Part 2
Pictoribus atque poetis Quidlibet audendi semper fuit aequa potestas. Scimus, et hanc veniam petimusque damusque vicissim: Sed non ut placidis coeant immitia, non ut Serpentes avibus geminentur tigribus agni.
Y vaya por todas la traducción del señor Burgos:
Sé que a poetas y a pintores siempre Fue permitido usar de cierta audacia, Y alternativamente esta indulgencia Para mí pido y debo autorizarla; Pero no de manera que se junten mansos bichos y fieras alimañas, Aves con sierpes, tigres con corderos.
DON RAMÓN.- Pues de todo esto se deduce: en primer lugar, que no hablando Horacio con los Correos, sino con los pintores, es mala la aplicación del texto, a no ser que creamos que las profesiones de Correo y pintor se dan la mano; en segundo lugar, que hablando con los poetas y hallándose tan distante de serlo el señor J. P. como yo de ser redactor, está doblemente mal aplicado, y en tercer lugar, que otra vez que tenga el señor J. P. gana de saltar, salte el buen redactor en hora buena cuanto le viniere en voluntad, y hasta sudar la tarantela que le ha picado, y pues que nadie le ha de impedir este inocente desahogo, no le quiera suponer a Horacio ideas que no tuvo el buen latino; que aunque es antiguo y no le han de dejar volver a desmentirle como él quisiera, no es éste un motivo suficiente para levantarle falsos testimonios.
EL DUENDE.- ¡Qué reparón es usted, señor don Ramón! Vaya que eso es no dar cuartel; por María Santísima que somos cristianos, y una cosa es dar razones y otra no dejar respirar. Hágase usted cargo que pues a aquella especie de pasaporte que da Horacio a pintores y poetas para caminar por el país de la imaginación y salirse a veces de camino trillado, la han hecho extensiva para que los Correos puedan explayarse en brincos lícitos, bien pudiera servir también a todos los que se toman licencias, y aplicarse a los traductores que quieren truncar el sentido del texto.
DON RAMÓN.- ¡Bravo, señor Duende: haga, pues, todo el mundo lo que se le antojare, que así se traduce el quidlibet audendi!
Pero vamos adelante; agáchese usted, que vamos entrando en la espesura; deme usted la mano, y usted, que no sabe lógica, venga a aprenderla del Correo.
Parece que el señor Dominguito Cautela..., pero ¡cómo se lo había usted de figurar!... el tal Dominguito, pues, es el mismo J. P. redactor, y lo callaría, aunque, a fuer de Duende, lo sé muy bien, si él mismo no se descubriera saliendo a su defensa tan marcadamente.
EL DUENDE.- ¿Cómo es eso? ¿Quién diablos le había de reconocer con la cara tan embadurnada, el pobrecillo tan asustado de todo lo que ve, metido en la correspondencia?... Si no me engaño, dice el Correo, núm. 2, en una nota: «En el artículo que lleve este título (Correspondencia) se insertarán todos aquellos que, no siendo de los redactores, nos sean comunicados y parezcan dignos de publicarse». Y lo digo porque creo que el artículo de Dominguito venía en correspondencia.
DON RAMÓN.- Sí, señor; y éste es un golpe de Correo
EL DUENDE.- Pero eso es engañar, es no cumplir.
DON RAMÓN.- Señor Duende, no andemos a caza de inconsecuencias, que eso sería nunca acabar: de esta clase hay algunas, y estos golpes siempre los negarán..., pero, amigo, ello ha de haber Correo y correspondencia; cartas no vienen, de algún modo ha de hacer... A mí lo que me divierte es ver cómo el señor J. P. juega al escondite por entre el follaje del papelico, cómo corretea por la valija y se zambulle en la primera columna del pliego, y saca luego la cabeza dos varas más allá por entre la correspondencia, etc., y ahora, ¿quién es más Duende?
Pero partiendo de este principio, vamos buscando nuestra lógica, que buena falta nos hace...
