Dulce Dueño

Part 15

Chapter 153,885 wordsPublic domain

--¿Quieres saber lo que te pasa, Lina mía? amonestó luego él, en la veranda.--Que te estás embriagando de poesía, y se te va subiendo á la cabeza. ¡Oh, lírica, lírica incorregible! Y el caso es que me parecía haberte curado ó poco menos... Niña, en interés tuyo, dejemos los Alpes; vámonos al muy prosaico y complaciente París. Así como así, tienes que dar allí muchos barzoneos por casas de modistas intelectuales...

--¡No sigas, Agustín!--imploré.--No sigas...

--¿Qué te pasa?

--Que todo eso que me estás diciendo ya me lo habías dicho... no sé cuándo... no sé dónde.--Y con voz ahogada, palpitando, reconocí:

--_¡Tengo miedo!_

--¡Miedo tú!--sonrió Agustín.

--Miedo á lo desconocido... ¿No comprendes que entramos en la región de lo desconocido, de lo extraño?

--Lo que comprendo es que no te conviene Suiza. Este país pacífico te alborota, Lina; es preciso que yo dé un objeto concreto á tu grande alma, para que no sea un alma enfermiza, torturada y con histérico. Piensa en tí misma, Lina. Piensa en nuestro amor...

¿Por qué habló de amor y jugó con la palabra sacra? Sería que su destino lo quiso así. Recuerdo haberle respondido:

--Nos iremos pronto... Antes quiero despedirme del Léman, al cual conozco que profesaré siempre una fanática devoción. ¿No te gusta á ti el lago?

--Me gusta lo que te guste--fué su aquiescencia, demasiado pronta, demasiado análoga á la que se manifiesta á los antojos de las criaturas.

Entonces, obedeciendo á un estímulo ignorado, reservadamente, llamé al barquero que solía servirnos, un mocetón rubio, atlético, y le interrogué con habilidad refinada y discreta, para averiguar cuándo existen contingencias de tormenta en el Oceano en miniatura.

--Ahora es el momento--respondióme el mozo helvético, con cara cerrada é insensible, de hombre acostumbrado á seguir las manías arriesgadas de los ingleses.--Estos días hay _lardeyre_, y cuando lo hay...

--_¿Lardeyre?_--repetí.

--El flujo y reflujo del lago, que es señal de tempestad.

--Quinientos francos si me avisas cuando esté más próxima y nos previenes la barca.

Cuarenta y ocho horas después vino el aviso. Me acuerdo de que por la mañana Agustín me propuso pasar la jornada en Coppet, para ver la residencia y el retrato de madama de Staël. Vivamente, sin razonar, me había negado. Bien engaritados en nuestros gruesos abrigos de paño, caladas las gorrillas de visera, de cuarterones, que habíamos comprado iguales, tomamos asiento en la barca. Soplaba cierzo de nieve. El agua, siniestramente azulosa, palpitaba irregularmente, como un corazón consternado. Sentía la proximidad de la convulsión que iba á sufrir, y se crispaba, turbada hasta el fondo.

Bogábamos en silencio, como los amantes inmortalizados por Lamartine, aunque el líquido ensueño del agua que duerme no nos envolvía. Agustín parecía preocupado. Aprovechándome de que el barquero no sabía español, entablé la conversación, advirtiéndole que, en efecto, no faltaría algún motivo de aprensión á quien no tuviese el alma muy bien puesta. El latigazo hizo su efecto. Las mejillas pálidas de frío se colorearon y las cejas se juntaron, irritadas.

--Yo no soy de los que eligen un porvenir sin lucha ni riesgo, Lina... En cada profesión hay su peculiar heroísmo... Buscar peligros por buscarlos, es otra cosa, y creo que debiéramos volver á tierra, porque el lago presenta mal cariz... A no ser que halles placer. Entonces... es distinto.

--Hallo placer.

Calló de nuevo. Insistí.

--¿Qué puede suceder?

--Que venga la crecida y se nos ponga el bote por montera.

--En ese caso, ¿me salvarías?

--¡Qué pregunta, mi bien! Agotaría, por lo menos, los medios para lograrlo.

--¿Es cierto que me quieres?

Suspirante, caricioso, llegó su cuerpo al mío, y efusionó:

--¡Tanto, tanto!

