Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1]
Part 11
Sí, para dártela otra vez, aunque esto fuera codicia de un bien que tengo ya. Pero mi afan de dártelo toda es tan profundo y tan sin límite como los abismos de la mar. ¡Cuanto más te doy, más quisiera darte!... Pero oigo ruido dentro. ¡Adios! no engañes mi esperanza... Ama, allá voy... Guárdame fidelidad, Montesco mio. Espera un instante, que vuelvo en seguida.
ROMEO.
¡Noche, deliciosa noche! Sólo temo que, por ser de noche, no pase todo esto de un delicioso sueño.
JULIETA.
(_Asomada otra vez á la ventana._) Sólo te diré dos palabras. Si el fin de tu amor es honrado, si quieres casarte, avisa mañana al mensajero que te enviaré, de cómo y cuándo quieres celebrar la sagrada ceremonia. Yo te sacrificaré mi vida é iré en pos de tí por el mundo.
AMA.
(_Llamando dentro._) ¡Julieta!
JULIETA.
Ya voy. Pero si son torcidas tus intenciones, suplícote que...
AMA.
¡Julieta!
JULIETA.
Ya corro... Suplícote que desistas de tu empeño, y me dejes á solas con mi dolor. Mañana irá el mensajero...
ROMEO.
Por la gloria...
JULIETA.
Buenas noches.
ROMEO.
No. ¿Cómo han de ser buenas sin tus rayos? El amor va en busca del amor como el estudiante huyendo de sus libros, y el amor se aleja del amor como el niño que deja sus juegos para tornar al estudio.
JULIETA.
(_Otra vez á la ventana._) ¡Romeo! ¡Romeo! ¡Oh, si yo tuviese la voz del cazador de cetrería, para llamar de lejos á los halcones! Si yo pudiera hablar á gritos, penetraria mi voz hasta en la gruta de la ninfa Eco, y llegaria á ensordecerla repitiendo el nombre de mi Romeo.
ROMEO.
¡Cuán grato suena el acento de mi amada en la apacible noche, protectora de los amantes! Más dulce es que música en oido atento.
JULIETA.
¡Romeo!
ROMEO.
¡Alma mia!
JULIETA.
¿A qué hora irá mi criado mañana?
ROMEO.
A las nueve.
JULIETA.
No faltará. Las horas se me harán siglos hasta que esa llegue. No sé para qué te he llamado.
ROMEO.
¡Déjame quedar aquí hasta que lo pienses!
JULIETA.
Con el contento de verte cerca me olvidaré eternamente de lo que pensaba, recordando tu dulce compañía.
ROMEO.
Para que siga tu olvido no he de irme.
JULIETA.
Ya es de dia. Véte.... Pero no quisiera que te alejaras más que el breve trecho que consiente alejarse al pajarillo la niña que le tiene sujeto de una cuerda de seda, y que á veces le suelta de la mano, y luego le coge ansiosa, y le vuelve á soltar....
ROMEO.
¡Ojalá fuera yo ese pajarillo!
JULIETA.
¿Y qué quisiera yo sino que lo fueras? aunque recelo que mis caricias habian de matarte. ¡Adios, adios! Triste es la ausencia y tan dulce la despedida, que no sé cómo arrancarme de los hierros de esta ventana.
ROMEO.
¡Que el sueño descanse en tus dulces ojos y la paz en tu alma! ¡Ojalá fuera yo el sueño, ojalá fuera yo la paz en que se duerme tu belleza! De aquí voy á la celda donde mora mi piadoso confesor, para pedirle ayuda y consejo en este trance.
ESCENA III.
=Celda de Fray Lorenzo.=
FRAY LORENZO y ROMEO.
FRAY LORENZO.
