Chapter 2
Sin duda, la causa que debió impulsar á Araujo á ejercitar su talento en el campo de la historia del arte y de la crítica pictórica, tan acomodado á sus gustos y á su temperamento, fué el viaje que realizó por el extranjero, donde vio tantos monumentos y tantas obras maestras dispuestas convenientemente para la pública contemplación en las salas de los Museos. A los ojos de otro español quizá esto no hubiese pasado de ser agradable; á los de Araujo, tan observador, el nivel de la cultura artística de países en que tanta atención se pone en desarrollarla, hubo de impresionarle hondamente, y al establecer comparaciones con nuestro país, como no sentía el patriotismo del envanecimiento, sino aquel otro más práctico, que se ejercita en reclamar y procurar el perfeccionamiento progresivo, apoderóse de su espíritu una sed ardiente de fomentar en España el amor verdadero á las cosas de arte, quilatando con juicios acertadísimos el valor técnico de las obras de nuestras pinacotecas nacionales, pidiendo incesantemente mejoras y reformas en tales centros educadores, combatiendo con tesón incansable todo aquello que á su parecer podía ser obstáculo para el logro de tan beneficiosos deseos. Ilustrar la opinión, formarla con elementos sanos, nuevos y sencillos, tomados de las mismas obras de arte, de sus caracteres peculiares y distintivos: esto es lo que constituyen el móvil y el objeto de todos los escritos de Araujo. En ellos, y de palabra, solía dar muestras de negro pesimismo respecto de la ineficacia de sus predicaciones, pero no por eso dejaba de hacerlas, aunque sólo le leyeran los amigos, como él solía decir; y esto prueba que podía más que su falta de fe en las aficiones de nuestro público al arte y á la lectura, el noble deseo de arrojar la semilla de la buena doctrina. Pero la verdadera causa de que él, es decir, sus escritos no hayan llegado á la gran masa del público, siquiera sea tan poco numeroso el que tiene tales aficiones, fué aquella apatía que le mantuvo siempre obscuro, sin procurarse notoriedad, sin imponerse ni hacer alarde de sus opiniones. No basta decir las cosas, sino saberlas decir de modo que se oiga, de modo que llegue, y él acaso no lo supo porque no necesitó de su pluma, como no necesitó de sus pinceles para vivir, ni tuvo ambición de ganar honores. Lo mismo en sus cuadros que en sus escritos, Araujo ha cultivado el arte por el arte: cuando pintaba, por el placer de ejecutar; cuando escribía, por el de dar á conocer, según su criterio, las obras artísticas y fomentar la estimación de ellas. Acaso tan nobles deseos produjo á veces resultados contraproducentes, haciendo parecer intencionadas censuras á las personas lo que era celo patriótico por las cosas. Pero los que le hemos tratado sabemos que era inofensivo como un niño, y que en su noble corazón no cabían pasiones pequeñas. Ofrecen sus escritos dos aispectos: uno batallador, en todo lo referente á las mejoras de los Museos y colecciones artísticas; otro, crítico ó doctrinal, que encierra sus juicios sobre la pintura y el arte en general. Aquello es transitorio, porque las mejoras que él reclamaba, la fuerza de las cosas ha impuesto algunas de ellas y con el tiempo las impondrá todas; pero los juicios quedarán siempre. Y quedarán por lo mismo que no es posible afiliarlos á ninguna escuela estética, sino que son producto espontáneo de un criterio independiente, amplio, sin prevenciones, formado en la observación desapasionada y personalísima; quedarán, porque este valor personal inapreciable tenia por sólidos fundamentos la educación técnica, la ejercitada experiencia, y, lo que valía más que todo, porque no es ciencia que se aprende, sino don con que se nace: la intuición verdaderamente genial con que sabía penetrar con pasmosa seguridad, sin esfuerzo ni vano alarde, en las entrañas, por decirlo así, de las obras de arte, y descubrir los rasgos peculiares de quien las ejecutó y los caracteres distintivos de su estilo. La piedra de toque de las