Doña Luz

Part 10

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Doña Luz enmudeció: no acertó a decir palabra alguna; pero en su rostro, donde no cabía el disimulo y donde se reflejaban todos sus sentimientos, se pintaban el júbilo, la emoción afectuosa y la agradable sorpresa.

Como tal vez las nieves detienen y con la misma detención prestan más brío a la virtud germinal de la primavera, la cual aparece de súbito y da razón de sí cubriendo los árboles de verdura y los campos de flores, así el anhelo de amar y todo el ser apasionado del virgen corazón de nuestra heroína despertaron de repente, reprimidos hasta entonces por la prudencia, y como dormidos hasta los veintiocho años. Doña Luz sintió nacer en su espíritu la primavera de la vida; oyó cantar las aves; vio, como en espejo mágico, el paraíso; aspiró el perfume embriagador de rosas hadadas, y pensó que se extendían por su seno el calor suave y la luz dorada de un sol ideal, iluminando y vivificando un mundo bellísimo, recién creado y oculto en su alma.

Temió luego que tan rica creación se desvaneciese, que se disipase como si fuera soñada, y exclamó al fin con extraño candor:

--¿No me engaña V.? ¿Es cierto? ¿V. me ama?

--Con todo mi corazón--contestó D. Jaime tomando la linda mano de doña Luz y estampando en ella un beso.

--No sea V. loco. Levántese V.--dijo doña Luz, retirando con suavidad su mano de entre las de don Jaime.

--No me levantaré--replicó éste--, hasta saber si usted me corresponde.

--D. Jaime, por Dios, ¿qué quiere V. que yo le diga? Yo no sé si le amo a V.: pero si el contento que me causa el creerme amada y el temor de perder esta creencia son síntomas de amor, me parece que le amo.

Doña Luz se sonrojó como nunca al pronunciar tales palabras, y D. Jaime se levantó mostrando en su semblante la gratitud y la alegría que la confesión de doña Luz le causaba.

Después dijo:

--Deseche V. todo temor, y conserve la creencia de que la amaré siempre, y de que mi amor hacia V. sólo puede compararse con el respeto y la profunda admiración que V. merece.

Llegadas a ese punto las explicaciones, y yendo por camino tan llano, todo quedó tácitamente concertado en aquella entrevista, que duró poquísimo.

Doña Luz estaba turbada y confusa, pero la majestad severa de su rostro y ademanes hubiera contenido al amador más audaz.

Don Jaime se creyó amado, y ni siquiera con otro beso en la mano de doña Luz se atrevió a manifestar que amaba a su vez, y que estaba agradecido.

En suma, dado el modo de ser de doña Luz, y después de declarado de ambas partes el amor, no había trámite, ni coloquio tierno a solas, ni dilación que valiera. Las bodas tenían que venir a escape.

Doña Luz era harto vehemente para hablar con serenidad y con frialdad de otro cualquiera asunto, y a solas, con el hombre a quien casi acababa de decir: te amo; y era tan casta y tan pura, que helaba todo deseo y mataba toda esperanza de obtener de ella la más inocente anticipada caricia o de adelantarse a hacerla sin exponerse a su enojo.

De aquí el grande embarazo en que se vieron doña Luz y su amante apenas se dijeron que se querían. Doña Luz, sobre todo, no sabía qué hacer. Se sentía avergonzada de lo que había dicho, quería huir de las miradas de aquel hombre, y no se resolvía a huir, temerosa de que su fuga pareciese artificio o ridícula puerilidad impropia de una mujer de veintiocho años.

Por fortuna, doña Manolita presintió por instinto aquella situación difícil, y libertó de ella pronto a su amiga, presentándose otra vez en el saloncito.

Ya, más tarde, durante el almuerzo, en medio de los convidados, a la vista de D. Acisclo y del P. Enrique, y después de haberse serenado y repuesto de la primera emoción, doña Luz habló a D. Jaime con reposo; le halló dispuesto a todo, y como ella no tenía padre ni madre a quien consultar, ni él tampoco los tenía, ambos determinaron casarse sin ruido ni aparato, y lo más pronto posible.