Ya la aurora se sonrie mirando huir á la oscura noche. Ya con sus rayos dora las nubes de oriente. Huye la noche con perezosos piés, tropezando y cayendo como un beodo, al ver la lumbre del sol que se despierta y monta en el carro de Titan. Antes que tienda su dorada lumbre, alegrando el dia y enjugando el llanto que vertió la noche, he de llenar este cesto de bien olientes flores y de yerbas primorosas. La tierra es á la vez cuna y sepultura de la naturaleza, y su seno educa y nutre hijos de varia condicion, pero ninguno tan falto de virtud que no dé alimento ó remedio ó solaz al hombre. Extrañas son las virtudes que derramó la pródiga mano de la naturaleza, en piedras, plantas y yerbas. No hay sér inútil sobre la tierra, por vil y despreciable que parezca. Por el contrario, el sér más noble, si se emplea con mal fin, es dañino y abominable. El bien mismo se trueca en mal y el valor en vicio, cuando no sirve á un fin virtuoso. En esta flor que nace duermen escondidos á la vez medicina y veneno: los dos nacen del mismo orígen, y su olor comunica deleite y vida á los sentidos, pero si se aplica al labio, esa misma flor tan aromosa mata el sentido. Así es el alma humana; dos monarcas imperan en ella, uno la humildad, otro la pasion; cuando ésta predomina, un gusano roedor consume la planta.
ROMEO.
Buenos dias, padre.
FRAY LORENZO.
Él sea en tu guarda. ¿Quién me saluda con tan dulces palabras, al apuntar el dia? Levantado y á tales horas, revela sin duda intranquilidad de conciencia, hijo mio. En las pupilas del anciano viven los cuidados veladores, y donde reina la inquietud ¿cómo habitará el sosiego? Pero en lecho donde reposa la juventud ajena de todo pesar y duelo, infunde en los miembros deliciosa calma el blando sueño. Tu visita tan de mañana me indica que alguna triste ocasion te hace abandonar tan pronto el lecho. Y si no... será que has pasado la noche desvelado.
ROMEO.
¡Eso es, y descansé mejor que dormido!
FRAY LORENZO.
Perdónete Dios. ¿Estuviste con Rosalía?
ROMEO.
¿Con Rosalía? Ya su nombre no suena dulce en mis oidos, ni pienso en su amor.
FRAY LORENZO.
Bien haces. Luego ¿dónde estuviste?
ROMEO.
Te lo diré sin ambages. En la fiesta de nuestros enemigos los Capuletos, donde á la vez herí y fuí herido. Sólo tus manos podrán sanar á uno y otro contendiente. Y con esto verás que no conservo rencor á mi adversario, puesto que intercedo por él como si fuese amigo mio.
FRAY LORENZO.
Dime con claridad el motivo de tu visita, si es que puedo ayudarte en algo.
ROMEO.
Pues te diré en dos palabras que estoy enamorado de la hija del noble Capuleto, y que ella me corresponde con igual amor. Ya está concertado todo—sólo falta que vos bendigais esta union. Luego os diré con más espacio dónde y cómo nos conocimos y nos juramos constancia eterna. Ahora lo que importa es que nos caseis al instante.
FRAY LORENZO.
¡Por vida de mi padre san Francisco! ¡Qué pronto olvidaste á Rosalía, en quien cifrabas antes tu cariño! El amor de los jóvenes nace de los ojos y no del corazon. ¡Cuánto lloraste por Rosalía! y ahora tanto amor y tanto enojo se ha disipado como el eco. Aún no ha disipado el sol los vapores de tu llanto. Aún resuenan en mis oidos tus quejas. Aún se ven en tu rostro las huellas de antiguas lágrimas. ¿No decias que era más bella y gentil que ninguna? y ahora te has mudado. ¡Y luego acusais de inconstantes á las mujeres! ¿Cómo buscais firmeza en ellas, si vosotros les dais el ejemplo de olvidar?
ROMEO.
¿Pero vos no reprobabais mi amor por Rosalía?
FRAY LORENZO.
Yo no reprobaba tu amor, sino tu idolatría ciega.
ROMEO.
¿Y no me dijisteis que hiciera todo lo posible por ahogar ese amor?
FRAY LORENZO.
Pero no para que de la sepultura de ese amor brotase otro amor nuevo y más ardiente.
ROMEO.
No os enojeis conmigo, porque mi señora me quiere tanto como yo á ella y con su amor responde al mio, y la otra no.
FRAY LORENZO.
Es que Rosalía quizá adivinara la ligereza de tu amor. Ven conmigo, inconstante mancebo. Yo te ayudaré á conseguir lo que deseas para que esta boda sea lazo de amistad que extinga el rencor de vuestras familias.