clasificaciones en la historia del arte y muy especialmente en la de la pintura, el discernimiento de las obras auténticas de un autor ó de aquellas que deban atribuírsele, y de las que le fueron erróneamente atribuidas, era el fuerte de Araujo, que, como es consiguiente, poseía la cualidad indispensable para el caso, que es bastante amplitud de criterio, y esa fina perspicacia para comprender y sentir con saludable eclecticismo las diversas y hasta contradictorias escuelas y personalidades del arte. Tales son los rasgos personales que se descubren desde los primeros escritos de Araujo, que fueron Estudio del Museo de Valencia y Una visita á los Museos de Barcelona y Zaragoza, publicados en El Arte en España (tomos IV y VI) en los años 1866 y 1867, que más tarde, en unión de otra serie de artículos sobre la pinacotea matritense y las demás provinciales, fueron publicados en la Revista Europea (tomo V) y constituyeron el libro de Los Museos de España, el más importante de Araujo para la vulgarización de conocimientos, fin que si no lo consiguió bastante fué por lo corto de la edición. El prólogo de este libro tiene por tema el que lo fué constante en la crítica del autor: la falta de afición á las artes que en España se advierte y se advirtió siempre. Otro escritor hubiese empezado, como es corriente, por pintar un estado de cosas de lo más lucido y próspero en la materia. Araujo, que no servía para desfigurar las cosas, sino para declararlas, traza con fidelísimos rasgos el cuadro elocuente de la azarosa lucha por la existencia que arrastraron nuestros pintores de antaño, en un país que sólo admitía el arte como complemento de las necesidades del culto, y señala la importancia de los Museos en las naciones como medio educador en las mismas, la necesidad de fomentarlos y mejorarlos, sin ocultar las deficiencias existentes entonces, cuya raíz era la falta de aficiones artísticas en el país. Después examina las colecciones existentes, comenzando por la de Madrid, planteando desde luego el problema de la clasificación por escuelas. Combate duramente el sentido, generalmente geográfico, que se da al término escuela, que sólo cree aplicable á individuos. Examina luego los cuadros, á un tiempo los de la Academia de San Fernando y los del Museo del Prado (tanto era su deseo de ver juntas ambas colecciones), fijándose principalmente en las atribuciones. De la cuenta de Rubens y de la de Velázquez, por ejemplo, quita varias obras de las numerosas que se les atribuyen. En los últimos años, en las columnas del periódico El Día, amplió, en una serie de artículos, sus juicios sobre nuestra pinacoteca nacional, é hizo una campaña tenaz en pro de las mejoras del Museo. Con ser tan importante el libro de Los Museos, lo es aún más, por el alcance y lo acabado del estudio que contiene, el libro titulado Goya, de cuyas primicias disfrutaron los lectores de . Seguramente el mayor triunfo de Araujo, el que inmortalizará su nombre, es el de haber destruido, con racionales deducciones y evidentes pruebas, la leyenda con que se han desfigurado la personalidad y las obras de D. Francisco Goya. En aquellas páginas admirables hay elementos sobrados para sanear la crítica de las artes, tan viciada y desfigurada por vulgares preocupaciones y falsos conceptos mantenidos por la rutina y la ignorancia. Si á pesar de haber presentado Araujo á Goya bajo un aspecto completamente nuevo, que es el de la realidad, y de haber puesto por apéndice de su libro un catálogo bastante completo de sus obras, sigue presentándose á aquél, hasta en el teatro, como no fué—torero y amigo de andar entre gente maleante,—y si se sigue creyendo ver en alguna de sus obras el mayor ultraje que un hombre bien nacido y honrado, como, era Goya, puede inferir á una dama de quien recibió protección, es porque, desgraciadamente, Araujo tenía razón en lamentarse de la falta de amor á la lectura que hay en este país. A la breve lista de las obras de Araujo hay que añadir dos opúsculos que bajo el título