Dulce Dueño

Part 16

Chapter 163,964 wordsPublic domain

El sabor peculiar de la sangre inundaba mi boca. Tenté la mella con los dedos. El cuerpo me dolía por varias partes.

--Gracias--murmuré, escupiendo sanguinolento--. Es usted una buena mujer. No piense que estoy loca. Es que he sido mala, peor que usted mil veces, y quiero espiar. Ahora ¡soy feliz!

La mujerzuela me miró con una especie de respeto, asustada, sin cesar de enjugarme la cara y la boca, á toquecitos suaves.

--¡Válgame Dios! ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Pobre señora! ¡Vaya! Si tuvo usted algún descuidillo... ¡Gran cosa! Pa eso somos mujeres. Miste, ahora me arrancan á mí el alma primero que pegarla un sopapo... ¿Quiere que vaya á buscar un poco de anisado? Está usté helá... ¿La traigo algo de la farmacia? Dos pasos son...

La contuve. La remuneré, doblando la suma. La sonreí, con mis labios destrozados. Y, renaciendo en mí el ser antiguo, la dije:

--¡Otra penitencia mayor!... Deme un abrazo... Un abrazo de amiga.

¿Entendía? Ello es que me estrechó, conmovida, vehemente, protectora. Entré en la farmacia, donde lavaron con árnica diluída mi rostro, vendándolo. Vi la curiosidad en sus agudas miradas, en sus preguntas tercas. Tomé un coche de punto, di las señas de mi casa. Al llegar, dolorida y quebrantada, pero calmada y satisfecha, me miré al espejo; ví el hueco del diente roto... Al pronto, una pena...

--La Belleza que busco--pensé--ni se rompe, ni se desgarra. La Belleza ha empezado á venir á mí. El primer sacrificio, hecho está. Ahora, el otro... ¡Cuanto antes!

Serían las diez, cuando Farnesio acudió á mi llamamiento, y se precipitó á mí, viéndome tendida en la meridiana, vendada la mejilla, con los ojos desmayados y la rendida actitud de los que han agotado sus fuerzas y reposan.

--¿Qué tienes? ¿Dolor de muelas? ¿Llamo al médico? ¡Dí, niña!

--Nada... Un caldo... un poco de Jerez en él... Me siento débil. Tráigame el caldo usted mismo...

Contento, afanoso, lo enfrió, dosificó el Jerez. Viéndomelo deglutir, parecía él también reanimarse. Al desviar la venda, al abrir yo la boca, una exclamación.

--¡Estás herida! ¡Pero si te falta un diente! ¡Jesús! ¡Qué ha sucedido, Lina! ¡Pequeña! ¡Criatura! ¿Qué te ha pasado, qué?

--Nada, nada ha sucedido.., Permítame que no lo cuente. Un incidente sin importancia...

--No me digas eso... ¡Herida! ¡Un diente roto!

--Por favor...

Le imploro con tal urgencia, que, aterrado por dentro, se calla. Mi misterio, al fin, ha sido siempre impenetrable para él.

--Hágase como quieras... ¿Estás mejor? ¿A ver estas manecitas? ¿Este pulso? Parece que no lo tienes.

--Tengo pulso; ya no se me caen de debilidad los párpados... Me encuentro fuerte. Oigame, Farnesio, por su vida. Sin esperar más que al correo de mañana, al primero, va usted á escribir á mi tío, el de Granada: á D. Juan Clímaco.

--Pero...

--Sin pero. Va usted á escribirle, diciéndole--¡atención!--que estoy dispuesta á restituirle lo que indebidamente heredé.

Se tambaleó aquel hombre, al peso y á la pujanza del martillo que hería su cráneo. Sus ojos vagaron, alocados, por mi semblante. Su lengua se heló sin duda, porque no formó sonidos: no hubo protesta verbal. La protesta estuvo en la actitud, semejante á la del que llevan al suplicio.

Me levanté, le eché los brazos al cuello, junté á la suya mi cara dolorida. Las ternezas, las caricias, ablandaron su pena. Recobró el habla. Me insultó.

--¿Pero qué estás diciendo, necia, loca, insensata...? Yo eso no lo escribo. ¡No faltaba más!

