Part 8
Los _sucesos_ le cogieron sin un cuarto. Comprendió que no había modo de sacarle jugo á la filosofía con la nueva situación. En la Universidad ya no se hablaba del _concepto_ de nada, en los periódicos todo se volvía personalidades, politiquilla vil y rastrera.--Apliquemos--se dijo--la filosofía á la vida real, á la actividad de los intereses temporales, en una palabra, hagamos filosofía de la historia.--Y por recomendaciones de un ex ministro entró en una redacción en calidad de redactor de fondos filosófico-políticos y revistero de libros y teatros. Sus artículos se titulaban _La política esencial_, _El formalismo político_, _Más principios y menos personas_, etc., etc. Pero nadie los leía, ni el corrector de pruebas, que dejaba pasar todos los perjuicios de los cajistas en vez de los _prejuicios_ de don Ermeguncio. Una vez hablaba el redactor de la infinita bondad de Dios, y los cajistas pusieron la infinita bondad de Díaz, produciendo una especie de antropomorfismo que estaba Trascendencia muy lejos de profesar. Estas erratas le desesperaban, pero su pena era ociosa, porque nadie leía sus artículos.--Casi me remuerde la conciencia--se decía--de cobrar trabajo tan inútil; porque no está el país para esta política fundamental.--Ignoraba el mísero Trascendencia que en aquella redacción no se cobraba. Al redactor que pedía el sueldo se le echaba á la calle por insubordinado.--¡Cómo!--exclamaba el director--¿usted piensa que aquí nadamos en oro? ¿Que vivimos de subvenciones? No, señor; aquí se juega trigo limpio.--Ni limpio ni sucio, porque no había trigo. Don Ermeguncio tuvo que convencerse de que en España el periodista suele ser tan filósofo como el primero en lo de no cobrar.--¡Y para esto--gritaba comiéndose los codos,--para esto abandoné yo mis trabajos especulativos y mis visiones poéticas!--Y suspiraba pensando en sus estudios de antropología y en su oda á la influencia.
Así pasó mucho tiempo, esperando la edad _de la armonía_, como él llamaba al primer pronunciamiento que le trajese á los suyos, y fumando pitillos _prestados_. Sí, prestados, porque Trascendencia, con el hambre sentía una ansia de chupar que estaba muy por encima de su presupuesto, y tuvo que arrojarse á naufragar en una inmensa deuda flotante de tabaco rizado. Era un préstamo de consumo que le hacían gustosos sus admiradores, á los que prometía pagar con creces cuando él fuera á Filipinas á arrancar la enseñanza pública de las garras de los frailes y á arreglar la cuestión del tabaco. Don Ermeguncio asistía al café de París después de comer (los demás), y asistía allí porque economizaba medio real... á sus amigos. En cambio, _en papel_ les gastaba el oro y el moro. Pero ¡qué importaba, si sabía tanto y era amigote de don Pedro y de don Juan, unos personajes que le tuteaban!
Uno de sus _estanqueros_, como él los llamaba en broma, le ofreció cierta noche una canongía: una correspondencia _pagada_ para un periódico de provincias. El periódico se llamaba _El Faro de Alfaro_. Á pesar de la cacofonía del título y de lo cursi de la redacción, Trascendencia aceptó los doce duros mensuales y la carta diaria sobre política, ciencias, artes, agricultura, y especialmente todo lo relativo á los intereses del país, tal como insultar á los diputados de la provincia por su morosidad, etc., etc. Además había que hablar mucho del Ateneo, de los estrenos y decir chistes, terminando siempre con _le mot de la fin_, como los periódicos de París.
Muy de otro modo entendía Trascendencia la misión del corresponsal concienzudo; pero hubo de transigir, y olvidando que llevaba dentro de sí al autor de la oda á la influencia, y al juez de oposiciones, se puso á escribir su primera carta al director de _El Faro de Alfaro_.
