Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1]
Part 5
Cuando en todas sus partes esté cumplido. Pareces juez íntegro: conoces la ley: has expuesto bien el caso: sólo te pido que con arreglo á esa ley, de la cual eres fiel intérprete, sentencies pronto. Te juro que no hay poder humano que me haga dudar ni vacilar un punto. Pido que se cumpla la escritura.
ANTONIO.
Pido al tribunal que sentencie.
PÓRCIA.
Bueno: preparad el pecho á recibir la herida.
SYLOCK.
¡Oh sabio y excelente juez!
PÓRCIA.
La ley no tiene duda ni admite excepcion en cuanto á la pena.
SYLOCK.
¡Cierto, cierto! ¡Oh docto y severísimo juez! ¡Cuánto más viejo eres en jurisprudencia que en años!
PÓRCIA.
Apercibid el pecho, Antonio.
SYLOCK.
Sí, sí, ese es el contrato. ¿No es verdad, sabio juez? ¿No dice que ha de ser cerca del corazon?
PÓRCIA.
Verdad es. ¿Teneis una balanza para pesar la carne?
SYLOCK.
Aquí la tengo.
PÓRCIA.
Traed un cirujano que restañe las heridas, Sylock, porque corre peligro de desangrarse.
SYLOCK.
¿Dice eso la escritura?
PÓRCIA.
No entra en el contrato, pero debeis hacerlo como obra de caridad.
SYLOCK.
No lo veo aquí: la escritura no lo dice.
PÓRCIA.
¿Teneis algo que alegar, Antonio?
ANTONIO.
Casi nada. Dispuesto estoy á todo y armado de valor. Dame la mano, Basanio. Adios, amigo. No te duelas de que he perecido por salvarte. La fortuna se ha mostrado conmigo más clemente de lo que acostumbra. Suele dejar que el infeliz sobreviva á la pérdida de su fortuna y contemplar con torvos ojos su desdicha y pobreza, pero á mí me ha libertado de esa miseria. Saluda en mi nombre á tu honrada mujer: cuéntale mi muerte: dile cuánto os quise: sé fiel á mi memoria; y cuando ella haya oido toda la historia, podrá juzgar y sentenciar si fuí ó no buen amigo de Basanio. No me quejo del pago de la deuda: pronto la habré satisfecho toda, si la mano del judío no tiembla.
BASANIO.
Antonio, quiero más á mi mujer que á mi vida, pero no te amo á tí menos que á mi mujer y á mi alma y á cuanto existe, y juro que lo daria todo por salvarte.
PÓRCIA.
No te habia de agradecer tu esposa tal juramento, si estuviera aquí.
GRACIANO.
Ciertamente que adoro á mi esposa. ¡Ojalá que estuviese en el cielo para que intercediera con algun santo que calmase la ira de ese perro!
NERISSA.
Gracias que no te oye tu mujer, porque con tales deseos no podria haber paz en vuestra casa.
SYLOCK.
¡Qué cónyuges! ¡Y son cristianos! Tengo una hija, y preferiria que se casase con ella un hijo de Barrabas antes que un cristiano. Pero estamos perdiendo el tiempo. No os detengais: prosiga la sentencia.
PÓRCIA.
Segun la ley y la decision del tribunal, te pertenece una libra de su carne.
SYLOCK.
¡Oh juez doctísimo! ¿Has oido la sentencia, Antonio? Prepárate.
[Ilustración: _El juicio._]
PÓRCIA.
Un momento no más. El contrato te otorga una libra de su carne, pero ni una gota de su sangre. Toma la carne que es lo que te pertenece; pero si derramas una gota de su sangre, tus bienes serán confiscados, conforme á la ley de Venecia.
GRACIANO.
¿Lo has oido, Sylock?
SYLOCK.
¡Oh juez recto y bueno! ¿Eso dice la ley?
PÓRCIA.
Tú mismo lo verás. Justicia pides, y la tendrás tan cumplida como deseas.
GRACIANO.
¡Oh juez íntegro y sapientísimo!
SYLOCK.
Me conformo con la oferta del triplo: poned en libertad al cristiano.
BASANIO.
Aquí está el dinero.
PÓRCIA.