--Venga usted aquí... Si usted no lo escribe, lo escribo yo, y es igual. Fíjese bien. El testamento de... la tía Catalina, no es válido. En mi nacimiento hay superchería. Lo sabe usted mejor que yo, y nada de esto debe sorprenderle. Reflexione usted. De ahí puede salir algo muy serio; corre usted peligro, lo corro yo. Afuera codicia, afuera riquezas temporales. Me pesan sobre el corazón, como una losa. Crea usted que en mi determinación hay prudencia, aunque no es la prudencia lo que me mueve. No le quiero engañar: no es la prudencia. Es... otra cosa...

--Cavilaciones, disparates... ¡Delirios!

--¡No, amigo mío, mi amigo, mi protector, á quien no he agradecido bien su cariño! Disparates fueron otros... ¡Tantos! Crea usted que he despertado de mi pesadilla; que ahora es cuando veo, cuando entiendo, cuando vivo de veras, en la verdad. Y deseo, con ansia sedienta, ser pobre.

--¡Pobre! ¡Pobre tú!

--¿Pero ya no se acuerda usted de que lo he sido muchos años...? Y aquella era una pobreza relativa. Hoy ansío salir por ahí, pidiendo ó trabajo ó limosna. Limosna, mejor.

Se echó las dos manos á la cabeza.

--Conque, no más discusión. Escriba usted, porque á mí me es molesto haber de ocuparme de asuntos, y, además, así que arregle algunas cosillas, voy á hacer un viaje; mi alma necesita que mi cuerpo se fatigue.

--Iré contigo. No es posible dejarte... así..., en estas circunstancias.

--¿En qué circunstancias?

--Enferma, herida, exal...

--Exaltada, no. Enferma, tampoco. Herida... ¡pch! unas erosiones, que yo considero caricias, y unas cuantas magulladuras y contusiones. Estoy buena, muy buena, y en mi interior, tan dichosa como nunca lo fuí. Dentro de mí, hay agua viva... Antes había sequedad, calor, esterilidad... No es exaltación. Es verdad; es lo que en mí siento. No ponga usted esa cara. Jamás he estado tan cuerda.

Suspiró hondísimo. Macilento, mortal, escondió el rostro en la sombra del rincón.

--No quiero que usted se aflija. La primera señal de mi cordura, de que es ahora cuando me alumbra la razón, es que deseo que usted no sufra por mi causa; es que reconozco deberle á usted amor, respeto... Ya sé que, por usted, estoy perdonada.

Agitó el cuerpo, las manos, tembló. Se echó á mis pies.

--No digas tales cosas. Me haces daño, criatura. Soy yo quien necesita tu perdón; te desterré, te encerré, te abandoné. Quise recluirte. Pensaba que hacía bien. Obedecía á motivos, á escrúpulos... Me equivocaba. Fuí... un infame. Tu carácter se torció, tu imaginación se trastornó en aquella soledad... Culpa mía... Maldíceme.

Nos estrechamos; humedad caliente empapaba nuestras sienes. Besé su pelo gris, sus mejillas demacradas.

--Le bendigo. Usted no puede adivinar el bien que me ha hecho. El mayor bien.

--¿No me quieres mal?

Respondieron mis halagos. Respiró.

--Pues una cosa te pido ¡no más! ¡Por mí, por el viejo Farnesio! Aplaza algo tu resolución de escribir al señor de Mascareñas. Concédeme un poco de tiempo. Yo no digo que no lo hagas; es únicamente un plazo lo que solicito. Antes de adoptar tan decisiva resolución, es preciso poner en orden demasiados asuntos. Tú misma, si estás en efecto tranquila, serena ante el porvenir, debes comprender que estas determinaciones hay que madurarlas algún tanto. De las precipitaciones siempre nos arrepentimos. Tiempo al tiempo. El único favor que Farnesio te suplica...

--No acierta usted. Lo bueno, inmediatamente.

--El único favor. ¿No me lo concedes, _niña mía_?

--No quiero negárselo. Tiene un año de plazo. Entretanto, yo viviré como si no fuese dueña de estos capitales, que ya no considero míos. Me reservo... lo que me daba doña Catalina en vida. Lo estrictamente necesario. Usted, Farnesio, manda y dispone de todo y en todo...

Y después de una pausa:

--Excepto en mí.

III

Salí de Madrid dos semanas después, al anochecer, con una maleta vieja por todo equipaje. Llevaba puesto lo más sencillo que encontré en mi guardarropa: traje sastre, de sarga, abrigo de paño color café con leche. Ni guantes, ni sombrero. Un velillo resguardaba mi cabeza y mi faz, ya deshinchada, en que sólo la mella del diente recordaba el suceso. Mi peinado era todo recogimiento y modestia.

