Don Álvaro, o, La fuerza del Sino

Part 6

Chapter 63,608 wordsPublic domain

(_Los va echando con el cucharon y cierra la portería, volviendo luego muy sofocado y cansado donde está el Guardian._)

ESCENA II.

El P. GUARDIAN y el H. MELITON.

MELITON.

No hay paciencia que baste, Padre nuestro.

GUARDIAN.

Me parece, H. Meliton, que no os ha dotado el Señor con gran cantidad de ella. Considere que en dar de comer á los pobres de Dios, desempeña un ejercicio de que se honraria un ángel.

MELITON.

Yo quisiera ver á un ángel en mi lugar siquiera tres dias... Puede ser que de cada guantada...

GUARDIAN.

No diga disparates.

MELITON.

Pues si es verdad. Yo lo hago con gusto, eso es otra cosa. Y bendito sea el Señor que nos dá bastante, para que nuestras sobras sirvan de sustento á los pobres. Pero es preciso enseñarles los dientes. Viene entre ellos mucho pillo... Los que están tullidos y viejos, vengan enhorabuena, y les daré hasta mi racion, el dia que no tenga mucha hambre; pero jastiales que pueden derribar á puñadas un castillo, váyanse á trabajar. Y hay algunos tan insolentes... hasta llaman bazofia á la gracia de Dios... Lo mismo que restregarme siempre por los hocicos al P. Rafael; toma si nos daba más, daca si tenia mejor modo, torna si era más caritativo, vuelta si no metia tanta prisa. Pues á fé, á fé, que el bendito P. Rafael á los ocho dias se hartó de pobres y de guiropa, y se metió en su celda, y aquí quedó el H. Meliton. Y por cierto no sé por qué esta canalla dice que tengo mal genio. Pues el P. Rafael tambien tiene su piedra en el rollo, y sus prontos y sus ratos de murria como cada cual.

GUARDIAN.

Basta, hermano, basta. El P. Rafael no podia, teniendo que cuidar del altar, y que asistir al coro, entender en el repartimiento de la limosna; ni éste ha sido nunca encargo de un religioso antiguo, sino incumbencia del portero... ¿Me entiende?... Y, H. Meliton, tenga más humildad, y no se ofenda cuando prefieran al P. Rafael, que es un siervo de Dios á quien todos debemos imitar.

MELITON.

Yo no me ofendo de que prefieran al P. Rafael. Lo que digo es que tiene su genio. Y á mí me quiere mucho, Padre nuestro, y echamos nuestras manos de conversacion. Pero tiene de cuando en cuando unas salidas, y se dá unas palmadas en la frente... y habla solo, y hace visajes como si viera algun espíritu.

GUARDIAN.

Las penitencias, los ayunos...

MELITON.

Tiene cosas muy raras. El otro dia estaba cavando en la huerta, y tan pálido y tan desemejado, que le dije por broma: Padre, parece un mulato, y me echó una mirada, y cerró el puño, y áun lo enarboló de modo, que parecia que me iba á tragar. Pero se contuvo, se echó la capucha y desapareció; digo, se marchó de allí á buen paso.

GUARDIAN.

Ya.

MELITON.

Pues el dia que fué á Hornachuelos á auxiliar al alcalde, cuando estaba en toda su furia aquella tormenta en que nos cayó la centella sobre el campanario; al verle yo salir sin cuidarse del aguacero, ni de los truenos que hacian temblar estas montañas, le dije, por broma, que parecia entre los riscos un indio bravo, y me dió un berrido que me aturrulló... Y como vino al convento de un modo tan raro, y nadie le viene nunca á ver, ni sabemos dónde nació...

GUARDIAN.

