Chapter 2
Allí están, no las esclavas que ante su señor se turban, sino las reinas que gozan con voluntad absoluta. Las mujeres que a los moros les place tomar por suyas, cual sus costumbres permiten y sus leyes no repugnan. Allí, bajo techos de oro y pabellones de plumas, para el placer se conservan encantadoras y puras. Baños de esencias suaves su bello cuerpo perfuman, preciosas telas se visten y dulce son las arrulla. Negras cautivas las sirven que por doquier las circundan, para su capricho esclavas, para su servicio muchas; jardines tienen abiertos de frondosidad oscura, do alegres pájaros trinan, do frescas fuentes susurran; do de los árboles altos la espesa sombra confusa, el aura abrasada templa, y el sol entolda y ofusca; donde en hamacas de seda muellemente se columpian del céfiro acariciadas que en la hojarasca murmura. Donde en el césped mullido, al son de animada música, en danzas voluptuosas giran, se trenzan y anudan. Donde en los huecos que ofrecen mil artificiales grutas, su bellos cuentos de fadas a oír y contar se juntan. Y allí, mientras la tormenta recia se desgaja en lluvias, y brilla con el relámpago y con el trueno retumba, con lámparas de alabastro allá en el fondo se alumbran y con cantares alegres a la tormenta conjuran. A una de aquestas mansiones de artificiosa estructura, alcázar de la belleza y red del amor, fué en suma donde el mercader condujo con gran silencio y mesura al rico don Luis Tenorio, que su intención no barrunta; y en una de estas mansiones, la más lejana sin duda, pero la más ostentosa que en sus jardines se oculta, fué donde encontró Tenorio, tal vez para su fortuna, cinco doncellas bellísimas cual él no las viera nunca. Las veinte y dos primaveras no cuenta acaso ninguna, aunque veinte mil hechizos en cada cual se columbran. Nación y raza distinta su forma distinta anuncia, de su belleza el carácter y el traje diverso que usan. Gallarda, la georgiana ostenta medio desnuda sus académicas formas, su tez sonrosada y húmeda. Más perezosa, la indiana entre blancas vestiduras, su piel de azabache muestra sobre un almohadón de pluma. Los velos de oro que flotan hasta tocar su cintura, su triste mirar, su tez pálida como la luna, descubren a una italiana, que, aunque mucho disimula por ver las playas de Nápoles cambiara cuanto disfruta. Sus rizos espesos de ébano, negros ojos que circundan largas pestañas, sus manos blancas, redondas, menudas, y su escaso pie que apenas a sostenerse la ayuda, descubren a una española, aunque su origen oculta. La dulce voz y el altivo acento con que pronuncia, y su perfecto contorno, su frente que el ceño anubla y el cuchillo que colgado lleva siempre a la cintura, por una celosa griega dan fácilmente a la última. Ante estas cinco bellezas, que no conciben confusas la causa que a un extranjero hoy traiga a presencia suya, detúvose el mercader, y así a don Luis que le escucha, con voz resuelta le dijo que trecho no deja a dudas: «Estas hermosas doncellas, don Luis, mis esposas son, no me rehuséis el don que os quiero hacer de una de ellas. Yo para mí las guardaba; si enojarme no queréis, elegid la que gustéis para esposa o para esclava. Y ved que esto al excusar me vais a hacer una ofensa tan solemne y tan inmensa, que jamás podré olvidar. Elegid, pues.»
DON LUIS: Dios no quiera que nuestra amistad un día turbe por desdicha mía mi resolución postrera.
Una de ellas tomaré, y si al fin fuere gustosa, la tomaré por esposa, convirtiéndose a mi fe.
No sé que pueda apreciar de mejor modo este don.
EL MERCADER: Ni yo que mi corazón lo pueda nunca olvidar.
Y aquí, después de un minuto de meditación profunda, entre las cinco sultanas buscó Tenorio la suya.
Tendió su mirada incierta poco a poco de una en una, y asió al fin de la española, la de las manos menudas.
Ni una palabra, ni un gesto, mostróle señal alguna que del árabe anunciara ni el gusto, ni la amargura.
Salió del harén en calma, y al elevarse la luna por el azul firmamento alzando montes de espuma, salió aquella misma noche del puerto en que se asegura, el barco en que van a Europa don Luis y la gente suya.
