Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4]

Part 12

Chapter 123,923 wordsPublic domain

EL DUQUE.--Mercader de Siracusa, cesa de defender tu causa; yo no soy bastante parcial para infringir nuestras leyes.--La enemistad y la discordia, recientemente excitadas por el ultraje bárbaro que vuestro duque ha hecho á estos mercaderes, honrados compatriotas nuestros, quienes, por falta de oro para rescatar sus vidas, han sellado con su sangre sus rigurosos decretos, excluyen toda piedad de nuestra amenazante actitud; pues desde las querellas intestinas y mortales levantadas entre tus sediciosos compatriotas y los nuestros, se ha sancionado en consejos solemnes, tanto por nosotros como por los siracusanos, no permitir tráfico alguno á las ciudades enemigas nuestras. Además, si un natural de Éfeso es visto en los mercados y ferias de Siracusa, ó si un natural de Siracusa viene á la bahía de Efeso, muere, y sus mercaderías son confiscadas á disposición del duque, á menos que levante una cantidad de mil marcos para cumplir la pena y servirle de rescate. Tus géneros, vendidos al más alto precio, no pueden subir á cien marcos; por consiguiente la ley te condena á morir.

ÆGEÓN.--Bien! Lo que me consuela es que, al realizarse vuestras palabras, mis males terminarán con el sol poniente.

EL DUQUE.--Vamos, siracusano, dinos brevemente por qué has dejado tu ciudad natal y qué motivo te ha traído á Éfeso.

ÆGEÓN.--No podía haberse impuesto tarea más penosa que la de intimarme á decir males indecibles. Sin embargo, á fin de que el mundo sea testigo de que mi muerte habrá provenido de la naturaleza y no de un crimen vergonzoso, diré todo lo que el dolor me permita decir.--Nací en Siracusa y me casé con una mujer que hubiese sido feliz sin mí, y por mí también sin nuestro mal destino. Vivía contento con ella; nuestra fortuna se aumentó por los fructuosos viajes que con frecuencia hacía yo á Epídoro, hasta la muerte de nuestro agente de negocios. Su pérdida, habiendo dejado en abandono el cuidado de grandes bienes, me obligó á sustraerme de los tiernos abrazos de mi esposa. Apenas habían pasado seis meses de ausencia, cuando casi desfallecida bajo la dulce carga que llevan las mujeres, hizo sus preparativos para seguirme, y llegó con prontitud y seguridad á los lugares donde me hallaba. Poco tiempo después de su llegada hízose la feliz madre de dos hermosos niños; y, lo que hay de extraño, tan parecidos entre sí, que no se podían distinguir sino por sus nombres. Á la misma hora y en la misma hostería, una pobre mujer fué desembarazada de una carga semejante, dando al mundo dos gemelos varones igualmente parecidos. Compré estos dos muchachos á sus padres, quienes se encontraban en extrema indigencia, y los crié para servir á mis hijos. Mi mujer, que no estaba poco orgullosa de estos dos niños, me instaba cada día para volver á nuestra patria. Consentí á pesar mío ¡ay! demasiado temprano. Nos embarcamos.--Estábamos á una legua de Epídoro, antes que la mar, siempre dócil á los vientos, nos hubiese amenazado con algún accidente trágico; pero no conservamos mucho tiempo la esperanza. La escasa claridad que nos prestaba el cielo no servía sino para mostrar á nuestras almas aterradas, el mandato dudoso de una muerte inmediata. En cuanto á mí, yo la habría abrazado con alegría, si las lágrimas incesantes de mi esposa, que lloraba de antemano la desgracia que veía venir inevitablemente, y los gemidos lastimeros de los dos niños que lloraban por imitación, ignorando lo que era de temer, no me hubiesen forzado á buscar el modo de retardar el instante fatal para ellos y para mí; y he aquí cuál fué nuestro recurso; no quedaba otro:--Los marineros buscaron su salvación en nuestro bote, y nos abandonaron dejándonos el barco ya á punto de hundirse. Mi esposa, más atenta á velar sobre mi último nacido, lo había ligado al pequeño mástil de reserva del cual se proveen los marinos para las tempestades; con él estaba ligado uno de los gemelos esclavos; y yo había tenido que hacer lo mismo con los otros dos niños. Hecho esto, mi esposa y yo con las miradas fijas en aquellos en quienes estaban fijos nuestros corazones, nos atamos á cada uno de los extremos del palo; y flotando en seguida á voluntad de las olas, fuímos llevados por ellas hacia Corinto, á lo que nosotros habíamos pensado. Al fin, el sol, mostrándose á la tierra, disipó los vapores que habían causado nuestros males; bajo la influencia benéfica de su luz deseada, los mares se calmaron gradualmente, y descubrimos en lontananza dos barcos que navegaban sobre nosotros; de Corinto el más lejano, y el otro de Epídoro. Pero antes de que nos hubiesen alcanzado... ¡Oh! no me obliguéis á decir más; conjeturad lo que aconteció por lo que acabáis de oir.