Dice el señor J. P. o Cautela, núm. 12:
«Ha habido gentes que han querido suponer que este mal (la escasez de agua) existía, y aunque todo ello no ha sido más que una patraña...». Y en el número 34, el mismo J. P....: «Había agua..., había y hay agua, etc.». Y en el mismo: «El hecho es que en el verano se gasta más agua que en invierno..., sin que por eso se pueda decir que en diciembre trajesen los viajes más agua que traían en julio». ¡Qué tal, y qué torrente de lógica! En verano se gasta más agua que en invierno; en invierno no viene más agua que en verano; pero no hay escasez. No hay escasez; pero dice más abajo que sería bueno, útil y necesario traer a Madrid las aguas del Jarama, aunque costasen trescientos millones; ni que fueran artículos del Correo... ¡Trescientos millones! ¿Sabe usted que hay con trescientos millones para traer a Madrid, no digo yo el Jarama, sino a todo el Ganges y al mismo río Leteo? ¿Y para qué? Si hay agua no es preciso, ni bueno, ni útil, ni necesario; y si es bueno, útil y necesario, es señal de que no hay agua. Cargue usted, señor Duende, de raciocinio, llénese bien los bolsillos de lógica, que aquí está llovida con profusión, como el maná lo estuvo en otro tiempo sobre el pueblo de Dios; ¡bendigamos la mano benéfica que nos la envía y no indaguemos de dónde la saca!
EL DUENDE.- Sí..., pero también es verdad, como dice que es muy útil, disipar el temor de escasez de agua, aunque no lo sea tanto para la opinión del señor redactor el raciocinar así y faltar a la verdad. ¡Dios me perdone tanta falta de urbanidad!
DON RAMÓN.- Eso sería en dos casos: cuando la gente a quien conviene engañar leyese el Correo o le creyese; pero ¡si se palpa la falta de agua, a no ser que las cachetinas, los motines y, sobre todo, el no satisfacerse el pedido que hacen los usos de la vida fuesen humoradas que los aguadores, por el quidlibet audendi, se tomasen la libertad de gastar todos los veranos con el vecindario! Empeñarse en hacerme creer que tengo la tinaja llena de agua el día que me muero de sed, es pensar que he de ver negro lo blanco y tratarme de loco o borracho.
EL DUENDE.- A la verdad, que no le sucedió a un visionario, y le contaré a usted el lance.
Un filósofo creía que cuanto en la vida acaece no pasa realmente, sino que es una ilusión de nuestros sentidos, que nos lo hacen creer así, y llevaba su opinión tan al extremo, que quería hacer creer que en realidad no existimos, sino que se nos figura existir. Consolaba un día a un afligido que acababa de perder su fortuna al volver de un dado, con sus alambicadas reflexiones, y decíale:
-Convénzase usted de que no ha perdido su dinero, sino que es una ilusión de sus sentidos; convénzase usted de que nada se siente en esta vida sino que se cree sentir...
A esto no pudo sufrir más el malhumorado, que le pareció burla quererle probar que estaba viendo visiones; y enderezando un bastón que traía en la mano, conforme le había de dar una razón, a estilo de Correo, diole un palo, y tras éste otro, y tras éste cuantos pudo; y como se quejase el filósofo con gritos descompasados rogándole no le pegara más, le repetía a cada golpe:
-Se equivoca usted, señor filósofo, que yo no le pego; es una ilusión de sus sentidos -y dábale otro y le añadía-: Es mentira; a usted no le duele, sino que se le figura.
Con lo cual le probó hasta la evidencia que es difícil ser filósofo a costa de la razón, y se cree que no volvió nuestro loco a asegurar a nadie que no existía.
DON RAMÓN.- Bien dice el redactor que se dejan sentir los duendes, y por este artículo concluyamos remitiéndonos a la página 11, en respuesta a lo que dice el redactor de que el Duende trata de desacreditar al Correo para bien suyo y del público.
EL DUENDE.- Por cierto, el Duende no quiere desacreditar al Correo ni trata de disputar este privilegio, que tan bien se han abrogado sus redactores; al fin es su propiedad. Sit jus, liceatque perire poetis. (Horacio, Epíst. ad Pison).
DON RAMÓN.- Número 35. Interlocutores en él: a ratos, el señor Carnerero; por lo regular, su cólera.
