Part 2
El corazón tiene a veces presentimientos que no podemos explicarnos. No sé por qué la suerte de Dolores me preocupaba aquella noche: recordaba mil causas que debían hacerla feliz, y con todo no podía desechar una aprehensión sin motivo que me molestaba sin comprenderla. Antonio, por su parte, sentía los primeros síntomas de una gran pasión: las tempestades que se desarrollan en el corazón siempre se anuncian por un sentimiento de melancolía dolorosa. La dulzura del sentimiento no inspira sino cuando uno ha perdido ya el poder de voluntad y ama sin reflexionar.
Antonio sufría; yo me sentía triste, y ambos volvimos a casa en silencio.
En los días siguientes concurrimos a los encierros y corridas de toros y los bailes por la noche. Antonio se mostraba completamente subyugado por los encantos de Dolores, y cada vez que nos hallábamos juntos no se cansaba de elogiarme sus gracias y hermosura. Recuerdo que una vez casi se enfadó conmigo porque le cité riendo aquel proverbio latino: «No es la naturaleza lo que hace bella a la mujer, sino nuestro amor».
Dolores recibía los homenajes de Antonio con su buen humor e inagotable alegría. Ella no podía estar nunca triste y perseguía con alegres chanzas a los que se mostraban melancólicos. Mi amigo correspondía a su genio vivo, contestándole con mil chistes y agudezas propias del cachaco bogotano. El amor entre estos dos jóvenes era bello, puro y risueño como un día de primavera. En donde quiera que se reunían comunicaban su innata alegría a cuantos los rodeaban. No he visto nunca; dos personas más adecuadas para amarse y saber apreciar sus mutuas cualidades. No hay duda que es un grave error el que encierra aquel axioma de que los contrastes simpatizan. Eso puede dar cierto brillo, animación y variedad a un sentimiento fugaz, a una inclinación pasajera; pero entre personas que aman verdaderamente es preciso una completa armonía, armonía en sentimientos, en educación, en posición social y en el fondo de las ideas. La tranquilidad moral es el resultado de la armonía, y ese debe ser el principal objeto del matrimonio, en lo que debe consistir su bello ideal.
Don Basilio pronto descubrió que Dolores, además de ser bella y virtuosa, poesía una dote regular, e inmediatamente puso sitio ante aquella nueva fortaleza; creyó que no sería mal negocio encontrar en su viaje una diputación y una novia. El caudal de su difunto tío empezaba a desaparecer muy de veras y no quería ver llegar la vejez unida a la pobreza. Le confió a Julián su propósito diciendo:
-Una sencilla villageoise es una conquista fácil de obtener... Además es bella, y la podré presentar en Bogotá sin bochorno; y añadía con su acostumbrada fatuidad, citando a un autor francés: Elle a d'assez beaux yeux... pour des yeux de province.
Un día le presentó a Dolores una composición rimada que le dedicaba, en la cual declaraba su ardiente amor en versos glaciales: tenía tantas citas que casi no se encontraba una palabra original; mezclaba la mitología con la historia antigua invocando a Venus y a Lucrecia, a Minerva y a Virginia, y acababa diciendo: «que, guiado por el destino, había montado en el Pegaso para caer a sus pies». A instancias de la tía Juana, Dolores nos mostró a Antonio y a mí la sonora composición, y naturalmente no escaseamos nuestras burlas.
Después de haber permanecido algunos días en N*** don Basilio siguió su marcha en busca de popularidad, bien persuadido de que allí no podría conseguir nada, si los provocaba, unos nones como los que él estaba enseñando a recibir. Fácil nos era ver que partía furioso con Antonio y yo, pues, no habíamos ocultado nuestras burlas, y que se prometía hacérnoslas pagar algún día.
Las fiestas se habían concluido. Cada cual de los que habían ido a ellas fueron dejando el lugar de uno en uno.
El día antes del de la partida de Antonio promoví un paseo en que debían reunirse las principales personas que se hallaban todavía en el pueblo. A algunas horas N*** corre un caudaloso río sombreado por altísimos árboles, y muy cerca de él se halla la casa de un trapiche que ofrece recursos y lugar en que dejar las cabalgaduras. Ése es el sitio predilecto de los que organizan los paseos de todas las inmediaciones.
