Dulce Dueño

Part 13

Chapter 133,966 wordsPublic domain

Entreveo ese juego atrayente, de que es imagen muy burda el otro juego, del cual se habla aquí y en que salen desplumados los «puntos». Así se lo escribo á Agustín, no en la postalcita que humildemente pidió, sino en una carta amistosa, en que apunta el compañerismo. El pretexto para convencerme de que debo escribirle pronto y largo, es que parece natural enterarle de la acogida que me dispensa la Ambas Castillas, mediante la esquela de presentación, redactada en términos de apremiante interés. La duquesa, á quien envío la esquela por Dick, contesta por el mismo, anunciando inmediata visita; y á la media hora se presenta, ágil y airosa y envelada la cara de tules, á fin de disimular y suavizar el estrago que los años han ejercitado, impíos, en su belleza célebre. Los rasgos permanecen aún, bajo el estuco; el pie es curvo, la mano elegante al través de la Suecia; el busto, atrevido, obedece á la obra maestra del corsé; y en su maceramiento de sesentona, persiste una gracia arrogante que yo desearía imitar. Envidio los gestos delicados, de coquetería y de hermosura triunfante, de gentil aplomo y gentil recato altanero; envidio este aire que sólo presta cierto ambiente... al ambiente que debe llegar á ser mío.

Corta es la visita. Por la tarde, en su automóvil, me lleva á recorrer caminos pintorescos, hasta San Sebastián. Nos cruzamos con otros autos, con mucha gente, mujeres maduras, niños de silueta modernista, hombres que saludan con respeto galante; dos autos se detienen, el nuestro lo mismo; la Ambas Castillas hace presentación; me flechan agudas curiosidades; oigo nombres, cuyo run run había percibido desde lejos. Con nosotros viene una hermana de la Ambas Castillas, insignificante, callada y al parecer devota, pues se persigna al cruzar por delante de las iglesias. La duquesa me envuelve en preguntas. ¿Desde cuándo conozco á Agustín Almonte y á D. Federico?

--A D. Federico no le conozco. D. Agustín va á ocuparse en asuntos míos que revisten importancia.

--¿Es su abogado de usted?

--Sí, duquesa.

Después, salen á plaza los trajes. Mi atavío gris, de alivio, mi sombrero, sobre el cual vuela un ave de alas atrevidas, ave imposible, construída con plumas de finísima batista, enrizada no sé cómo y salpicada de rocío diamantesco, mis hilos de perlas magníficas, redondas; los detalles de mi adorno fijan la experta atención de la duquesa. Me encuentra á la altura; lo que llevo es impecable.

--¿Quién la viste?

Pronuncio negligentemente el nombre del modisto.

--¡Ah...!--La exclamación es un poema.--Claro, ese habrá de ser... Pero el bocado es carito...

Las preguntas, delicadamente engarzadas, continúan. ¿Tengo hermanos? ¿Vivo sola en Madrid? ¿Sigo á París? ¿A dónde iré á terminar el verano? Los proyectos de Suiza determinan una sonrisa discreta.

--Nuestro amigo Almonte también creo que suele ir por ese lado á descansar de sus fatigas políticas, parlamentarias y profesionales... ¡Qué porvenir tan brillante el de Almonte! Llegará á donde quiera. Su padre (en confianza), no ha alcanzado la talla de otros grandes políticos de su época: Cánovas, Sagasta, y aquel Silvela tan simpático, tan hombre de mundo... Pero como ahora unos se han muerto y otros están más viejos que un palmar, ¡pobres señores!--añadió la dama con juvenil, casi infantil alarde, que á pesar de todo no la sentaba mal--crea usted que Almonte... Yo no entiendo de eso; lo que pasa es que oigo; mi marido es muy aficionado, va al Congreso mucho... El sol que nace, es Almonte.

Completé el elogio. La duquesa me hizo coro. La hermana insignificante suspiró.

--Es lástima que sus ideas...

--¡Hija, sus ideas!--se apresuró la duquesa--Manolo, mi marido, asegura que Agustín, cuando mande, respetará lo que debe respetar!

Y variando de tono:

--Es seguro que al formarse Almonte una familia, eso también ejercerá en su modo de ser provechoso influjo. ¡Oh, la familia! Si encuentra una mujer de talento y buena.... Y la encontrará. ¿No opina usted lo mismo, Lina?...

