Chapter 1
Las personas que en el último tomo de acabaron de leer el interesante trabajo titulado Palmaroli y su tiempo, y conserven de tal lectura honda impresión, la que produce todo lo que es relato ingenuo de cosa vivida, no esperarían, seguramente, ver la firma que le avalora convertida aquí, al cabo de tan corto espacio de tiempo, en epígrafe de estos apuntes necrológicos. Y, sin embargo, el autor mismo, cuando ya en el lecho, donde le retenía la última enfermedad, corrigió las pruebas del final de su trabajo, en el que, con frases que le brotaron del alma, se duele de la indiferencia con que la sociedad presente ha visto la muerte del insigne Palmaroli, debió ser el primero en presentir la suya; y acaso, acaso pensó, antes que nosotros, que esas líneas eran ya la última protesta que lanzaba contra la vulgar ignorancia y la falta de sentido estético, males ambos que estimaba endémicos en España, á pesar de lo cual empleó en combatirlos con sistemático tesón, durante toda su vida, aquella su inteligencia clarísima. No quiero decir aquí, de una vez y en breves palabras, todo lo que yo creo que debe llorarse la pérdida de este hombre insigne y benemérito, que, acaso sin haberlo creído, sea de los que más contribuyan, con los escritos que deja, á la cultura artística del mañana, en que tengo yo más fe que tenía él.—Pero no puedo callar, puesto que en el orden intelectual y moral hay daños irreparables, que tal y tanto es, para todos los que le leíamos y para todos los que le queríamos, esa pérdida inesperada y tristísima, hasta por las circunstancias que la han acompañado.—Araujo ha muerto en un rincón de España, en un pueblo de la Rioja alavesa, en Labastida, donde había pasado el verano con su familia, antes de poder regresar á Vitoria, punto de su residencia desde hacia siete años. Ha sucumbido víctima de una rapidísima enfermedad, bruscamente, como á los golpes del hacha cae el añoso roble, y en verdad que él lo pareció por su fortaleza física, aunque su aspecto no lo delataba. El, que había hecho vida obscura por su propia voluntad, ha fallecido obscuramente en la madrugada del día 26 de Octubre último. En otro país, á pesar de todas esas circunstancias, al día siguiente hubieran dado los periódicos la noticia, acompañada de aquellos sentidos comentarios con que se indica á la opinión que la patria está de duelo por la pérdida de uno de sus hijos preclaros, que contribuyó á engrandecerla. Aquí, y en estos dias de indiferencia por todo lo que á la cultura y al arte en particular se refiere, sólo podemos congratularnos con que algún periódico de gran circulación haya dado la noticia, pero sin comentario, y sin duda porque es más luerte que todo esa ley fatal en cuya virtud no se aquilata el valor de lo que se posee hasta que se pierde. Aun así, y aunque el nombre de Araujo no podía serle desconocido á nadie que de Bellas Artes se ocupara, seguramente que ni de su existencia ni de sus obras tendrían la menor noticia muchos españoles, y habrá que decirles hoy que Araujo fué un pintor muy distinguido y que fué un crítico eminente de cosas de arte. Esas dos manifestaciones de su talento, esos dos aspectos de su personalidad , señalan precisamente las dos épocas de su vida, de la que quiero ofrecer aquí un esbozo, si á más no alcanzo; esa vida que yo conozco bien porque lo que tiene de más interesante comenzó cuando alboreaba la mía. Los recuerdos que yo conservo de Araujo van unidos á los más remotos que conservo de cosas y personas. ¡Qué viva está en mi mente la imagen de aquel hombre que no parecía haber sido nunca joven! Nervudo, alto, pero con tendencia á inclinar el cuerpo hacia delante; con aquella cabeza tan noble y tan artística, que con la cabellera y la barba negras, tan recias como indómitas y desordenadas, la frente despejada, el ceño duro y la mirada dulce, parecía de un santo de Ribera, carácter que supo encontrar con feliz acierto León Bonnat en el hermoso retrato que le hizo en Madrid, en 1864, y que hoy se conserva en París; Araujo era una persona de continente severo, de aspecto frío y hosco, como de filósofo, casi misántropo, cuyo retraimiento se respeta instintivamente. Pero así que se le hablaba y se le oía hablar con aquella voz de timbre ligeramente agudo, aquel acento sincero y aquella palabra fácil y persuasiva, no exenta de natural donaire, descubríase un corazón de niño, un espíritu dotado de la más exquisita sensibilidad para todo lo que