Part 3
--Redacta--ordenó á su secretario--un edicto para que sean ofrecidos sacrificios públicos á los Dioses. Es preciso que vayan extinguiéndose las viejas supersticiones egipcias, y atarles corto á los adoradores del Galileo, que andan envalentonados y nos desafían. Que sepan que Alejandría pertenece á Maximino.
--¡A quien Jove otorgue el imperio entero!--deseó Hipermio, que estaba presente y conocía lo que soñaba César.
--¿No te di anoche esta orden misma?
--Sí, Augusto; pero ya sabes...
Maximino frunció el ceño, y, secamente, pronunció la fórmula:
--¡Cúmplase!
En todas las esquinas de las calles, en medio de las plazas, se elevaron altares enramados de hiedra y flores, donde se degollaban con aparato becerras, cabras, novillos y hasta cerdos. Los sacrificadores y los hierofantes andaban atareadísimos. Parte del pueblo se regocijaba, porque, además de la perspectiva de los cristianos que se negarían á sacrificar y serían torturados, se celebraban ya todas las noches, en el Panoeum, priápeas sacras, y las sacerdotisas, representando ninfas, y los sacerdotes, envueltos en pieles de chivo, daban el ejemplo de torpezas que divertían á la gentuza. Sin embargo, no pocos fieles á Serapis y á la gran Isis veían con reprobación estas mascaradas repugnantes, y los cristianos, horrorizados, anunciaban fuego del cielo sobre la ciudad. Muchos, sin miedo, resistían el sacrificio, ó pasaban erguidos sin dar señal de respeto á los númenes; y las cárceles empezaron á abarrotarse de presos. El César sentía la falta de unidad: tres Alejandrías, en vez de una Roma, le preocupaban. ¿Irían á sublevársele? Ordenó que se soltase á la mayor parte de los encarcelados, y preguntó ansiosamente:
--¿Y la princesa Catalina? ¿Cumple el decreto?
--No, Augusto--satisfizo Hipermio--. Delante de su palacio no hay altar, á pesar de que se le ordenó que lo construyese, con la riqueza que tan espléndida morada exige.
--Es preciso que hoy mismo se me presenten aquí ella y su padre.
--César..., en cuanto á su padre, no creo que pueda ser acatado tan pronto tu mandato, porque se ha ausentado, nadie sabe adónde, después de decir que, aun cuando sus creencias son las del antiguo Egipto, gustoso sacrificaría á Apolo, porque le considera igual á Osiris, y, como él, representa el principio fecundador. La que se ha negado resueltamente es la princesa.
--¿Se ha negado, eh? Pues que sea conducida aquí. Deseo hablar con ella y cerciorarme de que su alto ingenio no la ha librado de caer en las supersticiones del populacho judío.
Cuando entró Catalina en la magnífica sala peristila donde el César daba sus audiencias, él la contempló, como se mira la joya que se codicia, sin atreverse á echarle mano aún. Venía la hija de Costo regiamente ataviada: su túnica sérica, del azul de las plumas del pavo real, estaba recamada de gruesos peridotos verdes y diamantes labrados, como entonces se labraban, en la forma llamada _tabla_. Sus pliegues majestuosos realzaban la figura dianesca, lanzal y erguida, que, lejos de inclinarse humilde y bajar los ojos como la mayoría de las cristianas, se enhiestaba con la altiva nobleza del que se siente superior, no sólo á la vida común, sino al común destino. La inteligencia destellaba en la blanca y espaciosa frente, en los verdes dominadores ojos, en la boca grave, pronta á dejar efluir la sabiduría. Sobre el reducido escote, pendiente de la garganta torneada, la célebre perla de Cleopatra Lagida tiembla, pinjante, sostenida por un hilo delgado de oro. Una diadema sin florones, toda incrustada de pedrería, semejante á las que más tarde lucieron las emperatrices de Bizancio, recuerda la alta categoría de la princesa. Un velo de gasa violeta pende del atributo regio y cae hasta el borde del ropaje. Su calzado, de cuero árabe con hebillaje de plata, cruje armoniosamente á la euritmia del andar.
--César, aquí estoy. Deseo saber por qué me llamas.
Maximino, indeciso, señaló á un escaño. Catalina recogió su velo, se envolvió en él y se sentó tranquila.