Y el mercader desde el muelle, con desolación profunda, por el través de dos lágrimas que sus pupilas le anublan, quedó mirando las velas que en precipitada fuga se llevan cuanto idolatra, y amor y amistad le hurtan. Con ellas parte Zulima, y el árabe en su hermosura tenía puestos los ojos… ¡Mal haya a Dios su fortuna!
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Secretos hay que debían en el corazón quedar, y en el corazón ahogarse para no alzarse jamás.
Fiado en la buena causa de su generosidad, su secreto puso el árabe en las manos del azar;
y la suerte, que de todos se mofa al fin por igual, atropelló su secreto de su dicha sin piedad.
Don Luis eligió a Zulima, la sultana que amó él más, y con su amigo la bella los mares cruzando va.
Las amorosas palabras del sevillano galán pronto la harán olvidarse de su cariño quizá.
Pronto al mirarse señora, pues nunca pensara tal, un amo en él, no un amigo, con desdén recordará.
Pronto al ver que mar y tierra franco camino le dan, del rico harén el recinto como cárcel odiará.
Los bulliciosos placeres de Europa y su sociedad, pronto el vacío que esconde su corazón llenarán.
Tal vez a su fe renuncie, pues gran tentación será el interés de su dueño y el ansia de libertad.
En vano tiendes los ojos por el espumoso mar: ¿cuál esperanza te queda? Zulima no volverá.
En vano por las estancias de tu palacio oriental, la llamas con voz amante: ya no te puede escuchar.
En vano sus veinte esclavas velando en su cuarto están, como si al fin le pudiera ella otra vez habitar.
En vano en tus tristes sueños continuo viéndola estás, que al abrazarla te se huye su vana sombra fugaz.
En vano ideas contarle al noble español tu afán, decirle cuánto la quieres, pues si él te llega a escuchar,
cual tú de tu hermosa esclava ya enamorado estará, y antes perdiera la vida que volvértela a enviar.
Y aunque, por ser como tú tan generoso y leal, devolvértela quisiera, no lo llegara a lograr.
Ella es ya libre en España, la ley la protegerá, y no ha de querer a esclava desde señora tornar.
Tal vez al impulso fiero de este recuerdo fatal, hasta la fe en que naciste intentas abandonar:
y triste y meditabundo, sin reposo y sin solaz, tu tristeza es tu alimento y tu esperanza la mar.
Mas ¡ay! consúmete aquélla, y ésta es tan poca y falaz, que entre una y otra, por último, te van a despedazar.
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«Vuelve, ¡ay de mí! purísima gacela: vuelve, vuelve a tu harén de Alejandría, a cuyas puertas desolado vela quien de tus ojos en la luz vivía.
Sin ti, se agostan mis pintadas flores; sin ti, los ecos lastimeros gimen; no alegran mi jardín los ruiseñores, ni brotan mis vistosos surtidores, que les falta el placer con que se animen.
No están conmigo ya tus compañeras: ¿sin ti qué me valían? Junto a mí, de fastidio se dormían, y las di libertad, y se alejaron como garzas ligeras. ¡No las amé jamás, ni ellas me amaron!
Vuelve, hourí celestial, vuelve conmigo, y al corazón me volverá la vida: sin ti, no encuentro caridad ni abrigo, mi riqueza sin ti yace perdida. ¡Ay! no conocerías si volvieras lo que fué tu mansión, que en pocos años se cambian las ciudades más enteras, y naufragan las naves más veleras por los mares extraños.
Mísero y triste lloro y en abandono y soledad me veo, siempre agitado del fatal deseo de morir a los pies de quien adoro. ¡Malhadada amistad! ¡Dura venida de quien mi amor robándome, me olvida!»
Llanto amargo vertiendo, así decía el mercader, y así se lamentaba y su fortuna el infeliz veía, que al crecer su dolor, se disipaba.
