Classic French Course in English

Chapter 5

Chapter 53,085 wordsPublic domain

La noche estaba estrellada pero muy oscura. Me sentía sin valor para pasarla entera en medio de aquella selva. Al desaparecer la agitación nerviosa que me animaba, sentí una gran postración y deseaba encontrar un sitio seguro en que pudiera recostarme sin temor. Recordé que había subido por la quebrada, y por la vista de las estrellas que tanto había contemplado en mi soledad me orienté. Busqué un lucero que brilla siempre en el confín del cielo al caer el sol, y me dirigí hacia un lado en que debía hallarse la choza de una pobre tullida que vivía en el monte con un hijo tonto. A poco comprendí que había encontrado un angosto sendero y procuré seguirlo. No sé cómo no me picaron mil animales venenosos que se arrastraban por el suelo, colgaban de las ramas y volaban chillando en torno mío. Desapareció la estrella tras de los árboles y la noche se hacía cada vez más oscura: había perdido los zapatos, y los pies rehusaban llevarme más lejos, cuando oí el ladrido de un perro: ¡qué música tan deliciosa fue aquella para mí! Algunos pasos más lejos encontré la choza y defendiéndome del perro con un palo que había tomado en el monte y me servía de bastón, empujé el junco que servía de puerta y despertando a la tullida pedí licencia para acostarme en un rincón.

Pasé la noche como una miserable, despertándome sobresaltada a cada momento, pero el cansancio me hacía dormir otra vez. Cuando amaneció, el tonto se levantó y encendiendo fuego en medio del rancho, puso una olla sobre tres piedras que había allí e hizo un caldo con yucas, plátanos y carne salada. Yo permanecía en mi rincón sin moverme, hasta que habiéndome brindado un plato con hirviente caldo comprendí que mi mayor debilidad provenía de la falta de alimentos. Acepté y tomé con gusto lo que me ofrecían y al acabar rompí el plato como por descuido y tiré la cuchara.

A medida que subía el sol el calor aumentaba en el rancho y al fin salí a la puerta a respirar el aire. Mi vestido enlodado y hecho pedazos, los cabellos desgreñados y mi aspecto indudablemente terrible causaron impresión a los dueños de casa. Imposible que me reconocieran, aunque en otro tiempo había visitado algunas veces a la enferma. Pero aunque no sabían quién era, la tullida adivinó la enfermedad de que padecía y me dijo con dulzura que sería mejor, que, me fuera a sentar en el alar... Comprendí la repugnancia que inspiraba aun a aquellos desgraciados, y me salí profundamente humillada. Deseaba mandar decir a mis parientes que no volvería otra vez a mi choza hasta que no me ofreciesen solemnemente que jamás irían a ella. El tonto no podía hablar claro ¿cómo mandar a decir lo que deseaba? Busqué un lápiz que llevaba en el bolsillo y que por casualidad no se había perdido en mi huida, y la tullida me dio un pedacito de papel que el tonto había llevado con unos remedios enviados por la tía Juana. Sobre un tronco de árbol caído que había cerca de la casa, puse el papelito y con mano trémula escribí algunas líneas y se las di al tonto para que las llevase a la hacienda, prometiendo pagarle bien.

Esa tarde llegaron mis dos sirvientes. Isidora me trajo ropa y Juan un caballo ensillado y una carta de tu padre en la que me decía que mi tía estaba gravemente enferma a causa de las penas que yo les había dado: por ultimo me ofrecía no intentar verme sin mi consentimiento.

Volví a mi choza a cuidarme... ¡sí, me cuidé! ¡Oh triste humanidad! ¿no era mejor dejarme morir? Siempre encontramos en nuestro corazón este amor a la vida, y por lo mismo que es miserable como que nos complacemos en conservarla... Sí, Pedro: mientras yo cuidaba mi horrible existencia, mientras recuperaba fuerzas para seguir viviendo, mi pobre tía moría de resultas del terror, de la aprehensión y de la angustia sin conocer a nadie, pero asediada por mi insensible, desnaturalizada, al ver que puedo hablar tranquilamente de la muerte de la que me quiso tanto. No sé qué decir: no me comprendo a mí misma y creo que hasta he perdido la facultad de sentir. Nunca lloro: la fuente de las lágrimas se ha secado; no me quejo, ni me conmuevo. Deseo la muerte con ansia, pero no me atrevo a buscarla y aun procuro evitarla.

Mi espíritu es un caos: mi existencia una horrible pesadilla. Mándame, te lo suplico, algunos libros. Quiero alimentar mi espíritu con bellas ideas: deseo vivir con los muertos y comunicar con ellos.»

