Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4]
Part 19
POCOFONDO.--Debo ofreceros mis excusas, señor Ford.
SLENDER.--Y yo igualmente, señor. Estamos comprometidos á comer donde la señorita Ana, y no le faltaría por ninguna suma de dinero que se pueda contar.
POCOFONDO.--Hemos disertado sobre unas bodas entre Ana Page y mi primo Slender, y hoy debemos recibir la respuesta.
SLENDER.--Espero contar con vuestro favor, padre Page.
PAGE.--Tenéis mi buena voluntad, señor Slender. Estoy enteramente á favor vuestro; pero mi esposa, señor doctor, está no menos decidida por vos.
CAIUS.--Y ¡por vida de...! que la doncella está enamorada de mí; que así me lo ha dicho mi aya, la señora Aprisa.
POSADERO.--¿Y qué decís al joven señor Fenton? Él baila, tiene el brillo de la juventud, escribe versos, habla alegremente, y tiene olor de Abril y Mayo. Él ganará la partida; él ganará la partida. Eso está en la masa de la sangre. Ganará la partida.
PAGE.--No con mi consentimiento, os lo aseguro. No es un caballero apetecible. Era asociado y compinche del príncipe disoluto y de Poins. Pertenece á una región demasiado elevada, y tiene demasiado mundo. No. No será con mi caudal con lo que ha de echar un remiendo á su fortuna. Si ha de tomar á mi hija, la tomará á ella sola; pues la riqueza que poseo, será dirigida por mi voluntad; y mi voluntad no se dirige hacia ese lado.
FORD.--Os suplico lo más encarecidamente que algunos de vosotros vengáis á casa á comer conmigo; pues fuera de la mesa, habrá una buena diversión: os haré ver un monstruo. Vendréis, señor doctor; y también vos, señor Page; y vos, señor Hugh.
POCOFONDO.--Bien: quedad con Dios. Así tendremos más libertad para los asuntos matrimoniales en casa del señor Page.
(_Salen Pocofondo y Slender._)
CAIUS.--Vete á casa, Rugbi. Ya iré yo.
(_Sale Rugbi._)
POSADERO.--Adios, amigos de mi alma. Me voy donde mi honrado huésped el caballero Falstaff á beber con él un trago de vino de España.
(_Sale el posadero._)
FORD.--(_Aparte._) Creo que primero beberé vino de pipa con él. Ya le haré bailar. ¿Queréis venir, buenos amigos?
TODOS.--Somos con vos, para ver el monstruo.
(_Salen._)
ESCENA III.
Cuarto en casa de Ford.
Entran la señora FORD y la señora PAGE.
SRA. FORD.--¡Hola, Juan! ¡Hola, Roberto!
SRA. PAGE.--Pronto, pronto. Es en la canasta...
SRA. FORD.--Por vida mía. ¡Hola, Robin, ¿oyes?
(_Entran criados con una canasta._)
SRA. PAGE.--Venid, venid.
SRA. FORD.--Ponedla aquí.
SRA. PAGE.--Dad la orden á vuestras gentes. No tenemos tiempo que perder.
SRA. FORD.--Entended, como os tengo dicho, Juan y Roberto, que debéis estar listos aquí cerca, en la cervecería; y en el mismo instante en que yo os llame, venid, sin dilación ni tropiezo, y tomad esta canasta en vuestros hombros. Con ella iréis á toda prisa hacia los lavaderos de la ciénaga de Datchet, y la vaciaréis en la zanja cenagosa que está junto a la margen del Támesis.
SRA. PAGE.--¿Lo haréis así?
SRA. FORD.--Les he hecho el encargo una y otra vez. No son instrucciones lo que les falta. Idos, y acudid en el momento en que os llame.
(_Salen los criados._)
SRA. PAGE.--Aquí viene el rapazuelo Robin.
(_Entra Robin._)
SRA. FORD.--¿Qué tal, chiquitín mío? ¿Qué nuevas traes?
ROBIN.--Mi amo sir Juan, ha venido á la puerta falsa, señora, y solicita vuestra compañía.
SRA. PAGE.--Y tú, rapazuelo prestado, ¿no nos has hecho alguna mala partida?