EL DUQUE.--Prosigue, anciano: no interrumpas tu relato; podemos al menos compadecerte si no podemos perdonarte.

ÆGEÓN.--¡Oh! ¡Si los dioses nos hubiesen compadecido, no les llamaría ahora con tanta justicia desapiadados hacia nosotros! Antes que los dos barcos hubiesen avanzado á diez leguas de nosotros, dimos contra una grande roca; é impulsado con violencia sobre este escollo, nuestro mástil de socorro fué roto por el medio; de tal modo que, en esta nuestra injusta separación, la fortuna nos dejó á los dos de qué regocijarnos y de qué afligirnos. La mitad que llevaba á la infeliz y que parecía cargada de menor peso, aunque no de menor infortunio, fué impulsada con más velocidad por los vientos: y fueron recogidos los tres á nuestra vista por pescadores de Corinto, á lo que nos pareció. Finalmente, otro barco se había apoderado de nosotros; y llegando á conocer sus tripulantes quiénes eran aquellos que la suerte les había conducido á salvar, acogieron con benevolencia á sus náufragos: y hubiesen alcanzado á quitar á los pescadores su presa á no haber sido el buque tan mal velero. Se vieron, pues, obligados á dirigir su rumbo hacia la patria.--Habéis oído cómo he sido separado de mi dicha y cómo mi vida ha sido prolongada por adversidades para haceros el triste relato de mis desventuras.

EL DUQUE.--Y, en bien de los que lloras, hazme el favor de decir detalladamente lo que os aconteció á ellos y á ti hasta ahora.

ÆGEÓN.--Mi hijo menor, que es el mayor en mi cuidado, cumplida la edad de diez y ocho años, se ha mostrado deseoso de buscar á su hermano, y me ha rogado con importunidad permitirle que su joven esclavo (pues los dos muchachos habían compartido la misma suerte, y éste, separado de su hermano, había conservado el nombre) pudiese acompañarle en esta investigación. Para poder encontrar uno de los objetos de mi atormentada ternura, yo arriesgaba perder el otro. He recorrido durante cinco veranos las extremidades más apartadas de la Grecia, errando hasta más allá de los límites de Asia; y costeando hacia mi pátria, he abordado á Éfeso sin esperanza de encontrarlos, pero repugnándome pasar por este lugar ó cualquiera otro donde habitan hombres, sin explorarlo. Es aquí, en fin, donde debe terminar la historia de mi vida; y sería feliz de esta muerte oportuna, si todos mis viajes me hubiesen asegurado al menos que mis hijos viven.

EL DUQUE.--¡Desventurado Ægeón, á quien los hados han marcado para probar el colmo de la desgracia! Créeme: mi alma abogaría por tu causa si pudiese hacerlo sin violar nuestras leyes, sin ofender mi corona, mi juramento y mi dignidad, que los príncipes no pueden anular, aun cuando lo quisieran. Pero aunque tú seas destinado á la muerte, y que la sentencia pronunciada no pueda revocarse sin grave daño de nuestro honor, sin embargo te favoreceré en lo que pueda. Así, mercader, te concederé este día para buscar tu salvación en un socorro bienhechor: acude á todos los amigos que tienes en Éfeso, mendiga ó toma prestado para recoger la suma y vive; si no, tu muerte es inevitable.--Alcaide, tómalo bajo tu custodia.