A fin de no dar parte en seguida, sin que nadie extrañase la prolongación de su estancia en aquel lugar, D. Jaime dijo que se quedaba una semana más para ver si compraba el olivar que tenía en tratos.

-XV-

Primera traza de un idilio matrimonial

Difícil es tener nada oculto en un pueblo pequeño. Todo se sabe en seguida, aun cuando importe que no se sepa. La proyectada boda de D. Jaime y de doña Luz, que nada importaba que se supiese, no es de extrañar, pues, que llegara al punto a noticia de todos en Villafría.

La detención de D. Jaime se atribuyó desde luego a su verdadero motivo, y nadie juzgó sino pretexto lo de la compra del olivar.

Aquel caso de amor fulminante y sobre todo aquel tan improvisado consorcio, dieron muchísimo que decir, comentar y murmurar.

En los lugares andaluces, nada hay que pasme tanto como una boda repentina. Por allí todo suele hacerse con mucha pausa. En parte alguna es menos aceptable el refrán inglés de que _el tiempo es dinero_. En parte alguna se emplea con más frecuencia y en la vida práctica la frase castiza y archi-española de _hacer tiempo_; esto es, de perderle, de gastarle, sin que nos pese y aburra su andar lento, infinito y callado. Pero donde más se extrema en Andalucía el _hacer tiempo_ es en los noviazgos. Contribuye a esto, por un lado, la prudencia que, reconociendo lo grave y trascendental del matrimonio, nos aconseja de continuo: _antes que te cases, mira lo que haces_. Y contribuye mucho más, por otro lado, que este _mirar lo que se hace_ es sumamente divertido; es el mejor modo de matar o de hacer tiempo; es una grata ocupación, que se proporciona quien no tiene ninguna, y que no bien se casa se queda sin ella.

De aquí, sin duda, los interminables noviazgos de mi tierra, en los cuales además se dan los más bellos ejemplos de firme constancia que pueden registrar las historias de amor. Noviazgos hay que empiezan cuando el novio está con el dómine aprendiendo latín, pasan a través de las humanidades, de las leyes o de la medicina, y no terminan en boda hasta que el novio es juez de primera instancia o médico titular. Durante todo este tiempo, los novios se escriben cuando están ausentes; y cuando están en el mismo pueblo, se ven en misa por la mañana, se vuelven a ver dos o tres veces más durante el día, suelen pelar la pava durante la siesta, vuelven a verse por la tarde en el paseo, van a la misma tertulia desde las ocho a las once de la noche, y ya, después de cenar, reinciden en verse y en hablarse por la reja, y hay noches en que se quedan pelando la pava otra vez, y mascando hierro, hasta que despunta en Oriente la aurora de los dedos de rosa.

En comprobación de esto se cuenta de cierto novio antequerano, que al fin tuvo que casarse a los ocho años de ser novio; y que, no bien se casó, se mostraba afligidísimo por no saber qué hacer de su tiempo. De otro novio, natural de Carcabuey, he oído yo también contar, como testimonio de lo arraigada que está la idea de que el matrimonio exige mucha calma antes de llevarle a cabo, que su futura suegra, considerando que su hija llevaba ya trece años de hablar con aquel novio, sin que llegase él a pedirla, y que ella se iba ajando y marchitando un poco, se resolvió a preguntar al novio qué intenciones traía. Y habiéndose armado de resolución y hecho la pregunta, el novio contestó muy sorprendido y un sí es no es contrariado:--¡Válgame Dios, señora! ¿Es esto puñalada de pícaro?

Prevaleciendo y aun privando en Villafría tan sanas doctrinas acerca de la longevidad de los noviazgos, ya se hará cargo el lector del asombro que produciría aquel arrebato, aquella impremeditación con que doña Luz se decidió.