Antes de emprender la caminata, por la mañana, me había arrodillado en la iglesia de Jesús, á los pies de un capuchino joven, de amarilla tez venada de azul, barbitaheño, consumido y triste. Oyóme casi impasible; un movimiento ligero de párpados, una palpitación de las afiladas ventanas de la nariz. Un instante sólo le vi alterado, expresando pasión.

--Ese sacerdote que le ha dicho á usted que no la absolverían... ha pecado gravemente contra la esperanza y contra la caridad. ¿Quién es él para poner lindes á la misericordia? ¡No crea usted eso, hermana... Dios perdona siempre!

--El hombre á quien causé la muerte, era necesario á los intereses de ese sacerdote...

--Hábleme de sí misma; no acuse á nadie...

Y proseguí, lenta, balbuciente, registrando, explicando... La oreja de cera que se tendía hacia mi voz la recogía cada vez con atención más viva.

Cuando referí el origen de las señales que se veían en mi boca, el fraile se volvió, me miró, en un chispazo de fraternidad...

--¿Eso ha hecho, hermana?

--Eso hice...

Al llegar á mi conversación con Farnesio, acerca de la herencia, otro respingo.

--¿Eso hizo, hermana?

--Eso he resuelto hacer...

Antes de exhortarme, el capuchino se recogió, cerrando los descoloridos ojos azules. Sus labios se movían, sin que de ellos saliese ningún sonido. Al fin, en voz baja, fatigada, de enfermo, murmuró:

--No soy docto, hermana. Desconozco el mundo, y usted me propone cosas extrañas para mí. Mejor se confesaría usted con el padre Coloma, verbigracia. Supla á mi ignorancia Jesucristo, en cuyo santo nombre... Yo veo descollar entre sus pecados una gran soberbia y un gran personalismo. Es el mal de este siglo, es el veneno activo que nos inficiona. Usted se ha creído superior á todos, ó, mejor dicho, desligada, independiente de todos. Además, ha refinado con exceso sus pensamientos. De ahí se originó la corrupción. Sea usted sencilla, natural, humilde. Téngase por la última, la más vulgar de las mujeres. No veo otro camino para usted, y tampoco habrá penitencia más rigurosa.

--¿Y... por ese camino... llegaré al amor?

--¿Al amor divino? ¡Quién lo duda! Usted lo ha presentido, hermana, al dejarse pisotear por una mujer de mala vida, y despreciable á causa de ella. Esa acción no significa sino ansia de humillarse. Humíllese, humille esa cerviz altanera... Pero no un instante, no en un acto violento, extremo, repentino. ¡Siempre, siempre!

--¿Nada más?

--Nada más. Basta. No tengo otro consejo que darle...

Y heme aquí en el vagón de tercera, mezquino, sucio, en contacto con la plebe, la gentuza... Sí, esto puedo hacerlo. Puedo sentarme en un banco duro é incómodo; puedo viajar casi sin ropa, mal pergeñada, respirando el olor bravío de dos paletos--una especie de mendigo y una vieja que abraza un cestón enorme--; puedo hasta alargar la mano, solicitar un socorro... Lo que no puedo, lo que el capuchino no ha visto que no puedo, es creerme--dentro de mí--al nivel de estos que van conmigo, del que me diese limosna, del que cruza á mi lado... No me expreso bien. Mientras el tren avanza, temblequeando sobre los rieles, yo ahondo, yo sutilizo mi caso.--No es tal vez que me crea ni superior ni inferior. Es que me creo _otra_. No reconozco lazo que con ellos me una. No se trata quizás de orgullo, de soberbia, como suponen Carranza y el capuchino. Es que, en el fondo de mi conciencia, en medio de mis actos penitenciales, no me persuado de que haya nada de común entre los demás y yo. Hasta llego á suponer que los demás no existen; que soy yo quien existo, únicamente, y que sólo es verdad lo que en mí se produce; en mí, por mí... Y es en mi interior donde aspiro á la vida radiante, beatífica, divina, del amor. Es en mi interior donde quiero divinizarme, ser lo celeste de la hermosura. ¿Cómo buscar el interior encielamiento? No con actos externos, no con mi cuerpo pisoteado y mi rostro afeado y mi ropa vulgar. Si dentro está el cielo del amor, dentro debe de estar el modo de conquistarlo.

