Dulce Dueño

Part 12

Chapter 123,905 wordsPublic domain

Era uno de esos anocheceres rojizos, cálidos, de la primavera madrileña. Al llegar á las calles concurridas, el gentío me hostigaba con contactos intolerables. Me codeaban. Sentí impulsos de abofetear. Corrí, huyendo de las vías céntricas. Me encontré en el paseo de la Castellana, donde empezaban á encenderse los faroles. El perfume de las acacias exasperaba mi naciente jaqueca. Ni me daba cuenta de lo imprudente de pasear sola y á pie por un sitio que iba quedándose desierto, con un hilo de perlas sobre el negro traje. Un coche elegante cruzó, con lenta rodadura. El cochero me miraba. Comprendí.

--¿Puede usted llevarme á casa?

--Suba la señora...

La portezuela estaba blasonada, el interior forrado de epinglé blanco, y olía á cuero de Rusia. ¡Qué chiripa, haber dado con un cochero particular que se busca sobresueldo! Un simón me sería insufrible, hediondo...

En casa, me bañé, me recogí... La frescura de las sábanas me desveló. El ventilador eléctrico, desde el techo, me enviaba ondas de aire regaladamente frío. Mi calentura aumentaba. Después he comparado mi estado físico al de una persona que asiste por primera vez á una corrida de toros. Toda la noche estuve volviendo á ver los grabados, y abochornándome de haber nacido. ¡He aquí lo que sugerían los árboles viejos de la Alhambra, el romanticismo del agua secular en que se disolvieron lágrimas de sultanas transidas de amores, la gentileza de los zegríes, el olor de los jazmines, el enervamiento de las tardes infinitas, el cántico de los surtidores y el amargor embrujado de los arrayanes!

Y dando vueltas sobre espinas, repetía:

--¡Nunca! ¡Nunca!

VI

_El de Carranza._

I

Una fiebre nerviosa, no grave, me postra varios días. Convalezco serenamente. Farnesio está como loco. De una parte, cree que me muero; de otra, cree que el tío Clímaco ha venido resuelto á hacer una. Sólo es verdad que el tío está en Madrid y no me ha visitado.

--Tendrá sus asuntos. No le podemos negar el derecho de viajar á ese señor.

Un fruncimiento de cejas de D. Genaro; su cara más alargada y preocupada que de costumbre, me indican que el recelo le socava y le mina el espíritu. Ya me figuro lo que teme. Sin embargo, la empresa no ha de ser tan liviana. Sabré defenderme, ahora que las fantasmagorías de amor se han desvanecido, y sólo me queda el ansia de una vida fuerte, intensa, con otros goces y otros triunfos; los que mi brillante posición me asegura, á mí que ya traigo en la lengua, si no la pulpa, por lo menos el jugo acre y fuerte de la poma del bien y del mal...

Llega, sudoroso, el viejo y polvoriento estío de Castilla. Me dedico á planear mi veraneo. Me acuerdo, con fruición, del calor sordo de los veranos alcalaínos. El bullir de mi sangre pedía otros aires, otros horizontes, y me ataba al pueblo muerto y callado la falta de dinero. El agua se recalentaba en el botijo. No se oía en la casa sino el andar chancletudo de la fámula, que arrastraba zapatos desechados míos. No podía yo conseguir que no se me presentase despechugada, con las mangas enrolladas hasta más arriba del codo. No tenía ni el consuelo de la compañía de mis amigos: Carranza se había ido de vacaciones á su tierra, la Rioja, donde posee viñas, y Polilla á la sierra, á casa de una cuñada suya, á cuyos hijos daba lecciones... Y cuando estoy enfrascada en rememorar mis tedios antiguos y mis glorias nuevas, el criado, con un recadito:

--Que está aquí el Sr. de Carranza. Que si la señorita está ocupada, aguardará. Y que si no hay inconveniente, almorzará con la señorita.

--Que le pongan cubierto. Que pase al gabinete.

De bata, de moño flojo, con fueros de convaleciente, salgo y estrecho la mano gruesa, recia de músculos, á pesar de la adiposidad, del canónigo. No acertaría á explicar por qué me siento enteramente reconciliada con él.