--Esto es un escopetazo--decía uno.

--Vamos--decía otro--, todo se comprende bien: si ella aseguraba que no pensaba en casarse, era por vanistorio, porque desdeñaba a los lugareños; pero, apenas llegó por aquí un currutaco de la corte, cayó sobre él y le atrapó, como la araña atrapa a la mosca.

Los pretendientes desdeñados, que antes lo llevaban todo con resignación, dando por supuesto que los consolaba, que los desdenes de doña Luz nacían de su amor a Dios y al cielo, cuando supieron que doña Luz gustaba tanto de la tierra y de otro hombre como ellos, no la perdonaron tampoco, y censuraron su ligereza.

--Se ha echado en brazos del primer venido--exclamaban--, sin amor, sin estimación, porque ni el amor ni la estimación nacen tan de súbito. La ha seducido el afán de ir a brillar en los Madriles.

Hasta la gitana buñolera que se ponía a freír y a vender sus buñuelos en la esquina de la casa de don Acisclo, gitana muy sentenciosa, llamada la Filigrana, más célebre por sus sentencias que el mismísimo Pedro Lombardo, dijo en tono irónico:

--Doña Luz es una perla oriental, y la perla no repara en el pescador, ni en si vale o no vale; lo que pretende es que la pesque y la lleve a lucir en el Olen del Oclaye.

No pocas de tales murmuraciones llegaron a los oídos de doña Luz; pero no hacían mella en su corazón. Nada de lo que encerraban en sí hallaba eco en su limpia y tranquila conciencia. Doña Luz era mujer y tenía alma y sentía necesidad de amor. Su amor, sin objeto visible y humano, había estado como aletargado hasta entonces. Un objeto digno se ofreció al fin a sus ojos, y doña Luz le consagró al punto todo su amor. Cada día, cada hora que pasaba, afirmaba más a doña Luz en la creencia de que don Jaime lo merecía. El mismo amor de D. Jaime, la decisión con que le había ofrecido su mano, a ella, desvalida, huérfana y pobre, era la garantía mejor y más segura.

En cuanto a que ella se casaba por deseo de ir a figurar en Madrid, doña Luz reía desdeñosamente al oírlo. Doña Luz tenía resuelto no ir a Madrid mientras pudiera no ir: quedarse en Villafría viviendo en su casa solariega; tener allí su centro, su cuartel general, su nido; cuidar desde allí de sus bienes e irlos mejorando y aumentando; ahogar en su alma toda propensión celosa; y, no ya consentir, sino impulsar a su marido a que fuese él solo a la capital, a brillar en el Congreso de Diputados, en las luchas políticas y en los negocios militares. Doña Luz quería imitar en esto a Vitoria Colonna, y esperar a su héroe, a su sol, a su amante, cuando viniese a reposar en aquel rústico asilo, que el amor de ella había de colmar de hechizos y de deleite. No quería, en suma, ser para él carga gravosa en Madrid, sino descanso, refugio, consolación santa y dulce, en aquella aldea.

En sus amorosos coloquios con D. Jaime, doña Luz desenvolvía todo su plan. Quería para él gloria, poder, influjo en la corte, y esto entreverado de una serie de idilios en Villafría, donde ella había de aguardarle, como Armida benéfica, cada vez que viniese él a reposar en sus brazos, cubierto de frescos laureles. Don Jaime pugnaba porque doña Luz había de ir a Madrid con él; pero doña Luz lo repugnaba con tamaña obstinación, que D. Jaime tuvo que transigir, concertando que por lo pronto, esto es, mientras no fuesen ambos mucho más ricos, doña Luz continuaría residiendo en Villafría.

Todo esto era tan poético que de fijo que el lector, pues lo sabe, no ha de censurar a doña Luz como la censuraban las gentes de su lugar, sino, en todo caso, por lo contrario: por sobrado rara y soberbia; porque prefería vivir muchos meses del año separada de su marido a ser en Madrid causa perpetua de dificultades prosaicas y económicas, bastantes a dar muerte al amor más robusto.