De seguro le miré con un infinito en la delicuescencia de mis pupilas. Era que _creía_. ¡Qué bueno es creer! Es como una onda de licor ardiente, eficaz, en labios, garganta y venas... Tuve ya en la boca la orden de volver al muelle, del cual nos habíamos distanciado hasta perderlo de vista... La lengua no formó el sonido. Muda, me dejé llevar. Una voluptuosidad salvaje empezaba á invadirme; percibía con claridad que era el momento decisivo...

¿En qué lo conocí? No sé, pero algo de físico hubo en ello. Una electricidad pesada y punzadora serpeaba por mis nervios. Densos nubarrones se amontonaban. La barca gemía; miré al barquero; en su rostro demudado, las mordeduras del cierzo eran marcas violáceas. Me hizo una especie de guiño, que interpreté así: «¡Valor!» Y en el mismo punto, sucedió lo espantable: una hinchazón repentina, furiosa, alzó en vilo el lago entero; era la impetuosa crecida, súbita, inexplicable, como el hervor de la leche que se desborda. El barco pegó un brinco á su vez y medio se volcó. Caí.

Desde entonces, mis impresiones son difíciles de detallar. Conservé, sin embargo, bastante lucidez, y como en pesadilla ví escenas y hasta escuché voces, á pesar de que el agua se introducía en mis oídos, en mi boca. Mecánicamente, yo braceaba, pugnaba por volver á la superficie. A mi lado pasó un bulto, luchando, casi á flor de agua.

--¡Agustín!--escupí con bufaradas de líquido.--¡Sálvame, Agustín!

Una cara que expresaba horrible terror flotó un momento, tan cercana, que volví á dirigirme á ella, y sin darme cuenta, me así al cuello del otro desventurado que se ahogaba. Dos brazos rígidos, crispados, me rechazaron; un puño hirió mi faz, un esguince me desprendió; la expresión del instinto supremo, el ansia de conservar la vida, la vida á todo trance, la vida mortal, pisoteando el ideal heroico del amor... Antes de advertir en mi cabeza la sensación de un mar de púrpura, de un agua roja y hormigueante, como puntilleada de obscuro, tuve tiempo de soñar que gritaba (claro es que no podría):

--¡Cobarde! ¡Embustero!

Y lo demás, por el barquero lo supe. El forzudo suizo, despedido también en aquel brinco furioso de dos metros de agua, pero maestro en natación, trató de pescar á alguno de los dos turistas locos, que con los abrigos, densos como chapas de plomo, se hundían en el lago. Pudo cojerme de un pie, dislocándomelo por el tobillo. La barca, felizmente, no estaba quilla arriba. Me depositó en ella y trató de maniobrar para descubrir á mi compañero. Pero Agustín derivaba ya hacia los lagos negros, límbicos, en que nadan las sombras dolientes de los que mueren sin realizarse...

Y cuando después de mi larga, nueva fiebre nerviosa, mucho más grave que la de Madrid, volví á coordinar especies, encontré á mi cabecera á Farnesio, envejecido, tétrico. De la catástrofe había hablado la prensa mundial en emocionantes telegramas de agencias; éramos «los dos amantes españoles» víctimas de una romántica imprudencia en el lago. En España, mi ignorado nombre se popularizó; mi figura interesaba, mi enfermedad no menos, y el revuelo en el mundo político por la desaparición de Almonte fué desusado. ¡Aquel muchacho de tanto porvenir, de tantas promesas! El desolado padre, llamado á Ginebra por el atroz suceso, se llevó un frío despojo al panteón de familia, en la Rioja... Toda la ambición se encerró en un nicho de ladrillo y cal, en esperanza de un mausoleo costeado por amigos, gente del distrito, núcleo de partidarios fieles...

Y don Genaro, gozoso al verme abrir los ojos, repite:

--No morirás... No morirás... ¡Estabas aquí tan sola! ¿No sabes, criatura? Tu Maggie y tu Dick, cuando te trajeron expirante, aprovecharon la ocasión y desaparecieron con tu dinero y tus joyas... Creo que se entendían, á pesar de la diferencia de años... Ella se emborrachaba... ¡Qué pécora! En América estarán...

--Dejarles--respondo; y tomando la mano de Farnesio, la llevo á los labios y articulo:

--Perdóname... Perdóname...

