Dos hombres generosos

Chapter 1

Chapter 13,825 wordsPublic domain (Wikisource)

INTRODUCCIÓN

Envidiable es a fe don Luis Tenorio, su riqueza envidiable y su fortuna: en Cádiz vive del comercio emporio, y oro sobre oro comerciando aduna. Joven, valiente y de encumbrado origen, no es como otros mancebos altaneros, que solamente su ambición dirigen su orgullo a alimentar de caballeros, y en banquetes y amores consumen su salud y sus dineros; y con mengua y baldón de sus mayores mueren entre rufianes y acreedores. No, ¡vive Dios!, don Luis lleva una espada en el cinto prendida, y aunque de sangre alguna vez teñida con infame traición nunca manchada, siempre con honra la llevó ceñida.

Cortés, galán y afable, pronto a satisfacer, jamás esconde su faz al lidiador más formidable, si una ofensa vengar le corresponde. Pero calculador como valiente, noble viéndose ya por nacimiento, que era mejor imaginó prudente no alcanzado morir, sino opulento. Dióse al comercio, pues, y la fortuna tan próspera le fué, tan halagüeña, que no hay empresa alguna en que no doble el capital que empeña. No tiene un buque que a la mar botado no torne al puerto de botín cargado: ni hay cambiante en Europa ni banquero que no admita su firma por dinero. Ni playa oculta, ni nación remota donde suya no aporte alguna vela, y no le traiga de su tierra ignota prenda de gran valor en joya o tela.

Londres, Génova, el Cairo, Alejandría, Venecia… el mundo entero recorren sus pilotos cada día, y siempre afortunados en sus viajes, ni sufren de corsarios abordajes, ni fiero temporal les descarría.

Mira Tenorio en su fortuna inmensa de su excesivo afán la recompensa; mas cuanto rico y noble generoso, cual comerciante avaro u envidioso no calcula ni piensa. Y no hay en la ciudad triste o mendigo que a sus puertas acuda inútilmente, ni tiene un solo amigo que con su bolsa en la ocasión no cuente. Y si un colega el capital expone y la fortuna ruin se lo devora, la amistad de don Luis se lo repone, sin desear su mano bienhechora del que el favor recibe más usura que gratitud… y próspera ventura.

Tal es, lector, el hombre de quien hablarte quiero, y cuya historia espero que te suspenda el ánimo y te asombre. No hay en ella magníficas escenas de combates, y muertes, y sucesos estrepitosos llenas, ni por objeto mi leyenda tiene la fortuna y el bien de un grande imperio; la reacción que dicen que conviene sufra la sociedad; esto es muy serio, y no me siento yo cno tanta fuerza para que el siglo ante mi voz se tuerza y varíe de faz nuestro hemisferio.

No es para mí tan colosal hazaña: la sociedad quien pueda regenere, yo cantaré después cuando muriere la suerte que su afán diere a la España. Mas es un cuento asaz entretenido con puntas de moral, sana y sencilla, en Castilla aprendido, a manera contado de Castilla. Eso sí, miserable y reducido, obra infeliz, sin pretensión alguna, que sale encomendada a su fortuna, cuento, no más, sin humos de poema, que ese es, lector, mi intento y no va más allá mi pensamiento: divertirte y no más es mi sistema.

---

DON LUIS: ¿Cómo tan pronto la vuelta? Explicaos, capitán.

EL CAPITÁN: Cosas son que os pasmarán.

DON LUIS: Dad, pues, a la lengua suelta.

EL CAPITÁN: Es, pues, el caso, señor, que acerté en Alejandría a entrar con el mejor día, y con el sino mejor.

Fuíme derecho al mercado, mas no bien puse allí el pie ¿con quién diréis que topé? Con el mercader pasado.

Asióme con mil extremos, y a fuerza o de voluntad metióme por la ciudad: Venid, dijo, y hablaremos.

El calor es excesivo, capitán, y mientras pasa descansaréis en mi casa, donde veréis que os recibo con cuanto agasajo puedo. —Yo respondí: Y vos, señor, veréis a tan alto honor cuán agradecido os quedo.