ROMEO.
Vamos, pues, sin detenernos.
FRAY LORENZO.
Vamos con calma para no tropezar.
ESCENA IV.
=Calle.=
BENVOLIO y MERCUTIO.
MERCUTIO.
¿Dónde estará Romeo? ¿Pareció anoche por su casa?
BENVOLIO.
Por casa de su padre no estuvo. Así me lo ha dicho su criado.
MERCUTIO.
¡Válgame Dios! Esa pálida muchachuela, esa Rosalía de duras entrañas acabará por tornarle loco.
BENVOLIO.
Teobaldo, el primo de Capuleto, ha escrito una carta al padre de Romeo.
MERCUTIO.
Sin duda será cartel de desafío.
BENVOLIO.
Pues Romeo es seguro que contestará.
MERCUTIO.
Todo el mundo puede responder á una carta.
BENVOLIO.
Quiero decir que Romeo sabrá tratar como se merece al dueño de la carta.
MERCUTIO.
¡Pobre Romeo! Esa rubia y pálida niña le ha atravesado el corazon á estocadas, le ha traspasado los oidos con una cancion de amor, y el centro del alma con las anchas flechas del volador Cupido... ¿Y quién resistirá á Teobaldo?
BENVOLIO.
¿Quién es Teobaldo?
MERCUTIO.
Algo más que el rey de los gatos; es el mejor y más diestro esgrimidor. Maneja la espada como tú la lengua, guardando tiempo, distancia y compas. Gran cortador de ropillas. Espadachin, espadachin de profesion, y muy enterado del _inmortal passato_, del _punto reverso_ y del _par_.
BENVOLIO.
¿Y qué quieres decir con eso?
MERCUTIO.
Mala landre devore á esos nuevos elegantes que han venido con gestos y cortesías á reformar nuestras antiguas costumbres. «¡Qué buena espada, qué buen mozo, qué hermosa mujer!» Decidme, abuelos mios, ¿no es mala vergüenza que estemos llenos de estos moscones extranjeros, estos _pardonnez moi_, tan ufanos con sus nuevas galas y tan despreciadores de lo antiguo? ¡Oh, necedad insigne!
(_Sale Romeo._)
BENVOLIO.
¡Aquí tienes á Romeo! ¡Aquí tienes á Romeo!
MERCUTIO.
Bien roma trae el alma. No eres carne ni pescado. ¡Oh materia digna de los versos del Petrarca! Comparada con su amor Laura era una fregona, sino que tuvo mejor poeta que la celebrase; Dido una zagala, Cleopatra una gitana, Hero y Elena dos rameras, y Ciste, á pesar de sus negros ojos, no podria competir con la suya. _Bon jour_, Romeo. Saludo francés corresponde á vuestras calzas francesas. Anoche nos dejaste en blanco.
ROMEO.
¿Qué dices de dejar en blanco?
MERCUTIO.
Que te despediste á la francesa. ¿Lo entiendes ahora?
ROMEO.
Perdon, Mercutio. Tenia algo que hacer, y no estaba el tiempo para cortesías.
MERCUTIO.
¿De suerte que tú tambien las usas á veces y doblas las rodillas?
ROMEO.
Luego no soy descortes, porque eso es hacer genuflexiones.
MERCUTIO.
Dices bien.
ROMEO.
Pero aquello de que hablábamos es cortesía y no genuflexion.
MERCUTIO.
Es que yo soy la flor de la cortesía.
ROMEO.
¿Cómo no dices la flor y nata?
MERCUTIO.
Porque la nata la dejo para tí[3].
[3] Siguen otros juegos de palabras difíciles de poner en castellano, so pena de sustituir otros.
ROMEO.
Cállate.
MERCUTIO.
¿Y no es mejor esto que andar en lamentaciones exóticas? Ahora te reconozco: eres Romeo, nuestro antiguo y buen amigo. Andabas hecho un necio con ese amor insensato.
(_Salen Pedro y el Ama._)
MERCUTIO.
Vela, vela.
BENVOLIO.
Y son dos: una saya y un sayal.
AMA.
¡Pedro!
PEDRO.
¿Qué?
AMA.
Tráeme el abanico.