La familiaridad del nombre propio era un halago en la elegante señora, árbitra sin duda de la sociedad, aunque ya su sol declina. Puesto del todo este sol, que fué esplendoroso, aún quedará un reflejo de su irradiar. El propósito de halagarme, por si soy para Almonte algo más que una cliente rica, se revela en el empeño de acompañarme y pilotearme en el Casino--sin oficiosidad inoportuna--de inventarme excursiones entretenidas, de relacionarme. Debieron de correr voces, un santo y seña, porque hubo atenciones, encontré facilidades, me ví rodeada, mosconeada, invitada á diestro y síniestro, á almuerzos y _lunches_. Pregusté el sabor de los rendimientos que el poder inspira; sentí la infatuación de la marcha ascendente por el florecido sendero. No tuve, en pocos días, tiempo de profundizar la observación de lo que me salía al paso. Mi goce se duplicó por el bienestar físico que me causaba la tónica balneación, y por el femenil gusto de vestir galas y adquirir superfluidades en las ricas tiendas. También sentí orgullo al convidar á la duquesa, á su hermana, á algunos de los que me han obsequiado, á almorzar en mi hotel. Se enteraron de Dick, de Maggie, y ví el gesto admirativo de las caras cuando agregué:

--Bah, mi escocesa... Salió, para venir á servirme, de casa de lady Mounteagle. En efecto, sabe su obligación...

¡Al cabo, Biarritz es un pueblecillo! En una semana, no había nadie que no me conociese. De mi _yo_ verdadero nada sabían; en cambio, conocían hasta el número de frasquitos de _vermeil_ cincelado que contenía mi maleta de viaje, traída por Maggie de la casa _Mapping and Web_, reina de las tiendas caras y primorosas, en que se expenden tan londonianos artículos. No todo el mundo, sin embargo, me hizo igual acogida. Hubo sus frialdades, sus distanciaciones, sus impertinencias, aristocráticas y plutocráticas. Con mi fina epidermis, sentí algunos hielos, algunas ironías, mal disimuladas por aquiescencias aparentes; hubo sus corrillos que se aislaron de mí, sus saludos envarados, peores que una cabeza vuelta para no ver. Y entonces si que empecé á «picarme al juego». A vuelta de correo, Agustín me contestaba:

--Esa es la lucha. Eso es lo que le prepara á usted un deleite de victoria. Apunte usted nombres. Verá usted qué delectación exquisita la de recordarlos después... Cuando llegue la hora, amiga Lina... Y váyase usted pronto á París. Conviene que haya usted pasado por ahí como un meteoro...

Seguí el consejo.--No sufrí la fascinación de París. Es una capital en que hay comodidades, diversión y recreo para la vista, pero no sensaciones intensas y extrañas, como pretenden hacernos creer sus artificiosos escritores. El caso es que yo traía la imaginación algo alborotada á propósito de _Notre Dame_. Este monumento ha sido adobado, escabechado, recocido en literatura romántica. Sin duda su arquitectura ofrece un ejemplar típico, pero le falta la sugestión de las catedrales españolas, con costra dorada y polvorienta, capillas misteriosas, sepulcros goteroneados de cera y santos vestidos de tisú. _Notre Dame_... Un salón. Limpio, barrido, enseñado con facilidad y con _boniment_, por un sacristán industrial, de voz enfática y aceitosa. Falta en _Notre Dame_ sentimiento. Yo rompería algunas figurillas del pórtico, plantaría zarzas y jaramago en el atrio. Y, sin embargo, aquí han sentido profundamente los del Cenáculo. Ellos sacaron de sí mismos á _Notre Dame_. Yo, española, no puedo sentir hondo aquí, ni aun por contraste con las calles infestadas de taxímetros, de _autobus_ y otras cosas feas. Vale más, seguramente, que no sienta. El lirismo, como un licor fuerte, me daña.

