Classic French Course in English
Chapter 4
-Antonio -exclamé, haciendo el último esfuerzo para no perder mi serenidad-, Antonio, esto es absurdo. Si las circunstancias lo exigen, separémonos, ¡pero no como enemigos!
Antonio fuera de sí ya, se acercó con el brazo levantado.
-¡Cobarde e hipócrita! -gritó.
Entonces olvidé toda consideración, y mostrándole la puerta dijo:
-Salga usted. Arregle las cosas como quiera y para cuando quiera.
Al día siguiente a las seis de la tarde me llevaban desmayado para la casa en que vivía. Cuando volví a recuperar mis sentidos me encontré tendido en la cama. Era de noche, y sentada a los pies de la cama vi dormida a la casera: traté de hablar y moverme, pero un dolor agudísimo en el pecho me obligó a estarme quieto. Estaba solo, sin pariente ni amigo que se condoliera de mí; la caridad de los dueños de casa era mi único amparo. Recordé entonces lo que me había sucedido: me vi nuevamente al frente de Antonio detrás de las colinas de San Diego; cada uno de nosotros tenía una pistola en la mano, Julián me servía de testigo. La expresión de la fisonomía de Antonio era temible: me miraba con todo el odio nacido de su anterior cariño. En ese momento olvidé todo sentimiento religioso, todo recuerdo de mi padre... un profundo desaliento de la vida me dominaba; deseaba verdaderamente morir en aquel momento, le apunté a Antonio, pero la memoria de Dolores y de su pena al saber que yo habría causado su muerte me hizo volver a mejores sentimientos y disparé al aire; pero al mismo tiempo sentí una fuerte conmoción y sin saber cómo, me encontré en el suelo... No recordaba más.
Volví a perder el juicio y por muchos días estuve entre la vida y la muerte. Cuando mis ojos se abrieron nuevamente a la luz y a la razón encontré a mi lado a mi padre, que acababa de llegar de N*** sin haber tenido noticia del estado en que me hallaba.
La siguiente carta de Dolores hará comprender mejor que otras explicaciones la causa del viaje imprevisto de mi padre.
«No sé si recibiste una carta que te escribí hace algunos días. Es posible que se haya extraviado o que no hubieras entendido lo que en ella te decía. Ahora pienso explicarte con más claridad la causa del desorden de mi espíritu: estoy en completa calma y me creo capaz de abarcar con ánimo mi situación... ¡Con ánimo! ¡gran Dios! En calma... ¡qué ironía!... no, Pedro, estoy loca, desesperada.
He tenido momentos de verdadera demencia...
Sin embargo, quiero vencer la repugnancia, el horror que siento. Es preciso referírtelo todo.
Desde que estuve en el Espinal empecé a sentir mucho malestar, una agitación de nervios constante y una completa postración de ánimo. Sentía por turnos y en algunas horas, frío, calor, fuerza, debilidad, valor, desaliento, temor, audacia, en fin, los sentimientos más contradictorios y las sensaciones más diversas. Al volver a N*** consulté a tu padre: me hizo varias preguntas y leí en su semblante la mayor emoción y desconsuelo a medida que le refería los síntomas del extraño mal que padecía. El pobre tío procuró infundirme valor asegurándome que esas novedades provenían de mis recientes penas.
Mi tía se empeñó en que consultase con otros médicos, pero yo no quería que me viese nadie. Al fin viendo que mi salud no mejoraba, llamaron sin consultarme a varias personas de los alrededores que pasan aquí por médicos, y su experiencia, si no el diploma, los hace dignos del título de doctores que les dan.
Se reunieron, pues, un día en la hacienda. Yo me presenté temblando, pero me acogieron con tanta bondad y me trataron con tan alegres chanzas, que fui perdiendo en presencia de ellos el horrible temor que me asaltaba. Antes de separarme comprendí que esos señores debían reunirse en la sala para dar su opinión. Quise saber la verdad y resolví oír ocultamente la consulta. Me retiré a mi cuarto, pero saliendo inmediatamente entré a una alcoba vecina de la sala y separada de ésta sólo por un cancel.