--Me han dicho, princesa, que te has hecho galilea hace poco tiempo.
--Te engañaron, emperador...--Después de breve pausa.--Yo era cristiana ya, desde hace años. Lo era por mis ideas platónicas, por mi desprecio de la sensualidad y la brutalidad. Era cristiana porque amaba la Belleza... En fin, Augusto, creo que te aburriría si te expusiese teorías filosóficas. Espero tus órdenes para retirarme.
--No soy tan docto como tú, princesa--ironizó el César, mortificado--, pero sé que, cuando se está bajo las leyes de un Imperio, hay que acatarlas, porque de la obediencia á la ley nacen el orden y la fuerza del Estado. Cuanto más elevadas sean las personas, más estrecho es el deber para ellas. Y, con toda tu ciencia y tu erudición, hoy, delante de mí, sacrificarás una primorosa becerra blanca.
--Maximino--se afianzó ella, arreglando los pliegues del velillo--, yo, en principio, no me niego á nada que mi razón apruebe. Supongo que esto te parecerá muy justo. Convénceme de que Apolo y la Demeter son verdaderos Dioses y no símbolos del Sol, de la Tierra, de cosas materiales... y sacrificaré.
--Catalina--insistió Maximino--, ya te he dicho que no soy un retórico ni un sofista, y no he aprendido á retorcer argumentos. El combate sería desigual.
--No se trata de ti ¡oh, Augusto! Te respeto, créelo, tal cual eres. Me ofrezco á discutir, á presencia tuya, con cuantos filósofos te plazca. Si les venzo, César..., ¡prométeme que adorarás á Cristo! Hazlo, ¡oh, Dacio!, si quieres reinar largos años y morir en tu lecho.
--Convenido, Catalina. ¡Tú igualarás á Palas Atenea, pero algún sabio habrá en el orbe que sepa más que tú!
--Sabe más que todos Aquel que llevo en el corazón.
--¡Dichoso él!--Y la sonrisa del César fué atrevida, mientras eran galantes y rendidas sus palabras.
El amor propio envenenaba, en el alma de Maximino, la flecha repentina del deseo humano. Hijo de un obscuro pastor de Tracia, siempre le había molestado ser ignorante. Quisiera poseer la inspiración artística de Nerón, la filosofía de Marco Aurelio, la destreza política de Constantino. Despachó correos que avisaron en Roma, Grecia, Galilea y otras apartadas regiones á los retóricos y ergotistas famosos. La recompensa sería pingüe.
Y fueron llegando. Los más venían harapientos, cubiertos de mugre y roña, y hubo que darles un baño y librarles de parásitos antes de que el César los viese. En cambio, dos ó tres latinos drapeaban bien sus mantos cortos y alzaban la limpia testa calva, perfumada con esencia de rosa. Unos habían heredado el arte sutil de Gorgias y Protágoras, otros guardaban celosos el culto del Peripato, la mayoría estaba empapada en Platón y Filón, y no faltaban adeptos del antiguo cinismo, la doctrina que pretende que de nada humano debe avergonzarse el hombre. Al saber que se les convocaba para justar con una princesa virgen y encantadora, alguno se enfurruñó temiendo burla, pero el mayor número se alborozó y se dejó aromar la barba gris y ungir la rasposa piel. La opinión de Alejandría empezaba á imponérseles, pues en la ciudad, por tradición, se creía que la mujer es muy capaz de discurso.
El día señalado para el certamen, Maximino hizo elevar el solio en el patio más amplio de su morada, y mandó tender velarios de púrpura y traer copia de escaños. El sillón de Catalina estaba enflorecido, y pebeteros de plata esparcían un humo suave. El César, galante, se prometía una fiesta que distrajese su tedio, y una querida á quien sería grato domeñar. Porqué, seguro de la derrota de la doncella, proyectaba vengarse con venganza sabrosa.
