Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas

Part 20

Chapter 203,742 wordsPublic domain

D. GURITÁN.--¡Pero si yo no soy casado!

D. CÉSAR.--Pues ¿por qué tenéis, desde hace un cuarto de hora, el aspecto de un marido que rabia, ó de un tigre que llora? Como os creía casado, os daba buenos consejos; pero si no lo sois, decid por qué os hacéis tan ridículo.

D. GURITÁN.--¿Sabéis que me estáis exasperando?

D. CÉSAR.--¡Bah!

D. GURITÁN.--¿Y que esto es ya demasiado?

D. CÉSAR.--¿De veras?

D. GURITÁN.--Me las vais á pagar...

D. CÉSAR (_examinando con aire burlón los zapatos de D. Guritán, ocultos por una ola de cintajos, según la nueva moda_).--En otro tiempo usábanse las cintas para adornar la cabeza; pero hoy, según veo, han bajado hasta las botas. ¡Habrá que peinarse los pies! ¡Magnífico!

D. GURITÁN.--¡Vamos á batirnos!

D. CÉSAR (_impasible_).--¿Lo queréis así?

D. GURITÁN.--Si no sois don César, comenzaré por vos.

D. CÉSAR.--Bueno; tened cuidado de no terminar por mí.

D. GURITÁN (_presentándole una de las dos espadas_).--¡Será en el acto!

D. CÉSAR (_tomando la espada_).--Vamos allá; cuando se me presenta un buen desafío no lo dejo escapar.

D. GURITÁN.--¡Oh!

D. CÉSAR.--Detrás del muro hay un callejón desierto.

D. GURITÁN (_probando la punta de la espada en el suelo_).--Como á César de Bazán os mataré.

D. CÉSAR.--¿Lo creéis así?

D. GURITÁN.--Es posible.

D. CÉSAR (_doblando también la punta de la espada_).--¡Bah! muerto uno de los dos, os desafío á que matéis á don César.

D. GURITÁN.--¡Salgamos!

(_Salen, y se oye el ruido de sus pasos que se alejan. Por una puertecilla oculta, practicada en el muro, se ve salir á D. Salustio._)

ESCENA VI

D. SALUSTIO

D. SALUSTIO (_con traje verde oscuro, casi negro_).--¡Ningún preparativo! (_Reparando en la mesa cubierta de manjares._) ¿Qué quiere decir esto? (_Escuchando el ruido de los pasos de D. César y de D. Guritán._) ¿Qué rumor es ese? (_Se pasea meditabundo._) Gudiel vió salir esta mañana al paje y le siguió... iba á casa de Guritán... y no veo á Ruy Blas... ¡Condenación! aquí hay alguna contramina. Tal vez Guritán se haya encargado de algún mensaje para ella... Nada se puede averiguar por los mudos. No había previsto este caso.

(_Entra D. César con la espada desnuda en la mano y déjala en un sillón._)

ESCENA VII

D. SALUSTIO, D. CÉSAR

D. CÉSAR (_desde el umbral de la puerta_).--¡Ah! seguro estaba de que andaríais mezclado en el asunto.

D. SALUSTIO (_volviéndose estupefacto_).--¡Don César!

D. CÉSAR (_cruzándose de brazos y soltando una carcajada_).--Sin duda estáis urdiendo alguna trama espantosa; pero yo lo desarreglo todo. ¿No es cierto? Paréceme que vengo á caer de golpe en medio de la masa.

D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Todo se ha perdido!

D. CÉSAR (_riendo_).--Desde esta mañana he andado entre vuestras telas de araña, revolviéndome en ellas; y así es que ninguno de vuestros proyectos dará el resultado apetecido. Todos vuestros planes caerán por tierra. Verdaderamente me regocijo mucho de ello.

D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Demonio! ¿Qué habrá hecho?

D. CÉSAR (_riendo cada vez con más fuerza_).--Aquel hombre del saco de dinero... que venía para el negocio... para aquello que sabéis...