La primera dificultad con que tropezó fué que no sabía dónde estaba Alfaro, ni si era puerto de mar, ignorancia muy común en filósofos y literatos españoles. Su amigo, que era de allí, y por eso lo sabía, le enteró de todo, y le dijo _además_ que á quien había que dar de firme era al alcalde; porque llamarle bruto desde el pueblo no tenía gracia; pero diciéndolo desde Madrid era cosa de que él mismo lo creyese. En fin, don Ermeguncio empezó:--Señor director...
¿Pero qué le iba él á hablar á un director que pedía noticias frescas de todo: de la Bolsa, del Congreso, y así discurriendo, hasta noticias frescas del pescado fresco? Trascendencia no sabía nada de nada. Le faltaba ropa decente para entrar donde se pescan las noticias; no conocía á nadie, y si preguntaba algo, le engañaban de fijo.--Pero, ¿qué le importará á esta gente saber los chismes de Madrid? ¿No les basta con los de su pueblo? ¡Cuánto mejor les estaría que yo les hablase de los adelantos de la psicología, que ahora resulta ser puro monismo (de esto hace años) y que les diese mi opinión acerca de la religión de los animales, opinión que acabo de adquirir en la Revista positiva!--Pero no había remedio; había que someterse á las exigencias de la preocupación vulgar, y Trascendencia inventó un sistema: copiar el _Diario de Avisos_, para la sección de intereses materiales, y _La Correspondencia_ para la de intereses morales; pero lo que copiaba de _La Correspondencia_ lo ponía en cuarentena, y con tan plausible motivo dejaba á la juguetona musa de los chistes hacer de las suyas. ¡Qué tal serían los chistes de Trascendencia que ni á él mismo le hacían bendita la gracia! En cuanto á _le mot de la fin_ lo copiaba de _Charivari_ y del _Fígaro_ alternativamente.
Otra gravísima dificultad para don Ermeguncio era que no sabía empezar nunca á hablar de lo que debía. Que se habían descubierto unas carpetas falsas; pues empezaba así la carta al _Faro de Alfaro_:
“Señor director: El hombre es un compuesto de alma y cuerpo; de aquí que esté íntimamente ligado con la naturaleza y tenga necesidades económicas; la esfera propia de la actividad económica en el Estado en lo que se llama hacienda pública...” y por ahí adelante; cuando llegaba á hablar de las carpetas, ya no cabía la carta en el periódico.
Llegó la hora de cobrar. Giró, y la letra volvió protestada. _El Faro de Alfaro_ había muerto. Los suscritores no querían un periódico que no sabía más noticias de Madrid, sino que todo lo real es racional y viceversa, según Hegel.
Trascendencia volvió los ojos al teatro. Era preciso regenerar la decadente dramática y hacerse unos pantalones, porque los puestos se le caían á pedazos. Al fin en el teatro se cobra.
Escribió un drama que se titulaba... _Prejuicios contra prejuicios._
El empresario del Español preguntó á don Ermeguncio:
--¿Qué significa esto? Querrá usted decir: “Perjuicios contra perjuicios”, y aun así no se entiende muy bien.
--¡Dale! ¡Lo de siempre! No, señor; prejuicios contra prejuicios quiero decir.
--Bueno, pues dígalo usted; pero no será en mi teatro donde se estrenen esos prejuicios que usted dice, y que yo tengo por perjuicios para mí.
--Le cambiaré el título á la obra.
Y volvió con ella al teatro: ahora se llamaba _Antítesis de la vida_.
--Déjela usted ahí--dijo el empresario.
Y allí se pudrieron las antítesis. Don Ermeguncio de la Trascendencia, que hasta entonces había creído que el mal es accidental en la vida y debido sólo á nuestra finitud, comenzó á darse á todos los diablos del infierno, aunque no los llamaba por su nombre, porque él no creía en la demonología ni en la angelología. De lo que él estaba seguro era de que había nacido con la suerte más perra del mundo.