MERCUTIO.
Dáselo, Pedro, que siempre será más agradable mirar su abanico que su cara.
AMA.
Buenas tardes, señores.
MERCUTIO.
Buenas tardes, hermosa dama.
AMA.
¿Pues hemos llegado á la tarde?
MERCUTIO.
No, pero la mano lasciva del reloj está señalando las doce.
AMA.
¡Jesús, qué hombre!
MERCUTIO.
Un hombre que Dios crió, para que luego echase él mismo á perder la obra divina.
AMA.
Bien dicho. Para que echase su obra á perder... ¿Pero me podria decir alguno de vosotros dónde está el jóven Romeo?
ROMEO.
Yo te lo podré decir, y por cierto que ese jóven será ya más viejo cuando le encontreis, que cuando empezabais á buscarlo. Yo soy Romeo, á falta de otro más jóven.
AMA.
¿Lo decis de veras?
MERCUTIO.
¿Conque á falta de otro mejor, os parece jóven? Discretamente lo entendeis.
AMA.
Si verdaderamente sois Romeo, tengo que deciros secretamente una palabra.
BENVOLIO.
Si querrá citarle para esta noche...
MERCUTIO.
¿Es una alcahueta, una perra?... ¡Oh, oh!...
ROMEO.
¿Qué ruido es ese?
MERCUTIO.
No es que haya encontrado yo ninguna liebre, ni es cosa de seguir la liebre, aunque como dice el cantar: «En cuaresma bien se puede comer una liebre vieja, pero tan vieja llega á podrirse, si se la guarda, que no hay quien la pueda mascar.» ¿Vas á casa de tu padre, Romeo? Allá iremos á comer.
ROMEO.
Voy con vosotros.
MERCUTIO.
Adios, hermosa vieja; hermosa, hermosa, hermosa.
(_Vanse él y Benvolio._)
AMA.
Bendito sea Dios, que ya se fué éste. ¿Me podriais decir (_á Romeo_) quién es este majadero, tan pagado de sus chistes?
ROMEO.
Ama, es un amigo mio que se escucha á sí mismo y gusta de reirse sus gracias, y que habla más en una hora que lo que escuchas tú en un mes.
AMA.
Pues si se atreve á hablar mal de mí, él me lo pagará, aunque vengan en su ayuda otros veinte de su calaña. Y si yo misma no puedo, otros sacarán la cara por mí. Pues no faltaba más. ¡El grandísimo impertinente! ¿Si creerá que yo soy una mujer de esas?... Y tú (_á Pedro_) que estás ahí tan reposado, y dejas que cualquiera me insulte.
PEDRO.
Yo no he visto que nadie os insulte, porque si lo viera, no tardaria un minuto en sacar mi espada. Nadie me gana en valor cuando mi causa es justa, y cuando me favorece la ley.
AMA.
¡Válgame Dios! todavía me dura el enojo y las carnes me tiemblan... Una palabra sola, caballero. Como iba diciendo, mi señorita me manda con un recado para vos. No voy á repetiros todo lo que me ha dicho. Pero si vuestro objeto es engañarla, ciertamente que será cosa indigna, porque mi señorita es una muchacha jóven, y el engañarla seria muy mala obra, y no tendria perdon de Dios.
ROMEO.
Ama, puedes jurar á tu señora que...
AMA.
¡Bien, bien, así se lo diré, y ha de alegrarse mucho!...
ROMEO.
¿Y qué le vas á decir, si todavía no me has oido nada?
AMA.
Le diré que protestais, lo cual, á fe mia, es obrar como caballero.
ROMEO.
Dile que invente algun pretexto para ir esta tarde á confesarse al convento de fray Lorenzo, y él nos confesará y casará. Toma este regalo.
AMA.
No aceptaré ni un dinero, señor mio.
ROMEO.
Yo te lo mando.
AMA.
¿Conque esta tarde? Pues no faltará.
ROMEO.
Espérame detras de las tápias del convento, y antes de una hora, mi criado te llevará una escala de cuerdas para poder yo subir por ella hasta la cima de mi felicidad. Adios y séme fiel. Yo te lo premiaré todo. Mis recuerdos á Julieta.
AMA.
