Doctor Sutilis (Cuentos)

Part 9

Chapter 93,945 wordsPublic domain

Serafina era un serafín; mujer más angelical no la había: era la perfecta casada de Fray Luis, pero á la moderna, con costumbres algo menos devotas, pues si no, hoy ya no hubiera sido la perfecta casada. Nada de gazmoñería, virtud expansiva, alegre; sacrificio constante de su egoísmo al interés de su marido é hijos, pero sin que se conociera esfuerzo alguno, con divina gracia. Parecía una mujer como todas y era la mejor de todas.

No hacía valer su fidelidad (y era guapísima y muy codiciada) como un mérito: esta pretensión le hubiera parecido ya una especie de adulterio. Así como á nadie se le ocurre en una sociedad de personas distinguidas, nobles, ricas, finísimas, que uno de aquellos duques, ó generales, ó ministros, se va á llevar un candelabro de plata, por ejemplo, y nadie piensa en el robo posible, pero una posibilidad _infinitesimal_, por decirlo así, tampoco se le pasó jamás por las mientes á Serafina ser infiel á su Autónomo por pensamiento, de palabra ú obra.

Y como no había manera de reprenderle por nada, de reñirle, jamás le había reprendido; nunca habían reñido. Estaba íntegra la vajilla é íntegra la paz conyugal.

De todo lo cual llegó, á fuerza de años, á sacar en consecuencia Autónomo que así no se podía seguir, que había que acabar de cualquier manera.

En esto pensaba precisamente aquel día de su santo, después de los postres, cuando ya los niños se iban despidiendo del padre porque los reclamaba el lecho.

Todos se acostaban sin protestar, y eso que estaban seguros de que su madre no les hubiera negado permiso para velar un ratito. Ellos lo deseaban... pero no, ¿para qué? La mamá les tenía demostrado que era cosa nociva, y además, la hubieran disgustado, aunque ella no lo dejara ver: nada, nada, á la cama.

--Buenas noches, papá.

--Santas y buenas, hijos míos, santas y buenas.

Y seguía pensando don Autónomo: “Vea usted. Ahora me iría yo de muy buena gana á jugar un tresillito al casino. Siempre pierdo, es verdad, pero ¿y qué? No es mucho y me divierto. Pero no voy, imposible. Si anuncio que salgo ésta se reirá lo mismo absolutamente que si le digo ‘Me voy á la cama’, que es lo que á ella le gusta, porque sabe que me conviene madrugar, para el estómago y para los negocios... ¿Quién le da un disgusto _callado_ sin grandes remordimientos? Pero... la verdad es que hoy... día de mi santo...”

Sin embargo, decidió tener un rasgo de energía que no hacía falta, y poniéndose en pie exclamó:

--Ea, chica, dame... la palmatoria, que me voy á la cama.

Y se acostó, se acostó como los niños.

Y en cuanto se vió entre las sábanas se sintió como en presidio, como en el cepo, y echaba pestes contra sí mismo, pues contra su mujer no había por qué.

--¡Voy á saltar de la cama! ¡Salto! ¿Quién me lo impide?

Y no saltaba por eso mismo, porque era su derecho, porque nadie lo impedía; y su mujercita le hubiera acercado la ropa muy contenta, y le hubiera alumbrado hasta la calle, sonriente.

Se quedó dormido protestando contra la excesiva virtud de su esposa, que por ser una santa le obligaba á él, para no tener terribles remordimientos, á ser, por lo menos, el _beato_ Autónomo.

Y pasaban días y días, y siempre así.

En fin, llegó á encontrarse con todos sus vicios extirpados, incapaz de la menor calaverada, que hubiera sido terrible ingratitud para con aquella _santa familia_ en que él mismo se veía con su aureola resplandeciente.

--Pero, señor, si yo no iba para santo; si esto es á la fuerza. ¡Esto no es la perfecta casada, esto es la _pluscuamperfecta_!

Y poco á poco le creció la manía hasta el punto de aborrecer, á su manera, á aquella mujer, á quien adoraría de rodillas, y por no disgustar á la cual estaba él ganando el cielo.