--Indudablemente yo no soy de mi siglo. Feliz el señor Núñez de Arce que es de su siglo, como dice en sus versos; yo no, yo no debía haber nacido hasta que llegara la edad de la armonía. Uno de esos poetas que persiguen el ideal, y de camino el turno pacífico, consiguen al cabo el turno, aunque el ideal sea inasequible. Pero yo no consigo nada.
Ermeguncio hizo el último esfuerzo.
--Voy á escribir--se dijo--una obra inmortal de filosofía; se la llevo á un editor, y si me la paga, como, y si no, que él se las arregle con el fallo inapelable de la historia.
Y dicho y hecho. Comenzó á llenar pliegos y más pliegos de filosofía, y cuando tuvo escritas dos mil páginas de investigaciones ascendentes y otras dos mil de las descendentes, se presentó á un editor que á la sazón publicaba _El latente pensante_, traducido al chino.
El editor era muy bruto. Esto no tiene nada de particular.
Siempre había tenido un criterio muy raro para las obras del ingenio humano en siendo escritas. Él había sido maestro de escuela, y nadie le sacaba de sus trece: el mejor escritor es el que mejor escribe. Esto pensaba Sánchez el editor, aunque no se atrevía á decirlo, porque la opinión general era muy distinta.
Don Ermeguncio le presentó sus resmas de filosofía ascendente y descendente, y ya temía que Sánchez se las tirase á la cabeza, cuando notó que el concienzudo editor abría los ojos y la boca, tan asombrado como podía estarlo un partidario de Torío, que ya no esperaba ver una gallarda letra bastardilla en lo que le quedaba de vida.
Sánchez dejó sobre la mesa la filosofía de ida y vuelta con el respeto con que el sacerdote deja el copón en el sagrario, y abriendo los brazos, cerrólos después que tuvo entre ellos, y le apretó á su gusto, al autor insigne, al escritor de los escritores, al escritor de mejor letra que había conocido.
--¡Esto es escribir, esto es escribir, y lo demás son cuentos!--exclamó Sánchez; esto es Torío puro, Torío sin mezcla. Usted conserva la buena tradición; usted es mi hombre. Esto no se imprimirá como cualquier libro con letra de molde; esto se conservará en litografía; esto debe pasar á la inmortalidad como monumento caligráfico. Y usted, joven ilustre, flor y nata de los pendolistas, el mejor escritor del mundo, usted tendrá casa y mesa, y dinero para el bolsillo, y el oro y el moro, porque yo le tomo á usted á mí servicio; usted será mi secretario, mejor dicho, mi escribiente.
Trascendencia dudó entre matar á aquel hombre, incapaz de comprender su sistema, ó aceptar la plaza que le ofrecía.
Y siendo filósofo de veras por la primera vez en su vida, dijo:
--Seré su escribiente de usted.
--Pero júreme usted conservar estos perfiles, estos rasgos, esta santa y pura tradición de Torío...
--Lo juro.
Y Ermeguncio vivió feliz, cobró á toca teja, y no volvió á pasar hambres ni filosofías.
Al fin había seguido la vocación.
Había nacido para escribiente.