Bendito seais. Una palabra más.
ROMEO.
¿Qué, ama?
AMA.
¿Es de fiar vuestro criado? ¿Nunca oisteis que á nadie fia sus secretos el varon prudente?
ROMEO.
Mi criado es fiel como el oro.
AMA.
Bien, caballero. No hay señorita más hermosa que la mia. ¡Y si la hubierais conocido cuando pequeña!... ¡Ah! Por cierto que hay en la ciudad un tal Páris que de buena gana la abordaría. Pero ella, bendita sea su alma, más quisiera á un sapo feísimo que á él. A veces me divierto en enojarla, diciéndole que Páris es mejor mozo que vos, y ¡si vierais cómo se pone entonces! Más pálida que la cera. Decidme ahora: ¿Romero y Romeo no tienen la misma letra inicial?
ROMEO.
Verdad es que ambos empiezan por _R_.
AMA.
Eso es burla. Yo sé que vuestro nombre empieza con otra letra menos áspera... ¡Si vierais qué graciosos equívocos hace con vuestro nombre y con Romero! Gusto os diera oirla.
ROMEO.
Recuerdos á Julieta.
AMA.
Sí que se los daré mil veces. ¡Pedro!
PEDRO.
¡Qué!
AMA.
Toma el abanico, y guíame.
ESCENA V.
=Jardin de Capuleto.=
JULIETA y el AMA.
JULIETA.
Las nueve eran cuando envié al ama, y dijo que antes de media hora volveria. ¿Si no lo habrá encontrado? ¡Pero sí! ¡Qué torpe y perezosa! Sólo el pensamiento debiera ser nuncio del amor. El corre más que los rayos del sol cuando ahuyentan las sombras de los montes. Por eso pintan al amor con alas. Ya llega el sol á la mitad de su carrera. Tres horas van pasadas desde las nueve á las doce, y él no vuelve todavía. Si ella tuviese sangre juvenil y alma, volveria con las palabras de su boca; pero la vejez es pesada como un plomo.
(_Salen el Ama y Pedro._)
¡Gracias á Dios que viene! Ama mia, querida ama... ¿qué noticias traes? ¿Hablaste con él? Que se vaya Pedro.
AMA.
Véte, Pedro.
JULIETA.
Y bien, ama querida. ¡Qué triste estás! ¿Acaso traes malas noticias? Dímelas, á lo menos, con rostro alegre. Y si son buenas, no las eches á perder con esa mirada torva.
AMA.
Muy fatigada estoy. ¡Qué quebrantados están mis huesos!
JULIETA.
¡Tuvieras tus huesos tú y yo mis noticias! Habla por Dios, ama mia.
AMA.
¡Señor, qué prisa! Aguarda un poco. ¿No me ves sin aliento?
JULIETA.
¿Cómo sin aliento, cuándo te sobra para decirme que no le tienes? Menos que en volverlo á decir, tardarias en darme las noticias. ¿Las traes buenas ó malas?
AMA.
¡Qué mala eleccion de marido has tenido! ¡Vaya, que el tal Romeo! Aunque tenga mejor cara que los demas, todavía es mejor su pié y su mano y su gallardía. No diré que la flor de los cortesanos, pero tengo para mí que es humilde como una oveja. ¡Bien has hecho, hija! y qué Dios te ayude. ¿Has comido en casa?
JULIETA.
Calla, calla: eso ya me lo sabia yo. ¿Pero que hay de la boda? dímelo.
[Ilustración]
AMA.
¡Jesús! ¡qué cabeza la mia! Pues, y la espalda... ¡Cómo me mortifican los riñones! ¡La culpa es tuya que me haces andar por esos andurriales, abriéndome la sepultura antes de tiempo!
JULIETA.
Mucho siento tus males, pero acaba de decirme, querida ama, lo que te contestó mi amor.
AMA.
Habló cómo un caballero lleno de discrecion y gentileza; puedes creerme. ¿Dónde está tu madre?
JULIETA.
¿Mi madre? Allá dentro. ¡Vaya una pregunta!
AMA.
¡Válgame Dios! ¿Te enojas conmigo? ¡Buen emplasto para curar mis quebraduras! Otra vez vas tú misma á esas comisiones.
