Don Álvaro, o, La fuerza del Sino
Part 5
Vamos, pues, señor don Cárlos, que si nunca fuí á buscarlos, no evito lances de honor. Mas esperad, que en el alma del que goza de hidalguía, no es furia la valentía, y ésta obra siempre con calma. Sabeis que busco la muerte, que los riesgos solicito, pero con vos necesito comportarme de otra suerte. Y explicaros...
D. CÁRLOS.
Es perder tiempo toda explicacion.
D. ÁLVARO.
No os negueis á la razon, que suele funesto ser. Pues trataron las estrellas por raros modos de hacernos amigos, ¿á qué oponernos á lo que buscaron ellas? Si nos quisieron unir de mútuos y altos servicios con los vínculos propicios, no fué, no, para reñir. Tal vez fué para enmendar la desgracia inevitable, de que no fuí yo culpable.
D. CÁRLOS.
¿Y me la osais recordar?
D. ÁLVARO.
¿Temeis que vuestro valor se disminuya y se asombre, si halla en su contrario un hombre de nobleza y pundonor?
D. CÁRLOS.
¡Nobleza un aventurero! ¡Honor un desconocido! ¡Sin padre, sin apellido, advenedizo, altanero!
D. ÁLVARO.
¡Ay, que ese error á la muerte, por más que lo evité yo, á vuestro padre arrastró!... no corrais la misma suerte. Y que infundados agravios é insultos no ofenden, muestra el que está ociosa mi diestra sin arrancaros los labios. Si un secreto misterioso romper hubiera podido, ¡oh!... cuán diferente sido...
D. CÁRLOS.
Guardadlo, no soy curioso. Que solo anhelo venganza, y sangre.
D. ÁLVARO.
¿Sangre?... La habrá.
D. CÁRLOS.
Salgamos al campo ya.
D. ÁLVARO.
Salgamos sin más tardanza.
(_Deteniéndose._)
Mas, Don Cárlos... ¡ah! ¿podreis sospecharme con razon de falta de corazon? No, no, que me conoceis. Si el orgullo, principal y tan poderoso agente en las acciones del ente que se dice racional satisfecho tengo ahora, esfuerzos no he de omitir, hasta aplacar conseguir ese furor que os devora. Pues mucho repugno yo el desnudar el acero con el hombre que primero dulce amistad me inspiró. Yo á vuestro padre no herí, le hirió solo su destino, y yo, á aquel ángel divino, ni seduje, ni perdí. Ambos nos están mirando: desde el cielo, mi inocencia ven, esa ciega demencia que os agita, condenando.
D. CÁRLOS.
(_Turbado._)
¿Pues qué?... ¿Mi hermana?... ¿Leonor?... (Que con vos aquí no está lo tengo aclarado ya.) Mas ¿cuándo ha muerto?... ¡Oh furor!
D. ÁLVARO.
Aquella noche terrible llevándola yo á un convento, exánime, y sin aliento, se trabó un combate horrible al salir del olivar entre mis fieles criados y los vuestros irritados, y no la pude salvar. Con tres heridas caí, y un negro de puro fiel (fidelidad bien cruel) veloz me arrancó de allí, falto de sangre y sentido: tuve en Gelves larga cura, con accesos de locura: y apenas restablecido ansioso empecé á indagar de mi único bien la suerte; y supe ¡ay Dios! que la muerte en el oscuro olivar...
D. CÁRLOS.
(_Resuelto._)
Basta, imprudente impostor; ¿y os preciais de caballero?... ¿Con embrollo tan grosero quereis calmar mi furor? Deponed tan necio engaño: despues del funesto dia, en Córdoba con su tia, mi hermana ha vivido un año. Dos meses há que fuí yo á buscarla, y no la hallé. Pero de cierto indagué que al verme llegar huyó. Y el perseguirla he dejado, porque sabiendo yo allí que vos estábais aquí, me llamó mayor cuidado.