ALCAIDE.--Sí, mi señor.

(_El duque sale con su séquito._)

ÆGEÓN.--Ægeón se retira sin esperanza y sin socorro, y su muerte no es sino diferida.

(_Salen._)

ESCENA II.

Plaza pública.

ANTÍFOLO y DROMIO de Siracusa; UN MERCADER.

EL MERCADER.--Tened cuidado de esparcir la voz de que sois de Epídoro, si no queréis ver todos vuestros bienes confiscados al instante. Hoy mismo un mercader de Siracusa acaba de ser preso por haber abordado aquí, y, no encontrándose en estado de rescatar su vida, debe perecer, según los estatutos de la ciudad, antes que el sol fatigado se ponga al occidente. He aquí vuestro dinero que tenía en depósito.

ANTÍFOLO.--(_A Dromio._) Vé á llevarlo al Centauro, donde posamos, Dromio, y esperarás allí que yo vaya á reunirme contigo. Dentro de una hora será la comida: hasta entonces voy á echar un vistazo sobre las costumbres de la ciudad, tratar á los mercaderes, mirar los edificios; después de lo cual volveré á tomar algún reposo en mi hostería, pues estoy cansado y adolorido de este largo viaje. Vete.

DROMIO.--Más de un hombre os tomaría la palabra gustosamente, y se iría en efecto teniendo tan buen medio de partir.

(_Sale Dromio._)

ANTÍFOLO.--(_Al mercader._) Es un criado de confianza, señor, que á menudo, cuando estoy agobiado por la inquietud y la melancolía, alegra mi humor con sus chanzas. Vamos, ¿queréis pasearos conmigo en la ciudad y venir en seguida á mi posada á comer conmigo?

EL MERCADER.--Estoy invitado, señor, en casa de ciertos negociantes, de los cuales espero grandes beneficios. Os ruego me excuséis. Pero mas tarde, si gustáis, á las cinco, os tomaré en la plaza del mercado, y desde ese momento os haré compañía hasta la hora de acostarse. Mis negocios en este instante me obligan á dejaros.

ANTÍFOLO.--Adios, pues, hasta luégo. Yo, voy á perderme errando de aquí para allí, á fin de ver la ciudad.

EL MERCADER.--Señor, os deseo mucha satisfacción.

(_El mercader sale._)

ANTÍFOLO.--(_Solo._) El que me desea la satisfacción, me desea lo que no puedo obtener: Estoy en el mundo como una gota de agua que busca en el Océano otra gota; y no pudiendo encontrar allí su compañera, se pierde ella propia errante é inapercibida. Así yo, desgraciado, para encontrar una madre y un hermano, me pierdo á mí propio buscándolos.

(_Entra Dromio de Éfeso._)

ANTÍFOLO.--(_Percibiendo á Dromio._) He aquí el almanaque de mi verdadera fecha. ¿Cómo, cómo sucede que estás de vuelta tan pronto?

DROMIO DE ÉFESO.--¿De vuelta tan pronto, decís? Mas bien vengo demasiado tarde. El capón se quema, el lechón se cae del asador; la campana del reloj ha dado las doce y mi dueña las juntó en la una sobre mi mejilla. Ella está tan acalorada porque la carne está fría: la carne está fría porque no venís á casa; no venís á casa porque no tenéis apetito; no tenéis apetito porque habéis almorzado: pero nosotros que sabemos lo que es ayunar y rogar, estamos en penitencia hoy por vuestra culpa.

ANTÍFOLO.--Guardad vuestro resuello, señor, y responded á esto, os lo ruego: ¿dónde habéis dejado el dinero que os he remitido?

