Donde las dan las toman

Part 3

Chapter 34,110 wordsPublic domain (Wikisource)

DON RAMÓN.- No deja de haber un punto de contacto para compararlos: el mismo que hay entre el Correo y un buen periódico. ¿Cómo se puede comparar al poeta más despreciable con el maquinista de más ingenio, y viceversa? Esto sería preguntar: ¿Quién es más, Rossini o Newton, Molière o Napoleón, Lope de Vega o Luis XIV, etc.? ¿O el Correo o un zapatero? (Esta comparación de lo literario con lo zapateril es enteramente tomada del Correo, número 38. No podrán decir que no los tomamos por modelos).

Tampoco estas razones valen; los redactores han callado, y en vez de sostener esta disputa primitiva se han echado sobre el modo de defender la cuestión, se han agarrado a las voces, como los gatos a las paredes, y a la distinción que con este motivo hace el Duende de las palabras genio, ya admitida en español en el sentido en cuestión, e ingenio.

Entremos, pues, ahora en esta cuestión.

En primer lugar, el Duende ha creído hacer esta distinción, porque creía ya adoptada la voz genio (como que la disputa recae sobre si se debe usar esta voz en el sentido de don de inventar, siempre se entenderá bajo esta acepción) y creía que estando adoptada, debía ocupar un rango un poco más elevado que la de ingenio, lo que deducía del modo de usarla que han tenido (como los llama el mismo Capmany) los literatos que la han sancionado.

Creía que su adversario el Correo también la había adoptado, pues en él la había leído; pero esto fue un error, porque el Correo, sin duda, tanto en el caso que acabamos de citar como en los siguientes, querría decir el genio de las caballerías.

Número 9. «Este genio sublime, que señaló el rumbo que debían seguir las ciencias y las artes, y que profetizó los progresos futuros de la inteligencia humana, fue el inmortal Bacon».

Número 36. Arte militar. -«Napoleón en la obrita que se anuncia, aparece como militar, y digámoslo así, como genio guerrero, etc. La obra que se anuncia... muestra el carácter, el genio y aun la causa de los errores de un hombre, etc.». No querrá decir aquí el humor, pues acaba de decir carácter.

Número 38. Música. -«Nueva ópera de Rossini... Todas sus piezas son modelos de genio y de gracia...». ¿Si tendrá Rossini genio de caballería, señor Correo? ¿Para qué más ejemplos, aunque más hay? ¿Y ahora salimos con que el Correo también llama genio a la facultad de inventar, y aplica este nombre a los señores Bacon, Napoleón, Rossini, como el Duende al señor Newton? Así son todas las cosas del Correo. Señor Correo, ¿ubinam gentium sumus? ¿Nos burlamos del público, o qué es esto? ¿Quiere usted suponer que cierra los ojos a estas contradicciones, y sufre este descaro? ¿Y consiente que un periódico insulte a su sentido común con esta insolencia? ¿Ha pensado el Correo que sólo él tiene el privilegio de usar de la voz genio en el sentido en cuestión, sin merecer lo que dice el señor Capmany? ¿Y en el mismo pliego de papel, donde lo usa a cada paso, se atreve a llamar bárbaro, animal, bestia al Duende?... Esto no será burlarse del público, ni del lector; será despreciarle, llamarle tonto.

Y ahora, señores redactores, ¿son éstas razones? ¿Son pruebas o son muchachadas? Aquí, amigos, no hay más respuesta que un sofisma, desfigurar el texto, un golpe de mala fe, un insulto; a bien que tienen los redactores estas armas aún más a mano que las mujeres sus lágrimas.

Supuesto, pues, que el señor Correo es de mi opinión en usar la voz genio como don de invención, ya la disputa no va con él, sino que es preciso solventarla en general con don X. B., esa incógnita que el Duende tiene despejada; y con respecto a lo que dice el señor Capmany, voto más respetable que el de don X. B. o de la incógnita.

Si la voz genio es española en este sentido de don de invención; es decir, si los que vivimos a la presente la podemos usar sin exponernos a una justa censura.