A las siete de la mañana, como veinte personas aguardábamos a la puerta de la casa de tía Juana a que saliera Dolores. Pronto se presentó ésta montada en un brioso caballo, con su traje largo, sombrerito redondo, velillo al viento, la mirada brillante y ademán gracioso. Después de atravesar bulliciosamente las calles tomamos un angosto camino orillando potreros, y allí se fueron formando grupos según las simpatías de cada uno. Yo dejé que Antonio buscase él algo de Dolores, acordándome de que no sé qué autor ha dicho que el tiempo más a propósito para una declaración es cuando uno anda a caballo. Y efectivamente, la animación del paseo, el aire libre que sopla en torno, la facultad de apurar o detener el caballo, de atraerse o adelantarse sin aparente motivo, de hablar o callar de repente, volver la cabeza o buscar la mirada de su compañera, todo esto da ánimo y presenta fácilmente ocasiones de aislarse aún en medio de una numerosa concurrencia. Sin embargo, Antonio callaba ese día, y la fisonomía de ambos se velaba por momentos con una dulce melancolía; acaso porque pensaban que debían separarse aquella tarde.
Acompañamos a las señoras hasta la orilla del río, y mientras que ellas se bañaban, nos reunimos en un trapiche conversando y riendo alegremente. Antonio no recobró, sin embargo, animación hasta que nos volvimos a reunir todos con la parte femenina de la concurrencia en el punto en que se había preparado el almuerzo. El campo estaba bellísimo: la fragancia de las flores, el susurro de los insectos, el murmurante río que bajaba entre lucientes piedras a nuestro lado, el rumor del viento entre las hojas de los árboles que se balanceaban sobre nuestras cabezas, y toda aquella vida y movimiento de la naturaleza tropical, nos hacían gozar y convidaban al reposo y a la dicha perezosa del vivir... Antonio y Dolores se habían alejado insensiblemente de los demás y se sentaron al pie, de una gran piedra cubierta de amarillento musgo. Dolores tiraba, al río con distracción los pétalos de un ramo de flores que llevaba en la mano; y mientras que el agua salpicaba la dorada arena a sus pies, ambos miraban con interés la suerte de aquellas florecillas en la espumosa corriente. Algunas bajaban lentamente y se detenían muy pronto sobre la blanda orilla: otras, arrastradas con ímpetu por el agua, se engolfaban de improviso en un remolino y desaparecían al punto: otras salían al principio con rapidez y alegremente, pero al llegar a una concavidad formada por las piedras, tropezaban allí y no pudiendo salir, se impregnaban de agua y se consumían poco a poco; por último, las más afortunadas se unían en grupos y salían a la mitad del río, descendiendo por medio de la corriente sin encontrar alguno.
-¿Ven ustedes la filosofía de ese espectáculo? -dijo acercándome de improviso a los dos.
Antonio y Dolores se estremecieron como si se los hubiera interrumpido; y en efecto, ellos se comunicaban sus pensamientos con una mirada y se hablaban en su mismo silencio.
-¿Qué filosofía? -preguntaron.
-La que encierra esa flor que Dolores tira a la corriente. Ella es la imagen de la Providencia y cada uno de esos pétalos lo es de una vida humana. ¿Cuál suerte preferirías tú, Dolores? La de las que pronto se retiran a la playa sin haber tenido emociones; la de las que se precipitan a la corriente y se pierden en un remolino...
-¿Yo?... no sé. Pero las que me causan pena son aquellas que se encuentran encerradas en un sitio aislado y sin esperanza de salir... Mira -añadió-, cómo se van hundiendo poco a poco y como a pesar suyo.
-Yo, decididamente, señor filósofo -dijo Antonio fijando la mirada en la de Dolores-, prefiero la suerte de las que bajan de dos en dos por la corriente de la vida.
Las mejillas de mi prima se cubrieron de carmín y levantándose turbada se unió a los demás grupos de amigas.