fuera arte, para las más sutiles delicadezas de la forma y del pensamiento. Por eso era imposible tratar á Araujo y no estimarle, y estimarle mucho y de veras. Por eso, porque tenia corazón de niño, fuimos amigos tan pronto, él que era hombre que llegaba á la madurez de su vida, y yo que comenzaba la mía. Era un temperamento reflexivo el de Araujo, que le inclinaba á contemplar y á examinar con interés todo lo que para otros espíritus es indiferente: los niños, los insectos, las plantas. Pruebas de paciencia debió dar conmigo mi primer amigo según he comprendido por algunos de aquellos que conservo, pues me pintaba decoraciones de teatro, me hacía dibujos y guardaba los míos, sin duda como curiosidad proto-histórica ó documento humano, que diría algún defensor del naturalismo. Después, cuando mis aficiones se encauzaron por donde iban las de Araujo, le oí sus doctrinas y las aprendí en sus escritos, fué para mí más que un amigo: un maestro, una autoridad indiscutible, no por afecto, sino por la fuerza de su criterio; más tarde, cuando formado el mío tomé los derroteros de la Arqueología, solíamos discutir no en puntos de doctrina sino de lo que me permitiré llamar fe científica, pues Araujo no tenía ninguna en el método que siguen muchos historiadores del arte, desconfiaba de la veracidad de ciertas fuentes y del valor de ciertos resultados de la investigación; pero excuso decir que nuestra amistad seguía tan fuerte, y debo decir que más viva, puesto que el correr de los años ha ido ensanchando ante mis ojos el mundo de ideas en que la personalidad de Araujo resalta con toda la fuerza de su raro mérito. Lo que motivó mi temprana amistad con Araujo, éste mismo lo ha revelado al público que lo ignorase, en su último citado trabajo, Palmaroli, con estas sentidas palabras: «Y no digo más, porque hablar de Enrique Mélida, para mí es hablar de un hermano.» La reserva que Araujo impone aquí á su pluma, porque el cariño, cuando es íntimo y verdadero, se guarda como el mejor tesoro, parece que debiera servirme de ejemplo para no proseguir yo tampoco hablando de él. Pero ha habido dos consideraciones superiores á todas para que yo escriba estas líneas, que á Araujo se le deben de justicia, y son, que acaso no las hubiese escrito otro, dado el olvido en que, según indiqué, se tiene aquí cuanto al arte se refiere, y que al escribirlas no hago más que cumplir un deber de gratitud. Tales fueron los estímulos que desde luego me hicieron aceptar la invitación que me hizo el Director de , de escribir «ste artículo, que aquí ó en otra parte hubiera escrito de seguro. Debía escribirlo, tenía que escribirlo como expresión no precisamente del afecto que profesé á Araujo, sino de todo lo que por espacio de tantos años he pensado de él mientras vivió, y por esto debí callarlo y no debí decirlo hasta ahora, para ser creído. Veamos ahora cómo Araujo se hizo artista y luego crítico.
D. Ceferino (así le llamado yo siempre á aquel constante amigo de mi casa y el más íntimo de mi hermano mayor) había nacido en Santander á 21 de Octubre de 1829. Nació allí por circunstancia fortuita, sin duda por haber llevado allá á su familia los deberes del cargo de Médico de la Armada que ejerció su padre D. Tomás Araujo. Este era natural de Valladolid; la madre, doña Teresa Sánchez, de Madrid, y él, D. Ceferino (que no fué hijo único), era por sus gustos madrileño neto. De su puño y letra nos lo declaraba hace poco más de un año en una carta escrita desde Vitoria, y que revela, como todas las de su continua correspondencia mantenida en los últimos ocho años con los amigos, la nostalgia de Madrid. Dice así: «Volviendo á lo que hablaba últimamente de Madrid. Aunque no nací en él me considero su hijo legítimo y cariñoso. Nací en Santander, tan por accidente, que no hacía un mes había llegado mi madre de Bayona. Luego, de los sesenta y siete años que cuento, sesenta he pasado en la corte, sin más que ausencias cortas, y la larga que ahora llevo; me parece que son títulos. Era tan pequeño cuando hice el viaje á Madrid, que aún no sabía muchas palabras; así es que al oír que tal día íbamos á pasar el puerto, tenia yo la ilusión de que iba á volver á ver el mar, que sentía haber dejado, y cuando en Somosierra me dijeron que aquello era el puerto, recibí un desencanto y aprendí un nuevo significado de la palabra. Entonces la vista de Madrid desde los Cuatro Caminos era muy diferente que ahora: nada le ocultaba, había