Antes de que se presentase el Augusto, los sabios se alinearon á la izquierda del trono; ocupó su puesto la guardia pretoriana; se dió entrada al pueblo, contenido por una balaustrada de bronce, y por la puerta central apareció el César, trayendo á Catalina de la mano. Se oyó ese murmullo de admiración, que resonaba entonces como ahora. Catalina no debía de ser de la secta galilea, cuando no había renunciado á su fastuoso vestir. Quizás para dar mayor solemnidad á su pública confesión de la fe, venía más ricamente ataviada que nunca, surcada por ríos de perlas, que se derramaban por su túnica blanca con realces argentinos, como espumas de un agua pálida. Su velo también era blanco, y coronaba su frente ancho aro todo cuajado de inestimables _barekets_ ó esmeraldas orientales, traídas del alto Egipto, cerca del Mar Rojo, donde, según la leyenda, las habían extraído los Arimaspes pigmeos, luchando con los feroces grifos que las custodiaban en las entrañas de la tierra. Lucía en su garganta la perla de la reina de Egipto, y al pecho, la Cruz. Los ojos imperiosos y serenos de Catalina, más lumbrosos y glaucos que las esmeraldas, recorrían el concurso, queriendo adivinar quién de aquellos, herido por el dardo de la gracia, iba á seguirla hacia Jesús. Y su mirada de agua profunda parecía elegir, señalando para el martirio y la gloria.
Antes de empezar la disputa, se esperaba la orden del emperador. Maximino alzó la mano. Y salió primero á la palestra aquel envidioso Gnetes, el denunciador de Catalina.
Habló con la malicia del que conoce el pasado del adversario, y lo aprovecha. Recordó á Catalina su culto de la Hermosura, y alegó que la forma es superior á todo. Insinuó que la princesa, idólatra de la forma, buscaba en las líneas de los esclavos las semejanzas de los Dioses. Esta fué una untura de calumnia que preparó el terreno para que la hija de Costo resbalase. Un murmullo picaresco zigzagueó al través de la concurrencia; varios cristianos, que entre ella habían tomado puesto, fruncieron las cejas, indignados. Gnetes, en un período brillante, increpó á Catalina por haberse apartado del culto de Apolo Kaleocrator, árbitro inmortal de la estética, padre del arte, que sobrevive á las generaciones y las hechiza eternamente. Y en arranque oratorio, señaló á la blanca estatua del Numen, un mancebo desnudo, coronado de rayos.
Catalina se levantó á refutar brevemente. Ella, que siempre había profesado la adoración de la Belleza, ahora la conocía en su esencia suprasensible. No desdeñaba al simulacro apolínico, pero sabía que Apolo Helios era el Sol, mero luminar de la tierra, criatura de Dios, perecedero y corruptible como toda criatura. Si el mito solar tenía otras infames representaciones en las procesiones itifálicas, al menos la de Apolo era artística, era lo noble, lo sublime de la estructura humana. En este sentido, Catalina no estaba á mal con el Numen.
Los sabios cuchichearon. No podían, bastantes de ellos, desconocer ni negar la doctrina platónica. En la conciencia filosófica el paganismo oficial era cosa muerta. Pero en el gentío, los paganos gruñían con terror maquinal:--¡Ha blasfemado del divino Arquero!
Gnetes, sin embargo, no acertaba á replicar. En el fondo de su alma él tampoco creía en el numen de Apolo, aunque sí en su apariencia seductora y en la energía de sus rayos. Y la verdad, subiéndosele á la garganta, le atascaba la voz en la nuez para discutir. Empavorecido, reflexionaba:--¿Acaso pienso yo enteramente como Catalina?--Y se propuso disimularlo, fingiendo indignación ante la blasfemia.
Salía ya á contender el egipcio Necepso, empapado en Filón y Plotino, y cuya fama emulaba á la de Porfirio, el que había publicado los _Tratados_ del maestro. Ocurrió entonces algo singular: Catalina solicitó permiso para adelantarse á los razonamientos de Necepso, y tomando la ofensiva expuso las mismas teorías del filósofo, encontrando en ellas plena confirmación del cristianismo. Limitándose á atenerse á las enseñanzas de Plotino, mostró á este insigne pensador desenvolviendo la idea de la Trinidad, de la divina hipóstasis, en que el Hijo es el Verbo; y expuso su doctrina de que el alma humana retorna á su foco celestial por medio del éxtasis y de la contemplación.