¡Deteneos! Tendrá el hebreo completa justicia. Se cumplirá la escritura.
GRACIANO.
¡Qué juez tan prudente y recto!
PÓRCIA.
Prepárate ya á cortar la carne, pero sin derramar la sangre, y ha de ser una libra, ni más ni menos. Si tomas más, aunque sea la vigésima parte de un adarme, ó inclinas, por poco que sea, la balanza, perderás la vida y la hacienda.
GRACIANO.
¡Es un Daniel, es un Daniel! Al fin te hemos cogido.
PÓRCIA.
¿Qué esperas? Cúmplase la escritura.
SYLOCK.
Me iré si me dais el dinero.
BASANIO.
Aquí está.
PÓRCIA.
Cuando estabas en el tribunal, no quisiste aceptarlo. Ahora tiene que cumplirse la escritura.
GRACIANO.
¡Es otro Daniel, otro Daniel! Frase tuya felicísima, Sylock.
SYLOCK.
¿No me dareis ni el capital?
PÓRCIA.
Te daremos lo que te otorga el contrato. Cóbralo, si te atreves, judío.
SYLOCK.
¡Pues que se quede con todo, y el diablo le lleve! Adios.
PÓRCIA.
Espera, judío. Áun así te alcanzan las leyes. Si algun extraño atenta por medios directos ó indirectos contra la vida de un súbdito veneciano, éste tiene derecho á la mitad de los bienes del reo, y el Estado á la otra media. El Dux decidirá de su vida. Es así que tú directa é indirectamente has atentado contra la existencia de Antonio; luego la ley te coge de medio á medio. Póstrate á las plantas del Dux, y pídele perdon.
GRACIANO.
Y suplícale que te conceda la merced de que te ahorques por tu mano; aunque estando confiscados tus bienes, no te habrá quedado con que comprar una cuerda, y tendrá que ahorcarte el pueblo á su costa.
EL DUX.
Te concedo la vida, Sylock, áun antes que me la pidas, para que veas cuánto nos diferenciamos de tí. En cuanto á tu hacienda, la mitad pertenece á Antonio y la otra mitad al Estado, pero quizá puedas condonarla mediante el pago de una multa.
PÓRCIA.
La parte del Estado, no la de Antonio.
SYLOCK.
¿Y para qué quiero la vida? ¿cómo he de vivir? Me dejais la casa, quitándome los puntales que la sostienen.
PÓRCIA.
¿Qué puedes hacer por él, Antonio?
GRACIANO.
Regálale una soga, y basta.
ANTONIO.
Si el Dux y el tribunal le dispensan del pago de la mitad de su fortuna al Erario, yo le perdono la otra media, con dos condiciones; la primera, que abjure sus errores y se haga cristiano; la segunda, que por una escritura firmada en esta misma audiencia instituya herederos de todo á su hija y á su yerno Lorenzo.
DUX.
Juro que así lo hará, ó, si no, revocaré el poder que le he concedido.
PÓRCIA.
¿Aceptas, judío? ¿Estás satisfecho?
SYLOCK.
Estoy satisfecho y acepto.
PÓRCIA.
Hágase, pues, la donacion en forma.
SYLOCK.
Yo me voy, si me lo permitis, porque estoy enfermo. Enviadme el acta, y yo la firmaré.
DUX.
Véte, pero lo harás.
GRACIANO.
Tendrás dos padrinos, cuando te bautices. Si yo fuera juez, habias de tener diez más, para que te llevasen á la horca y no al bautismo.
(_Se va Sylock._)
DUX.
(_Á Pórcia._) Os convido con mi mesa.
PÓRCIA.
Perdone V. A., pero hoy mismo tengo que ir á Pádua, y no me es lícito detenerme.
DUX.
¡Lástima que os detengais tan poco tiempo! Antonio, haz algun obsequio al forastero que, á mi entender, algo merece.
(_Vase el Dux, y con él los Senadores._)
BASANIO.
Digno y noble caballero, gracias á vuestra agudeza y buen entendimiento, nos vemos hoy libres mi amigo y yo de una calamidad gravísima. En pago de tal servicio, os ofrecemos los 3,000 ducados que debíamos al judío.