Las risas y conversaciones, los cantos y la armonía de los tiples y bandolas, el baile en el patio del trapiche y el buen humor general, nada de esto pudo animar a Dolores. Estaba contenta, dichosa tal vez por momentos, pero se veía en su frente una sombra y cierta modulación dolorosa suavizaba el timbre de su voz. Antonio estaba en aquella situación en que los enamorados se vuelven taciturnos y atolondrados, sin poder hacer otra cosa que contemplar el objeto amado, sin poder atender sino a lo que ella dice, ni admirar a otra persona u objeto; estado de ánimo sumamente fastidioso para todos, menos para la que inspira y comprende tal situación.
Volvimos al pueblo por la noche: estaba muy oscura no obstante que las estrellas lucían en el despejado cielo. Al atravesar un riachuelo en un punto peligroso se creyó necesario que cada hombre fuese al lado de una señora. El caballo de Dolores se asustó al resbalar en las piedras, y si Antonio no la hubiese sostenido con un brazo y afirmádola nuevamente en el galápago, al brincar el caballo la habría hecho caer al agua. Cuando Antonio se encontró nuevamente en tierra, seguramente se le conoció el susto y la emoción que había sentido en aquel lance, y su voz temblaba al contestar a mi pregunta. Entonces comprendí cuán verdadera y tiernamente amaba a Dolores. El amor sincero no es egoísta; y nunca es más cobarde el corazón que cuando la persona amada está en peligro, aunque éste parezca insignificante para los demás.
¡Media hora después se separaron, tal vez para siempre, aquellos dos seres que habían nacido para amarse tan profundamente!
Luego a solas me confió Antonio que no había podido hablar a Dolores de su amor, que siendo tan vehemente y elevado, no había hallado palabras con que expresarlo. Me rogó que le dijera a mi prima en nombre suyo que no había pedido su mano formalmente porque su posición no se lo permitía aún; pero teniendo esperanzas de ser correspondido me pedía la suplicara que no lo olvidase.
El mismo día que partió Antonio para Bogotá, la tía Juana volvió a su hacienda con Dolores. Yo había visto la despedida de Dolores y Antonio, y aunque ella tenía la sonrisa en los labrios comprendí que necesitaría algún consuelo. Así, al domingo siguiente me dirigí muy temprano a la hacienda, llamada Primavera, situada en una llanura al pie de altos cerros cubiertos de bosques y vestida principalmente de ganados y extensos cacaotales.
Cuando llegué, mi tía estaba ausente y la casa completamente silenciosa. Me desmonté y entregando mi caballo a un sirviente, atravesé el patio que antecedía a la casa y me dirigí al retrete de Dolores en el cual me dijeron se encontraba.
El sitio favorito de mi prima era un ancho corredor hacia la puerta de atrás de la casa y con vista sobre una semi-huerta, semi-jardín compuesto de altos árboles de mango, de preciosos naranjos y limoneros, pomarosos y granados, por cuyos troncos trepaban y se apoyaban los jazmines estrellados, los variados convólvulos, las mosquetas y los nervios. Debajo de una enramada de granadillo y jazmín estaba la alberca, cuyas aguas murmuradoras se unían a los armoniosos cantos de muchos pájaros. La pajarera de Dolores era afamada en los alrededores: en una gran jaula que ocupaba todo el ángulo del corredor había reunido muchos pájaros de diversos climas que se habían enseñado a vivir unidos y en paz. Allí cantaban las armoniosas mirlas blancas y negras, el alegre toche y el artístico turpial, los azucareros ruidosos y el azulejo y el cardenal. En medio de sus flores y pájaros, Dolores pasaba el día cosiendo, leyendo, y cantando con ellos. Desde lejos se oía el rumor de la pajarera y la dulce voz de su ama.
Ese día todo estaba en silencio. El calor era sofocante, y la naturaleza parecía agobiada y abochornada por los rayos de un sol de fuego que reinaba sólo en un cielo despejado. Los pájaros callaban y sólo se oía el ruido del chorro de la alberca que corría sin cesar bajo su enramada de flores. Desde lejos vi a Dolores vestida de blanco y llevando por único adorno su hermoso pelo de matiz oscuro. Recostada sobre un cojín al pie del asiento en que había estado sentada, apoyaba la cabeza sobre el brazo doblado, mientras que la otra manecita blanca y rosada caía inerte a su lado. Detúveme a contemplarla creyéndola dormida, pero había oído el ruido de mis espuelas al acercarme, y se levantó de repente, tratando de ocultar las lágrimas que se le escapaban y cogiendo al mismo tiempo un papel que tenía sobre su mesita de costura.