de Pintores españoles y otro con el de Nociones de Perspectiva se han publicado anónimos (tan poco se pagaba Araujo del valor de sus escritos por ser suyos), en la Biblioteca Popular de Arte, y que sin duda han de contribuir poderosamente á la obra de vulgarización que él persiguió siempre con fin eminentemente patriótico. No sólo con los libros, también desde la cátedra del Ateneo, en un período que sólo abraza unos ocho años, hasta el de 1890 en que se retiró á vivir en Vitoria, procuró Araujo difundir el amor al arte. Impresas están sus notabilísimas conferencias, á que hicimos referencia, sobre el desarrollo de la pintura española desde fines del siglo XVIII hasta nuestros días, y otra cuyo originalísimo tema se deja comprender por el título: Categoría y excelencias del Arte barroco. Porque Araujo, inspirado en aquel saludable eclecticismo que garantiza y avalora la imparcialidad de sus juicios, jamás admitió y combatió siempre el estrecho cuanto caprichoso principio defendido por los clásicos y académicos de antaño, de que era menester abominar de la obra de Borromino y Churriguera, porque no se ajusta á los preceptos de Vignola, ó á las máximas de Canova y de David. Araujo, sin haber leído á Taine y acaso antes que éste, ha sentado y defendido el saludable principio de la igualdad de méritos en el arte de cada tiempo ante la crítica moderna, que debe á cada pueblo ó época pasada la misma consideración y respeto. Vivos están en la memoria de los artistas y aficionados al arte los recuerdos de las conferencias leídas por Araujo en el Ateneo y las controversias amenísimas por él mantenidas en esa casa, en el círculo llamado de los estamperos y el de tertulios asiduos al salón que se distinguió como antitesis del llamado de la cacharrería. Fué Araujo una de las figuras más características de dicho círculo en el Ateneo, por haber sido coleccionista de estampas en aquellos primeros años de su estancia y de estudio puesto en Madrid. Justamente las estampas españolas de fines del pasado siglo y principios del actual le sirvieron de tema para una conferencia, que fué de las primeras que se dieron en el Ateneo con el complemento gráfico del aparato de proyecciones. Escribió, y vieron la luz pública en periódicos y revistas, algunos artículos de asuntos artísticos; y su pluma, que no gustaba de permanecer ociosa, se ejercitó también en la amena literatura y en censurar con fina sátira los defectos sociales. Es curioso en este respecto su artículo La navaja, cosa que considera como signo de una barbarie no desterrada aún del país de los toros, fiesta que también juzgaba desde igual punto de vista. Araujo escribía bien, y hubiese escrito mejor ai se hubiese cuidado de pulir sus escritos. La forma suele ser descuidada ó incorrecta; pero la expresión es más personal que la de algunos literatos. De él puede decirse que ál escribir pintaba. Deja inéditos un curiosísimo trabajó sobre Estampas españolas, con las que va trazando la historia de sucesos pasados, y un estudio en el que, bajo el titulo de Aspectos y transformaciones del arte ha puesta de manifiesto el lógico proceso histórico de la forma. Tales han sido las obras y los esfuerzos del artista y del crítico. Araujo, ya lo he dicho, es poco conocido; le han leído pocos más que los artistas, que eran los que estaban mejor preparados para comprenderle, pero debe tenerse fe en lo porvenir. Las ideas no se imponen y tardan en arraigar. Araujo ha sido un precursor del eclecticismo y la crítica técnica de las artes. Como tantos hombres eminentes que se adelantaron á su tiempo, será conocido más adelante, apreciado por otras generaciones, que tomarán sus juicios por guia y su sinceridad por modelo. Esa será su gloria. No digo esto por amistoso tributo, sino porque realmente lo siento. Este convencimiento íntimo ha dictado estas líneas, y cuantos conocieron á Araujo saben que merecían mucho más su privilegiada inteligencia y su corazón de oro.
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