Doña Luz, trazado así con firmeza y por su propia mano el porvenir de su vida, no veía en su alma sino motivos de satisfacción y de contento. Su ser íntimo florecía. El dulce anhelo de ser esposa y madre la conmovía con presentimientos de inefable ternura. Una claridad interior iluminaba su mente, beatificándola; y parecía que, trasminando a lo exterior, irradiaba en su semblante y prestaba a su hermosísimo cuerpo mayor beldad que nunca. Así como los campos se cubren de lozanía al llegar la primavera, así como el cielo se tiñe de púrpura y oro cuando el sol va a salir, así doña Luz se mostraba entonces más gallarda y refulgente.

Su alegría era tan noble, tan generosa y tan confiada, y la expresión divina que esta alegría prestaba a su figura gentil era de tal suerte simpática, que la censura quedaba desarmada al cabo, y al mirarla, tenían que bendecirla todos los hombres.

En su ánimo era casi todo luminoso y alegre. Sólo quedaba, allá en lo más hondo, un pequeño rincón, donde no penetraba bien la luz, y donde, de cierta manera confusa, había como un germen, como una semilla apenas perceptible de disgusto y de intranquilidad. Doña Luz, sin darse bien cuenta de ello, por instinto salvador, trataba de arrancar aquella semilla, de ahogar aquel germen, a fin de que no brotase de él la hierba ponzoñosa.

Doña Luz pensaba en sus anómalas relaciones con el P. Enrique; en aquella amistad vivísima, en aquel afecto que siempre le había mostrado. Claro está que para doña Luz aquello no podía tener ni remotamente nada de común con el amor. Mas, por lo mismo, su afecto hacia el Padre debía permanecer, y las demostraciones de este afecto no debían cesar ni mitigarse, so pena de que ella se inclinara a creer que eran de la propia esencia que lo que daba de su alma al esposo futuro; que había procedido como veleidosa e inconstante; que había puesto en uno, no lo libre, lo intacto, lo jamás dado a nadie, que atesoraba solícito su corazón, sino algo o mucho de lo que había antes dado a otro y quitádoselo luego.

Así, pues, doña Luz se esforzó, aunque en balde, por estar como siempre de afable y cariñosa con el P. Enrique. Y, como viese que no podía, como viese que del tocarse su alma con la del Padre, ya por la palabra, ya por la mirada, cuando antes parecía que brotaban calor y magnética lumbre, entonces se formaba hielo, se lo explicó suponiendo que no hay brío ni vigor en los corazones humanos para varios afectos, y que, donde uno impera, los otros caen y desmayan, aunque sean de muy distinta condición y naturaleza.

El alma del Padre continuaba siempre para doña Luz clara, diáfana e impenetrable, como la mar profunda que ciñe y abraza las costas andaluzas. El sol atraviesa muchas capas de agua y todo lo llena de claridad; pero, allá en lo más hondo, se pierde y ofusca la mirada, entre iris, reflejos, tornasoles y relámpagos argentinos, y nada se distingue con exactitud y fijeza. El Padre no había cambiado, en apariencia al menos. La misma serenidad, la misma dulzura de siempre. No se alteraba su voz al hablar de D. Jaime ni con D. Jaime. Al hablar con doña Luz, mostraba el Padre la antigua afectuosa benevolencia. Ni una palabra donde ni remotamente se sintiese una punta de ironía, de pique o de despecho.

«O el Padre tiene sobre sí propio un dominio inverosímil--pensaba doña Luz--, o no me ha amado jamás. Sería de ver que la sospecha de Manuela, que yo oí como injuria llena de maliciosa villanía, hubiese sido en el fondo una creación ridícula de mi vanidad, que, profundizando bien el asunto, me halagaba en vez de enojarme. No; no cabe duda: el bueno del P. Enrique me estima; me tiene en alto concepto, merced a su mucha indulgencia; me quiere como a prójimo predilecto; pero todo lo demás es sueño absurdo; es presumida imaginación mía. Y más vale así».