Patullo en la prosa parisiense. Manicuras, peluqueros, modistas, reyes del trapo, maniquíes vivientes, desfilan en actitudes afectadas. Mis uñas son conchitas que ha pulido el mar. Mi peinado se espiritualiza. Mi calzado se refina. Dejo á arreglar en la calle de la Paz las pocas joyas anticuadas de doña Catalina Mascareñas que no transformé en Madrid, para que me hagan cuquerías estilo María Antonieta ó modernisterías originales. Voy á los teatros, donde los intermedios me aburren. Me doy en el Louvre una zambullida de arte y de curiosidad. ¡Cuánto se divertiría aquí D. Antón de la Polilla! Pude hacerle feliz quince días... Sólo que me aburriría á mí, porque lo admiraría todo en esta ciudad y en este modo de ser de un pueblo aburguesado y jacobino. ¡Me daría cada solo volteriano inocente! ¡Y si al menos él tuviese gracia! Pero un Voltaire pesado, curado al humo en Alcalá...

Y lo que me asfixia en París, lo que me hace de plomo su ambiente, es la continua exhibición de la miseria humana, la suciedad industrializada, fingida, afeitada, cultivada lo mismo que una heredad de patatas ó alcacer. Las desnudeces y crudezas de los teatros; las ilustraciones iluminadas de los kioscos; los títulos de guindilla de los tomos que sacan á la acera las librerías; los anuncios con mostaza y pimienta de Cayena, me renuevan la náusea moral, el sufrimiento de la vergüenza triste, de la repugnancia á tener cuerpo. Vuelven las horas de aburrimiento, y al regresar al hotel me dejo caer en la meridiana, mientras Maggie me dá consejos higiénicos, me recomienda la poción que tomaba para sus vapores lady Mounteagle...

--¡Á Suiza!--ordeno lacónicamente.--Vamos directamente á Ginebra... Prepare usted el equipaje.

IV

Noto en Suiza lo contrario que en Granada. Á Granada pude yo hacerla para mí. Suiza está hecha: tan hecha, que nada nuevo íntimo descubro en ella. La sedación de Suiza, su frígida pureza de horizontes, me hacen, eso sí, un bien muy grande. Comprendo que aquí se busque reposo después de una caída de las de quebrantahuesos. Reposo activo; no la disolvente languidez de la Alhambra.

Como Agustín me escribe que todavía le detendrán una quincena los quehaceres y que en Ginebra nos reuniremos, dedico este tiempo á ciudades y lagos. De los Alpes, visito todo lo que no obliga á alardes de alpinismo. ¡Soy de la meseta castellana! Subo, por dentro, á las montañas inaccesibles; con los pies, no. He visitado Friburgo y Berna, encontrando superiores los hoteles á las ciudades; Lucerna y Zurich, y, por Schaaffhausen, me he dirigido al lago de Constanza, punto menos infestado de turistas ingleses que el resto de Suiza. El Rin, que forma estos dos lagos entre los cuales Constanza remeda el broche de una clámide, es al menos un río cuya imagen he visto en mis deseos, un río de leyenda. Constanza es poco más que un pueblecillo; sin embargo, los hoteles no ceden á los de ninguna parte. Suiza ha llegado, en punto á hoteles, á lo perfecto. Y es una sensación de calma y de goce físico, reparadora, la que me causa, después del enervamiento del tren, esta vida solitaria y magnífica, con Maggie que no me da tiempo á formular un deseo, y pasándome el día entero al aire libre, el aire virgen, purificado por las nieves eternas, en un balcón ó veranda sobre el lago, que enraman las rosas trepadoras y los cabrifollos gráciles. A mi lado, sentada perezosamente, una inglesita lee una novela; de vez en cuando sus ojos flor de lino buscan, ansiosos, los ojos de un inglesón de _terra cotta_, que sin ocuparse de su compañera, se mece al amparo de la sábana de un periódico enorme. Pobre criatura, ¿sabrás lo que anhelas? ¡Qué fuerza tendrá el engaño para que tu cabecita de arcángel prerrafaelista, nimbada de oro fluido, se vuelva con tal insistencia hacia ese pedazo de rubicunda carne, amasada con lonchas de buey crudo, é inflamada con mostaza desolladora y picores de rabiosa especiería!

De Constanza, me agrada también el que sus recuerdos no me producen lirismo... Aquí no flotan más sombras que las de herejes recalcitrantes asados en hogueras, y emperadores, condes y barones á quienes hubo que embargar sus riquezas porque no pagaban el hospedaje á los burgueses de la ciudad. Bien se echa de ver que los suizos están convencidos, al través de las edades, de dos cosas: que hay que ser independiente y cobrar á toca teja las cuentas del hotel.