D. ÁLVARO.
(_Muy conmovido._)
¡Don Cárlos!... ¡Señor!... ¡amigo! ¡Don Félix! ¡ah!... Tolerad que el nombre que en amistad tan tierno os unió conmigo use en esta situacion. ¡Don Félix!... soy inocente; bien lo podeis ver patente en mi nueva agitacion. ¡Don Félix!... ¡Don Félix!... ¡ah!... ¿Vive?... ¿vive?... ¡Oh justo Dios!
D. CÁRLOS.
Vive; y ¿qué os importa á vos? muy pronto no vivirá.
D. ÁLVARO.
Don Félix, mi amigo; sí. Pues que vive vuestra hermana la satisfaccion es llana que debeis tomar de mí. Á buscarla juntos vamos; muy pronto la encontraremos, y en santo nudo estrechemos la amistad que nos juramos. ¡Oh!... Yo os ofrezco, yo os juro que no os arrepentireis, cuando á conocer llegueis mi orígen excelso y puro. Al primer grande español no le cedo en jerarquía, es más alta mi hidalguía que el trono del mismo sol.
D. CÁRLOS.
¿Estais, Don Álvaro, loco? ¿Qué es lo que pensar osais? ¿Qué proyectos abrigais? ¿me teneis á mí en tan poco? Ruge entre los dos un mar de sangre... ¿Yo al matador de mi padre y de mi honor pudiera hermano llamar? ¡Oh afrenta! Aunque fuérais rey. Ni la infame ha de vivir. No, tras de vos va á morir, que es de mi venganza ley. Si á mí vos no me matais, al punto la buscaré, y la misma espada que con vuestra sangre tiñais, en su corazon...
D. ÁLVARO.
Callad. Callad... ¿Delante de mí osásteis?...
D. CÁRLOS.
Lo juro, sí; lo juro...
D. ÁLVARO.
¿El qué?... Continuad.
D. CÁRLOS.
La muerte de la malvada, en cuanto acabe con vos.
D. ÁLVARO.
Pues no será, vive Dios, que tengo brazo y espada. Vamos... Libertarla anhelo de su verdugo. Salid.
D. CÁRLOS.
Á vuestra tumba venid.
D. ÁLVARO.
Demandad perdon al cielo.
ESCENA II.
_El teatro representa la plaza principal de Beletri: á un lado y otro se ven tiendas y cafés, en medio puestos de frutas y verduras, al fondo la guardia del principal, y el centinela paseándose delante del armero; los oficiales en grupos á una parte y otra, y la gente del pueblo cruzando en todas direcciones. EL TENIENTE, SUBTENIENTE y PEDRAZA se reunirán á un lado de la escena, mientras los OFICIALES 1.º, 2.º, 3.º y 4.º hablan entre sí, despues de leer un edicto que está fijado en una esquina, y que llama la atencion de todos._
OFICIAL 1.º
El rey Cárlos de Nápoles no se chancea: pena de muerte nada ménos.
OFICIAL 2.º
¿Cómo pena de muerte?
OFICIAL 3.º
Hablamos de la ley que se acaba de publicar, y que allí está para que nadie la ignore, sobre desafíos.
OFICIAL 2.º
Ya, ciertamente es un poco dura.
OFICIAL 3.º
Yo no sé cómo un rey tan valiente y jóven puede ser tan severo contra los lances de honor.
OFICIAL 1.º
Amigo, es que cada uno arrima el ascua á su sardina, y como siempre los desafíos suelen ser entre españoles y napolitanos, y estos llevan lo peor, el rey, que al cabo es rey de Nápoles...
OFICIAL 2.º
No, esas son fanfarronadas; pues hasta ahora no han llevado siempre lo peor los napolitanos; acordaos del mayor Caraciolo, que despabiló á dos oficiales.
TODOS.
Eso fué una casualidad.
OFICIAL 1.º
Lo cierto es que la ley es dura; pena de muerte por batirse, pena de muerte por ser padrino, pena de muerte por llevar cartas; qué sé yo: pues el primero que caiga...