(_Se ríe._)

D. SALUSTIO.--¿Y bien, qué?

D. CÉSAR.--Lo he embriagado.

D. SALUSTIO.--Pero ¿y el dinero que llevaba?

D. CÉSAR (_majestuosamente_).--He hecho varios regalos á ciertas personas. ¡Pardiez, siempre se tienen amigos!

D. SALUSTIO.--De mí sospechas injustamente... Yo...

D. CÉSAR (_haciendo sonar sus gregüescos_).--Por lo pronto he llenado mis bolsillos, como podréis comprender. (_Vuelve á reirse._) Ya sabéis... aquella dama...

D. SALUSTIO.--¡Oh!

D. CÉSAR (_observando su inquietud_).--Aquella conocida vuestra... (_D. Salustio escucha con la mayor ansiedad; D. César prosigue riendo._) Que me envía una dueña vieja y espantosa, con más barbas que un ermitaño...

D. SALUSTIO.--¿Para qué?

D. CÉSAR.--Para preguntarme, con prudencia y sin ruido, si es don César quien la espera esta noche...

D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Cielos! (_En voz alta._) ¿Qué has contestado?

D. CÉSAR.--He dicho que sí; que la esperaba.

D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Tal vez no se haya perdido todo!

D. CÉSAR.--En fin, vuestro matón, llamado Guritán, según me dijo en el terreno... (_Movimiento de D. Salustio._) y que esta mañana no quiso recibir un lacayo de don César, portador de un mensaje, viniendo después á pedirme no sé qué satisfacción...

D. SALUSTIO.--¿Y bien? ¿qué has hecho?

D. CÉSAR.--He dado muerte á ese pajarraco.

D. SALUSTIO.--¿De veras?

D. CÉSAR.--Temo que sí.

D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Respiro! ¡Bondad divina, nada se ha perdido! Sin embargo, convendrá desembarazarme por el pronto de este rudo auxiliar. En cuanto al dinero, importa poco. (_En voz alta._) El lance es singular. ¿Y no habéis visto á otras personas?

D. CÉSAR.--No; pero las veré. Por lo pronto quiero publicar mi nombre en todas partes, y voy á dar un escándalo terrible. No tengáis cuidado.

D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Diablo! (_Aproximándose vivamente á D. César._) Guárdate el dinero, pero véte.

D. CÉSAR.--¡Ya! ¡Daríais orden de que me siguieran! Harto sé vuestra manera de proceder; y muy pronto volvería á ver las azules aguas del Mediterráneo. ¡Nada de eso!

D. SALUSTIO.--Créeme.

D. CÉSAR.--No. Sospecho que en este palacio-prisión alguno será víctima de vuestros manejos. Toda intriga cortesana es una escalera doble; por una parte el paciente, con los brazos ligados y la mirada triste; y por otra, el verdugo. Vos sois el ejecutor, y necesariamente...

D. SALUSTIO.--¡Oh!

D. CÉSAR.--Pero yo llego á tiempo, tiro de la escalera, y cataplum.

D. SALUSTIO.--Te juro...

D. CÉSAR.--Quiero desbaratarlo todo, y para ello debo quedarme hasta el fin de la intriga. Sé que sois muy astuto, primo mío, y que no os costaría mucho matar dos pájaros de una pedrada. Yo sería uno de ellos, y por lo mismo me quedo.

D. SALUSTIO.--Escucha...

D. CÉSAR.--¡No me vengáis con retóricas! ¡Ah! ¡Conque hacéis que me vendan á los piratas de África, y entre tanto fabricáis aquí un falso César, comprometiendo mi nombre!

D. SALUSTIO.--¡Casualidad!

D. CÉSAR.--¿Casualidad? Manjar es ese que los bribones dan á los tontos. Mucho sentiré que vuestros planes se desbaraten; mas pretendo salvar á los que aquí perdéis. Voy á publicar mi nombre desde los tejados á voz en cuello. (_Se sube en el poyo de la ventana y mira por fuera._) ¡Esperad! Precisamente pasan unos alguaciles por aquí. (_Pasa el brazo á través de los barrotes y agítale gritando_): ¡Hola! venid aquí.