¡Ah, señor Duende; esto ya es otra canción; aquí hay menos razones, pero más desvergüenzas!
EL DUENDE.- Vengan, pues, que, como dice Iriarte, para los insultos infundados tengo yo los bolsillos llenos de qué-se-me-da-a-mí.
DON RAMÓN.- Epígrafe: Le ton fait la chanson. Traducción libre: «Al son que me tocan, bailo».
EL DUENDE.- ¡Vítor!, y vanse. Inde thoro pater Eneas sic orsus ab alto. (Virgilio, Aeneida, II parte, verso II). Traducía un examinando que en lo de libre se iba allá con el señor Carnerero:
-De donde el toro padre Eneas...
-¿Qué dice usted de toro padre? -le interrumpió el examinador.
-Señor, en esto de traducir hay opiniones, y yo sigo ésta.
-Pues, hijo, en estotro de aprobar examinando -le repuso el padre- no deja de haberlas, y yo sigo la de darle a usted calabazas.
DON RAMÓN.- Y dice muy bien el Duende, que le vienen al señor Carnerero que no parece sino que es su comidilla; a mi entender, se debe traducir, si es literalmente:
Le ton fait la chanson.
El tono hace la canción.
Y la verdadera traducción libre sería un proverbio español equivalente a aquel francés.
EL DUENDE.- Por ejemplo: «No siento que me llames Martín, sino el retintín».
DON RAMÓN.- ¡Ah, ah, señor Duende! Eso es herir la dificultad; éste sí que es un golpe de ignorancia; acuérdese usted de los interlocutores; aquí habla todo el señor Carnerero. Vea usted cómo no hubiera tenido que ir a Francia por epígrafe, que a fe está lejos para andarse yendo y viniendo a cada triquitraque, si no es por las cosas más precisas; lo que sí parece es que están los redactores combalachados, se han dado de ojo para traducir; a la verdad, no se llevan el canto de un real de a ocho; y vaya esta chinita por aquel quidlibet audendi, de que todavía se está quejando Horacio; apostaría cualquier cosa a que le duele más que el triste papel que le están haciendo hacer en la otra vida, porque es de advertir que era un paganazo como una loma, según suelen decir; es verdad que estas muestrecillas del traductor (por antonomasia) son resabios que, por ser de París, no hay más que pedirles, sino echarles humo de incienso y mirra, que lo piden a toda prisa. ¡Ay cómo trasciende su autor a la calle de Richelieu, aquella maldita donde viene a estar el Teatro francés, y al Palacio Real, y al Ambigú (y habrá quien piense que esto es cosa de comer); todo lo cual bien se deja conocer a primera vista, que es lo que hace más al caso para confundir a un Duende; por fortuna, también usted ha visto estas y otras frioleras; pero si no, con qué cara se había de poner a andarse en dimes y diretes con un periodista que ha estado en todos aquellos parajes, y de resultas se da tal maña a traducir textos franceses.
EL DUENDE.- Basta, señor don Ramón; eso no es del asunto. Adelante, que es tarde; falta mucho que andar; no nos entretengamos por las ramas y nos escasee el tiempo para las razones, que estoy reventando por dar otras cuentas.
DON RAMÓN.- Sea, pues, y veamos quién se cansa antes, el Correo de decir insultos o usted de dar pruebas.
«El señor Carnerero, habiéndole caído en las manos la ridícula producción del pobre autor criticuelo, se permite contra el tonto papelucho que quiere escalar su edificio toda clase de picias para constatar las observacioncillas de estudiantillo que los enemiguillos del Correo alaban en el Duendecillo pigmeo».
EL DUENDE.- ¡Oh, y qué cosa tan desdeñosa! ¡Qué estilo tan diminuto; eso se pierde de vista, ahí ya no habla el señor Carnerero, ahí habla su cólera!
DON RAMÓN.- Amigo, no dice esto al pie de la letra; pero es un extracto del estilo de su artículo, que no nos costaría mucho trabajo llamar articulillo, haciéndole nadar entre media docena de galicismos y dándole un viso de ternura con añadir aquello de necio, tonto, bárbaro, bruto, bestia, y... y... y... cuantos adornos usa la oratoria del Correo; esto nos cuesta trabajo.