Hermano, no haga juicios temerarios. Nada tiene de particular eso, ni el modo con que vino á esta casa el P. Rafael es tan raro como dice. El Padre limosnero, que venia de Palma, se lo encontró muy mal herido en los encinares de Escalonia, junto al camino de Sevilla, víctima sin duda de los salteadores, que nunca faltan en semejante sitio; y lo trajo al convento, donde Dios sin duda le inspiró la vocacion de tomar nuestro santo escapulario, como lo verificó en cuanto se vió restablecido, y pronto hará cuatro años. Esto no tiene nada de particular.

MELITON.

Ya, eso sí... Pero, la verdad, siempre que le miro me acuerdo de aquello que V. Rma. nos ha contado muchas veces, y tambien se nos ha leido en el refectorio, de cuando se hizo fraile de nuestra órden el demonio, y que estuvo allá en un convento algunos meses. Y se me ocurre si el P. Rafael será alguna cosa así... pues tiene unos repentes, una fuerza, y un mirar de ojos...

GUARDIAN.

Es cierto, hermano mio; así consta de nuestras crónicas, y está consignado en nuestros archivos. Pero, además de que rara vez se repiten tales milagros, entonces el Guardian de aquel convento en que ocurrió el prodigio, tuvo una revelacion que le previno de todo. Y lo que es yo, hermano mio, no he tenido hasta ahora ninguna. Conque tranquilícese, y no caiga en la tentacion de sospechar del Padre Rafael.

MELITON.

Yo, nada sospecho.

GUARDIAN.

Le aseguro que no he tenido revelacion.

MELITON.

Ya, pues entonces... Pero tiene muchas rarezas el P. Rafael.

GUARDIAN.

Los desengaños del mundo... las tribulaciones... Y luego, el retiro con que vive, las contínuas penitencias... (_Suena la campanilla de la portería._) Vaya á ver quién llama.

MELITON.

¿Á que son otra vez los pobres? Pues ya está limpio el caldero... (_Suena otra vez la campanilla._) No hay más limosnas; se acabó por hoy, se acabó. (_Suena otra vez la campanilla._)

GUARDIAN.

Abra, hermano, abra la puerta. (_Váse._) (_Abre el lego la portería._)

ESCENA III.

El H. MELITON y DON ALFONSO vestido de monte, que sale embozado.

D. ALFONSO.

(_Con muy mal modo, y sin desembozarse._)

De esperar me he puesto cano. ¿Sois vos por dicha el portero?

MELITON.

Tonto es este caballero. (_Aparte._) Pues que abrí la puerta es llano. (_Alto._) Y aunque de portero estoy, no me busque las cosquillas, que padre de campanillas con olor de santo soy.

D. ALFONSO.

¿El Padre Rafael está? Tengo que verme con él.

MELITON.

¡Otro Padre Rafael! (_Aparte._) amostazándome va.

D. ALFONSO.

Responda pronto.

MELITON.

(_Con miedo._) Al momento. Padres Rafaeles... hay dos. ¿Con cuál quereis hablar vos?

D. ALFONSO.

Para mí mas que haya ciento. El Padre Rafael... (_Muy enfadado._)

MELITON.

¿El gordo? ¿El natural de Porcuna? No os oirá cosa ninguna, que es como una tapia sordo. Y desde el pasado invierno en la cama está tullido; noventa años ha cumplido. El otro es...

D. ALFONSO.

El del infierno.

MELITON.

Pues ahora caigo en quién es; el alto, adusto, moreno, ojos vivos, rostro lleno...

D. ALFONSO.

Llevadme á su celda, pues.

MELITON.

Daréle aviso primero, porque si está en oracion, disturbarle no es razon... ¿Y quién diré?...

D. ALFONSO.

Un caballero.

MELITON.

(_Yéndose hácia la escalera muy lentamente, dice aparte._)

¡Caramba!... ¡Qué raro gesto! Me dá malísima espina, y me huele á chamusquina...

D. ALFONSO.

(_Muy irritado._)

¿Qué aguarda? Subamos presto.

(_El Hermano se asusta y sube la escalera, y detrás de él Don Alfonso._)

ESCENA IV.

