Donde las dan las toman

Part 1

Chapter 14,277 wordsPublic domain (Wikisource)

PERSONAJES

EL DUENDE. DON RAMÓN ARRIALA.

Pues que amarga la verdad, Quiero echarla de la boca.

(Quevedo, Letr. Sát.)

No he de callar por más que con el dedo, Ya tocando la boca o ya la frente, Silencio avises o amenaces miedo. ¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

(Íd. Epíst. Cens.)

Amphora

(Horat. Epíst. ad Pis.)

Si hacer una tinaja era tu intento, ¿Por qué dando a la rueda movimiento Te ha de salir al fin un pucherillo?

(Trad. de Iriarte.)

DON RAMÓN.- Señor Duende, ¿qué es eso? ¿Qué turbión de finezas ha reunido sobre la cabeza de usted para confundirle, el Correo Literario? ¿Qué hace usted que no corta su pluma, la moja en hiel?...

EL DUENDE.- Amigo, ¿qué quiere usted? Así me han dicho; estoy aterrado... Es verdad que no hay motivo para estarlo..., pero...

DON RAMÓN.- Es decir, que de esta hecha Asmodeo se volverá a sepultar en el fondo de su botella; el Duende feneció; es decir, que nos podemos hacer los lutos sus deudos y apasionados.

EL DUENDE.- Sin duda. Es preciso decirlo de una vez: el Duende está conjurado y no volverá a sacar la cabeza.

DON RAMÓN.- ¿Es posible que se deje dominar de un rato de mal humor?... ¿Qué razón dará usted cuando los que confiaban en sus fuerzas?...

EL DUENDE.- Amigo mío, me pondré colorado, diré que no puedo escribir más, que me encomienden a Dios..., porque, en fin, ¿qué bienes me resultan a mí de seguir alabando al Correo, como lo he hecho en mi cuarto cuaderno? He probado su mérito, su habilidad. Parece que el público no cree estas dos calidades, que los redactores no me agradecen. ¿No vale más hacer una retirada honrosa que querer tener más razón que un hombre que ha estado en la calle de Richelieu, que sabe dónde está el teatro Francés?... Ya ve usted que esto no es obra de ningún español ni se consigue a dos tirones.

DON RAMÓN.- Por Dios, señor Duende, que usted también ha estado en la calle de Richelieu. Si yo dijera eso, que estoy condenado a no tener razón en ninguna disputa habida ni por haber, porque no sé si esa calle de París será hecha de casas como las que usamos por acá en España...

EL DUENDE.- Es verdad...

DON RAMÓN.- Eso, señor Duende, no es falta de ánimo, sino de razones; y esto quiere decir que tendrá que confesar que el Correo es bueno. En una palabra, ¿usted responde, o no? Convénzame usted de las razones que tiene para proceder con esa sangre fría, y manifiésteme sus armas; de lo contrario, yo haré correr la voz del vencimiento más vergonzoso...

EL DUENDE.- Paso, señor de Arriala; no le entiendo a usted una palabra de eso que dice de vencimientos... Explíquese usted.

DON RAMÓN.- Usted se chancea. Será que cuando todo el mundo no habla de otra cosa en Madrid sino del Duende, él solo esté ignorante...

EL DUENDE.- A la verdad que no he leído...

DON RAMÓN.- ¿No ha leído usted la respuesta que le dan? ¡Hay cachaza singular!

EL DUENDE.- Como no la tenía no la esperaba; además he creído que valiese tan poco la pena...

DON RAMÓN.- Es usted singular, pues felizmente, aunque por imitar a todo el mundo, no he comprado los números, la indignación me ha hecho copiar lo que más me ha chocado, y yo le diré a usted.

EL DUENDE.- Hombre, si he de decir verdad, no tengo mucha curiosidad de saber lo que dice el Correo, y tengo cosas de más importancia a que destinar el tiempo..., pero ya que usted se empeña, veamos. Al fin, de un periódico tan respetable sólo se pueden esperar muchas sales, objeciones bonitas, fundadas, ironía bien manejada, razones... y todo esto no podrá menos de gustarme, como habrá gustado ya, sin duda, al público.

DON RAMÓN.- Vaya, el Duende delira. Todo lo contrario: insultos, sandeces, pocas razones, pero malas; desvergüenzas, y lo que es peor, personalidades calumniosas, inmorales, frescas y chorreando sangre.