ANTONIO.
Y será eterno nuestro agradecimiento en obras y en palabras.
PÓRCIA.
Bastante paga es para mí el haberos salvado. Nunca fué el interes norte de mis acciones. Si alguna vez nos encontramos, reconocedme: no os pido más. Adios.
BASANIO.
Yo no puedo menos de insistir, hidalgo. Admitid un presente, un recuerdo, no como paga. No rechaceis nuestras ofertas. Perdon.
PÓRCIA.
Necesario es que ceda. (_Á Antonio._) Llevaré por memoria vuestros guantes. (_Á Basanio._) Y en prenda de cariño vuestra sortija. No aparteis la mano: es un favor que no podeis negarme.
BASANIO.
¡Pero si esa sortija nada vale! Vergüenza tendria de dárosla.
PÓRCIA.
Por lo mismo la quiero, y nada más aceptaré. Tengo capricho de poseerla.
BASANIO.
Vale mucho más de lo que ha costado. Os daré otra sortija, la de más precio que haya en Venecia. Echaré público pregon para encontrarla. Pero ésta no puede ser... perdonadme.
PÓRCIA.
Sois largo en las promesas, caballero. Primero me enseñasteis á mendigar, y ahora me enseñais cómo se responde á un mendigo.
BASANIO.
Es regalo de mi mujer ese anillo, y le hice juramento y voto formal de no darlo, perderlo ni venderlo.
PÓRCIA.
Pretexto fútil, que sirve á muchos para negar lo que se les pide. Aunque vuestra mujer fuera loca, me parece imposible que eternamente le durara el enojo por un anillo, mucho más sabiendo la ocasion de este regalo. Adios.
(_Se van Pórcia y Nerissa._)
ANTONIO.
Basanio, dale el anillo, que tanto como la promesa hecha á tu mujer valen mi amistad y el servicio que nos ha prestado.
BASANIO.
Corre, Graciano, alcánzale, dale esta sortija, y si puedes, llévale á casa de Antonio. No te detengas.
(_Vase Graciano._)
Dirijámonos hácia tu casa, y mañana al amanecer volaremos á Belmonte. En marcha, Antonio.
ESCENA II.
=Una calle de Venecia.=
PÓRCIA y NERISSA.
PÓRCIA.
Averigua la casa del judío, y hazle firmar en seguida esta acta. Esta noche nos vamos, y llegaremos así un dia antes que nuestros maridos. ¡Cuánto me agradecerá Lorenzo la escritura que le llevo!
GRACIANO.
Grande ha sido mi fortuna en alcanzaros. Al fin, despues de haberlo pensado bien, mi amo el señor Basanio os manda esta sortija, y os convida á comer hoy.
PÓRCIA.
No es posible. Pero acepto con gusto la sortija. Decídselo así, y enseñad á este criado mio la casa de Sylock.
GRACIANO.
Así lo haré.
NERISSA.
Señor, oidme un instante. (_A Pórcia._) Quiero ver si mi esposo me da el anillo que juró conservar siempre.
PÓRCIA.
De seguro lo conseguirás. Luego nos harán mil juramentos de que á hombres y no á mujeres entregaron sus anillos, pero nosotras les desmentiremos, y si juran, juraremos más que ellos. No te detengas, te espero donde sabes.
NERISSA.
Ven, mancebo, enséñame la casa.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO V.
ESCENA PRIMERA.
=Alameda que conduce á la casa de campo de Pórcia en Belmonte.=
Salen LORENZO y JÉSSICA.
LORENZO.
¡Qué hermosa y despejada brilla la luna! Sin duda en una noche como esta en que el céfiro besaba mansamente las hojas de los árboles, escaló el amante Troilo las murallas de Troya, volando su alma hácia las tiendas griegas donde aquella noche reposaba Créssida.
JÉSSICA.
Y, en otra noche como esta, Tisbe, con temerosos pasos, fué marchando sobre la mojada yerba, y viendo la espantosa sombra del leon, se quedó aterrada.
LORENZO.
Y en otra noche como esta, la reina Dido, armada su diestra con una vara de sauce, bajó á la ribera del mar, y llamó hácia Cartago al fugitivo Eneas.