--Dichosos los ojos. Pudo usted venir antes.

--Vengo á tiempo. Vengo cuando hay algo importante que decir. Son las doce y media y no me falta apetito. Almorzaremos en paz, y después... ¿Podremos charlar sin testigos?

--¡Ya lo creo!--exclamó afirmando mi independencia.

Orden al jefe de que se esmere. Desesperación en la cocina: ¡esmerarse tan tarde y con una señorita que desde hace una quincena no prueba sino leche, caldos y gallina cocida!

A la una y media, sin embargo, sirven un almuerzo pasable, vulgar, al cual Carranza hace cumplido honor. El melón con hielo enmedio, el consommé frío, los huevos á la Morny, los epigramas de cordero, el valewsky... todo le encanta. Gastrónomo y no gastado, goza como un niño. Hasta beber á sorbos el café, con sus licores selectos, y apurar el Caruncho de primera, no se decide á entablar la plática.

--Hija mía, es mucho lo que traigo en la cartera. Haré por despachar pronto: contigo se puede ir derecho al asunto... Ante todo, has de saber que tu tío Clímaco ha estado en Alcalá unos días. Y creo que también dió su vueltecita por Segovia...

Ante mi silencio y el juego de mi chapín de raso sobre el tapete, apretó el cerco, descubriendo ya sus baterías.

--Mira, Lina, te he juzgado siempre mujer de entendimiento nada común. Se te puede hablar como á otra no... Estás en grave peligro. Tu tío quiere atacar el testamento y probar que no eres hija de Jerónimo Mascareñas, ni cosa que lo valga; que hubo superchería, y que el verdadero dueño de la fortuna de doña Catalina Mascareñas, viuda de Céspedes, es él. Parece que tu tío anda furioso contigo, porque no quisiste aceptar por novio al primo José María, que es un gandul. Ya ves si Carranza está bien enterado--se enorgulleció golpeando sus pectorales anchos, la curva majestuosa de su estómago.--Como que el gitano del Sr. de Mascareñas se ha ido de Alcalá en la firme persuasión de que tiene en mí un aliado. Pero á mí no me vende él el burro ojiciego con mataduras. A un riojano neto, no le engaña un almiforero de ese jaez. Me he propuesto estropearle la combinación y sacarte del berengenal, sin que salga á luz nada de lo que... de lo que no debe salir. Conque, anímate, no te me pongas mala... y ríete de _pindorós_, como les dicen á tales gitanazos.

--Carranza, mil gracias. Me parece que es usted sincero... en esta ocasión.

--Nada de reticencias... Hay tiempos diferentes, dice el Apóstol: hubo una época en que... convenía... cierto disimulo... Ahora, juego tendido. Yo te profeso cariño, pero al demostrártelo, salvándote, no te negaré que también hay en mí un interés... un interés legítimo, en que á nadie perjudico. Esto no se ha de censurar. ¿Verdad?

--No por cierto. Sepa yo como me salvará usted.

--De un modo grato. Te propongo un novio.

--¡Llega usted en buen momento! Me repugna hasta el nombre; la idea me haría volver á enfermar.

--Hola, hola. ¿Eras tú la que tenía horror al convento?

--¿Quiere usted oirme lo mismo que en confesión?

Un pliegue de severa inquietud en la golosa boca rasurada... Carranza escucha; su oreja, en acecho, parece captar, beber mis palabras singulares. Le refiero todo, en abreviatura, desde los fugitivos ensueños del caballero Lohengrin, hasta la visita al médico...

--Comprendo--asiente--que estés bajo una impresión de disgusto y hasta de asco. Esas cosas, desde el punto de vista que elegiste, son odiosas. Te conozco desde hace bastantes años, y nunca he visto en tí sino idealidad. Tu imaginación lo eleva, lo refina todo. Sin embargo, debes reflexionar que si estudiásemos en esa forma otras funciones, verbigracia, las de la nutrición, nos dejaríamos morir de hambre. Y sería lástima, que almuerzos como el tuyo... En serio, que la situación es seria. Ó el claustro, ó el matrimonio.

--Soltera, viviré muy á mi placer.