Tales son de la suerte los azares: el que en fiestas y danzas y cantares pasó un tiempo su plácida existencia, hoy, presa del afán y los pesares, la arrastra, ya vecino a la indigencia. Descuidó su comercio en su amargura, su crédito menguó de día en día, y sus naves sorbió la mar bravía: uno tras otro sus amigos viles en su infortunio al fin le abandonaron, y sus mismos esclavos le robaron, y sus inmensos bienes a manos de voraces acreedores salieron de sus ricos almacenes. La carcoma inmortal de su tristeza minó su corazón, y la amargura trastornó su razón en su cabeza, y el árabe infeliz dió en la locura.
Su palacio y su harén pasó a otras manos, y el que opulento y poderoso un día asombró con su lujo a Alejandría, escarnio fué tal vez de los villanos.
En vano el infeliz días y noches de su antigua mansión en los umbrales lamentando pasó como un mendigo sus duelos y sus males: no salió de una reja a los cristales su cuita a consolar un solo amigo.
Y flaco, y vacilante y macilento, estaba el mercader como una sombra al pie de la pared del aposento donde otro tiempo holló morisca alfombra, y do imperando resonó su acento.
Y así un día pasó tras otro día, y año pasó tras año, y probó cada día un desengaño, hasta que el pobre, de vergüenza huraño, huyó de Alejandría.
En una noche oscura, aunque serena, sólo y a lento paso se hundió en el mar de requemada arena del árido desierto de la Libia, donde sólo el zarzal vegeta escaso.
Y en su lejana soledad ardiente perdiéndose su sombra poco a poco, su memoria olvidó la ingrata gente y a hablar no se volvió del pobre loco.
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Cinco años pasado habían: don Luis, en fortuna próspera, de su extendido comercio los frutos en calma goza. Vive en Sevilla y en ella en rico palacio mora, do la más alta nobleza con sus visitas le honra: vive en Sevilla, y con él aquella Zulima hermosa que a nuestra fe convertida con él se casó y le adora. Dejó el turbante de esclava por una nupcial corona, el harén por el palacio, por Jesucristo a Mahoma. Cambió el nombre de Zulima por el nombre de Eliodora, y quien en Asia fué esclava vino a mandar en Europa.
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Es una noche sombría y una callejuela corva, que acaba de San Francisco en la plaza y desemboca; y aunque no está aquella noche avanzada en altas horas, las calles tiene desiertas el recio viento que sopla. Las rejas están cerradas en torno la plaza toda, de modo que ni una luz rasga la neblina lóbrega. Sólo en los anchos balcones de una casa grande y sola, los cristales iluminan mil clarísimas antorchas. Óyese música dentro, y al compás de bulliciosa danza, retiemblan los vidrios a pesar de las alfombras. A través de ellos, de lejos se alcanzan tumultuosas las sombras de los que danzan ir pasando unas tras otras, una ilusión produciendo tan fantástica y diabólica, que desvanece los ojos y el corazón acongoja. En esta casa y al son de esta música sonora, que en quien la habita supone placer, opulencia y gloria, a lentos pasos un hombre que las desdichas agobian, en el portal penetrando a la cancela se asoma. Fatigado y macilento, envuelve mal su persona en harapos que rechazan hasta el título de ropa. Su frente, erguida otro tiempo, hoy hacia la tierra encorva, y bien se ve que a la tierra la humillación se la dobla. Y sus tostadas mejillas, su mirada melancólica, la voz que del pecho arranca ronquecida y fatigosa, bien a las claras demuestran el dolor que le destroza el corazón, donde hierven sus penas harto recónditas. Llamó a la puerta en voz baja: y en voz amenazadora, «¿quién va?», respondió un portero que los dados abandona. «¿Vive esta casa, y perdone, don Luis Tenorio? —Aquí mora. ¿Qué quiere? —Hablarle un momento. —¿Vos? —Sí. —¿Vos, lo que no logran los nobles al mediodía, queréis lograr a estas horas? ¡Bah! ¡Y ahora que está cenando! ¡Pues no faltaba otra cosa! —Hacedlo, por Dios, amigo, que no ha de pesaros. —¡Oiga! ¡Traerá visita del rey el pordiosero!… malhora para vos; idos, buen hombre, que el tiempo no está de sobra. —Por cuanto amáis en la tierra y por más que os sea incómoda mi exigencia, id a vuestro amo a decir que una persona que ha atravesado buscándole las montañas y las olas, quiere tan sólo traerle un amigo a la memoria. —¡Es también amigo suyo! ¡Voto a San Gil, que me enoja tanta insolencia! ¡Ea!, tome, y agradezca la limosna.»