Las palabras sirven, representando las ideas, para entenderse los que las usan; estas palabras, reunidas en cada país, en que los hombres usan unas mismas, forman lo que se llama la lengua de aquel país; de aquí se deduce que los hombres no reconocen en sus lenguas respectivas más legislador que su convención tácita de entenderse, y que cuando usan de una voz y se entienden por medio de ella, esta voz queda reconocida una de las de su lengua. De donde se infiere que el uso es el único legislador de las lenguas. Pero como en todos los países los hombres forman varias clases, y que la multitud generalmente sólo está ocupada en sus labores para su manutención, porque todo el tiempo es corto para los trabajos que se la proporcionan, no tiene espacio para ocuparse en recoger aquellas voces mejor sonantes, más agradables, y en fijar su elección; además, esta multitud, de resultas de no tener tiempo, no forma su gusto, no es uniforme en su habla, porque sus situaciones, constantemente bajas o desagradables, la ponen muchas veces en el caso de estropear los términos mismos que los demás emplean; por consiguiente, esta multitud cede al resto la ocupación de trabajar y elegir el mejor modo de explicarse; de donde resulta que el uso legislador de la lengua es aquél que hacen las clases de la sociedad distinguidas, o las personas que se llaman sensatas, las que se rigen entre sí por el dictamen supremo de aquéllos en menos número todavía, a quienes espontáneamente delegan sus facultades, y que llamamos sabios, en relación a nosotros, que sabemos menos que ellos.

Ya sabemos, pues, que el uso es el legislador de las lenguas, y que este uso es de los sabios.

Esto confirma Horacio cuando dice:

Multa renascentur quae jam cecidere, cadentque Quae nunc sunt in honore vocabula, si volet usus Quem penes arbitrium est, et jus et norma loquendi.

Vamos a ver ahora de dónde toma el uso las palabras que adopta. Al corto parecer del Duende, las palabras que componen la lengua castellana (como sucede en todas las modernas) son de tres clases. Palabras que traen su origen de las lenguas muertas: el griego, el latín; las que se llaman fuentes, y que conservan en sí señales de su etimología, como arquitecto, monarca, canción, verso, etc. Palabras absolutamente inventadas por el pueblo que las usa, o por lo menos en las cuales se ha perdido enteramente el rastro que podía conducir a su origen, porque el uso las ha desfigurado, como trasto, palo, riqueza, etc. Y palabras que se toman por el roce y trato continuo de un vecino, de un conquistador, y que el uso llega a reconocer, como petimetre, que hemos tomado a nuestros vecinos; alcabala, mezquino, tambor, alajú, etc., que nos han dejado nuestros conquistadores un tiempo, los árabes.

De modo que cuando la reunión de los sabios o el uso juzga útil o necesario tomar de su legítima fuente, inventar o admitir un término nuevo que sirva, o a representar una idea que no tenía antes imagen, o a distinguir una imagen o palabra que antes confundía en sí sola dos ideas distintas, esta palabra es adoptada y llega a ser moneda corriente.

Esto sucede, pues, con la voz genio (facultad de inventar). ¿Es nueva para los españoles? Aunque esto no es del todo cierto, si el uso manda, como lo probaremos, ¿qué importa? Pensar que se puede fijar la lengua, hacerla invariable, es pensar una cosa que la práctica, por desgracia, nos ha probado imposible, y transcurriendo cierto número de siglos, si se levantan en todos los países nuestros padres, se verán precisados a renunciar al placer de entenderse con sus descendientes. Y esto, ¿por qué? Porque las palabras son como las monedas: se desgastan y es preciso renovarlas con otras; es verdad que son iguales, hacen su mismo oficio, pero son otras; esto apoya Horacio cuando dice:

Ita verborum vetus interit aetas Et juvenum ritu florent modo nata vigentque.

Que las voces tienen su juventud y su vejez.

Y que siempre fue lícito y lo será usar de voces selladas con el cuño del día, como si dijéramos de la moda:

Licuit semperque licebit Signatum praesente nota producere nomen.