OFICIAL 2.º
No, no es tan rigurosa.
OFICIAL 1.º
¿Cómo no? Vean ustedes. Leamos otra vez.
(_Se acercan á leer el edicto y se adelantan en la escena los otros._)
SUBTENIENTE.
¡Hermoso dia!
TENIENTE.
Hermosísimo. Pero pica mucho el sol.
PEDRAZA.
Buen tiempo para hacer la guerra.
TENIENTE.
Mejor es para los heridos convalecientes. Yo me siento hoy enteramente bueno de mi brazo.
SUBTENIENTE.
Tambien parece que el valiente capitan de granaderos del Rey está enteramente restablecido. ¡Bien pronto se ha curado!
PEDRAZA.
¿Se ha dado ya de alta?
TENIENTE.
Sí, esta mañana. Está como si tal cosa; un poco pálido, pero fuerte. Hace un rato que le encontré; iba como hácia la Alameda á dar un paseo, con su amigote el ayudante Don Félix de Avendaña.
SUBTENIENTE.
Bien puede estarle agradecido, pues además de haberle sacado del campo de batalla, le ha salvado la vida con su prolija y esmerada asistencia.
TENIENTE.
Tambien puede dar gracias á la habilidad del doctor Perez, que se ha acreditado de ser el mejor cirujano del ejército.
SUBTENIENTE.
Y no lo perderá; pues segun dicen, el ayudante, que es muy rico y generoso, le va á hacer un gran regalo.
PEDRAZA.
Bien puede; pues segun me ha dicho un sargento de mi compañía, andaluz, el tal Don Félix está aquí con nombre supuesto, y es un marqués riquísimo de Sevilla.
TODOS.
¿De veras?
(_Se oye ruido; todos se ponen de pié y se arremolinan mirando hácia el mismo lado._)
TENIENTE.
¡Hola! ¿Qué alboroto es aquel?
SUBTENIENTE.
Veamos... Sin duda algun preso. Pero, ¡Dios mio! ¿Qué veo?
PEDRAZA.
¿Qué es aquello?
TENIENTE.
¿Estoy soñando?... ¿No es el capitan de granaderos del Rey el que traen preso?
TODOS.
No hay duda, es el valiente Don Fadrique.
(_Se agrupan todos sobre el primer bastidor de la derecha, por donde sale el capitan preboste y cuatro granaderos, y en medio de ellos preso sin espada ni sombrero Don Álvaro; y atravesando la escena, seguidos por la multitud, entran en el cuerpo de guardia que está al fondo; mientras tanto se desembaraza el teatro.--Todos vuelven á la escena, ménos Pedraza que entra en el cuerpo de guardia._)
TENIENTE.
Pero, señor, ¿qué será esto? ¿Preso el militar más valiente, más pundonoroso y más exacto que tiene el ejército?
SUBTENIENTE.
Ciertamente es cosa muy rara.
TENIENTE.
Vamos á averiguar...
SUBTENIENTE.
Ya viene aquí Pedraza, que sale del cuerpo de guardia, y sabrá algo. Hola, Pedraza, ¿qué ha sido?
PEDRAZA.
(_Señalando al edicto, y se reune más gente á los cuatro oficiales._)
Muy mala causa tiene. Desafío... El primero que quebranta la ley: desafío y muerte.
TODOS.
¡¡¡Cómo!!! ¿Y con quién?
PEDRAZA.
¡Caso extrañísimo! El desafío ha sido con el teniente coronel Avendaña.
TODOS.
¡Imposible!... ¡Con su amigo!
PEDRAZA.
Muerto le deja de una estocada ahí detrás del cuartel.
TODOS.
¡Muerto!
PEDRAZA.
Muerto.
OFICIAL 1.º
Me alegro, que era un botarate.
OFICIAL 2.º
Un insultante.
TENIENTE.
Pues señores, ¡la ha hecho buena! Mucho me temo que va á estrenar aquella ley.
TODOS.