infinidad de torres ¡que ya no hay! Por el aspecto artístico es el dolor, y presentaban una silueta (aquí hay un dibujo hecho de recuerdo) que tenía cierta analogía con la de los barcos que dejaba, lo que me cansó gran impresión, y quizás fué el origen de mi amor á aquellas torres, que ojalá entonces hubiera podido dibujar, pues serían muchas más, algunas curiosas. Después he dibujado muchas y observado también corresponden á tres ó cuatro tipos, todos elegantes y graciosos. No sé si el que se hallan asociadas á mi infancia, mi juventud me hace verlas así.» En el año de 1847 empezó á asistir á la «dependencia de los estudios menores» que la Academia de Bellas Artes tenía establecida en la calle de Fuencarral. Ignoramios si antes había recibido lecciones, como es muy verosímil, de su tío, que llevaba igual nombre (D. Ceferino Araujo, pintor valisoletano, de quien precisamente en la catedral de Valladolid, en la sacristía, hay un tríptico con la imagen del Salvador en el centro y en las portezuelas las de los santos y santas de los reyes D. Fernando y Doña Cristina, Doña Isabel y D. Francisco de Asis), y que es el único antecedente artístico que conozco en la familia. Ello es que, según declara él mismo en la segunda de sus conferencias leídas en el Ateneo é impresas en la colección de ellas, titulada La España del siglo XIX (t. 3.°), asistió allí á la clase de figura, á la que asistían los alumnos «mayores y más formales», cuyo profesor era D. Juan Antonio Ribera. «Al cabo de un año de plumear figuras, dice él mismo, pedí el pase á los estudios superiores, que me fué concedido, previa presentación á la Junta (de profesores) de algunos de los trabajos ejecutados». Con efecto, en 1848 se matriculó en la clase de yeso, que, como las demás de la indicada enseñanza, se daba en el local mismo de la Academia, donde contiúa dándose, y tuvo de profesor á D. José Piquer. Ya entonces empezaba á despertar el movimiento artístico contemporáneo, cuya historia bosqueja Araujo en los primeros capítulos del citado trabajo, Palmaroli y tu tiempo, y recuerda como hecho trascendental y culminante de aquel año la creación de las pensiones para Roma, y el legítimo triunfo que en la oposición convocada al efecto alcanzó el joven pintor Bernardino Montañés. Asistió luego ála clase de colorido que tenía á su cargo D. José de Madrazo, y á la que concurrieron también Víctor Manzano, León Bonnat, Vicente Palmaroli, Antonio Gisbert, José Casado, Francisco Aznar, Carlos Esquivel, Juan García y Francisco Bande. Araujo se contó, por consiguiente, en la pléyade animosa y entusiasta que había de provocar el nuevo renacimiento de nuesta pintura, que hubo de manifestarse ó iniciarse desde la primera Exposición de Bellas Artes, celebrada en 1856; la primera Exposición seria, después de aquellas celebradas en la Academia por tiempo de ferias y que el mismo Araujo ha descrito tan pintorescamente. Lo que no dice es si concurrió á alguna de ellas, como es probable, pero no comprobable, por falta de catálogos impresos de tales certámenes. En cambio veo que uno de los ciento treinta y cinco expositores de aquel de 1856, es Araujo: su obra es un retrato «de la señora J . G. de L.»; pero lo que más me llama la atención en el Catálogo que me sirve de guía, es que mi amigo se hizo inscribir en él como «discípulo de su tío D. Ceferino Araujo», lo cual prueba que, ó no estimaba grande el provecho que hubiese podido reportarle la enseñanza académica, ó prefirió ser consecuente al afecto de familia. Es posible que ambas causas influyeran en ello, y aunque en lo primero pudiera verse la primera muestra de una personalidad independiente, no sería el primero ni el único caso de rebeldía forzosa, nacida del temperamento, á la forma y espíritu de una enseñanza cuyas deficiencias rutinarias reconoce el mismo Araujo, á la par que la saludable influencia que en ella ejercía D. José de Madrazo, cuyas iniciativas y reformas hasta la creación de la escuela independiente de la Academia alaba sinceramente. La citada Exposición fué sin duda el acontecimiento más importante de la historia contemporánea de las Artes españolas, por lo mismo que es el punto de partida de nuestro moderno renacimiento; y para Araujo marca época con más razón que para otros, sin duda porque su alma de artista, mejor preparada á sentir frente á la muda Naturaleza que frente á los dramas humanos, debió ser de aquéllas en las que causaron más honda