NOVELA REALISTA
Apuntes de la cartera de un suicida:“--He venido á Z... á bañarme y á resucitar la muerta poesía del corazón. He dado trece baños, número fatal, y hoy me decido á quedarme en el agua. He cogido la sábana como si fuera un sudario; el calzoncillo de punto me lo he puesto como quien se viste la mortaja. Al pasar bajo el balcón del célebre doctor Sarcófago le he visto apoyado sobre el antepecho. Fumaba tranquilo, de bata, calzando babuchas tan holgadas y tan poco cristianas como su conciencia. Eran babuchas berberiscas. El doctor me ha saludado sonriente.--¡Corto, corto! gritaba, ya se lo tengo á usted dicho.--Quería decir que el baño durase poco.--¿Baño de impresión, no es eso?--Sí, de impresión.--Así será en efecto. ¡Un baño de impresión!--Escribo en la casa de baños. Es decir, en la capilla. ¡Acabo de fumar un cigarro del estanco y de leer un número atrasado de _La Correspondencia_! El cielo está nublado, llueve, hace frío, el agua está como dormida, en la sucia playa se abaten las olas sobre montones de inmundicia. Parece esto un lavadero público. Todo es triste, insignificante, sucio. Allí está don Restituto, con el agua al cuello, aunque sólo le llega á las rodillas; pero su esposa doña Paz está á su lado, mejor sobre sus costillas, y don Restituto, mísero Atlante con 8.000 reales de sueldo, sufre en los hombros la inmensa pesadumbre de su cara mitad. Una mitad leonina. ¿Y qué me importa á mí esto? Nada. Y sin embargo, la presencia de doña Paz me turba, y mi deseo de morir es más vehemente contemplando esta cópula canónica y civil que se llama ante el mundo matrimonio, y en el hogar es la explotación del hombre por el histérico. Doña Paz tiene histérico, última _ratio_ de la machorra. ¡Machorra! Palabra grosera, sarcástica, que el Diccionario autoriza. En Madrid don Restituto es mi subalterno. Yo cobro algo más que él, soy su jefe. Y yo soy soltero, ni fumo, ni bebo. Don Restituto bebería, fumaría, si tuviese dinero y no tuviese á doña Paz. Mi subalterno y su esposa han venido á baños conmigo por una de esas casualidades terribles de que está la vida llena. Aburrido de Madrid, muerto de calor, soñando con la poesía de mi juventud, me introduje en un coche de primera, olvidado de todas las cosas prosaicas de la vida, con el anhelo del ideal. De pronto abren la portezuela.--¡Está lleno!--estuve por gritar. Y era verdad; estaba lleno el mundo, cuanto más el coche, de los fantasmas de mis ilusiones. ¿Qué falta me hacía á mí un compañero de viaje que probablemente tendría ese reloj del ferrocarril que se llama la Guía, y que en España sólo sirve para convencerse de que ningún tren llega á debido tiempo á ningún sitio? Un compañero de viaje que me daría las buenas tardes y después me miraría sonriente como anuncio de una amistad que allí mismo iba á empezar (porque la gente que viaja poco cree en las amistades del viaje y las procura). Lo primero que apareció fué una maleta de las que usaban nuestros abuelos para viajar á lomos de un mal rocín. Después entró en el coche una escusa-baraja; luego un serón, después dos cestas, después un jamón con camisa, esto es, enfundado en lona blanca, á guisa de violín; después una manta de tal longitud, que aún no había entrado toda cuando ya amenazaba romper los cristales de la ventanilla de enfrente. Protesté enérgicamente, librándome como pude de aquella agresión anónima. Aún ignoraba yo qué clase de bárbaro hacía aquella invasión. Entonces oí una voz débil que decía:--Dispensen ustedes, caballeros...--¡Vaya usted al diablo! Á ver, un empleado de la estación, el jefe, un civil, cualquier cosa, ¡socorro!--El jefe acude.--Esto no puede ir con ustedes; no es de uso personal ni necesario en el viaje.--Sí, señor, que es; es decir, yo no necesito nada de eso, pero mi señora sí; ¡como padece del histérico!--¡Histérico! exclamé, ¿entonces es usted don Restituto?--¡Oh, mi querido jefe! gritó el subalterno al conocerme; y me dió un abrazo, y sobrevino doña Paz; y como yo pasé por todo, el jefe de la estación no se opuso, pues no había más viajeros, á que entrasen en el coche los voluminosos artículos de primera necesidad de la señora del histérico.