cortas, con los cuales se procedía á un verdadero despellejamiento, sin ahondar, á fin de evitar la muerte rápida.

--El dios Apolo--se envanecía el negro--hubiese debido pelar así á Marsias. El sátiro sufriría infinitamente más.

El pontífice, atento al aspecto político de la cuestión, le encargó que idease una tortura en la cual no necesitasen los sayones poner la mano sobre la mártir, y que sin embargo fuese aterradora. Después de meditar, pidió Taonés carpinteros y herreros y se encerró con ellos, dirigiendo su labor. Una ó dos horas bastaron para construir la máquina. Era un aparato sencillo, ingenioso. Formábanlo cuatro ruedas, guarnecidas al exterior de agudas puntas de clavos, cuchillos y alambres, sólidamente encastradas en la madera. Desde lejos, una cuerda unida á una manivela ponía las ruedas en movimiento, y entre el doble juego del artefacto cabía un cuerpo humano de pie; de suerte que, al giro rotatorio, pecho, espaldas, hombros, muslos, quedarían desgarrados. A la tercer vuelta del infernal artificio, sería la mártir una sanguinolenta masa, y piltrafas de su carne colgarían de las ruedas, sin que tuviera ninguna herida mortal, pues Taonés, fiel á sus principios, había embutido profundos los clavos y las puntas.

--Hoy mismo--insistía angustioso el pontífice--. En la demora está el riesgo. Además de los filósofos á quienes ha embaucado la princesa, dícese que se ha hecho cristiano, después de la controversia, Porfirio, coronel de la primera legión. Se derrumban las aras de los Dioses, si no las apuntalamos. No se le pregunte más al César. ¿No ha dado la orden? Pues basta.

Y Gnetes sugirió:

--Al terminarse el banquete, el César _estará en estado de presenciar_...

Hacía dos ó tres horas que la noche sin crepúsculo de Egipto convertía el cielo en negro zafiro tallado en hueco, salpicado de fúlgidos diamantes, cuando sacaron de su encierro á Catalina para conducirla al patio, donde sería juzgada.

Venía quebrantada la color por la abstinencia, pues, suponiendo que moriría presto, guardaba ayuno; y además, por el miedo á flaquear en el supremo trance. Interiormente invocaba al Esposo:

--No me desampares. No desprecies mi cobardía. ¡Tú sudaste sangre al ver el cáliz! No consientas que arranquen mis ropas, que afeen mi rostro. Tú eres la hermosura...--La hermosura ideal, Catalina--creyó oir dentro de su mismo corazón. Y elevó la frente, recobrada su arrogancia, su calma estoica.

A pesar del secreto que se había querido guardar, detrás de la baranda se agolpaba no poca gente. Los interrogatorios de los mártires, sus torturas, su ejecución, eran actos que no podían realizarse á puerta cerrada. Se guardaban formulismos de legalidad. A la luz rojiza de las antorchas y á la amarillenta de los lampadarios, Catalina apareció, y una marea alborotó al gentío. Su aro de esmeraldas destellaba vívido. Sonreía.

Maximino presidía el tribunal--, pero sin conciencia de lo que iba á suceder--. Salía de la mesa, coronado de hiedra y rosas marchitas, completamente embriagado, y destuetanado además por caricias diestramente impuras. La escena se le aparecía como al través de un velo de niebla. De tiempo en tiempo derrumbaba la cabeza hacia atrás, y cogía una soñarrera momentánea.

A la invitación á incensar, respondió Catalina con desdeñoso gesto. Entonces, Taonés, seguido de sus ayudantes, entró por una puerta lateral. Traían la máquina, y el público emitió una exclamación larga, obscura. Quizás protestaban; quizás suspiraban de placer ante la peripecia del drama interesante. Los verdugos se acercaron á la princesa. El vaho de sudor y desaseo de Taonés la hizo retroceder mecánicamente. Una risa silenciosa descubrió los blancos dientes de dogo del etíope. Sabía que las joyas y preseas del ajusticiado eran suyas de derecho, y renegaba de las cristianas vestidas de lana, sin ajorcas, sin sartas, sin adornos. ¡Siquiera esta era una galilea magnífica, ostentosa! Hizo una señal á su primer ayudante Sicamor para que, al amarrar á Catalina, arrancase la diadema de orientales, inestimables _barekets_, los copiosos hilos de perlas, gruesas como ojos de grandes peces, y, sobre todo, la famosa de Cleopatra. Si no le concedían tal enorme tesoro, por lo menos mucho valdría el rescate. Mientras un sayón rodeaba las muñecas de la mártir con ligero cordelillo, Sicamor, espantado, se acercó al oído de Taonés.

