Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4]

Part 8

Chapter 83,845 wordsPublic domain

CORINO.--La compadezco, gentil señor, y quisiera por su bien más que por el mío que mis recursos fuesen mayores para aliviarla; pero soy pastor al servicio de otro hombre, y no trasquilo el rebaño que apaciento. Mi dueño es de carácter duro, y no se cuida de encontrar el camino del cielo por actos de hospitalidad. Por otra parte, su egido, sus ganados y sus pastos están en venta; y con motivo de su ausencia, no hay en nuestro cortijo cosa con que pudiérais alimentaros; pero venid y veréis lo que hay, que por mi parte seréis muy bienvenidos.

ROSALINDA.--¿Y quién comprará sus rebaños y sus pastos?

CORINO.--Aquel joven zagal, que visteis poco há, y que tiene muy poco interés en comprar algo.

ROSALINDA.--Te suplico que, guardando los fueros de la honradez, compres tú la casa, los pastos y rebaños. Te daremos con que pagarlos.

CELIA.--Y aumentaremos tu salario. Gústame el sitio, y de buena gana pasaría en él mi tiempo.

CORINO.--Que todo está para vender, es seguro. Venid conmigo, y si os agradan los informes sobre el suelo, las ganancias y este género de vida, seré vuestro fiel labrador, y lo compraré todo con vuestro oro sin perder momento.

(_Salen._)

ESCENA V.

Entran AMIENS, SANTIAGO y otros.

CANTO.

AMIENS. Quien bajo el árbol frondoso desee yacer conmigo, y ajustar su alegre canto del ave á los dulces trinos, que venga hacia aquí, que venga, donde no hay más enemigo que el invierno y la tormenta, las tempestades y el frío.

JAQUES.--Continuad, continuad, os lo suplico.

AMIENS.--Os entristecería, monsieur Jaques.

JAQUES.--Y gracias. Más, os ruego, más. Puedo sorber melancolía de una canción, como huevos la comadreja. Más, te ruego, más.

AMIENS.--Estoy enronquecido. Conozco que no podría agradaros.

JAQUES.--No deseo que me agradéis; deseo, sí, que cantéis. Vamos: más: otra estrofa. ¿No las llamáis estrofas?

AMIENS.--Lo que queráis, monsieur Jaques.

JAQUES.--No me importan sus nombres. Nada me deben. ¿Queréis cantar?

AMIENS.--Más por satisfaceros que por placer mío.

JAQUES.--Pues bien: si alguna vez doy las gracias á un hombre, será á vos; aunque lo que llaman cumplidos se parece al encuentro de dos monos; y cuando un hombre me da gracias sinceramente, se me figura haberle dado un centavo, y que me devuelve gracias á lo mendigo. Vamos, cantad y que los demás cierren la boca.

AMIENS.--Bien. Concluiré la canción. Mientras tanto, señores, cubrid la mesa; el duque quiere beber bajo este árbol. Ha esperado todo este día para veros.

JAQUES.--Y yo todo este día he estado evitándolo. Discute demasiado para mí. Yo pienso en tantos asuntos como él; pero, gracias al cielo, no hago alarde de ello. Vamos, vamos, trinad.

CANTO.

TODOS. Quien desdeña la ambición y vive del sol al brillo buscando el pan, y contento con lo que haya conseguido, que venga, que venga aquí, donde no hay más enemigo que el invierno y la tormenta las tempestades y el frío.

JAQUES.--Voy á daros un verso para esa tonada, que hice ayer, mal que pesara á mi inventiva.

AMIENS.--Y yo lo cantaré.

JAQUES.--Dice así:

Si por ventura acontece tornarse un hombre en borrico, dejando paz y riqueza por un porfiado capricho, _duc ad me, duc ad me, duc ad me_, que aquí verá otros pollinos como él; y si no, que venga adonde Amiens nuestro amigo.

AMIENS.--¿Qué significa ese _duc ad me_?

JAQUES.--Es una invocación griega para llamar á los necios á formar círculo. Me voy á dormir, si puedo. Y si no pudiese, renegaré de todos los primogénitos de Egipto.

AMIENS.--Y yo voy á buscar al duque. Está preparado su banquete.

(_Salen separadamente._)

ESCENA VI.

La misma.

Entran ORLANDO y ADAM.

ADAM.--Mi querido señor, ya no puedo ir más lejos. ¡Oh, me muero de hambre! Aquí me acuesto, y marco la medida de mi sepulcro. Adios, mi bondadoso señor.