-¿Qué es esto prima? -le pregunté señalándole el papel, después de haberla saludado.
-Estaba escribiendo y...
-¿A quién?
-A nadie.
-Cómo, ¿Antonio ya logró...?
-No, Pedro -me contestó con dignidad-; él no me pidió tal cosa, ni yo lo haría.
-Dolores -le dije tomando entre mis manos la suya fría y temblorosa- ¿no te juró Antonio que te amaba locamente, como me lo dijo mil veces? ¡Confiésame que te suplicó que le guardaras tu fe!
-No; me hizo comprender que me prefería tal vez, pero nunca me dijo más.
-¿Y esa carta?
-¡No es carta!
-Misiva, pues -dije riéndome-, epístola, billete, como quieras llamarla.
-¿No quieres creerme? Toma el papel; haces que te muestre lo que sólo escribía para mí.
Y me presentó un papel en que actuaba de escribir unos preciosos versos, que mostraban un profundo sentimiento poético y cierto espíritu de melancolía vaga que no le conocía. Era un tierno adiós a su tranquila y feliz niñez y una invocación a su juventud que se le aparecía de repente como una revelación. Su corazón se había conmovido por primera vez, y ese estremecimiento la hacía comprender que la vida del sufrimiento había empezado.
Avergonzada y conmovida bajaba los ojos a medida que yo leía. Su tez blanca y rosada resaltaba aun con mayor frescura en contraste con su albo vestido y cabello destrenzado. Un temor vago me asaltó a mí también, como a mi padre, al notar el particular colorido de su tez; pero esa impresión fue olvidada nuevamente para recordarla después.
Pasé el día en casa de mi tía, cumplí la recomendación de Antonio y me persuadí de que ella lo amaba también. Debía volver a Bogotá en esos días: estaba impaciente y deseaba tener la dicha de ver otra vez a mi novia después de mes y medio de ausencia.
Al tiempo de despedirme quisieron acompañarme hasta cierto punto del camino para que Dolores me mostrara un lindo sitio al pie de la serranía, que ella había descubierto algunos días antes en uno de sus paseos.
Dolores se manifestaba muy risueña y festiva. El amor que la animaba formaba como una aureola en torno suyo. ¿Qué importa la ausencia si hay seguridad de amar y ser amado? Al llegar a una angosta vereda que había hecho abrir por en medio del monte, tomó la delantera. Yo la seguía, admirando su esbelto talle y su gracia y serenidad para manejar un brioso potro que sólo con ella se había mostrado obediente y dócil.
Pocos momentos después llegamos a un sitio más abierto: un riachuelo cristalino bajaba saltando por escalones de piedras y reposaba en aquel lugar entre un bello lecho de musgos y de temblantes y variados helechos. Altísimos árboles se alzaban a un lado del riachuelo, impidiendo con su tupida sombra que otros arbustos creciesen a su lado. Varios troncos viejos y piedras envueltas en verde lana cubrían el suelo, alfombrado por una suave arena dorada. Empezaba a caer el sol y la sombra de aquel sitio producía un delicioso fresco. Bandadas de pájaros vistosos, entre los que charlaban numerosos loros y pericos, llegaban a posarse en las altas copas de los árboles, dorados por los últimos rayos del sol.
Nos desmontamos, y sacando mi tía algunos dulces y un coco curiosamente engastado en bruñida plata, nos invitó a que tomásemos un refrigerio campestre.
-¿Qué bello sería pasar su vida aquí, no es cierto? -exclamó Dolores.
-¿Sola? -contestó sonriéndome.
No replicó sino con solo una mirada tierna que se dirigía a mi amigo ausente, y continuó conversación alegremente. ¡Pobre niña!..., pero feliz todavía en su ignorancia de lo porvenir.
Parte segunda
La douleur est une limière nous éclaire la vie.