EL DUENDE.- Señor de Arriala, nos olvidamos de que no soy redactor del Correo... ¡Decencia, razones!
DON RAMÓN.- El señor Carnerero defiende al Correo, y la primera razón que da en su apoyo es el mudar de imprentas del Duende.
EL DUENDE.- ¡Por Dios, señor don Ramón! No se hable siquiera de eso, que a mi parecer soy dueño de mudar de imprentas, como usted de mudar de vestidos y de zapaterías; a fe que no tuviera más que decir si hubiera mudado de carácter o de opiniones.
DON RAMÓN.- A la verdad, que eso no quiere decir nada: a buen seguro que a la de ésta no ha andado El Duende haciendo pinitos de cárcel en cárcel, que eso es lo que denigra a un hombre; y aun en este caso no le competía al señor Carnerero dar a luz lo que cada uno hace en su vida particular, así como el señor Larra nunca se meterá en indagar la suya, y mucho menos en darla al público. Ataca, para defender al Correo, el segundo cuaderno del Duende: esto es echar por el atajo, cual su colaborador, y como ve su casa abrasada y reducida a cenizas, ya que no llega a tiempo el agua, se consuela con pegar fuego a la del vecino.
EL DUENDE.- Amigo, esto se va haciendo cuestión de tú eres más, y a este paso no le va a faltar al Correo sino venderse en la plaza de San Miguel.
Si yo recordase al señor Carnerero que en su vida ha hecho ninguna obra literaria completa y original, sino es cuatro loas y cancioncillas de circunstancias; si yo le dijese que tiene el prurito de llamar arreglos e imitaciones a sus traducciones literales; que con mudar el nombre a los productos literarios de otros toma posesión de ellos, de modo que para él es la literatura como para otros la inclusa: en viendo un hijo que no tiene padre conocido, le adopta (y dirán que no es caritativo); que hasta para escoger estos hijos escoge los peores, como Gustavo y Poleska, que no ha caído por la gran misericordia del Señor; si yo le recordase las oleadas del segundo acto; si yo le trajese a la memoria su Luis IX, tan generalmente silbado hace unos años; si yo le hiciese ver que un hombre que desde pequeñito tuvo siempre que hacer con el señor García Suelto no puede ser un literato; si yo dijese todo esto en la presente cuestión, ¿no tendría razón el señor Carnerero para gritar: «Todo eso es muy cierto, señor Duende, pero no viene al caso»? La tendría, y Dios me libre a mí de semejante tentación, que sería parecernos al Correo.
A pesar de esto, yo quisiera satisfacer a usted en dos palabras a cuanto dice. El segundo cuaderno se hizo para criticar el monstruo dramático El jugador; la burla que se hizo de él a las cosas de París no se refirió a que el teatro francés fuese malo, sino al lenguaje exigente que tenían entonces y tienen aún los señores que anuncian esas piezas que vienen como un torrente a inundar nuestra escena; el público estaba engañado, porque a cada paso se veía en los anuncios: «El jugador, Los dos sargentos franceses, Los ladrones de Marsella, La huérfana de Bruselas, El testigo en el bosque, etc., pieza que se representó últimamente en los primeros teatros de París y que tanto mereció la aceptación del ilustrado público de aquella capital». Esto contribuye a pervertir el gusto, porque hay muchas gentes en Madrid que, como no pueden distinguir de teatros franceses, en habiendo leído esas mentiras y en viendo impreso París no encuentran palabras con que ponderar aquellas composiciones; y como el objeto principal de un buen español debe ser, aun con medios algo fuertes, desarraigar estas preocupaciones humillantes y falsas y encender cada vez más el orgullo nacional, que el señor Larra y todos los que se jactan de pertenecer a una patria tienen y quieren comunicar a sus compatriotas, y que jamás pudieron poseer los que prefieren el vil precio de una traducción cualquiera al honor de la literatura española, ni los que, despedazando a su madre patria, no se contentan con traernos las costumbres, los vicios de afuera, sino que aún pretenden introducir a docenas las palabras inútiles extranjeras en su habla, para no dejar a su patria, según una bonita expresión de un autor de nuestros días, ni lengua con que se queje de ellos.
