Part 7
Doña Luz distaba mucho de creer que la política fuese lo que por política entendía D. Acisclo: pero, viendo lo convencido que él estaba de que no era otra cosa, y notando además que Pepe Güeto y su mujer no distaban mucho de pensar como don Acisclo, no quiso predicar en desierto ni tratar de convencerlos de que el verdadero concepto de la política era muy diferente. También le chocó sobremanera el tortuoso giro de pensamientos y discursos, por donde la mente de D. Acisclo, partiendo de las homilías, disertaciones filosófico-cristianas y demás sublimidades del Padre, había venido a parar en que debía él ser hombre político, a fin de pagar menos contribución y de tomar mucha distribución.
Sobre este último punto no pudo menos de decir doña Luz:
--Aun concediendo, que ya es harto conceder, que la política sea como V. la entiende, todavía me pasmo, Sr. D. Acisclo, de que, en virtud de los razonamientos de su sobrino de V., haya venido V. a sacar como consecuencia la resolución de ser político y de derrotar a D. Paco, poniéndose en lugar suyo.
--Pues mire V., señorita doña Luz--respondió don Acisclo--, no hay nada más llano que el camino de discurrir que yo he seguido. Enrique me ha dado ánimos sin él saberlo. Por él he comprendido que en mi familia hay brío para todo. Él es santo y sabio: hombre teórico: yo soy rico. ¿Por qué no he de ser también influyente, a fin de ser el hombre práctico por completo? ¿No hubo en lo antiguo, en una sola familia, Marta y María? Pues ¿por qué ahora, en otra familia, salvo la diferencia de sexo, no hemos de ser él María y yo Marta; él el contemplativo y yo el activo?
--Bien por D. Acisclo--dijo Pepe Güeto.
--Y vaya si tiene razón: ya sabe él dónde le aprieta el zapato--añadió doña Manolita.
--No, sino pónganme el dedo en la boca--exclamó don Acisclo--, y verán si muerdo o no muerdo. Pues qué, ¿un hombre de mis millones, y con un sobrino tan notable, ha de estar toda su pícara vida humillado por ese tunante de D. Paco, a quien da el diputado cuanto pide y más?
--Nada de eso, Sr. don Acisclo--dijo Pepe Güeto, dejándose arrebatar del entusiasmo--. Es menester sacudir el yugo.
--¡Muera D. Paco el tirano!--gritó doña Manolita riendo.
--Ya se entiende que la muerte ha de ser meramente política y no civil ni natural--interpuso doña Luz.
--¿Y cómo se va V. a componer para matarle políticamente?--preguntó Pepe Güeto.
--¿Cómo me voy a componer? ¿Cómo me he compuesto? es lo que debieras preguntar. Pues qué, ¿me duermo yo en las pajas? Ya lo tengo todo concertado. El ministro cuenta conmigo. Yo les he probado que no es natural, sino artificial, el diputado que de aquí enviamos, y, como ahora está en la oposición, el Gobierno le derrotará con mi auxilio en las nuevas elecciones, que serán pronto.
--¿Y quién es el nuevo candidato del Gobierno?--preguntó doña Manolita.
--Un candidato ilustre, un sujeto de inmenso porvenir, un héroe de la guerra de África--dijo don Acisclo muy orondo--. Yo le protejo, yo haré por él prodigios, yo me atraeré a los parciales de D. Paco, que se quedará solo, y mi hombre saldrá por inmensa mayoría.
--¿Y cómo se llama su hombre de V.?--dijo Pepe Güeto.
--Se llama el brigadier de caballería D. Jaime Pimentel y Moncada, valiente como el Cid, de noble prosapia, joven y gallardo. Ya le verán ustedes, ya le verán ustedes, porque pronto vendrá a visitar el distrito.
Con este notición se puso término a la charla, así porque era ya tarde, como porque los aplausos y vivas de doña Manolita y de Pepe Güeto no consintieron que siguiera adelante aquella noche.
-XI-
Preparativos electorales
El plan de D. Acisclo había sido meditado pausadamente y en secreto, y estaba tan bien trazado, combinado y preparado, que no escaseaban las probabilidades de que se lograse.