En un tiempo decíamos sólo ingenio. En un tiempo también decíamos maguer, abastanza, etc. ¿Por qué ya no lo decimos? Porque el uso lo excluye.

Antiguamente, coqueta no significaba más que palmeta, pieza no era más que una porción de una cosa, retazo, etc., y hoy aquella voz significa una mujer variable; ésta, una composición dramática; a fe que tampoco están autorizadas por el Diccionario de la Academia, pero ¿quién duda que llegarán a estarlo, así como petimetre, que en otro tiempo no lo estuvo? Y en el ínterin, el rigorista periódico, ¿por qué las emplea? ¿Las ha hallado en Mariana, Solís, Cervantes, como dice? Dirá que el uso... Pues el uso es quien protege la voz genio, con la diferencia que, como voy a probar, al paso que aquéllas apenas hay ocasión de hallarlas en los escritos de los literatos, ésta ya está sancionada por los sabios.

«Es galicismo; se ha tomado de los franceses». Poco a poco; la voz genio, o don de inventar, no es galicismo, es helenismo, es decir, tomada del griego; y si el Correo viene diciendo que los latinos no la usaban en esta acepción, se le puede responder que trae su origen de los griegos, de la madre de las lenguas; y esta fuente es más pura que la latina, pues es el manantial de donde la tomaron los mismos latinos en el sentido que la usaban.

Genio viene del verbo activo crío, engendro, produzco, paro, cuyo pasivo es nazco, soy hecho, de donde viene natividad, creación, nacimiento, por lo que se llamó Génesis el primero de los Cinco libros o Pentateuco de Moisés, porque trata de la creación. Es, pues, helenismo y no galicismo, y en este supuesto oigamos a Horacio:

Et nova fictaque nuper habebunt verba fidem, si Graeco fonte cadant, parce detorta.

Presto adquirirán crédito las palabras nuevas si vienen de fuente griega, sin apartarse mucho.

La etimología, pues, verdadera de la voz genio prueba que o no debe admitirse en ninguna acepción, o debe ser en ésta; prueba que la que hasta ahora la hemos dado de carácter bueno o malo personal, es vicioso y degenerado, y, por consiguiente, es un abuso todavía más vicioso el haberle aplicado a la inclinación de las bestias; degeneración que parece venir de no haber tomado la voz genio del manantial, sino de los latinos, que en el sentido de genio bueno o malo que presidía entre ellos a las acciones de cada uno, ya la habían adulterado, traduciendo con ella el daemon griego.

No nos resta más que probar que el uso la ha introducido; para esto, óigase a todo el mundo, léase cuanto se escribe; siempre es genio donde invención, y prueba de ello, que el mismo Correo, como hemos manifestado, no ha podido resistir al torrente.

Probemos ahora que está sancionada por los sabios; esto se prueba con ejemplos.

Meléndez Valdés:

¿No es, Jovino, verdad? ¿No se engrandece Tu genio, a cima tan gloriosa alzado?

(Discurso sobre el orden del Universo.)

Si de ti protegido Sigue el genio español; si el lauro honroso, En su afán generoso, Galardón fuere que al artista anime, etc.

(A la gloria de las artes.)

Tu genio, tus avisos celestiales, Tu ejemplo los formó.

(Epístola a D. Eugenio de Llaguno.)

Cienfuegos:

Árbitros de la fama, hijos de Apolo, ...................................................... Al punto, al punto suene Vuestra lira felice, Y al heroísmo el genio inmortalice.

(A Bonaparte.)

«¡Quién fuera uno de aquellos hijos predilectos del genio que dictan la inmortalidad en los caracteres indelebles de su dichosa pluma!». Dedic. del Ídem.

Quintana:

Todo a humillar la Humanidad conspira: Faltó su fuerza a la sagrada lira, Su privilegio al canto Y al genio su poder.

(A Juan P.)

¿Quién de tu genio mensurar podría La extensión y el ardor?

(A Luisa Todi.)

Sombras sublimes, cuya hermosa idea Inventar y animar el genio pudo.

(A la misma.)

Asombrado Te nombrará el artista, y confundido. Por más osado que su genio sea, Tú el término serás de su esperanza.

