Part 17
Esto cavilaba, en una hora de desolación, cuando, próximo ya á ponerse el sol, las abejas se habían recogido á sus colmenas, y, apaciguado el inquieto devaneo de su libar y revolar, el campo yacía en una calma misteriosa, triste. En el convento tocaron á oración. Al extinguirse las campanadas, me volví con sobresalto. Acababan de ponerme la mano en el hombro.
--¿Ah? ¿Eres tú, Torcuata?
--Sí, ñora... ¿No sabe? Un fraile sa muerto.
--¿Cuándo?--pregunté maquinalmente.
--Ta mañana. He ío á verlo muerto en la igresa, ¿no sabe? Estaba negro, negro tóo.
--¿Negro? ¿Por qué?
--Porque era guiruela, diz que dice, la enfermedá. Guiruela mala. ¡Muy mala!
Nos recogemos á casa. Torcuata está estremecida. Ha visto de cerca, sin comprenderlo, el misterio de la muerte; y su pubertad se ha estremecido, con vago escalofrío de horror. Ni ella misma lo sabe. Las dos moras negrazas de sus pupilas conservan, no obstante, la empañadura inexplicable de la visión fúnebre.
Al medio día siguiente, la chica sufre un desvanecimiento.
--Cosas de la edá. Aluego va á ser mocita--murmura la ciega, estrujando con sus dedos nudosos panales sobre un perol, á fin de que suelten la melaza y reducirlos á pasta derretible.
Una punzada, un presentimiento... ¿Y si fuese así? ¡Bah! ¡Qué me importa!
Dos días después, Torcuata salta de calentura. La acostamos. Me instalo á su cabecera. Despacho un propio á la ciudad para traer médico, medicinas. No dudo: es la viruela, y en este organismo joven, jamás vacunado, viene con una fuerza y una malicia... De mano armada, dispuesta á vendimiar.
Se queja la niña de fuerte dolor en los lomos. Ha sufrido una breve convulsión.
A ratos, delira. La doy de beber limonadas, agua mineral, refrescos. El médico no decide aún. Mientras no brote la erupción... Así que brote, él y yo sabremos lo mismo.
En los momentos lúcidos, la muchacha me habla, hasta me sonríe, con esfuerzo, murmurando:
--Ñora...
Alargando una mano ardorosa, endurecida, coge la mía, la estrecha.
--Ñora... No se vaya... La agüela no ve... No pué estar al cuido mío.
La ciega, acurrucada en un rincón, gime, barbota rezos, y repite á intervalos:
--¡Lo que Dios nos invía! ¡Ahora la Torcuata tan malita! ¡Lo que invía Dios!
--No me voy, chiquilla. Aquí estoy, contigo...
--¡Si está ahí, ñora, pa mí está la Virgen el Calmen!
No sé cómo dijo esto la inocente. Sé que sentí algo, un calor, un golpe, en las mismas entrañas. ¿Sería el cuchillo de la piedad que, ¡por fin!, se hincaba en ellas...?
Ha vuelto el médico. Cesó la incertidumbre. Los puntos rojizos se han señalado. El cuerpo de la enferma tiene el olor característico á pan recién salido del horno. Se presenta la sangre por las narices.
--Viruela, y de la peor... Confluente... Señora, tengo el deber de advertir á usted que el mal es extraordinariamente contagioso, sobre todo en el período que se aproxima...
--Gracias, doctor. No me moveré de aquí. Venga usted diariamente... Abono los gastos de coche y demás. No soy opulenta, soy casi una pobre; pero deseo que nada le falte á Torcuata.
La ciega, alzando las manos, insistía:
--Santa es, santa es.
La hórrida erupción brotó con furia. La cara fué presto la de un monstruo. Las moras de las pupilas, de un negro violeta tan intenso, tan fresco, desaparecieron tras del párpado abullonado. La niña no veía.
--Otra cieguecita como la agüela...--suspiró.--Ñora Lina ¿está ahí? Ñora ¿me moriré como el fraile?