De aquí resulta que convenía probar que en París hacen también los franceses cosas malas; y así como el señor Boileau, porque algunos españoles hicieron comedias malas nacionalizó la cuestión y dijo que los españoles eran africanos, así pude yo decir que había mal gusto en París, puesto que el público es el que ve y sufre y aun gusta de esas piezas, y el público francés es el que llena los teatros secundarios franceses donde se representan; y si el público todo tuviera el gusto tan delicado como aquella parte suya que llena el teatro francés de la calle de Richelieu, no se echarían esas piezas, porque no iría a verlas o las silbaría; luego he dicho bien.
De aquí resulta que aunque no se pueda decir que el teatro español (que así se llama la reunión de piezas que pertenecen a una nación) esté perdido y que no hay un español de buen gusto, porque se eche El mágico de Astracán, sí se puede decir, por lo menos, sin miedo de errar, que el público que va al Mágico con gusto no es el mismo que el que aplaude al Pelayo; y por consiguiente, que si todo el público en general tuviera el gusto tan delicado como aquella parte que conoce y aprecia las bellezas del Pelayo, no se echaría el Mágico, porque nadie iría, o iría para silbar; de donde se infiere que el público en general, el mayor número, todo no está de acuerdo en tener el gusto delicado.
El Duende no dice que se represente El jugador en el teatro francés de la calle de Richelieu, sino en los teatros franceses de París, de Lyon, de Marsella; que éste es el verdadero teatro francés, y no el que se llama peculiarmente así, y que pudiera muy bien llamarse de otro cualquier modo; por cierto que si dijéramos que el Pelayo se representa en el teatro español, todo el mundo entendería en todos los teatros españoles, no en el de Madrid, que así como le llamamos del Príncipe, pudiéramos llamarle Español por antonomasia.
Y si dijésemos que el teatro inglés gusta de horrores, de cosas indecorosas, de maravillas, porque Shakespeare y otros las han usado en sus piezas, todo el mundo entendería la reunión de composiciones dramáticas que se representan en los teatros de Inglaterra, y no las tablas donde representó Shakespeare.
En fin, concluyamos de una vez: ¿no saben los señores redactores que ahí está puesto teatro francés por teatros franceses, como cuando decimos: «el español es grave», en vez de decir «los españoles son graves»? Lo mismo es entender aquí de este modo teatro francés que si viniese a quejarse amargamente a mí uno que se llamase de apellido Ladrón de Guevara, porque yo hubiese dicho que todo ladrón debe ser castigado.
Bien sabe el señor Carnerero lo que decía el Duende; pero le tenía más cuenta entenderlo así, y del mismo modo convenía decir que pegó una embestida a nuestra ópera; porque aunque mi cuaderno habla bien claro y se refiere a la ópera francesa, de la cual repito que no tiene punto de comparación con la italiana, sin embargo, ¿por qué se había de desperdiciar esta ocasioncilla de calumniar al Duende? No era justo; al cabo, hay pocas de éstas; el caso es lograr el fin, que los medios poco importan. ¿Y qué razón tendrá el que pelea con estas armas?
DON RAMÓN.- Gracias al Correo, ya le veo a usted enfadado; ya conoce usted que el señor Carnerero dice tanta verdad como lógica tiene; yo le asociaría con el papel útil Zurrador Guindilla, que, si mal no me acuerdo, en esto de leer a derechas no le da una raya, y diríjanse unidos al profesor Miralles, que en veinte leccioncitas, según expresión de los redactores (número 23), enseña a leer a cualquier zote.
Y pues quieres titirambos, toma titirambos; es decir, que pues el señor Carnerero exige los mismos grados de lógica y en los mismos términos de una pieza dramática, de una sátira, de un periódico, de una obra de Teología, de un folleto ligero, démosle lógica, y conozcamos que de su artículo número 35 se infiere que discurre de este modo para defender al Correo y acriminar al Duende.
El segundo cuaderno del Duende tiene defectos; luego el Correo es bueno.
El señor Carnerero ha visto el teatro francés; luego el señor Larra no ha estado en París.
