Dulce Dueño

Part 14

Chapter 143,844 wordsPublic domain

Creo que este diálogo lo pasamos una noche, en que el lago reflejaba una luna enorme, encendida todavía por los besos del poniente. Estábamos en la veranda, muy cerca el uno del otro, y los camareros, cuando pasaban llamados por algún viajero que pedía _wisky and soda_, cerveza ó aperitivos, apresuraban el andar, por no ser molestos á los enamorados españoles. Y, sin embargo, en el momento sugestivo, no se aproximaban temblantes nuestras manos, ni se inclinaban nuestros cuerpos el uno hacia el otro.

V

Y avanza el singular noviazgo, frío y claro como las nieves que revisten esos picachos y esas agujas dentelladas, que muerden eternamente en el azul del cielo puro. Aun diré que era más frío el noviazgo que las nieves, ya que éstas, alguna vez, se encendían al reflejo del sol. Me lo hizo observar un día Agustín. Él no lamentaría que la situación cambiase; pero lo procuraba con labor fina, sabiendo que yo estaba á prueba de sorpresas. Aplicaba á la conquista de mi espíritu la ciencia psicológica y matemática á un tiempo conque estudiaba al resto de la gente, piezas de su juego de ajedrez. Dueño de largas horas y propicias ocasiones, teniendo por cómplices los azares de un viaje, supuso--después lo he comprendido--que siempre llega el cuarto de hora. Debo reconocer que esta idea, algo brutal en el fondo, la aplicó el proco con artística finura.

Su actitud fué la del hombre que busca un afecto, y, para conseguirlo profundo, lo quiere completo, sin restricciones. Estaba seguro de mi amistad, contaba conmigo como asociada... pero ¿y si, abandonando él en mí lo que no debe abandonarse, otro hombre...?

--Ni en hipótesis--confirmo tercamente.

Para demostrarme con un alto ejemplo histórico su pensamiento, me recordó el lazo entre el conquistador Hernán Cortés y la india doña Marina.

--¿No es verdad que al pensar en esta pareja, no vemos en ella á los amartelados amantes, sino á dos seres superiores á los que les rodeaban, y que se juntaban para un alto fin político? Cortés necesitaba á doña Marina, su conocimiento del ambiente, su lealtad para prevenir emboscadas y traiciones. La india se había penetrado de los propósitos del conquistador. Sin embargo, el modo de que las dos voluntades se fundiesen, fué la unión natural humana. En ello, Lina, no hay ni sombra de nada repugnante. Es un hecho como el respirar. Por distintos caminos que usted, yo he llegado á despreciar también la materia, la estúpida ceguedad del instinto. Pero en la vida de dos personas como usted y yo, esta comunión sería más espiritual que otra cosa... ¿Me niega usted el derecho de defender mis ideas...?--se interrumpió con grata sonrisa sagaz, de italiano discípulo de Maquiavelo.

--No--asentí.--Es probable que no llegue usted á persuadirme; pero si cierro los oídos, se pudiera inferir miedo. Espláyese usted y persuádame, si es capaz.

Se tegió este diálogo en el castillo de Chillón, que siguiendo al rebaño, tuvimos la ocurrencia de visitar en nuestra excursión á Vevey, comprendida en la vuelta que dimos al lago. El sitio es, sin duda, pintoresco, entre salvaje y sosegado; la torre y los calabozos sólo recuerdan episodios políticos; Almonte me hace notar cómo ha cambiado este aspecto de la vida: por cuestiones políticas ya á nadie se suele echar grillos; y los judíos, á quienes estos pacíficos suizos y saboyanos sacaron de la fortaleza para quemarlos vivos, como hubiesen hecho unos terribles inquisidores españoles, hoy son partidarios de la libertad de conciencia...

--Los recuerdos de Chillón no le serán á usted molestos. Por aquí no revolotea el cupidillo...

--Sí que revolotea. Por aquí situa Rousseau escenas de su _Nueva Heloisa_, que es un libro pestífero, y, después de pensar quien lo ha escrito, muy empalagosamente asqueador.