EL DUENDE.- Paso segunda vez, señor don Ramón. No le permito a usted ir adelante; una cosa es que tenga ojeriza al Correo, y otra cosa es que me quiera pintar... ¡Vaya! ¿Cómo es posible... un papel de esa clase y responsabilidad había de propasarse hasta el punto de perder el respeto al público...? Señor don Ramón, ¿no se hace usted cargo que aunque los señores redactores, aunque el principal de ellos, que no conozco sino para reírme de él, pero que ya conoce el público, aunque el caballero José María Carnerero, que es incapaz de esas indecencias, se hubiese vuelto loco, el editor, interesado en el honor, es decir, en el lucro del periódico, no se lo hubiera permitido? No ve vuesa merced que eso sería escupir al cielo, poco menos que vender rábanos, darme a mí armas..., hacer personas que peinan canas lo que no haría un niño.

DON RAMÓN.- Señor Duende, diga usted lo que quiera: ello no estará bien hecho, pero es demasiado cierto. Es verdad que es cosa de niños, que patean, rabian, lloran, pegan a su madre, se desgarran los vestidos y se arañan y maltratan a sí mismos cuando les quitan un gusto; pero, amigo, pintiparado eso mismo hace el Correo. El Duende ha sido un sinapismo que ha levantado ampollas que todavía escuecen, y no sólo no han podido disimularlo despreciándole, sino que después de emplear diez o doce columnas acerca del Duende, todavía intentan estar empezando y...

EL DUENDE.- Repito, señor don Ramón, que si usted no se modera concluiremos nuestra conversación; no quiero oír hablar mal del tal periódico; he probado sus ventajas, ha hecho un favor notable a mi salud, volviéndome el sueño, y, sobre todo, no creo cuanto usted dice. ¿Cómo creer que un periódico que en el prospecto prometía notar con urbanidad y decoro los defectos, haya olvidado tan pronto las leyes que él mismo se ha impuesto y las cualidades que deben tener las buenas críticas, y que, en su concepto, son las de imparciales, instructivas y urbanas? (número 1). ¿Cómo ha de portarse de ese modo un periódico que asegura que es muy raro que el vituperio y el elogio sean justos cuando son exclusivos (ídem), y que añade: «La crítica debe ser urbana; no nos parece que esto necesita demostración. Todo lo que sale de la esfera de las discusiones literarias no es del caso, y aun por eso el crítico juicioso nunca hablará más que de los escritos, y no infamará su pluma en bajas personalidades ni con alusiones pérfidas y ajenas de su asunto. Los escritores que sólo saben divertir con el auxilio de tan mezquinos recursos ignoran, sin duda, que se necesita muy poco arte y muy poca habilidad cuando sólo se trata de entretener la malignidad pública; y nosotros, desde luego, declaramos que no es nuestro intento aspirar a triunfos de esta especie».

DON RAMÓN.- Ésta es la mía, señor Duende, y por más que usted defienda al Correo, vamos a ver si cumple con todas esas buenas palabras; téngalas usted presentes, y déjeme hablar siempre hasta que haya concluido. En primer lugar, no me parece inútil advertir que en el examen crítico del Duende se sigue otro rumbo muy distinto; no se le puede aplicar aquello de es muy raro que el elogio y el vituperio sean justos cuando son exclusivos, puesto que manifiesta ser imparcial en el hecho de alabar lo que le parece bueno (véase págs. 16 y 17, sobre óperas; ídem 9, sobre las noticias de turcos y rusos, y 39, sobre el número 20); y el deseo que a continuación expresa prueba que su intento no es el de echar abajo al Correo, sino el de corregirle; es imparcial, puesto que a los mismos sujetos que en un paraje deprime, en otro alaba, según cree merecerlo; por ejemplo, el señor Anfriso, de quien dice: «Si sus poesías son buenas, como tengo motivos para creerlo»; a quien defiende después contra el Aprendiz, que desmedidamente le ataca; lo mismo sucede con el señor Vega, etc.