JULIETA.
Pero ¡qué confusion! ¿Qué es en suma lo que te dijo Romeo?
AMA.
¿Te dejarán ir sola á confesar?
JULIETA.
Sí.
AMA.
Pues allí mismo te casarás. Véte á la celda de fray Lorenzo. Ya se cubren de rubor tus mejillas con tan sencilla nueva. Véte al convento. Yo, iré por otra parte á buscar la escalera, con que tu amante ha de escalar el nido del amor. A la celda, pues, y yo á comer.
JULIETA.
¡Y yo á mi felicidad! ama mia.
ESCENA VI.
=Celda de Fray Lorenzo.=
FRAY LORENZO y ROMEO.
FRAY LORENZO.
¡El cielo mire con buenos ojos la ceremonia que vamos á cumplir, y no nos castigue por ella en adelante!
ROMEO.
¡Así sea, así sea! Pero por muchas penas que vengan no bastarán á destruir la impresion de este momento de ventura. Junta nuestras manos, y con tal que yo pueda llamarla mia, no temeré ni siquiera á la muerte, verdugo del amor.
FRAY LORENZO.
Nada violento es duradero: ni el placer ni la pena: ellos mismos se consumen como el fuego y la pólvora al usarse. La excesiva dulcedumbre de la miel empalaga al labio. Ama, pues, con templanza. Aquí está la dama; (_sale Julieta_) su pié es tan leve que no desgastará nunca la eterna roca; tan ligera que puede correr sobre las telas de araña sin romperlas.
JULIETA.
Buenas tardes, reverendo confesor.
FRAY LORENZO.
Romeo te dará las gracias en nombre de los dos.
JULIETA.
Por eso le he incluido en el saludo. Si no, pecaria él de exceso de cortesía.
ROMEO.
¡Oh, Julieta! Si tu dicha es cómo la mia y puedes expresarla con más arte, alegra con tus palabras el aire de este aposento y deja que tu voz proclame la ventura que hoy agita el alma de los dos.
JULIETA.
El verdadero amor es más prodigo de obras que de palabras: más rico en la esencia que en la forma. Sólo el pobre cuenta su caudal. Mi tesoro es tan grande que yo no podria contar ni siquiera la mitad.
FRAY LORENZO.
Acabémos pronto. No os dejaré solos hasta que os ligue la bendicion nupcial.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO III.
ESCENA PRIMERA.
=Plaza de Verona.=
MERCUTIO, BENVOLIO.
BENVOLIO.
Amigo Mercutio, pienso que debíamos refrenarnos, porque hace mucho calor, y los Capuletos andan encalabrinados, y ya sabes que en verano hierve mucho la sangre.
MERCUTIO.
Tú eres uno de esos hombres que cuando entran en una taberna, ponen la espada sobre la mesa, como diciendo: «ojalá que no te necesite», y luego, á los dos tragos, la sacan, sin que nadie les provoque.
BENVOLIO.
¿Dices que yo soy de esos?
MERCUTIO.
Y de los más temibles espadachines de Italia, tan fácil de entrar en cólera como de provocar á los demas.
BENVOLIO.
¿Por qué dices eso?
MERCUTIO.
Si hubiera otro como tú, pronto os matariais. Capaz eres de reñir por un solo pelo de la barba. Donde nadie veria ocasion de camorra, la ves tú. Llena está de riña tu cabeza, como de yema un huevo, y eso que á porrazos te han puesto tan blanda como una yema, la cabeza. Reñiste con uno porque te vió en la calle y despertó á tu perro que estaba durmiendo al sol. Y con un sastre porque estrenó su ropa nueva antes de Pascua, y con otro porque ataba sus zapatos con cintas viejas. ¿Si vendrás tú á enseñarme moderacion y prudencia?
BENVOLIO.
Si yo fuera tan camorrista como tú, ¿quién me aseguraria la vida ni siquiera un cuarto de hora?... Mira, aquí vienen los Capuletos.
MERCUTIO.
¿Y qué se me da á mí, vive Dios?
(_Teobaldo y otros._)
TEOBALDO.
Estad cerca de mí, que tengo que decirles dos palabras. Buenas tardes, hidalgos. Quisiera hablar con uno de vosotros.