Combatiente diestro, aprovechándose de la ventaja que se le concedía, Almonte supo disertar. En nuestro periplo alrededor del misterioso lago, desplegó los recursos de su arte. A su voz no le había yo prohibido el contacto material. Su voz hermosa, llena, de gran orador, tenía por auxiliares los ojos, algo salientes; pero de un negror y blancor expresivos. Poco á poco la voz va entrando en mi alma. Experimento un goce sutil en oirla, diga lo que diga; solamente al llamar al camarero. Me place que desenvuelva sus planes, haciendo lo contrario de Mefistófeles con Fausto; presentándome, como remate del vivir, en vez de la perspectiva amorosa, la del triunfo de una ambición intensa. Escucho interesada las inauditas y dramáticas historias que me refiere de gente conocidísima, y él, para justificarse, alega:

--La política es cada día más una cuestión de personas. No hay nadie que no tenga en su vida un interés, un resorte secreto. El que los conoce es dueño de mucha gente, si creen que puede realizar esos anhelos que no se exhiben, generalmente, ante el público, y aunque se exhiban...

La sociedad altanera, frívola y disoluta que he visto de refilón en Biárritz la diseca Agustín con instrumento de oro, entre gestos seguros, de hombre de ciencia... de esa ciencia.

--¿Fulano? Hacia la senaduría. ¿Mengano? La rehabilitación de un título con Grandeza. ¿Perengano? Cosa más sólida; un célebre asunto en lo contencioso... Millones. ¿Perencejo? Toda la vida ha querido ministrar... y no siendo más inepto que otros, no lo ha logrado. ¿Ciclanito? Eso es serio; pica alto, alto...

Y, comentario:

--A lo alto llegaremos nosotros. ¡Sabe Dios á qué altura! Por mucha que sea, ni usted ni yo somos de los que sufren vértigo... Aquí no nos armamos de _alpenstock_, porque no nos divierte. Desde abajo vemos los juegos de la luz... En fin, yo quiero que usted sea la segunda mujer de España... á no ser que para entonces los sucesos hayan tomado tal giro, que pueda ser la primera. ¡Así, la primera! No tomarán ese giro; yo, por lo menos, no lo creo; pero ello es que hay muchos modos de ocupar primeros lugares... Si yo soy el dueño, la dueña usted... Siendo yo Cayo, tú serás Caya... como decían los romanos en las ceremonias nupciales. ¡Ah! Perdón, Lina... la he tuteado...

--Era un tuteo histórico.

--No importa; me va á fastidiar ahora mucho volver á... Lina, yo te creo una mujer superior. ¿No se tutean los amigos?...

--En realidad...

Y el tuteo no fué embarazoso, sobre esta base de la amistad franca. Al contrario; estableció entre nosotros algo tan grato, que yo no recordaba nunca un período en que tan gustoso me hubiese sido vivir. Los planes, los proyectos, las esperanzas, todos saben cuánto superan en deliciosa sugestión á la realidad, aun cuando salga conforme á esos mismos planes ó los mejore. Un anhelo de interés me hacía desear locamente lo más loco de cuanto se desea: el acercarse á la muerte: que los años hubiesen volado, y que Agustín y yo fuésemos ya los amos, los árbitros, aquellos ante quienes todo se inclinaría... El, sonriente, moderaba mi impaciencia.

--Calma... calma... Y atesorar mucha fuerza y felicidad para que no nos coja débiles el momento de la apoteosis... que es seguro.

--El caso es, Agustín, que yo tengo ideal, y que, si llega ese instante, quisiera que, mañana, la historia...

--El ideal, en la política, se construye con realidades pequeñas. Nace de los hechos, sin cultivo, como esos _edelweiss_ peludos sobre la nieve... Entretanto, Lina, seamos egoístas, pensemos en nosotros...

Y noté, efectivamente, que mi amigo empezaba á prestar al «nosotros» un sentido nuevo, diferente del que yo le había atribuído hasta entonces. Como en las altas cumbres que el sol teñía de amatista pálida y de los anaranjados del oro encendido por el fuego--al avanzar el verano, el hielo se derretía--. Desde el tuteo, Agustín iba, poco á poco, mostrándose enamorado, traspasado, rendido. Era una inconsecuencia, era una transgresión, era faltar á lo tratado; y, sin embargo, yo fluctuaba. Una indulgencia que me parecía criminal ante mí misma, me invadía como un sopor. Lo que más contribuía á hacerme indulgente--reconozco que es extraño el motivo--era que yo no compartía la turbación que iba advirtiendo en Almonte. El enervamiento de la Alhambra y de Loja, no se reproducía ante el Mont-Blanc. Y como no era _en los demás_, sino _en mí_, donde encontraba especialmente repulsiva la suposición de ciertos transportes,--no me alarmaba ni me sublevaba como me hubiese sublevado al comprobar que yo los sentía.