El Rin me atrae; de buen grado pasaría la frontera y recorrería Baviera y el Tirol, aunque me sospecho que pudieran parecerse exactamente á Suiza; los mismos glaciares, los mismos precipicios, y esas montañas donde los que logran alcanzar la cúspide, echan sangre por los oídos. No realizo la excursión, porque experimento cierta inquietud de volver á ver á Agustín; me agrada la perspectiva de su presencia. Ninguna turbación, ninguna emoción desnaturaliza este deseo sencillo, amistoso.

Una postal me avisa, y retorno por el lago de Como á Ginebra, donde al venir no he querido detenerme. Me instalo, no en el mejor hotel, sino en el que domina mejor vista sobre el lago Azul. No es una frase: en el lago Léman, las aguas del Ródano, al remansarse, sedimentan su limo y adquieren una limpidez y un color como de zafiro muy claro. Hay quien cree que no basta esta explicación, y que algún mineral ó alguna tierra de especial composición se ha disuelto en ellas, para que así semejen girón de cielo.

Me acuerdo de aquellas aguas de Granada, seculares, donde el pasado hace rodar sus voluptuosas lágrimas... y me parece que este lago es como mi alma, donde el limo se ha sedimentado y sólo queda la pureza del reposo.

No me canso de mirarle y de comprenderle. Forma una media luna, y en uno de sus cuernos se engarza Ginebra, como un diamante al extremo de una joya. Ningún lago suizo, ni el de Constanza, donde desagua el Rin, le vence en magnitud. Con razón le califican de Occéano en miniatura. El barquero que me pasea por él en un botecito repintado de blanco, graciosa cascarita de nuez, me informa, con sinceridad helvética, de que el lago es peor que el mar: sus traiciones, más inesperadas. En días tormentosos, el nivel del Léman, súbitamente, crece dos metros; de pronto, se deshincha; media hora después, vuelve á hincharse. Y, creyendo que me asusto, añade el pobre hombre:

--Pero hoy no hay cuidado. Nosotros sabemos cuando no hay cuidado.

Sonrío desdeñosa, porque el peligro eventual no me ha parecido nunca muy digno de tenerse en cuenta, entre los mil que acosan á la vida humana, sabiendo que, al cabo, es presa segura de la muerte. Estoy tan enterada como el barquero del singular fenómeno, que se nota sobre todo en las dos extremidades del lago, y, por consiguiente, cerca de Ginebra. Cuando venga Agustín, le contagiaré: pasearemos por este mar diminuto y felino, y haremos la excursión al rededor de él, por sus márgenes pintorescas.

Un telegrama... Llega esta tarde Almonte. Naturalmente, no le espero: él es quien, atusado y limpio ya, solicita permiso para presentárseme. Mando que le pongan cubierto en la mesa que ocupo, cerca de una ventana, por la cual entra la azulina visión del lago. Y, familiarmente, comemos juntos, como si fuésemos ya marido y mujer...

Vuelvo á probar la grata impresión de Madrid, que no tiene ninguno de los signos característicos del amor, y por lo mismo no me renueva las heridas aun mal cicatrizadas. Agustín es el _amigo_... Los dos tenemos planteado el problema de la vida, con magnífica curva de desarrollo; los dos necesitamos eliminar el veneno lírico, en las gimnasias y los juegos de la ambición. Él me lo dice, refiriéndome añejas historias de amarguras y desencantos, que se parecen á la mía...

--Todas las aventuras llamadas amorosas son muy semejantes, Lina. Uno de los espejismos de esa calentura es suponer que hay en ella un fondo variado de psicología. No hay más que la sencillez del instinto, del cual dimana.

La comida es plácida, llena de encanto. Averiguamos nuestras predilecciones, nos comunicamos secretos de paladar. Agustín apenas bebe un par de copas de Burdeos; yo una de Rin, con el pescado, una de Champagne, muy frío, con el asado. Nos gustan á los dos los exquisitos peces de agua dulce, que en Constanza eran mejores, porque estábamos al pie del Rin, y truchas y salmones y anguilas tenían especial sabor. Todo esto reviste suma importancia: Agustín cree que, en las horas de descanso apacible, se debe refinar, disfrutar de las delicias de tanto bueno como hay en el mundo.