Y así diciendo, el portero una moneda le arroja, y las espaldas le vuelve dando un portazo de cólera.
Quedó el miserable solo con el carmín de la honra sobre la faz, y en los párpados, de llanto amargo, dos gotas.
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Despechado e indeciso, un momento devorólas como pudo, y de ira trémulo la faz, y la vista torva, dejó la casa diciendo: «¡Maldita sea la hora en que conocí tu nombre, y oí la voz de tu boca!»
Y en el atrio de una iglesia que halló a aquella casa próxima, tendióse desesperado hasta la vecina aurora.
Llorando pasó harto tiempo males y desdichas propias, mas el cansancio rindióle: y poco a poco en las losas dejó tomar a sus miembros posición menos incómoda, hasta que en brazos del sueño perdió sentido y memoria.
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En esto, al atrio subiendo dos personas embozadas, tiraron de las espadas, furiosa lid emprendiendo.
Duró la riña un instante, cayó sin un ¡ay! el uno, y en un callejón moruno entróse el otro adelante.
Y ni despertó el mendigo ni se aproximó un curioso, ni duelo tan misterioso tuvo padrino o testigo.
Allí uno de ellos quedó, y aunque en las sombras incierto, que de un golpe quedó muerto bien el alba lo mostró.
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Ésta asomó entre arreboles de púrpura como siempre, para el dichoso y el triste brillando indistintamente. Lo hacía apenas el sol, cuando a la voz de ¡Cogerle! ¡Matarle!¡Villano!¡Infame!, los ojos abrió el inerme mendigo, que vió al abrirlos confuso tropel de gente que en su redor se apiñaba, aunque la razón no entiende. Cruzaron al fin la turba de la justicia lebreles con su varas en la mano, y el tribunal en los dientes; amenazando prisiones y olfateando a los pobretes, por si faltan los culpados que no falten penitentes. Y asiendo del miserable, a quien dicen: «¡Ese! ¡ese!», con ira le demandaron, mas sin que él los comprendiese: «¿Quién mató a ese hombre?» —Y de un mureto pusiéronle frente a frente. «No le conozco, repuso el hombre, con calma viéndole. —¿Pues, cómo estabais con él? —Si dádole hubiera muerte, no me quedara a su lado.» Y aquí irritada la plebe, «niega, gritó; ¡que le maten! todos lo han visto. ¡Prendedle!» En vano tendió los brazos, que le escuchasen pidiéndoles. En vano a la resistencia quiso apelar muchas veces; teníanle bien asido de los brazos los corchetes: y habían ido llegando del difunto los parientes por él pidiendo justicia, iracundos como sierpes. Apenas muchos soldados bastaron a contenerles, y algunas manos lograron llegar hasta el delincuente. Mas aunque bien su persona de la multitud defienden, asióle uno de la capa andrajosa en que se envuelve, y con ímpetu tirando rasgósela de tal suerte, que vieron todos los ojos que bajo de ella mantiene revuelto calzón morisco, y jubón con puntas verdes. «¡Moro!», exclamaron al punto, y acreciendo doblemente se hizo el tumulto más fiero por moro al reconocerle. Abriéronse las ventanas, las puertas y los canceles, toda Sevilla por ellos asomándose por verle, para gritar los muchachos a los pilares subiéndose, y en los puestos y casetas empinándose la gente. Hubo sartas de insolencias, y diluvios de moquetes, codazos y pisotones y sangrías de alfileres, hasta que al fin por la plaza, con lanzones y broqueles, entraron por varias calles, a son de clarín, jinetes. Y despejando la chusma, lograron a solas verse con el difunto sus deudos y el reo con los corchetes.
En esto don Luis Tenorio, que a su balcón salió a verles, bajo él al pasar el preso, gritó a la justicia: «¡Téngase! —¿Qué quiere el señor Tenorio? preguntó un juez descubriéndose. —¡Justicia! —¿Y en qué servirle aquí la justicia puede? —En dar libertad a ese hombre, que por Dios que está inocente. —Ved lo que habláis. —Está dicho, el asesino no es ese. —¿Pues, quién es? —Yo, y me delato; que suban pues a prenderme: yo maté anoche a ese hombre por ocultos intereses.»