--Que arda, bueno... La culpa no es mía... No soy cómplice...

Recuerdo que nuestra situación se precisó cuando, dirigiéndonos á Chambery, nos detuvimos en Annecy, viejo y curioso pueblecillo, donde fueron enterrados los restos de dos amigos de distinto sexo y muy puros, el amable y ameno San Francisco de Sales y la nobilísima Madre Chantal. ¿Por qué--pensaba yo acordándome del Obispo de Ginebra y de su colaboradora--no se ha de reproducir esta unión espiritual? ¿Sin duda no es locura mía aspirar á ella, cuando ya se ha visto en la tierra algo tan semejante á lo que yo sueño? Esta baronesa mística, que se grabó en el seno, con hierro ardiente, el nombre de Jesús, ¿no enlazó castamente toda su voluntad, toda su existencia, á la de un hombre, el elegante y delicado autor de _Filotea_? ¿No tuvieron un fin, todo lo espiritual que se quiera, pero humano? No abandonó la Chantal, por este enlace, familia, hijos, sociedad, y no se consagró á fundar la orden de la Visitación? He aquí los frutos de las amistades limpias, serenas...

Ibamos por las orillas frescas del diminuto lago de Annecy--al lado del Léman, un juguete--y nos habíamos desviado algo del paseo público, perdiéndonos en un sendero orillado de abetos, muy sombrío á aquella hora de la tarde. Agustín me daba el brazo. De pronto, sentí una especie de quejido ahogado, sordo, y le ví que se inclinaba, intentando un abrazo de demencia... Balbuceaba, temblaba, palpitaba, jadeaba, y en un hombre tan dueño de sí, tan avezado á conservar sangre fría en las horas difíciles, la explosión era como volcánica.

--No puedo más... No puedo... Haz de mí lo que quieras... Recházame, despídeme... Has vencido ó ha vencido el diablo; estoy perdido... Te has apoderado de mí... Cuanto he prometido, los convenios hechos, eran absurdos, necedades... Imposible que yo cumpliese tales condiciones... y si hay un hombre en el mundo que lo haga, entonces me reconozco miserable, me reconozco infame, lo que quieras! Lina, es igual: aquí no discutimos, no hay argumentos. Lo que hay es la verdad, lo hondo de las cosas. Prefiero romper el contrato. Sí, lo rompo. Se acabó. Y me voy, me alejo esta misma noche, para siempre. Lo que combinábamos juntos, era un contrasentido. Tú no lo comprendes; yo no sé qué ofuscación padeces, para haber dislocado las nociones de la realidad y pedir la luna... Eres de otra madera que el resto de los humanos. Bueno. Yo no. Despidámonos aquí mismo, Lina; despidámonos... ó abracémonos, así, en delirio...

Los brazos eran tenazas. Entre ellos, yo permanecía cuajada, como el magnífico hielo de los glaciares.

--Basta..., Agustín..., oye...

Hizo el gesto de locura de emprender carrera.

--No te reconozco... ¡Es increíble! ¿No decías...? ¿No opinabas...?

--Opinase ó dijese lo que quisiera. Es que yo no contaba con una complicación inesperada, con un suceso ridículo y fatal. Me he enamorado. Es una razón estúpida, convengo. No encuentro otra. Me he enamorado. No creas que así de broma. Me he enamorado tanto, que comprendo que, en bastante tiempo, no podré resignarme á la vida. ¡Tú serás capaz de extrañarlo! No lo extrañes, Lina.--suspiró con pena romántica.--¡Tú no te has dado cuenta de tu valer! Inteligencia, cultura, alma, belleza... Todo, todo, reunido por mi mala suerte en una mujer singular, que ha resuelto...

--Pero si yo...