JÉSSICA.
En otra noche así, fué cogiendo Medea las mágicas yerbas con que rejuveneció al viejo Eson.
LORENZO.
Y en otra noche por el mismo estilo, abandonó Jéssica la casa del rico judío de Venecia, y con su amante huyó á Belmonte.
JÉSSICA.
En aquella noche juró Lorenzo que la amaba con amor constante, y la engañó con mil falsos juramentos.
LORENZO.
En aquella noche, Jéssica, tan pérfida como hermosa, ofendió á su amante, y él le perdonó la ofensa.
JÉSSICA.
No me vencerias en esta contienda, si estuviéramos solos; pero viene gente.
(_Sale Estéfano._)
LORENZO.
¿Quién viene en el silencio de la noche?
ESTÉFANO.
Un amigo.
LORENZO.
¿Quién? Decid vuestro nombre.
ESTÉFANO.
Soy Estéfano. Vengo á deciros que, antes que apunte el alba, llegará mi señora á Belmonte. Ha venido arrodillándose y haciendo oracion al pié de cada cruz que hallaba en el camino, para que fuese feliz su vida conyugal.
LORENZO.
¿Quién viene con ella?
ESTÉFANO.
Un venerable ermitaño y su doncella. Dime, ¿ha vuelto el amo?
LORENZO.
Todavía no, ni hay noticia suya. Vamos á casa, amiga, á hacer los preparativos para recibir al ama como ella merece.
(_Sale Lanzarote._)
LANZAROTE.
¡Hola, ea!
LORENZO.
¿Quién?
LANZAROTE.
¿Habeis visto á Lorenzo ó á la mujer de Lorenzo?
LORENZO.
No grites. Aquí estamos.
LANZAROTE.
¿Dónde?
LORENZO.
Aquí.
LANZAROTE.
Decidle que aquí viene un nuncio de su amo, cargado de buenas noticias. Mi amo llegará al amanecer.
(_Se va._)
LORENZO.
Vamos á casa, amada mia, á esperarlos. ¿Pero ya para qué es entrar? Estéfano, te suplico que vayas á anunciar la venida del ama, y mandes á los músicos salir al jardin.
(_Se va Estéfano._)
¡Qué mansamente resbalan los rayos de la luna sobre el césped! Recostémonos en él: prestemos atento oido á esa música suavísima, compañera de la soledad y del silencio. Siéntate, Jéssica: mira la bóveda celeste tachonada de astros de oro. Ni áun el más pequeño deja de imitar en su armonioso movimiento el canto de los ángeles, uniendo su voz al coro de los querubines. Tal es la armonía de los séres inmortales; pero mientras nuestro espíritu está preso en esta oscura cárcel, no la entiende ni percibe.
(_Salen los músicos._)
Tañed las cuerdas, despertad á Diana con un himno, halagad los oidos de vuestra señora y conducidla á su casa entre música.
JÉSSICA.
Nunca me alegran los sones de la música.
LORENZO.
Es porque se conmueve tu alma. Mira en el campo una manada de alegres novillos ó de ardientes y cerriles potros: míralos correr, agitarse, mugir, relinchar. Pero en llegando á sus oidos son de clarin ó ecos de música, míralos inmóviles, mostrando dulzura en sus miradas, como rendidos y dominados por la armonía. Por eso dicen los poetas que el tracio Orfeo arrastraba en pos de sí árboles, rios y fieras: porque nada hay tan duro, feroz y selvático que resista al poder de la música. El hombre que no siente ningun género de armonía, es capaz de todo engaño y alevosía, fraude y rapiña; los instintos de su alma son tan oscuros como la noche, tan lóbregos como el Tártaro. ¡Ay de quién se fie de él! Oye, Jéssica.
(_Salen Pórcia y Nerissa._)
PÓRCIA.
En mi sala hay luz. ¡Cuán lejos llegan sus rayos! Así es el resplandor de una obra buena en este perverso mundo.
NERISSA.
No hemos visto la luz, al brillar los rayos de la luna.
PÓRCIA.
Así oscurece á una gloria menor, otra más resplandeciente. Así brilla el ministro hasta que aparece el monarca, pero entonces desaparece su pompa, como se pierde en el mar un arroyo. ¿No oyes música?