Enmudecieron de asombro los que se hallaban presentes, unos a otros mirándose sin decidirse a creerle. Los parientes del difunto por poderoso temiéndole, y admirándole en silencio por generoso los jueces. En esto bajó a la calle don Luis, y camino abriéndose hasta el reo, desatóle con un abrazo, diciéndole: «Subid, buen moro, a mi casa y dejad que a mí me lleven en vuestro lugar ahora, que yo sabré defenderme.» Tendióle el moro los brazos sin saber qué responderle, llamándole amigo suyo, y estrechándole cien veces. Lloraba al ver tal escena enternecida la gente, y por la plaza reinaba triste silencio solemne, cuando a interrumpirle vino otro impensado accidente. Un caballero embozado que estuvo de cerca oyéndoles, sobre el semblante el sombrero y el embozo hasta las sienes, en medio de la justicia presentóse de repente. Desembozóse con brío, y con voz serena y fuerte dijo: «Yo soy el que buscan, los demás son inocentes». Yo maté anoche a don Tello; testigos hay, que si quieren, dirán que salir nos vieron para reñir juntamente. Nadie dará de esos dos con la ocasión de su muerte, y yo daré tales señas que duda en ella no deje. Señores, idos con Dios, que si obrasteis noblemente, no es justo que a pagar vayáis lo que a mí me pertenece.»
Y así diciendo y la espada de su cinto desciñéndose, a manos de la justicia se dió como delincuente. Quedaron todos atónitos, y la justicia y la plebe sin concebirlo, admiraban en silencio y juntamente en don Luis lo generoso, y en el otro lo valiente. Y viendo tal hidalguía en ambos a dos los jueces, teniendo en don Luis el crimen por falsedad evidente, dieron su casa por cárcel y con su palabra fuéronse. Subieron los tres a ella, y los soldados volviéndose, volvió a llenarse la plaza con los ociosos de siempre.
¿Qué más te importa saber de este cuento? ¡oh buen lector! Los abrazos que Tenorio al de Alejandría dió, del comerciante de Oriente la magnífica oración, el asombro del incógnito que a don Tello Arias mató, de Zulima, hoy Eliodora, el consiguiente rubor al encontrar otra vez al dueño que abandonó, y las dos mil zarandajas con que imberbe historiador emborronara papel y cansara tu atención, no son medios que acomodan a mi actual pésimo humor, para dar a mi leyenda competente conclusión. Basta que sepas que a ruegos de Tenorio, se indultó del difunto Tello Arias al bizarro matador: el cual a don Luis Tenorio con fina amistad pagó la vida que le debía, rendido a tan gran favor. Que el árabe convencido de que la fe en que vivió, la borrasca no calmaba de su triste corazón, a las aguas del bautismo su calva frente dobló, al sacro puerto acogiéndose de la santa religión. Confesó que era Mahoma un impúdico impostor y en lugar de las houríes los ángeles adoró. Don Luis le dió por esposa a su hermana doña Sol, con la mitad de su hacienda y el tesoro de su honor. Vivió feliz cuantos años la existencia le duró, y aquí concluye mi historia, ¡oh carísimo lector! Sólo me resta decirte que presto se acomodó a las costumbres de Europa, y convino en que es mejor que tener cincuenta esclavas que maldicen su opresión, tener una mujer sola con cariño y con honor. Y es más cómoda una cama que el más mullido almohadón, donde se quedan las piernas en el suelo y sin calor. Y es mejor dormir en ella del vino la exaltación, en deliciosos ensueños de pasajero vapor, que comer maíz en tortas y el alcuzcuz y el arroz, y emborracharse con opio, trepando luego a un balcón, para excitar en la mente delirio fascinador, que al cabo ataca los nervios y oscurece la razón, y torna a los hombres locos o necios, que es lo peor. Con eso, lector, si hasta ahora gratos mis cuentos te son, Dios me lo premie en el cielo, demándemelo si no. Conque si te placen, cómpralos, y con la ayuda de Dios, haremos cuantos pudiéremos entre el editor y yo.
FIN
Categoría: Vigilias del estío