BALZAC
Dos meses después de haber llegado a Bogotá recibí de Dolores su primera carta, la que he conservado con otras muchas como recuerdos de mi prima, cuyo claro talento fue ignorado de todos menos de mí.
«Querido primo», me decía: «aguardaba recibir noticia de tu llegada para escribirte, y después, cuando quise hacerlo, los acontecimientos que han tenido lugar en casa y en mi vida, me lo habían impedido... No sabía si debería confiarte el horrible secreto que he descubierto; pero el corazón necesita desahogarse, y sé bien que eres no solamente mi hermano sino un amigo muy querido que simpatiza con mis penas. No hace mucho que leía que 'lo que hace las amistades indisolubles y duplica su encanto, es aquel sentimiento que falta al amor: la seguridad'. ¡Oh! la amistad es lo único que puede ahora consolarme, ya que otro sentimiento me será prohibido... No hace mucho, ¿te acuerdas? veía el mundo bello, alegre, encantador; todo me sonreía... pero ahora, ¡gran Dios!... ¡un terremoto ha cubierto de ruinas el sitio en que se levantaba el templo de mis esperanzas!
Perdóname, Pedro, esta palabrería con que procuro retardar la confesión de mis penas: esto sólo te demuestra el terror que me causa ver escrito lo que casi no me atrevo a pensar.
Pero, ¡valor! empezaré.
Algunos días después de tu partida me dirigía una tarde a la pieza de mi tía, cuando al pasar por el corredor del patio de entrada, oí que un viejo arrendatario que vivió en los confines de la hacienda preguntaba por ella. Llevaba una carta en la mano, y al saber que era para mi tía la tomé y me preparaba a entregársela, cuando al notar que el viejo Simón la había llevado dio un grito diciendo:
-¡Tira esa carta, Dolores, tírala!
Yo hice instintivamente lo que me mandaba y la dejé caer. Mi tía hizo entonces que me lavara las manos, y mandando llevar un brasero, no tomó la carta en sus manos sino después de haberla hecho fumigar.
Yo estaba tan admirada al ver aquella escena, que casi no acertaba a preguntar la causa de los súbitos temores de mi tía; al fin la cosa me pareció hasta chistosa y exclamé riéndome:
-¿Está envenenado ese papel, tía? ¿El viejo Simón tendrá sus rasgos a lo Borgia, como en la historia que leíamos el otro día?
-No te burles, hija mía -me contestó con seriedad-: el veneno que puede contener ese papel es más horrible que todos los que han inventado los hombres.
Al decir estas palabras, acabó de leer la carta y tirándola al brasero, la vio consumirse lentamente.
-Es preciso que me explique usted este misterio...
-En esto no creas que hay misterio romántico -me dijo con acento triste, interrumpiéndome. ¿No sabes que en las inmediaciones de N*** hay lazarinos? Uno de esos desgraciados me ha enviado esa carta.
-¿Y quién es?
-¡Quién! un infeliz a quien he mandado algunos socorros y vive en una choza arruinada no lejos de la de Simón.
-¡Pobrecito! ¡Y vive solo como todos ellos! Solo, en medio del monte, sin que nadie le hable ni se le acerque jamás. Vivirá y morirá aislado sin sentir una mano amiga... ¡Dios mío! ¡qué horrible suerte, qué crueldad!
Y se me apretaba el corazón con indecible angustia.
-La sociedad es muy bárbara, tía -añadí-; rechaza de su seno al desgraciado...
-Así es -me contestó-, ¿pero que remedio? Se dice que esa espantosa enfermedad se comunica con la mayor facilidad. ¿No es mejor en tal caso que sufra uno solo en vez de muchos? Por mi parte, Dolores, te confieso que el aspecto de un lazarino me espanta y querría más bien morir que acercármelo.
-¿Y cómo conoció usted a ese infeliz? ¿Por qué lo protege, tía? Mucho me ha interesado: el sobrescrito de la carta estaba muy bien puesto... y aún me parece que la letra no me es enteramente desconocida.
-¿Por qué lo protejo, me preguntas? ¿No se ha de procurar siempre aliviar a los que sufren?