Es verdad que el Duende dice a veces gracias demasiado picantes; pero éstas recaen sobre los yerros puramente literarios, y aunque se llame necio al que repara en el modo de leer un periódico, y al que dicta una característica insolente, es por la oportunidad de esta falta y por el resentimiento que resulta de verse llamado necio por no ser suscriptor; insulto en que ya empieza el Correo a hacer de las suyas, tanto más cuanto es un motivo suficiente la rabia de tener pocos suscriptores para insolentarse con los que no lo son. Aun esto de llamar necio al autor incógnito de un artículo, nunca pudiera ser personalidad, puesto que no recae sobre la persona, que no hay conocida, sino sobre su artículo.

Véase, por lo demás, si en el Duende se halla una alusión personal de las que sacan la cabeza por todos los renglones del Correo. Cuando alaba, nombra; cuando deprime, no descubre el apellido del autor; esto indica una buena fe a prueba de Correo.

EL DUENDE.- Basta, señor de Arriala; eso fastidia, porque el caso es que el Duende no tenga razón...

DON RAMÓN.- Vamos ahora a ver si le gusta a usted el Correo... Lo primero que hace es poner el nombre al chiquillo y bautizarle de papelejo...

EL DUENDE.- No es malo el nombre; papelejo quiere decir papel pequeño, de pocas hojas; verdad es que no tiene una vara de largo desde los seis cuartos hasta la imprenta; y en atención a esto bauticemos al Correo de papelón, y no se enfade usted, que es cuestión de nombre, o llámelo h.

DON RAMÓN.- Sea así, ya que es usted tan acomodado. Dice que la ocurrencia de darle sueño al Correo no es nueva.

EL DUENDE.- Tiene razón; verdad es que no es nuevo el que esas obras medicinales den sueño; pero ese defecto no está sino en la virtud del periódico.

DON RAMÓN.- Que procura decirlo de un modo nuevo.

EL DUENDE.- Eso es un mérito en este tiempo en que, como decía Boileau, ya en el suyo nacemos tarde; todo está dicho, sólo nos toca decir: «Non nova, sed nove».

DON RAMÓN.- Y dilatándose tanto, que cuando escribía se conoce que lo hacía entre sueños.

EL DUENDE.- Eso es volver la pelota; se conoce que no le ha gustado la gracia, cuando le ha parado tan poco en el cuerpo, y nos la devuelve casi entera.

DON RAMÓN.- Dice que con razón tiene prólogo el Correo, porque otros periódicos le tienen; a eso digo yo: el que la Revista Enciclopédica se vuelva toda prólogos no quiere decir que el Correo debe tenerle, pues es un periódico de otra especie que dice algo; todo prólogo, no siendo más que una preparación que hace el autor para hablar, como la etimología de su título lo indica ( de la preposición antes, delante y de palabra, discurso; según otros, del verbo predigo, digo antes, de digo), le viene encajada a cualquiera obra como al Correo una crítica, cuando en el discurso de la obra se cumple con el objeto de hablar; pero cuando después de un prólogo tan completo salen unos harapos de periódico y unos artículos tan huecos, da gana de decirle el

y aquello de

Nec sic incipies, ut scriptor cyclicus olim, Fortunam Priami cantabo, et nobile bellum, Quid dignum tanto feret hic promissor hiatu? Parturient montes, nascetur ridiculus mus.

Y, sobre todo, da ganas de explicarles todo esto por medio de una fabulilla, que bien sé yo que les había de gustar.

El escarabajo y la araña

Miren que muy seria la fábula va; y atiéndanme todos, que es cosa formal. Un escarabajo, profundo animal, la araña ingeniosa hubo de encontrar. ¿Qué hace pensativo, señor, el de allá? ¿Qué cosa esos sesos revolviendo están? Pienso, amiga araña, diz con seriedad, poner una fábrica que habrá de admirar. Brazos sólo faltan a hacerme el telar; y así me prestaseis vuestra habilidad. La araña industriosa ¡hola!, dice, ¿hay tal?, y hubo en un camino gran casa de alzar. Mas la socarrona, su capacidad dudando, certera se quiso esperar. Aquello era verle con activo afán, qué de materiales, alegre, hacinar. Y después de tanto sudoso activar, señores, ¿qué haría? ¿A que no acertáis? Una pelotilla; no pudo hacer más: ¡os miro, burlones, la risa soltar! Bien, dijo la araña, hice en desconfiar; que a fe nunca el olmo dar peras sabrá. ¡Oh! Cuántos suelen en grande fachada así alucinar, y es pelotilla, si al fin esperamos, el fruto que dan.