--Si hubiese podido mandar á doña Paz á un furgón yo hubiera sostenido mi derecho, pero admitida ella, lo de menos era consentir los bultos, que al fin no tenían histérico.--¡Y válgame Dios qué viaje! Entre marido y mujer me pusieron la bilis en revolución. ¡Cuánta pusilanimidad en el esposo y en ella! ¡cuántas abominaciones! Don Restituto tuvo que quitarle las botas, calzarle las zapatillas, y porque no procuraba ocultar á mis ojos profanos los tobillos de su cara mitad, doña Paz le riñó por lo bajo, con intención de que yo lo oyera, y le dijo que aquella falta de pudor conyugal le daba mala espina; porque indicaba poco amor ó excesiva confianza; ¡y si no fuera que una es como es! Don Restituto aseguraba que yo era corto de vista, pero doña Paz insistía en que yo había visto algo.--Juro á Dios que no había visto nada. Llegó la noche; don Restituto dormía. Doña Paz suspiraba. Con pretexto de que se mareaba yendo de espalda á la máquina, se sentó junto á mí. Y el Señor me dejó caer en la tentación. Doña Paz es fea, no es joven; pero quise probar aquella virtud. La primer tentativa fué rechazada con un melindre. La segunda, que iba á ser la última y acreditar para siempre la castidad de aquella histérica dama ¡ay, la segunda tentativa fué un crimen frustrado! Doña Paz, indignada quizás con el escaso pudor conyugal, como ella decía, de aquel esposo, tomó cruel venganza. Hizo á su manera lo que aquella reina de Frigia que compartió el trono con el sabio Gijes. Pero yo, ni maté á don Restituto ni consumé lo que aún ignoro si se podría consumar. Pero doña Paz no fué por eso menos infiel. ¡Ridícula y terrible aventura!”
* * * * *
“Y yo había amado á lo Werther; yo había nacido para el ideal; pero ¡ay! como dicen en el Ateneo de Madrid, los ideales han muerto: ya sólo quedan las mujeres histéricas para mí. No hay tormento comparable á mi tormento; yo tengo la conciencia torturada por un crimen que me dió el hastío por todo placer. Recuerdo con asco y con vergüenza una aventura que arrojó el cieno de la deshonra sobre las canas de un buen amigo. ¡Pobre don Restituto!... Ahora me llama el infeliz, me dice que corra á bañarme á su lado. ¡Sugestiones de su mujer!--Voy á vengarme y á vengarle; voy á dar á esa Mesalina de la calle de las Postas un buen susto. Éste es mi plan. Nado junto á ella, la invito á un ensayo de natación bajo mis auspicios; ella acepta de fijo; la llevo por la barba adonde nos cubra, finjo un accidente, me voy al fondo, y ella... Yo no soy responsable. Un muerto no responde de nada. Si perece no es mía la culpa, ó si es mía, es una culpa que me honra. Por desgracia no faltará quien acuda á tiempo para salvarla; ella sin saberlo, debe flotar como el corcho. Á lo menos en todas las disputas domésticas siempre ha quedado encima como el aceite.--Allá voy, don Restituto, corro á salvarte, á librarte si puedo de tu doña Paz de tus pecados. Y además te proporciono un ascenso. ¿Para qué quiero yo el destino? ¡Yo que soñé con la gloria, me veo reducido á ser jefe de un don Restituto! Tú serás el jefe en adelante, hombre probo, tú ascenderás, tú tendrás esos cinco mil reales que faltan para que te llegue el agua al sal. Mañana dirán de mí que tuve la cobardía de matarme, que cometí un crimen. No; hice una obra de caridad, dí el ascenso inmediato á un funcionario que cuenta veinticinco años de servicio y otros tantos años de hambre. La vida se ha hecho para los Restitutos que esperan veinticinco años un ascenso y se ligan con indisoluble vínculo al histérico semoviente. Sí, ¡doña Paz es la mujer probable! Ella también habrá tenido sus quince, aunque parece mentira. Quién sabe si mi Carlota, que era como una sílfide, que andaba de manera que sus pasos parecían aleteos de ángel--frase que se me ocurrió escribir en aquel soneto que no se me ocurrió enviarle--¡quién sabe si ella también... tendrá á estas horas bajo sus uñas un don Restituto, si ella también habrá padecido ó padecerá histérico!--¡Ay, la mujer que no muere con la tisis interesante de la juventud, llega á ser fatalmente doña Paz!--Allá voy, allá voy, don Restituto--Él me llama á la muerte; sí, él puede hacerlo, él es mi víctima, aunque lo ignora; allá voy, sí, laven las ondas del océano la afrenta de tu honor.”