¡Qué horror!
SUBTENIENTE.
Será una atrocidad. Debe haber alguna excepcion á favor de oficial tan valiente y benemérito.
PEDRAZA.
Sí, ya está fresco.
TENIENTE.
El capitan Herreros es con razon el ídolo del ejército. Y yo creo, que el general y el coronel, y los jefes todos, tanto españoles como napolitanos, hablarán al rey... y tal vez...
SUBTENIENTE.
El rey Cárlos es tan testarudo... y como este es el primer caso que ocurre, el mismo dia que se ha publicado la ley... No hay esperanza; esta noche misma se juntará el consejo de guerra, y antes de tres dias le arcabucean... Pero, ¿sobre qué habrá sido el lance?
PEDRAZA.
Yo no sé, nada me han dicho. Lo que es el capitan tiene malas pulgas, y su amigote era un poco caliente de lengua.
OFIC. 1.º Y 4.º
Era un charlatan, un fanfarron.
SUBTENIENTE.
En el café han entrado algunos oficiales del regimiento del Rey, sabrán sin duda todo el lance; vamos á hablar con ellos.
TODOS.
Sí, vamos.
ESCENA III.
_El teatro representa el cuarto de un oficial de guardia; se verá á un lado el tabladillo y el colchon, y en medio habrá una mesa y sillas de paja. Entran en la escena_
DON ÁLVARO y el CAPITAN.
CAPITAN.
Como la mayor desgracia juzgo, amigo y compañero, el estar hoy de servicio para ser alcaide vuestro. Resignacion, Don Fadrique, tomad una silla os ruego. (_Se sienta Don Álvaro._) Y mientras yo esté de guardia no mireis este aposento como prision... Mas es fuerza; pues órden precisa tengo, que dos centinelas ponga de vista...
D. ÁLVARO.
Yo os agradezco, señor, tal cortesanía. Cumplid, cumplid al momento con lo que os tienen mandado, y los centinelas luego poned... Aunque más seguro que de hombres y armas en medio, está el oficial de honor bajo su palabra... ¡Oh cielos!
(_Coloca el capitan dos centinelas: un soldado entra luces, y se sientan el capitan y Don Álvaro junto á la mesa._)
Y en Beletri, ¿qué se dice? ¿Mil necedades diversas se esparcirán, procurando explicar mi suerte adversa?
CAPITAN.
En Beletri ciertamente no se habla de otra materia. Y aunque de aquí separarme no puedo, como está llena toda la plaza de gente, que gran interes demuestra por vos, á algunos he hablado...
D. ÁLVARO.
Y bien, ¿qué dicen, qué piensan?
CAPITAN.
La amistad íntima todos, que os enlazaba, recuerdan, con Don Félix... Y las causas que la hicieron tan estrecha, y todos dicen...
D. ÁLVARO.
Entiendo. Que soy un mónstruo, una fiera. Que á la obligacion más santa he faltado. Que mi ciega furia ha dado muerte á un hombre á cuyo arrojo y nobleza debí la vida en el campo; y á cuya nimia asistencia y esmero debí mi cura, dentro de su casa mesma. Al que como tierno hermano... ¡Cómo hermano!... ¡Suerte horrenda! ¿Cómo hermano?... ¡Debió serlo! Yace convertido en tierra por no serlo... ¡Y yo respiro! ¿Y aún el suelo me sustenta?... ¡Ay! ¡ay de mí!
(_Se dá una palmada en la frente, y queda en la mayor agitacion._)
CAPITAN.
Perdonadme si con mis noticias necias...
D. ÁLVARO.
Yo le amaba... ¡Ah, cuál me aprieta el corazon una mano de hierro ardiente! La fuerza me falta... ¡Oh Dios! ¡qué bizarro, con qué noble gentileza entre un diluvio de balas se arrojó, viéndome en tierra, á salvarme de la muerte! ¡Con cuánto afan y terneza pasó las noches y dias sentado á mi cabecera! (_Pausa._)
CAPITAN.