Entramos, pues, en su casa, ¡mas válgame Jesucristo! en mi vida había yo visto opulencia tan sin tasa.

¡Qué tapices y qué alfombras! ¡Qué joyas de tanto precio! Quedéme, en fin, como un necio, la vista haciéndome sombras.

Llevóme a sus almacenes, y ved cuál me quedaría cuando oí que me decía: «Cristiano, de cuanto tienes a tus ojos manifiesto, elige, y no me andes parco: aquí has de cargar tu barco, que así lo tengo dispuesto.

—Señor, imposible. —No; cuanto digas será en vano; no ha de ser nunca un cristiano más generoso que yo.

A tu amo por simpatía en tiempo ya muy remoto, enviéle con un piloto un corto regalo un día.

Hice yo esto nada más de su esplendidez prendado, y sin pensar de contado que se mentara jamás.

Pero en el año siguiente él con tu barco me envió un doble de lo que yo; admitílo cortésmente,

porque en verdad no creyera que intentaba desairarle, mas ganoso de pagarle cuando ocasión me viniera.

Excusándola él quizá, no envió más su barco aquí, mas hoy te sorprendo a ti y has de escoger ¡juro a Alá!

lo que te plazca mejor para volverte al momento, sin llevar más cargamento que un presente a tu señor.

DON LUIS: Y vos, capitán… ¿Qué hicisteis?

EL CAPITÁN: El partido no era malo y cargué con el regalo.

DON LUIS: ¡Voto a San Gil! ¿Lo admististeis?

EL CAPITÁN: Por supuesto: aunque en verdad imposible era excusarlo, porque él mismo hizo cargarlo, y me echó de la ciudad.

DON LUIS: Por Dios, capitán Gonzalo, que quien sois a no mirar os arrojara a la mar con el barco y el regalo.

Cristiano y español siendo, sin mirar a mi decoro, ¿os dejáis ganar de un moro en bizarría?

EL CAPITÁN: Yo entiendo, señor don Luis, que si veis las joyas por vuestros ojos, calmaréis vuestros enojos y más justicia me haréis.

¿Qué diablos perdéis en ello? Vos cumplisteis como noble, y él, volviéndoos un bien doble, no os echa un cordel al cuello.

Y además si el moro…

DON LUIS: No, cuanto me digáis es vano; no ha de ser nunca un pagano más generoso que yo.

¡Esto, por Dios, me faltaba! Y de este modo diciendo, don Luis la vista frunciendo por el cuarto se paseaba.

Y don Gonzalo, que vió su negocio tan mal puesto, salió del cuarto, y muy presto con el presente volvió.

Y sin otras precauciones, para salir de su empeño, a los ojos de su dueño empezó a abrir sus cajones;

lanzó con gran desenfado, sin más mirar, por el suelo, los rollos de terciopelo, y las piezas de brocado.

Coronó de pedrería un inmenso velador, y mostró todo el valor de lo que a don Luis traía.

Desenvolvió diligente los en cajas y redomas empaquetados aromas exquisitos del Oriente.

Y don Luis, que aunque disgusto y enojo además presume, tan delicioso perfume no pudo aspirar adusto.

Tendió los ojos en pos del olfato, y de su afán saliendo el buen capitán, exclamó: «¡Gracias a Dios,

señor, que al fin de mi viaje a ver las cuentas venís! ¿Qué tal, mi señor don Luis, qué os parece mi equipaje?

Aunque rédito mezquino de vuestro enorme caudal, ¡no es tan pobre capital para un capitán marino!»

Mostró en sus labios don Luis una sonrisa agradable, y al capitán dijo afable: «bien prevenido venís.

Pero si yo, don Gonzalo, a vuestro tesoro atento, decid, ¿quedaréis contento con la mitad del regalo?»

EL CAPITÁN: Vuestro es cuanto yo poseo y mi deseo es serviros.