La carta de Dolores me impresionó vivamente. Comprendí que su carácter tan dulce había cambiado con el sufrimiento, y esto me dio la medida de sus penas. Busqué algunos libros buenos y se los envié. Durante los siguientes años recibí apenas algunas breves cartas de Dolores: el fondo de ellas era una tristeza desgarradora a veces, con cierta incredulidad religiosa y odio al género humano en sus pensamientos, que me llenaban de pena. Mi padre me escribía que nunca la había vuelto a ver, pero que mandaba una persona todas las semanas a llevarle lo que podía necesitar y recoger noticias de ella.

Antonio se había arrepentido de su conducta ligera conmigo, y continuábamos una correspondencia muy activa. El primer golpe de dolor al comprender la horrible suerte de Dolores y la imposibilidad de que jamás fuera suya; ese rudo golpe no fue para él causa de desaliento: su carácter enérgico no permitía eso, y al contrario procuró vencer su pena dedicándose a un trabajo arduo y a un estudio constante. Pronto se hizo conocer como un hombre de talento, laborioso y elocuente, y alcanzó a ocupar un lugar honroso entre los estadistas del país.

Había pasado varios años estudiando en Europa y me preparaba a volver a la patria, cuando llegó la noticia de la muerte de mi padre. No diré lo que sentí entonces... Dolores me escribió también manifestándome la desolación en que había quedado. Aunque al principio me repugnaba la idea de visitar mi hogar vacío, no pude resistir al deseo de volver al lado de Dolores y me embarqué.

Llegué a Bogotá de paso, pero allí me detuvo Antonio para que asistiese a su matrimonio. Se casaba con una señorita de las mejores familias de la capital rica y digna de mucha estimación. Inmediatamente le escribí a Dolores la causa de mi detención, participándole la noticia del brillante matrimonio que hacía Antonio.

El matrimonio fue rumboso si no alegre. La novia no era bella; pero sus modales cultos, educación esmerada y bondad natural, hacían olvidar sus pocos atractivos. Cuando, después de la ceremonia me despedí de Antonio en la puerta de su casa, me entregó una carta para Dolores; carta que había escrito ese día, y en sus ojos vi brillar una lágrima, último tributo a sus ensueños juveniles.

Ocho días después llegaba a las cercanías de N*** y en vez de entrar al pueblo me dirigí inmediatamente por un camino extraviado al rincón del valle en que vivía Dolores. Al llegar a la vereda que años antes había pasado con mi prima, mi imaginación me trajo otra vez el recuerdo del esbelto talle de Dolores, su brillante mirada y alegres palabras: oía de nuevo el eco de su argentina risa que me parecía vibraba todavía en aquellas soledades. ¡Cómo había cambiado mi vida desde entonces! Mi tía había muerto, mi pobre padre también, mi novia era la esposa de otro (no sé si he dicho que casó con don Basilio) y en fin, mi prima, la alegre niña de otro tiempo, era un ser profundamente desgraciado. No había querido entrar al pueblo que tenía para mí tan tristes recuerdos, y nada sabía de Dolores.

Cuando me acerqué al sitio en que debía hallarse ha choza de mi prima, sentí cierto rumor que me admiró. Bajo un árbol estaban varios caballos ensillados: piqué el mío y llegué a la puerta de la casita a tiempo que salían de ella el cura y varios vecinos de N***.

-¡Qué encuentro tan casual! -dijo el cura al reconocerme y deteniéndome en la puerta.

Era un respetable anciano que había sido cura de mi pueblo desde mi infancia.

-¿Dolores está adentro? -pregunté después de haberle saludado.

-¿Qué? Deseo hablarla.

-No, no entre -me contestó tomándome la mano.

-¿Qué ha sucedido?

-¡Pobre niña! -me dijo con voz conmovida-: ¡ésta mañana dejó de padecer!

-¡Dios mío! -exclamé sintiendo que hasta el último eslabón que me ligaba a los recuerdos de mi provincia había desaparecido; y entonces comprendí cuán necesario había sido para mí ese afecto.

Sentándome en silencio en el quicio de la puerta de la casa de Dolores, escondí la cara entre las manos. Los que rodeaban al cura se alejaron por un sentimiento de delicadeza; el cura se sentó a mi lado.

-Su muerte fue la de una cristiana -dijo el buen sacerdote-. Hace algunos días me mandó rogar que viniera a verla; que no había necesidad de que me acercase, pues hablaría conmigo al través de la puerta de su alcoba. Vine varias veces y ayer se confesó y recibió los auxilios de la religión. Esta mañana me fueron a decir que se estaba muriendo, y hasta entonces no pude verla: ¡no le diré a usted cuán cambiada estaba!