impresión, algo como una revolución en las ideas y sentimientos estéticos, los paisajes pintados del natural (cosa novísima entonces, por extraño que parezca) que presentó un pintor belga, joven también, cuyo nombre se hizo famoso desde aquella ocasión, D. Carlos de Häes. Dichos paisajes eran tres, dos de ellos pintados en el extranjero, pues son vistas de los brezales de Hasselt (Bélgica) y del bosque de Beaufort (Prusia), respectivamente, y el otro en España, pues el motivo es «el cerro Coronado, por la tarde». Para que se comprenda lo trascendental del hecho señalado y de la impresión que le causó á Araujo, es menester recordar las palabras de éste en su último trabajo: «Aquellos lienzos fueron una revelación que los artistas empezaban apenas á presentir; encerraban el estudio ingenuo del natural, elemento el primero y más necesario, que aquí andaba completamente olvidado». Sin duda dicha impresión, conservada tantos años hasta consignarla en las líneas acabadas de transcribir, decidió por completo la suerte del joven Araujo como pintor. Todo innovador arrastra secuaces, y entre los primeros de De Häes se contó nuestro amigo. Leyéndole, se adivina el interés con que siguió el curso de la oposición que hizo aquél en 1857 á la plaza de profesor de Paisaje en la Escuela de Bellas Artes, la grata sorpresa y la íntima satisfacción con que debió ver que los ejercicios, en vez de hacerse de memoria, según rutina añeja, se hicieron en el campo, lo que de antemano proclamaba el triunfo de opositor de tal fuerza. No se contentó el admirador con serlo platónico, sino que quiso también ser neófito de la nueva doctrina que, según su frase, «siguió predicando» De Häes desde la clase que había ganado; y, con efecto, en el catálogo de la segunda Exposición, ó sea la de 1858, Araujo no se titula ya discípulo de su tío, sino de D. Carlos da Häes, aunque no debió recibir sus lecciones en la Escnela, sino particularmente, y su cuadro no es, por lo tanto, de figura, sino un paisaje respecto de cuyo asunto y ejecución se creyó obligado á inscribir lo siguiente: «La noria arruinada: paisaje tomado de las inmediaciones del puente de Santa Isabel, en el canal de Manzanares». Celebróse en Valladolid, en 1859, una Exposición castellana, en la que expuso Araujo y ganó, ignoro con qué obra, nada menos que una medalla de plata. Seguramente que entonces, tiempos más inocentes que los actuales, no se ponían en juego todos los poderes humanos y divinos para obtener recompensas en las Exposiciones; pero os juro que de todos modos no fué nunca Araujo quien así ganó sus recompensas. Llegó la Expoción de Bellas Artes del 1860 y presentó dos paisajes: Lavadero de San Lorenzo en los alrededores de Avila y Recuerdo de la arboleda de San Antonio de Avila, uno de ellos le valió una mención honorífica de primera clase, que sin duda representaba tanto como la medalla obtenida en un certamen no esencialmente artístico. En la Exposición siguiente, que fué la de 1862, recibió mayor recompensa: una medalla de segunda clase, y las obras que presentó eran La playa del Grao en Valencia, Tarde de verano, obra que pertenecía á la señora condesa viuda de Velle, y Recuerdos del Guadarrama. Los títulos de los cuadros que vamos citando indican que Araujo, como todos los paisajistas de la nueva escuela, viajaba, seguramente, sin otros fines que los artísticos. Esto de viajar por satisfacer una necesidad estética debía ser muy nuevo en nuestras costumbres, y la pintura de paisaje debió contribuir á ello, pues el ejemplo de los paisajistas fué bien pronto seguido en ese punto, como en otros muchos, por los demás artistas. Araujo, que tenía—y no lo hemos dicho-—medios de fortuna para vivir modestamente, pero sin necesitar del producto de sus obras, y sin otras ambiciones que las de satisfacer á su propio espíritu con el cultivo del arte, viajó por la Península y viajó también por el extranjero. A esto debió impulsarle el ejemplo de su maestro, que no dejaba de hacer excursiones á su país, de donde siempre traía bellos paisajes. Araujo estuvo en Bélgica, en Inglaterra y en Francia. Su ausencia de España debió ser, ó empezar, en el año 1864, pues no concurrió á la Exposición nacional celebrada aquel año; pero sí á la internacional de Bayona, también entonces celebrada, y en la que se vio premiado con Medalla de bronce. Estos triunfos no le envanecieron, ni era Araujo hombre para ello; cultivador del arte por el arte, nunca