Me había tardado algunos momentos y cuando llegué a mi observatorio ya estaba empezada la conversación.
-¡Pobre niña! -decía uno de ellos; me parece que no hay esperanza...
-El lázaro está en su segundo período apenas -repuso otro-, y creo que se podría hacer algún esfuerzo.
-Eso apenas retardaría por algunos días más...
No supe qué más dijeron, ni lo que pasó por mí. Había procurado hacerme fuerte y ver con serenidad el mal que podía, que debía esperar. Pero al tener la seguridad de que era cierto lo que sólo temía, al encontrarme cara a cara con el espectro que había presentido, al contemplar de repente el horror de mi situación, no pude resistir a semejante dolor, y aunque no perdí el sentido, me tiré al suelo dominada por un completa postración de espíritu. No lloraba, ni me quejaba: mi desesperación no admitía desahogo. Un sollozo prolongado en el corredor me hizo volver en mí. Conocí la voz de mi tía, salí... ¡al menos, pensé, podremos llorar juntas! Guiada por el mismo interés que me animaba, también había querido conocer el fallo de los médicos, y al oír sus palabras no había podido resistir a su emoción.
Me le acerqué, pero al levantar los ojos y verme a su lado no pudo reprimir cierto movimiento de repugnancia que corrigió inmediatamente con una tierna mirada.
Hija mía, me dijo alargándome las manos, ven, abrázame.
Pero su primer movimiento había sido como una puñalada para mí: no lo pude olvidar, y huyendo entré a mi cuarto sin querer oírla, y me encerré. ¡Me sentía sola, completamente abandonada en el mundo! Después de esto no recuerdo más. Parece que mi tía, cansándose de llamarme y no teniendo contestación alguna se había alarmado, ¡y auxiliada por tu padre forzaron la puerta y me encontraron loca!
Sí, Pedro, fue tal mi desesperación que perdí el juicio por algunos días. Cuando volví a la razón y contemplé la horrible existencia que me aguardaba, en lo primero que pensé fue en escribirte. Tú has sido siempre un amigo en cuya simpatía creo; un hermano, cuyo apoyo ha sido mi consuelo siempre. A ti apelé: no recuerdo qué te decía; todavía había en mi mente una nube de demencia. Tu padre me dice que no ha perdido completamente la esperanza, y parte para Bogotá a consultar él mismo los mejores médicos del país. ¡Si hubiera esperanza, Dios mío!... ¡si hubiera esperanza!»
La carta a que se refería Dolores era la que había determinado mi partida para N***, partida que se había interrumpido trágicamente.
Apenas pude levantarme quise acompañar a mi padre a casa de los mejores médicos de Bogotá, quienes nos dieron algunos medicamentos con los cuales decían haberse mejorando notablemente varios lazarinos. Mi padre regresó a N***. Yo me quedé solo, triste, enfermo todavía, desalentado y si proyectos ya para lo porvenir.
En eso supe que un rico capitalista partía enfermo para Europa y deseaba llevar un médico que lo asistiera durante su viaje. Me le ofrecí y me aceptó con gusto: pero antes de partir no pude resistir al deseo de ir a abrazar a mi padre y ver a mis parientes. Por otra parte deseaba arreglar las pocas propiedades de que podía disponer para tener algunos recursos con que subsistir algunos años en Europa.
Llegué inesperadamente a N***, y después de haber pasado algunas horas con mi padre fui a casa de la tía Juana. Estaba sola y muy triste: la enfermedad de Dolores no tenía ningún alivio. Me decía que no quería vivir sino en la hacienda; y prorrumpiendo en llanto la pobre tía añadió, que no se dejaba ver de nadie, y no permitía que se le acercasen. Yo traté de consolarla diciendo que iría a verla y procuraría dulcificar sus pensamientos y mejorar su género de vida.
Al principio mi prima rehusó verme, pero cuando le hice saber que partía pronto para un viaje tan lejano accedió a mi deseo.
Estaba sentada en un sillón y el cuarto muy oscuro: así con su vestido blanco se veía como un espectro entre las sombras. No quería que yo me acercase a ella; pero usando de mis prerrogativas de primo y hermano le tomé las manos por fuerza y abriendo de improviso una ventana quise contemplar los estragos que aquel mal había hecho en ella.