ROBIN.--Puedo jurar que no. Mi señor no sabe que estais aquí, y me ha amenazado con despedirme si os digo la menor palabra, pues jura que me pondría á la puerta.
SRA. PAGE.--Eres un buen muchacho, y tu sigilo te servirá de sastre; como que le deberás un vestido nuevo. Voy á esconderme.
SRA. FORD.--Hacedlo. Vé á decir á tu señor que estoy sola. Señora Page, no os olvidéis de la señal.
(_Sale Robin._)
SRA. PAGE.--Te lo garantizo. Si no desempeño mi papel, sílvame.
(_Sale la Sra. Page._)
SRA. FORD.--Pues á ello. Nos serviremos de esta pestilente humedad, de esta grosera calabaza, y le enseñaremos á distinguir las flores de los guijarros.
(_Entra Falstaff._)
FALSTAFF.--¿Te he alcanzado al fin, celeste joya mía? Pues ahora debería yo morir, ya que he vivido bastante tiempo para ver coronada mi ambición. ¡Oh! ¡Bendita hora!
SRA. FORD.--¡Oh simpático sir Juan!
FALSTAFF.--Señora Ford, no puedo lisonjear, no puedo charlar, señora Ford. Ahora mi deseo es pecaminoso: quisiera que estuviese muerto vuestro marido. En presencia del más encumbrado lord lo diría: te haría mi esposa.
SRA. FORD.--¡Yo, esposa vuestra, sir Juan! Sería una muy pobre esposa para vos.
FALSTAFF.--No la hay igual en toda la corte de Francia! Veo cómo tu mirada rivaliza con el brillo del diamante; tienes en las cejas el arco armonioso que corresponde á un modelo veneciano ricamente adornado.
SRA. FORD.--Un modesto pañuelo es todo lo que puede venirles bien. Y aun eso, lo dudo.
FALSTAFF.--Es una traición lo que te haces hablando así. Harías en todo rigor una excelente dama de corte; y tu paso firme y elástico, daría á tu talle la más seductora oscilación bajo los semicírculos de la crinolina. Bien veo lo que serías si no te fuera adversa la fortuna; pero la naturaleza te ha favorecido, y esto no puedes ocultarlo.
SRA. FORD.--Creedme, no tengo tales atractivos.
FALSTAFF.--¿Pues por qué te he amado? Esto solo basta para convencerte de que hay en ti algo de extraordinario. Vamos, yo no puedo adular y decir que eres esto y aquello, como tantos de esos remilgados pisaverdes que se presentan como mujeres disfrazadas de hombre y perfumados de piés á cabeza. No, no puedo hacerlo, pero te amo, á ti, á ti sola, y lo mereces.
SRA. FORD.--Pero no me traicionéis. Mucho me temo que amáis á la Sra. Page.
FALSTAFF.--Tanto valdría que dijeras que me gusta ir á parar á la cárcel; cosa que me halaga tanto como el vapor de cal viva.
SRA. FORD.--Bueno. El cielo sabe cuánto os amo, y algún día os convenceréis de ello.
FALSTAFF.--No varíes de pensamiento, que yo mereceré tu amor.
SRA. FORD.--Nunca, debo decíroslo, si no variáis vos mismo; pues entonces no podría pensar del mismo modo.
ROBIN.--(_Adentro._) ¡Señora Ford! ¡Señora Ford! La señora Page está á la puerta, toda sudando y jadeando y con la cara despavorida, y dice que tiene que hablaros inmediatamente.
FALSTAFF.--Es necesario que no me vea. Me ocultaré aquí detrás de este tapiz.
SRA. FORD.--Hacedlo. Es una mujer muy chismosa. (_Falstaff se oculta._--_Entran la señora Page y Robin._) ¿Qué ocurre? ¿Qué hay de nuevo?
SRA. PAGE.--¡Oh señora Ford! ¿Qué habéis hecho? Estáis cubierta de afrenta, estáis arruinada, estáis perdida para siempre!
SRA. FORD--Pero ¿qué acontece, buena señora Page?