La empresa, no obstante, era difícil; casi imposible para cualquiera otro que no tuviese en aquel distrito la actividad, el poder, el influjo y el dinero que don Acisclo poseía.
Don Paco, el grande elector, era pájaro de cuenta, y contaba con un diputado-modelo; con un diputado tal, que no es dable que haya como él una docena al mismo tiempo en toda España.
Según cálculos estadísticos de la mayor exactitud, los sueldos, adehalas y favores de varias clases, evaluados en metálico, que el diputado prodigaba a sus fieles del distrito, sacándolo todo del Gobierno, importaban veinte veces más que lo que el distrito pagaba de contribución directa e indirecta. Suponiendo, por un instante, que todos los demás diputados fuesen tan hábiles, tan mañosos, tan felices y tan píos como el de que hablamos, el Gobierno tendría que hacer el milagro de pan y peces, en inmensa escala, o tendría que producir un déficit, al cabo del año, de diecinueve veces el valor de todos los recursos y rentas del Estado, en el año mismo.
De aquí que haya tan pocos diputados en España como el que don Acisclo se proponía vencer. Era, por excelencia, lo que se llama un diputado natural.
El diputado, en virtud de continuos desvelos y de un arte maravilloso, se gana la _naturaleza_ en un distrito, repartiendo a manos llenas los empleos; y cerca del Gobierno, a más de su talento y de su importancia personal, se apoya para sacar los empleos en esa misma devoción que asegura y prueba que los electores le tienen y en cuya virtud es diputado natural y goza de distrito suyo y re-suyo.
Aunque el diputado natural esté en la oposición, conserva el distrito por dos razones. Es la primera porque, si bien los electores le ven caído, guardan la esperanza de que pronto volverá a encumbrarse, mandarán él y los de su partido, y lloverán entonces los favores. Es la segunda razón, porque, el diputado natural, aun cuando no esté en el poder, logra que muchos de sus ahijados se sostengan en sus empleos, y hasta suele darlos flamantes, ya porque los fueros de diputado natural le habilitan para todo, ya porque le sobran amigos en los Ministerios, y ya porque los mismos ministros, sus contrarios, le atienden y consideran, esperando la reciprocidad para cuando estén ellos caídos.
El diputado, contra quien iba a sublevarse don Acisclo, estaba caído en aquel momento; pero nadie dudaba de que pronto se volvería a encaramar en el poder. Habíanle dejado cesantes a no pocos de sus ahijados; pero aún quedaban muchos en plena posesión de sus empleos y sueldos. La fama que el diputado tenía de servicial, complaciente y poderoso para _sacar turrones_, era tan firme que hasta su mismo temporal decaimiento aumentaba su clientela en vez de mermarla. Los más astutos y previsores conocían cuán propicia ocasión de ponerse bien con él era servirle mientras estaba lejos del mando, lo cual da ciertos visos de desinterés a los servicios y es lo que llaman por allá, con frase hecha, elegante y propia de la poesía bucólica, _llevar pajitas al nido_. El que no lleva pajitas al nido rara vez moja la barba en cáliz, he oído decir con frecuencia al personaje más sentencioso de aquellos lugares.
Presentadas así las cosas, parece una temeridad, un delirio, algo semejante al propósito que tuvo la serpiente de la fábula de morder la lima, el plan de D. Acisclo de derrotar a D. Paco y de suplantarle.
Mas no hay que acoquinarse por eso ni por mucho más. D. Acisclo no se acoquinaba; tenía confianza en su energía propia, y estaba resuelto a pelear contra D. Paco, cuya tiranía se le había hecho insufrible. Lo que sí había considerado bien D. Acisclo, como prudente capitán, era lo colosal y comprometido de su empeño; y a fin de salir airoso, había tomado las convenientes precauciones, acumulado medios, buscado alianzas y allegado fuerzas y recursos de toda laya.