_El teatro representa la celda de un franciscano. Una tarima con una estera á su lado, un vasar con una jarra y vasos, un estante con libros, estampas, disciplinas y cilicios colgados. Una especie de oratorio pobre, y en su mesa una calavera. DON ÁLVARO, vestido de fraile francisco, aparece de rodillas en profunda oracion mental._

DON ÁLVARO y el H. MELITON.

MELITON.

¡Padre, Padre! (_Dentro._)

D. ÁLVARO.

(_Levantándose._) ¿Qué se ofrece? Entre, Hermano Meliton.

MELITON.

Padre, aquí os busca un maton, (_Entra._) que muy ternejal parece.

D. ÁLVARO.

(_Receloso._)

¿Quién, hermano?... ¿Á mí?... ¿Su nombre?

MELITON.

Lo ignoro; muy altanero, dice que es un caballero, y me parece un mal hombre. Él muy bien portado viene, y en un andaluz rocin; pero un genio muy ruin, y un tono muy duro tiene.

D. ÁLVARO.

Entre al momento quien sea.

MELITON.

No es un pecador contrito. Se quedará tamañito (_Aparte._) al instante que lo vea. (_Váse._)

ESCENA V.

D. ÁLVARO.

¿Quién podrá ser?... No lo acierto. Nadie, en estos cuatro años, que huyendo de los engaños del mundo, habito el desierto, con este sayal cubierto, há mi quietud disturbado. ¿Y hoy un caballero osado á mi celda se aproxima?... ¿Me traerá nuevas de Lima?... ¡Santo Dios!... ¡Qué he recordado!

ESCENA VI.

_DON ÁLVARO y DON ALFONSO que entra sin desembozarse, reconoce en un momento la celda, y luego cierra la puerta por dentro, y echa el pestillo._

D. ALFONSO.

¿Me conoceis?

D. ÁLVARO.

No, señor.

D. ALFONSO.

¿No encontrais en mi semblante rasgo alguno que os recuerde de otro tiempo y de otros males? ¿No palpita vuestro pecho, no se hiela vuestra sangre, no se anonada y confunde vuestro corazon cobarde con mi presencia?... Ó por dicha, ¿es tan sincero, es tan grande, tal vuestro arrepentimiento, que ya no se acuerda el Padre Rafael, de aquel indiano Don Álvaro, del constante azote de una familia que tanto en el mundo vale? ¿Temblais y bajais los ojos? Alzadlos, pues, y miradme.

(_Descubriéndose el rostro y mostrándoselo._)

D. ÁLVARO.

¡Oh Dios!... ¿Qué veo? ¡Dios mio! ¿Pueden mis ojos burlarme? ¡Del marqués de Calatrava viendo estoy la viva imágen!

D. ALFONSO.

Basta, que está dicho todo. De mi hermano y de mi padre me está pidiendo venganza en altas voces la sangre. Cinco años há que recorro con dilatados viajes el mundo, para buscaros; y aunque ha sido todo en balde, el cielo (que nunca impunes deja las atrocidades de un mónstruo, de un asesino, de un seductor, de un infame), por un imprevisto acaso quiso por fin indicarme el asilo donde á salvo de mi furor os juzgaste. Fuera el mataros inerme indigno de mi linaje. Fuiste valiente; robusto aún estais para un combate. Armas no teneis, lo veo, yo dos espadas iguales traigo conmigo; son estas:

(_Se desemboza y saca dos espadas._)

elegid la que os agrade.