SRA. PAGE.--¡Pues no es nada, señora Ford! Teniendo por marido á un hombre honrado, darle semejante motivo de sospecha!
SRA. FORD--¿Qué motivo de sospecha?
SRA. PAGE.--¿Qué motivo de sospecha? ¡Vergüenza para vos! ¿Cómo he podido equivocarme sobre vos?
SRA. FORD--Pero ¡por Dios! ¿de qué se trata?
SRA. PAGE.--Se trata, mujer, de que vuestro marido viene en este momento con todos los oficiales de Windsor, á sorprender á un caballero que dice está ahora aquí en su casa, de acuerdo con vos, para aprovechar deshonrosamente su ausencia. Estáis perdida!
SRA. FORD--(_Aparte._) Hablad más alto.--Espero que no es así.
SRA. PAGE.--Plegue á Dios que no sea así el que tengáis aquí á tal hombre; pero es indudable que vuestro esposo viene con la mitad de Windsor tras de él, para buscarle aquí. Me he adelantado á ellos por daros aviso. Si os encontráis inocente, me alegro en el alma; pero si ocultáis aquí algún amigo, hacedle salir al instante, al instante. No os atolondréis; apelad á toda vuestra lucidez, defended vuestra reputación ó despedíos para siempre de la buena vida que habíais disfrutado.
SRA. FORD--¡Ay Dios mío! ¿Qué haré? Allí está un caballero, amiga querida; y no es tanto mi vergüenza lo que tomo como el peligro que él corre. Daría mil libras por verle sano y salvo fuera de la casa.
SRA. PAGE.--¡Qué disparate! Este no es tiempo de «daría esto» ni «daría aquello.» Vuestro marido llegará dentro de pocos instantes. Pensad en algún medio de transportar á vuestro amigo. Ocultarlo en la casa es imposible. ¡Oh! ¡Cómo me habéis engañado! Mirad. Aquí hay un canasto. Si él no es de una estatura desmedida, podrá agazaparse aquí. Lo cubriréis con ropas sucias como para enviar al lavado; ó si aún hay tiempo, enviadlo con vuestros criados á los lavaderos de la ciénaga de Datchet.
SRA. FORD.--Es demasiado corpulento para caber ahí.
(_Vuelve á entrar Falstaff._)
FALSTAFF.--Dejadme ver! Dejadme ver! Probaré entrar. Sí. Entraré, entraré!
SRA. PAGE.--¡Qué! ¡Señor Juan Falstaff! ¿En esto han venido á parar las cartas que me habéis escrito, caballero?
FALSTAFF.--Es á ti á quien amo; a nadie sino á ti. Ayúdame á escapar. Déjame meterme aquí dentro. Jamás en mi vida....
(_Se mete en el canasto y lo cubren con ropa sucia._)
SRA. PAGE.--Ayuda á tapar á tu amo, muchacho. Señora Ford, llamad á vuestros criados. ¡Desleal caballero!
SRA. FORD.--¡Hola! Juan! Roberto! ¡Juan! (_Sale Robin.--Vuelven á entrar los criados._) Ea! Levantad ese canasto de ropas. Pronto! ¿Dónde está la vara en que se cuelga para llevarlo? Vamos! No hay que andar bamboleándose. Llevadlo á la lavandera en la ciénaga de Datchet. ¡Listos, listos!
(_Entran Ford, Page, Caius y sir Hugh Evans._)
FORD.--Acercaos, os lo suplico. Si mis sospechas carecen de fundamento, pues bien, burlaos de mí, hacedme vuestro hazme-reir. Lo tendré bien merecido. Hola! ¿Á dónde lleváis eso?
CRIADO.--Á donde la lavandera, por cierto.
SRA. FORD.--Pues está bien! ¿Qué tenéis que hacer con que lleven eso acá ó allá? Sería mejor que os encargaseis del lavado y de apuntar la ropa.
FORD.--¿Apuntar, eh? Ya quisiera yo que lavándome se me quitara lo que me puede apuntar! Punta! Punta! Punta! Sí; punta, punta, os lo garantizo. Y de la estación, como se verá luégo. (_Salen los criados con la canasta._) Señores; he tenido anoche un sueño y os le he de contar. He aquí mis llaves; aquí, aquí las tenéis. Subid á mis habitaciones, buscad, registrad, descubrid. Os aseguro que atraparemos el zorro. Dejadme primero que obstruya esta salida. Ahora, principiad la caza.