El señor Larra critica al Correo; luego es malísima su oda a la Exposición.
El Duende (pigmeo) es bajo de estatura; luego es ignorante y estudiantillo.
El Duende muda de imprenta; luego no tiene razón en criticar al Correo.
¿Qué tal, señor Carnerero? ¿Qué le parece a usted de tanta lógica como le vamos encontrando? Ya sabemos cómo debemos raciocinar, verbigracia:
El señor Carnerero es un desvergonzado; luego yo no he visto la calle de Richelieu.
El señor Carnerero, como tiene mal pleito, lo vocea; luego convence.
Ya se ve, si ésta es la lógica que busca el señor Carnerero en toda clase de obras, ¿qué mucho que no la encuentre, si él solo la tiene toda?
En este artículo se nota que el Correo ha tomado al Duende una idea: al enemigo, robarle. La gracia de las palmetas se hallará en el cuarto cuaderno, página 21. Amigo Duende, en la guerra éste es el botín. Lo mismo sucede con algunas citas que El Duende aplicaba a otros asuntos, y ahora se las aplica al Duende, verbigracia: On sera ridicule: Guerra declaro. Núm. 36. (Sobre la voz genio.)
EL DUENDE.- ¿También el número 36?
DON RAMÓN.- Amigo, ¡qué poca paciencia tiene usted! Y el 37, y el 38, y el 39, y el 40, y hasta el fin de los números, de los Correos y de los siglos... ¡Ay, ay, ay! Ya veo yo que usted no sabe las ampollas horrorosas que ha levantado el señor Correo; más le valiera haber ido a París y venido en setenta horas; no se curan tan pronto, y mientras estén chorreando sangre tendrán para mojar los redactores su pluma dentada. Conozca usted que sus banderillas iban mojadas con la sangre del centauro Quirón, o en la de la Hidra, y producen, por lo menos, como las de Hércules, a Filoctetes, largos padecimientos, terribles llagas, que sólo se borran con los restos y polvo del arma que hirió, semejantes a las que hacía la lanza de Aquiles.
EL DUENDE.- Veamos, pues, qué dice el Correo.
DON RAMÓN.- Aquí hay mucho que decir, a mi ver: en primer lugar fijemos la cuestión. Ésta de la voz genio no es la primordial; después iremos a ella.
En el artículo sobre la lengua de las artes, número 9, según se copió exactamente en el cuarto cuaderno, decía, que «la obra más admirable de poesía, de escultura y de pintura, o los sistemas más bien acabados de Física, de Metafísica y de Moral, no suponen ni tanta inteligencia, ni tanta sagacidad, ni tanto genio como los telares de hacer medias, de tejer paños, o las máquinas de hilar estambre. La demostración de matemáticas más complicada, como, por ejemplo, la de uno de los porismos de Euclides, no lo es tanto como el mecanismo de algunos relojes y de las diferentes operaciones interesantes y variadas de diversas artes». El Duende combatió esto, y una de sus razones fue ¿cómo podrá ser cosa más fácil ser un relojero que un matemático? ¿Cómo se necesitará menos genio (expresión del Correo), inteligencia y sagacidad para ser un maquinista que para ser un físico? ¿No es verdad que ningún relojero hubiera hecho nunca un reloj si no se hubiese valido de un matemático que le hubiese dado los datos que le eran indispensables? Sin las matemáticas, sin la Física, que se apoya toda en ellas, ¿hubiera podido dar un paso solo un maquinista? Claro es que no. Luego ¿quién es más? ¿Quién necesita más genio, inteligencia y sagacidad? ¿El físico y matemático que inventan las bases, sin cuyo apoyo nadie podría dar un paso, o el maquinista y relojero, que caminan sobre estos datos, sin los cuales no pueden hacer nada? Esto quedó probado; los señores redactores no han creído conveniente confesarse vencidos; esto es muy natural, y se han contentado con decir «bárbaro Duende, estudiantillo, ignaro; no prueba nada», como quien dice, ¿quién será él cuando tiene razón?
EL DUENDE.- ¿Y se le olvida a usted decir algo sobre esto de comparar al poeta, metafísico, moralista, etc., con el relojero?