DON RAMÓN.- Quiere defender el artículo del año pasado. Dice que no es pesado, y lo vuelve a explicar; conque es bueno que se le critica el explicar demasiado, y todavía vuelve a explicarlo. Que pedía repeticiones, yo mismo lo decía; pero que no merece rompernos la cabeza, yo mismo lo digo. O tiene muy mala idea formada de su explicación, o del entendimiento del público.

EL DUENDE.- Eso me gusta en el señor J. P., que no nos deje a media miel; antes bien, «de la hiel del Correo apure el vaso»; y yo creería muy oportuno el que repitiese, si no fuera por tres casualidades que ocurren: una, que a la primera lo entendimos todos muy de sobra, y aún más de lo que él hubiera querido, pues además de entender lo que quería decir, entendimos que lo decía muy mal, que lo escribía peor, etcétera; dos...

DON RAMÓN.- Basta, pues, señor Duende; ¿para qué las otras dos? Pues aún barrunto yo que no ha quedado muy satisfecho el señor J. P.; por fortuna se ha cortado, que él llevaba camino de hacernos pasar por un rosario de quince dieces. Bien le podrán ganar a conciso, ¡pero a llenar papel, etc.! Bien haya su pluma, o, por mejor decir, su martillo y el brazo que le descarga.

¡Ay, señor Duende, prepárese; aquí hay un varapalo con tres versos como tres conjuros, y son de Argensola, aunque no lo dice el Correo! Pero... vaya, figúrese usted si será varapalo que se pueda bizmar con la flema de usted, cuando no sólo está en letra de molde, sino en letra bastardilla.

«El señor Larra, comisionado por el Duende en los versos que hizo a la Exposición pública, en los cuales, por no entender las materias de que hablaba, ha dicho cosas muy raras».

Vea usted por dónde retoña el arbolito. ¿Ha visto usted cómo toma el atajo y le mete un aguijón?...

Parece que el señor J. P.; a todo lo que es poesía lo llama versos, como los ignorantes; y no lo será, sino que tendrá gusto en parecerlo.

EL DUENDE.- Si esto es así, es usted el demonio; y tiene usted razón, porque no siendo los versos sino una de las partes de la poesía, es lo mismo llamar versos a una oda, que decir que el señor redactor tiene un paño, en vez de decir que tiene unos pantalones.

DON RAMÓN.- ¡Hola! Pues debe usted estarle muy agradecido, que es mucho que no la llamó décimas, así como llamará también santos a todas las estampas, aunque sean las del Quijote. Bien podía haber dicho oda, que así se llama esta clase de composiciones, en opinión de los Duendes y de los que no son periodistas del Correo, y este nombre viene de por crasis en vez de canto, del verbo y de aquí llamaban los atenienses odeon una especie de academia de música; de donde tomaron los latinos odeum, i, como a cada paso se encuentra en Vitruvio, pequeño teatro donde se celebraban certámenes de música.

DON RAMÓN.- Y de ahí han tomado los parisienses su Odeón, segundo teatro de París para la música, el cual está en el Faubourg Saint-Germain, junto al Jardín de Luxemburgo, ya que es preciso haber estado en París para tener razón con esta especie de redactores.

Pues amigo, eso no es nada; ¿y allá cuando dice el hijo de Apolo, el señor de Carnerero, que ha tenido usted el gusto de hacerse conocer por una malísima oda a la Exposición? ¿Y qué dice usted ahora?