DROMIO.--¡Oh! ¿Qué? ¿Los seis cuartos que tuve el miércoles último para pagar al sillero la gurupera de mi ama? Es el sillero quien los ha tenido, señor; yo no los he guardado.

ANTÍFOLO.--No estoy en este momento de humor de chancear: dime y sin tergiversar ¿dónde está el dinero? Somos extranjeros aquí. ¿Cómo osas confiar á otros la custodia de una cantidad tan fuerte?

DROMIO.--Os ruego, señor, chancead cuando os sentéis á la mesa para comer. Corro á todo escape á buscaros de parte de mi ama: si vuelvo sin vos no tendré escape para que ella no me escriba vuestra culpa en el hocico. Me parece que vuestro estómago debería, como el mío, hacer veces de reloj y llamaros al albergue sin necesidad de mensajero.

ANTÍFOLO.--Vamos, vamos, Dromio, estas chanzas están fuera de razón. Guárdalas para hora más alegre que esta. ¿Dónde está el oro que he confiado á tu cuidado?

DROMIO.--¿Á mí, señor? ¡Pero si no me habéis dado oro!

ANTÍFOLO.--Vamos, señor bergante, dejad vuestras tonterías y decidme ¿cómo has dispuesto de lo que te confié?

DROMIO.--Todo lo que se me ha confiado es el conduciros del mercado á casa, al Fénix, para comer: mi ama y su hermana os esperan.

ANTÍFOLO.--Tan verdad como soy cristiano, quieres responderme ¿en qué lugar de seguridad has puesto mi dinero? Ó voy á romper tu atolondrada cabeza que se obstina en la broma cuando no estoy dispuesto á ello: ¿dónde están los mil fuertes que has recibido de mí?

DROMIO.--He recibido de vos algunos fuertes en la cabeza, algunos otros de mi ama sobre las espaldas, pero nunca mil fuertes entre vosotros dos. Y si los devolviera á vuestra señoría, quizá no los soportaría en paciencia.

ANTÍFOLO.--¡Los fuertes de tu ama! ¿Y qué ama tienes tú, esclavo?

DROMIO.--La esposa de vuestra señoría, mi ama, que está en el Fénix; la que ayuna hasta que vengáis á comer, y que os ruega venir lo más pronto para sentarse á la mesa.

ANTÍFOLO.--¡Cómo! ¿Quieres reirte en mi cara de mí de ese modo después de habértelo prohibido?... Toma, toma esto, pícaro.

DROMIO.--Eh! ¿Qué queréis decir, señor? En nombre de Dios, tened vuestras manos tranquilas; ó si no, voy á pedir socorro á mis piernas.

(_Dromio huye._)

ANTÍFOLO.--Por vida mía, de una manera ú otra, este pícaro se habrá dejado escamotear todo mi dinero. Dícese que esta ciudad está llena de pillos, de escamoteadores listos, que engañan la vista; de hechiceros que trabajan en las sombras, y cambian el espíritu; de agoreras asesinas del alma, que deforman el cuerpo; de bribones disfrazados, de charlatanes y de mil otros criminales autorizados. Si es así, no partiré sino lo más pronto. Voy á ir al Centauro para buscar á este esclavo: temo mucho que mi dinero no esté en seguridad.

(_Sale._)

ACTO II.

ESCENA I.

Plaza pública.

Entran ADRIANA y LUCIANA.

ADRIANA.

Ni mi marido, ni el esclavo á quien con tanta prisa envié á buscar á su amo, han vuelto. Luciana, son las dos.

LUCIANA.--Quizás algún comerciante le habrá invitado, y habrá ido del mercado á comer á alguna parte. Querida hermana, comamos y no os agitéis. Los hombres son dueños de su libertad. El tiempo es el único dueño de ellos; y, según ven el tiempo, van ó vienen. Así, tomad paciencia, mi querida hermana.

ADRIANA.--Eh! ¿Por qué ha de ser su libertad mayor que la nuestra?