--Sí, Lina, ese es el sistema... Cuando se lucha, se acomete y se resiste sin importársenos de los golpes, del dolor, del riesgo. Pero cuando nos rehacemos con un paréntesis de bienestar y de olvido, entonces ¡venga todo el epicureismo y el sibaritismo! ¡Tenemos en las manos una dulce fruta: á no perder gota de su zumo!

Desde el primer momento establecemos y definimos nuestra situación. El mundo es una cosa, nosotros otra. Somos dos aliados, dos fuerzas que han de completarse. Da por supuesto que la dirección la imprime él. Y me asombro de encontrarme tan propicia á una sumisión, de aceptar una jefatura, y de aceptarla contenta. Me someto á este hombre á quien no amo; me someto á él porque puede y sabe más de la ciencia profana que eleva á sus maestros. Analizado y destruído mi antiguo ideal, él me promete una vida colmada de altivas satisfacciones; una vida «inimitable», como llamaron á la suya Marco Antonio y la hija de los Lagidas, al unirse para dominar al mundo.

Y me induce también á admitirle por guía la presciencia ó el tacto que revela al echar á un lado la cuestión amorosa, las flaquezas del sexo. El penoso encogimiento de la vergüenza me lo ha suprimido así. Me ha comprendido, ha penetrado en mi abismo. Como no es fatuo, admite la hipótesis de no causarme cierto orden de impresiones. Y, como tiene la viril paciencia de los ambiciosos, aguarda. Y, como se propone algo más que el vulgarísimo episodio de unos sentidos en conmoción, me respeta, y nos entendemos en la infinidad de terrenos en que el hombre y la mujer pueden entenderse, cuando han acertado á pisotear la cabeza de la sierpe, antes que destile en el corazón su ponzoña.

Se regulan las horas, se hace programa de la estancia en el oasis. Nos vemos incesantemente. No sólo comemos y almorzamos juntos, sino que en la veranda tomamos á la vez el mismo poético desayuno, el té rubio con la aromosa y blonda miel, que aquí, como en Zurich, se sirve en frasquitos de una limpieza seductora. Venden esta miel las aldeanas en Zurich, llevando en uno de los capachos del borriquillo las flores montesinas de donde la liban las abejas. La idea de una loma florida, de un cuadro idílico, va unida á este té tan gustoso. Un día, riendo, Agustín me hace observar que, al cabo, nos unimos para el cultivo de la sensación; sólo que es una sensación gastronómica.

--Esas no abochornan--respondo.--Y él aprueba. ¡Ha aprobado!

Largas horas pasamos contemplando el panorama, las ingentes montañas sobrepuestas, queriendo cada una acercarse más al firmamento; y, coronándolo todo, el Mont Blanc, el coloso, que sugiere pensamientos atrevidos, deseos de escalarlo... Nos confesamos, sin embargo, que no tenemos vocación de alpinistas, ni hemos pensado parodiar á Tartarín.

--El frío... El cansancio... Las grietas, los aludes, el hielo en que se resbala. A otro perro con ese hueso--declara él.--No crea usted, Lina, que tengo un pelo de cobarde; pero, como sé que en mi carrera no faltan peligros, y que si se les teme no se llega adonde se debe llegar, yo evito los otros, los peligros de lujo.

--El peligro tiene su sabor...

--¡Ah, lírica, lírica! ¿Es que ha soñado usted que yo le traiga un _edelweiss_ cogido por mí al borde de un precipicio espantoso? Vamos, no está usted enteramente curada aún. Deje usted eso para los ingleses, gente sin imaginación ninguna. Nosotros, cuando subimos, es más arriba de las montañas; es á cimas de otro género. Esto no nos sirve sino de telón de fondo. Y los ingleses suben, y suben, ¿y qué encuentran? Lo mismo que dejaron abajo. Es decir, peor. Nieve y riscos inaccesibles. Ahí tiene usted. El que trepa, debe trepar para llegar á algo. Si no, es un tonto.

Nos reimos. Los ingleses son nuestros bufones. A toda hora nos ofrecen alguna particularidad ultra-cómica. Sus mujeres son sencillamente caricaturas enérgicas, á menos que sean ángeles vaporosos. Convenimos en la fuerza física de la raza. En cuanto á su mentalidad, no estamos muy persuadidos de que llegue á la mediana mentalidad ibérica.