Estaba ya empezando el tercer período de la enfermedad. La linda color de rosa que había asustado a mi padre, y que es el primer síntoma del mal, se cambió en desencajamiento y en la palidez amarillenta que había notado en ella en el Espinal: ahora se mostraba abotagada y su cutis áspera tenía un color morado. Su belleza había desaparecido completamente y sólo sus ojos conservaban un brillo demasiado vivo. Comprendí que ya no tenía esperanzas de mejoría, pero procuré ocultar mi sorpresa: ciertamente no esperaba encontrar en ella semejante cambio. Al principio permaneció callada, pero cuando le expliqué las penas de la tía Juana, me confió que su aparente despego y el deseo de aislarse prevenían de un plan que había ideado y que tenía la determinación de llevar a cabo.
-Quería que mi tía se enseñe a nuestra separación, pues no pienso vivir más tiempo a su lado.
-¿Y dónde te irás?
-Viviré sola. Mi tía tiene un horror, una repugnancia singular al mal que sufro, y sé que vivirá martirizada. Por otra parte, es tal el temor que me causa una voz extraña... veo a la humanidad entera como un enemigo que me persigue, que me acosa, y he resuelto separarme de todo el que me tema.
-¿Pero cómo?
-¿No recuerdas aquel sitio tan lindo donde nos despedimos la última vez que estuviste aquí?
-¿La quebradita?
-Allí quiero mandar hacer una casita y acompañada por los muchachos que sirvieron a mi padre hasta sus últimos momentos (ellos no me tienen repugnancia) viviré aislada, pero en mi soledad estaré tranquila.
-Ésa es una locura, Dolores ¿cómo sería tu vida en medio del monte? No, eso no puede ser.
-En lugar de disuadirme, Pedro, tenme lástima y ayúdame a llevara a cabo mi propósito. Si no -añadió apretándose las manos con ademán desesperado-, si no, huiré, me iré sola al monte y moriré como una fiera de los bosques. Mira: he sentido mayor desesperación al comprender que inspiro horror. ¡Dios mío! Si no me permiten vivir sola, ocultarme a todos los ojos, no sé qué haré... no es difícil quitarse uno la vida.
El estado de exasperación en que se hallaba la pobre joven no admitía razonamientos y tuve que ofrecerla mi cooperación a su plan.
-¿Y Antonio? -preguntó al cabo de un momento de silencio y haciendo un esfuerzo para serenarse.
-¿No lo he visto, acaso no has sabido?...
-Sí, tu padre me lo refirió todo. ¡Ya he sido la causa de tus penas y peligros, y sin embargo ni un consuelo, ni una señal de gratitud has recibido de mí! Perdóname: las penas nos hacen egoístas. Te confesaré mi debilidad: me llena de espanto la idea de que Antonio me recuerde con repugnancia.
-¿Pero no es peor que te tenga en mal concepto?
-Sí, es cierto; no lo había pensado. ¡Que lo sepa todo!
Y al decir esto prorrumpió en amargo llanto.
-Dile también a Mercedes lo que quieras -añadió.
-Ya Mercedes no es nada para mí. No quiero darle explicaciones: ella debió haber tenido fe en mi lealtad.
Dolores me miró un momento.
-Tú no la amaste nunca, pues cuando uno ama no tiene orgullo: no puede haber resentimiento duradero, ni pique, ni mala voluntad respecto del ser amado.
-No hablemos más de ella. Mercedes tiene otros pretendientes y yo ni la recuerdo.
Me despedía prometiéndole hablar con mi tía, lo que efectivamente hice, procurando hacerle comprender que la vida de Dolores dependía de que hiciese su voluntad.
Algunos días después me reuní con mi compañero en Honda y bajamos el Magdalena sin novedad, embarcándonos en Santamarta a principios del siguiente mes.