Cada vez que un diputado o el grande elector en su nombre da un empleo, el agradecimiento no es seguro en quien le recibe, pues éste puede creer que harto ganado le tiene. En cambio los envidiosos, quejosos y descontentos, parece como que brotan del seno de la tierra, lo cual es difícil de evitar, porque por muchos empleos que saque el diputado, no ha de sacar uno para cada elector. Entre los empleados y agraciados suele haber también quejas y envidias. Fulanito se llevó un _turrón_ más dulce y suculento que el mío, dice Menganito; y Perenganito exclama que el destino de Menganito es de mucho _manejo_ y el suyo no lo es, de donde nace también no pequeño encono. El uno, que no es más que estanquero, entiende que debía ser _vista_; y el otro, que está de oficial ambulante de correos, siempre metido en un wagon, suspira por el alfolí de la sal que se dio a un tercero, que disponía en la elección de menos votos que él; y el que tiene como _fiel_ el alfolí se juzga desairado porque no le nombraron guarda-almacén, que esto y mucho más se merecía. El puesto de alcalde suele ser muy disputado, y casi siempre se pican dos o tres porque no lo son. En suma, aunque el diputado y su _alter-ego_ D. Paco eran casi tan avisados y prudentes como Ulises, a quien la propia Minerva, descendiendo _ad-hoc_ del Olimpo, inspiraba la más severa justicia distributiva para repartir pedazos de buey asado en los banquetes a los héroes de la _Ilíada_, o ya porque repartir _turrón_es más arduo que repartir _roastbeef_, o ya porque los electores de España son más descontentadizos que los semi-dioses y guerreros aqueos, ello es que el disgusto cundía y que había mar de fondo hasta en la misma capital del distrito.
Nada de esto hubiera valido, todo se hubiera disipado como una nube de verano, si D. Acisclo, con artes maquiavélicas, no hubiera atizado la discordia, dándole pábulo con ingeniosos chismes, diestramente divulgados, y no hubiera en sazón oportuna levantado bandera de enganche, a cuya sombra se fueron acogiendo y alistando los que se creían desairados o mal pagados de sus afanes.
De esta suerte vino a formar D. Acisclo una poderosa minoría electoral, cuyo centro y núcleo era Villafría.
Entonces negoció con el Gobierno, y luego que el Gobierno le ofreció su apoyo, a fin de derrotar al diputado de D. Paco y elegir en lugar suyo al ya nombrado D. Jaime Pimentel, D. Acisclo se afanó por convertir su minoría en mayoría, trayendo a sí a los neutrales y vacilantes, y procurando, sobre todo, sacar de sus casillas y lanzar en la lucha a no pocos que jamás quieren votar ni mezclarse en política, tal vez porque no ambicionan empleos.
Entre estos desdeñosos, dignos en nuestro sentir de reprobación, porque dejan el campo libre a los explotadores, había en el distrito un hombre a quien, vencida su inercia, seguiría toda una población. La población era la que ya conocen mis lectores con el nombre de Villabermeja. El Cincinato electoral, a quien anhelaba mover D. Acisclo, porque con él daba por indudable el triunfo, era el famoso amigo mío D. Juan Fresco, de cuyos labios sé esta historia, así como otras muchas no menos ejemplares, que contaré en lo venidero, si Dios me concede vida y salud.
Don Juan Fresco estaba en buenas relaciones con D. Acisclo, el cual le había sido útil y le había servido en algunos negocios; pero D. Juan Fresco no se dejaba llevar con facilidad. Don Acisclo había montado a caballo e ido a verle a su lugar dos o tres veces. Le había escrito además cuatro o cinco cartas, tratando de convencerle. Nada había bastado a quebrantar su resolución ni a cambiar su inveterada conducta de no mezclarse en elecciones ni en política para nada.
Don Acisclo rabiaba, se entristecía y se desesperaba de esta terquedad. Con D. Juan Fresco de su lado, su empresa era llana. Sin D. Juan Fresco, a pesar del auxilio del Gobierno, distaba muchísimo de estar asegurada la victoria.
