Cattle and Their Diseases Embracing Their History and Breeds, Crossing and Breeding, and Feeding and Management; with the Diseases to Which They Are Subject, and the Remedies Best Adapted to Their Cure

Chapter 2

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Las fiestas de San Pedro fueron notables aquel año: función de iglesia con sermón y música por la mañana, rifa en la plaza después, procesión por la tarde, baile público y fuegos artificiales por la noche. Para el día siguiente se anunciaban novillos que debían lidiarse en un corral. El alcalde había de presidir todas las fiestas y presentarse en ellas su hija lujosamente ataviada. Una comisión de lo más escogido de la aldea fue temprano a felicitar a Pedro Serrano por ser su santo, siendo recibida con afable cordialidad por el padre de Cecilia. Esta le había dado un pañuelo bordado por ella, Romualda una relojera, los vecinos todos obsequios que no por ser humildes habían sido recibidos con menos júbilo. Lorenzo no sabía cómo y cuándo hablar a su tío y entre tanto el día iba pasando, se aproximaba la noche y el joven veía con terror que no podía decir a Pedro el peligro que a todos amenazaba. Cecilia y su primo habían presenciado juntos todas las fiestas, ella estaba más preocupada que triste, él no había pronunciado ni media docena de palabras con gran descontento de Romualda que decía:

-Estos muchachos educados en la corte no encuentran bien más que lo que ven en Madrid; este pobre Lorenzo está mortalmente aburrido y no se atreve a confesarlo.

En casa de Serrano hubo numerosos convidados que se sentaron a la mesa a las siete de la tarde. Cecilia comió al lado de su primo. Todos parecían haber olvidado al jefe de la sedición, cuando al servirse los postres, el secretario del Ayuntamiento se levantó y con la copa en la mano dijo:

-Brindo, señores, por nuestro querido alcalde, por su encantadora hija, su excelente hermana y sobrino, por todos los presentes y también porque tenga Serrano la gloria de capturar al malvado que alteró la paz de esta comarca.

Todos aplaudieron, todos brindaron, excepto Cecilia que pálida y temblorosa había oído con profundo terror las últimas palabras del secretario.

Acabó la comida, salieron del comedor y Serrano dijo a Lorenzo:

-Ve a ver los fuegos artificiales con Romualda y tu prima. Yo me quedo con estos amigos y me reuniré a vosotros luego.

-Tío -murmuró el joven-, quisiera antes hablar con usted.

-En este momento ne es posible; en la plaza me encontrarás después.

-¿Y si es demasiado tarde?

Antes de que respondiese Serrano, varios hombres del lugar se reunieron al alcalde para tratar de las fiestas nocturnas y Lorenzo tuvo que partir con la vieja y la niña. El joven se hallaba cada vez más impaciente; el tiempo pasaba y Pedro no venía. El reloj de la iglesia dio las once.

-Una hora más y todo se habrá perdido -se dijo Lorenzo.

Sin decir nada a su prima, se dirigió en busca de su tío. Al verle desaparecer Cecilia sonrió dulcemente; hacía rato que anhelaba verse a solas con Romualda.

-Voy a saludar a mi amiga Angelita -dijo a la buena señora.

Esta no se opuso, la joven se alejó y al llegar a un paraje desierto echó un abrigo sobre sus hombros, para que no llamase la atención su vestido de seda de color claro, y por caminos extraviados se dirigió a su casa que encontró desierta, porque todos los servidores se hallaban en la función. Entró por el jardín del que tenía una llave, sacó de la cuadra el mejor caballo que encontró, y trémula, palpitante el corazón, fue al ruinoso edificio donde el misterioso caballero la aguardaba impaciente.

-Dios te premie lo que por mí haces niña -murmuró él.

Montó a caballo y viendo que Cecilia vacilaba en seguirle, la cogió en sus brazos.

-¡Mi padre, mi pobre padre! -exclamó ella derramando lágrimas.

-Yo te daré más amor que él.

En aquel momento sonaron a lo lejos doce campanadas.

El desconocido y Cecilia llevados por el fogoso caballo iban a internarse en el monte cuando vieron a pocos pasos un grupo de hombres armados a cuyo frente divisaron a Serrano y a Lorenzo.

-¿Ve usted, tío, como era cierto? -dijo el joven a Pedro- ¿ve usted como ella quiere huir también? Si me hubiese escuchado antes hubiéramos evitado que se reuniesen aquí. Un minuto más y no los alcanzamos.

-¡Tirad! -gritó el alcalde-, haced fuego sobre el miserable que me arrebata mi honra, mi dicha...

Los hombres no se atrevían a obedecer temiendo herir o causar la muerte a Cecilia, pero Serrano era esclavo de su deber.

-Tirad -repitió-, suceda lo que suceda. Al que vacile en obedecer le costará caro.

Se oyó una detonación, luego otra, el desgraciado padre cerró los ojos para no presenciar aquella escena.

Lorenzo vio entonces que el fugitivo se detenía un momento, depositaba en el campo a la joven y partía otra vez perdiéndose pronto en la espesura del bosque. El sobrino de Pedro y los demás hombres se lanzaron hacia aquel lugar. Cecilia se hallaba tendida en el suelo pálida e inmóvil; una bala la había herido en la espalda, otra la había matado; la infeliz joven había sucumbido para salvar a su raptor. Este ganaba terreno, ya no se oía el galope de su caballo.

-Prendedle -gritaba Lorenzo.

Todo fue en vano, el caballero huyó y esta vez para siempre.

Serrano al saber lo ocurrido no derramó una lágrima, pero su dolor mudo era más terrible que la desesperación más violenta. Todo lo había perdido aquel desventurado padre, su honor, su hija, su felicidad. Desde entonces dejó de ser alcalde, se encerró en su casa sin querer ver a nadie, ni aun a su hermana y a Lorenzo.

Así pasó un año, llegaron otra vez las fiestas de San Pedro y ya no las presidió Serrano, ni presenció ninguna de ellas. Al anochecer, Romualda fue a la habitación de su hermano para prestarle sus consuelos en tan triste día, y encontró la alcoba desierta. Llamó a su sobrino y ambos se dirigieron al jardín en busca del anciano. Mucho anduvieron antes de encontrarle; el desgraciado padre se hallaba de rodillas en el lugar donde Cecilia había muerto.

Lorenzo y Romualda intentaron alejarle de allí.

-Me siento mal -les dijo-, dejadme morir en paz donde para siempre la he perdido.

Continuó orando y su hermana y el joven murmuraron una plegaria también. Cuando la luna apareció en el cielo se acercaron de nuevo a Serrano que permanecía mudo e inmóvil, le hablaron y no les contestó. Lorenzo entonces se aproximó más, cogió sus manos, tocó su frente y vio que estaba muerto.

Pedro dejó en su testamento una renta vitalicia a su hermana, y su fortuna, que era inmensa, a Lorenzo. El joven hizo levantar un pequeño monumento en el sitio donde murieron Cecilia y su padre. Al año siguiente brotaron allí espontáneamente plantas y flores, y como estas fuesen encarnadas, los habitantes de la aldea dijeron que habían nacido de la sangre que de sus heridas derramó la infortunada joven.

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