Y de una en otra, vino á parar en comprar una maquinilla manual de imprimir, y se encerraba en su casa, imprimiendo en tarjetas, volantes, besalamanos, etc., las mismas palabras, pocas. Y después, de noche, los llevaba al correo y estaba cinco minutos echando papel por la boca abierta del león, pasmado de tanta correspondencia.

Había comprado el libro de las cien mil señas y había dirigido á todos los periódicos del mundo, ó á muchos por lo menos, á las agencias, á los abogados, obispos, diputados, cónsules, jueces, alcaldes, banqueros, etc., etc., la misma noticia, que los importaba igualmente á todos: nada.

El juez de guardia, que la recibió también, fué el único que hizo caso de ella. Decía así el volante que recibió: “Me mato por no aguantar á mi mujer.”

Y en efecto, Autónomo se suicidó de veras.

Por más que se hizo, no se pudo ocultar la terrible catástrofe á Serafina; y lo peor fué que, por la inmensa publicidad que el suicida había dado á la noticia, tardó muy poco en llegar á conocimiento de la santa esposa la causa del suicidio. ¡Su marido se mataba por no aguantarla á ella!

El buen sentido hizo que el público en masa, conocidas las cualidades de la virtuosa señora, declarase que aquel hombre se había vuelto loco de pura felicidad doméstica. Sólo así se explicaba el absurdo de _matarse por no aguantar á la perfecta casada_.

Sin embargo, cierto solterón empedernido amigo del difunto, decía:

--Á la muerte de Autónomo no se le ha sacado toda la filosofía que tiene. No estaba loco. Lo que ha hecho es dejarnos ejemplo con su muerte. La filosofía de ese suicidio es ésta: “Me mato por no aguantar á mi mujer.” Pero su mujer es la mejor del mundo. Luego... la mejor de las mujeres es inaguantable. ¡Lo que serán las otras! ¡Y lo que será el matrimonio!

Este Autónomo es el redentor de los célibes.

EL FILÓSOFO Y LA “VENGADORA” (CORRESPONDENCIA)

I

Amigo mío: aunque vivo lejos del mundanal ruido, no dejo de enterarme por los periódicos de los sucesos públicos más interesantes, en particular de los que atañen á la vida literaria contemporánea, que sabes cuánto me llama la atención, por el gran valor social que atribuyo á sus manifestaciones. Pues bien: he leído el monólogo de Teresa, la _vengadora_ de Sellés, y he visto que al público no le ha parecido inverosímil que una mujer de esa clase, de esa _vida_, sepa hablar tan bien y pensar tan profundamente. El buen éxito de la Teresa de Sellés me anima á publicar, por tu conducto, si aceptas el encargo, esta especie de _Heroídas_ en prosa que adjuntas te remito y que son, como verás, una correspondencia entre una verdadera _vengadora_ y este humilde _filósofo_, según tú y otros amigos me llamáis, tal vez por burlaros de mis aficiones. Mi _vengadora_ es más sabia que Teresa, hasta es pedante y muy aficionada á psicologías, según consta en esos papeles. He tenido guardadas estas cartas porque, si bien me parece que tienen cierto sabor literario (y perdona la inmodestia, por lo que toca á las mías) no creí hasta ahora que el público pudiera encontrar verosímil esta clase de damas de las Camelias casi idealistas, retorcidas y alambicadas de espíritu, pero no arrepentidas ni tal vez enamoradas. Y que existe la mujer así es evidente: yo he conocido, he visto ésa, de carne y hueso, y para que tú la conozcas también, en espíritu, le dejo la palabra. Lee, y si te parece, publica.

Tuyo,

_El filósofo_.