MERCUTIO.
¿Hablar sólo? Más valiera que la palabra viniese acompañada de algo, v. g., de un golpe.
TEOBALDO.
Hidalgo, no dejaré de darle si hay motivo.
MERCUTIO.
¿Y no podeis encontrar motivo sin que os lo dén?
TEOBALDO.
Mercutio, tú estás de acuerdo con Romeo.
MERCUTIO.
¡De acuerdo! ¿Has creido que somos músicos? Pues aunque lo seamos, no dudes que en esta ocasion vamos á desafinar. Yo te haré bailar con mi arco de violin. ¡De acuerdo! ¡Válgame Dios!
BENVOLIO.
Estamos entre gentes. Buscad pronto algun sitio retirado, donde satisfaceros, ó desocupad la calle, porque todos nos están mirando.
MERCUTIO.
Para eso tienen ojos. No me voy de aquí por dar gusto á nadie.
TEOBALDO.
Adios, señor. Aquí está el doncel que buscábamos.
(_Entra Romeo._)
MERCUTIO.
Mátenme si él lleva los colores de vuestro escudo. Aunque de fijo os seguirá al campo, y por eso le llamais doncel.
TEOBALDO.
Romeo, sólo una palabra me consiente decirte el odio que te profeso. Eres un infame.
ROMEO.
Teobaldo, tales razones tengo para quererte que me hacen perdonar hasta la bárbara grosería de ese saludo. Nunca he sido infame. No me conoces. Adios.
TEOBALDO.
Mozuelo imberbe, no intentes cobardemente excusar los agravios que me has hecho. No te vayas, y defiéndete.
ROMEO.
Nunca te agravié. Te lo afirmo con juramento. Al contrario hoy te amo más que nunca, y quizá sepas pronto la razon de este cariño. Véte en paz, buen Capuleto, nombre que estimo tanto como el mio.
MERCUTIO.
¡Qué extraña cobardía! Decídanlo las estocadas. Teobaldo, espadachin, ¿quieres venir conmigo?
TEOBALDO.
¿Qué me quieres?
MERCUTIO.
Rey de los gatos, sólo quiero una de tus siete vidas, y luego aporrearte á palos las otras seis. ¿Quieres tirar de las orejas á tu espada, y sacarla de la vaina? Anda presto, porque si no, la mia te calentará tus orejas antes que la saques.
TEOBALDO.
Soy contigo.
ROMEO.
Detente, amigo Mercutio.
MERCUTIO.
Adelante, hidalgo. Enseñadme ese quite. (_Se baten._)
ROMEO.
Saca la espada, Benvolio. Separémoslos. ¡Qué afrenta, hidalgos! ¡Oid, Teobaldo! ¡Oye, Mercutio! ¿No sabeis que el Príncipe ha prohibido sacar la espada en las calles de Verona? Deteneos, Teobaldo y Mercutio.
(_Se van Teobaldo y sus amigos._)
MERCUTIO.
Mal me han herido. ¡Mala peste á Capuletos y Montescos! Me hirieron y no los herí.
ROMEO.
¿Te han herido?
MERCUTIO.
Un arañazo, nada más, un arañazo, pero necesita cura. ¿Dónde está mi paje, para que me busque un cirujano?
(_Se va el paje._)
ROMEO.
No temas. Quizá sea leve la herida.
MERCUTIO.
No es tan honda como un pozo, ni tan ancha como el pórtico de una iglesia, pero basta. Si mañana preguntas por mí, verásme tan callado como un muerto. Ya estoy escabechado para el otro mundo. Mala landre devore á vuestras dos familias. ¡Vive Dios! ¡Que un perro, una rata, un raton, un gato mate así á un hombre! Un maton, un pícaro, que pelea contra los ángulos y reglas de la esgrima. ¿Para qué te pusiste á separarnos? Por debajo de tu brazo me ha herido.
ROMEO.
Fué con buena intencion.
MERCUTIO.
Llévame de aquí, Benvolio, que me voy á desmayar. ¡Mala landre devore á entrambas casas! Ya soy una gusanera. ¡Maldita sea la discordia de Capuletos y Montescos! (_Vanse._)
ROMEO.