D. SALUSTIO (_asustado, en el proscenio: aparte_).--¡Todo se ha perdido si le reconocen!

(_Entran los alguaciles precedidos de un alcalde. D. Salustio parece presa de una viva ansiedad. D. César se dirige al alcalde con aire de triunfo._)

ESCENA VIII

Los mismos, ALCALDE, ALGUACILES

D. CÉSAR (_al alcalde_).--Consignaréis en vuestro informe...

D. SALUSTIO (_señalando á D. César_).--Que ese es el famoso ladrón Matalobos.

D. CÉSAR (_estupefacto_).--¡Cómo!

D. SALUSTIO (_aparte_).--Todo se salva si puedo ganar veinticuatro horas. (_Al alcalde._) Ese hombre ha osado penetrar en estas habitaciones en pleno día. ¡Prended al ladrón!

(_Los alguaciles cogen á D. César por el cuello._)

D. CÉSAR (_furioso, á D. Salustio_).--¡Mentís como un bellaco!

EL ALCALDE.--¿Quién nos llamaba?

D. SALUSTIO.--Yo.

D. CÉSAR.--¡Esto es demasiado!

EL ALCALDE.--¡Vamos, callad!

D. CÉSAR.--¡Yo soy don César de Bazán!

D. SALUSTIO.--¿Don César? Mirad su capa, si os place, y hallaréis el nombre de Salustio en el cuello; esa capa es la que me acaba de robar.

(_Los alguaciles se apoderan de la capa, el alcalde la examina._)

EL ALCALDE.--Es verdad.

D. SALUSTIO.--Y el jubón que lleva...

[Ilustración: D. SALUSTIO.--¡_Prended al ladrón_!]

D. CÉSAR (_aparte_).--¡Ah traidor!

D. SALUSTIO (_continuando_).--Es del duque de Alba, á quien se lo robó.

(_Mostrando un escudo bordado en la manga izquierda._)

D. CÉSAR (_aparte_).--¡Ese hombre es un demonio!

EL ALCALDE (_examinando el blasón_).--Sí, los dos castillos de oro...

D. SALUSTIO.--Y las dos calderas. (_En la lucha por desasirse, D. César deja caer algunos doblones de sus bolsillos; D. Salustio indica al alcalde el volumen de estos últimos._) ¿Es así cómo se lleva el dinero que no es robado?

EL ALCALDE (_moviendo la cabeza_).--¡Hum!

D. CÉSAR (_aparte_).--¡Estoy perdido!

(_Los alguaciles le registran y apodéranse de todo el dinero._)

UN ALGUACIL (_rebuscando_).--Aquí hay papeles.

D. CÉSAR (_aparte_).--¡Pobres billetes de amor, que tan cuidadosamente conservaba!

EL ALCALDE (_examinando los papeles_).--¡Cartas!... ¿Qué es esto?... escrituras diversas...

D. SALUSTIO (_haciendo notar los sobres_).--Todos del duque de Alba.

EL ALCALDE.--Sí.

D. CÉSAR.--Pero...

LOS ALGUACILES (_atándole las manos_).--¡Qué suerte ha sido cogerle!

UN ALGUACIL (_entrando, al alcalde_).--Aquí cerca se acaba de encontrar un hombre asesinado.

EL ALCALDE.--¿Quién es el asesino?

D. SALUSTIO (_mostrando á D. César_).--¡Ese hombre!

D. CÉSAR (_aparte_).--¡Ese duelo! he sido un torpe.

D. SALUSTIO.--Al entrar, llevaba en la diestra una espada; vedla ahí.

EL ALCALDE (_examinando el acero_).--¡Sangre! Está bien. (_Á D. César._) ¡Vamos, en marcha!

D. SALUSTIO (_á D. César, conducido por los alguaciles_).--Buenas noches, Matalobos.

D. CÉSAR (_dando un paso hacia él y mirándole fijamente_).--¡Sois un miserable!

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO V

EL TIGRE Y EL LEÓN

La misma estancia. Es de noche. En la mesa hay una lámpara. Al levantarse el telón, Ruy Blas está solo, y una especie de toga negra cubre su traje.