D. ÁLVARO.

(_Con gran calma, pero sin orgullo._)

Entiendo, jóven, entiendo, sin que escucharos me pasme, porque he vivido en el mundo y apurado sus afanes. De los vanos pensamientos que en este punto en vos arden, tambien el juguete he sido; quiera el Señor perdonarme. Víctima de mis pasiones, conozco todo el alcance de su influjo, y compadezco al mortal á quien combaten. Mas ya sus borrascas miro como el náufrago, que sale por un milagro á la orilla, y jamás torna á embarcarse. Este sayal que me viste, esta celda miserable, este yermo, donde acaso Dios por vuestro bien os trae, desengaños os presentan para calmaros bastantes; y más os responden mudos que pueden labios mortales. Aquí de mis muchas culpas, que son ¡ay de mí! harto grandes, pido á Dios misericordia: que la consiga dejadme.

D. ALFONSO.

¿Dejaros?... ¿Quién?... ¿Yo dejaros sin ver vuestra sangre impura vertida por esta espada que arde en mis manos desnuda? Pues esta celda, el desierto, ese sayo, esa capucha, ni á un vil hipócrita guardan, ni á un cobarde infame escudan.

D. ÁLVARO.

¿Qué decís?... ¡Ah!... (_Furioso._) (_Reportándose._) ¡No, Dios mio!... En la garganta se anuda mi lengua...¡ Señor!... esfuerzo me dé vuestra santa ayuda.-- Los insultos y amenazas, (_Repuesto._) que vuestros labios pronuncian no tienen para conmigo poder ni fuerza ninguna. Antes como caballero supe vengar las injurias; hoy humilde religioso darles perdon y disculpa. Pues veis cuál es ya mi estado, y, si sois sagaz, la lucha que conmigo estoy sufriendo, templad vuestra saña injusta. Respetad este vestido, compadeced mis angustias, y perdonad generoso ofensas que están en duda.

(_Con gran conmocion._)

¡Sí, hermano, hermano!

D. ALFONSO.

¿Qué nombre osais pronunciar?...

D. ÁLVARO.

¡Ah!...

D. ALFONSO.

Una sola hermana me dejásteis, perdida, y sin honra... ¡¡¡Oh furia!!!

D. ÁLVARO.

¡¡¡Mi Leonor!!! ¡Ah! No sin honra, un religioso os lo jura. Leonor... ¡ay! ¡¡¡la que absorbia toda mi existencia junta!!! (_En delirio._) La que en mi pecho, por siempre... por siempre, sí, sí... que aún dura... una pasion... Y qué, ¿vive? ¿Sabeis vos noticias suyas?... Decid que me ama, y matadme, decidme... ¡Oh Dios!... ¿me rehusa

(_Aterrado._)

vuestra gracia sus auxilios? ¿De nuevo el triunfo asegura el infierno, y se desploma mi alma en su sima profunda? ¡Misericordia!... Y vos, hombre ó ilusion, ¿sois por ventura un tentador que renueva mis criminales angustias para perderme?... ¡Dios mio!

D. ALFONSO.

(_Resuelto._) De estas dos espadas, una tomad, Don Álvaro, luego, tomad: que en vano procura vuestra infame cobardía darle treguas á mi furia. Tomad...

D. ÁLVARO.

(_Retirándose._) No, que aún fortaleza para resistir la lucha de las mundanas pasiones me dá Dios con bondad suma. ¡Ah! si mis remordimientos, mis lágrimas, mis confusas palabras, no son bastante para aplacaros; si escucha mi arrepentimiento humilde sin caridad vuestra furia,

(_Arrodíllase._)

prosternado á vuestras plantas vedme, cual persona alguna jamás me vió...

D. ALFONSO.

(_Con desprecio._) Un caballero no hace tal infamia nunca. Quien sois bien claro publica vuestra actitud, y la inmunda mancha que hay en vuestro escudo.

D. ÁLVARO.

(_Levantándose con furor._)

¿Mancha?... y ¿cuál?... ¿cuál?...

D. ALFONSO.

¿Os asusta?

D. ÁLVARO.

Mi escudo es como el sol limpio, como el sol.

D. ALFONSO.

¿Y no le anubla ningun cuartel de mulato? ¿De sangre mezclada, impura?