ORLANDO.--¿Cómo es eso, Adam? ¿Tú no tienes más corazón? Vive un poco, anímate un poco, alégrate un poco. Si este áspero bosque produce algún animal salvaje, ó yo le serviré de alimento, ó lo traeré para alimentarte. Tu imaginación, no tus fuerzas, es lo que está expuesto á morir. Tranquilízate por amor á mí; y por unos momentos pon á raya la muerte. Estaré aquí contigo dentro de breve rato, y si no te traigo algún alimento, tendrás mi consentimiento para morir. Pero si mueres antes, me habrás hecho perder mi trabajo. ¿No lo dije? Tienes más alegre la cara. No tardaré en estar de vuelta. Pero yaces aquí á la intemperie. Te llevaré á algún punto abrigado, y si hay cosa que viva en este yermo, no morirás por falta de comida. ¡Ánimo, buen Adam!

(_Salen._)

ESCENA VII.

La misma.--Una mesa cubierta.

Entran el antiguo DUQUE, AMIENS, señores y otros.

DUQUE.--Parece que se ha transformado en bestia, pues no puedo encontrarle cosa alguna á semejanza del hombre.

LORD 1.º--Señor, hace un momento que se fué de aquí, donde había estado alegre oyendo una canción.

DUQUE.--Si él, que es un conjunto de discordancias, se aficiona á la música, no tardaremos en ver discordancia en los cielos. Id á buscarle: decidle que deseo hablar con él.

(_Entra Jaques._)

LORD 1.º--Me ahorra la pena viniendo él mismo.

DUQUE.--¡Hola! ¿Cómo es esto, monsieur, y qué vida lleváis, que vuestros pobres amigos tienen que conquistar vuestra compañía?

JAQUES.--Un bufón! un bufón! Encontré un bufón en el bosque; un bufón abigarrado. ¡Oh miserable mundo! Tan cierto como que vivo encontré á un bufón que se acostó á calentarse al sol, y renegó de la fortuna en buenas frases, en buenas vigorosas frases. «Buenos días, zote--le dije.--No señor--respondió--no me llaméis zote mientras el cielo no me haya enviado fortuna.»--Sacó luégo de su bolsillo un reloj de sol y mirándolo con ojos amortiguados, dijo muy sensatamente: «Son las diez; por lo cual vemos, añadió, cómo va el mundo. No hace sino una hora que eran las nueve, y dentro de una hora serán las once. Así, de hora en hora maduramos y maduramos, y luego de hora en hora nos pudrimos y nos pudrimos, y de aquí sale un cuento.» Cuando oí á aquel pintarrajeado bufón filosofar así sobre el tiempo, solté una carcajada más sonora que el canto del gallo á la madrugada, al pensar que un bufón fuese tan profundamente meditativo, y me reí sin tregua una hora entera contada en su reloj. ¡Oh noble bufón! ¡Oh digno bufón! No hay más traje que el de arlequín.

DUQUE.--¿Qué bufón es este?

JAQUES.--¡Oh insigne bufón! Ha sido cortesano, y dice que con tal de que las damas sean jóvenes y hermosas, tienen el don de conocerlo; y en su cerebro tan seco como galleta de viaje pasado, tiene extraños sitios atestados de observaciones á las cuales da salida en zurdas formas. ¡Oh qué daría por ser un bufón! ¡Cuánto codicio un traje con cascabeles!

DUQUE.--Tendrás uno.

JAQUES.--Es todo mi deseo, con tal de que desarraiguéis de vuestros mejores juicios toda opinión que se haya robustecido en ellos en contra de mi cordura. He de tener completa libertad, una patente tan amplia como el viento, para soplar sobre quien yo quiera, pues así la tienen los bufones. Y aquellos á quienes más zahieran mis bufonadas, son los que más deberán reir. ¿Y por qué ha de ser así, señor? El porqué es claro como camino de iglesia parroquial. Aquel á quien el bufón hiera muy cuerdamente, haría una gran necedad, si á pesar de lo que le escueza, no pareciera insensible al golpe. Si no, quedaría desmenuzada la necedad del cuerdo, aun por las chanzas perdidas del bufón. Revestidme con mi traje de arlequín; dadme permiso para decir lo que pienso, y limpiaré por completo el asqueroso cuerpo del infecto mundo, si es que se deja administrar con paciencia mi remedio.