NERISSA.
Debe de ser en tu puerta.
PÓRCIA.
Suena áun más agradable que de dia.
NERISSA.
Efecto del silencio, señora.
PÓRCIA.
El cantar del cuervo es tan dulce como el de la alondra, cuando no atendemos á ninguno de los dos, y de seguro que si el ruiseñor cantara de dia, cuando graznan los patos, nadie le tendria por tan buen cantor. ¡Cuánta perfeccion tienen las cosas hechas á tiempo! ¡Silencio! Duerme Diana en brazos de Endimion, y no tolera que nadie turbe su sueño. (_Calla la música._)
LORENZO.
Es voz de Pórcia, ó me equivoco mucho.
PÓRCIA.
Me conoce como conoce el ciego al cuco: en la voz.
LORENZO.
Señora mia, bien venida seais á esta casa.
PÓRCIA.
Hemos rezado mucho por la salud de nuestros maridos. Esperamos que logren buena fortuna gracias á nuestras oraciones. ¿Han vuelto?
LORENZO.
Todavía no, pero delante de ellos vino un criado á anunciar su venida.
PÓRCIA.
Nerissa, véte y dí á los criados que no cuenten nada de nuestra ausencia. Vosotros haced lo mismo, por favor.
LORENZO.
¿No ois el son de una trompa de caza? Vuestro esposo se acerca. Fiad en nuestra discrecion, señora.
PÓRCIA.
Esta noche me parece un dia enfermo: está pálida: parece un dia anubarrado.
(_Salen Basanio, Antonio, Graciano y acompañamiento._)
BASANIO.
Si amanecierais vos, cuando él se ausenta, seria de dia aquí al mismo tiempo que en el hemisferio contrario.
PÓRCIA[1].
¡Dios nos ayude! ¡Bien venido seais á esta casa, señor mio!
[1] Suprimo un juego de palabras intraducible.
BASANIO.
Gracias, señora. Esa bienvenida dádsela á mi amigo. Este es aquel Antonio á quien tanto debo.
PÓRCIA.
Grande debe ser la deuda, pues si no he entendido mal, por vos se vió en gran peligro.
ANTONIO.
Por grande que fuera, está bien pagada.
PÓRCIA.
Con bien vengais á nuestra casa. El agradecimiento se prueba con obras, no con palabras. Por eso no me detengo en discursos vanos.
GRACIANO.
(_A Nerissa._) Te juro por la luna, que no tienes razon y que me agravias. Ese anillo se lo dí á un pasante de letrado. ¡Muerto le viera yo, si hubiera sabido que tanto lo sentirias, amor mio!
PÓRCIA.
¿Qué cuestion es esa?
GRACIANO.
Todo es por un anillo, un mal anillo de oro que ella me dió, con sus letras grabadas que decian: «Nunca olvides mi amor.»
NERISSA.
No se trata del valor del anillo, ni de la inscripcion, sino que cuando te lo dí, me juraste conservarlo hasta tu muerte y llevarlo contigo al sepulcro. Y ya que no fuera por amor mio, á lo menos por los juramentos y ponderaciones que hiciste, debias haberlo guardado como un tesoro. Dices que lo diste al pasante de un letrado. Bien sabe Dios que á ese pasante nunca le saldrán las barbas.
GRACIANO.
Sí que le saldrán, si llega á ser hombre y á tenerlas. Con esta mano se le dí. Era un rapazuelo, sin bozo, tan bajo como tú, pasante de un abogado, grande hablador. Me pidió el anillo en pago de un favor que me habia hecho, y no supe negárselo.
PÓRCIA.
Pues hiciste muy mal (si he de decirte la verdad) en entregar tan pronto el primer regalo de tu esposa, que ella colocó en tu dedo con tantos juramentos y promesas. Yo dí otro anillo á mi esposo, y le hice jurar que nunca le perderia ni entregaria á nadie. Estoy segura que no lo hará ni por todo el oro del mundo. Graciano, mucha razon tiene tu mujer para estar enojada contigo. Yo me volveria loca.
BASANIO.
¿Qué podré hacer? ¿Cortarme la mano izquierda y decir que perdí el anillo defendiéndome?