ESCENA I

RUY BLAS, solo

¡Todo acabó! ¡Sueños extinguidos, visiones desvanecidas! Hasta que cerró la noche he andado por las calles, y ahora espero tranquilo. Á estas horas se piensa mejor, porque la cabeza está más despejada. Nada hay pavoroso en estas negras paredes; los muebles se hallan en su sitio, las llaves en los armarios, y los mudos duermen abajo. La casa está verdaderamente tranquila; no hay motivo alguno de alarma; todo va bien, y mi paje es muy fiel: don Guritán sabe que se trata de ella; y yo os bendigo, Dios mío, por haber permitido que el mensaje llegue á sus manos, para que yo pueda proteger á ese ángel, burlando los planes de don Salustio. Nada tendrá que temer ni que sufrir, y una vez salvada... moriré tranquilo. (_Saca del pecho un frasquito y le pone sobre la mesa._) ¡Sí, muere ahora, cobarde, y cae en el abismo; muere como se debe morir cuando se expía un crimen; muere en esta casa, vil, mísero y solo! (_Entreabre la toga, bajo la cual se ve la librea que llevaba en el primer acto._) ¡Sí, muere con tu librea al fin, y sea ella tu sudario! ¡Dios mío! si ese demonio viene á contemplar su víctima... (_Coloca un mueble como para atrancar la puerta._) ¡Que no éntre al menos por esa horrible puerta! (_Vuelve hacia la mesa._) ¡Oh! seguro es que el paje ha encontrado á Guritán, pues aún no eran las ocho de la mañana. (_Fija sus miradas en el frasquito._) En cuanto á mí, ya he pronunciado mi sentencia, preparo mi suplicio, y yo mismo voy á dejar caer sobre mi cuerpo la losa de la tumba. Por lo menos me queda el consuelo de pensar que nadie puede evitarlo, y que mi caída es irremediable. (_Se sienta en el sillón._) ¡Y sin embargo, me amaba!... ¡Que Dios me auxilie! Me falta valor... (_Llora._) ¡Oh! ¡bien hubieran podido dejarnos tranquilos! (_Oculta la cabeza entre las manos y solloza._) ¡Dios mío! (_Levanta la cabeza y fija en el frasquito una mirada vaga._) El hombre que me ha vendido esto me preguntó en qué día del mes estábamos... yo no lo sé. Los hombres son malos y ninguno se conmueve al ver morir á uno de sus semejantes. ¡Cuánto sufro!... ¡Ella me amaba! ¡Y pensar que nada se puede retener de aquello que pasó! ¡No volveré á contemplarla más!... no estrecharé su mano... ¡Ángel mío!... ¡Aún me parece ver los graciosos pliegues de su traje, sus dulces ojos, cuyas miradas me embriagaban; aún me parece oir su voz armoniosa y su ligero paso, que hacía latir mi corazón! ¡Mujer adorada... ya no la veré jamás, ni oiré tampoco su dulce acento! ¡Morir sin verla! ¿Es posible? ¡Nunca!

(_Alarga con ansiedad su mano hacia el frasquito, y en el momento de cogerle convulsivamente, ábrese la puerta del fondo y aparece la Reina; va vestida de blanco; un mantón oscuro y el capuchón, caído sobre la espalda, hacen resaltar más la palidez de su rostro; lleva una linterna sorda en la mano, la deja en el suelo y adelántase rápidamente hacia Ruy Blas._)

ESCENA II

RUY BLAS, LA REINA

LA REINA (_entrando_).--¡Don César!

RUY BLAS (_volviéndose con un movimiento de espanto, y tapando presuroso su librea_).--¡Dios mío! ¡Es ella! ¡En horrible lazo ha caído! (_En voz alta._) ¡Señora!...

LA REINA.--¿Qué significa ese grito de espanto, César?...

RUY BLAS.--¿Quién os dijo que viniérais aquí?

LA REINA.--Tú.

RUY BLAS.--¡Yo!... ¿Cómo?

LA REINA.--He recibido de vos...

RUY BLAS (_ansioso_).--¡Decid pronto!

LA REINA.--Una carta.

RUY BLAS.--¿De mí?

LA REINA.--De vuestro puño y letra.

RUY BLAS.--¡Esto es para volverse loco! Pero ¡si yo no he escrito; estoy seguro de ello!

LA REINA (_sacando del seno un billete y mostrándolo_).--Leed, pues.

(_Ruy Blas toma el billete con viveza y acércase á la luz._)

RUY BLAS (_leyendo_).--«Un peligro terrible me amenaza, y sólo mi reina puede conjurar la tempestad...»