DUQUE.--¡Quita allá! Puedo decir lo que harías.

JAQUES.--¿Pues qué haría contrariándolo sino un bien?

DUQUE.--Pecarías maligna y groseramente cuando criticaras el pecado; porque tú mismo has sido un libertino tan sensual como el instinto brutal mismo. Y derramarías sobre el mundo todas las úlceras acumuladas y los males crónicos atrapados por tu libertinaje.

JAQUES.--¡Pues qué! ¿Acusa á persona alguna en particular, quien clama contra el orgullo? ¿No fluye con tanta pompa como el mar, hasta que refluye contra los mismos medios que lo sustentan? ¿A qué mujer de la ciudad habré nombrado, si digo que la mujer de la ciudad lleva en sus hombros impúdicos el precio pagado por príncipes? ¿Cuál de ellas puede venir á decirme que he querido hablar de ella, cuando su vecina es ni más ni menos que ella misma? ¿Ó quién es aquél aun de la más baja condición que (pensando que aludo á él) dice, que su magnificencia no existe á expensas mías, sin que en ello ajuste su propia necedad al tenor de mi discurso? Ahora bien: ¿qué resulta? Dejadme ver en qué le habrá ofendido mi lengua. Si le ha hecho justicia, será él quien se habrá ofendido á si propio; si no, mi invectiva habrá pasado volando como el ganso silvestre que ningún hombre reclama por suyo. Pero ¿quién viene? (_Entra Orlando, espada en mano._)

ORLANDO.--Deteneos y no sigáis comiendo.

JAQUES.--Pues aún no he probado bocado.

ORLANDO.--Ni lo probaréis antes que la miseria sea socorrida.

JAQUES.--¿Qué clase de pájaro es este?

DUQUE.--¿Es la miseria la que te hace proceder así, hombre atrevido, ó eres un grosero ignorante de los buenos modales, para mostrarte tan falto de buena crianza?

ORLANDO.--Acertasteis al principio. La aguda espina de la más rigorosa necesidad, me privó de mostrarme suave y cortés. Nací tierra adentro, y tengo alguna cultura. Pero, deteneos, repito; porque si alguno toca

á estos frutos antes que yo haya cumplido mi propósito, morirá.

JAQUES.--Y si no admitís razones en respuesta, habré de morir.

DUQUE.--¿Qué deseáis? Nos forzaría á ser benévolos vuestra cortesía, más que nos inclinaría á la bondad vuestra fuerza.

ORLANDO.--Estoy casi muerto por el hambre. Dejadme tomar alimento.

DUQUE.--Sentaos y alimentaos y sed bien venido á nuestra mesa.

ORLANDO.--¿Habláis afablemente? Os ruego que me perdonéis. Parecíame que todo había de ser salvaje en este lugar, y por eso tomé un aspecto imperioso é inflexible. Pero quienes quiera que seáis, los que en este desierto inaccesible, á la sombra del melancólico ramaje véis correr indiferentes las cansadas horas del tiempo; si alguna vez visteis días mejores; si alguna vez oísteis el tañer de las campanas llamándoos al templo; si os habéis sentado al banquete de un hombre de bien; y si alguna vez enjugasteis de vuestros párpados una lágrima de piedad y sabéis lo que es compadecer y ser compadecidos, dejad que la humildad sea mi principal fuerza, y en tal esperanza envaino, sonrojándome, este acero.

DUQUE.--En verdad, hemos visto días mejores, y la sagrada campana nos ha llamado al templo, y nos hemos sentado á las fiestas de hombres buenos, y hemos enjugado de nuestros párpados lágrimas arrancadas por la santa piedad; así, pues, sentaos tranquilamente y disponed de cuanta ayuda podemos ofrecer en alivio de vuestras necesidades.

ORLANDO.--Pues bien: aplazad por pocos momentos vuestro alimento, mientras voy, como la cierva, en busca de mi cervato para alimentarlo. Hay allí un pobre anciano que siguió con paso fatigado mi largo camino, movido por el más desinteresado afecto. Hasta que él, oprimido por dos causas de debilidad--los años y el hambre--sea satisfecho primero, yo no probaré bocado.

DUQUE.--Id á traerlo, y nada será tocado hasta que volváis.

ORLANDO.--Os lo agradezco, y sed bendecidos por vuestro auxilio. (_Sale._)

DUQUE.--Ya lo ves: no somos los únicos desgraciados. Este vasto teatro del mundo, presenta escenas aún más dolorosas que esta en que tomamos parte.