Parte tercera
Sólo busco en la selva más lejana tétrico albergue, asilo tenebroso no pisado jamás de huella humana. VICENTA MATURANA
Je meurs, et sur ma tomble, ou lentement j'arrive, nul ne viendra verser des pleurs. GILBERT
Durante los primeros meses de mi permanencia en Europa, recibí varias cartas de mi padre en que me daba cuenta de la salud de Dolores. Empeoraba cada día, y al cabo de algunos meses ya todos habían perdido completamente las esperanzas. A pesar de los esfuerzos que hacían, consultando a los médicos más afamados del país, la horrible y misteriosa enfermedad continuaba con su mano desoladora destruyendo la belleza y aun la figura humana de mi infeliz prima. Ella vivía oculta, sin aire y sin luz, rogando que le permitiesen huir lejos de aquella atmósfera que la sofocaba.
Al fin entre otras cartas recibí la siguiente, de Dolores:
«¡Ya no hay remedio, mi querido Pedro! Hace dos meses que he muerto para el mundo y me hallo en esta soledad. Tú escucharás con paciencia mis quejas, ¡oh, tenme piedad!
Pero no, ¿por qué quejarme? La Providencia es ciega, y hay momentos... No me atrevo a leer lo que hay en el fondo de mi alma. Voy a referirte cómo fue mi despedida de mi tía y la llegada aquí. Si mi carta es incoherente, perdónamela: ¡mi espíritu cede a veces a tantos sufrimientos!
No sé si tú lo sabías, pero fueron tantas mis instancias, que al fin logré que se empezara a construir una casita, una pequeña choza, aunque aseada y cómoda, en el sitio que indiqué. Yo misma quise ir a mostrar el lugar exacto en que debía quedar. Sin embargo se pasaron meses antes de que la acabasen, y aunque yo rogaba que la concluyeran pronto, conocí que mi tía no podía resolverse a esta separación. Pero fatigada ya de rogar, amenacé seriamente que me huiría de la casa y conseguí mi deseo.
Yo permanecía oculta siempre y hablaba con mi tía y tu padre al través de la reja de la ventana de mi cuarto, y por entre las rendijas de mi puerta.
Un día me vinieron a decir que la casa estaba concluida y habían llevado los muebles necesarios, mis pájaros y algunas flores. Mi pobre tía se había esmerado en que tuviese cuantas comodidades podía apetecer. Tu padre me vino a decir, después de hacerme algunas recomendaciones higiénicas, que entre lo que habían llevado a mi futura casa se hallaba un pequeño botiquín y una relación sobre el modo de usarlo. Ahí encontrarás todo', me dijo, según la marcha de la enfermedad hasta, hasta... Al pronunciar estas palabras el buen anciano que tanto me había mimado prorrumpió en sollozos. Yo había entreabierto la puerta para hablar con él más cómodamente, y al oír aquella señal de vivísimo dolor, sentí en mi corazón una desesperación indomable, y abriendo la puerta enteramente me hinqué en el suelo exclamando con angustia:
¡Oh, tío, tío!... usted tiene en su poder el hacerme penar menos; ¡oh, por Dios, deme un remedio!... ¡un remedio que acorte mi vida!
Tu padre se cubrió la cara con las manos y no me contestó. Pero en eso oí que mi tía venía por el corredor e inmediatamente me volvió el juicio, y haciendo un esfuerzo de voluntad violento me levanté y entrando a mi pieza cerré la puerta. Pero ella me había visto y me gritó golpeando en la puerta:
-¡Dolores, Dolores! este sacrificio es demasiado grande, tú no puedes dejarme así.
-Tuve una debilidad de un instante; pero eso ya pasó -le contesté con voz segura-: mañana me quiero ir a la madrugada, pero ruego por última vez que a mi salida nadie se me acerque.
Esa noche dormí tranquila. Ya había pasado la agitación y me sentía fuerte ante mi resolución. Antes de aclarar el día me vinieron a decir que mi caballo estaba preparado. Me levanté, y saliendo de mi cuarto atravesé el corredor en que estaba mi pajarera y vi por última vez el jardín, la alberca, los árboles... todo, todo lo que me recordaba mi feliz niñez y los sueños de mi corta juventud. No quise pensar, ni detenerme: la luz fría y triste del amanecer empezaba a iluminar los objetos que tomaban un aspecto fantástico. Mi perro favorito me siguió dando saltos de alegría.