-Ahora -añadió al cabo de un momento-, habiéndola visto espirar volvía a la parroquia para disponer el entierro.

Yo cumplí con mi deber. Asistí al entierro. Había dispuesto que la enterrasen en el patio de la casita y mandó que todo aquello quedase inhabitado.

Entre sus papeles hallé un testamento a mi favor y varias composiciones en prosa y verso. He aquí algunos fragmentos de un diario que llevaba y que hacen comprender mejor su carácter y los horribles padecimientos morales que sufría, sus vacilaciones y su desesperación.

23 de junio de 1843

«Hace un año que sufro sola, aislada, abandonada por el mundo entero en este desierto. ¡Oh! Si hubiera alguien que se acordara de mí ¿cómo no me hubieran de llegar ráfagas de consuelo que inspiraran resignación a este corazón desgarrado? A lo lejos en la llanura corren y se divierten. Mañana es día de San Juan, aniversario de las fiestas de N***. ¡Las fiestas! ¡qué de recuerdos me traen a la memoria! Hoy encontré por casualidad un ramo de jazmines secos ¿podrá creerse que este ser monstruoso que aparece ante mí al acercarme al espejo es la bella niña a quien fueron regaladas estas flores? Antonio, Antonio, tú a quien amo en el secreto de mi alma, cuya memoria es mi único consuelo, Antonio, ¿te acordarás acaso todavía de la infeliz a quien amaste? ¡Si supieras cómo me persigue tu imagen! Resuena tu nombre en el susurrante ramaje de los árboles, en el murmullo de la corriente, en el perfume de mis flores favoritas, en el viento que silba, entre las páginas del libro en que me fijo, en la punta de la pluma con que escribo; veo tus iniciales en el ancho campo estrellado, entre las nubes al caer el sol, entre la arena del riachuelo en que me baño... ¡Dios Santo! ¡que este amor sea tan grande, tan profundo, tan inagotable, y sin embargo mi corazón ardiente yace mudo para siempre!»

Diciembre 8 de 1843

«La vida es un negro ataúd en el cual nos hallamos encerrados. ¿La muerte es acaso principio de otra vida? ¡Que ironía! En el fondo de mi pensamiento sólo hallo el sentimiento de la nada. Si hubiera un Dios justo y misericordioso como lo quieren pintar, ¿dejaría penar una alma desgraciada como yo? ¡Oh! ¡muerte ven, ven a socorrer al ser más infeliz de la tierra! Soledad en todas partes, silencio, quietud, desesperante calma en la naturaleza... El cielo me inspira horror con su espantosa hermosura; la luna no me conmueve con su tan elogiada belleza; el campo me causa tedio; las flores me traen recuerdos de mi pasada vida. Flores, campos, puros aromas, armonías de la naturaleza que son emblemas de vida ¿por qué venir a causar tan hondos sentimientos a la que ya no existe?...»

Mayo de 1844

«...Espantosa martirio... la enfermedad no sigue su curso ordinario. ¿Viviré aún muchos años? Hay noches en que despierto llena de agitación: soñé que al fin pude conseguir una pistola; pero al quererme matar no dio fuego y en mi pugna por dispararla desperté... Otras veces imagino que estoy nadando en un caudaloso río, y me dejo llevar dulcemente por las olas que van consumiéndome; pero al sentir que me ahogo, me despierta un intenso movimiento de alegría.»

Febrero de 1864

«Recibí hoy una carta de Pedro que me ha consolado. Hay todavía alguien, además de mi buen tío, que se acuerda de mí... Había dicho que esta carta me había consolado... ¡mentira! La he vuelto a leer y me ha causado un sufrimiento nuevo. Me habla de su vida tranquila, de sus estudios y proyectos para lo porvenir. Los hombres son los seres más crueles de la creación: se complacen en hacernos comprender nuestro infortunio. En los siglos de la media, cuando se le declaraba lázaro a alguno, era inmediatamente considerado como un cadáver: lo llevaban a la iglesia, le cantaban la misa de difuntos y lo recluían por el resto de sus días como ser inmundo... Pero al menos ellos no volvían a tener comunicación con la sociedad; morían moralmente y jamás llegaban a sus oídos los ecos de la vida de los seres que amaron. Y yo, yo que me he retirado al fondo de un bosque americano, hasta aquí me persigue el recuerdo... ¿Amar qué es? Amar es sentir gratas emociones: los médicos dicen que el lazarino ha perdido el sistema nervioso ¿para qué siento yo, por qué recuerdo con ternura los seres que amé?»