LUCIANA.--Porque sus quehaceres están siempre fuera del hogar.

ADRIANA.--Y ved, cuando yo hago lo mismo lo toma á mal.

LUCIANA.--¡Oh! Sabed que él es la brida de vuestra voluntad.

ADRIANA.--No hay sino los asnos que se dejan embridar así.

LUCIANA.--Una libertad obstinada es herida por la desgracia. Nada existe bajo el cielo, sobre la tierra, en el mar y en el firmamento, que no tenga sus límites.--Entre los animales, los peces y los pájaros alados, dominan los machos, y los demás están sujetos á su autoridad; los hombres, más cercanos de la divinidad, dueños de todas esas criaturas, soberanos del ancho mundo y de los vastos y turbulentos mares, dotados de alma y de inteligencia, de un rango más elevado que los peces y los pájaros, son los dueños de sus esposas y sus señores. Que vuestra voluntad sea, pues, sometida á sus acuerdos.

ADRIANA.--¿Es esta esclavitud lo que os impide casaros?

LUCIANA.--No, no es eso, sino los inconvenientes del lecho conyugal.

ADRIANA.--Pero, si fueses casada, sería necesario soportar la autoridad.

LUCIANA.--Antes de aprender á amar, quiero acostumbrarme á obedecer.

ADRIANA.--¿Y si vuestro marido fuese á hacer alguna encartada á otra parte?

LUCIANA.--Hasta que él hubiese vuelto á mí, yo tendría paciencia.

ADRIANA.--Mientras la paciencia no está perturbada, no es maravilla que se tenga tranquila. Puede ser dulce quien no tenga otro motivo. Pedimos á una alma desgraciada, oprimida por la adversidad, que esté tranquila cuando la oímos gemir. Pero si estuviéramos cargadas con el mismo peso de dolor, nos quejaríamos nosotros mismos tanto ó más aún. Así, tú que no tienes un marido duro que te aflija, pretendes consolarme instando una paciencia que no da ningún socorro; pero si vives suficiente para verte tratar como á mí, echarás pronto á un lado esta absurda paciencia.

LUCIANA.--Vamos, quiero casarme algún día, aunque no sea sino para hacer la prueba.--Pero, he aquí á vuestro esclavo que vuelve; vuestro marido no está lejos. (_Entra Dromio de Éfeso._)

ADRIANA.--¡Y bien! ¿Tu tardío amo está ya cerca?

DROMIO.--Verdaderamente, está á diez dedos de mí; lo cual pueden atestiguar mis orejas.

ADRIANA.--Dime ¿le has hablado? ¿Sabes su intención?

DROMIO.--Sí, sí; ha explicado su intención á mi oreja. Maldita sea su mano. ¡Trabajo he tenido para comprenderla!

LUCIANA.--¿Ha hablado de una manera tan equívoca, que no hayas podido sentir su pensamiento?

DROMIO.--¡Oh! ha hablado tan claro, que no he sentido sino demasiado bien sus golpes; y á pesar de esto tan confusamente, que apenas los he comprendido.

ADRIANA.--Pero, te ruego decirme ¿está en camino para volver aquí? ¡Parece que se cuida bien de agradar á su esposa!

DROMIO.--Ama, mi amo es seguramente del orden del creciente ¿estáis?

ADRIANA.--¡Del orden del creciente, pícaro!

DROMIO.--No quiero decir que sea deshonrado; pero ciertamente, es de todo punto lunático.--Cuando le he dado priesa de venir á comer, me ha pedido mil coronas en oro.--_Es hora de comer_, le he dicho.--_Mi oro_, ha respondido.--_Vuestras viandas se queman_, he dicho.--_Mi oro_, dijo.--_¿Váis á venir?_ dije.--_Mi oro_, replicó, _¿dónde están las mil coronas que te he dado, malvado?_--_El lechón_, dije, _está todo quemado_.--_Mi oro_, díjome.--_Mi ama, señor_, le dije.--_¡Que vaya tu ama á ahorcarse! ¡Yo no conozco ama! ¡Al diablo tu ama!_

LUCIANA.--¿Quién ha dicho eso?