(Ídem.)

Los altos monumentos De la estudiosa antigüedad medita, Y a sus genios se hermana, ecos grandiosos Por do la serie de la ciencia humana Se dilata a los siglos.

(A D. Gaspar Jovellanos.)

Mas lanzado Veloz el genio de Newton tras ellos, Los sigue, los alcanza, Y a regular se atreve El grande impulso que sus orbes mueve.

(A la invención de la imprenta.)

Lista:

No muere el genio, no. Pudo la tumba Encerrar las cenizas Del inmortal Batilo; mas el fuego Que su divino espíritu animaba, Sobre los siglos vuela Y a la sublime eternidad anhela.

(A la muerte de Meléndez.)

Natura, oye mi voz. El genio sea: Que su gracia sublime Restituya a la Musa castellana: Nazca ya el padre de la lira hispana Dijo, y Meléndez fue.

(En loor del mismo.)

(Ídem.)

Cantó, y la verde cumbre de Helicona Al destino aplaudió del Genio ibero.

(Ídem.)

EL DUENDE.- Y aunque ya está suficientemente probado, sin acumular muchos más textos que hay, sólo diré de uno de nuestros mejores prosistas.

Dice don Gaspar de Jovellanos, en elogio del arquitecto don Ventura Rodríguez:

«¿Qué imaginación no desmayaría a vista de tan insuperables obstáculos?

Mas la de Rodríguez no desmaya, antes su genio, empeñado de una parte por los estorbos, y de otra más y más aguijado por el deseo de gloria, se muestra superior a sí mismo, etc.».

«La envidia... contrariaba a todas horas y en todas partes los designios que este gran genio formaba para inmortalizarse, etc.».

En la oración pronunciada en la Academia de San Fernando en la junta de distribución de premios de 14 de julio de 1781, a cada paso se encuentra genio.

Sí hay gradación entre genio e ingenio.

Y para que veamos cómo parece que el uso mismo demarca la diferencia de genio y de ingenio, leamos del mismo en el informe sobre los espectáculos y diversiones públicas:

«Tener un halcón y doctrinarle a lanzarse sobre las tímidas aves y traerlas a la mano, no requería más que ingenio y paciencia, y era dado al más infeliz solariego».

¿Y es justo que en una lengua tan rica como la española se emplee la misma voz para decir el ingenio de Newton y el ingenio que puede tener el más infeliz solariego? ¿Dos ideas tan apartadas y distintas? Esto está indicando la gradación natural de las voces genio e ingenio; la que confirman los derivados de esta última, ingenioso, ingeniarse, ingeniero, en las que seguramente no se entiende el espíritu de creación, sino una cosa muy secundaria.

DON RAMÓN.- A eso dirán que existe la palabra numen, equivalente al genius latino y al de los griegos, cuando decían: «El demonio de Sócrates»; y por consiguiente, que no necesitábamos de genio.

EL DUENDE.- Y a eso responderé que es verdad; pero ¿tengo yo la culpa de que el uso de los sabios no se haya parado en eso y quiera tener dos palabras (numen, genio) para una sola idea, en vez de tener una sola palabra (ingenio) para dos ideas? ¿La tengo yo de que todos no piensen como el señor Capmany? ¿Puedo yo arreglarlo de otro modo? ¿No me debo contentar con seguir las huellas de los sabios? Y en este caso, ¿a quién deberé adherirme, a Capmany o a la reunión de los que he citado, que apoya el torrente del uso?

De todo esto, pues, resulta que la voz genio es española, que significa más que ingenio, y que El Duende y cuantos la usan tienen razón.

El señor Capmany respeta a los que ya en su tiempo la usan, pues los llama literatos, y no bárbaros, caballerías, faltos de lógica, etc. Bien es verdad que el señor Capmany no era ningún redactor del Correo, ni sus principios le hubieran permitido serlo, que es como si dijéramos desvergonzado, ni ningún corresponsal suyo X. B., que es como si dijéramos poco más.

DON RAMÓN.- Número 38. Aquí hay una nota en que quieren sostener que se debe decir engina y no angina; «S. A. el infante quedó complacida».