--Te volverás á Alcalá, pobre nuevamente, y acaso ni te den la rentita que entonces disfrutabas. Ni tú, ni don Genaro, ni yo, podemos defender esta causa mala y perdida. Han aparecido testimonios de la suplantación, de los amaños; la cosa no se hizo, á lo que parece, con demasiada habilidad; no se presintió que un día, muerto Dieguito, la cuestión de la herencia podría plantearse. A D. Juan Clímaco no le faltan aldabas. El castillo de naipes se viene á tierra. Existe, sin embargo, quien lo sostendrá con sólo un dedo.

--¿Tanto como eso?

--¡Vaya! Tu futuro, el novio que te propongo yo. Agustín Almonte, hijo de D. Federico Almonte.

El nombre no era nuevo para mí. En Alcalá, mil veces Carranza hablaba de Almonte padre, paisano suyo, á quien debía, según informes de Polilla, la canongía y una decidida protección.

--Almonte, ¿no era ministro el año pasado?

--Ya lo creo. De Hacienda. Pero su hijo mayor, Agustín, que también el año pasado era subsecretario de Gobernación, ha de ir mucho más allá que el padre. Pasa algún tiempo en la Rioja; le conozco bien; charlamos mucho... y que me corten la cabeza si en la primer subida de su partido no ministra. ¿Tú sabes las campañas que hizo en el Parlamento? El padre va estando viejo; padece de asma. En cambio, el hijo... Porvenir como el suyo, no lo tendrá acaso ningún español de los que hoy frisan en los treinta y tantos. Reune mil elementos diferentes. Sus condiciones de orador, su talento, que es extraordinario, ya lo verás cuando le trates... y el camino allanado, porque desde el primer momento, la posición de su padre le hizo destacarse de entre la turba. El padre es como la gallina que ha empollado un patito y le ve echarse al agua; la altura de Agustín, sus vuelos, van más allá de D. Federico. Así es que, al saber que tú eres tan instruída, el muchacho se ha electrizado. Él, justamente, deseaba una mujer superior...

--¿Soy yo una mujer superior, según eso?

--Vamos, como si te sorprendiese. Tus cualidades...

--¡Pch! mi primer cualidad, será mi dinero...

--¡Tu dinero, tu dinero! No eres la única muchacha rica, criatura. Sin salir de la misma Rioja, hubiese yo encontrado para Agustín buenos partidos. El dinero es cosa muy necesaria, es el cimiento; pero hacen falta las paredes. ¡Y, además, Lina querida, tu dinero está en el aire! No lo olvides. Si Agustín no lo arregla, cuando menos lo pienses... Tienes mal enemigo. D. Juan Clímaco está muy ducho en picardihuelas y pleitos... Piénsalo, niña.

--Tráigame usted á D. Agustín Almonte cuando guste.

Carranza clavó en mí sus ojos sagaces, reposados, de confesor práctico. Me registró el alma.

--¿Qué es eso de «tráigame usted»?--bromeó.--¿Es algún fardo? Es un novio como no lo has podido soñar. Quiera Dios que le gustes; porque, criatura, nadie es doblón de á ocho. Si le gustas (él á ti te gustará, por fuerza, y te barrerá del pensamiento esas telarañas románticas de la repugnancia á lo natural, á lo que Dios mismo instituyó)... entonces... supongo que no pensaréis que os eche las bendiciones nadie más que este pobre canónigo arrinconado y escritor sin fama...

--Sólo que--objeté--siendo los novios tan altos personajes como usted dice, parece natural que los case un Obispo...

Un gesto y una risada completaron la indicación. Carranza me dió palmadicas en la mano.

--Por algo le dije yo á Agustín que tú vales un imperio...

II

¿Qué aspecto tiene el nuevo proco? A fe mía, agradable hasta lo sumo. Buena estatura, no muy grueso aún, por más que demuestra tendencia á doblar; moreno, de castaña y sedosa barba en horquilla; tan descoloridas las mejillas como la frente, de ojos algo salientes, señal de elocuencia, de pelo abundante, bien puesto, con arranque en cinco puntas, fácilmente parecería un tenor, si la inteligencia y la voluntad no predominasen en el carácter de su fisonomía. Desde el primer momento--es una impresión plástica--su cabeza me recuerda la de San Juan Bautista en un plato; la hermosa cabeza que asoma, lívida, á la luz de las estrellas, por la boca del pozo, en _Salomé_. Cosa altamente estética.