PAGE.--Buen señor Ford, tranquilizaos. Vos mismo os hacéis grave injusticia.
FORD.--¿De veras? Adelante, caballeros, que vais á tener diversión. Seguidme, señores.
(_Sale._)
EVANS.--Fantasías de celoso.
CAIUS.--Por vida de...! que no es así la moda en Francia. Nadie tiene celos en Francia.
PAGE.--No. Seguidle, señores, y ved el resultado de su investigación.
(_Salen Evans, Page y Caius._)
SRA. PAGE.--¿No hay en esto un doble mérito?
SRA. FORD.--No sé qué me deleita más; si ver que mi marido se engaña, ó ver la burla hecha á sir Juan.
SRA. PAGE.--¡Qué bien atrapado debió verse cuando vuestro esposo preguntó lo que iba en el canasto!
SRA. FORD.--Temblando estoy de que necesite un baño para lavarse: de manera que echarlo al agua, será hacerle un beneficio.
SRA. PAGE.--Que el diablo cargue con ese bribón sin vergüenza! De buena gana vería yo en igual trance á todos los de su jaez!
SRA. FORD.--Me parece que mi marido tenía una sospecha particular de que Falstaff estaba aquí; porque nunca le he visto tan rudo en su celo, como ahora.
SRA. PAGE.--Voy á urdir una trama, para que tengamos algunas tretas más contra Falstaff. Su mal crónico de corrupción, difícilmente cederá á este medicamento.
SRA. FORD.--¿Os parece bien enviar á esa mala peste de la señora Aprisa, para ofrecerle excusas por haberle echado al agua, y darle una nueva esperanza que le haga caer en un nuevo castigo?
SRA. PAGE.--Sí; hagámoslo. Que venga mañana á las ocho para recibir satisfacciones. (_Vuelven á entrar Ford, Page, Caius y sir Hugh Evans._)
FORD.--No he podido encontrarle. Quizás el bribón se jactaba de lo que no podía alcanzar.
SRA. PAGE.--¿Habéis oído eso?
SRA. FORD.--Sí, sí, basta. Me tratáis bien, señor Ford, ¿no os parece así?
FORD.--Sí, así lo hago.
SRA. FORD.--Que Dios os haga mejor que vuestros pensamientos.
FORD.--Amen.
SRA. PAGE.--Os causáis un gran mal vos mismo, señor Page.
FORD.--Sí, sí. Debo sobrellevar todo esto.
EVANS.--Así Dios me perdone el día del juicio final, como es verdad que no hay nadie en los dormitorios, ni en los cofres, ni en los armarios.
CAIUS.--Por vida de..! yo digo lo mismo. No hay nadie, nadie.
PAGE.--¡Por Dios! ¿No os avergonzáis, señor Ford? ¿Qué espíritu, qué demonio os sugiere tal imaginación? No quisiera tener en estos asuntos vuestra vehemencia, ni por todas las riquezas de Windsor.
FORD.--Confieso que es culpa mía, señor Page, y sufro por ello.
EVANS.--Sufrís por una mala conciencia. Vuestra esposa es una mujer tan honesta como podría desearla yo entre cinco mil y quinientas más.
CAIUS.--Voto á..! que veo claro su honradez.
FORD.--Bien. Os prometí una comida. Venid á dar un paseo por el parque. Os ruego que me perdonéis. Más tarde os diré por qué hice esto. Ven, esposa mía. Venid, señora Page. Os suplico que me perdonéis: lo suplico sinceramente.
PAGE.--Vamos con él, señores; pero, creedme, que le haremos blanco de nuestra jovialidad. Os invito á almorzar mañana temprano en mi casa. Después iremos á cazar pájaros; tengo un buen halcón. ¿Os acomoda?
FORD.--Lo que queráis.
EVANS.--Si hay uno, yo seré el segundo de la partida.