D. ÁLVARO.

(_Fuera de sí._)

¡Vos mentís, mentís, infame! Venga el acero; mi furia

(_Toma el pomo de una de las espadas._)

os arrancará la lengua, que mi clara estirpe insulta. Vamos.

D. ALFONSO.

Vamos.

D. ÁLVARO.

(_Reportándose._)

No... no triunfa tampoco con esta industria de mi constancia el infierno. Retiraos, señor.

D. ALFONSO.

(_Furioso._) ¿Te burlas de mí, inícuo? Pues cobarde combatir conmigo excusas, no excusarás mi venganza. Me basta la afrenta tuya: toma. (_Le dá una bofetada._)

D. ÁLVARO.

(_Furioso y recobrando toda su energía._)

¿Qué hiciste?... ¡¡¡insensato!!! ya tu sentencia es segura: hora es de muerte, de muerte.-- El infierno me confunda.

ESCENA VII.

_El teatro representa el mismo cláustro bajo que en las primeras escenas de esta jornada. El H. MELITON saldrá por un lado, y como bajando la escalera: DON ÁLVARO y DON ALFONSO, embozado en su capa, con gran precipitacion._

MELITON.

(_Saliéndoles al paso._) ¿Adónde bueno?

D. ÁLVARO.

(_Con voz terrible._) Abra la puerta.

MELITON.

La tarde está tempestuosa, va á llover á mares.

D. ÁLVARO.

Abra la puerta.

MELITON.

(_Yendo hácia la puerta._) ¡Jesus!... Hoy estamos de marea alta... ya voy... ¿quiere que le acompañe?... ¿hay algun enfermo de peligro en el cortijo?...

D. ÁLVARO.

La puerta pronto.

MELITON.

(_Abriendo la puerta._) ¿Va el Padre á Hornachuelos?

D. ÁLVARO.

(_Saliendo con Don Alfonso._) Voy al infierno.

(_Queda el H. Meliton asustado._)

ESCENA VIII.

MELITON.

¡Al infierno!... ¡buen viaje! Tambien que era del infierno dijo, para mi gobierno, aquel nuevo personaje. ¡Jesus, y qué caras tan!... me temo que mis sospechas han de quedar satisfechas. Voy á ver por dónde van.

(_Se acerca á la portería y dice como admirado._)

¡Mi gran Padre San Francisco me valga!... Van por la sierra, sin tocar con el pié en tierra, saltando de risco en risco. Y el jaco les sigue en pós como un perrillo faldero. ¡Calla!... hácia el despeñadero de la ermita van los dos.

(_Asomándose á la puerta con gran afan; á voces._)

¡Hola!... ¡Hermanos!... ¡Hola... Digo!... No lleguen al paredon, miren que hay excomunion. Que Dios les va á dar castigo.

(_Vuelve á la escena._)

No me oyen, vano es gritar. Demonios son, es patente. Con el santo penitente sin duda van á cargar. ¡El Padre, el Padre Rafael!... Si quien piensa mal, acierta. Atrancaré bien la puerta... pues tengo un miedo cruel.

(_Cierra la puerta._)

Un olorcillo han dejado de azufre... Voy á tocar las campanas.

(_Váse por un lado, y luego vuelve por otro como con gran miedo._)

Avisar será mejor al prelado. Sepa que en esta ocasion, aunque refunfuñe luego, no el Padre Guardian, el lego tuvo la revelacion. (_Váse._)

ESCENA IX.

_El teatro representa un valle rodeado de riscos inaccesibles y de malezas, atravesado por un arroyuelo. Sobre un peñasco accesible con dificultad, y colocado al fondo, habrá una medio gruta, medio ermita con puerta practicable, y una campana que pueda sonar y tocarse desde dentro: el cielo representará el ponerse el sol de un dia borrascoso; se irá oscureciendo lentamente la escena y aumentándose los truenos y relámpagos. DON ÁLVARO y DON ALFONSO salen por un lado._

D. ALFONSO.

De aquí no hemos de pasar.