El pretexto honroso de la visita es que, informado por Carranza del riesgo que pueden correr mis intereses y la odiosa maquinación de que quiere «alguien» hacerme víctima, para despojarme de lo que en justicia me pertenece, viene á ofrecerse como consejero y guía, y cuando el caso llegue, como letrado, á fin de parar el golpe. Esto lo dice con naturalidad, con esa soltura de los políticos, hechos á desenredar las más intrincadas intrigas y á buscar fórmulas que todo lo faciliten. Sin duda los políticos son gentes que se pasan la vida sufriendo el embate de los intereses egoístas y ávidos, tropezando con el amor propio y la vanidad en carne viva, amenazados siempre de la defección y la puñalada artera. Nada se les ofrece de balde á los políticos, y todos, al dirigirse á ellos, hacen un cálculo de valor, de conveniencia. Así es que pesan la palabra y comiden la acción. Almonte no pronuncia frase que no responda á un fin... Y si yo soy la desilusionada, él debe ser el escéptico. Nuestros ojos, al encontrarse, parecen decirse:

«Una misma es nuestra pena...»

Nuestros dos áridos desencantos se magnetizan. Él me encuentra á la defensiva; me estudia. Yo le considero como se considera á un objeto, á un mecanismo. Es una máquina que necesito. Soy un campo que le ofrece la cosecha. Él ha visto el fondo de la miseria humana en su aspiración al poder y en los primeros peldaños de su ascensión; yo lo he visto en el gabinete de un médico.

¡Así está bien! Apartemos la cuestión de amor, la cuestión repugnante... y podré complacerme en el trato, en la compañía y hasta en la vista de este hombre, que no es cualquiera. ¡Si llegase á tener en él un amigo! Un amigo casi de mi edad, ¡no un vejete iluso como Polilla, ni un zorro sutil como Carranza! ¡Me encuentro tan sola desde que mi ensueño se ha quedado, pobre flor ligera, prensado y seco entre las hojas de los horribles libros del Dr. Barnuevo, museo de la carne corrompida por el pecado! ¡Un amigo! ¡Un amigo... que no sea un esposo!

Mi proco--bien se advierte,--posee ese don de interesar conversando, de que han dejado rastro y memoria al ejercerlo los Castelar, los Cánovas, los Silvelas. Este es don y gracia de políticos. Refiere anécdotas divertidas; se burla suave, donairosamente de Carranza, al mismo tiempo que hace refulgir próximo el dorado de la mitra; traza una serie de cuadros humorísticos, de unas elecciones en la Rioja; y mi cansancio de enferma, misantrópico, desaparece; me río de buen grado, de cosas sencillas, sedantes para los nervios. Recuerdo el mutismo árabe de mi primo José María. Almonte, por lo menos, me entretiene. Sin saber cómo, y, afortunadamente, sin conato de galantería por parte de él, diría que nos entendemos ya en bastantes respectos.

Le refiero el caso de Hilario Aparicio, y lo celebra mucho. El conoce un poco al amigo de Polilla; y con su equidad de hombre habituado á discernir, en medio de las chanzas, le defiende, le encomia.

--No crea usted, es muchacho que ha estudiado, que vale.

--¿Me querría usted hacer el favor de protegerle, de ponerle en camino?

--De muy buena gana. Es fácil que sea una adquisición. A esos muchachos, se les distingue á causa de lo que han escrito, con la esperanza de que, una vez en situación mejor, harán exactamente todo lo contrario de lo que escribieron. Su rasgo de usted, Lina, es de una malicia donosísima; es delicioso.

--Mi conciencia lo reprueba á veces.

--No se preocupe usted. Haremos por el _kirkegaardiano_--¿no ha dicho así?--cuanto quepa. Verá usted cómo le volvemos al sér natural, despojándole de la piel falsa de sus filosofías. Y, por otra parte, á usted le consta que no es ni sincero en las utopias que profesa.