dio aprecio á lisonjas y ostentaciones de esa naturaleza, y repetidamente ha sustentado el principio de que en las Exposiciones no debían darse premios. Si aquí consignamos los que él tuvo es porque para la generación actual es un pintor desconocida y no queremos que bajo nuestra sola palabra se crea en su mérito. Sería largo el depurar las varias causas que contribuyeron á qué Araujo mirase con indiferencia cuanto á su medro personal pudiera referirse, y casi de seguro hallaríamos el fundamento de todo en su modo de ser en su temperamento de artista pasivo, si vale la expresión, más propenso á la contemplación del arte como materia de reflexión y de análisis, que á su práctica activa y ardorosa: gozaba más, sin duda, viendo obras de arte que pintando cuadros. Cada uno es como le hace el medio que le rodea, y Araujo, en su bienestar, halló apropiada á sus deseos esa inactividad laboriosa del pensador que gusta de solazarse en la observación de aquello que más le atrae y solicita su atención. Sobrio, sin ambiciones, contento de ver medrar á sus amigos, en los que siempre pensó más que en sí mismo, bien pronto se amortiguó en él aquel estusiasmo con que concurrió á las primeras Exposiciones. Todavía presentó en la de 1866 cuatro paisajes: uno, cuyo motivo no se consigna en el Catálogo, pero que es un jardín con figuras á lo Watteau, cuadro elogiado y que, á lo que recordamos (pero no hemos podido comprobar), alcanzó premio; otro de Madrid, otro de Avila y otro de Hendaya. Después, desde la Exposición de 1871 ya no presentó nunca, ni en Madrid ni fuera. Seguía pintando, sin embargo, y siguió siempre, pero como distracción de su espíritu y sin fines ulteriores. Tenia y ha tenido muchos años estudio puesto en la casa que poseía y en que ha habitado en Madrid, en la calle de Tudescos. Cultivó con preferencia el paisaje, sin olvidar la figura, tanto que, entre otros, pintó dos retratos para la colección del Ateneo de Madrid: uno el de D. Salustiano de Olózaga y otro el del General D. Antonio B . Zarco del Valle; y pintó también algunos cuadros que mejor pueden llamarse de género que no paisajes con figuras. Cuatro de ellos regaló á mi hermano Enrique: el más importante es el citado de la Exposición de 1866. Por entretenimiento, en la casa que poseía en El Escorial y en la cual pasó algunas temporadas, no sólo veraniegas, por los años de 68 á 78, ejecutó también con acierto alguna pintura decorativa. La pintura de Araujo se distingue por la sinceridad, la sencillez en el pensamiento y en la ejecución, lo elegante del dibujo y lo agradable del color. En sus cuadros, como en sus escritos, resalta una personalidad original que, sin rasgos brillantes, se manifiesta completamente opuesta á lo vulgar. Independientemente de sus escritos, sus cuadros bastan para enaltecer su nombre que no consta y debiera constar en el Catálogo del Museo de la pintura contemporánea, pues la originalidad de Araujo está en una distinción que atrae, que despierta simpatía, y que no suele hallarse en nuestros pintores. Por falta de datos no puedo, ni es absolutamente necesario, seguir progresivamente la vida de Araujo; pero retrocediendo un poco debo consignar que, asiduo concurrente á la tertulia de artistas y aficionados á cosas de arte que se reunían por los años inmediatamente anteriores á la revolución de 1868 en el café Suizo todas las noches, fué uno de los que contribuyeron á la publicación de la revista titulada El Arte en España, cuyo pensamiento, de que fué alma el distinguido escritor de Bellas Artes D. Gregorio Cruzada Villaamil, nació allí, en 1862. Orgulloso se sentía Araujo —él mismo nos lo ha dicho hace un mes—de haber tomado parte en tal obra, y podía estarlo, porque en ella dejó muestras estimables de su talento de artista, al propio tiempo que sus primeros notabilísimos trabajos como crítico. De aquellos, unos son dibujos originales, litografiados por él mismo: Playa de Valencia y un paisaje sin título (tomo I); otra, la litografía del precioso paisaje que hizo Velázquez en la Villa Medicis (cuadro número 102 del Museo del Prado), otras facsímiles, también litografiados por él, de dibujos de Navarrete El mudo (en el tomo II), de Manzano (tomo IV) y de Aniello Falcone (tomo VI). Esta litografía, publicada en 1867, es la última obra de arte que Araujo dio al público. Ya desde el año anterior había cambiado de rumbo, y prefería publicar los juicios que le merecían los pintores antiguos.