EL DUENDE.- Si eso es cierto, ya empiezo a creer que es buena; ya no debe dudarlo, cuando al señor de Carnerero le parece mala, y baste por este voto; pero con respecto al señor J. P., no puedo creer que hable mal de ella. ¿Usted cree que antes de aventurar el señor J. P. si dije cosas raras en los versos por no entender las materias, no hubiera llegado a pescar, como es su frase favorita, al señor director de la Junta de la Exposición, que es persona a quien se debe venerar, porque es un sabio de los que andan más escasos que Correos, y no se hubiera informado de él? ¿No hubiera visto a los señores vocales de la Junta, quienes le hubieran dicho no sólo la opinión que tenían formada de la oda con respecto a los objetos de la industria, sino también al mérito o demérito literario y poético de la composición? ¿No hubiera consultado el señor J. P. a don Juan Peñalver, su secretario, a quien no cambio por el redactor J. P., porque no es ninguna chinita, no es ningún redactor de un Correo, sino un buen matemático, físico, químico, economopolítico, etc.? Bien seguro es que el tal señor secretario don Juan Peñalver, a quien respeto y respetaré toda mi vida mientras sepa más que yo, en caso de haber hallado defectos en la oda, como sin duda los tendrá, no hubiera aconsejado al señor J. P. que los bautizase de cosas raras, que en lengua de sabios es lo mismo que no decir nada, o no tener nada que decir.

DON RAMÓN.- Pero, señor Duende, esa diferencia que hay entre don Juan Peñalver y don J. P. no quiere decir que la oda sea buena; ello es preciso defenderla de este malandrín que la pone de malísima. La Junta pensará lo que quiera, pero al público no le consta: es preciso razones.

EL DUENDE.- Yo sospecho que el señor Carnerero no había leído de la oda sino mi apellido cuando aseguró ser mala; es decir esto, que está bien determinado a encontrarla mala cuando la lea; y efectivamente no se hace usted cargo; «una oda hecha por un señor que ha criticado al Correo», ¿cómo ha de ser buena? ¿No ve usted la incongruencia que habría en alabar un redactor al señor Larra? Eso se palpa. Mala, malísima, a los ojos del señor Carnerero; y Dios nos libre de que algún día les llegue a gustar a los Carnereros la oda, líbreme de verla alabada por ellos, por aquella regla de Iriarte:

Si el sabio no aprueba, malo. Si el necio aplaude, peor.

DON RAMÓN.- Pero, ¿usted la defiende?

EL DUENDE.- ¿De qué? ¿Cómo?

DON RAMÓN.- Dando razones.

EL DUENDE.- Ninguna dan en contrario. Los inteligentes que han leído la oda ya han juzgado. A aquellos mulos de reata que a falta de criterio propio o sin haberla leído la juzguen malísima por el dicho de otro, a ésos les aconsejo que no la lean, y ese tiempo se encontrarán para cosas que ellos llamarán más útiles; si el día de mañana apareciesen razones contrarias de algún peso, me contentaría con leerles un oficito de la Junta, cuyo voto, prescindiendo de lo mucho que vale, por poco que valiera, había de ser una autoridad infinitamente más respetable que la del señor Carnerero, y la de un enemigo del autor del Duende, tanto por ser una corporación (en que no tengo el honor de conocer a ningún individuo), la cual no se doblega por interés alguno a la alabanza injusta, como por componerla sujetos de un mérito conocido en diversos ramos, y algunos en la literatura; el cual ahí le tiene usted.

DON RAMÓN.- «La Junta de Exposición pública ha visto con particular aprecio la oda sobre la Exposición pública de la industria española que usted le presentó, y que tanto honra al mérito literario como a los sentimientos patrióticos de su autor. El señor Larra, en opinión de la Junta, debe ocupar un lugar distinguido en el Parnaso español y continuar dando nuevas pruebas de su precoz talento en el dificilísimo ramo de la literatura, que cultiva con tan buen éxito; todo lo cual, por acuerdo de la Junta, hago saber a usted para su noticia y satisfacción. Dios guarde a usted muchos años. Madrid, a 1 de septiembre de 1828. Juan López Peñalver de la Torre, secretario. Sr. D. Mariano José de Larra».

Esto vale algo más que los chasquidos y látigos de un Correo, aunque mete menos bulla.

EL DUENDE.- Efectivamente, yo creía que era algo; pero ya veo, amigo, que la oda maldita en tan poco tiempo se nos ha echado a perder; no podré decir que no pasan días por ella; si se repuntaran las odas como el vino y si se pasaran como el pescado... Ya se ve, estos calores, el tiempo tan desigual..., los periodistas tan periodistas...

DON RAMÓN.- Sigamos, pues, que la oda está tan segura, que así me las den todas a mí, como nadie la ha de tocar al pelo de la ropa, y vamos a otra. Dice:

«No es poca satisfacción la de tratar de tontos y necios a unos periodistas, lo cual no está prohibido por las leyes; y en cuanto si repugna algo a la urbanidad, toca esto a la conciencia política de cada uno. En rigor no debe faltarse a ella en ningún caso; y si alguna vez, por descuido o por efecto de la debilidad humana, lo hiciésemos, etc.».