DON LUIS: Huélgome, pues de admitiros, la mitad de ese deseo; podéis, capitán, tomar lo que os guste, y no andéis parco: mas preparad vuestro barco para hacernos a la mar.

EL CAPITÁN: ¿A la mar?

DON LUIS: Sí, don Gonzalo, voy a aprontar un tesoro para pagar a ese moro por mí mismo su regalo.

EL CAPITÁN: ¿Señor, estáis loco?

DON LUIS: No, cuanto digáis será en vano; no ha de ser nunca un pagano más generoso que yo.

---

Casi un año despues, al occidente del faro colosal de Alejandría, un buque de la España procedente anclas echaba y velas recogía. Vistosas banderolas, adornaban sus altos masteleros, y las movibles olas reflejaban las armas españolas que izaban los gallardos marineros, y dos hombres de pie, sobre la popa, del moribundo sol a los reflejos, contemplaban callados a lo lejos aquel puerto famoso, del cual como de sueño vagaroso se habla tal vez en la lejana Europa. Y uno de ellos, acaso rico de hacienda e instrucción no escaso, traía a su memoria de aquella poderosa Alejandría la magnífica historia que escrita en libros aprendió algun día; y vagaban sus ojos, y buscaban en vano sus deseos los confusos despojos del soberbio palacio que elevaron allí los Tolomeos: buscaban el espacio que ocupó el Hipodromo, y el Timonio y las célebres Agujas de la bella amorosa Cleopatra, y cien otros antiguos monumentos transformados o rotos a las manos del tiempo y de los árabes sangrientos. Y en memorias tan mágicas su mente, y en tan bellos recuerdos abismada, no veía una barquilla que lanzada surca hacia ellos la mar rápidamente. Una lancha ligera para una fiesta apercibida era: y al estilo de Oriente engalanado venía en ella un grave personaje por remeros esclavos remolcado, de súbditos humildes circundado, que servil le rendían homenaje. Y ya a distancia corta llegar del buque anclado la gran tripulación miraba absorta, cuando al hombre en memorias abismado que en la popa seguía distraído, llegóse el capitán alborozado, conrapidez diciéndole al oído: «Don Luis, el mercader. —¿Qué es, don Gonzalo? —Que ese bote que viene hacia nosotros os trae al mercader que hizo el regalo. —Ved qué habláis, capitán. —Don Luis, lo dicho: ese es el mercader. —Mas la noticia de mi venida… —Su atención es mucha, y mucha su malicia. Seguro estoy, don Luis, que no ha pasado un día en que en la playa no haya diestro vigías apostado para vernos venir. —¿Creéislo? —¡Vaya! Pero vedle que llega: lo mismo que es su porte majestuoso su corazón es noble y generoso.» Y aquí la voz el capitán alzando, mandó tender la escala, y tal empeño y tal estimación viendo su dueño, con sonrisa amorosa y rostro blando los brazos tendió al árabe, que en ellos los suyos enlazando, con emoción oculta sollozando los rizos le besó de sus cabellos. Y con muestras de amor nada postizo, títulos cariñosos prodigóle en español purísimo y castizo, y de aquesta manera al fin hablóle: «Generoso español, ya me temía que tu gallarda y singular nobleza a este punto por fin te arrastraría. Sí, siempre con certeza te esperaba y a recibirte apercibido estaba, y aposento en mi casa te tenía. Ven, y ya que servirte allí me ofrece mi dichosa estrella, noble hospitalidad verás en ella. Ven a mi casa, amigo, y que tu gente toda venga, si quieres, a la par contigo.» Así el árabe dijo: y respondiendo cortésmente don Luis a sus razones, pasó a su lancha, a su amistad cediendo, que el capitán llevase disponiendo su equipaje tras él, y los arcones en que sabía el capitán Gonzalo que llevaba las tornas del regalo.