CAIUS.--Y si hay uno ó dos, yo seré el tercero.
EVANS.--Os ruego ahora que os acordéis mañana de aquel sucio bribón de posadero.
CAIUS.--Perfectamente. ¡Por vida de..! que lo haré con todo mi corazón.
EVANS.--¡Sarnoso bribón! Que se permite bromas y burlas!
(_Salen._)
ESCENA IV.
Cuarto en casa de Page.
Entran FENTON y ANA PAGE.
FENTON.--Veo que no puedo alcanzar el beneplácito de tu padre. No me obligues de nuevo, dulce Ana mía, á acudir donde él.
ANA.--¡Ay! ¿Qué hacer, pues?
FENTON.--¿Qué? El ser tú misma. Se opone porque considera demasiado alta mi alcurnia, y presume que, mermados mis bienes por mis gastos, sólo procuro restablecerlos á favor de su riqueza. Fuera de estos obstáculos me presenta otros: mis turbulencias pasadas, mis asociaciones de disipación; y me dice que es imposible que yo te ame de otro modo que como una propiedad.
ANA.--Quizás os dice verdad.
FENTON.--No; y así me ampare el cielo en el tiempo futuro. Confieso, sin embargo, que la fortuna de tu padre fué el primer móvil que me impulsó á pretenderte; pero, Ana mía, al hacerlo, encontré que valías más que toda fortuna en oro ó en cualquier otro valor. Ahora no ambiciono otra riqueza que tú misma.
ANA.--Amable señor Fenton, insistid aún en solicitar la buena voluntad de mi padre; buscad de nuevo su consentimiento. Si la oportunidad y la humilde solicitud nada consiguiesen, pues bien! entonces... Escuchad un momento. (_Hablan aparte._--_Entran Pocofondo, Slender y la señora Aprisa._)
POCOFONDO.--Interrumpid su conversación, señora Aprisa. Mi pariente debe hablar por sí mismo.
SLENDER.--Lo echaré á perder de un modo ú otro. Esto no es más que aventurar.
POCOFONDO.--No os acobardéis.
SLENDER.--No, ella no me acobarda. Eso no me importa. Solamente que tengo miedo.
APRISA.--Oíd, Ana. El señor Slender desea hablaros una palabra.
ANA.--Soy con él al instante. Este es el escogido por mi padre. ¡Oh! ¡Qué cúmulo de viles y feos defectos, parece hermoso por trescientas libras de renta!
(_Aparte._)
APRISA.--¿Y qué tal os va, mi buen señor Fenton?
POCOFONDO.--Ya viene.--¡Á ella, primo!--¡Oh muchacho, has tenido padre!
SLENDER.--Yo tuve padre, señorita Ana; mi tío puede deciros buenas bromas de él. Contad á la señorita Ana el chiste de cómo mi padre se robó dos gansos de la jaula.
POCOFONDO.--Señorita Ana, mi primo os ama.
SLENDER.--Por cierto que sí; tanto como á cualquiera mujer en Gloucestershire.
POCOFONDO.--Y os mantendrá en el rango de una dama.
SLENDER.--Por cierto que sí, y con traje de cola larga, como corresponde al rango de escudero.
POCOFONDO.--Y os dará una dote de ciento y cincuenta libras.
ANA.--Buen señor Pocofondo, dejad que él hable por sí mismo.
POCOFONDO.--De buen grado y os doy las gracias. Os agradezco este descanso. Os llama, primo. Me retiro.
ANA.--¿Y bien, señor Slender?
SLENDER.--¿Y bien, señorita Ana?
ANA.--¿Cuál es vuestra voluntad, vuestra disposición?
SLENDER.--¿Mi voluntad? ¿Mi disposición? Este sí que es chiste. Gracias á Dios, no soy tan enfermizo que haya tenido que hacer mi disposición, ni mi voluntad. No he hecho testamento.
ANA.--Quiero decir, señor Slender, ¿qué es lo que deseáis de mí?
SLENDER.--Por lo que á mí toca, en verdad, poco ó nada tendría que hacer con vos. Vuestro padre y mi tío lo han hablado entre ellos. Si sale bien, bueno: si no, también. Ellos podrán deciros mejor que yo cómo van estas cosas. Aquí viene vuestro padre; podéis preguntarle.