II

Señor... filósofo: perdone usted, ante todo, que no le llame por su nombre. Fernando no ha querido decírmelo ni en presencia de usted ni á solas: usted tampoco ha querido ser menos misterioso; de modo que respeto... á la fuerza, el incógnito, y le llamo por el mote que le han puesto sus amigos. Pero conste que es á la fuerza, no porque yo quiera usar con usted una familiaridad á que no tengo derecho y á la cual usted no ha dado, por cierto, pretexto en el corto _lapso de tiempo_ (como dice Mambrú) que he tenido el honor de tratarle. Además, por mi gusto, aunque pudiera legítimamente hablarle á usted, en broma, en estilo _festivo_ (Mambrú), no lo haría hoy, y le confieso que con mucho gusto le llamaría mi estimado don... Pepe, por ejemplo, ó Pepe ó Juan ó lo que sea, á secas. No estoy para bromas. Además (y van dos), me tiembla el pulso al escribir. Para mí la situación, ó el momento, ó como se diga, es solemne. Escribo, acaso por primera vez, á un _hombre honrado_; pues me inclino á creer que usted lo es, en efecto, no por las apariencias sólo, no porque le llamen filósofo, y Fernando diga que usted tiene mucho talento, pero _no vive en la realidad_; estos serían, en todo caso, indicios de su honradez de usted, pero no bastan: le creo hombre honrado por otras señas que observé en el citado _lapso_ de Mambrú.--Y ¿qué es un _hombre honrado_?--dirá usted.--¿Cómo cree ésta que por primera vez escribe á un hombre honrado, cuando tantas cartas... habrá escrito á Fernando... y al barón de X y á Paquito H y... ¡etc., etc., etc., etc.!!!--Pues sepa usted, señor filósofo (por mi gusto se llamaba usted _mi querido don Andrés_, como mi padre) que ni Fernando ni los demás perdidos son para mí hombres honrados. ¿Qué es entonces un hombre honrado? Lo mismo que una mujer honrada. Son hombres deshonrados los que tienen tratos con las mujeres... que tienen tratos con esos hombres: ni más ni menos. _Do ut des_, como dice Mambrú, aunque no sé si viene á pelo. Esto no quiere decir que yo tenga por _malo_ á Fernando, eso no; pero no es lo mismo. Tampoco yo soy una _mujer honrada_ y me tengo por buena. Ya ve usted que soy bien franca y que no juego _á la demi mondaine_. ¡Ah! No. ¡Viva España! Si yo fuera literata no hablaría como esas señoras sospechosas que he visto representar á la Duse y á la Tubau: hablaría como la _Celestina_, que es una comedia, ó novela en conversación, que me leyó Fernando y me gustó mucho... Pero vamos al grano. Usted es un _hombre honrado_, ó me lo parece, y esta _novedad_ me infunde un respeto extraño (á ratos, cuando estoy de broma, loca, si me acuerdo de usted... se me escapa por dentro la risa) y... si he de ser franca del todo... me entraron, al fijarme en el modo que usted tenía _de no mirarme_, vivos deseos de hacer que me mirara y admirara... y deseara. Todo esto pasó, me pesa, y por eso se lo digo (y perdone tanto _seseo_). Á los ojos no me miró usted más que un _momentín_ muy pequeño que no debe de merecer el nombre de _lapso_. Usted también debe de acordarse. Es usted el único hombre que entró en esta casa, desde que vivo con Fernando, á quien no le conocí ni asomos de intención de burlar _al amigo_ y quitarle, más ó menos completamente, la fidelidad cuasi conyugal de su Nila. Pero hizo usted otra cosa: se llevó usted el retrato que había sobre la _cónsola_, como dice Trini. Fernando, que miente cuando es necesario, y eso que es casi tan _pensador_ como usted, jura y perjura que él no le regaló el cuadrito, y como yo estoy segura de que usted fué quien se lo llevó, de que el cuadro desapareció cuando usted salió de casa; como es imposible que fuera el _ladrón_ alma nacida no siendo usted (no admito discusión sobre esto) resulta... eso... que ha robado usted el retrato de la señorita Elena, la hermana que se le murió á Fernando. No es probable que usted se atreviera á llevarse el cuadro sin pedirlo; pero sí creo que de Fernando no salió el ofrecérselo. Fué usted quien, ya que no me ofendió deseando mi _infidelidad_, me maltrató sin decírmelo, advirtiendo á Fernando que el retrato de su hermana parecía mal en la casa en que vivimos juntos. (De que se lo llevó usted estoy segura; porque Fernando no se lo tragó. Yo le registré en cuanto usted salió, y á la calle no pudo tirarlo, y en casa doy fe de que no está. Usted lo tiene). Él dice que estuvo usted algo enamorado platónicamente de su hermana Elena, y que por eso...