---

Lector, si acaso has leído en mis viejas poesías las que he puesto yo en olvido orientales fantasías,

y si aún te acuerdas de aquellas historias peninsulares, que son en verdad tan bellas como pobres mis cantares;

de aquel palacio en Granada con jardines y con flores, do hay una fuente dorada con más de cien surtidores;

si aún te acuerdas de aquel moro cuyo parque y señorío coge, de encantos tesoro, toda la orilla de un río;

donde la altiva palmera y el encendido granado junto a la frondosa higuera cubren el valle y collado:

donde el robusto nogal, donde el nópalo amarillo, donde el sombrío moral crecen al pie de un castillo:

y hay olmos en su alameda que hasta el cielo se levantan, y en redes de plata y seda pájaros presos que cantan.

Aquel moro que promete con altivez mahometana en su oculto gabinete dar a una esquiva cristiana,

riquísimos terciopelos y perfumes orientales, de Grecia cautiva velos y de Cachemira chales;

blancas y sutiles plumas para que adorne su frente, más blancas que las espumas que alzan los mares de oriente;

y perlas para el cabello, y baños para el calor, y collares para el cuello, para los labios amor;

si aún lector, no has olvidado las canciones que algún día en honra y prez he entonado del bello tiempo pasado, glorioso a la patria mía;

del tiempo de aquel Boabdil que lloró sobre el Genil sin amparo que le acorra, como una cobarde zorra entrampada en un redil;

de las torres orientales que levantando insolentes sus agujas desiguales, mecen las auras corrientes en trémulas espirales;

y las cifras misteriosas que, cual labor sin objeto de esas cuadras ostentosas, de crónicas amorosas guardan el dulce secreto;

y los anchos sicomoros, y los arroyos sonoros que llevan marcas y nombres, que no entendemos los hombres y que comprenden los moros:

y las hondas galerías que se esparraman sombrías del palacio en el recinto, en faz de intrincadas vías de confuso laberinto;

y los mágicos retretes, y los frescos gabinetes do la sultana adormida pasó gozando la vida al vapor de los pebetes;

si de estos cantares míos y de esta morisca historia guardas idea o memoria, ¡oh buen lector! hasta hoy, sólo una imagen mezquina todo esto te representa de la mansión opulenta donde a conducirte voy.

Palabras no hay en mi lengua ni fuerza en mi fantasía, de la hermosa Alejandría y del rico mercader, para contar sin agravio de la ciudad, o del moro, de éste el inmenso tesoro, de aquélla el fausto y poder.

Esos fantásticos sueños de imponderable riqueza de voluptuosa pereza y de embriaguez oriental, veíanse realizados del árabe generoso en el palacio ostentoso, desde el magnífico umbral.

Y deslumbrados y atónitos los ojos del sevillano, su mente aspirando en vano tal riqueza a comprender: seguía absorto y hundido en mágico arrobamiento, por uno y otro aposento, los pasos del mercader.

Los más preciosos tapices doquier vestían los muros, y los perfumes más puros, humeaban por doquier. Gozaba ansiosa la vista los más brillantes colores, el aura exhalaba olores y henchía el alma el placer.

Condujo a don Luis el árabe a un voluptuoso baño que de agua llenaba un caño destilada de azahar, donde esclavas le sirvieron refrescos en ricas copas, y sutilísimas ropas con que su cuerpo enjugar.

Con suave canto arrulláronle de su ablución el sosiego, y acompañáronle luego a un oloroso jardín; donde mostrando su huésped cuánto agradarle desea, previno, a usanza europea, un opíparo festín.

Sirvieron profusamente los más gustosos manjares, con danzas y con cantares acrecentando el placer: y encomiándole lo mucho que el de don Luis le interesa, los honores de la mesa le iba haciendo el mercader.

Mandó don Luis que trajesen el presente que traía, con que a devolver venía al moro su antiguo don: y éste, de amistad sincera llenos en llanto los ojos, fué a recibirle de hinojos con grave satisfacción.

Con amorosas palabras elegantes y sentidas, gracias le dió repetidas, y su presente encomió. Y así, encendiendo sus pipas donde aromas aspiraban, mientra un punto reposaban, tal plática se entabló:

DON LUIS: Pues solos, buen moro, estamos, fuerza es que amigos hablemos.