Entre tanto, preparado ya todo lo demás y próximas las elecciones, sólo faltaba echar a volar el nombre del candidato, guardado hasta entonces con el mayor sigilo por D. Acisclo y el Gobierno; pero antes quiso D. Acisclo probar por última vez sus fuerzas persuasivas cerca de D. Juan, revelándole el nombre del candidato y ponderándole sus prendas y merecimientos. A este fin le escribió nueva carta, lo más elocuente que supo. La contestación de D. Juan no se hizo aguardar más de un día, y fue tan impensadamente satisfactoria para D. Acisclo, que de ella provino el contento que mostraba cuando se animó doña Manolita a preguntarle la causa de él, y la facilidad y buen talante con que lo declaró todo a doña Luz, a Pepe Güeto y a la mencionada hija del médico.
La carta de D. Juan Fresco es un documento importante que conservamos en nuestro poder, y del cual no estará de más dar aquí traslado.
La carta es como sigue:
«Apreciable amigo y dueño: Hasta ahora me he resistido a todas las súplicas de V., por más que le quiero bien, sin poder remediarlo. Y me he resistido porque mi modo de ver las cosas es contrario al de V. en mucho. Ambos somos más liberales que Riego; ambos somos más despreocupados que el autor del _Citador_, libro que V. habrá leído; ambos somos progresistones de lo más fino y neto, y a ambos nos hechiza la igualdad, con tal de que no sea más que ante la ley, y salvas las desigualdades, merecidas o arrebatadas por naturaleza, por gracia, por habilidad o por acaso, de ser unos tontos y otros listos, unos ricos y otros pobres. Pero por cima de esta consonancia perfecta en que estamos V. y yo, hay entre nosotros radicales diferencias, las cuales consisten en que nos hemos forjado muy distinto _ideal_. Entiéndese por _ideal_, palabrilla que está muy a la moda, el término de las aspiraciones de cada uno. Su ideal de V. es que haya un gobierno que distribuya cuanto hay que distribuir, que todo lo arregle, que en todo se entrometa, que nos enseñe lo que hemos de aprender, que nos señale lo que hemos de adorar, que nos haga caminos, que nos lleve las cartas, que cuide de nuestra salud temporal y eterna, y hasta que nos mate la langosta y la filoxera, nos conjure las tempestades, pedriscos, epidemias, epizootias y sequías, y nos ordene y suministre lluvias a tiempo y cosechas abundantes. A un Gobierno, a quien tales y tan múltiples encargos se le confían, es menester habilitarle de muchísimo dinero, que él reparte después entre los que han de hacernos felices, dándonos salvación, ciencia, riqueza, sanidad, larga vida, agua, medios de locomoción y cuanto constituye nuestro bienestar y conveniencia. Pero V. dice, y dice muy bien, desde su punto de vista, ¿por qué no he de ser yo, que no soy más bobo que otro cualquiera, quien, si no en todo, en parte, se encargue de hacer esos prodigios benéficos y providenciales, y quien reciba y reparta a su gusto los ochavos que para hacerlos hay que largar? De aquí que V. anhele, como quien no dice nada, producir un diputado, y sobre todo un diputado que influya, que valga y que _saque turrones_. Yo, en cambio, lo confieso, tengo un ideal, que, al paso que vamos, no se realizará, si se realiza, hasta dentro de diez o doce siglos; pero, amigo, es menester ir encaminándose hacia él, aunque sea a paso de tortuga. Mi ideal es el menos Gobierno posible; casi la negación del Gobierno; una anarquía mansa y compatible con el orden; un orden nacido armónicamente del seno de la sociedad y no de los mandones. No quiero que nadie me enseñe; yo aprenderé lo que mejor me parezca y me buscaré maestros; ni que nadie me cuide, que yo me cuidaré; ni que nadie me abra caminos, que yo me asociaré para abrirlos con quien se me antoje. Sé que esto hoy no es posible, pues dicen que no hay iniciativa individual y que es necesario que el Gobierno tome en todo la iniciativa, como si el Gobierno no estuviese compuesto de individuos. En suma, yo no tengo que presentar aquí todas las razones que contra mi _ideal_ se alegan. De sobra las saben V. y todo el mundo. Lo que deseo que conste es que, a pesar de todas estas razones, yo estoy enamorado de mi irrealizable sistema, y considero apostasía trabajar en este otro archi-gubernamental que hoy priva, sin duda por aquel dicho profundo de un sabio: «La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún». Mientras sigue la humanidad nonata, si hemos de mirar las cosas por el haz y sin penetrar en el fondo, usted tiene razón que le sobra. Ya que se trata de contribuir y de distribuir, y ya que la contribución es forzosa, bueno es apoderarse de ella para hacer la distribución luego, máxime si se considera que, según canta el refrán, quien parte y reparte se lleva la mejor parte.