No es eso. Es que usted cree que yo no debo tener en _mi_ casa el retrato de esa señorita. Yo pensaba que no había pecado ni ofensa en ello; que bastaba con no haber creído prudente, por el qué dirán, sólo por eso, que entrase en casa ni una hilacha, ningún recuerdo de la pobre _difunta_... de la _otra_ difunta. Sea como quiera (Mambrú), digo, no, _séase de esto lo que quiera_, yo acato el _superior criterio_ de usted; pero se me figura que si en vez de encontrarse con Cristo se encuentra con usted la Magdalena, se quedan sin santa de su devoción las Arrepentidas. En resumidas cuentas, si usted quiere... devuélvanos el retrato (á no ser que jure _haber amado_ á esa señorita). Como usted, aunque filósofo, no lo sabe todo, ni lo entiende todo, no sabe, no comprende el papel que ese cuadrito desempeñaba en la casa. Era objeto de una especie de culto doméstico, nuestros _dioses lares_, nuestros _penates_, ó como se diga: algo así como un pebetero de buen olor de honradez, de intimidad digna, noble. Fernando y yo, que somos á ratos unos locos, nos hemos empeñado en que el amor todo lo vence (ó la pata de cabra), y llegamos á figurarnos que somos... no marido y mujer, que eso no hace falta, y dice Fernando que mujer _se tiene_ una sola, sino algo que, sin ser matrimonio, ni querer imitarlo, y sin dejar de ser amor, es otra cosa también digna á su modo, no _honrada_, pero otra cosa, tal vez mejor, allá, en alta metafísica. En fin, esto se lo explicará á usted Fernando, si hablan de ello, mejor que yo. Y eso que, no crea usted, puesta á ello, yo también podría analizar con el escalpelo de la crítica (Mambrú puro) estas quisicosas del alma en sus relaciones con el _medio ambiente_. (Repito que dispense usted las bromas: no domino el estilo: él me lleva á mí y por la costumbre de hablar siempre en _guasa_ escribo de esta manera... cuando quisiera escribirle á usted como el devocionario).

Conque ¿nos devuelve usted el retrato? Por si se niega, ahí le mando á usted por Petra ese paquete: es un escapulario de mi madre que yo he traído _casi siempre_ conmigo. Ahora caigo en la cuenta de que, si el retrato de la señorita Elena _se mancha_ estando sobre una consola de la sala, este recuerdo de mi madre, bendito por añadidura, porque está tocado al Santísimo Cristo de las Cadenas, _se mancha_ exponiéndose al roce de Fernando, que es tan... tan _corrompido_ como esta servidora. Ó vuelve el retrato y admita usted los tiquis miquis sentimentales y suprasensibles de nuestro _arreglo_, ó quédense en poder del _hombre honrado_ las dos cosas. Y, _más diré_ (Mambrú), si usted nos devuelve el retrato... por el favor... y por _un no sé qué_, porque eso otro es más serio, más... religioso, más... del alma, quédese usted, si quiere, de todos modos, con el recuerdo de mi madre que le envío por Petra. Su affma. s. s. y a. q. b. m., Nila.--Va sin señas el sobre porque no sé cómo se llama usted ni dónde vive... (Petra lo sabe... pero ésa no lo dice; fué ama de cría de Fernando; está juramentada... Pequeñeces de la vida semiconyugal. Fernando es así. Él dice que es una broma el no dejarme saber quién es usted... Me deja escribirle... con esta condición: que no he de volver á verle ni he de saber dónde está, ni cómo se llama). Petra también dice que es broma y se ríe á carcajadas. En el fondo me halaga estar _un poco_ presa... y con espías. Fernando no lee mis cartas: dice que le basta con leer lo que usted me conteste... si se lo permito. Petra no sabe leer. Yo puedo decirle á usted lo que quiera, siguiendo la broma; pero usted á mí es seguro que sólo me dirá lo que deba. Es una diversión como otra cualquiera y que Fernando me _otorga_, á cambio del teatro. Lo malo es que usted se cansará pronto de esta comedia. Pero... no deje de contestarme, por lo menos á esta _primera de retratos_, como diría Sancho. (¿Eh? ¡Qué erudita!)--Vale.