(_Entran Page y la Sra. Page._)
PAGE.--Bien, señor Slender. Ámale, Ana, hija mía. ¿Qué hacéis aquí, señor Fenton? Sabéis que me inferís agravio empeñándoos en visitar esta casa. Ya os he dicho que he dispuesto de mi hija.
FENTON.--Os suplico no os impacientéis, señor Page.
SRA. PAGE.--Mi buen señor Fenton, no volváis á acercaros á mi hija.
PAGE.--No es un partido para vos.
FENTON.--¿Queréis escucharme, señor?
PAGE.--No, mi buen señor Fenton. Venid, señor Slender: venid adentro, así. Sabiendo mi decisión, señor Fenton, me agraviáis.
FENTON.--Señora Page: amando á vuestra hija con toda la verdad y honradez de mi afecto, fuerza es que sostenga mi pretensión á pesar de todos los obstáculos, repulsas y desaires, y que no desista. Concededme, os suplico, vuestra buena voluntad.
ANA.--Buena madre mía, no me caséis con ese idiota que está allí.
SRA. PAGE.--No es mi intención. Busco mejor esposo para ti.
APRISA.--Y ese es mi amo, el señor doctor.
ANA.--¡Ay de mí! Antes querría que me pusieran pronto bajo de tierra, y sembraran berzas encima.
SRA. PAGE.--Vamos, no te atormentes. Señor Fenton, no seré para vos en esto ni amiga, ni enemiga. Examinaré á mi hija para saber qué grado de afecto os tiene; y según lo que en ella descubra arreglaré mi proceder. Hasta entonces, adios, señor. Es necesario que Ana éntre, ó se enfadaría su padre.
(_Salen la Sra. Page y Ana._)
FENTON.--Adios, bondadosa señora; adios, Ana.
APRISA.--Todo esto es obra mía. ¡Pues qué!--le dije--¿vais á malograr vuestra hija en manos de un imbécil y por añadidura médico? Ya lo véis, señor Fenton, todo esto es obra mía.
FENTON.--Te doy las gracias, y te ruego que esta noche dés á mi dulce Ana esta sortija. Toma por tu molestia.
(_Sale._)
APRISA.--¡Dios te llene de bendiciones! Como que tiene un corazón bondadoso. ¡Una mujer sería capaz de echarse de cabeza al fuego por tan buen corazón! Sin embargo, yo quisiera mas bien que Ana fuese de mi amo, ó del señor Slender; ó en fin, que fuese del señor Fenton. Haré todo lo que pueda por los tres, ya que así lo he prometido y que soy incapaz de faltar á mi palabra; pero especialmente por el señor Fenton. Bueno: ahora tengo que ir con otro mensaje al señor Falstaff de parte de mis dos señoras. ¡Soy un animal en tardarme así!
(_Sale._)
ESCENA V.
Cuarto en la posada de la Liga.
Entran FALSTAFF y BARDOLFO.
FALSTAFF.--Bardolfo, escucha.
BARDOLFO.--¿Señor?
FALSTAFF.--Vé á traerme una pinta de Jerez, y una tostada. (_Sale Bardolfo._) ¿Y es posible que haya vivido yo para ver el día en que habían de llevarme en un canasto como un montón de desecho de carnicero, y arrojarme al río? Por mi alma, que si vuelvo á sufrir chasco semejante, he de hacer que mis sesos sirvan para comida de perros el día de año nuevo. Los pillastres, para echarme al Támesis no tuvieron más remordimiento que si se tratara de los cachorros recién nacidos de una perra, con los ojos cerrados. Y por mi tamaño es fácil ver que tengo gran propensión á sumergirme. Si el fondo del río fuera tan hondo como el infierno, creo que iría hasta el fondo. Á no haber sido tan poco profunda la margen, de seguro que me habría ahogado: género de muerte que detesto, porque el agua hace que el cuerpo se hinche ¡y qué cuerpo sería el mío si se hinchara! ¡Vaya! ¡una momia como una montaña!