--Tú, como yo, Necepso--urgía Catalina--; tú, discípulo de Plotino, has sido cristiano ignorando que lo eras. Por la medula con que te nutriste vendrás á Cristo, pues el entendimiento que ve la luz ya no puede dejar de bañarse en ella.
Al hablar así, bajo el reflejo del velario purpúreo, se dijera que envolvía á la princesa un fluido luminoso, que una hoguera clara ardía detrás de sus albas vestiduras. Maximino la miraba, fascinado. ¡No, no era fría ni severa como la ciencia la virgen alejandrina! ¡Cómo expresaría el amor! ¡Cómo lo sentiría! ¿Qué pretendían de ella los impertinentes de los filósofos? Lo único acertado sería llevársela consigo á las cámaras secretas, frescas, solitarias del palacio imperial, donde pieles densas de salvajinas mullen los tálamos anchos de maderas bien olientes.
Necepso, entretanto, se rendía.--Si el cristianismo es lo que enseñó Plotino, cristiano soy--confesaba--. Catalina se acercó á él, sonriente, fraternal.
--Cristo te coge la palabra... Acuérdate de que le perteneces... Ora por mí cuando llegues á su lado...
Ya un centurión ponía la mano dura y atezada sobre el hombro del egipcio y le arrastraba hacia el altar de Apolo, ante el cual un viejo de barbas venerables, coronado de laurel, columpiaba el incensario y se lo brindaba á Necepso. A la señal negativa de éste, dos soldados le amarraron y le llevaron fuera, á la prisión. Terminada la disputa pública, se cumpliría el edicto. Necepso sería azotado en la plaza hasta que se descubriese al vivo la blancura de sus huesos.
Proseguía el certamen, pero el caso de Necepso había difundido cierta alarma entre los sabios. Unos temían ponerse en ridículo si eran vencidos por una mujer; otros temblaban por su pellejo si no acertaban á rebatir y pulverizar á la docta Catalina, ducha en la gimnasia de la palabra y recia en el raciocinio. Algunos, al contemplarla, olvidaban los argumentos que tenían preparados. Ninguno deseaba entrar en turno de pelea. Lo que hicieron varios fué--sin atacar á la princesa ni al cristianismo--desarrollar sus teorías y exponer la doctrina de sus maestros. Y desfilaron los tanteos de la razón humana para descubrir la ley de la creación y la que rige el mundo moral. Amasis, que venía de Persia impregnado de doctrinas induas, encomió la piedad con todos los seres, pues en todos hay algo de Dios; y Catalina le demostró que la caridad cristiana amansa al alacrán y le hace hermano menor nuestro. Un partidario de Zoroastro habló de Arimanes y Ormuz, principios del mal y del bien, y de su eterna lucha; y la princesa describió á Cristo, sobre la montaña del ayuno, venciendo al demonio. Un filósofo que se había internado más allá de las cordilleras del Tibet, en busca de sabiduría ignorada, puso en las nubes á cierto varón venerable llamado Kungsee ó Confucio, muy anterior á Cristo, que profesó altas doctrinas de justicia y moralidad, y ordenó que se ayudasen mutuamente los hombres; y la virgen, que conocía bien á Confucio, recordó sus máximas, probando que su sistema no pasaba de ser un materialismo limitado y secatón. Y un hebreo, procedente de Palestina, de la secta de los Esenios, en arranque invencible de sinceridad, gritó volviéndose hacia el concurso:--Rabí Jesuá-ben-Yusuf, que era santo, se ha reducido á completar la admirable doctrina humanitaria de nuestro gran Hillel. No hagas á otros lo que no quieras que te hagan á ti. He aquí la verdad, y esto no tiene refutación posible.--Catalina asintió con la cabeza.