GRACIANO.
Pues tambien á mi amo Basanio le pidió su anillo el juez, y él se lo dió. Luego, el pasante, que nos habia servido bien en su oficio, me pidió el mio, y yo no supe cómo negárselo, porque ni el señor ni el criado quisieron recibir más galardon que los dos anillos.
PÓRCIA.
¿Y tú qué anillo le diste, Basanio? Creo que no seria el que yo te entregué.
BASANIO.
Si yo tuviera malicia bastante para acrecentar mi pecado con la mentira, te lo negaria, Pórcia. Pero ya ves, mi dedo está vacío. He perdido el anillo.
PÓRCIA.
No: lo que tienes vacía de verdad es el alma. Y juro á Dios que no he de ocupar tu lecho, hasta que me muestres el anillo.
NERISSA.
Ni yo el de éste, hasta que me presente el suyo.
BASANIO.
Amada Pórcia, si supieras á quién se lo dí, y por qué, y con cuánto dolor de mi alma, y sólo porque no quiso recibir otra cosa que el anillo, tendrias lástima de mí.
PÓRCIA.
Y si tú supieras las virtudes de ese anillo, ó el valor de quién te lo dió, ó lo que te importaba conservarle, nunca le hubieras dado. ¿Por qué habia de haber hombre tan loco, que defendiéndolo tú con alguna insistencia, se empeñara en arrebatarte un don tan preciado? Bien dice Nerissa: ella está en lo cierto; sin duda diste el anillo á alguna dama.
BASANIO.
¡No, señora! lo juro por mi honor, por mi alma, se lo dí á un doctor en derecho que no queria aceptar 3,000 ducados, y que me pidió el anillo. Se lo negué, bien á pesar mio, porque se fué desairado el hombre que habia salvado la vida de mi mejor amigo. ¿Y qué he de añadir, amada Pórcia? Tuve que dárselo: la gratitud y la cortesía me mandaban hacerlo. Perdóname, señora; si tú misma hubieras estado allí (pongo por testigos á estos lucientes astros de la noche), me hubieras pedido el anillo para dárselo al juez.
PÓRCIA.
¡Nunca se acerque él á mi casa! Ya que tiene la prenda que yo más queria, y que me juraste por mi amor guardar eternamente, seré tan liberal como tú: no le negaré nada, ni siquiera mi persona ni tu lecho. De seguro que le conoceré. Ten cuidado de dormir todas las noches en casa, y de velar como Argos, porque si no, si me dejas sola, te prometo por mi honra (pues todavía la conservo) que he de dormir con ese abogado.
NERISSA.
Y yo con el pasante. ¡Conque, ojo!
GRACIANO.
Bueno, haz lo que quieras, pero si cojo al pasante, he de cortarle la pluma.
ANTONIO.
Por mí son todas estas infaustas reyertas.
PÓRCIA.
No os alarmeis, pues á pesar de todo, sereis bien recibido.
BASANIO.
Perdon, Pórcia, si te he ofendido, y aquí, delante de estos amigos, te juro por la luz de esos divinos ojos en que me miro...
PÓRCIA.
¡Fijaos bien! Dice que se mira en sus ojos, que ve un Basanio en cada uno de ellos. Juras por la doblez de tu alma, y juras con verdad.
BASANIO.
¡Perdóname, por Dios! Te juro que en mi vida volveré á faltar á ninguna palabra que te dé.
ANTONIO.
Una vez empeñé mi cuerpo en servicio suyo, y hubiera yo perdido la vida, á no ser por el ingenio de aquel hombre á quien vuestro marido galardonó con el anillo. Yo empeño de nuevo mi palabra de que Basanio no volverá á faltar á sus promesas, á lo menos á sabiendas.
PÓRCIA.
Está bien. Saldreis por fiador suyo. Dadle la joya, y pedidle que la tenga en más estima que la primera.
ANTONIO.
Toma, Basanio, y jura que nunca dejarás este anillo.
BASANIO.
¡Dios santo! ¡El mismo que dí al juez!
PÓRCIA.
Él me lo entregó. ¡Perdon, Basanio! Yo le concedí favores por ese anillo.