Le invito á almorzar con Carranza al otro día. Se excusa porque se va aquella misma tarde á Zaragoza, adonde le llama una cuestión de sumo interés; y añade sin reticencia:

--¿Dónde se propone usted veranear?

--Confieso que todavía no lo he determinado.

Y después suplico:

--¿Por qué no me hace usted un plan de viaje?

--Con sumo gusto. Conozco á Europa; salgo cada año dos meses á respirar en ella. Forma parte de mis deberes y de mis estudios, eso que han dado en llamar _europeización_. Antes de que lo inventasen, yo lo practicaba. ¡Sucede así con tantas cosas! Usted, Lina, podría pasar quince días en París--las señoras en París tienen siempre mucho que hacer.--Antes debe usted detenerse en Biarritz y San Sebastián... Escribiré á la Duquesa de Ambas Castillas, que está allí y es muy buena amiga mía, para que la vea á usted y la acompañe. Este período que usted entretenga agradablemente, yo lo consagraré á imponerme bien de sus asuntos y á dejar jaloneada la defensa de su patrimonio. ¡No faltaba más! El bueno de D. Juan Clímaco Mascareñas y yo nos conocemos; he intervenido bastante en las cuestiones de su senaduría vitalicia; á mi padre se la debe. Voy á enterarme como Dios manda; el Sr. Farnesio me ilustrará. Y ya se andará con tiento el gitano. Tengo armas, si él las tiene. De eso respondo. No se preocupe usted. Desde París puede usted seguir á Suiza. Yo suelo dirigirme hacia ese lado. Allí tendría la honra de presentarla mis respetos... De Zaragoza regreso el día 15. ¿Cree usted haberse puesto en viaje para entonces?

--No es probable. Espero á una doncella inglesa que me envían, y sin la cual...

--¡En efecto! Pues siendo así, el 15... ¿Insiste usted en invitarme á almorzar?

Cuando, de regreso, se presenta el proco, ya tengo á Maggie, la doncella, no inglesa, sino escocesa, pero vezada y amaestrada en Londres, nada menos que en la casa de Lady Mounteagle, lo más superfirolítico.--Esta mujer, á juzgar por las señales, es una perla. Chata, cuarentona, de pelo castaño con reflejo cobrizo, de tez rojiza, de ojos incoloros, posee en el servir un _chic_ especial. Se siente uno persona elevada, al disponer de tal servidora. Indirectamente, con un gesto, rectifica mis faltas de buen gusto, cuanto desdice de mi posición y de mi estado; y, sin embargo, Maggie no se sale de sus atribuciones, y me demuestra un respecto inverosímil. Jamás familiaridades, jamás entrometimientos, jamás descuidos. Me recomienda á un criado inglés bastante joven, y que, en el viaje, nos será utilísimo. Pagará cuentas, facturará, pensará en el bienestar de Daisy, el _lulú_, se ocupará de detalles enojosos. Maggie chapurrea medianamente el francés; el criado, Dick, lo parla con suma facilidad. Con los dos, espero un viaje cómodo.

Almonte opina lo mismo; sin embargo, y conviniendo en que Maggie es una adquisición, me aconseja cuidado.

--Crea usted que los ingleses también tienen sus macas. Yo he sido cándido, y he creído en la superioridad de los anglosajones; niñerías... Una de las cosas que la civilización tiene á la vez más perfeccionadas y más corrompidas, es el servicio doméstico. Hoy se sirve á maravilla, pero el odio es el fondo de esas relaciones. Les exigimos tanto, en nuestro egoismo, que á su vez la idea de interés es la única que cultivan. ¿Me perdona usted, Lina, estas advertencias? Con relación á usted soy viejo... es decir, lo soy interiormente; usted, en lo moral, es una niña, llena de candor.

Me ofendo como si me hubiese insultado. Se sonríe, tomando á cucharaditas el helado _praliné_.

--¿No le gusta á usted ser candorosa? ¡Pero si el candor, en ciertas épocas de la vida, es el signo de la inteligencia!