Y al terminar doña Luz con estas palabras, suspiraba para desahogarse, como quien se quita grave peso de encima.

En otras ocasiones, ansiosa de descargar más aún su conciencia, de declinar toda responsabilidad, aunque por los raciocinios anteriores se había demostrado a sí propia que no tenía nada de disgustoso de que salir responsable, doña Luz iba esfumando en su memoria todos los favores que había hecho al Padre; iba quitando todo valer y significación a las muestras de afecto que le había dado; y lo iba reduciendo todo a las mezquinas proporciones de una amistad fría y severa, como la que puede y debe mediar entre un discípulo y un maestro, ahuyentando de sí o borrando cualquier enojoso recuerdo, falso en su sentir, hasta de la menor coquetería inconsciente, por parte de ella.

Entre tanto, pasaban los días y se aproximaba el de la boda, que había de ser sin ningún aparato.

Don Acisclo y Pepe Güeto, no obstante, habían hecho un corto viaje a Sevilla para comprar regalos a la novia, cada cual según sus facultades.

El de D. Acisclo fue magnífico. Consistía en unos pendientes y en un broche de brillantes, que le costaron dos mil duros. El de Pepe Güeto fue un brazalete que le costó diez mil reales.

Don Jaime había encargado a Madrid algunas galas y joyas, que debían llegar de un día a otro.

Don Jaime mostraba viva impaciencia; parecía enamoradísimo, y trataba de apresurar la boda.

Mientras más se acercaba el suspirado día, más tiernos estaban los novios; sus coloquios íntimos eran interminables: juntos salían a caballo, doña Luz en el suyo, y D. Jaime en otro bastante bueno y bonito, de la propiedad de D. Acisclo; y también iban de paseo a pie, en compañía de doña Manolita, muy ufana de haber sido la mediadora en aquella feliz alianza.

El P. Enrique iba siempre a comer en casa de D. Acisclo, pero alegando que tenía que escribir o que estudiar, se quedaba a almorzar en su casa, donde su criado Ramón le preparaba y servía un frugal desayuno.

También de la tertulia de por la noche, o ya se retiraba más temprano que de costumbre, o ya se retraía el Padre: pero esto no era de extrañar.

Don Acisclo y Pepe Güeto le dieron el ejemplo. Ciertamente que la conversación en voz baja de los novios y su involuntaria abstracción de todos los circunstantes no convidaban a otra cosa.

El médico D. Anselmo iba y venía, permaneciendo poco tiempo en la reunión. Ya no disputaba ni sacaba a relucir sus filosofías, porque doña Luz no prestaba atención a nada que no fuese D. Jaime.

Resultaba, pues, que la tertulia, tan bulliciosa antes, se hallaba casi siempre en cuadro.

Don Acisclo, D. Anselmo, Pepe Güeto y el Padre se escabullían; y quedaban solos los novios, en su eterno palique, como decía doña Manolita; ésta, que se resignaba con gusto a hacer el papel de dueña; el galgo Palomo, que se echaba a los pies de D. Jaime, a quien había tomado mucho cariño por conocer instintivamente el mucho que le tenía su ama; y a veces el cura D. Miguel, a quien los cuchicheos de los amantes producían idéntico efecto que los gritos y discursos de los filósofos, dejándole gratamente dormido, y soñando quizá en el gran papel que le tocaba hacer en aquel drama regocijado, cuando echase a los novios las bendiciones.

Huérfanos ambos novios de padre y madre, y decididos a que la boda se celebrase sin dar parte a nadie y sin ruido, lo concertaron todo tan deprisa que ya no les faltaba sino cuatro días para verse casados, exentos del cuidado de convidar a nadie de Madrid, y de llamar a amigos o a parientes para que asistiesen a la boda en aquel lugar.