El mayordomo, que debía acompañarme hasta mi choza y dos o tres sirvientes más me esperaban en el patio. Yo no quise aceptar el apoyo de nadie y de un salto monté a caballo.
-¡Adiós! -dije con voz ahogada dirigiéndome a los criados, díganle a mi tía...
No pude añadir otra cosa, y azotando con las riendas al caballo, que es muy brioso, salí como un relámpago del patio seguida por el mayordomo. No sé qué sentí entonces. Mi vida entera en sus más íntimos pormenores pasó ante mi imaginación, como dicen sucede a los que se están ahogando. Creo que iba a perder el sentido y dejarme caer del caballo, cuando un grito ahogado por la distancia me hizo detener mi cabalgadura, y mirando hacia atrás vi venir a mi tía que había montado y me seguía.
-¡Hija mía, Dolores! -me dijo al acercarse-. ¿Creías que yo permitiría que salieras de mi casa como una criminal sin que te acompañara siquiera hasta tu destierro?
-Perdón, tía; sí lo creí, y me desgarraba el corazón esta idea; pero como usted me había ofrecido no volverme a ver...
-Sí, sí, lo dije. ¿Pero cómo dejar de verte, de hablarte por la última vez?
Dejé volar mi pañuelo al viento para ver de dónde venía y poniéndome del lado opuesto le contesté:
-Una sola vez y al aire libre no podrá serle funesto. Prométame, sin embargo, que no se acercará: si no me lo ofrece, juro, tía, que pondré en acción mi amenaza y me iré lejos de aquí: me ocultaré y moriré en el fondo del monte.
-Tía -añadí después-, ésta es nuestra última conversación. Hablemos con toda la cordura y resignación que puede tener un cristiano en su lecho de muerte. No permitamos que nos interrumpan lágrimas, y no seamos débiles. El sacrificio indispensable está hecho; aceptémoslo como una prueba enviada por la Providencia. Cuando lleguemos a orillas del monte me adelantaré sin decir nada. No pronunciemos la palabra adiós; ambas necesitamos de un valor que nos abandonaría si nos despidiésemos.
Así se hizo. Conversamos tranquilamente, en apariencia, del modo como arreglaría mi vida, pero teníamos el corazón despedazado. Cuando llegamos al estrecho camino que recordarás, me adelanté en silencio y al cruzar por la vereda que conduce a mi choza volví involuntariamente la cara: al través de los árboles vi a mi tía que se había detenido y me miraba partir con profunda pena. ¡Probablemente no la volveré a ver jamás!»
Por mucho tiempo no volví a recibir noticias de Dolores: mi padre me decía apenas que continuaba en su soledad y había prohibido que nadie se le acercase. Una vez me escribió lleno de tribulación. Parece que un día le vinieron a decir que Dolores estaba sumamente indispuesta: él se hallaba en la hacienda de mi tía y no pudo evitar que supiese lo que decían de Dolores. La tía Juana se alarmó y quiso a todo trance, y si acordarse de su promesa, acompañar a mi padre a la choza de mi prima.
Llegaron hasta la casa, sin ser vistos, compuesta de una salita y una alcoba; separábala de la cocina y despensa un patiecito lleno de flores, y entre los bejucos que enredaban en el diminutos corredor colgaban jaulas llenas de pájaros. Penetraron a la salita, adornada con varios muebles y muchos libros sobre las mesas. Al ruido que hicieron al entrar, Dolores salió de la alcoba sin precaución alguna. Estaba tan desfigurada que mi tía dio un grito de espanto y se cubrió la cara con las manos. Dolores se detuvo un momento, y al ver la expresión de la fisonomía de sus tíos pasó cerca de ellos sin decir nada y tomó la puerta. Mi padre le siguió llamándola y la vio internarse en el monte. Viendo que no contestaba corrió hacia el sitio en que había desaparecido: caminó por la orilla de la quebrada llamándola a cada paso, hasta que llegó a un sitio más abierto; pero el monte espeso se cerraba completamente más arriba, y la quebrada, encajonándose entre dos rocas, no podía atravesarse sino llevando el agua hasta las rodillas. Dolores no parecía ni contestaba: mi tío creyó que había tomado otra senda y volvió a la casa para consultar con los sirvientes de mi prima. Ellos no la habían visto nunca salir así, pero inmediatamente corrieron a buscarla. Mi tía estaba tan conmovida e inmutada, que mi padre le aconsejó que volviera a la hacienda mientras que él se quedaría buscando a Dolores.