JAQUES.--Todo el mundo es un escenario, y todos, hombres y mujeres, son meros actores. Todos tienen sus entradas y salidas, y cada hombre en su vida representa muchos papeles, siendo los actos siete edades. Al principio, infante que lloriquea en brazos de la nodriza. Luégo lloroso rapaz, con su saquillo y su luciente cara matutina, arrastrándose de mala gana á la escuela, con paso de caracol. Después, enamorado, suspirando como una fragua, con una triste balada compuesta á las cejas de su dama. En seguida, soldado, lleno de extrañas imprecaciones, bigotudo como el leopardo, celoso del honor, súbito y pronto en la pendencia, buscando la efímera reputación hasta en la boca del cañón. Más tarde, juez, de redondo y prominente abdomen bien aforrado de capón, de severa mirada y barba cortada en estilo serio, lleno de sesudos adagios y de modernas citas: y así desempeña su papel. En la sexta edad múdase en enjuto arlequín, calzado de chinelas, puestas en la nariz las antiparras y el saco al costado, y con las bien conservadas bragas de su mocedad flotando en anchos pliegues sobre sus encogidas piernas; y su sonora voz varonil vuelta al tiple de la infancia resopla y silba en su sonido. La última escena de todas, que termina esta extraña y nutrida historia, es la segunda infancia, un mero olvido, sin dientes, sin ojos, sin palabras, sin cosa alguna.

(_Vuelve á entrar Orlando con Adam._)

DUQUE.--Bienvenidos.--Poned en un asiento vuestra venerable carga, y que se alimente.

ORLANDO.--Os doy mil gracias por él.

ADAM.--Así os era menester.--Apenas puedo hablar para hacerlo yo mismo.

DUQUE.--Bienvenido. Principiad. Por ahora no os molestaré con preguntas acerca de vuestras aventuras.--Dejadnos oir un poco de música, y, buen primo, cantad.

CANTO.

AMIENS.--Sopla, sopla, viento helado, que no eres tú tan maligno cual la ingratitud del hombre ni muerdes con tanto ahinco, pues no se te puede ver aunque tu soplo sentimos. Cantemos, ¡oh, sí, cantemos, de la enramada el asilo! Hay mucha amistad fingida y muchos amores frívolos, mas ¡oh! bajo la enramada la vida es un regocijo. -- Hiela, hiela, crudo cielo, que no ofendes con tu frío como el pago que los hombres dan al bien con el olvido. Tú tornas el agua en hielo; mas tu soplo no es tan frío como el triste desengaño de ver que olvida un amigo. Cantemos, ¡oh, sí! etc., etc.

DUQUE.--Si sois hijo del buen sir Rowland, como me lo habéis fielmente dicho al oído, y como ven mis ojos por su imagen vivamente retratada y viviente en vuestro rostro; sed, en verdad, bienvenido aquí. Soy el duque que amó á vuestro padre. Vendréis á mi cueva á decirme el fin de vuestras aventuras.--Buen anciano, bienvenido eres también, como tu señor. Dadle el brazo, y á mí la mano; y hacedme comprender toda vuestra situación. (_Salen._)

ACTO III.

ESCENA I.

Un cuarto en el palacio.

Entran el DUQUE FEDERICO, OLIVERIO, nobles y séquito.

DUQUE FEDERICO.

No verle desde entonces? Señor mío, eso no puede ser. Si no fuera la piedad la principal parte de mí mismo, no buscaría un objeto ausente para saciar mi venganza, hallándote tú aquí. Pero ten cuidado: encuentra á tu hermano donde quiera que esté; búscalo con una linterna: tráelo vivo ó muerto, dentro del plazo de un año, ó jamás vuelvas á buscar tu vida en nuestro territorio. Tus tierras y cuanto hay secuestrable en lo que llamas tuyo, quedan secuestrados en nuestras manos, hasta que puedas justificarte por boca de tu hermano de las sospechas que abrigamos contra ti.

OLIVERIO.--¡Oh, si conociera Vuestra Alteza mis sentimientos en esto! Jamás en mi vida he amado á mi hermano.

DUQUE.--Pues eres tanto más vil por eso. ¡Echadle fuera! Y que vayan mis funcionarios á quienes tal incumbe, á embargarle casa y tierras. Hacedlo al punto, y despedidle en seguida. (_Salen._)

ESCENA II.