--Tú, tú... Tú me permites... que me abrase... Ahí está lo que me permites... Tu compañía, tu amistad, la perspectiva de un enlace... Verte incesantemente, andar juntos y solos por estos sitios que convidan á querer... Yo no soy un fenómeno, yo soy un hombre... ¡Cómo ha de ser! Al separarme de tí, destruyo un gran porvenir, el porvenir de los dos; era algo espléndido... Pero estoy en esa hora en que se arroja por la ventana, no digo el interés, ¡la existencia! Comprendo que procedo en desesperación. No es culpa mía.

Me detuve, y le hice señas de que se calmase y escuchase. El lago rebrillaba bajo un sol tibio. Me senté en el parapeto. Hice señas á Agustín de que se sentase también.

--¿Era una pasión, lo que se dice una pasión? ¿La pasión se manifestaba así? ¿Se limitaba la pasión á estas llamaradas? ¿O sería él capaz, por mí, de sacrificios, de abnegaciones?

--De todo... ¡Hasta qué punto! No lo dudarías si comprendieses cuán diferente eres de _las demás_... Te rodea un ambiente especial, tuyo, que ninguna otra mujer tiene... ¡Ah! ¿Sacrificios, dices? Lo repito en serio: ¡La vida! ¡La herida está muy adentro!

--Siendo así... ¿Pero mira bien si es así?... ¡Cuidado, Agustín, cuidado!

--¡Así es! Ojalá no fuese.

VI

Y dispusimos la boda. Se escribió para los papeles indispensables. Permaneceríamos en Ginebra hasta mediados de Septiembre, mientras se arreglaba todo. Nos casaríamos en París.

Al evocar aquel período, recuerdo que me sorprendió algún tanto la placidez que demostró Agustín, después de sus arrebatos de Annecy, revestidos de un carácter de violencia sombría y halagadora. Placidez apasionada, galante, tierna, pero placidez. ¿Esperaba yo que me aplicase antorchas encendidas? ¿Quería un martirio ferozmente amoroso? Hubo monerías, hubo mil gentilezas. Brasas bien contenidas dentro de una estufa correcta, con guardafuego de bronce.

--Acuérdate, Agustín, de que eres mi novio...

Cambiaba con estas palabras el giro de la conversación. Salían á relucir por centésima vez mis cualidades, lo que me diferenciaba del resto de las mujeres del mundo, lo que explicaba aquel sentimiento único, elevado á la máxima potencia, inspirado por mí... Almonte sabía expresar á la perfección los matices de su sentir. Hubo momentos en que se me impuso la convicción. Sin duda, en realidad, yo le había caído muy hondo. No usaba, para probármelo, de excesivas hipérboles, ni de imágenes coloristas, á lo árabe; su modo de cortejar tenía algo de sencillo, natural y fuerte.

--Lo eres todo para mí. Haz la prueba de dejarme. Allí se habrán concluído la carrera y las ilusiones de Agustín Almonte. Unete conmigo, y verás... Nadie abrirá huella como la que yo abra. Cada hombre encuentra en su camino cientos de mujeres, y sólo una decide de su existir. Hay una mujer para cada hombre. Esa eres tú, para mí. ¿Te extraña que no te deshaga en mis brazos, sin esperar...? Es que te respeto, ¡con un respeto supersticioso! Y es que, á fuerza de quererte, sé quererte de todas maneras... La manera de amistad, la que primero contratamos, persiste. Sólo que va más allá de la amistad, y es un cariño... un cariño como el que se tiene á las madres y á las hermanas, por quienes no habría peligro que no arrostrásemos... ¡Qué dicha, arrostrar peligros por tí! ¡Salvarte, á costa de mi existencia!

He recordado después, en medio de otras orientaciones, esta frase del proco. Las ondas del aire, agitadas por la voz, deciden del destino. Parece que la palabra se disuelve, y, sin embargo, queda clavada, hincada no se sabe dónde, traspasando y haciendo sangrar la conciencia.