DROMIO.--Es mi amo quien lo ha dicho. _No conozco_, dijo, _ni casa, ni esposa, ni ama_. De suerte que os traigo sobre mis espaldas el mensaje del cual mi lengua debía haber sido encargada; pues, para concluir, me ha dado golpes sobre ellas.

ADRIANA.--Vuelve hacia él, miserable, y tráele al albergue.

DROMIO.--Sí, vuelve hacia él, para hacerte enviar otra vez al albergue molido de golpes! ¡En nombre de Dios! Enviad algún otro mensajero.

ADRIANA.--Vuelve á ir, esclavo, ó voy á abrirte la cabeza por en medio.

DROMIO.--Y él bendecirá esta cruz con otros golpes. Entre ambos tendré una cabeza bien santa.

ADRIANA.--Vete, rústico hablador; conduce tu amo á la casa.

DROMIO.--¿Soy tan movible con vos, como lo sois conmigo, para que me echéis como una pelota? Vos me arrojáis de aquí y él me arrojará para acá. Si he de durar en este servicio, haríais bien en aforrarme de cuero. (_Sale._)

LUCIANA.--¡Vaya! ¡Cómo rebaja la impaciencia la expresión de vuestro rostro!

ADRIANA.--¿Es necesario que halague con su compañía á sus favoritas, mientras que yo languidezco en el albergue y suspiro por una mirada afectuosa? ¿Ha desaparecido con la fealdad de los años la belleza seductora de mi pobre rostro? Entonces es él quien lo ha marchitado. ¿Es fastidiosa mi conversación, estéril mi ingenio? Si ya no tengo una conversación viva y picante, es su dureza, peor que la del mármol, lo que la ha embotado. ¿Atraen otras su afecto con brillantes aderezos? No es culpa mía: él es dueño de mis bienes. ¿Qué estragos hay en mí que no haya causado él? Sí, es él solo quien ha alterado mis facciones.--Una mirada suya animadora restauraría bien pronto mi belleza; pero él, ciervo indomable, salta las empalizadas y corre á buscar pasto lejos de su albergue. ¡Pobre desventurada! No soy ya para él sino un goce pasado.

LUCIANA.--¡Celos con que te atormentas tú misma! ¡Ea, pues! arrójalos de ti.

ADRIANA.--Sólo idiotas insensibles pueden prescindir de semejantes agravios. Sé que sus ojos llevan á otra parte su homenaje; si no ¿qué causa le impediría estar aquí? Hermana, sabéis que me ha prometido una cadena.--¡Pluguiera á Dios que esto fuese la sola cosa que me negara! No desertaría entonces de su lecho legítimo. Veo que la joya mejor esmaltada ha de perder su hermosura; que si el oro resiste largo tiempo al frotamiento, al fin se gasta con el roce; del mismo modo no hay hombre, que tenga un nombre sin que la falsedad y la corrupción lo degraden. Puesto que mi belleza no tiene encanto á sus ojos, llorando consumiré lo que me queda de ella, y moriré en el llanto.

LUCIANA.--¡Cuántas amantes insensatas se esclavizan á celos furiosos!

(_Salen._)

ESCENA II.

Plaza pública.

Entra ANTÍFOLO de Siracusa.

ANTÍFOLO.--El oro que remití á Dromio está colocado con seguridad en el Centauro, y el solícito esclavo ha ido á vagar por la ciudad en busca mía..... Según mi cálculo y la relación del hostelero, no ha podido hablar á Dromio desde que al principio lo envié del mercado..... Pero, hele aquí que viene. (_Entra Dromio de Siracusa_). ¡Y bien! señor, ¿habéis perdido vuestro buen humor? Ya que os agradan los golpes, no tenéis sino empezar de nuevo vuestra broma conmigo. ¿No conocéis el Centauro? ¿No habéis recibido el oro? ¿Vuestra ama os ha enviado á buscarme para comer? ¿Mi alojamiento era en el Fénix? ¿Has perdido la razón para darme respuestas tan descabelladas?