Y me acuerdo de mi Patrona, la Alejandrina. ¡Mujer feliz! Ella no necesitó ni vestirse de burel, ni inclinar su frente principesca, para ser amada, para tener en su mismo corazón al Amante. Con sus ropajes fastuosos, con sus joyas, con su aristocrático desdén de todo lo bajo, de la fealdad, de la miseria, logró conocer ese amor--ahora lo comprendo--el único que merece desearse, soñarse, anhelarse; y se desposó con ese Dueño--¡único que sin vileza se admite y se ansía, cuando se desprecia todo lo que no surge en las fuentes secretas de nuestro ser!

La noche nos envolvía ya; las voces resquebrajadas de los empleados cantaban nombres. El vacío de las estepas solitarias rodeaban al tren. El viaje terminaría pronto.

Me bajé en la estación de una ciudad vieja, y resolví dormir lo que faltaba de la noche en la fonda de la estación misma. Al despertar, arbitraria el modo de transportarme adonde tenía resuelto vivir.

Una conversación con el dueño de la fonda me fué utilísima. Averigüé que, en el desierto que me había atraído como objeto de mi viaje, existe un convento de Carmelitas, y, á corta distancia del convento, casuchas desparramadas, de las cuales alguna me alquilarían tal vez.

--¿Costará muy cara?--pregunto, inquieta, pues ya no soy rica.

--Sí, sí, aún se dejarán pedir... Menos de veinte duros por año, no la cederán.

Un birlocho me lleva, al través de los campos grisientos y silenciosos, salpicados de alcornoques, hacia el desierto, un valle escondido por montañuelas que espejean al sol. Salvados los pequeños mamelones, aparece el valle, y su vista me estremece de alegría, porque es un oasis maravilloso.

Todo él se vuelve flor y plantas fragantes. Romero, cantueso, mejorana, tomillo, mastranzo, borraja, lo esmaltan como vivo, movible tapete recamado de colorines. Y la florida alfombra se mueve, ondula, agitada por el zumbido y el revuelo y el beso chupón, ardoroso, de miles de abejas, cuyas colmenas diviso en los linderos. A la derecha, el campanario del convento se recorta sobre el azul. Las casas--dos ó tres--tienen un huerto más riente, si cabe, que el campo mismo. En la revuelta de un sendero, á la puerta de una de estas casucas, está sentada una mujer. Sus ojos, abiertos é inmóviles, no parpadean y los cubre blanca telilla: es una ciega. A su lado, hace calceta una chiquilla de unos doce ó trece años, negruzca, de facciones bastas, con dos moras maduras por pupilas.

Me acerco, trabo conversación.

--¿Me alquilarían la casa? ¿Una habitación, por lo menos?

La desconfianza de los menesterosos me sale al paso. ¿Qué pretendo? Yo soy una señorita. ¿Cómo voy á pasarlo allí? Es imposible que me encuentre bien...

--Me encontraré perfectamente. Pagaré adelantado. Haré yo la cocina, mi cama, la limpieza.

La anciana titubea; la extrañeza, la curiosidad, plegan sus labios, de arrugadas comisuras, hundidos por el desdentamiento. La chiquilla no sabe qué decir, y con un pie pega golpecitos en la canilla de la otra pierna. Su pelo, apretujado, me inspira recelo indefinible. Ninguna simpatía me infunden estos dos seres. Y, sin embargo, insisto, para quedarme en su compañía. Saco un par de monedas.

--Agüela, dos duros m’ha dao esta ñora.

La avidez de los ciegos se pinta en la cara huesuda, inexpresiva.

--Daca...

Los guarda en la remendada faltriquera, y rezonga:

--Yo, con toa sastifación... Sólo que, como no hay ná de lo que se precisa...

--No importa. Esta noche dormiré envuelta en mi manta. Mañana traerán...

Queda convenido. Hago mis encargos al cochero. Y, como en casa propia, entro en la vivienda. Es de una pobreza sórdida. Tal vez la avaricia hace aquí competencia á la miseria. La ciega tendrá por ahí escondida una hucha de barro... Quizás por eso recelaba de mí... ¿Seré una ladrona disfrazada?