En la mía, algo daba la voz de alarma. Por mucho que había querido yo mantenerme más alta que las turbieces del amorío, era como si alguien, envuelto en barro, pretendiese no mancharse con él. Ejemplo de esta imposibilidad me la había dado un espectáculo natural, el de la junción del Arve, que baja de los desfiladeros, con el Ródano. Es el Arve furioso torrente que desciende de los glaciares del Mont Blanc, engrosado por el derretimiento de las nieves, y cruza el valle de Chamounix. Arrastra légamo disuelto; su color, de leche turbia y sucia, y la espuma amarillenta que levanta, contrastan con el Ródano cerúleo, zafireño, en cuyo seno va á derramar la impureza. Introducido ya el torpe río, violando con ímpetu la celeste corriente, no quiere ésta sufrir el brutal acceso, y no mezcla sus aguas, de turquesa líquida, con las ondas de lodo. La línea de separación entre el agua virginal y el agua contaminada, es visible largo tiempo. Al cabo, triunfa el profanador, mézclanse las dos linfas, y la azul, ya manchada y mancillada, no recobrará su divina transparencia, ni aun próxima á perderse y disolverse en el mar inmenso...

--Tal va á ser mi suerte...--pensaba, releyendo estrofas de Lamartine, ni más ni menos que si estuviésemos en la época de los bucles encuadrando el óvalo de la cara y las mangas de jamón. ¡Bah! En secreto, aún se puede leer á Lamartine... Mi desquite es leerlo á solas... Agustín acaso me embromaría, si le cuento este ejercicio _rococó_.

Arrebujada en mis encajes antiguos avivados con lazos de colores nuevos, de blanda y fofa cinta _liberty_; mientras Maggie, silenciosa, dispone mi baño y coloca en orden la ropa que he de ponerme para bajar á almorzar, mis atavíos de turista, mis faldas cortas de sarga ó franela tennis, mis blusas «camisero» de picante airecillo masculino, mi calzado á lo yankee, yo aprendo de memoria, puerilmente.

«Ainsi, toujours poussés vers de nouveaux rivages, dans la nuit éternelle emportés sans retour, ne pourrons nous jamais, sur l’ócean des âges jeter l’ancre un seul jour...?»

* * * * *

«¿Un jour, t’en souvient il? nous voguions en silence...»

Parecía el poeta traducir la sorda inquietud de mi espíritu, que tantas veces se preguntaba porqué todo es transitorio. Y si la idea de lo inmundo no puede asociarse á la del amor, tampoco podrá la de lo transitorio y efímero. ¡Un amor que se va de entre los dedos! La pena de lo deleznable, aquí la situó Lamartine, en este lago Leman por él tan de relieve pintado, al suplicarle que conserve, por lo menos, el recuerdo de lo que pasó, de lo que creyó llenar el mundo.

«Q’uil soit dans ton repos, q’uil soit dans tes orages, beau lac, et dans l’aspect de tes riants coteaux, et dans ces noirs sapins, et dans ces rocs sauvages, qui pendent sur tes eaux!...»

¿Fué la lectura... la lectura, la melodía, el suspiro contenido, nostálgico, de este sentir anticuado ya, lo que me hizo culpable de un pecado tan grave, tan irreparable?... ¿Podrá serme perdonado nunca?

Yo no sé cómo nació en mí la inconcebible idea. Mejor dicho: no considero que se pueda calificar de idea; á lo sumo, de impulsión. Y ni aun de impulsión, si se entiende por tal una volición consciente. Fué algo nubloso, indefinido; no me es posible recoger la memoria para retroceder hasta el origen de la serie de hechos que produjo la catástrofe. Ningún juez del mundo encontraría base para imputarme responsabilidad. Todos me absolverían. Sólo yo, aunque no acierte á precisar circunstancias, conozco que hubo en mí ese hervor que prepara sucesos y que, en vaga visión, hasta los cuaja y esculpe de antemano. Hay un extraño fenómeno psicológico, que consiste en que, al oir una conversación ó presenciar el desarrollo de una escena, juraríamos que ya antes habíamos escuchado las mismas palabras, asistido á los mismos acontecimientos. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿En qué mundo? Eso no lo sabríamos explicar; es uno de los enigmas de nuestra organización. Tal hubo de sucederme con lo que pasó en el lago. No sólo no me sorprendió, sino que me parecía poder repetir, antes de que hubiese sucedido, frases, conceptos y detalles relacionados con un hecho tan extraordinario y, si se mira como debe mirarse, tan imprevisto... Porque ¿quién afirmaría que lo preví? ¿Que pude preverlo ni un solo instante? Y si no lo preví, si no cooperé á que sucediese por una serie de flexiones y de movimientos de la voluntad, ¿cómo pudo volver á mi conciencia en forma de estado anterior de mi conocimiento? Repito que mis nociones se confunden y mi parte de responsabilidad constituye para mí terrible problema...