EL ÁRABE: Sólo serviros debemos; hablad, pues, que os escuchamos. Luz ¡oh cristiano! y honor verterá en mí vuestra boca: de vos aprender me toca, y héme ya atento, señor.

DON LUIS: Que me excuséis os suplico ceremonias orientales: amigos somos, e iguales.

EL ÁRABE: Si os place así, no replico.

DON LUIS: Ahora bien, por mi presencia nada ha de ostentarse aquí: vivamos como sin mí, suprimid tanta opulencia.

Quiéroos con sinceridad; si me queréis con nobleza, pienso que tanta largueza desfigura la verdad.

Derramar vuestro tesoro por obsequiarme no es justo: iréme, y con gran disgusto si dais en prodigar oro.

Sé que os servisteis mandar regalar mucho a mi gente, y el vulgo, asaz maldiciente, podrá de ello murmurar.

EL ÁRABE: Murmure cuanto quisiere, mas pláceme antes de todo (porque amaros de este modo no en mí extraño os pareciere), explicaros la razón de esta amistad que os profeso.

DON LUIS: Ansioso estaba yo de eso.

EL ÁRABE: Pues estad con atención. Aunque de Siria nacido bajo el abrasado sol, mucho ¡ay de mí! de español con la sangre he recibido.

Mi padre nació en la orilla del cristalino Genil, y lidió por Boabdil con las huestes de Castilla.

Al fin sucumbió con él, y con su hacienda cargando pasó al África, llorando su enemiga suerte cruel.

Mas siempre con ella en guerra, siempre con él inconstante, desventurado y errante anduvo por mar y tierra.

Paró por último aquí, dióse en el último tercio de su existencia al comercio, y en este tiempo nací

Los españoles cantares con que lloró su fortuna, me arrullaron en la cuna al compás de sus pesares.

De Granada y de su historia las sentidas tradiciones son las primeras lecciones y aprendí yo de memoria.

....... .......

Y así pasaban sus días en regalos y banquetes, prolongando sus orgías hasta el matutino albor. Mezclando el lujo de Oriente con la ilustración de Europa, su vida va viento en popa por el golfo del amor.

Las esclavas más hermosas escogidas en Circasia, con todo el fuego que el asia enciende en su corazón, allí a don Luis encadenan con sus gracias seductoras, y allí se le van las horas, y con ellas la razón.

En el deleite adormido y en la molicie, no piensa en una riqueza inmensa que se disipa por él; y olvídase que su huésped, por más que sea opulento, derrama el oro sin cuento por festejar a un doncel.

Esclavo de su indolencia, de que resbala se olvida tan torpemente su vida de una en otra bacanal: y que depuesto el decoro de un caballero cristiano, vive como un africano, materialista inmoral.

Y mientra él goza alegre de su presente ventura, tal vez su gente murmura supersticiosa además: y hasta el capitán Gonzalo, de su placer compañero, con su silencio severo se lo echa en cara quizás.

Don Luis advirtió sin duda la boca de aquel abismo, y en cuentas consigo mismo a solas al cabo entró, y una mañana, bajando del árabe al aposento, con irrevocable acento su partida le anunció.

—«¿Tan pronto os vais? —Es preciso. Rápido el tiempo se me huye y cada instante me arguye las pesadumbres que os doy. Mañana me hago a la vela; mirad qué habéis de mandarme. —¿Tan pronto queréis dejarme? — Resuelto a partir estoy.»

Súplicas, ayes, caricias y especiosas reflexiones, fueron vanas tentaciones para el alma de don Luis. Y el mercader, comprendiendo que su afán sería inútil, díjole al fin desistiendo: «Sea, pues, como decís.

Mas vano es que de mi casa salir su merced pretenda sin llevar alguna prenda que le recuerde mi amor. Venid, español, conmigo, venid a mis almacenes, y escogeréis de mis bienes lo que os parezca mejor.»