Mi tía cortó la conversación bruscamente. Aunque en los subsiguientes días no hablamos del episodio de la carta, esto me había impresionado mucho. El invierno entró con toda la fuerza que tú sabes se desencadenan las lluvias en estos climas. Estábamos completamente solas en la hacienda: nadie se atrevía a atravesar los ríos crecidos y los caminos inundados para venirnos a visitar. A veces me despertaba en medio de la noche al ruido de una fuerte tempestad, y al oír caer la lluvia, el trueno rasgar el aire y mugir el viento contra las ventanas bien cerradas, y sintiéndome abrigada en mi pieza y rodeada de tantas comodidades, mi espíritu se trasportaba a las chozas solitarias de esos parias de nuestra sociedad: los lazarinos. Veía con la imaginación a esos infelices, presas de terribles sufrimientos, en medio de las montañas y de la intemperie, y solos, siempre solos...
Una noche había leído hasta muy tarde, estudiando francés en los libros que me dejaste: procuraba aprender y adelantar en mis estudios, educar mi espíritu e instruirme para ser menos ignorante; el roce con algunas personas de la capital me había hecho comprender últimamente cuán indispensable es saber. Me acosté pues tarde, y empezaba a dormitar cuando creí oír pasos en el patio exterior y como el cuchicheo de dos voces que hablaban bajo. Mi perro favorito, que pasa la noche en mi cuarto, se levantó de repente y se salió por la ventana abierta al corredor, y un momento después oí que se abalanzaba sobre alguien en el patio. La voz de mi tía lo hizo retirarse. ¡Cosa extraña! ¡Mi tía que se recogía a las ocho, andaba por los corredores de la casa a media noche! Me levanté resuelta a indagar esto y entreabrí la puerta que daba al corredor extremo. Entonces oí una voz de hombre que decía por lo bajo: '¡Adiós, Juana!' Esta voz me causó grande estremecimiento: creí soñar...
-Aguárdese un momento -contestó mi tía-, voy a traerle el retrato que mandé hacer para usted por un pintor quiteño que por casualidad estuvo aquí ahora días.
Al decir esto sentí que la tía Juana entró a su cuarto, y aprovechándome de la oscuridad, salí al corredor prontamente y me situé en un ángulo desde donde, agazapada, pude ver un bulto que aguardaba inmóvil en medio del patio.
El temor y la vaga aprehensión que había sentido al oír la voz del desconocido desaparecieron al ver que no era una fantasma, un sueño de mi imaginación. ¡Sin embargo, no podía comprender que la tía Juana tuviera citas a media noche y regalara su retrato!... Era cierto que poco antes le rogué que se hiciese retratar por un pintor de paso que hizo el mío también. Un momento después volvió, y apoyándose sobre la baranda del corredor dijo, atando a una cuerda un paquete envuelto:
-No está tan parecida como yo quisiera -y cuando el bulto se acercó, añadió-; va también la 'Imitación de Cristo', de Dolores, que se la cambié por una nueva.
-No sabe usted cuánto provecho me hará esto -exclamó con voz conmovida el desconocido-... ¡Oh, pobre hija mía!... ¡su retrato!...
Esa voz, ese acento me heló la sangre, y por un momento no sé lo que pasó por mí. Una idea increíble, un terror horrible me dejó como anonadada. Me puse en pie, fría, temblando.
-Váyase pronto, Jerónimo -contestó mi tía-, he oído un ruido del lado del cuarto de Dolores y...
Nada más oí. Había conocido la voz de mi padre y mi tía lo nombró. ¡Mi padre, que yo creía muerto hacía seis años! No reflexioné en el misterio de aquella aparición, y bajando las gradas del corredor que caían al patio corrí hacia el bulto, y acercándome le eché los brazos al cuello. Al ver mi acción, tanto mi tía como mi padre, pues él era, dieron un grito de horror: éste último se separó de mí con desesperación, su cubrió la cara con la ruana en que estaba envuelto y quiso huir; yo pugnaba por seguirlo, y mi tía que había bajado detrás de mí me detuvo.
-¡Dolores -gritaba ésta-, Dolores, no te acerques, por Dios!... ¡está lazarino!
-¿Lazarino? ¡qué me importa! Mi padre no ha muerto y quiero abrazarlo.