D. ÁLVARO.

No, que tras de estos tapiales, bien sin ser vistos, podemos terminar nuestro combate. Y aunque en hollar este sitio cometo un crímen muy grande, hoy es de crímenes dia, y todos han de apurarse. De uno de los dos la tumba se está abriendo en este instante.

D. ALFONSO.

Pues no perdamos más tiempo, y que las espadas hablen.

D. ÁLVARO.

Vamos; mas antes es fuerza que un gran secreto os declare, pues que de uno de nosotros es la muerte irrevocable; y si yo caigo, es forzoso que sepais en este trance á quién habeis dado muerte, que puede ser importante.

D. ALFONSO.

Vuestro secreto no ignoro. Y era el mejor de mis planes (para la sed de venganza saciar que en mis venas arde) despues de heriros de muerte daros noticias tan grandes, tan impensadas y alegres, de tan feliz desenlace, que al despecho de saberlas, de la tumba en los umbrales, cuando no hubiese remedio, cuando todo fuera en balde, el fin espantoso os diera, digno de vuestras maldades.

D. ÁLVARO.

Hombre, fantasma ó demonio, que ha tomado humana carne para hundirme en los infiernos, para perderme... ¿qué sabes?...

D. ALFONSO.

Corrí el nuevo mundo... ¿tiemblas?... vengo de Lima... esto baste.

D. ÁLVARO.

No basta, que es imposible que saber quién soy lograses.

D. ALFONSO.

De aquel virey fementido que (pensando aprovecharse de los trastornos y guerras, de los disturbios y males que la sucesion al trono trajo á España) formó planes de tornar su vireinato en imperio, y coronarse, casando con la heredera última de aquel linaje de los Incas (que en lo antiguo, del mar del Sur á los Andes fueron los emperadores), eres hijo.--De tu padre las traiciones descubiertas, aún á tiempo de evitarse, con su esposa, en cuyo seno eras tú ya peso grave, huyó á los montes, alzando entre los indios salvajes de traicion y rebeldía el sacrílego estandarte. No les ayudó fortuna, pues los condujo á la cárcel de Lima, do tú naciste...

(_Hace extremos de indignacion y sorpresa Don Álvaro._)

Oye... espera hasta que acabe. El triunfo del rey Felipe y su clemencia notable, suspendieron la cuchilla que ya amagaba á tus padres, y en una prision perpétua convirtió el suplicio infame. Tú entre los indios creciste, como fiera te educaste, y viniste ya mancebo con oro y con favor grande, á buscar completo indulto para tus traidores padres. Mas no, que viniste solo para asesinar cobarde, para seducir, inícuo, y para que yo te mate.

D. ÁLVARO.

Vamos á probarlo al punto. (_Despechado._)

D. ALFONSO.

Ahora tienes que escucharme, que has de apurar, vive el cielo, hasta las heces el cáliz. Y si, por ser mi destino, consiguieses el matarme, quiero allá en tu aleve pecho todo un infierno dejarte.-- El rey benéfico acaba de perdonar á tus padres. Ya están libres y repuestos en honras y dignidades. La gracia alcanzó tu tio, que goza favor notable, y andan todos tus parientes afanados por buscarte para que tenga heredero...

D. ÁLVARO.

(_Muy turbado y fuera de sí._)

Ya me habeis dicho bastante... No sé dónde estoy, ¡oh cielos!... Si es cierto, si son verdades las noticias que dijísteis...

(_Enternecido y confuso._)

¡Todo puede repararse! Si Leonor existe, todo: ¿veis lo ilustre de mi sangre?... ¿Veis?...