(_Vuelve á entrar Bardolfo, con el vino._)
BARDOLFO.--Señor, aquí está la señora Aprisa, que viene á hablaros.
FALSTAFF.--Déjame vaciar un poco de Jerez sobre esta agua del Támesis; porque tengo en el vientre un frío tal, que no parece sino que hubiese tomado píldoras de nieve. Hazla entrar.
BARDOLFO.--Entrad, mujer.
(_Entra la Sra Aprisa._)
APRISA.--Con vuestro permiso: merced, os digo. Doy buenos días á vuestra señoría.
FALSTAFF.--Llévate estos vasos. Prepárame cuidadosamente un azumbre de Jerez.
BARDOLFO.--¿Con huevos, señor?
FALSTAFF.--No: solo. No quiero grasa de gallina en mi bebida. (_Sale Bardolfo._) ¿Y bien?
APRISA.--Vengo á encontraros de parte de la señora Ford.
FALSTAFF.--¡La señora Ford! Harto de su nombre estoy. Con ese nombre me ha hecho bautizar en el río.
APRISA.--¡Qué desgracia! ¡Pero no fué culpa suya, pobre palomita! Así está furiosa contra sus criados porque equivocaron su dirección.
FALSTAFF.--Así como me equivoqué yo fundando esperanzas sobre la promesa de una mujer atolondrada.
APRISA.--Pues si viérais cómo se lamenta de aquello, se os partiría el corazón. Su marido sale á cazar pájaros esta mañana, y ella os ruega una vez más que vayáis á verla entre las ocho y las nueve. Me ha exigido que le responda al instante. Ella os dará satisfacciones, os lo garantizo.
FALSTAFF.--Bien. Iré á visitarla. Dile así, y que considere lo que es un hombre, y su fragilidad, y juzgue por ello de mi merecimiento.
APRISA.--Así se lo diré.
FALSTAFF.--Enbuenhora. ¿Decís que entre nueve y diez?
APRISA.--Entre ocho y nueve, señor.
FALSTAFF.--Está bien: id. No dejaré de verla.
APRISA.--Quedad con Dios.
(_Sale._)
FALSTAFF.--Es extraño que no tenga noticia del señor Brook. Me envió á decir que le aguardara. Me agrada bastante su dinero. ¡Oh! Hele aquí que llega.
(_Entra Ford._)
FORD.--Dios os bendiga, señor.
FALSTAFF.--Y bien, señor Brook: ¿habéis venido á saber lo que ha pasado entre la señora Ford y yo?
FORD.--Efectivamente, sir Juan; es el objeto de mi visita.
FALSTAFF.--Señor Brook, no os diré una mentira: estuve en su casa á la hora convenida.
FORD.--¿Y qué tal os fué por allí?
FALSTAFF.--Muy desgraciadamente, señor Brook.
FORD.--¿Cómo así? ¿Acaso mudó de parecer?
FALSTAFF.--No, señor Brook; pero aquel descomunal cornudo de su marido, que vive en la eterna alarma del celoso, se aparece en el instante de más interés, cuando ya nos habíamos abrazado, besado y jurado, y hecho, en fin, el prólogo de nuestra comedia; y tras de él una caterva de sus compañeros, llamados y provocados por su mala índole, a fin de que registraran la casa en busca del amante de su esposa.
FORD.--¡Qué! ¿Mientras estábais allí?
FALSTAFF.--Mientras estaba allí.
FORD.--¿Y os buscó y no pudo encontraros?
FALSTAFF.--Vais á oirlo. Como si la buena suerte lo hubiera dispuesto, llega una señora Page: da aviso de la llegada de Ford; y gracias á su inventiva y á la desesperación de la señora Ford, me hicieron entrar en un canasto de ropa.
FORD.--¡En un canasto de ropa!
FALSTAFF.--Por Dios, en un canasto de ropa de lavado. Allí me sepultaron entre un montón de ropas sucias, camisas y enaguas, hediondas calcetas y medias, servilletas grasientas; de manera, señor Brook, que jamás nariz humana sintió semejante compuesto de pestilentes olores!
FORD.--¿Y cuánto tiempo permanecísteis allí?