El bosque.

Entra ORLANDO, con un papel.

ORLANDO.--Quedad aquí, versos míos, en testimonio de mi amor. Y tú, reina de la noche coronada de triple diadema, observa con tu casta mirada desde tu pálida y alta esfera el nombre de tu cazadora, que domina toda mi existencia.--Estos árboles ¡oh Rosalinda! serán mis libros, y grabaré mis pensamientos en su corteza, para que tus virtudes sean contempladas por todas partes por cuantos seres hay en este bosque.--Corre, corre, Orlando, y graba en cada árbol el nombre de la bella, la casta, la imponderable. (_Sale.--Entran Corino y Piedra-de-toque._)

CORINO.--¿Y cómo os place esta vida de pastor, señor Piedra-de-toque?

PIEDRA.--Á la verdad, pastor, que considerada en sí misma es una vida buena, pero como vida de pastor no vale nada. Me gusta bastante porque es solitaria; pero siendo tan retraída, es una vida muy despreciable. Agrádame también por lo que tiene de campestre, pero me fastidia el que no sea en la corte. Y notad que cuadra bien á mi temperamento, porque es una vida económica; pero como no ofrece mucha abundancia, mi estómago no se aviene con ella. Pastor: ¿tienes algo de filósofo?

CORINO.--No más que lo suficiente para comprender que cuanto más enfermo está uno, peor se siente; que faltan tres buenos amigos á quien no tiene dinero, medios y satisfacción; que la lluvia moja y el fuego quema; que el buen pasto engorda al rebaño; y que entra por mucho el que no haya sol para que sea de noche; y que quien no adquirió ingenio por la naturaleza ó por el arte, puede quejarse ó de su educación ó de su mala estirpe.

PIEDRA.--Un hombre así es un filósofo natural. ¿Has estado alguna vez en la corte, pastor?

CORINO.--No, por cierto.

PIEDRA.--Pues entonces estás condenado.

CORINO.--Espero que no.

PIEDRA.--Condenado, en verdad. Te tostarán por un lado como huevo mal frito.

CORINO.--¿Por no haber estado en la corte? ¿Y por qué?

PIEDRA.--Es claro. No habiendo estado en la corte nunca has visto buenos modales; y no habiendo visto buenos modales, los tuyos tienen que ser muy malos; y lo malo es un pecado y el pecado se condena. En mal trance te veo, pastor.

CORINO.--Nada de eso, Piedra-de-toque. Tan ridículos son en el campo los buenos modales de la corte, como risibles en la corte las maneras del campo. Me habéis dicho que en la corte no saludáis sino que besáis las manos. Tal cortesía no fuera decente, si los cortesanos fuesen pastores.

PIEDRA.--Un ejemplo, pronto; vamos, un ejemplo.

CORINO.--Continuamente manoseamos nuestras ovejas, y sabéis que sus vellones son grasientos.

PIEDRA.--¡Pues qué! ¿No sudan las manos de los cortesanos? ¿Y no es tan saludable la grasa de un carnero como el sudor de un hombre? La razón que alegas es fútil. Dame un ejemplo mejor. Vamos á ello.

CORINO.--Además, nuestras manos son ásperas.

PIEDRA.--Así las sentirán más pronto vuestros labios. Otra futileza. ¡Ea! Veamos mejor ejemplo.

CORINO.--Y á menudo tenemos las manos embreadas con los remedios que aplicamos á nuestros rebaños. ¿Os gustaría besar brea? Las manos de los cortesanos están perfumadas con algalia.

PIEDRA.--¡Oh hombre insustancial! Eres comida de gusanos comparada con un buen pedazo de carne fresca.--Aprende de los sensatos y reflexiona. La algalia es de más baja estirpe que la brea: es una asquerosa secreción de un gato.--Vamos: mejora el ejemplo, pastor.

CORINO.--Tenéis, como cortesano, demasiado ingenio para mí.--Me callaré.

PIEDRA.--¿Quieres condenarte, pues? Dios te valga, hombre superficial! Dios te abra la mollera, porque no sabes nada.

CORINO.--Señor, soy un honrado labrador, que gano lo que como y lo que visto; que no aborrezco á nadie ni envidio la dicha de ningún hombre; que me alegro del bien de los demás y me resigno á mi propio daño; y mi mayor orgullo se reduce á ver pastar mis ovejas y amamantar mis corderos.