D. ALFONSO.

Con sumo gozo veo que estais ciego y delirante. ¿Qué es reparacion?... Del mundo amor, gloria, dignidades no son para vos... Los votos religiosos é inmutables que os ligan á este desierto, esa capucha, ese traje, capucha y traje que encubren á un desertor, que al infame suplicio escapó en Italia, de todo incapaz os hacen.-- Oye cuál truena indignado (_Truena._) contra tí el cielo... Esta tarde completísimo es mi triunfo. Un sol hermoso y radiante te he descubierto, y de un soplo luego he sabido apagarle.

D. ÁLVARO.

(_Volviendo al furor._)

¿Eres mónstruo del infierno, prodigio de atrocidades?

D. ALFONSO.

Soy un hombre rencoroso que tomar venganza sabe. Y porque sea más completa, te digo que no te jactes de noble... eres un mestizo, fruto de traiciones.

D. ÁLVARO.

(_En el extremo de la desesperacion._)

Baste. ¡Muerte y exterminio! ¡Muerte para los dos! Yo matarme sabré, en teniendo el consuelo de beber tu inícua sangre.

(_Toma la espada, combaten y cae herido don Alfonso._)

D. ALFONSO.

Ya lo conseguiste... ¡Dios mio! ¡Confesion! Soy cristiano... Perdonadme... salva mi alma...

D. ÁLVARO.

(_Suelta la espada y queda como petrificado._)

¡Cielos!... ¡Dios mio!... ¡Santa madre de los Ángeles!... Mis manos tintas en sangre... ¡¡¡en sangre de Vargas!!!

D. ALFONSO.

¡Confesion! ¡confesion!... Conozco mi crímen y me arrepiento... Salvad mi alma, vos que sois ministro del Señor...

D. ÁLVARO.

(_Aterrado._) ¡No, yo no soy más que un réprobo, presa infeliz del demonio! Mis palabras sacrílegas aumentarian vuestra condenacion. Estoy manchado de sangre, estoy irregular... Pedid á Dios misericordia... Y... esperad... cerca vive un santo penitente... podrá absolveros... Pero está prohibido acercarse á su mansion... Qué importa: yo que he roto todos los vínculos, que he hollado todas las obligaciones...

D. ALFONSO.

¡Ah! por caridad, por caridad...

D. ÁLVARO.

Sí, voy á llamarlo... al punto...

D. ALFONSO.

Apresuraos, Padre... ¡Dios mio!

(_Don Álvaro corre á la ermita y golpea la puerta._)

LEONOR.

(_Dentro._) ¿Quién se atreve á llamar á esta puerta? Respetad este asilo.

D. ÁLVARO.

Hermano, es necesario salvar un alma, socorrer á un moribundo; venid á darle el auxilio espiritual.

LEONOR.

(_Dentro._) Imposible, no puedo, retiraos.

D. ÁLVARO.

Hermano, por el amor de Dios.

LEONOR.

(_Dentro._) No, no, retiraos.

D. ÁLVARO.

Es indispensable, vamos. (_Golpea fuertemente la puerta._)

LEONOR.

(_Dentro, tocando la campanilla._) ¡Socorro! ¡Socorro!

ESCENA X.

_LOS MISMOS y DOÑA LEONOR, vestida con un saco, y esparcidos los cabellos, pálida y desfigurada, aparece á la puerta de la gruta, y se oyen repicar á lo lejos las campanas del convento._

LEONOR.

Huid, temerario; temed la ira del cielo.

D. ÁLVARO.

(_Retrocediendo horrorizado por la montaña abajo._) ¡Una mujer!... ¡Cielos!... ¡Qué acento!... ¡Es un espectro!... Imágen adorada... ¡Leonor! ¡Leonor!

D. ALFONSO.

(_Como queriéndose incorporar._) ¡Leonor!... ¿Qué escucho? ¡Mi hermana!

LEONOR.

(_Corriendo detrás de Don Álvaro._) ¡Dios mio! ¿Es Don Álvaro?... Conozco su voz... Él es... ¡Don Álvaro!

D. ALFONSO.