--No puedo obedecerte, maestro... Mis dedos han pasado al través de las esmeraldas y las perlas sin poder asirlas... Son aire...

--¿Te han enloquecido los dioses?

--¡Te digo que son aire!...

--¡Aún es tiempo, Catalina!--reiteró el pontífice, insinuante.--Aún puedes postrarte ante los Númenes sagrados.

Otra vez la bella cabeza negó... Taonés adaptó el cuerpo á la máquina: Catalina misma ayudó, colocándose según convenía. Un punto, Maximino pareció sacudir el sueño, y preguntó qué era aquello, qué significaba el extraño mecanismo. Antes de enterarse de la respuesta, los vahos de la borrachera se espesaron, y repantigándose, abierta la boca, roncó. Para cubrir los ronquidos imperiales y los ayes de la víctima, el pontífice dispuso que los músicos adscritos al templo de Helios tañesen flautas y agitasen sonajas violentamente. Y el verdugo, haciendo girar la manivela, puso las ruedas en movimiento.

Un relámpago de chispas agudas, un torrente de carmín, difluyendo y empapando el cándido ropaje de la filósofa... Del gentío se destacó un hombrecillo negruzco, desharrapado, con dos brasas por pupilas. Enhebrándose entre los balaustres del barandal, logró acercarse á la virgen que, toda sangrienta, miraba al firmamento metálico, cual si buscase los ángeles que habían de sostenerla en la prueba. El solitario alzó su mano de cecina, trazó en el aire la cruz... Y la máquina horrible saltó desbaratada, despedida cada rueda hacia distinto punto, hiriendo á los jueces, á los verdugos, á los espectadores y á los sacerdotes del Arquero...

La confusión fué tal, que el pontífice juzgó hábil aprovecharla. Mandó á Taonés, pues había estado tan torpe en construir, que apresurase el final; y el negro se atrevió á separar el velo ya desgarrado por mil partes y á tomar en su izquierda mano, donde apenas cabía, el raudal de la mata de pelo de la princesa, enrollándola y afianzándola vigoroso. Catalina comprendió. Su corazón latió y anheló como paloma torcaz apresada.--Voy á ti--suspiró, mirando el aro luminoso del impalpable anillo que rodeaba su dedo. Bajó la frente; la corva espada del verdugo describió un semicírculo y cayó, tajadora, sobre la nuca. El público, cogido de sorpresa, rugió, gritó insultos á Apolo, fingido numen, al César-cerdo que seguía roncando. Taonés, alarmado, soltó el largo pelo y la cabeza de Catalina, que cayó cercada del magnífico sudario de su cabellera, tan luenga como su entendimiento, y como él llena de perfumes, reflejos y matices. Del tronco manaba un mar, no de sangre bermeja, sino de candidísima, densa leche; las ondas subían, subían, y en ellas se hundían los pies de los verdugos, y ascendían hasta más allá de los peldaños de la plataforma, y se remansaban en lago de blancor lunar, hecho de claridades de astro y de alburas de nube plateada y plumajes císneos. El cuerpo de la mártir y su testa pálida, exangüe, perfecta, flotaban en aquel lago, en el cual los cristianos, sin recelo ya, bañaban su frente y sus brazos hasta el codo, empapaban sus ropas, refrigeraban sus labios. Era el raudal lácteo de ciencia y verdad que había surtido de la mente de la Alejandrina, de sus palabras aladas y de sus energías bravas de pensadora y de sufridora. Y como si aquella sangre fuese licor fermentado y confortado con especias que los exaltase, la indignación hirvió entre los partidarios de la fe nueva y entre los mismos serapistas, que con ellos simpatizaban, porque ya la conciencia se saturaba de cólera y protesta ante la prueba tres veces secular de los martirios; y, enseñando los puños al César aletargado y á su guardia, vociferaron: «¡Muerte, muerte al tirano Maximino!» La guardia, desnudando sus cortas espadas romanas, dió sobre los amotinados, que hicieron cara, sin armas, con los puños. Y mientras luchaban, Maximino, repentinamente desembriagado, miraba atónito, castañeteando los dientes de terror frío, el puro cuerpo de cisne flotando en el lago de candor, la cabeza sobrenaturalmente aureolada por los cabellos, que en vez de pegarse á las sienes, jugaban alrededor y se expandían, acusando con su halo de sombra la palidez de las mejillas y el vidriado de los ojos ensoñadores de la virgen... Á la memoria del emperador, las profecías retornaban; sin duda el Dios de Catalina era más fuerte que Apolo, que Hathor, que Serapis, que el mismo Imperio de la loba--y le había sentenciado á perder trono y vida, á desastroso fin, á la derrota de sus enseñas y á que todas sus ambiciones se frustrasen.»