--Me atrae su aseo--declaro.--No debe de oler una multitud inglesa como una multitud de otros países. El vaho humano, en esa nación...

--Eso creía yo mientras no pasé una temporadita en Londres, y, sobre todo, mientras no visité Escocia. El olor de la gente en Escocia es punzador. Conviene que salgamos de casa para aprender lo que debemos imitar y lo que debemos recordar, á fin de no ser demasiado pesimistas. Lina, á mí se me ha puesto en la cabeza que he de dejar huella profunda en la historia de España. Que la hemos de dejar; porque desde que la conozco á usted, con usted cuento. En nuestro país se están preparando sucesos muy graves. ¿Cuáles? Por ahora... Pero que se preparan, sólo un ciego lo dudaría. ¡El que acierte á tomar la dirección de esos sucesos cuando se produzcan, llegará al límite del poder; no es fácil calcular adónde llegará! Yo aguardo mi hora, no esperando que me despierte la fortuna, sino en vela, con los riñones ceñidos, como los caudillos israelitas. La soledad completa me restaría fuerza, y una compañera sin altura, ininteligente, me serviría de rémora. ¿Si usted...?

--La cosa es para pensada, Agustín... Para muy meditada.

--No, no es para meditada, porque yo no pido amor. Lo que solicito es una amiga, á la cual interese mi empresa. Ya sabe usted que á su tío, D. Juan Clímaco, le dejo muy abozalado. No ladrará, ni aun gruñirá. El sabe que conmigo no puede permitirse ciertas bromas. ¡Ah! No crea usted; la red estaba bien tejida. Entre las mallas se hubiese usted quedado. El hombre armó su trampa con habilidad de gitano en feria. Compró testimonios que comprometían gravemente á D. Genaro Farnesio; hubiese ido... ¡quién sabe! á presidio. Se me figura que á él y á usted les he salvado. ¿Merezco alguna gratitud?

--Mucha y muy grande--contesto, tendiéndole la mano, que estrecha y sacude, sin zalamerías ni insinuaciones.--Sólo que... es delicado decirlo, Agustín...

--No lo diga... Si ya lo sé. Y lo acepto. Estoy seguro de que usted cambiará.

--¿Y si no cambio?

--Ni un ápice menos de respeto ni de amistosa cordialidad. Creo que el trato es leal. Lo único que pido, es que la prohibición á que suscribo para mí, no se derogue en beneficio de otro. Si para alguien ha de ser usted más que amiga...

--¡Ah! ¡Eso no! Eso no lo tema usted.

--Pues no temiendo eso... Crea usted, Lina, que haremos una pareja venturosa. Demos al tiempo lo suyo. Todo pasa; somos variables en el sentir. Yo fío siempre en la inteligencia de usted, que es para mí el gran atractivo que usted reune. Antes de conocerla, su fortuna me pareció una base necesaria para mis aspiraciones--no se quejará usted de que no soy franco--pero ahora, se me figura que hasta sin fortuna desearía su compañía y su auxilio moral. Para un hombre político, es un peligro la soltería. Existe en su porvenir un punto obscuro; lo más probable es que halle una mujer que ó le disminuya ó le ponga en berlina.

--Es cierto, y, ya que usted ha sido tan sincero, le digo que tampoco conviene á un político una mujer pobre. Yo encuentro que la cuestión de la honradez de un hombre político es algo pueril; el menor error, en materia de gobierno, importa doble y perjudica doble al país que una defraudación. Sólo que es arsenal para los enemigos, y piedra de escándalo para los incautos. Por eso un político debe estar más alto, poseer millones legítimamente suyos. Eso le exime de la sospecha.

--¡Palabras de oro!--bromea él,--y no sé de donde ha sacado usted tal experiencia... Hubo en la historia de España un hombre que fué, en un momento dado, árbitro, como rey. Pero tenía mujer; y ella, por la tarde, vendía los cargos y honores que al día siguiente él concedería. Y el lodo le llegaba á la barba; y su poder duró poco y cayó entre escarnio. Nuestra fuerza, nos la dan las mujeres. Si no me auxilia usted por amor, hágalo por compañerismo. Subamos de la mano...