Gradualmente, se disipa su temor. Cierto respeto hacia mí nace en su espíritu, cuando nota que trabajo, que ayudo á la Torcuata--así se llama la niña--en sus menesteres domésticos, y que hasta sirvo á las dos, cuidándolas, procurando que la ciega no derrame la sopa y que la chica no se atraque de miel, lo cual la hace daño. Porque las dos mujeres viven de la miel y la cera; son colmeneras, como los demás moradores del valle, y sacan también algún fruto de vender cosecha de plantas aromáticas á drogueros y herbolarios. Empiezan á creer que yo soy una especie de santa, no sólo por el cuidado incesante que tengo de complacerlas y de atenderlas, sin exigirles nada, ni aun el menor servicio, sino por que voy á la iglesia del convento diariamente, y muchas tardes me ve Torcuata sentarme, pensativa, á la puerta, haciendo calceta como ellas, con aire resignado. A sus preguntas respondo sin impaciencia.

--La señora, ¿tié familia? ¿Es usted extranjera, ó de acá? etc.

A mi vez, pregunto; oigo la historia de los padres de Torcuata, que se murieron, él «gomitando» sangre, ella de un mal parto; y, ufanas de saber más que yo, me explican las costumbres de las abejas, costumbres casi increibles, portento natural que nadie admira. Los acontecimientos de nuestra existencia, en el valle, son el enjambre que emigra y que es preciso recoger, llamándolo con cencerreo suave y teniéndole preparada la nueva colmena, frotada de miel y de plantas odoríferas; la operación de castrar los panales, los mil delicados cuidados que exige la recolección, el transvase de la miel á los barreños, y luego á los tarros, el derretido de la cera, su envase en los cuencos de madera, las complicadas manipulaciones de la pequeña industria agrícola. Pronto auxilio yo eficazmente á Torcuata, con grande alegría y maravilla de la ciega, que no cree en tanto bien. Desde que faltaban los hijos, la cosecha disminuía cada año. «¿Qué puede hacer una creatura? Comerse las mieles ná más»...

Así se estableció entre mis huéspedas y yo la cordialidad más completa. Invertidas las relaciones, fuí su criada. Sin escrúpulo, desinfecté la cabeza pecadora de Torcuata, lavé su pelo, embutido de aceite, cerumen y tierra, até un lazo azul á sus mechones, ya esponjados, y siempre recios como cola de yegua rústica. Cosí camisas para la ciega. Me dejé explotar. Hice regalos.

--¡Santa! ¡Es santa!--repetía la vejezuela, atónita.--¡Nos la ha traío la virge el Calmen!

¡Santa! No... En lo recóndito, en el escondrijo de la verdad, ningún afecto sentía por las dos mujeres. Ejemplares ínfimos de la humanidad, barro ordinario que amasó aprisa el alfarero, me eran tan indiferentes como uno de los alcornoques que sombreaban el repuesto valle. Ni ellas serían capaces de ningún acto de abnegación, ni yo sentía el menor goce emotivo al realizarlos por ellas. Mi instinto estético me las hacía hasta repulsivas. Fea era la cara de níspero de la codiciosa vieja, y acaso más fea la adolescencia alcornoqueña de la moza. ¡No importa! Había que proceder como si las amase. ¿No es eso lo que pides, dulce Dueño?

¡Ah! Por las tardes, respirando el olor embeodante de las florescencias, cuyo polen llevaban las abejuelas de una parte á otra, auxiliando la fecundación, me dirijo á tí, Dueño que no vienes... ¿Por qué han pasado los tiempos en que, á precio de la tortura, de la piel arrancada, de la cabeza destroncada, acudías, exacto á la cita, transportado de ardor? ¿Por qué no me es concedido comprarte á ese precio? Lo que estoy haciendo, me cuesta más, mayor esfuerzo, un vencimiento largo, tedioso, sin fin. Como Teresa, la que tanto te quiso, yo estoy sedienta de martirio, y me iría á tierra de moros, si allí se martirizase. ¡Época miserable la nuestra, en que el bello granate de la sangre eficaz no se cuaja ya, no brilla! De las dos sangres excelentes, la del martirio y la de la guerra, la primera ya es algo como las piedras fabulosas y mágicas, que se han perdido; y la otra, también la quieren convertir en rubí raro, histórico, guardado tras la vitrina de un museo! ¡Edad menguada! ¡No poder ser mártir! En una hora, ganarte, unirme á tí... Si tú quisieses, dulce Dueño, yo te ofrecería licor para refrescar el de tus cruentas llagas... Yo te daría con qué renovar el Grial. Soy muy desventurada, porque no me es concedido dejar correr las fuentes de mis venas. ¡No poder sufrir, no poder morir!