(_Mira la letra con estupor, cual si no pudiera proseguir._)

LA REINA (_continúa, mostrando con el dedo la carta que lee_).--«viniendo á mi casa esta noche. De lo contrario, estoy perdido.»

RUY BLAS (_con voz apagada_).--¡Oh qué traición! Este billete...

LA REINA (_continúa la lectura_).--«Junto á la puerta principal hay una entrada por donde podéis penetrar de noche sin ser reconocida. Una persona de confianza os abrirá.»

RUY BLAS (_aparte_).--¡Había olvidado este billete! (_Á la Reina con voz terrible._) ¡Salid al punto!

LA REINA.--Me marcharé, don César. ¡Oh Dios mío, qué duro sois! ¿Qué os he hecho?

RUY BLAS.--¡Cielos! ¡aquí os perdéis, señora!

LA REINA.--¿Cómo?

RUY BLAS.--No puedo explicarlo. ¡Huíd pronto!

LA REINA.--Para cumplir mejor, hasta tuve la precaución de enviar esta mañana una dueña...

RUY BLAS.--¡Dios mío! me parece que vuestra existencia se extingue por momentos como la vida de un corazón que se desangra. ¡Partid pronto!

LA REINA (_como herida de una idea súbita_).--La abnegación que mi amor soñó, me inspira: os halláis en algún momento de peligro y queréis alejarme de él... ¡Pues me quedo!

RUY BLAS.--¡Qué loca idea, Dios mío! ¡Permanecer á tal hora en semejante sitio!

LA REINA.--La carta es de vos, y por lo tanto...

RUY BLAS (_elevando los brazos al cielo con desesperación_).--¡Bondad divina!

LA REINA.--Queréis alejarme...

RUY BLAS (_tomándole la mano_).--Comprended...

LA REINA.--Adivino: en el primer momento me escribisteis, y después...

RUY BLAS.--¡Nada os he escrito! ¡Huíd de aquí, pobre ángel, porque os han tendido un lazo! Por todas partes os rodean los peligros. ¿Cómo podré convenceros? ¡Escuchad, comprended; yo os amo, ya lo sabéis, y sólo para desechar de vuestro espíritu lo que ahora imagina, me arrancaría el corazón del pecho! ¡Oh! ¡yo te amo, pero véte!

LA REINA.--¡Don César!...

RUY BLAS.--¡Véte! Pero ahora se me ocurre... alguien debió abrirte la puerta...

LA REINA.--Es claro.

RUY BLAS.--¿Quién?

LA REINA.--Un hombre enmascarado, oculto por la pared.

RUY BLAS.--¡Enmascarado! ¿Y qué ha dicho ese hombre? ¿Quién puede ser? ¿Era alto? ¡Vamos, hablad!...

(_En la puerta del fondo aparece un hombre vestido de negro._)

EL ENMASCARADO.--¡Era yo!

(_Se quita el antifaz: la Reina y Ruy Blas reconocen con terror á D. Salustio._)

ESCENA III

Los mismos, D. SALUSTIO

RUY BLAS.--¡Gran Dios!... ¡Huíd, señora!

D. SALUSTIO.--Ya no es tiempo; la señora de Neuburgo ha dejado de ser reina de España.

LA REINA (_con terror_).--¡Don Salustio!

D. SALUSTIO (_mostrando á Ruy Blas_).--Para siempre seréis la compañera de ese hombre.

LA REINA.--¡Gran Dios, era un lazo en efecto! Y don César...

RUY BLAS (_desesperado_).--¡Ah, señora! ¿Qué habéis hecho?

D. SALUSTIO (_adelantándose lentamente hacia la Reina_).--Estáis en mi poder; mas quiero hablaros sin excitar el enojo de Vuestra Majestad, porque no me domina la cólera. Escuchadme tranquilamente, y no hagamos ruido. Os encuentro sola con don César en su casa á media noche, y tratándose de una reina, este hecho basta, una vez público, para anular el matrimonio en Roma. El Santo Padre lo sabría muy pronto; pero examinada detenidamente vuestra situación, todo puede arreglarse dentro. (_Saca de su bolsillo un pergamino, desarróllale y le presenta á la Reina._) Firmad esta carta, dirigida al Rey Nuestro Señor; yo haré que llegue en breve á sus manos; y en cuanto á vos, abajo os espera un coche que he mandado llenar de oro, y en el cual partiréis con don César al punto. Yo os presto mi auxilio, y sin que nadie os inquiete, podréis llegar á Portugal. Desde aquí, dirigíos á donde os plazca, pues á mí me es igual: nosotros cerraremos los ojos. Obedecedme. En este momento, nadie sabe la aventura más que yo; pero si rehusáis, todo Madrid conocerá el hecho mañana. Y nada de arrebatos, porque estáis en mi poder. (_Señalando la mesa, en la que hay recado de escribir._) Podéis tomar asiento, señora.