EL DUENDE.- Déselo usted de barato, señor de Arriala; que eso vale poco y sería ridículo repetir cómo se debe decir, cuando todos lo saben, menos el Correo.

DON RAMÓN.- Número 40. Esto sí que es escribir y poner la pluma. ¡Ay, y cómo sabe el señor Carnerero a la hora que se ha de comer la merienda!

La política va en aumento y está derramada con una prodigalidad admirable, y es tal el almíbar que van destilando las palabritas resbaladizas del señor Carnerero por donde pasan, que siempre va tropezando y cayendo; y yo le daría las gracias.

EL DUENDE.- Gracias, pues, sean dadas al señor Carnerero, que es hombre que lo entiende.

DON RAMÓN.- Dice que en esta disputa el público es testigo de que él siempre ha probado con raciocinios, que siempre tiene razón y que no ha dicho desvergüenzas.

EL DUENDE.- Diga usted que sí, para que se acabe la disputa; además que..., en verdad, ¿se halla alguna desvergüenza en todo lo que dice el señor Carnerero? ¿Se puede tratar a nadie con más blandura y ceremonia que trata al Duende? ¿Acaso le ha dicho nunca más que ignorante, necio, bestia, borrico, cloaca, etc.? Y esto, ¿qué es para lo que sabe decir el señor Carnerero?

Démosle la razón, siquiera para que la tenga alguna vez, que nosotros nos cansamos de tenerla.

DON RAMÓN.- Desafía al Duende a sostener la voz genio, y dice que si lo hace se le admitirá en discusión verdaderamente literaria. ¿Lo ve usted? ¿Y este honor se paga con dinero? A trabajar, pues, y a merecer la honra de disputar con el señor Carnerero.

EL DUENDE.- A esa fineza debo corresponderle con otra igual, y así, doy desde ahora licencia al señor Carnerero para que pueda siempre que quiera disputar conmigo, y no se la doy para rebuznar, porque ésa ya la tiene de Dios.

DON RAMÓN.- ¡Bravo, señor Duende; ya no se deben ustedes nada!

Se empeña en sostener que el Correo es literario y mercantil.

El Correo ni es literario ni mercantil como debe serlo. Yo les probaría aquí esta proposición:

No me negará el señor Carnerero que literario se llama un periódico que habla con tino, gusto y discreción de literatura.

Hasta ahora ¿qué ha hablado digno de leerse perteneciente a la literatura? Muy poco, y malo. ¿Han examinado cómo prometían todas las obras que se van publicando? ¿Han reprobado las malas traducciones que a cada paso ven la luz pública? ¿Han tirado a exterminarlas? ¿Qué discursos se han hecho, como prometían en el prospecto, relativos a la perfección del buen gusto? ¿No ha habido ocasión de hablar en tantos números de nuestra jurisprudencia, de la historia de la legislación patria? (Prospecto.) ¿A cuándo aguardamos? ¿Qué discusiones hemos visto sobre la elocuencia del foro? (Ídem.)

Si han hablado algo de la colección de piezas escogidas de nuestro teatro que se está publicando, ¿ha sido por los señores redactores? Gracias a un corresponsal caritativo, que lo ha puesto como ellos no eran capaces de ponerlo. Este benéfico periódico por todas partes respira caridad: para limosnas y de limosnas se hace. En vez de tanto artículo insignificante de los juicios de las comedias de los mismos redactores, alabadas con el mayor descaro, ¿no debería ocupar un espacio el hacer renacer nuestra literatura, que sucumbe bajo la segur de los traductores? ¿Qué nos han dicho de pintura con motivo de la exposición de cuadros anual de la Academia, de estas ferias? Poco o nada.