Abril de 1845

«¡Dios, la religión, la vida futura! ¡Cuestiones insondables! ¡Terribles vacilaciones del alma! ¡Si mi mal fuera solamente físico, si tuviera solamente enfermo el cuerpo! Pero cambia la naturaleza del carácter y cada día siento que me vuelvo cruel como una fiera de estos montes, fría y dura ante la humanidad como las piedras de la quebrada. Hay momentos en que en un acceso de locura vuelo a mis flores, que parecen insultarme con su hermosura, y las despedazo, las tiro al viento: un momento después me vuelve la razón, las busco enternecida y lloro al encontrarlas marchitas. Otras veces mi alma se rebela, no puede creer en que un Dios bueno me haga sufrir tanto, y en mi rebeldía niego su existencia: después... me humillo, me prosterno y caigo en una adoración sin fin ante el Ser Supremo...»

Setiembre de 1845

«Siempre el silencio, la soledad, la ausencia de una voz amiga que me acaricie con un tono de simpatía. ¡La eterna separación! ¿Podrá haber idea más aterradora para un ser nacido para amar?»

1.º de enero de 1846

«Atravieso una época de desaliento y de letargo completo. He vivido últimamente como en sueños... No estoy triste ni desesperada. Siento que en mi corazón no hay nada, todo me es indiferente: la vida es el sufrimiento, la muerte... todo pasa y se mezcla en las tinieblas de mi alma, y nada me llega a conmover. ¡Una emoción! Una emoción aunque fuera de pena, de miedo, de espanto (lo único a que puedo aspirar) sería bendecida por mí como un alivio: ¡tal es el estado en que me encuentro! Es peor esto que mi loca desesperación de los tiempos pasados. Vegeto como un árbol carcomido: vivo como una roca en un lugar desierto...»

Marzo de 1846

«A veces me propongo estudiar, leer, aprender para hacer algo, dedicarme al trabajo intelectual y olvidar así mi situación; procuro huir de mí misma, pero siempre, siempre el pensamiento me persigue, y como dice un autor francés: 'Le chagrín monte en croupe et galope avec moi'.

La mujer es esencialmente amante, y en todos los acontecimientos de la vida quiere brillar solamente ante los seres que ama. La vanidad en ella es por amor, como en el hombre es por ambición. ¿Para quién aprendo yo? Mis estudios, mi instrucción, mi talento, si acaso fuera cierto que lo tuviera, todo esto es inútil, pues jamás podré inspirar un sentimiento de admiración: estoy sola, sola para siempre...»

Setiembre 6 de 1846

«Ya todo acabó para mí. Pronto moriré: mi mano apenas puede trazar estas líneas con dificultad. ¡Cuánto había deseado este día! pero ¿porqué no he tenido la dicha de morir antes, cuando tenía una ilusión? Acaso soy injusta; pero este golpe aflojó, por decirlo así, la última, cadena que me ligaba a la existencia. Recibí una carta de Pedro fechada en Bogotá: ¡pobre primo mío! pensé al abrirla; pronto podré oír tu voz; y también por él tendré alguna noticia directa de Antonio... Mi corazón latía con una dulce emoción y me sentía desfallecer. Me senté a orillas del riachuelo que corre murmurando cerca de mi habitación. ¡Con cuánto gusto había visto llegar al sirviente que trajo la carta! La imagen de Antonio vagaba en torno mío...

Después de leer las primeras líneas una nube pasó ante mis ojos. Pedro me daba parte del matrimonio de Antonio ¡el matrimonio de Antonio! ¿Por qué rehusaba creerlo al principio? No es él libre para amar a otra? Sin embargo, la desolación más completa, más agobiadora se apoderó de mí: me hinqué sobre la playa y me dejé llevar por toda la tempestad de mi dolor. Me veía sola, ¡oh! ¡cuán sola!, sin la única simpatía que anhelaba. Todo en torno mío me hablaba de Antonio, y sólo su recuerdo poblaba mi triste habitación. No había rincón de mi choza, no había árbol o flor en mi jardín, ni estrella en el azul del cielo, ni pajarillo, que trinara, que no me dijera algo en nombre de él. Mi vida hacía parte de su recuerdo; ¿y ahora? Él ama a otra ¡qué absurda idea! ¡a cuántas no habrá amado desde que nos separamos! ¡Cosa rara! esto no me había preocupado antes, y ahora esta idea no me abandona un momento. Como que mi alma esperaba este último desengaño para desprenderse de este cuerpo miserable. Comprendo que todos los síntomas son de una pronta muerte. ¡Gracias, Dios mío! Dejo ya todo sufrimiento; pero él es mi pensamiento en estos momentos supremos: ¡oh! ¡él me olvidará y será dichoso!»

Categoría:Novelas y cuadros de la vida sur-americana