NERISSA.
¡Perdon, Graciano! El rapazuelo del pasante me gozó ayer, en pago de este anillo.
GRACIANO.
Esto es como allanar las sendas en verano. ¿Ya tenemos cuernos, sin merecerlos?
PÓRCIA.
No decis mal. Pero voy á sacaros de la duda. Leed esta carta cuando querais. En ella vereis que el letrado fué Pórcia y el pasante Nerissa. Lorenzo podrá dar testimonio de que apenas habiais pasado el umbral de esta casa, salí yo, y que he vuelto ahora mismo. Bien venido seas, Antonio. Tengo buenas nuevas para tí. Lee esta carta. Por ella sabrás que tres de tus barcos, cargados de mercaderías, han llegado á puerto seguro. No he de decirte por qué raros caminos ha llegado á mis manos esta carta.
ANTONIO.
No sé qué decir.
BASANIO.
¿Tú, señora, fuiste el letrado, y yo no te conocia?
GRACIANO.
¿Y tú, Nerissa, el pasante?
NERISSA.
Sí, pero un pasante que no piensa engalanar tu frente, mientras fuere tu mujer.
BASANIO.
Amado doctor, partireis mi lecho, y cuando yo falte de casa, podreis dormir con mi mujer.
ANTONIO.
Bellísima dama, me habeis devuelto la salud y la fortuna. Esta carta me dice que mis bajeles han llegado á puerto de salvacion.
PÓRCIA.
Y para tí, Lorenzo, tambien tiene alguna buena noticia mi pasante.
NERISSA.
Y se la daré sin interes. Toma esta escritura. Por ella os hace donacion el judío de toda su hacienda, para cuando él fallezca.
LORENZO.
Tus palabras, señora, son como el maná para los cansados israelitas.
PÓRCIA.
Ya despunta el alba, y estoy segura de que todavía no os satisface lo que acabo de deciros. Entrémonos en casa y os responderé á cuanto me pregunteis.
GRACIANO.
Sea. Y lo primero á que me ha de responder Nerissa, es si quiere más acostarse ahora ó esperar á la noche siguiente, puesto que ya está tan cercana la aurora. Si fuera de dia, yo seria el primero en desear que apareciese la estrella de la tarde, para acostarme con el pasante del letrado. Lo juro por mi honor: mientras viva, no perderé el anillo de Nerissa.
[Ilustración]
MACBETH.
TRAGEDIA DE SHAKSPEARE.
TRADUCCION DE D. M. MENENDEZ PELAYO.
Ilustracion de _Grot Johan_, grabados de _H. Thiele_.
PERSONAJES.
El rey de Escocia, DUNCAN. Sus hijos: MALCOLM y DONALBÁIN. Lady MACBETH. MACBETH. } BANQUO. } MACDUFF. } LÉNNOX. } ROSS. } señores escoceses. ANGUSS. } MENTEITH. } CAITHNÉSS. } Lady MACDUFF. FLEANCIO, hijo de Banquo. SUARDO, señor de Northumberland. Su hijo. SÉTON, oficial de Macbeth. Un niño hijo de Macduff. Un doctor inglés. Otro escocés. Un sargento. Un viejo. Un portero. Una dama de lady Macbeth. Nobles, guerreros, asesinos, criados, espías, etc. Hécate. Tres brujas. Varios fantasmas.
[Ilustración]
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
=Tarde tempestuosa.=
Tres BRUJAS.
BRUJA 1.ª
¿Cuándo volvemos á juntarnos, cuando relampaguee, cuando truene ó cuando llueva?
BRUJA 2.ª
Cuando acabe el estruendo de la batalla, y unos la pierdan y otros la ganen.
BRUJA 3.ª
Entonces será antes de ponerse el sol.
BRUJA 1.ª
¿Dónde hemos de encontrarnos?
BRUJA 2.ª
En el yermo.
BRUJA 3.ª
Allí toparemos con Macbeth.
BRUJA 1.ª
Me llama Morrongo.
BRUJA 2.ª
Y á mí el Sapo.
LAS TRES JUNTAS.
El mal es bien, y el bien es mal: cortemos los aires y la niebla.
ESCENA II.
=Campamento.=