»Pero cuando se hunde bien la mirada en el centro de este negocio, concretándonos a un distrito electoral, créame usted, Sr. D. Acisclo, hasta para lo práctico, y de hoy, sin pensar en mañana, vale más mi sistema que el de V. ¿Qué se logra con dar empleos a trochi-moche? El distrito no se enriquece por eso. Los naturales de él que salen empleados se gastan fuera lo que cobran. Raro es el que vuelve al distrito a gastarse en él lo que ahorra o garbea. A menudo los tales ahorros no lucen ni parecen. Se disipan y evaporan como no pocas otras riquezas mal y fácilmente adquiridas. Los dineros del sacristán cantando se vienen y cantando se van. El empleado así, por favor electoral, adquiere hábitos de lujo, desdeña la manera rústica y sencilla con que antes vivió, y se acostumbra a que el reloj gane por él el dinero, pasando y pasando horas y días. El mal ejemplo inficiona a todos. El hijo del menestral, el criado de servicio, todo el que sabe leer y escribir, repugna el trabajo manual, y dice para sí: ¿por qué no he de estar yo también empleado? ¿Por qué el diputado no me proporcionará una bonita colocación? El que no tiene la menor esperanza de que el diputado le coloque se llena de envidia y de ira, y se hace flojo y perezoso para no ser menos que el empleado, de cuya holganza y vida regalona se forja un concepto exagerado y fantástico. Imagina, sin que nadie se lo quite de la cabeza, por no conocer sin duda lo de tiempo que se gasta, lo de papel que se embadurna y lo de afanes que se producen con nuestro complicado expedienteo, que las horas de oficina transcurren en amenas pláticas, fumando los oficinistas exquisitos puros y regalándose con frecuentes piscolabis. Y entiende además que a cada instante se ofrecen _negocios de mi flor_ a todo oficinista no lerdo, el cual a menudo tiene algo de que incautarse y al cual no falta de vez en cuando quien le unte bien la mano. Con tales imaginaciones ¿cómo irá nadie con gusto a cavar en el tajo y cómo no ha de querer convertir el tajo en un remedo de la soñada, deliciosa y sibarítica oficina? Resulta de todo ello que como el diputado da empleos a los más activos, ágiles y despejados, quienes naturalmente emigran del distrito, sólo quedan en él los más tontos, torpes y para poco, y éstos, agraviados, lastimados en su amor propio, o desanimados y con poquísimas ganas de trabajar. No hay, por lo tanto, ni industria ni arte, ni adelantamiento, ni mejora posible. Gracias a la milagrosa y pródiga protección del diputado, el distrito se empobrece, en vez en enriquecerse, y se transforma en una nidada de holgazanes y de ineptos. Vea V. por lo que yo, de puro amor al distrito, no quiero darle diputado hábil, como el que tenemos ahora; no quiero darle diputado que tanto turrón busque y reparta.