Se pasaron horas y no era posible encontrarla. Los sirvientes y todos los peones de la hacienda se pusieron en movimiento, pero llegó la noche, la que paso también sin noticia alguna. Los primeros rayos del sol encontraron todavía a mi padre lleno de angustia, pues además de la desaparición de Dolores, mi tía se había enfermado gravemente.
Mejor será trascribir ahora una parte de la carta que recibí de Dolores, dándome noticia de lo sucedido.
«...Creí, Pedro, que nunca volverías a saber de mí... Quise morir, amigo mío, y no pude lograrlo. En días pasados me sentía muy enferma, tanto material como espiritualmente: mi postración era horrible y pasé días sin hablar ni tomar casi alimento alguno. Isidora y su hermano probablemente se alarmaron al verme en ese estado, y dieron aviso a la familia: no he querido preguntarles cómo llegaron repentinamente a mi choza tu padre y mi tía Juana. Al verme, fue tal el horror que se pintó en sus semblantes, que comprendí en un segundo que yo no debía hacer parte de la humanidad, y sin saber lo que hacia salí de la casa. Creo que perdí el juicio: me parecía oír tras de mí la carrera de cien caballos desbocados que me perseguían, y oía el ladrar de innumerables perros... Subí desalada por la orilla de la quebrada, y al llegar a un sitio más inculto atravesé sus aguas sin sentir que me mojaba ni pensar que me hería en los espinos del monte. Al fin se me acabaron las fuerzas y me detuve. Ya no oía los gritos ni las carreras de los que creí me perseguían y me encontré sola en medio de la montaña: no había más ruido que el zumbido de los insectos, el trinar de los pájaros y el chasquido de las hojas secas al romperlas con los pies. Estaba completamente exánime: no sé si me dormí o me desmayé, pero caí al suelo como un cuerpo inerte. Cuando volví en mí la oscuridad era casi completa en el fondo del bosque. ¿Qué hacer? La muerte se me presentó como un descanso. Me levanté para buscar un precipicio, pero la montaña en aquel sitio está en un declive suave del cerro y no hallé lugar alguno que fuera a propósito.
No sentía dolor ninguno (tú sabes que a consecuencia de la enfermedad se pierde la sensibilidad cutánea) y sin embargo me había desgarrado y estaba inundada de sangre y los vestidos hechos pedazos. Después de haber vagado largo tiempo llegué a un sitio más abierto en donde al pie de algunos árboles altísimos se veían anchas piedras cubiertas de musgo. Se sentía allí un fresco delicioso: me recosté sobre una piedra y levanté los ojos al cielo. La noche había llegado, y a medida que el suelo se cubría de sombras el cielo se poblaba de estrellas. Las lámparas celestes se encendían una a una como cirios en un altar. ¡Cuántas constelaciones, qué maravillosa titilación en esos lejanos soles, qué inmensidad de mundos y de universos sin fin...! Poco a poco la misteriosa magnificencia de aquel espectáculo fue calmando mi desesperación. ¿Qué cosa era yo para rebelarme contra la suerte? Esos rayos de luz morían antes de llegar a mi rincón, y sin embargo parecían mirarme con compasión... ¡Compasión! ¿todos no me tienen horror? No, hay tal vez algún ser que me recuerde todavía con ternura: te diré la verdad; la memoria de Antonio me salvó, y creí comprender como por intuición que no me había olvidado. ¿No bastaría la seguridad de su lejana simpatía para vivir resignada? No me creas ingrata: también te recordé; tú al menos no te mostraste espantado al verme.