III

Mi estimada amiga: es de mi obligación, aunque me pese, romper á las primeras de cambio el encanto de la novela misteriosa, y á su modo picaresca, que usted tenía tramada y cuyo primer capítulo viene á ser la carta habilidosa á que contesto. Si en las comedias _todo lo comprenden á lo último_, yo, para que no haya comedia, le declaro que lo he comprendido todo desde el principio. Casi todo. Ni Fernando le ha callado á usted mi nombre, ni le ha prohibido saber dónde vivo, ni Petra ha sido nodriza, ni él desconfía de nosotros, de mí particularmente, ni, mucho menos de usted, en el sentido de creer que mi prosa puede ser pólvora en salvas para seducir á usted, y que, en cambio, mi presencia corporal pudiera vencerla. Esto es lo que usted quería dar á entender... Comprendido; pero no hay tal cosa: es una estratagema de usted: la trama de su novela. Queda deshecha. Le advierto que Fernando no sabe lo que usted me ha escrito; ignora que usted quería componer una novela en colaboración con el _filósofo_. Yo le he preguntado lo que necesitaba saber para cerciorarme de que usted _fantaseaba_, pero de suerte que él nada pudiera sospechar del secreto fin de mis preguntas.

También es obligación mía advertir á usted que de Fernando á mí hay un género de intimidad espiritual que usted no puede sospechar adónde llega. Usted es muy lista, sabe mucho (la aparente frivolidad y el desaliño contrahecho de su carta tampoco me engañan), ha leído usted mucha psicología... de novela y aun algo de literatura mística. Ya ve usted si estoy enterado. Pero, permítame que se lo diga: una mujer, como no sea una mujer extraordinaria, un monstruo verdadero, no llega en estas materias adonde llegan los hombres... cuando llegan. Sé que usted es capaz de comprender _mucho más_ de lo que pudiera inducirse á juzgar por su carta... en la que imita usted á ciertas damas alegres de novela y comedia... Es más; adivino que si usted vuelve á escribirme, convencida de que he conocido el disfraz, se pondrá otro muy diferente, y acaso le dé por presentárseme hecha una Hipatía moderna. Pues con todo eso, no es probable que usted pueda comprender de qué clase es la intimidad espiritual de Fernando y el que suscribe. Tenga usted cuidado, por consiguiente, con lo que me dice. Lo que usted y Fernando puedan confesarse, comunicarse en los momentos más sublimes de esa metafísica amorosa que todo lo perdona, todo lo santifica, etc., etc., no tiene comparación en profundidad, solemnidad y... bondad, con lo que en otra clase de expansiones nos decimos ese _perdido_, como usted le llama, y este _hombre honrado_, que lo es, en efecto, en la acepción que da usted á la palabra. Honrado... hasta cierto punto. Y para que no vuelva usted á reirse de mí, en esos momentos en que no es usted _mística_... á su manera, le voy á contar un cuento. Hay un escritor en París (amigo y algo así como correligionario de M. M. B. á quien usted _tanto_ conoce), el cual es propagandista y director en cierto modo del movimiento neo-idealista, ó neo-religioso, ó neo... lo que usted quiera, de que tantas veces habrá hablado con usted M. M. B. Pues el tal escritor en un artículo reciente nos cuenta que otro amigo suyo (no M. M. B.), que quería convertirse á la nueva escuela ó tendencia, así como idealista y religiosa, le decía un tanto alarmado:--Pero, vamos á ver, esto de la nueva idealidad, de la futura religiosidad ¿significa... que no va uno á poder mirar á las mujeres bonitas?--El filósofo cuasi-místico le reanimó diciéndole que no se trataba de votos de castidad, ni de abstinencia que, por modestia se seguía dejando á los sacerdotes _verdaderos_, á los de carrera. Pues bien, amiga mía: yo soy de la escuela del amigo de su amigo de usted. Yo miro á las mujeres bonitas y consagro no pequeña parte de mi vida á estar enamorado á mi manera. El amor no es pecado ni pequeñez cuando se le sabe conservar su mayor encanto, que es la ilusión. Así como Gœthe, en el _Fausto_, segunda parte, que usted leyó en Granada, en la Alhambra (¿estoy enterado?) hace decir á Manto en la Walpurgis clásica _Den lieb ich, der Unmögliches begehrt_[1] yo opino que el amor imposible es lícito... al que, por una razón ó por otra, no debe amar en una mujer lo posible.