Nuevamente percibí la herida en lo secreto del ánima; y más viva, más cortante, más divinamente dolorosa. La piedad al fin; la piedad humana, el reconocimiento de que alguien existe para mí, de que el dolor ajeno es el dolor mío. Un impulso irresistible, ardiente, sin freno de ternura infinita, de amor, de amor sin límites... Sobre la faz de la niña, de la paleta alcornoqueña, gotea la miel de mi caridad, envuelta, desleida en llanto. Y mis labios, besando aquel espantoso rostro, tartamudean:
--No, hija mía, no te mueres. ¡No te mueres, porque te quiero yo mucho!
Por la ventana abierta, entran el aire y la fragancia de la tierra floreciente, amorosa. Cierro los ojos. Dentro de mí, todo se ilumina. Alrededor, un murmurio musical se alza del suelo abrasado con el calor diurno; mi cabeza resuena, mi corazón vibra; el deliquio se apodera de mí. No sé dónde me hallo; un mar de olas doradas me envuelve; un fuego que no destruye me penetra; mi corazón se disuelve, se liquida; me quedo, un largo incalculable instante, privada de sentido, en transporte tan suave, que creo derretirme como cera blanda... ¡El Dueño, al fin, que llega, que me rodea, que se desposa conmigo en esta hora suprema, divina, del anochecer!...
Entrecortadas, mis palabras son una serie de suspiros. Mi boca, entreabierta, aspira la ventura del éxtasis. Imploro, ruego, entre el enajenamiento del bien inesperado, fulminante.
--No me dejes, no me dejes nunca... Siempre tuya, siempre mío... Quítame lo que quieras, haz de mí lo que te plazca, venga cuanto dispongas, redúceme á la nada, que yo sea oprobio, que yo sea burla, que me envilezca, que me infame... Venga ignominia, fealdad horrible, dolor, enfermedad, ceguera; venga lo que sea, hiéreme, hazme pedazos... Pero no te apartes, quédate, acompáñame, porque ya no podría vivir sin ti, sin ti, sin ti...
Y, palpitando en mis labios, la queja deliciosa repite, sin pronunciarlo, sin rasgar el aire:
--Dulce Dueño...
V
En este asilo, donde me recluyeron, escribo estos apuntes, que nadie verá, y sólo yo repaso, por gusto de convencerme de que estoy cuerda, sana de alma y de cuerpo, y que, por la voluntad de quien puede, soy lo que nunca había sido: feliz.
Mi felicidad tiene, para los que miran lo exterior (lo que _no es_), el aspecto de completa desventura.
En lo mejor de mis años, me encuentro encerrada, llevando la monótona vida del Establecimiento; sometida á la voluntad ajena, sin recursos, sin distracciones, sin ver más que médicos, enfermeros y dolientes... En comparación con mi suerte actual, el convento en que antaño pretendieron que ingresase, sería un paraíso.
Y yo soy feliz. Estoy donde Él quiere que esté. Aquí, me visita, me acompaña, y la paz del espíritu, en la conformidad con su mandato, es mi premio. Aún hay regalos doblemente sabrosos, horas en que se estrecha nuestra unión, momentos en que, allá en lo arcano, se me muestra y comunica. ¿Qué más puedo pedir? Todo lo acepto... todo lo amo, en Él y por Él. Amo estas paredes lisas, que ningún objeto de arte adorna; este mobiliario sin carácter, como de hospital ó sanatorio; estos árboles sin frondosidad, este jardín sin rosas, este dormitorio exiguo, esta gente que no sospecha lo que me sirve de consuelo, y se admira de la expresión animada y risueña de mi cara, y me llama--lo he averiguado--«la contenta...» Y, mientras mis dedos se entretienen en una labor de gancho, mi alma está tan lejos, tan lejos... Por mejor decir, mi alma está tan honda...! Recatadamente, converso con él, le escucho, y su acento es como un gorjeo de pájaro, en un bosque sombrío y dorado por el sol poniente... Otras veces, le aguardo con impaciencia de novia, deseosa de oir crujir la arena bajo un paso resuelto, juvenil... y le pido que no tarde, que no me haga languidecer. Y languidezco, y á veces, un desvanecimiento, un arrobo, me sorprenden en medio de la ansiosa espera.