El canónigo suspendió el relato, ó mejor dicho, parecía darlo por concluso.

--¿Y el cuerpo de la princesa?--preguntó Lina--. ¿Qué paradero tuvo?

--¡Ah!--respiró el Magistral--. Eso lo digo en las notas. Los ángeles lo enterraron en el monte Sinaí, donde fué venerado largo tiempo. Sin duda los cristianos de Alejandría trataron de que el precioso despojo no sufriese ninguna vicisitud, pues en aquella ciudad, hasta muy entrado el siglo V de la Iglesia, el encono de las luchas religiosas y filosóficas no cedió, y la faz opuesta del martirio de Catalina fué la lapidación de Hipatia.

--¿Y el matador de Catalina? Creo recordar que á ese Maximino Daya le suprimió Constantino.

--Diré á usted. Constantino realizó la idea genial que se le había ocurrido á su socio; se apoyó en el cristianismo y robusteció su poder. Pero no sería exacto decir que suprimió á Maximino. En la lucha entre los socios, Daya fué derrotado, y en Tarso se suicidó. También consta extensamente en las notas.

--Todo está muy bien--criticó Polilla--, excepto los milagros. Únicamente... vamos, Carranza, es preciso que usted reconozca que la historia de esa Santa del siglo III, á estas alturas, nos importa menos aún que la de Baldovinos y los Doce Pares de Francia. ¿Quién se acuerda de la hija de Costo? Hábleme usted á mí de otras cosas; de inventos, de progresos, de luz. Lo demás... antiguallas, trastos viejos... y...

--Y polilla...--sonrió Lina, azotando con su guante de negra Suecia la cara acartonada del amigo.

Fuera, había escampado. Húmedas estaban aún las piedras de la calle. Bajo un árbol, á la muriente luz de una tarde larga, encalmada, grupos de niñas, á saliente de la escuela, cantaban en corro. Su canción pasaba al través de los vidrios. Y se oía:

_Que Catalina se llama--sí, sí..._ _que Catalina se llama..._

--Escuche, escuche, don Antón..., ordenó Lina;--y las arrapiezas, con su argentado timbre de voz, continuaron:

_Mandan hacer una rueda,_ _mandan hacer una rueda_ _de cuchillos y navajas--sí, sí..._ _de cuchillos y navajas..._

Medió un corto espacio, y el fresco vocerío surtió de nuevo como agua de fuentes vivas, inagotables:

_Levántate, Catalina,_ _levántate, Catalina,_ _que Jesucristo te llama--sí, sí,_ _que Jesucristo te llama..._

Ya se encendían los faroles, y las niñas, chancleteando, se dispersaban en busca de sus hogares, donde las sopas de ajo humearían. Aún la canción, obstinada, volvía de tiempo en tiempo:

_Que Jesucristo te llama..._

II

_Lina._

I

¡Como una bomba, el notición!--Cuando traen el telegrama, estoy aseando mi cuartito, porque mi única sirviente apenas sabe pasar una escoba antipática, abarquillada de puro vieja. Desgarro el misterio del cierre, extraigo, y leo: «Ha fallecido repentinamente tía Catalina. Tú, instituída heredera universal. Vente. Farnesio.»