»Por dicha, el nombre de su candidato de V. me ha hecho pensar en que, favoreciéndole y dando a V. gusto, hago el bien del distrito, según lo entiendo yo: le quito de encima la secadora protección del diputado actual, que parece un fabricante de turrones, y le propino y administro uno que dirá a ustedes, en cuanto le elijan, si os vi no me acuerdo, y no les dará turrón, con lo cual quizá renazca la actividad agrícola, se creen industrias sanas, y desaparezca la corrupción que hoy nos pudre. Sí, amigo D. Acisclo, yo conozco a D. Jaime Pimentel desde que estuve en Madrid con mi pobre sobrina María y con aquel estrafalario de doctor Faustino, con quien ella se casó. D. Jaime era amigo de Faustinito. Dios los cría y ellos se juntan. Aunque en mucho se diferenciaban, en bastante se parecían. D. Jaime, muy joven entonces, era un verdadero ninfo. Acicalado, perfumado y siempre de veinticinco alfileres, aunque bizarro militar, tenía más trazas de Cupido que de Marte. No creo que tuviese ilusiones, ni que soñase, como su amigo el doctor. Don Jaime iba al grano. Buen mozo, audaz y discreto, había tenido ya varios éxitos ruidosos con damas elegantes, y tres o cuatro desafíos, en los que siempre había quedado vencedor. Entonces se pronosticaba a D. Jaime un brillante porvenir. El pronóstico se va cumpliendo. Aún no debe tener cuarenta años y ya es brigadier. Por su cuna y por sus prendas es muy estimado y querido. Además de su sueldo, tiene alguna rentilla, que le da independencia y desahogo. D. Jaime tendrá sobre dos mil duros al año. Para nada necesita de este distrito. No me explico qué antojo será el suyo de salir diputado por aquí, pudiendo salir por donde quiera. Cerca de este lugar posee unas sesenta aranzadas de olivar, que su padre, militar como él, compró con dinero ganado al juego. Este es el único lazo, que yo sepa, que a este distrito le une. Repito, pues, que no me explico su empeño en ser nuestro diputado; pero doy por evidente que, una vez logrado su empeño, nos volverá la espalda, nos mandará a paseo, y no nos dará ni pizca de turrón. Como en esto precisamente consiste mi sueño dorado, callándome la razón para no espantar a los secuaces de V., me decido a ser uno de ellos. Cuente V., pues, conmigo para elegir diputado a D. Jaime Pimentel, y créame su afectísimo amigo».
Tal era la carta de D. Juan Fresco que tanto alegró el corazón de D. Acisclo. Lo esencial era que D. Juan apoyase su empresa, fuese por lo que fuese. Lo que don Acisclo quería era aquella alianza, y poco le asustaban las enrevesadas razones y fatídicos pronósticos en que se fundaba y que él se guardó bien de confiar a nadie. Sólo de cuando en cuando, si bien haciendo desmedidos encomios de la entereza, discreción, honradez y sabiduría de D. Juan Fresco, afirmaba D. Acisclo que era un _ente_.
--¿Y por qué dice V. que ese D. Juan es un _ente_?--le preguntó una vez doña Manolita.
--¿Por qué lo he de decir?--contestó don Acisclo--; porque es un _ente_; porque es el bicho más raro que he conocido en mi vida.
-XII-
El triunfo
Ente o no _ente_, D. Juan Fresco valió de mucho a D. Acisclo, el cual, mientras más esperanzas tenía, más se afanaba y desvelaba porque no se frustrasen.
Los informes que le había dado D. Juan acerca de la condición poco servicial de D. Jaime Pimentel, no dejaban de mortificarle. Ya, sin embargo, no había modo de retroceder, y lo que convenía por lo pronto era derrotar a D. Paco, aunque para ello fuese menester valerse del candidato menos buscador de _turrones_, más distraído y peor cultivador de distritos que hubiese en todo el reino.
Don Acisclo solía echar cálculos alegres, y este mismo descuido de su futuro diputado, que para cualquiera otro hubiera sido un mal, se mostraba a veces con colores risueños y brillantes a los ojos de su esperanza ambiciosa.
«Si el diputado no hace nada--decía don Acisclo para sí--, si no cumple sus promesas, si no recompensa los afanes de los electores, yo tendré que volver por ellos, lo cual me dará motivo para entenderme por mí mismo con el Gobernador de la provincia y hasta con el Ministro, y ser yo aquí real y directamente el amo, sin ese intermedio enojoso del diputadito. Lo esencial, pues, es lograr la victoria con gran mayoría, y hacer ver que D. Paco es un trasto a mi lado».
A este fin no quedó medio que D. Acisclo no emplease.
Las elecciones debían ser en el otoño, y durante el verano vivió D. Acisclo en una fiebre de actividad. Recorrió a caballo todos los pueblos del distrito, que eran siete, ganando votos para su protegido y quitando parciales a D. Paco. Hasta a la capital del distrito fue varias veces, y no sin éxito, con el referido objeto.