Farnesio ha venido á visitarme, en un estado de alteración y angustia, que da lástima.
--¿Lo ves?--repite.--¿Lo ves? Si tenía que suceder... ¡Si ya lo decía yo! ¡Si te lo había anunciado! Es horroroso... ¡Y no poder, no lograr evitar estas cosas!
--Pero ¿qué es lo que usted quería evitar?
--¡Y me lo preguntas! Voy temiendo que sea cierto que se haya trastornado tu razón. ¿Qué es lo que quería evitar? Que te trajesen á la casa de locos. ¡Qué infamia! ¡Á la casa de locos!
--Me encuentro perfectamente en ella.
--¡Válgame Dios, niña! No puede ser; y aun cuando así fuese, ¿voy yo á consentirlo? ¿Voy á permitir que el malvado de tu tío te encierre aquí, por toda la vida acaso?
--Según eso, ¿fué mi tío? ¡Bah! Le perdono.
--¿Perdonar? Como no salgas pronto de aquí, ha de saber quién es Genaro Farnesio. ¡Gitano inmundo! Estaba yo con él en negociaciones para transigir, y rescatar, por lo menos, la mitad de tu fortuna--porque no te figures que él tenía el pleito fácil, ni que nos arrollaría tan sencillamente--, cuando se le ha ocurrido otra combinación más sustanciosa: declararte demente y administrar legalmente tus bienes, mientras llega el instante de heredarlos ó él ó su prole. ¡Nos veremos las caras! ¿Loca tú? Esto clama al cielo. Tengo yo mis amigos en la prensa; tengo mis valedores; conozco políticos. Vamos á armar un escandalazo.
--Don Genaro querido, no haga usted tal. Mire usted que no hay cosa más verosímil que esto de mi locura. Si usted no me quisiese tanto, haría coro, diciendo que estoy...
Me toqué la frente con el dedo.
--¡Disparates! Cosas que tú lanzas en broma... Mira, mira como no se puede soltar prenda... ¡Es increíble! ¡Qué red, qué maraña, qué serie de emboscadas, qué negra conjuración contra tí, pobrecilla, que á nadie hiciste daño!
--Se equivoca usted. Daño, lo hice. Bien me pesa. ¿Qué menor castigo he de sufrir por lo que dañé?
--Vaya un daño el que tú harías... Y todos contra tí, confabulados... ¿Querrás creer? Hasta el mentecato de Polilla declara que has cometido ciertos actos de extravagancia impropios de una señorita formal... Carranza es el peor. Ese te declara loca peligrosa, maligna. Te cree capaz hasta de crímenes. Dice que haces el mal por el mal. Se ve que te odia. ¡Qué desengaños se sufren en el mundo! ¡Carranza! Yo creo que ha mediado...
Hizo, frotando el pulgar y el índice, ese ademán expresivo que indica _dinero_.
--No lo suponga usted. Carranza no es capaz de eso. Me tiene una prevención... sobrado justa.
--¡Bueno! Tu tío le habrá sobornado. ¡Sí, que se para en barras él! Hay detalles atroces. Tú no sabes de la misa la media. Hay una declaración de una mujer de mala vida y de un boticario...
--Ya sé. La que me pisoteó, á ruegos míos. ¿Cómo han logrado averiguar?...
--Por lo visto, te espiaban. Te seguían los pasos. Esa noche fatal, tú entraste en la botica á que te pusiesen tafetanes, ó no sé qué. Dijiste que te habías caído. Luego te subiste á un coche, diste las señas de tu casa. El boticario las oyó. Todo se ha descubierto. ¡Qué idea! ¡Qué chiquillada!...