La concurrencia espumarajeaba y hervía como mar revuelto. El triunfo de la hija de Costo era visible. Los cristianos, entre el hervidero, se estrechaban la mano á hurtadillas. Los serapistas, patrióticamente, se regocijaban del revuelco á los númenes extranjeros. Aún faltaban los sofistas griegos, muy numerosos; pero hallaban el terreno mal preparado. Expuestas en aquella solemne ocasión, sus ideas sobrado simplistas, ó rebuscadas y retorcidas, insólitas, sin ambiente en Alejandría, parecían bichos deformes que salen de su guarida á calentarse en la solanera. Habituados bastantes de los que escuchaban á elevadas metafísicas, fruncían el entrecejo y castañeteaban los dedos en señal de menosprecio al oir que un discípulo de Tales salía con la antigualla de que la substancia universal es análoga al agua, y uno de Anaxímenes se desgañitaba afirmando que era idéntica al aire, y otro de Heráclito sostenía que cada cosa es y no es, y el de Anaxágoras repetía que todo está en todo. Algo hastiados ya de la prolongación de la disputa, hirieron impacientes el pavimento de mármol con los pies, cuando un pitagórico adelantó que los números son la única realidad, y un eleático sostuvo que el todo está inmóvil; que el movimiento no existe. Un secuaz de Gorgias llegó más allá, aseverando que no existe cosa ninguna. Y sólo se escuchó con señales de aprobación á un mancebo ateniense, el único mozo entre los mantenedores del certamen. Su habla era grave y dulce; sus facciones poseían la regularidad de las testas heroicas, en los camafeos. Seguro de sí mismo, con labio untado de ática melosidad, habló de Sócrates, del excelso mártir, y encareció su enseñanza y su vida. Recordó que Sócrates había demostrado la existencia de Dios y su providencia; y que, después de proclamar la ley moral, por no renegar de ella había muerto. Trazó el cuadro de aquella muerte ejemplarísima, y describió al justo, tranquilo, entreteniendo en conversaciones sublimes los treinta días que tardó en regresar la fatal galera, nuncio de su última hora, y la calma augusta con que bebió la verde papilla ponzoñosa, seguro de legar la energía de su vida interior al género humano. Catalina escuchaba estremecida de inspiración, radiante de ardorosa simpatía. Por primera vez, durante todo el certamen, el escalofrío de la belleza moral la estremecía de entusiasmo. ¡Sócrates! Uno de sus antiguos cultos... Sin embargo, su espíritu de análisis agudo, penetrador, surgió en la réplica. Rehaciendo la biografía del amigo de Aspasia, la comparó á la de Cristo. Sócrates, en su mocedad, había sido escultor, y nunca perdió la afición á la perecedera belleza de la forma. Al extravío del mundo pagano, á lo nefario que clama por fuego del cielo, no había sido tal vez ajeno Sócrates. Su noble alma no había sabido elevarse sobre el sentido naturalista de lo que le rodeaba. ¡Oh, si Sócrates hubiese podido conocer á Cristo, llorar con él, seguir sus pies evangelizantes! Y, transportada, exclamaba la princesa:--¡Habrá muerto Sócrates como un justo; pero Cristo, mi Señor y el tuyo y el de cuantos quieren tener alas, murió cual sólo los Dioses pueden morir!
El ateniense bebía las palabras de la filósofa. Sin analizar lo que hubiese de verdad en sus afirmaciones, las sentía hincarse en su espíritu como cortantes cuchillos de oro. Atraído, salió del lugar que le correspondía y se aproximó, juntando y alzando las manos lo mismo que si implorase á las Divinidades implacables y terribles. Catalina le enviaba la irradiación de mar misterioso y de hondas aguas de sus pupilas, y adelantaba hacia él, murmurando:
--¡Cristo es tu Dios, amado hermano; Cristo te ha sellado con su sangre de fuego!
Maximino, colérico, dió una orden. El mancebo, con sencilla firmeza, hizo señales negativas al requerimiento de incensar. No estaba aún del todo seguro de adorar á Cristo, pero ansiaba, ante la princesa, realizar también él algo bello, con desprecio de las miserias de la carne. Le ataron como á Necepso, y le sacaron fuera. Mientras pudo, volvió la cabeza para mirar á su vencedora.