Al mismo D. Acisclo, agradeciéndole mucho su regalo suntuoso, y las intenciones que tenía de convidar a toda su parentela, y de dar una comilona y un baile, le suplicó doña Luz que no hiciese nada; que ella quería casarse, ya que no en secreto, en silencio.

--A cencerros tapados--dijo D. Acisclo, que era muy aficionado a usar en sentido metafórico la palabra _cencerro_.

--Eso es: a cencerros tapados--contestó doña Luz.

-XVI-

Meditaciones

El P. Enrique, según hemos apuntado anteriormente, no estaba ocioso: no limitaba la actividad de su vida a hablar en la tertulia de D. Acisclo.

En la soledad de su cuarto se pasaba horas y horas leyendo y escribiendo.

Como era modestísimo, no esperaba hacer algo que, dado al público, fuese de gran utilidad, y sin embargo escribía una obra extensa de la que no levantaba mano. Era una apología o nueva defensa del Cristianismo contra los ataques de los más flamantes filosóficos panteístas, positivistas y materialistas.

El singular y simpático candor del Padre se revelaba en cada frase de este notable escrito. Se diría que todo él era, más que un libro de polémica, un monólogo, o mejor dicho un diálogo, en que alternaban dos voces de la misma alma. Su entendimiento frío, calculador, apartado de la fe, proponía cuantos argumentos, ya metafísicos, ya históricos, ya tomados de las ciencias de observación, pueden presentarse contra la revelación sobrenatural, contra la vida inmortal del espíritu y aun contra Dios mismo. Y su entendimiento también, ilustrado de mayor luz y acompañado y fortalecido por la fe, respondía a los argumentos susodichos, aquietándose con la victoria.

Allí nada había de afectado ni de convencional. Era el ser del Padre, que se retrataba fielmente. Se diría que su fe, encerrada en interior y fuerte alcázar, peleaba contra el humano discurso, que no quería destruirla, pero que hacía cuantos esfuerzos son conducentes para ello, a fin de verla salir vencedora y triunfante de estos esfuerzos mismos.

Desde la venida del diputado D. Jaime, el Padre iba cada día deteniéndose menos en casa de su tío, y por consiguiente quedando más tiempo en su estancia solitaria.

La obra, con todo, no cundía ni adelantaba por eso. Antes bien, el padre escribía en ella menos que nunca. Se sentaba en su bufete; se colocaba delante el libro en blanco, donde iba vertiendo sus ideas conforme se le ocurrían, salvo el ponerlas más tarde en orden según un plan sabio y bien meditado; tomaba la pluma por último; pero todo era en balde. No se presentaba nada claro y concreto que decir. Un mar de pensamientos y de sentimientos se agitaba en su espíritu, como si viniese sobre ellos el más violento huracán, barajándolo y revolviéndolo todo, por donde, en vez de una creación armónica, brotaba el caos tenebroso.

De esta suerte, después de soltar la pluma, los codos sobre la mesa, la diestra en la mejilla, se pasaba el Padre largas horas sin escribir y sin hacer nada. Otras veces andaba por el cuarto a largos pasos. Otras se echaba en un sillón y se cubría el rostro con las manos. Jamás se había sentido tan inactivo, tan incapaz y tan infecundo.

Un día cerró con despecho el volumen en que iba escribiendo sus apuntes, y se puso a escribir en hojas sueltas. La inspiración entonces vino sin duda en su auxilio. La pluma corrió precipitada como si el torrente de ideas que tenía que verter le imprimiera un movimiento extraordinario.

¿Por qué raro hechizo hallaba el Padre esta facilidad para escribir en hojas sueltas, cuando tan premioso estaba para escribir en el libro? El hechizo no estaba en el libro ni en las hojas sueltas, sino en el asunto.

El Padre se acababa de decidir a escribir sobre otro, que singularmente le importaba, que le preocupaba hacía tiempo, que pesaba sobre él, y del que era menester desahogarse. Por esto la pluma corría.

El padre estaba fijando en el papel lo más recóndito de su alma.