Pero en cambio nos han dado artículos de luengas tierras, que no puede nadie desmentir, en que a nadie puede ofender la verdad o la mentira: las barbas de Abbas Mirza, que nunca veremos probablemente por acá; el humo y las cigüeñas de la corte; la conversación de un marido con su mujer; la disección de la cabeza de un petimetre y el corazón de una coqueta; el perrito Cupido; los paraguas; artículos del doctor Berenjena, etc., etc., etc. ¡Qué cúmulo de literatura! Un artículo para resolver un punto de medicina tan importante como el de la purga, de uno que no es médico, como el señor Terán, sea quien fuere, y para rebatir las razones de un médico. A la verdad, ¿para qué se quiere saber medicina para hablar de ella? Cualquiera que haya avanzado en la literatura hasta el catón cristiano conoce que no es preciso, sino que basta haberle sentado bien una medicina, y porque el señor corresponsal se haya puesto gordo y bueno, o nos lo quiera hacer creer, con su purgante, cosa de que nos alegramos y le damos mil enhorabuenas, ya queda probada la cuestión de que es generalmente bueno el purgante. ¿Se puede deducir de que un remedio siente bien a un hombre o a diez hombres, que este remedio conviene a todas las enfermedades, como nos quiere hacer creer el articulista con su purga? Entonces es decir que en sentando bien a media docena de sujetos el sacarse una muela cuando les duele, debemos deducir que para todas las dolencias humanas no hay cosa como sacarse las muelas, y cuando tengamos sabañones, cuando nos aqueje un cólico, cuando nos acometa una hidropesía, saquémonos las muelas; y el que sepa más, que lo diga. Porque esto debemos inferir si dice el señor Terán que el purgante es el remedio que pone bueno a todo el mundo de sus dolencias, porque a él le sentó bien el purgante y a cuatro conocidos suyos; esto sólo quiere decir que así como al que le duelen las muelas le sienta bien el sacárselas, porque éste es el remedio de esta incomodidad, así al señor Terán le convino el purgante, porque éste era el remedio que requería su enfermedad. A fe que si su dolencia no hubiera necesitado purga, tal vez le hubiera hecho daño; y por esto no debe decir que el purgante es el remedio universal, porque a él le sentó bien. En verdad que es un buen modo literario y lógico de determinar, como si en estando bueno el señor Terán todos debiésemos perder el miedo a la muerte; a la verdad que es preciso tener ideas muy atravesadas para querer hablar de medicina uno que confiesa que nunca las ha visto más gordas; pero es preciso ser muy poco literario un periódico para consentirlo.

¿No pudiera haber hablado el Correo, en lugar de sus fruslerías insípidas, de la educación literaria española, tan descuidada, en que no se observa generalmente ningún método, sino muchos errores, como son enseñar las lenguas muertas y extranjeras antes que la propia, no enseñar ésta nunca, lo que vemos muy a menudo; aprenderlo todo en latín, cosa muy útil para no aprender nada, perder doble tiempo y estropear el latín, descuidando el castellano, etc.; de los libros que debieran escogerse, para la enseñanza de la juventud, con preferencia a los demás; de cien mil cosas que pertenecen a este ramo, como son establecimientos públicos, seminarios, colegios, etc.?

Con respecto a la literatura dramática se pudiera haber hablado del abandono de la declamación en España, que siempre han ejercido cuatro histriones (hasta el día, que esto se va corrigiendo con la introducción de algunos actores que han seguido una escuela) sin más estudio que el que les ha sugerido su buen o mal gusto, creyendo que este arte no necesita reglas ni escuelas. ¿Se ha hablado de la aplicación de esta declamación a la oratoria y de la diferencia de esta declamación cuando es dramática, cuando forense y cuando sagrada?

¿Se ha hecho un análisis de la obra, buena o mala, del señor Parra sobre teatro?

¿Se ha empezado a hacer ninguna de estas cosas, propias de un periódico literario, y que como tales en el prospecto y reflexiones preliminares prometía?

¿Puede ser literario un papel que habla un lenguaje mixto de romance y francés, salpicado de galicismos, como en varias partes he probado, lleno de defectos gramaticales; en una palabra, un papel compuesto por... quien no sabe su lengua?

No puede ser literario, y, efectivamente, si algunas pruebas va dando ya de literario, ¡son tan malas y tan pocas!... Si siquiera fuera mercantil; pero cómo ha de ser; tampoco lo es hasta el punto que debiera.