IV

Y, poco á poco, mientras ejecuto las cosas prosáicas, comunes, antipáticas á mis sentidos, allá en lo oculto, en lo reservado de mí misma, noto los indicios de una transformación. Bogo hacia mi ideal, trabajosamente, desviando troncos, chocando en piedras. El espíritu de docilidad y el de renunciación, van depositándose en mí, como en la celdilla ya preparada se deposita la miel. Según la miel se purifica, siento que se purifica mi ánimo. Voy cortando los circuitos de mis impurezas, (análogos á los que forman las neuronas, las cuales reproducen el acto vicioso ya con independencia de nuestra voluntad). Lo material de mi espiación, lo cumplo sin pensar en ello, sin atribuirle valor ninguno. Atiendo más bien á lo íntimo. Vivo interiormente.

El convento no influye en ésto. Voy á la iglesia, pero evito á los Carmelitas. Lo hago por prudencia, por quitar palabreos entre los paletos maliciosos. Los Carmelitas, supongo que por igual razón, ni parecen sospechar que existo. Son pocos y se encierran en su conventillo, cuyas celdas y claustros están forrados de corcho. Silencio, quietud y soledad. No se la he de robar, ni ellos á mí. Tan gran bien es justo que se respete. ¿Y quién sabe si estos frailes se parecen ó no á los directores ininteligentes, fustigados por San Juan de la Cruz?

Comprendo que no basta la paciencia. Necesito el amor. Es preciso que lo amargo me sea dulce. Que me sepan á miel estas molestias que me tomo por dos mujeres bajas, burdas. ¿Tendré que amarlas, para amarte á tí, para que tú me ames? ¿Será este el secreto, la palabra del enigma? ¿Y cómo se hace para eso? ¡Estoy tan al principio de mi deificación! Me faltan etapas, me faltan grados. Hay momentos en que desconfío, dudo, y la secura me invade.

Lo primero que necesito es abandonarme, cerrar los ojos... Tal vez me atormento en balde. Tal vez no necesito hacer más de lo que hago, ni sufrir más de lo que sufro: basta que cambie mi corazón. Sólo entonces seré, como dijo el gran poeta, «amada en el amado transformada». No lo soy. No le hallo cuando le busco dentro. No le hallo... ¡Qué tristeza, no hallarle! Acaso estoy unida á Él en conformidad, pero no en unión transformativa. No somos uno. No hay noche nupcial. No hay en mis dedos, que empieza á deformar el trabajo, ni señal de anillo de luz... Y sin embargo, yo debiera obtener algo, porque mi espíritu no es como el de la muchedumbre: yo soy singular. Mi resolución, mi vida, no se parecen á las de las mujeres que no padecen ansias de belleza suprema!

Acaso esto que pienso sea tentación contra la humildad... ¡Pero si es cierto! ¿La verdad te ofende? ¿He de tenerme por cualquiera? ¿Ignoro lo que soy? ¿Me confundiré con la gente que no pasa del sentido, que no entiende ni pregusta la hermosura inefable?

De seguro que la Alejandrina elegante, mi patrona, no se creía igual á Gnetes. Comprendía de sobra la excelsitud de su propio ánimo. Y la diste el anillo. ¿Qué debo hacer? Todo me será fácil, menos creer lo que no creo. ¿Qué me pides? Toma mi juventud; ya te he ofrendado mi vanidad de mujer: aféame más, si me embellezco para ti... Toma mi existencia, corta ó larga, día por día... ¿No es eso lo que deseas?

Quiero recorrer todas las etapas, andar el camino hasta el fin, gemir, llorar, clamar, velar de noche, ayunar de día. Quiero el fuego, el desfallecimiento, el deseo de morir, el vuelo espiritual, el transporte; quiero tu dardo, tu cuchillo... Y se me figura que jamás los obtendré. Me siento sola, abandonada en este florido desierto, entre aromas de miel intensa, que marean, que llenan de nostalgia y de dolor íntimo. Y, sin embargo, han existido otras mujeres que se unieron á ti, que te tuvieron consigo, á quienes dijiste: «Tú eres yo y yo soy tú...» Otras que en ti habitaron, á quienes tendiste la mano, en ceremonia de desposorios; que en ti bebieron la vida; que en ti fueron deiformes. ¡Y, por muchos que hayan sido mis yerros, no creo que más hondamente pudiesen sentirte y llamarte de lo que te llamo!