Siempre evitando esa personalización á que propenden los que asedian á una mujer, Agustín refiere historias de la corte, los anales de una sociedad que yo no conozco sino por los diarios,--peor que no conocerla.--De estas pláticas parece desprenderse que el amor no existe. Dijérase que es un terrible mito antiguo, fabuloso. Agustín presenta las acciones de los hombres desde el punto de vista de la conveniencia, la utilidad, la razón. Sin duda la atracción de los sexos ejerce influjo, pero la clave secreta suele ser el interés, la vanidad, la ambición, mil resortes que actúan, no sólo en la edad pasional, sino en todas las de la existencia. La palabra de Agustín, nutrida, segura, se vierte sobre mi espíritu dolorido, magullado de la caída, como un bálsamo calmante. Me consuela pensar que hay más que ese amor que anhelé con loco anhelo. Me rehabilita ante mí misma convenir con mi proco en que tan insensato afán no es sino un accidente, una crisis febril, y que la vida se llena con otras muchas cosas que le prestan atractivo y hasta sabor de drama.

--¡La conquista del poder!--sugiere Agustín.--¡Eso, no sabe lo que es quien nunca lo ha probado! Como se funda en la realidad, no en fluidas _revêries_ de venturas místicas--porque usted es una mística, Lina; la han llevado á usted al misticismo y al romanticismo sus años de soledad y de injusto aislamiento;--digo que, como se funda en la realidad, en las realidades más concretas, y al mismo tiempo en las honduras de la psicología positiva... tiene el encanto de la guerra, el sabor violento de la conquista. ¡Ah, si usted lo probase!

--No sé cómo lo había de probar.

--Yo sí lo sé--responde él, sin la menor intencionalidad picaresca.--De esto hemos de hablar mucho. Me precio de que la convenceré. No hay cosa más fácil que convencer á la gente de talento... y de una sensibilidad despierta para sentir los horizontes bellos, prescindiendo, como usted sabe prescindir, de madrigales y de romanzas cursis.

Le miro con risueña benignidad. ¡Le agradezco tanto que, aunque sea con artificios, me escamotee el horripilante recuerdo, del cual estoy enferma aún! Tiene el arte de tratarme como yo deseo ahora ser tratada; de engañar mi melancolía de convaleciente con perspectivas que, sin arrebatarme, me distraen.

--Amiga Lina, hay cosas que, antes de conocerlas, parecen encerrar el secreto de la felicidad, y cuando se conocen, son más amargosas que la muerte. De esas cosas es preciso huir. Todos hemos tenido veinticinco años, y sufrido vértigos y rendido tributo á la engañifa, á las farsas, á los faroles de papel con una cerilla dentro... Ya vemos más claro. Otra lucha, ardiente, nos llama. Otro _sport_, como ahora dicen... ¿Usted supone que la mujer no puede jugar á ese juego? Vaya si puede. Detrás de cada combatiente suele haber una amazona; detrás de cada poderoso, una reina social. Consiéntame usted que, por lo menos, la inicie. Después, si no se pica usted al juego, nuestra amistad persistirá: siempre tendré igual empeño en que no se salga con sus malos propósitos Mascareñas. Le ajustaré las cuentas, no lo dude usted...

Al despedirme al día siguiente en la estación, me deslizó al oído, entregándome una primorosa caja de chocolates:

--Una postalcita... Deseo saber qué impresión la causa París.

¡Ah, Carranza! Reconozco tu mano eclesiástica, diplomática, de futuro cardenal, en la manera de haber adoctrinado á este proco. Le has revelado mi herida y la precaución que se ha menester para no irritar la viva llaga... Le has descubierto mi espiritu crispado de horror, mis nervios encalabrinados, mi mente nublada por sombras y caricaturas goyescas, por visiones peores que las macabras,--¡oh, la muerte es menos nauseabunda!--Y, tal vez así...

III

Una magia es Biarritz, con su aire salobre, vivaz, su agua marina encolerizada, la alegría de sus edificaciones modernas, y el apetito que he recobrado, y el humor juvenil de moverme, de hacer ejercicio, de bañarme en el mar, sin necesidad probablemente. Por otra parte, en Biarritz empiezo á entrever esa actividad intensa, sin lirismo, esos resortes y esos fines que no evocan lo infinito, sino lo que está al alcance, no de todas las manos--despreciable sería entonces--sino de pocas y sabias y hábiles...