Bajando la voz:
--También ha declarado el barquero que os paseaba á tí y á Almonte por el lago... Dice...
--Cuanto diga, es cierto.
--¡Bigardo! ¿Y la bribona de Eladia... lo creerás? Esa sí que me consta que tomó cuartos... La he despedido, y si no me contengo, la harto de mojicones. Es que me han sacado de mis casillas. La muy bruja, que si tiraste y rompiste un magnífico reloj á propósito, que si la tratabas mal, que si esto, que si lo otro... Que toda la noche duraba en tu cuarto la luz encendida, que el baño era todo de esencias...
--Semejantes niñerías, Farnesio, no merecen que usted se enoje, ni que maltrate á nadie. Créame. Déjelos tranquilos. Allá mi tío... Peor para él.
--¡Y los médicos! ¡Deliciosos! En cuanto se pronunció la palabra «locura» les faltó tiempo para asegurar que ya lo habían ellos notado, y se lo callaban por prudencia. Así, así, como lo oyes. La neurastenia aquí, la vesania allá. Sabe Dios de qué medios se ha valido el gitano...
--De ninguno. Los médicos están de buena fe. De la mejor fe. Son personas dignas, respetables. Yo comprendo su error, que, dentro de su concepto científico, no es error probablemente.
--Ahora, ¿sabes con lo que salen? Conque tus monomanías adquirieron últimamente forma religiosa, mística. Que te fuiste vestida como el pueblo, en tercera, á practicar penitencia en un convento de Carmelitas, en el desierto. Que viviste de hacer miel, y que adoptaste á una chiquilla paleta, muy fea, y otras mil rarezas, no atribuíbles sino al extravío de tu mente. Ya comprenderás que se refieren á la Torcuata... En fin, que han conseguido tejerte una malla espesa... Pero la desbarataré. No temas; la desbarato.
--Por su vida, estése quieto, D. Genaro, no desbarate cosa ninguna. Hay que dejar nuestra suerte en manos del que la conoce. Él, y sólo Él...
--¡Ea, que no!--gritó impetuosamente, abrazándome--. No es Dios quien te ha metido aquí: son las bribonadas de los hombres. Y no lo aguanto. Tú fía en mí, y muéstrate tranquila, y hazlo todo á derechas... Se me parte el alma de verte aquí. ¡No sabes lo que Farnesio te quiere!
--Lo sé...--exclamo, con acento significativo--. Lo que no hace falta, es compadecerme. Soy aquí dichosa.
Ahogado de emoción, el viejo callaba, acariciándome.
--¿Y Torcuata?--pregunto.
--Llévesela el diablo.... Por tus bondades con ella... Está hecha un trinquete. Eso sí, con mil hoyos en la cara. Quiere verte. La traeré.
--No las desampare usted, ni á ella, ni á la ciega. Mire usted que se lo encargo mucho.
--Ya lo creo que las he de amparar, aunque sólo fuese porque son las únicas que hablan de tí con entusiasmo.
--¿De veras?
--¡Vaya! Como que afirman que eres santa, santa, de ponerte en los altares...
--Pues lo que ellas dicen y lo que dicen los otros... tal vez es igual. La declaración de mi santidad, para el caso, no crea usted que no sería lo propio que la de mi locura... Si quiere usted sacarme de aquí, Farnesio, no me santifique.
--Veo que no has perdido el buen humor...
Cuando se retiró, decidido á rescatar á la princesa del poder de malignos encantadores, suspiré. ¡Ojalá no lo consiga! Mejor me encontraba en el puerto, sin luchas, sin huracanes. ¿Logrará el que me trajo al mundo material, llevarme otra vez al mundo del peligro y de las tentaciones?
¡Estaba tan bien á solas contigo, Dulce Dueño! Hágase en mí tu voluntad...
INDICE
_Páginas._
I--Escuchad 5
II.--Lina 73
III.--Los procos 123
IV.--El de Farnesio 153
V.--Intermedio lírico 187
VI.--El de Carranza 201
VII--Dulce dueño 257