Lo que sé decir es que, según avanzaba nuestro noviazgo y se acercaba la fecha de que se convirtiese en tangible realidad; según mi futuro--ya no debo llamarle _proco_,--extremaba sus demostraciones y apuraba sus finezas; á medida que debiera yo ir penetrándome del convencimiento de que en él existía amor, y amor impregnado de ese anhelo de sacrificio que ostenta los caracteres del heroísmo moral, una zozobra, una impulsión indefinible nacía en mí, que revestia la forma de un ansia de vida activa y agitadamente peligrosa, en medio de una naturaleza que cuenta al peligro entre sus elementos de atracción. En vez de gustarme permanecer horas largas y perezosas en la veranda ó en el salón de lectura, ataviada, adornada, perfumada, escuchando á Agustín, en plática alegre y reflexiva, experimentaba continuo afán de conocer los aspectos de la montaña, de recorrerla, de afrontar sus caprichos aterradores.

--¿No habíamos quedado en que no éramos alpinistas? ¿Que no le haríamos competencia á Tartarín?--preguntaba Almonte sin enojo.--¿Quieres que justifique mi apellido? Hágase como tú desees... pero permíteme lamentarlo, porque así pierdo algún tiempo de cháchara deliciosa.

Y, provistos de guías, realizamos expediciones alpestres. Me lisonjeaba la esperanza de tropezar con cualquiera de las variadas formas del alud, fuese el alud polvoriento, esa lluvia de nieve fina como harina, que entierra tan rápidamente á los que alcanza, fuese el que precipita de golpe un enorme témpano, fuese el lento desgaje casi insensible y traidor, el alud resbalón que, con pérfida suavidad, se lleva los abetos y las casas; fuese el más terrible de todos, el sordo, el que está latente en el silencio y estalla fulminante, con espantosa impetuosidad, al menor ruido, al tintinear de la esquila de una cabra. Como no estábamos en primavera, no me tocó sino el alud teatral é inofensivo, el _sommer-lauissen_, semejante á un río de plata rodeado de espuma de nieve. Cuando le anunció un redoble hondo, parecido al del trueno, miré á Agustín, por si palidecía. Lo que hizo fué fruncir las cejas imperceptiblemente.

Sufrimos, eso sí, una borrasca de nieve, y regresamos al hotel perdidos, excitando la respetuosa admiración de Maggie, para quien sólo merece ser persona el que corre estos azares.

La borrasca de nieve no fué un peligro; fué una aventura tragicómica; estábamos ridículos, mojados, tiritando, con la nariz roja, la ropa ensopada, el pelo apegotado y lacio. En desquite, los Alpes nos ofrecieron su magia, sus cimas iluminadas por el poniente, inflamadas y regias. Al ocultarse el sol, el firmamento, á la parte del Oeste, en las tardes despejadas, luce como cristal blanco, y en las nubosas, sobre el mismo fondo hialino, se tiñe de cromo, de naranja, de rubí auroral, transparente. Volviéndose hacia el Este, densa tiniebla cubre la llanura, mientras las cúspides de las montañas resplandecen como faros, y la zona distante de las cumbres intermedias adquiere una veladura de púrpura sombría. Y la sombra asciende, asciende, no lenta, sino con trágicos, rápidos pasos, y la lucería de la montaña muere, cediendo el paso al tinte cadavérico de su extinción. Ya el sudario obscuro envuelve la montaña, y el cielo, en vez de la blancura reluciente de antes, ostenta un carmín sangriento; la cabellera negra de la sombra hace resaltar los bermejos labios. Un azul de metal empavonado asoma después en el horizonte, y por un momento la montaña resucita, resurge, vuelve á ceñirse el casco de oro. ¡Misterioso fenómeno, sublime! Una noche en que lo presenciábamos, mi pecho se hinchó, mi garganta se oprimió, mis ojos se humedecieron, y tartamudeé, estrechando la mano de Agustín, acercándome á su oído, con ojos delicuescentes:

--¡Dios!