VII

_Dulce dueño._

I

Al llegar á Madrid, en Enero, todavía muy floja y decaída, me ven sucesivamente dos ó tres doctores de fama. Hablan de nervios, de depresión, de agotamiento por sacudimiento tremendo; en suma, Perogrullo. Hacen un plan, basado principalmente en la alimentación. El uno me prescribe leche y huevos, el otro, nuez de kola y vegetales, puches y gachas á pasto, aquél me receta baños tibios, purés, jamón fresco, carnes blancas... y, sobre todo, ¡calma! ¡descanso! ¡sedación! Mi sistema nervioso puede hacerme una jugarreta... En suma, trasluzco que temen si mi razón... ¡La razón! ¡Qué saben ellos de mi arcano!

Por egoísmo--no por atender á la salud--he cerrado la puerta á los curiosos, á los noticieros, á los impresionistas. Así que empiezo á reponerme algo, recobrando, gracias á la proximidad de la primavera, una apariencia de fuerza, no puedo negarme á la entrevista trágica con el padre y la madre de Agustín Almonte. Cuando el padre recogió el cuerpo del hijo, en Suiza, yo deliraba y me abrasaba de calentura en el hotel.

Ellos creen que mi larga enfermedad, mi estado de abatimiento, de «neurastenia», dicen los médicos en su jerga especial, no reconocen otra causa que la impresión de la desgraciada muerte de su hijo, mi futuro. La leyenda ha rodado: es original notar cómo, bajo su varita de bruja, se ha transformado la esencia los hechos, sin alterarse en lo más mínimo lo apariencial. Los dos enamorados «bogábamos en silencio»--recuérdese á Lamartine--sin otra preocupación que la de soñar que el amor, según nos enseña el poeta, no es eterno, que tan deliciosas horas huyen, y deben aprovecharse con avidez. Eramos una pareja á la cual «todo sonreía», á la cual estaban preparados destinos triunfales. De súbito, el Léman hinchó su seno pérfido, pegó el horrible salto de dos metros cincuenta, y nuestra barca nos volcó. Agustín, aterrado, gritó al barquero la consigna de salvarme, y quiso intentarlo él, á su vez; el grueso abrigo, empapado, le arrastró al fondo, mientras á mí el suizo me libraba de una muerte cierta. Al recobrar el conocimiento y saber la tremenda verdad, el dolor estuvo á punto de acabar también con mi vida. Aquella tristeza honda, aquella postración, eran tributo pagado por mi alma al sufrimiento de tal pérdida. Se había tronchado la flor preciosa de mis cándidas ilusiones. Cosa muy tierna, muy interesante. Los párrafos que nos consagraban los periódicos, al publicar nuestros retratos (obtenido el mío con estratagemas de pieles rojas cazadores, pues yo me resistía horripilada á la «información gráfica»), eran de una sensibilidad vehemente, elegiaca. Recibí entonces, de desconocidos, cartas febriles, en que se traslucía un amor reprimido, pronto á crecer y estallar.

Y fué preciso fijar hora y día para recibir á los padres sin consuelo, que vinieron, acompañados de Carranza, involuntario autor de la tragedia; el que, ceñida la mitra, empuñado el báculo, había de bendecir nuestros desposorios...

Al asomar en el quicio de la puerta las dos figuras enlutadas, me levanto, me adelanto; y, sin dar tiempo á mi saludo, unos brazos débiles, de mujer enferma y atropellada por los años, se ciñen á mi garganta; y en mi rostro siento el contacto de una piel rugosa, seca, calenturienta, y escucho un balbuceo truncado: «¡Mi hij... mi hij... mío del al... mío!..» y lágrimas de brasa empiezan á difluir por mis propias mejillas, á calentarlas, á quemar mi piel como un cáustico, á llegar hasta mi boca, que la sofocación entreabre, y en la cual un sabor salado, terrible, me introduce la amargura de nuestra vida, la nada de nuestro existir... Y este abrazo, que me mata, dura un cuarto de hora, eterno, sin que cese la congoja de la madre, sin que se interrumpa su mal articulada queja, el correr de su llanto, el jadear de su flaco pecho...

El padre, más sereno,--al fin han corrido meses--, convenientemente triste, ahogado por el asma, interviene y desanuda el lazo, cooperando Carranza á la obra.

--Basta, María, un poco de resignación... ¡No ves que la pobre todavía está enferma! La nuestra es una pena misma... Señorita, ¿me permite usted que la dé un beso en la frente?

Y no me lo da, sino que pide ¡socorro! porque parece que, al soltarme la señora de Almonte, sufro un síncope...

Al volver en mí, ya un poco más sosegados todos, en un instante de respiro, entre el olor del éter, se habla largamente, con interrupción de sollozos, suspiros y cabezas inclinadas. Carranza, grave, cejijunto, pero sin perder su continente diplomático, de sagacidad y sensatez, dirige la cruel conferencia. Los padres se despiden al fin. Me mirarán siempre como á una hija. Vendrán á verme algunas veces; soy para ellos algo querido, «lo que les queda» de su pobre Agustín... ¡Si yo supiese lo que Agustín valía! ¡Si yo me penetrase de lo que «habíamos perdido»! Y no sólo nosotros. Porque Agustín era para su patria algo más que una esperanza: iba siendo una realidad, ¡tan extraordinaria, tan superior á todo! Acaso--insistía el padre--el genio maléfico que parece dedicado á encaminar los sucesos de la manera más funesta para España, fuese el que había dispuesto la extraña peripecia del lago Léman. Porque él, después de meditar bastante en la catástrofe, veía en drama tan impensado algo de fatídico, que va más allá de la natural combinación de los sucesos...

--¡No lo sabe usted bien!--respondí sinceramente, como si pensara en alta voz, entre las últimas y largas presiones de manos temblorosas y frías.

Al marcharse los dos viejos, Carranza se queda á mi lado, murmurando frases consoladoras, sin convicción. Despaciosa, me arrodillo en la alfombra, ante el canónigo.

--¿Eh? ¿Qué te pasa, hija mía?

--Me confesaría de buena gana.

--¿Confesarte?--La sorpresa cuajó sus facciones en seriedad berroqueña. Era un medallón de piedra el rostro del Magistral.

--Sí, Carranza; confesarme. No puedo con el peso de lo que hay en mí. Ayúdeme á descargar un poco el espíritu.

Las cejas se juntaron más. Un mundo de pensamientos y de recelos indefinidos cabía en el pliegue.

--Mira, Lina, ya otra vez quisiste... Y entonces, como ahora, te contesto: ¿de cuándo acá, entre nosotros, confesión? Tú has dicho siempre que yo era demasiado amigo tuyo para hacer un confesor bueno. Eso de confesión... es cosa seria.

--Serio también lo que he de decirle.

--No importa... Hazme el favor, Lina, de dispensarme. Para el caso de desahogar tu corazón, es igual que me hables fuera del tribunal de la penitencia. Para los fines espirituales, muy fácilmente encontrarás otro mejor que yo...

--Y el amigo... ¿me guardará el mismo secreto?

--El mismo, exactamente el mismo. Si quieres, la conferencia se verificará en el oratorio. Me consideraré tan obligado á callar como si te confesase... Tengo mis razones...

Nos dirigimos al oratorio de doña Catalina Mascareñas, Yo me había limitado á refrescarlo y arreglarlo un poco. En el altar campeaba, en un buen lienzo italiano, la figura noble de la Alejandrina. Al lado de mi reclinatorio, en marco de oro cincelado, de su estilo, brillaba la famosa placa del XV, que llevé á Alcalá el día en que Carranza nos leyó la historia. ¡Cuánto tiempo me parecía que hubiese transcurrido desde aquella tarde lluviosa y primaveral! Evoqué la misteriosa sensación del canto de las niñas:

«¡Levántate, Catalina, levántate, Catalina, que Jesucristo te llama!»

Me senté en mi reclinatorio, y en un sillón el canónigo. Hablé como si me dirigiese á mi propia conciencia. Carranza me escuchaba, demudado, torvo, con los ojos entrecerrados, velando los relampagueos repentinos de la mirada. Al llegar al punto culminante, á aquél en que se precisaba mi responsabilidad, ya no acertó á reprimirse.

--¡Hola! ¡Vamos, si me lo daba el corazón! Te lo juro; yo lo sospechaba; ¡lo sospechaba! No eso mismo precisamente; cualquier atrocidad, en ese género... ¡Ahí tienes por qué no he querido confesarte! ¡No llega á tanto mi virtud! ¡Absolverte yo del... del asesinato...!

--¡Asesinato!

--¡Asesinato! Has asesinado á quien valía mil veces más que tú. ¡No extrañes que me exprese así! Quería yo mucho á Agustín, y será eterno mi remordimiento por haberle puesto en tus manos, conociéndote como te conozco. Te conozco desde que me hiciste otras confidencias inauditas, inconcebibles. ¡Tampoco quise ser confesor tuyo entonces! Mujeres como tú, doblemente peligrosas son que las Dalilas y que las Mesalinas. Estas eran naturales, al menos. Tú eres un caso de perversión horrible, antinatural, que se disfraza de castidad y de pureza. ¡En mal hora naciste!

Callé, y sujeté mi congoja, con férrea voluntad, palideciendo. Carranza insistió.

--En tus degeneraciones modernistas, premeditaste un suicidio, acompañado de un homicidio. Buscaste la catástrofe entre desprendimientos de aludes y desgajes de montañas, y al ver que no la encontrabas así, acudiste á las traiciones del lago. Si esto te falla, habrías echado mano de la bomba de un dinamitero... ¡Ó del veneno! ¡Eres para envenenar á tu padre!

--Como no estamos confesándonos, Carranza--declaro, sacudido el pecho por el martilleo de la ansiedad--me será permitido defenderme. Algo puedo alegar en mi defensa. Almonte fué menos noble que yo. Habíamos celebrado un pacto; nos uníamos amistosamente para la dominación y el poder, descartando lo amoroso. Y lo quiso todo, y representó la comedia más indigna, la del amor apasionado, ardiente, incondicional... Y me juró que por mi vida daría la suya... ¡Me juró esto!; por tal perjurio murió él, y yo he caído en lo hondo...!

Mi ademán desesperado comentó la frase.

--¡Eres una desdichada! ¿Qué crimen es jurarle á una mujer... esas tonterías? ¿Acaso tú querías á Agustín tanto, tanto, como en las novelas?

--¡Si yo no le he querido jamás, ni á él, ni á ninguno! Y como no le quería, no se lo he dicho. No mentí. ¡Mentir, qué bajeza! Agustín no era caballero, no era ni aun valiente. Por miedo á morir, me dió con el codo en el pecho, me golpeó, me rechazó. Y, la víspera, aseguraba...

Carranza, sin fijarse en el lugar, que merecía respeto, hirió con el puño el brazo del sillón, y masculló algo fuerte que asomaba á sus labios violáceos, astutos, rasurados, delineados con energía.

--¡Mira, Lina, yo no quiero insultarte; eres mujer... aunque más bien me pareces la Melusina, que comienza en mujer y acaba en cola de sierpe! Hay en ti algo de monstruoso, y yo soy hombre castizo, de juicio recto, de ideas claras, y no te entiendo, ni he de entenderte jamás. Te resististe, en otro tiempo, á entrar monja. Bueno; preferías, sin duda, casarte. Nada más lícito. Te regala la suerte una posición estupenda; ya eres dueña de elegir marido, entre lo mejor. Tu posición se ha visto luego amenazada, por las... circunstancias... que no ignoras: te busco la persona única para salvarte del peor naufragio; esa persona es un hombre joven, simpático, el hombre de mañana--¡pobre Agustín! ¡si esto clama al cielo!--y tú no sosiegas, víbora...--¡Dios me tenga de su mano!--hasta que le matas... ¡Y luego, hipócritamente, recibes á los padres, te dejas besar por la madre, por esa Dolorosa! Tu castigo vendrá, vendrá... En primer lugar, te quedarás pobre... porque ahora no hay quien le meta el resuello en el cuerpo á D. Juan Clímaco... ¡Y, en segundo... no sé si hallarás confesor que te absuelva! ¡Es que esto subleva, Lina! ¡En mal hora, en mal hora te hice yo conocer á aquel hombre, digno de una mujer que no fuese un fenómeno de maldad... y de maldad inútil! ¡Porque ahí tienes lo que indigna, que no se sabe ni se ve el objeto de tus delitos... de tus crímenes!

Sollozando histéricamente, caigo de rodillas, y repito la palabra que está fija en mi pensamiento, la palabra de los vencidos:

--¡Perdón! ¡Perdón!

--¡Perdón! Yo no estoy aquí para eso--insiste Carranza, petrificado en ira--. Estoy para protestar de un crimen que la justicia no castigará, que el mundo desconoce, y que hasta tú eres capaz, con tu entendimiento dañino, de presentar como un poético rasgo de superioridad, como algo sublime... Porque tienes la soberbia infiltrada en el corazón, en ese perverso corazón que no sabe amar, que no sabe querer, que no lo supo nunca, y que no ha de aprenderlo!