DON LUIS: Para jamás olvidaros me bastan vuestros favores, que son las prendas mejores de vuestro amor para mí.

EL MERCADER: Esas excusas efímeras no tienen para mí peso.

DON LUIS: Buen moro, desistid de eso, que no ha de ser.

EL MERCADER: Será, sí. Sin una prenda elegida, yo partir no he de dejaros: la mano no he de soltaros primero que la escojáis. Venid.

DON LUIS: Os sigo a la fuerza pues que me lleváis asido, mas a ello estoy decidido e inútilmente porfiáis.

EL MERCADER: Ya tenéis ante los ojos cuanta riqueza poseo; ahora decidle al deseo que pida, y sin poquedad, porque sin un don precioso que no avergüence mi mano, seguro estad, castellano, que no os vais de la ciudad.

DON LUIS: Yo en permanecer en ella por vos forzado consiento, mas espiaré el momento de partirme y la ocasión. Y de vuestro amor entonces no una amistad cariñosa, sino gratitud forzosa guardará mi corazón.

Sí, la amistad verdadera la voluntad sólo quiere, y la voluntad prefiere al más preciado valor. Vuestros dispendios me enojan, y si hemos de ser amigos, los cielos me son testigos que esa es mi prenda mejor.

Ni un hilo de este tesoro que aquí me mostráis admito: lo ya hecho es infinito y el oro me sobra a mí. Vuestros pasados regalos son ya excesivos, y en ellos he visto dones tan bellos como los que veo aquí.

Y en fin, de obrar libremente os dejo absoluto dueño, mas tan tenaz es mi empeño que dél no me apartaréis.

EL MERCADER: Está bien, pues tal cuidado os tomáis por mi tesoro, cosa os daré que con oro adquirir nunca podéis.

Y así el mercader diciendo, con paso acercóse grave a una puerta cuya llave volviendo con rapidez, mostró a la vista asombrada del generoso cristiano, un portento soberano de lujo y esplendidez.

No sus sentidos gozaron en otra ninguna estancia, tan deliciosa fragancia, encanto tan seductor. La luz del sol entoldaban pabellones de colores, y preciosísimas flores mirábanse en derredor.

Allí, en torno de los muros, veíanse blandos lechos, de frescos tejidos hechos convidando a reposar. Allí se oía el murmullo de una fuente azafranada, que en una taza dorada se vertía sin cesar.

Allí a su riego crecían, en ricos jarrones chinos, los claveles purpurinos que el Cairo tan sólo da, y el tulipán soberano que Estambul adora y cría, y la flor que a Alejandría siempre el Asia envidiará.

Aquella rosa esponjada cuyo exquisito perfume el aire jamás consume ni le llega a evaporar, por lo cual diera una hermosa de la nublada Inglaterra cuanto mar cerca su tierra, cuanto oro coge en su mar;

allí brotaba en cada ángulo de la magnífica estancia, llenando con su fragancia toda el aura en derredor, y los huertos más mezquinos porfusamente la abortan, y las esclavas la cortan para darla a su señor.

Allí del galán Tenorio la deslumbrada pupila desmenuzando vacila tanta opulencia oriental, y el agua, la luz, las flores, los naturales primores compiten con los mayores de el oro, el jaspe y coral.

Aquellos lechos de plumas, aquellos baños de plata, la tornasolada y grata claridad que reina allí: los muebles que allí se ostentan y de los que ignora el uso, a don Luis tienen confuso sin saber lo que es de sí.

¿Qué son estos aposentos do lujo tal se atesora? ¿Qué santo espíritu mora en este abreviado edén? Así don Luis se decía, contemplándolo prolijo, cuando el árabe le dijo: «Esto, don Luis, es mi harén.»

---

Es el harén; allí el árabe del vulgo envidioso oculta su más preciado tesoro, el colmo de su ventura. Bella mansión de deleites que sólo el amor ocupa, es el harén donde se hallan, santuario de la hermosura. Santuario donde profanos penetrar no osaron nunca los ojos de ningún hombre con la cabeza segura.