Pero, ¡ah, señores redactores! Vamos a ver si saco una consecuencia en buena lógica, ya que quieren lógica.

Según los redactores, la opinión de un periodista nunca pasa de ser la opinión de un hombre, y esto es tan verdad, que no necesita más prueba, y por eso me refiero a lo que dice, es decir, que el mismo respeto merece en cuanto a opinión literaria un periodista como uno que no lo es: de suerte que del mismo modo se deberá tratar a uno que a otro.

Es así que llamar necio, tonto, etc., a uno que no es periodista, v. g. el Duende, no es falta de urbanidad; porque ustedes lo han hecho, y no querrán faltar a sus leyes.

Luego no es falta de urbanidad llamar necio y tonto a un periodista, puesto que es lo mismo que uno que no lo es. Hasta aquí va bien.

Todo esto se infiere en el caso de que sea un buen periodista; pero si un buen periodista, cuando lo merece, puede ser llamado necio y tonto, cuando este periodista no sea bueno, ¿qué merecerá? En ese caso, bien se deja conocer que no sólo no será el aplicarle aquellos nombres falta de urbanidad, sino que será justo y necesario.

Es así que los redactores del Correo, como se prueba en todo este cuaderno y el anterior, no son buenos...

Luego a los redactores del Correo no sólo no será falta de urbanidad llamarlos necios, tontos, etc., sino que será justo y necesario. Señor Carnerero, venga usted por más lógica.

DON RAMÓN.- ¡Señor Duende! Duende sin urbanidad, ¿será posible que usted haya cometido la grosería, la falta de crianza de ver las faltas del Correo? ¿Y las leyes no lo prohíben? Vea usted: un crimen de leso periodista que se les ha quedado por allá. ¿Dónde están los Alonso, los Núñez, los Latín-Rasuras? ¿Qué hacen sus manes que no reviven a castigar a tanto hombre mal criado como hay en España, que comete la impolítica de no gustar del Correo? Y esta debilidad humana de que adolece todo un público... ¡Qué falta nos está haciendo en la Novísima Recopilación una ley que mande a todos los españoles de entrambos mundos gustar del Correo! Esta maldita fragilidad humana; pero a bien que la conocen los redactores; lo peor es que el pecado de hallar malo el Correo va a ser como el pecado original, que tiene que pasar a nuestros hijos; y permítaseme decirlo, aunque sea descortesía.

Y sigue poco más allá. «Cuando nos ocurrió dar un salto a la pág. 23 y no tuvimos reparo en hacerlo, fundados en que los Correos y los poetas tienen facultad para dar saltos, que así se traduce el quidlibet audendi».

Señor de Larra, mi amigo: ¿En qué tierra de cristianos, donde se coma pan de trigo, donde haya un mal dómine, se traduce así el quidlibet audendi? Y vaya un chinarro.

EL DUENDE.- Alto, y veamos. ¿Quién sabe si eso no será traducción así como quiera, sino traducción libre, o si estará imitado y arreglado al público español, que ahora imitaciones y arreglos llamamos a las que antes eran traducciones literales? (Véanse los anuncios de Gustavo y Poleska, Oros son triunfos, etc.).

Aquí tengo comentadores y traductores de Horacio franceses, ingleses, italianos, españoles...; iremos por el orden que ellos quieran salir.

Torrencio, Cruquio, Lambino..., Acron..., Porfirio..., Turnebo..., Mureto..., Erasmo..., Bond..., Minelio..., Rodelio..., Desprez..., Dacier..., el jesuita Sanadon..., Escalígero..., Ricardo Bentley..., Cuningham..., Heynsio..., Batteux..., nuestro jesuita Morell, el doctor Villén de Biedma..., Espinel..., Iriarte..., Burgos, etc. ¡Por vida mía que no hallo interpretado ni traducido ese pasaje de ese modo!; sólo por boca de todos viene a decir Horacio que a los pintores y a los poetas les son permitidas ciertas licencias; pero que no traspasen por eso los límites de su arte respectivo: