Donde las dan las toman

Part 4

Chapter 42,281 wordsPublic domain (Wikisource)

En lugar de hablar de las fruslerías que se han citado las varias veces que se ha hablado de la Exposición, ¿por qué el Correo no ha aprovechado la ocasión de hablar de los productos que se han reunido en ella? Lo que se quiere en la parte mercantil es comercio: cuáles son las causas que influyen en su decadencia y prosperidad, cuál es el estado de nuestra industria en todos los ramos, cuáles son los obstáculos para su prosperidad y los medios para removerlos, en qué estriba este comercio actual, exánime y moribundo; cómo podía dársele nueva vida, etc.; esto es por lo que hace al comercio en general.

Tocante al particular, el estado de cada artículo, el de cada manufactura, cuáles son las más célebres entre nosotros, por qué causas han prosperado, a qué se debe la industria acabada en algunos artículos del extranjero, para poder seguir sus huellas y elevarnos a la misma altura; etc.

¿Por qué no se ha hablado del estado de deterioro en que se ven nuestras lanas, en cuyo ramo estamos casi lo mismo que hace muchos años, al paso que los extranjeros adelantan y afinan cada vez más las suyas, mejorando sus castas y poniéndose en el caso de no necesitar las nuestras, de donde resulta menor exportación y precisamente su degeneración; de la mejora que han obtenido nuestros paños y cómo lograrían competir y aventajar a los que no son indígenos; de la cochinilla aclimatada y prosperante en algunos puntos de la Península; de las cañas de azúcar, de lino, de cáñamo, de algodones, de los medios de fomentar el insecto fabricador de la seda; de los tintes, de su permanencia y de los mejores materiales químicos que en ellos deben emplearse; de si conviene a una nación el uso inmoderado de máquinas que ahorren brazos, y si un Gobierno paternal puede, como el de Inglaterra, sacrificar el bien general a la riqueza de un corto número de individuos; si ésta es la causa de la pobreza individual de la nación inglesa; de si el comercio depende de la circulación de la moneda, y si debe activarse este paso rápido de una mano a otra del representante de los cambios; del crédito en el comercio; del ramo de minas, que el Gobierno comienza a fomentar de nuevo; de los medios de su explotación, de los frutos que pueden dar y en qué tiempo, etc.; de la utilidad de acarrear a Madrid las aguas del Jarama, y un cálculo más prudente que el del señor J. P., que nos dijo podría costar trescientos millones; etc., etc., etc.? El haber empezado algunas de estas cuestiones sería ser mercantil.

Dice el Correo lo importante que es hablar de los precios de los granos, y cita lo mucho que se ha escrito de estos precios. ¿Acaso se ha escrito ni una sola palabra de los precios diarios de los granos? Por comercio de granos sabe El Duende, que también ha estudiado en el particular, que se entiende la importación y exportación; si conviene a una nación agrícola o puramente fabril (como Ginebra) surtirse de granos extranjeros; si la ley de la baratura debe ser el barómetro de las disposiciones del Gobierno; cuál debe ser en los países rurales el precio del grano para que se permita o la exportación del excedente o la importación del que se necesite.

Si alguna vez en este concepto se ha hablado del precio de los granos económicamente, ha sido para buscar una medida, la menos variable posible, del valor de las cosas, siendo el grano el producto que en épocas lejanas entre sí está sujeto a menos oscilaciones, caminando la población a la par de sus medios de subsistencia o de sus géneros alimenticios; lo demás es ignorar absolutamente los rudimentos de la ciencia económica y desconocer los grados de influencia que tiene la economía sobre el comercio.

Los temporales y cuanto destruye o anima las producciones del suelo interesarán al labrador; pero al comerciante... ni lo que el Correo al público, a no considerarle como consumidor: si hay granos de sobra, los exporta, y gana; si hay miseria, los importa, y gana; porque el comercio tiene su beneficio introduciendo y sacando, siendo su esencia comprar y vender, a no ser que los redactores la quieran echar de astrónomos con el tiempo; aunque allá cuando hablaron del cometa, pudiendo haber desengañado al público del error de los alemanes con una noticia de estos astros, no dieron muestras sino de ser buenos copistas.

Si el temporal es comercio, señor Correo, todo astrónomo es comerciante y nada hay más mercantil que el Calendario.

Si decimos que interesa el temporal al comercio porque del temporal depende todo producto agrícola, y todo producto agrícola da que hacer al comercio, entonces diremos que el hombre es el principal asunto de comercio, porque del hombre dependen en gran parte los productos agrícolas, y porque sin el hombre no habría comercio; y en este caso, cuando hablen ustedes de una peste que mata al hombre y disminuye los brazos que hacen falta a los productos agrícolas, que dan entonces menos que hacer al comercio, digan ustedes que hablan de comercio.

Discurriendo así, como que todas las ciencias y artes tienen puntos de contacto e influyen unas en otras, nunca podremos fijar los límites precisos y verdaderos de cada una.

Si porque el temporal, a la larga, influye en el comercio, lo hemos de poner, a pesar de ser astronomía, en el artículo comercio, pongamos al arte del curtidor en el artículo zapatería; porque si los curtidores no curtieran, los zapatos no calzaran.

Y por esta lógica de que toda cosa que influye en otra es del ramo de aquélla que recibe su influjo, diremos aquí, lógico señor Carnerero, usted, que lo entiende y que ha estudiado tanta lógica como economía y comercio, y, y, etc., que es literaria y pertenece a la literatura la tinta, porque con ella se escribe; sin lo cual, apurada había de andar la literatura, y cuidado no vengamos a parar en decir que el trigo es literatura, porque el trigo da harina; de la harina se hace engrudo; con el engrudo se encuadernan los libros, y los libros contribuyen a la literatura como los temporales al comercio, y llamaremos literato al fabricante de papel, al encuadernador, al impresor, porque contribuyen tanto a la literatura como el tiempo al comercio.

DON RAMÓN.- Vea usted: y por esa regla ya podemos probar que es literario y mercantil el Correo, porque en cuanto se imprime va a envolver especias (por aquí ya es mercantil), en cuanto acaba de envolver especias va a los basureros, de éstos a los traperos; de éstos, a la fábrica, donde hace el mismo papel que en su principio, es decir, de estraza; de la fábrica, al encuadernador, que hace cartón y pasta y envuelve con ello los libros; y ya se ve que de este modo contribuye a la literatura, aunque un poco a la larga y haciendo eses.

Queda, pues, probado que le falta mucho para ser literario y mercantil, y que se le puede aplicar el cur urceus exit. Señor Carnerero, ¿por qué salió un pucherillo?

EL DUENDE.- Pero, ¿qué, usted no cuenta por nada las funciones de toros? ¿Pues qué, eso no se está cayendo a pedazos? ¿Pues usted sabe lo que influye en la literatura y comercio el que el toro sea blando, el que reciba uno o mil puyazos, el que le maten a vola-pie recibiéndole, o dejándose recibir?

Pues y las óperas, ¿dónde nos las dejamos? ¿Usted sabe el trastorno que ocasionaría en la balanza de comercio, y cómo andaríamos todos aturdidos para buscar por esos mundos de Dios nuestras manufacturas y ciencias, si por una inesperada casualidad, a que todo está sujeto en la vida, le viniese en voluntad al señor Galli, por el quidlibet audendi, de dar un punto más alto que otro en el aria de la Semíramis la noche que menos estuviésemos preparados para este golpe horroroso? ¡Huf! Da miedo pensarlo. Eso se siente, pero no se puede explicar.

Y, ¿qué le parece a usted que el Consulado no se vería precisado a tomar las más antifilarmónicas medidas si las fioriture, la bravura, la esbeltez, le truppe, los crescendos y los pasticios, y todo lo que usted quiera ir diciendo por este estilo, no ocupase por lo regular las tres cuartas partes del Correo? ¿Vmd. sabe el batacazo que vendrían a dar las ciencias y las artes?

Pues, y ¿qué diré de las misceláneas críticas, aquellas ollas podridas, y aquel jumillo que está soltando siempre Madrid, que se pierde de vista, y del atronar los oídos el canto de las cigüeñas, que es cosa de no entenderse, y parece el tal Madrid una liorna, que no hay quien pare en él cuando el Correo nos envía estos animalitos desde cierto punto del Retiro, que viene a ser el observatorio del periódico, desde donde se ven gratis una porción de cosas que no hay?

Y así como se pone un plato de miel para libertar a una habitación de las moscas, que todas se van a él, se puede poner el Correo en Madrid, para que las tales cigüeñas se distraigan un poco; mucho es que no se han echado ya sobre la redacción a la hermosa presa que les presenta el Correo con sus sapos y culebras. Y vaya esto por lo de la cloaca, que es más limpio.

Pues venga usted conmigo, y vamos entrando por aquellos tres numeritos deslumbrantes que no saben hablar más que de iluminaciones, y de candilejas, y de colgadura, ¿y todavía sostendrán que el Correo no es literario y mercantil desde la cruz a la fecha? ¿No está esto pidiendo venganza al cielo?

¿Y no es literario emplear diez o doce números en decir dulzuras al Duende, que no parece sino que le quieren pedir algo, según le bailan el agua, y le camelan, y le ponen de humo de incienso que le ahogan?... ¿Y esto no es ser mercantil?

DON RAMÓN.- Sí, señor, y mercantil es el truncar los textos, desfigurar las frases, personalizarse, y a cada paso echar en cara al Duende su poca edad, como si no dijera Iriarte, fab. XLVI:

Quien se meta en contienda, Verbigracia de asunto literario, A los años no atienda, Sino a la habilidad de su adversario.

Del mismo:

Cuando en las obras... No encuentra defectos, Contra la persona cargos Suele hacer el necio.

DON RAMÓN.- Acerca de la poca edad ya le contaría yo una fábula al señor Carnerero que le había de encajar mejor que su sombrero, y le sentaría más bien que el ser periodista:

El ruiseñor y el burro

Un burro, por los años trabajado, Con grave desentono rebuznaba, Y al vulgo de animales, admirado, Con antiguos rebuznos sojuzgaba. Un tierno ruiseñor que desde el nido Al aire se ensayaba a dar las alas, Oía a nuestro viejo presumido, Y comenzó a reír de sus escalas. Oyó el burro la risa burloncilla, Y al ruiseñor volviéndose orgulloso, ¡Qué! ¿Se ríe la irónica avecilla Con aire sabidillo y jactancioso? Del cascarón hace horas que el tontuelo Al mundo se nos vino, y con desprecio: ¿Pensará saber más que un burro abuelo? ¿Qué puede ser un joven sino un necio? Cierto es que joven soy; mas ¿qué vale eso, Responde el ruiseñor con ligereza, Si el juicio, los talentos y el buen seso Más los da que la edad Naturaleza? Nací ayer, es verdad, señor jumento; Mas ya hoy, con acentos armoniosos, Cuando ensayo mi músico talento, Los ecos me responden amorosos. Y usted, que rebuznaba el primer año, ¿Qué más que rebuznar se le oye ahora? Y al fin entonces no era tan extraño, Que el niño, a veces, con razón ignora. Y pues en mí se excusa la jactancia, Debe el viejo, si es sabio, respetarse; Y cuanto más añeja la ignorancia Más debe por los sabios despreciarse.

Y literario es aquel descaro con que se alaban uno a otro, en lo cual hacen bien, pues si no se exponían a no ser alabados nunca.

¿Sabéis por qué motivo el uno al otro Tanto se alaban? Porque son paisanos. En efecto, ambos eran berberiscos; Y no fue juicio, no, tan temerario El de la zorra, que no pueda hacerse Tal vez igual de algunos literatos.

(Iriarte.)

Y otras, muchas cosas.

EL DUENDE.- Ya basta, don Ramón.

DON RAMÓN.- Sí, señor; pero es preciso que usted responda a todo cuanto le dicen, ya que tiene razones para sostener su causa; ya le perdonan a usted como si...

EL DUENDE.- A eso del perdón, contaría yo el cuento del portugués que en un combate naval en que había perdido su partido contra los españoles, habiendo caído en el agua vencido, estaba a punto de ahogarse, cuando llegó a pasar cerca de él un bote lleno de españoles, y alzando la voz:

-Castellanos -gritó como pudo-, si me salváis de la muerte os perdono la vida.

De contestar me guardaré yo, tanto más cuanto que para responderme a mí han dado siempre en la herradura, y nunca en el clavo, de modo que el Duende está en pie, y a este propósito dejémosle ya, y conténtese usted con oír una fabulilla, que en caso de decir algo sería mi única respuesta:

Una mosca muy pesada A cierta cabalgadura Entre sus piernas segura, Llevaba mortificada. Toda es coces la cuitada; Pero ella, cuando se enfosca, Más pica si más se amosca. ¡Oh, cuántas bestias atroces al aire sacuden coces sin sacudirse la mosca!

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