Fulminaba ya Carranza en pie, excitándose con sus propias palabras, tronante de indignación. Y amenazó:

--Lo primero que haré, será impedir que esos desdichados padres sigan llamándote _hija_, lo cual es un escarnio... Y no te acuerdes más de tu antiguo amigo Carranza. Me has sacado de quicio; la locura es contagiosa. ¡No sé qué te haría! Se me pasan ganas de abofetearte... Es mejor que me retire... Adios, Lina; siempre he desconfiado de las hembras... Tú me enseñas que el abismo del mal sólo puede llenarlo la malignidad femenil. Siento haberme descompuesto tanto... Parezco un patán... ¡Agustín, pobre Agustín! ¡Quién me lo diría! ¡Y por mi culpa!

II

El portazo que pegó Carranza me retumbó en la cabeza, que un dardo agudo de jaqueca nerviosa atarazaba. Quizás se me hubiese quitado con tomar alimento, pero mi garganta, atascada, no permitía el paso ni aun á la saliva pegajosa y ardiente que escandecía, en vez de humedecerlas, mis fauces.

Salí del oratorio.--Me recogí á mis habitaciones. Un azogue no me consentía sentarme, ni echarme sobre la meridiana, ni hacer nada que aliviase mi desasosiego. Me contenía para no batir en las paredes la cabeza, para no romper y hacer añicos porcelanas, vidrios, cuadros; para no desgarrar mis propias ropas y el rostro con las uñas... Un reloj de onix y bronce, con su tic-tac monótono, me exasperaba. De un manotón, lo arrojé al suelo. El golpe paró el mecanismo. Al ruido, acudió mi doncella, la antigua Eladia, triunfadora del extranjero con los dos episodios desastrosos de Octavia y de Maggie...

--¡Jesús mil veces! Creí que era la señorita la que se había caído... ¿Recojo el reloj? ¡Qué lástima! Se ha roto por la esquina...

No contesté. Comprendía que no me hallaba en estado de responder de una manera conveniente. Sólo ordené:

--Mi abrigo de paño, mi sombrero obscuro.

--¿Va á salir la señora? ¿Telefoneo que enganchen?

--¡Mi abrigo, mi sombrero! repito, con tal tono, que Eladia se precipita.

Cinco minutos después, estoy en la calle. Yo misma no sé á dónde voy. La especie de impulsión instintiva que á veces me ha guiado, me empuja ahora. Voy hacia mí misma... Vago por las vías céntricas, en que obscurece ya un poco. Salgo de la calle del Arenal, subo por la de la Montera, mirando alrededor, como si quisiera orientarme. Penetro en una calleja estrecha, que abre su boca fétida, sospechosa, asomándola á la vía inundada de luz y bulliciosa de gente. A la derecha, hay un portal de pésima traza. Una mujer, de pie, envuelta en un mantón, hace centinela. Me acerco resueltamente á la venal sacerdotisa.

--¿Qué se la ofrece á usted, señora? ¿Eh, señora?

--¿Quiere usted hacerme un favor?

--¿Yo... á usté? Hija, eso, según... ¿Qué favor la puedo yo hacer? ¡Tié gracia!

El vaho de patchulí me encalabrinaba el alma, me nauseaba el espíritu.

--El favor... ¡no le choque, no se asuste! Es... pisotearme.

--¿Qué está usté diciendo? ¿Señora, está usté buena, ó hay que amarrarla? ¡Miusté que... Pa guasas estamos!

--Un billete de cincuenta pesetas, si me pisotea usted, pronto, y fuerte.

Abrí el portamonedas, y mostré el billete, razón soberana. Titubeaba aún. La desvié vivamente, y, ocultándome en lo sombrío del portal, me eché en el suelo, infecto y duro, y aguardé. La prójima, turbada, se encogió de hombros, y se decidió. Sus tacones magullaron mi brazo derecho, sin vigor ni saña.

--Fuerte, fuerte he dicho...

--¡Andá! Si la gusta... Por mí...

Entonces bailó recio sobre mis caderas, sobre mis senos, sobre mis hombros, respetando por instinto la faz, que blanqueaba entre la penumbra. No exhalé un grito. Sólo exclamé sordamente.

--¡La cara, la cara también!

Cerré los ojos... Sentí el tacón, la suela, sobre la boca... Agudo sufrimiento me hizo gemir.

La daifa me incorporaba, taponándome los labios con su pañuelo pestífero.

--¿Lo vé? La hice á usté mucho daño. Aunque me dé mil duros no la piso más. Si está usté guillada, yo no soy ninguna creminal, ¿se entera? ¡Andá! ¡En el pañuelo se ha quedao un diente!