LA REINA (_se deja caer aterrada en un sillón_).--¡Estoy en su poder!

D. SALUSTIO.--Sólo exijo de vos el consentimiento para llevar el escrito al Rey. (_En voz baja á Ruy Blas, que escucha inmóvil, poseído de estupor._) ¡Déjame hacer, amigo, que para ti trabajo! (_Á la Reina._) ¡Firmad!

LA REINA (_temblando y aparte_).--¿Qué hacer?

D. SALUSTIO (_inclinándose á su oído y presentándole la pluma_).--¡Vamos! ¿Qué vale una corona? Si perdéis el trono, en cambio se os ofrece la felicidad. Por lo demás, no tengáis cuidado; nadie sabrá nada de esto, porque tengo toda mi gente fuera. (_Tratando de ponerle la pluma entre los dedos, sin que ella la rechace ni la tome._) ¡Vamos! (_La reina, indecisa y aterrada, le mira con expresión angustiosa._) ¡Si no firmáis, os espera el escándalo y el claustro!

LA REINA (_agobiada_).--¡Oh Dios mío!

D. SALUSTIO (_mostrando á Ruy Blas_).--César os ama; le creo digno de vos; es de noble alcurnia, duque de Olmedo, Bazán y grande de España...

(_Empuja hacia el pergamino la mano de la Reina, que temblorosa y fuera de sí parece dispuesta á firmar._)

RUY BLAS (_como volviendo en sí de improviso_).--¡Yo me llamo Ruy Blas, y soy un lacayo! (_Arrancando de manos de la Reina la pluma y el pergamino, y rasgando este último._) ¡Al fin!... ¡Me sofocaba!... ¡No firméis, señora!

LA REINA.--¿Qué decís, don César?...

RUY BLAS (_dejando caer su toga y mostrándose con la librea sin espada_).--Digo que ya basta de traiciones; que no quiero la felicidad á este precio. ¡Ah! es inútil que me habléis al oído, don Salustio; tiempo era ya de despertarme y de romper los lazos que me ligaban en vuestros odiosos planes. No pasaremos de aquí. ¡Si yo tengo el traje de lacayo, vos tenéis de lacayo el alma!

D. SALUSTIO (_á la Reina, con frialdad_).--Ese hombre es efectivamente mi lacayo. (_Á Ruy Blas con autoridad._) ¡Ni una palabra más!

LA REINA (_dejando escapar al fin un grito de desesperación y retorciéndose los brazos_).--¡Santo cielo!

D. SALUSTIO (_continuando_).--Sólo que ha hablado demasiado pronto. (_Crúzase de brazos; irguiéndose y con voz tonante._) ¡Pues bien, sí; ahora digámoslo todo; poco importa, porque así será mi venganza más completa! (_Á la Reina._) ¿Qué pensáis de esto, señora? Á fe mía que la corte se reirá bien. ¡Ah! ¡vos me arruinasteis, y yo os destrono! ¡Vos tuvisteis á bien desterrarme, y yo os expulso! ¡Vos me ofrecisteis para esposa vuestra criada; yo os doy por amante mi lacayo! También podéis uniros con él, puesto que el rey se va; y así su corazón será vuestra riqueza. (_Riendo._) ¡Y le habréis hecho duque á fin de ser duquesa! (_Rechinando los dientes._) ¡Ah, me habéis hundido, arruinado, y entre tanto vos dormíais tranquila y confiada! ¡Qué locura!