Yo, por motivos que no son del caso, no puedo amar lícitamente á las mujeres que encuentro por ahí, si se ha de entender por amar pretender _poseerlas_. (Palabra bárbara, grosera, aunque no tanto, como aquélla que abunda en nuestros poetas clásicos: _gozarla_).

Por esto consagro mi idealidad amorosa, fuerza inexorable, invencible, que ha de ser respetada si no se ha de mutilar la _representación poética_, _animadora de la vida_, á las vírgenes pudorosas, inasequibles, de las que estoy seguro que no serán mías. En cuanto veo en ellas este _imposible moral_ que dignifica mi _ilusión_, á ésta me arrojo sin miedo, remordimiento ni medida. No digo, amiga mía, que esto sea una perfección moral, ni mucho menos, ni me propongo como dechado; no hago más que declarar cuál es el expediente á que he podido llegar yo para resolver, interinamente á lo menos, esta dificultad que engendra la oposición entre ciertas leyes sociales, consuetudinarias, hoy por hoy indispensables, y algunas tendencias naturales que constituyen elementos insustituíbles para la vida estética armónica. Hablo de esto, principalmente, por que usted vea que yo no bajo la vista en presencia de la mujer, sino que _por principios_ me enamoro, á mi manera, exclusivamente de las mujeres puras, de las que no son capaces _moralmente_ de amar, ó mostrarlo al menos, á un hombre que no puede contraer _justas nupcias_. La mujer imposible es mi único _tópico_ amoroso. Ya lo sabe usted. De modo que entre nosotros no hay _flirtation_ posible; y, además, no cabe mirarme como un _seminarista escapado_: soy tan _hombre de mundo_ como cualquiera... que no practique. Ni una _tentación_ para los momentos de _mística_ diabólica, ni una figura ridícula para los momentos de epicurismo reincidente. Tengo un verdadero placer al escribir todo esto, seguro de que usted me entiende. Lo cual no quiere decir que usted _lo entiende todo_. No, ciertos lazos que nos unen á Fernando y á mí, y de que él tal vez está olvidado por algún tiempo, usted no puede verlos. Su vista espiritual es sutil, pero no tanto. Y ahora á otra cosa. No quiero ser traidor. Sé su historia de usted... hasta el punto que usted ha querido que la supiera Fernando.

Y un poco más allá, por ciertos cálculos de trigonometría psicológica que hicimos entre Fernando y yo, y después yo solo, Fernando no le ha jugado á usted ninguna partida serrana, al contarme sus confidencias. No puede usted figurarse adónde llega la intimidad de dos amigos verdaderos; qué secretos se cuentan cuando casi emborrachados materialmente por las mutuas confesiones de idealidades, aventuras poéticas, vaporosas, discurren horas y horas, verbigracia, paseando á media noche, en primavera, recogiendo al paso las emanaciones perfumadas de los jardines de los ricos (de los ricos que no gozan de esta riqueza suya, porque ó duermen ó velan por miserables cuidados lejos de sus propias flores), gozando de esos aromas volanderos que se burlan del derecho de propiedad y van á halagar los sentidos y el espíritu de sus verdaderos propietarios, los soñadores que pasean á media noche contándose purísimos ideales, escudriñando á dúo arcanos santos de la vida... Y el uno dice: --Voy á llevarte á tu casa.--Y cuando llegan dice el otro:--No tengo sueño, necesito andar más: voy á llevarte yo á ti.--Y llegan á la casa del que acompañó primero, el cual tampoco quiere acostarse todavía. Y así van y vienen, y les sorprende el canto de la alondra, aunque no haya alondras, pero les sorprende el alba y el recuerdo de la alondra de Shakespeare y el de Romeo que vela, y que, ausente Julieta, pero presente el amigo, con él se compara en deliquio que, si no es comparable al amoroso, tiene una austera poesía inefable... que no comprenden bien ustedes las mujeres, por exquisitas que sean en sus _psicologías_, y aunque hayan acompañado á un _poeta decadente_ en un viaje, cuasi-peregrinación por el país de los místicos.