Anuló sin duda tales servicios con un agravio. Diz que era un poco altanero, picajoso, temerario; y un hombre cual vos...
D. ÁLVARO.
No, amigo; cuanto de él se diga es falso. Era un digno caballero de pensamientos muy altos. Retóme con razon harta, y yo tambien le he matado con razon. Sí, si aún viviera fuéramos de nuevo al campo, él á procurar mi muerte, yo á esforzarme por matarlo. Ó él ó yo solo en el mundo, pero imposible en él ambos.
CAPITAN.
Calmaos, señor Don Fadrique: aún no estais del todo bueno de vuestras nobles heridas, y que os pongais malo temo.
D. ÁLVARO.
¿Por qué no quedé en el campo de batalla como bueno? con honra acabado hubiera. Y ahora ¡oh Dios!... la muerte anhelo, y la tendré... ¿pero cómo? en un patíbulo horrendo, por infractor de las leyes, de horror ó de burla objeto.
CAPITAN.
¿Qué decís?... No hemos llegado, señor, á tan duro extremo; aún puede haber circunstancias que justifiquen el duelo, y entonces...
D. ÁLVARO.
No, no hay ninguna. Soy homicida, soy reo.
CAPITAN.
Mas segun tengo entendido (ahora de mi regimiento me lo ha dicho el ayudante), los generales de acuerdo con todos los coroneles han ido sin perder tiempo á echarse á los piés del rey, que es benigno, aunque severo, para pedirle...
D. ÁLVARO.
(_Conmovido._) ¿De veras? Con el alma lo agradezco, y el interes de los jefes me honra y me confunde á un tiempo. Pero ¿por qué han de empeñarse militares tan excelsos, en que una excepcion se haga á mi favor, de un decreto sabio, de üna ley tan justa, á que yo falté el primero? Sirva mi pronto castigo para saludable ejemplo. Muerte, es mi destino, muerte. Porque la muerte merezco, porque es para mí la vida aborrecible tormento. Mas ¡ay de mí sin ventura! ¿cuál es la muerte que espero? La del criminal, sin honra, ¡¡¡en un patíbulo!!!... ¡¡¡Cielos!!!
(_Se oye un redoble._)
ESCENA IV.
LOS MISMOS y el SARGENTO.
SARGENTO.
Mi capitan...
CAPITAN.
¿Qué se ofrece?
SARGENTO.
El mayor...
CAPITAN.
Voy al momento. (_Váse._)
ESCENA V.
D. ÁLVARO.
¡Leonor! ¡Leonor! Si existes, desdichada, ¡oh qué golpe te espera, cuando la nueva fiera te llegue á donde vives retirada, de que la misma mano, la mano ¡ay triste! mia, que te privó de padre y de alegría acaba de privarte de un hermano! No; te ha librado, sí, de un enemigo, de un verdugo feroz, que por castigo de que diste en tu pecho acogida á mi amor, verlo deshecho, y roto y palpitante preparaba anhelante, y con su brazo mismo de su venganza hundirte en el abismo. Respira, sí, respira, que libre estás de su tremenda ira.
(_Pausa._)
¡Ay de mí! tú vivias, y yo lejos de tí, muerte buscaba; y sin remedio las desgracias mias despechado juzgaba: mas tú vives, mi cielo, y aún aguardo un instante de consuelo. Y ¿qué espero? ¡infeliz! de sangre un rio que yo no derramé, serpenteaba entre los dos; mas ahora el brazo mio en mar inmenso de tornarlo acaba. ¡Hora de maldicion, aciaga hora fué aquella en que te ví la vez primera en el soberbio templo de Sevilla, como un ángel bajado de la esfera, en donde el trono del Eterno brilla! ¡Qué porvenir dichoso vió mi imaginacion por un momento, que huyó tan presuroso como al soplar de repentino viento las torres de oro, y montes argentinos, y colosos, y fúlgidos follajes que forman los celajes en otoño á los rayos matutinos!