No extinguido aún el rumoreo intenso, el abejorreo de emoción en el auditorio, salieron á plaza los moralistas prácticos y los ironistas, que atacaron á los cristianos burlándose de sus ritos, costumbres y creencias. Mal informados, ó con podrida intención, propalaban especies absurdas. Uno emitió que en las Asambleas de los galileos se adoraba una cabeza de jumento, y otro relataba, lo propio que si los hubiese visto, ciertos conciliábulos de galileos y galileas, donde, apagadas las luces, se cometían torpezas indescriptibles. No faltó quien fustigase la cobardía de los cristianos, que se negaban á formar parte del ejército; y un bufón, con chanzoneteo burdo, juró que sólo los esclavos podían profesar una religión que manda besar el suelo y postrarnos ante quien nos apalea. El concurso, ya perdido el respeto á la presencia del César, se alborotó, descontento del giro bajuno y soez que tomaba la discusión. Los alejandrinos, hechos á la controversia, golosos de buen decir y de sutilezas brillantes, protestaban. Así es que cuando Catalina--también irónica, cubriendo la espada de su indignación bajo su bordado velo virginal--les acribilló con burlas elegantes, con centelleos de ingenio, con sátiras que tenían la gracia juguetona del acero de Apolo al desollar al sátiro hediondo y chotuno--ya no se contuvieron los oyentes, y sus aclamaciones sancionaron la victoria de la princesa.--¡Salud, salud á Catalina!--se oía repetir--. Y los cristianos, envalentonados, enloquecidos--añadían:--¡Salve, doctora, maestra, confesora! ¡La Santa Trinidad sea contigo!--Algunos de los procos, que en primera fila esperaban la derrota de su orgullosa pretendida, acababan por contagiarse, y pugnaban contra la valla de bronce, ansiando sacar en triunfo á Catalina, en hombros, entre vítores.
El emperador, de quien nadie se acordaba, alzó el pesado cetro. Era la señal de que la prueba había terminado, y la orden para que la guardia despejase el recinto. Descendió Maximino los peldaños del estrado, tomó de la mano á la princesa, y por la puerta del fondo la hizo entrar en el palacio, llevándola hasta una sala interior. El séquito, respetuoso, se había quedado atrás. El César convidó á Catalina á sentarse en el sillón leonino, á cuyo alrededor despojos de pantera y tapices de plumas emblandecían el pisar. Dió luego una palmada, y esclavos silenciosos trajeron hielo, frutas, cráteras de vinos viejos y una composición de anís, azafrán y zumos de plantas fortalecedoras, especie de cordial que Maximino usaba cuando se sentía exhausto.
--Bebe, princesa--dijo rendidamente, permaneciendo en pie ante la hija de Costo--. Las fuerzas humanas tienen un límite. Yo te veía, y me parecías cervatilla blanca resistiendo á las dentelladas de los canes. Te he admirado, y reconozco que derrotaste á los sabios del mundo entero. Eres fuerte, eres docta, y, sin embargo, no desconoces la virtud del donaire, por la cual se esparce el alma. Catalina, el emperador se inclina ante tu entendimiento portentoso y tu encanto que trastorna como este vino de la Mareótida que te ofrezco.
Por hacer mesura, Catalina humedeció en la copa sus labios.
--No estoy cansada, César. Estoy alegre y mis pies se despegan del suelo. He vencido.
--Has vencido--replicó él con embeleso, libando á su vez en la copa por ella empezada--. No cabe negarlo.
--Tres conquistas, por lo menos, he hecho para Cristo. Necepso, el socrático ateniense, y... y tú. Porque no habrás olvidado nuestro convenio. Y ante todo, que Necepso y el discípulo de Sócrates no sean llevados al suplicio.
--Oye, Catalina...--Maximino acercó un escaño y se llegó al velador de ágata, que soportaba el refresco--. Escúchame, que en ello nos va mucho á los dos.
Catalina apoyó el codo en la mesilla y en la palma de la mano la cabeza, aureolada de esmeraldas. Maximino comprendió que le atendían religiosamente.
--Tú, princesa, puedes prestar servicio incalculable á ese Numen que adoras. Un servicio que todas las generaciones recordarían, hasta el último día de la especie humana. Para que confíes en mí, he de abrirte mi pecho. Descreo de nuestros Dioses. Acaso en algún tiempo tendrían fuerza y virtud; pero ahora noto en ellos signos de caducidad. Los oráculos chochean. Yo he consultado las entrañas de las víctimas, y ó mienten ó inducen á error. Los del Galileo sois muchos ya, Catalina; sois más de los que creéis vosotros; advenís. El que se apoye en vosotros, podrá afianzar el poder imperial completo, como en los tiempos gloriosos de Roma.
La virgen escuchaba, con todas sus facultades, interesadísima.