DROMIO.--¿Qué respuestas, señor? ¿Cuándo os he hablado así?

ANTÍFOLO.--Hace apenas un momento, aquí mismo; no hace media hora.

DROMIO.--No os he visto desde que me habéis mandado de aquí al Centauro con el oro que me habíais confiado.

ANTÍFOLO.--Pícaro, me has negado haber recibido este depósito, y me has hablado de una ama y de una comida, lo que me desagradaba demasiado, como habrás sentido, lo espero.

DROMIO.--Estoy muy satisfecho de veros en vena de buen humor: pero ¿qué quiere decir esta broma? Os ruego, mi señor, que os expliquéis.

ANTÍFOLO.--¡Qué! ¿quieres hacerme burla aún y provocarme de frente? ¿Piensas que chanceo? Toma, toma esto y esto.

(_Le golpea_).

DROMIO.--Parad, señor, ¡en nombre de Dios! Ya vuestro juego se vuelve de veras. ¿Por qué motivo me golpeais así?

ANTÍFOLO.--¡Porque te tomo familiarmente algunas veces por mi bufón, y converso contigo, tu insolencia se burlará de mi afecto é interrumpirá libremente mis horas serias! Cuando brilla el sol retocen los moscones; pero desde que oculta sus rayos escúrranse en los agujeros de las paredes. Cuando quieras bromear conmigo, estudia mi rostro y conforma tus modales á mi fisonomía, ó bien haré entrar á golpes este método en tu cabeza.

DROMIO.--En mi cráneo, decís. Preferiría yo que fuese cabeza, no cráneo solo, si dejarais de magullarla; pero si seguís con estos golpes, será necesario procurarme un cráneo para cubrir mi cabeza y ponerla al abrigo, ó si no tendré que buscar mi entendimiento en mis espaldas. ¿Pero por gracia, señor, por qué me golpeais?

ANTÍFOLO.--¿No lo sabes?

DROMIO.--No sé nada, señor, sino que soy golpeado.

ANTÍFOLO.--¿Quieres que te diga por qué?

DROMIO.--Sí, señor, el por qué. Pues dícese que todo por qué tiene su por qué.

ANTÍFOLO.--Desde luégo, porque has osado burlarte de mí. ¿Y por qué todavía? Por haber venido á burlarte una segunda vez.

DROMIO.--¿Se ha golpeado alguna vez á un hombre tan mal á propósito, cuando en el por qué y en el por qué no hay concordancia ni razón?--Vamos, señor, os doy gracias.

ANTÍFOLO.--Me das gracias, y á propósito ¿de qué?

DROMIO.--¡Ah! señor, porque me habéis dado algo por nada.

ANTÍFOLO.--Te lo pagaré pronto, dándote nada por algo.--Pero dime, ¿es la hora de comer?

DROMIO.--No, señor; creo que á la comida le falta de lo que yo tengo.

ANTÍFOLO.--Vamos, ¿de qué?

DROMIO.--De salsa.

ANTÍFOLO.--¡Bien! Entonces estará seca.

DROMIO.--Si es así, señor, os ruego no probarla.

ANTÍFOLO.--¿Y la razón?

DROMIO.--De miedo de que os haga encolerizaros y me valga otra salsa de palos.

ANTÍFOLO.--Vamos, aprende á chancear á propósito. Cada cosa á su tiempo.

DROMIO.--Habría osado negarlo antes que os hubiéseis puesto tan enojado.

ANTÍFOLO.--¿Según qué regla?

DROMIO.--¡Diablos, señor! Según una regla tan llana como la cabeza calva del viejo padre Tiempo en persona.

ANTÍFOLO.--Veámosla.

DROMIO.--No hay ocasión de que recobre sus cabellos el hombre que se pone naturalmente calvo.

ANTÍFOLO.--¿No puede recobrarlos por multa y recobros?