(_Pausa._)
Mas ¡en qué espacio vago, en qué regiones fantásticas! ¿Qué espero? Dentro de breves horas, lejos de mundanales afecciones vanas y engañadoras, iré de Dios al tribunal severo.
(_Pausa._)
¿Y mis padres?... Mis padres desdichados aún yacen encerrados en la prision horrenda de un castillo... cuando con mis hazañas y proezas pensaba restaurar su nombre y brillo y rescatar sus míseras cabezas. No me espera más suerte que como criminal, infame muerte.
(_Queda sumergido en el despecho._)
ESCENA VI.
DON ÁLVARO y el CAPITAN.
CAPITAN.
Hola, amigo y compañero...
D. ÁLVARO.
¿Vais á darme alguna nueva? ¿Para cuándo convocado está el consejo de guerra?
CAPITAN.
Dicen que esta noche misma debe reunirse á gran priesa... De hierro, de hierro tiene el rey Cárlos la cabeza.
D. ÁLVARO.
Es un valiente soldado, es un gran rey.
CAPITAN.
Mas pudiera no ser tan tenaz y duro. Pues nadie, nadie le apea en diciendo no.
D. ÁLVARO.
En los reyes la debilidad es mengua.
CAPITAN.
Los jefes y generales que hoy en Beletri se encuentran han estado en cuerpo á verle, y á rogarle suspendiera la ley en favor de un hombre que tantos méritos cuenta... Y todo sin fruto. Cárlos, aún más duro que una peña, ha dicho que no, resuelto, y que la ley se obedezca: mandando que en esta noche falle el consejo de guerra. Mas aún quedan esperanzas, puede ser que el fallo sea...
D. ÁLVARO.
Segun la ley. No hay remedio; injusta otra cosa fuera.
CAPITAN.
Pero ¡qué pena tan dura, tan extraña, tan violenta!...
D. ÁLVARO.
La muerte, como cristiano la sufriré: no me aterra. Dármela Dios no ha querido con honra y con fama eterna en el campo de batalla; y me la dá con afrenta en un patíbulo infame... Humilde la aguardo... Venga.
CAPITAN.
No será acaso... aún veremos... puede que se arme una gresca... El ejército os adora... Su agitacion es extrema, y tal vez un alboroto...
D. ÁLVARO.
Basta... ¿qué decís? ¿tal piensa quien de militar blasona? ¿el ejército pudiera faltar á la disciplina, ni yo deber mi cabeza á una rebelion?... No, nunca, que jamás, jamás suceda tal desórden por mi causa.
CAPITAN.
La ley es atroz, horrenda.
D. ÁLVARO.
Yo la tengo por muy justa; forzoso remediar era un abuso...
(_Se oye un tambor y dos tiros._)
CAPITAN.
¿Qué?
D. ÁLVARO.
¿Escuchásteis?
CAPITAN.
El desórden ya comienza.
(_Se oye gran ruido; tiros, confusion y cañonazos, que van en aumento hasta el fin del acto._)
ESCENA VII.
_LOS MISMOS y el SARGENTO, que entra muy presuroso._
SARGENTO.
¡Los alemanes! Los enemigos están en Beletri. ¡Estamos sorprendidos!
VOCES DENTRO.
¡Á las armas! ¡á las armas!
(_Sale el oficial un instante, se aumenta el ruido, y vuelve con la espada desnuda._)
CAPITAN.
Don Fadrique, escapad: no puedo guardar más vuestra persona; andan los nuestros y los imperiales mezclados por las calles; arde el palacio del rey; hay una confusion espantosa; tomad vuestro partido. Vamos, hijos, á abrirnos paso como valientes, ó á morir como españoles.
(_Vánse el capitan, las centinelas y el sargento._)
ESCENA VIII.
D. ÁLVARO.
Dénme una espada, volaré á la muerte, y si es vivir mi suerte, y no la logro en tanto desconcierto, yo os hago, eterno Dios, voto profundo de renunciar al mundo, y de acabar mi vida en un desierto.