(_Mientras que habla, Ruy Blas se acerca á la puerta del fondo, la cierra con llave, y después se acerca á don Salustio por detrás, sin que éste lo note. En el momento en que acaba de hablar, fijando en la Reina una mirada de odio y de triunfo, Ruy Blas coge la espada de D. Salustio por la empuñadura y la desenvaina vivamente._)

RUY BLAS (_con aspecto terrible y la espada en la mano_).--¡Paréceme que acabáis de insultar á vuestra Reina! (_D. Salustio se precipita hacia la puerta; Ruy Blas le cierra el paso._) ¡Oh! no vayáis por ahí que está cerrado. Marqués, hasta este día Satanás te ha protegido; mas ahora no escaparás de mis manos; si de mi poder quiere arrancarte, que se presente. ¡Ahora llegó mi vez, y aplasto á la serpiente que encuentro en mi camino! ¡Nadie entrará aquí, ni el diablo ni tu gente, y te sujetaré bajo mi pie de acero! Señora, este hombre os hablaba con insolencia, y yo voy á explicarme... Ante todo os diré que es un desalmado, un monstruo, y que ayer me martirizó á su antojo cruelmente. No podríais imaginar hasta qué punto lloré y supliqué. (_Al marqués._) Me explicabais vuestras quejas, hablándome de agravios recibidos; pero yo no comprendí. ¡Ah, miserable! ¡osáis ultrajar á vuestra Reina estando yo aquí! Me asombra que podáis ser hombre de ingenio. ¿Creíais que yo permanecería impasible? Escuchad, sea cual fuere su esfera, cuando un hombre, un traidor, ultraja á una mujer, ó comete algún delito monstruoso, todos tenemos derecho para escupirle á la cara y aplicarle el castigo. ¡Pardiez, si he sido lacayo, también podré ser verdugo!...

LA REINA.--¡No matéis á ese hombre!

RUY BLAS.--Con sentimiento debo ejercer ante vos mis funciones, señora, porque es forzoso acabar con el asunto en este sitio. (_Empuja á D. Salustio hacia el gabinete._) ¡Está dicho; id á poneros bien con Dios ahí dentro!

D. SALUSTIO.--¡Es un asesinato!

RUY BLAS.--¿Te parece así?

D. SALUSTIO (_desarmado y paseando una mirada de cólera á su alrededor_).--¡Ni un arma en esas paredes! (_Á Ruy Blas._) ¡Una espada al menos!

RUY BLAS.--¡Marqués, tú te burlas! ¿Soy yo caballero acaso para cruzar contigo el acero? Yo no soy más que un vil lacayo, que viste librea galoneada, un bergante á quien se castiga y se azota. ¡Pero ahora te voy á matar, como á un infame cobarde, como á un perro!

LA REINA.--¡Gracia para él!

RUY BLAS (_á la Reina, cogiendo al marqués_).--Señora, aquí cada cual se venga; el demonio no puede ser salvado por el ángel.

LA REINA (_de rodillas_).--¡Gracia!

D. SALUSTIO (_gritando_).--¡Al asesino! ¡Socorro!

RUY BLAS (_levantando la espada_).--¿Has acabado ya?

D. SALUSTIO (_arrojándose sobre él y gritando_).--¡Muero asesinado!

RUY BLAS (_empujándole en el gabinete_).--¡No, mueres castigado!

(_Desaparecen en el gabinete, cuya puerta se cierra._)

LA REINA (_sola, cae desvanecida en el sillón_).--¡Cielos!

(_Sigue una pausa; Ruy Blas vuelve á entrar, pálido y sin espada._)

ESCENA IV

LA REINA, RUY BLAS

(_Ruy Blas da algunos pasos vacilando hacia la Reina, inmóvil y helada, y después cae de rodillas, con la vista fija en el suelo, cual si no se atreviese á levantarla._)

RUY BLAS (_con voz grave y baja_).--Ahora, señora, es preciso que os hable... pero no me acercaré. Os juro que no soy tan culpable como me creéis. Reconozco mi traición, que debe pareceros horrible..., quisiera referíroslo todo, mas no es fácil. Sólo puedo decir que no tengo el alma vil, y que soy honrado en el fondo... Mi amor me ha perdido, y harto conozco que debí buscar algún otro medio. En fin, el mal está hecho... perdonadme, señora, por haberos amado.

LA REINA.--¡Caballero!...

[Ilustración: LA REINA.--¡_Ruy Blas_!]