PIEDRA.--He ahí otro pecado de ignorancia en que caéis: juntar moruecos y ovejas, prometiéndoos ganar la vida por la cópula del ganado: servir de tercero á un carnero-guía, y sacrificar una ovejita de año entregándola á un morueco viejo, de patas torcidas, y de todos modos cornudo, faltando en ello á toda equidad y proporción. Si no te condenas por esto, á fe que no querrá coger nunca pastores el diablo. No veo por cuál otro motivo escaparías.

CORINO.--Aquí viene el joven señor Ganimedes, el hermano de mi nueva ama.

(_Entra Rosalinda, leyendo un papel._)

ROSALINDA.--No hay desde Oriente á Poniente joya como Rosalinda. Do quiera lleva el ambiente la fama de Rosalinda. El cuadro más refulgente negro es junto á Rosalinda. Ni recuerde faz la mente sino la de Rosalinda.

PIEDRA.--Pues yo os haré rimas por el estilo ocho años seguidos, exceptuando solamente las horas de almorzar, comer y dormir.

ROSALINDA.--¡Calla, loco!

PIEDRA.--Va de muestra:

Si falta al ciervo una cierva venga y busque á Rosalinda. ¿Su especie el gato conserva? Lo mismo hará Rosalinda. El forro el calor conserva: otro tanto Rosalinda. Quien siega ha de atar la yerba, y al carro con Rosalinda. Como en nuez dulce, se observa corteza agria en Rosalinda. La rosa de amor enerva y punza, cual Rosalinda.

Este es el fastidioso martilleo de los versos. ¿Por qué os contagiáis con él?

ROSALINDA.--¡Silencio, tonto! Los encontré en un árbol.

PIEDRA.--Á fe mía que da mal fruto.

ROSALINDA.--Pues lo ingertaré contigo, que será ingertarlo con un níspero, y así será el fruto más temprano del país; porque os habréis podrido antes de estar medio maduro, que es la condición propia del níspero.

PIEDRA.--Eso decís; pero si cuerdamente ó no, que lo decida el bosque. (_Entra Celia, leyendo un papel._)

Rosalinda.--Guardad silencio y haceos á un lado, que aquí viene mi hermana leyendo.

CELIA.

¿Y habrá silencio en el desierto bosque porque nadie lo habita? No: que á cada árbol prestaré una lengua que bellas cosas diga. Una dirá cuán presto cruza el hombre la senda de la vida, de cuyo espacio el hueco de la mano encierra la medida. Y otra los olvidados juramentos de dos almas amigas. En las más bellas ramas y al extremo de las mejores líneas, grabaré embelleciendo mis sentencias un nombre: Rosalinda. Y cuantos lean notarán que el cielo quiso mostrar un día juntas en breve espacio, sus más bellas y nobles maravillas. Á la naturaleza dió el encargo de un cuerpo en que se anidan todas las gracias juntas y aumentadas; por eso ella combina la hermosa faz, no el corazón, de Helena: la majestad altiva de Clëopatra, el alma de Atalantoa, de Lucrecia la esquiva modestia; y con mil prendas quiso el cielo juntar en Rosalinda de corazones, rostros y miradas la suprema valía. Tan bellos dones quiso dar el cielo á su obra favorita para que siendo yo su esclavo siempre rinda á sus piés mi vida.

ROSALINDA.--¡Oh Dios de misericordia! ¡Y qué fastidiosa homilia de amor habéis hecho pesar sobre vuestros feligreses, sin daros la pena de decir siquiera: «¡Tened paciencia, buenas gentes!»

CELIA.--¿Qué es esto? ¡Atrás, amigos! Pastor, retírate un poco: y tú, vete con él, bellaco.

PIEDRA.--Ven, pastor. Pongámonos en honrosa retirada, si no con carros y bagajes, al menos con zurrón y cayado. (_Salen Corino y Piedra-de-toque._)

CELIA.--¿Oiste esos versos?

ROSALINDA.--Sí: todos ellos y aun más; porque algunos tenían más piés que los que el verso admite.

CELIA.--Eso no importa: los versos podrán así caminar por sus piés.

ROSALINDA.--Bien; pero como eran piés quebrados, el verso no podía caminar con ellos, y por esto los piés hacían que los versos anduviesen cojeando.

CELIA.--¿Pero no te ha admirado el oir que tu nombre estuviese suspendido y grabado en estos árboles?