FIN DE LA JORNADA CUARTA.
JORNADA QUINTA.
_La escena es en el convento de los Ángeles y sus alrededores._
ESCENA PRIMERA.
_El teatro representa lo interior del cláustro bajo del convento de los Ángeles, que debe ser una galería mezquina alrededor de un patiecillo, con naranjos, adelfas y jazmines. Á la izquierda se verá la portería, á la derecha la escalera. Debe de ser decoracion corta, para que detrás estén las otras por su órden.--Aparecen el P. GUARDIAN paseándose gravemente por el proscenio, y leyendo en su breviario. El H. MELITON sin manto, arremangado, y repartiendo con un cucharon, de un gran caldero, la sopa, al VIEJO, al COJO, al MANCO, á la MUJER y al grupo de pobres que estará apiñado en la portería._
MELITON.
Vamos, silencio y órden, que no están en ningun figon.
MUJER.
Padre, á mí, á mí.
VIEJO.
¿Cuántas raciones quiere, Marica?...
COJO.
Ya le han dado tres, y no es regular...
MELITON.
Callen, y sean humildes, que me duele la cabeza.
MANCO.
Marica ha tomado tres raciones.
MUJER.
Y aún voy á tomar cuatro, que tengo seis chiquillos.
MELITON.
¿Y por qué tiene seis chiquillos?... Sea su alma.
MUJER.
Porque me los ha dado Dios.
MELITON.
Sí... Dios... Dios... No los tendria si se pasara las noches como yo, rezando el rosario, ó dándose disciplina.
GUARDIAN.
(_Con gravedad._) ¡Hermano Meliton!... ¡Hermano Meliton!... ¡Válgame Dios!
MELITON.
Padre nuestro, ¡si estos desarrapados tienen una fecundidad que asombra!
COJO.
Á mí, P. Meliton, que tengo ahí fuera á mí madre baldada.
MELITON.
¡Hola!... ¿Tambien ha venido hoy la bruja? Pues no nos falta nada.
GUARDIAN.
¡Hermano Meliton!
MUJER.
Mis cuatro raciones.
MANCO.
Á mí antes.
VIEJO.
Á mí.
TODOS.
Á mí, á mí...
MELITON.
Váyanse noramala, y tengan modo... ¿Á que les doy con el cucharon?...
GUARDIAN.
Caridad, hermano, caridad, que son hijos de Dios.
MELITON.
(_Sofocado._) Tomen, y váyanse...
MUJER.
Cuando nos daba la guiropa el P. Rafael, lo hacia con más modo y con más temor de Dios.
MELITON.
Pues llamen al P. Rafael... que no los pudo aguantar ni una semana.
VIEJO.
Hermano, ¿me quiere dar otro poco de bazofia?...
MELITON.
¡Galopo!... ¿Bazofia llama á la gracia de Dios?...
GUARDIAN.
Caridad y paciencia, H. Meliton; harto trabajo tienen los pobrecitos.
MELITON.
Quisiera yo ver á V. Rma. lidiar con ellos un dia, y otro, y otro.
COJO.
El P. Rafael...
MELITON.
No me jeringuen con el P. Rafael... y... tomen las arrebañaduras, (_Les reparte los restos del caldero, y lo echa á rodar de una patada._) y á comerlo al sol.
MUJER.
Si el P. Rafael quisiera bajar á decirle los Evangelios á mi niño, que tiene sisiones...
MELITON.
Tráigalo mañana, cuando salga á decir misa el P. Rafael.
COJO.
Si el P. Rafael quisiera venir á la villa, á curar á mi compañero, que se ha caido...
MELITON.
Ahora no es hora de ir á hacer milagros por la mañanita, por la mañanita con la fresca.
MANCO.
Si el P. Rafael...
MELITON.
(_Fuera de sí._) Ea, ea, fuera... al sol... ¡Cómo cunde la semilla de los perdidos! horrio... á fuera.