Así terminan estos apuntes, que con notoria imprudencia dejó en el bolsillo de la levita el incauto criminal.
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En el libro de cuentas “para huso de Doña Paz Cordero de Cabra” se lee al folio 20 lo que sigue: Manteca 12 uebos 20 Haceyte 6, y más abajo:
“Yo lamaba, si le hamaba, perro el no lo savia, una muger como yo no puede dar á entender su hamor sin desonrrarse y desonrrar á su manido. Yo á los quinze años le havia bisto y hamado, el no se havia figado en mi, porque hestaba enamorrado de Carrlota y de sus Ilusiones sovre todo: erra Pueta, soñador, anvicionava bolar muy alto, y yo no podia yamar su Hatenzion. Uió de nuestro puevlo, perro mi hamor se quedó conmijo, cada dia herra mayor, mas triste, perro grande como nunca. No bolbi a hoir ablar del, perro aqui en el corracon su Recuerrdo bibia, bibia heterrno. Mi madre se morria desesperrada por degarme sola y pobre, restituto era goben, vueno y mamava y le dy mi mano sin hamor, como pude hir al ospizio. En este matrimonio no ice mas que Enjorrdar y Enjorrdar y hazquirir un genio muy malo, caprichoso, antogadizo, por culpa de mi tristeza hintima y de la pubreza de Elespiritu de mi hesposo; otro hesposo que no fuerra mi hesposo, uvierra echo de Mi una muger, él, restituto izo una sultana, una fierra, disimulada, cruel, mala, mala si. Muchos años pasarron y bolbi a Ver a mi Hamor, herra el Gefe de restituto en la oficina. ¡No se acordava de mi! ¡Como si nunca me uvierra bisto y yo que le Beia todos los dias ha todas orras en mi Halma! Perro no le dige nada, como si tampozo le conociera. Me beia pocas beces, restituto le querria mucho y procurraba traherle a casa cuanto podia; yo uia del, Perro en el tren, de noche, cuando yo sentia cerca del todo el Fuego de la Gubentuz, enloquezida por su presenzia y por no sé que haromas que benian del campo que atrabesaba el Trren y asta creo que por suspiros que vajaban de las estrrellas que briyaban Tanto, no pude menos de hacercarme a El y suspirar y El me cogio la mano y me ablo de Hamor y de Su Hamor y Aquella Noche de Gran Pecado, fue la única Feliz de Mi Bida. Que Lo Sepa el Mundo Entero. Despues no bolbio a ablarme; uia de mi en los vaños, se conoze que fuí parra El un pasatiempo nada más. Por eso Me Mato. Que Lo Sepa el Mundo Entero y mi marrido, adios restituto.”
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El corresponsal del _Hipódromo_ escribió á su perfumada revista lo siguiente:
“Hemos tenido también nosotros en Z... nuestro drama, tragedia mejor dicho. Gracias á esto, hay algo de qué hablar. El señor X... conocido en Madrid por su afable trato en los círculos más distinguidos, ha sido el héroe. En traje de baño, si traje se puede llamar á unos sencillísimos calzoncillos de punto, salió á la playa y entró mar adentro con rumbo á la eternidad. La señora de V..., esposa de un modesto empleado se bañaba con su marido, y al pasar cerca de ella el señor X... indicado, le dió un sonoro beso en la frente, así como suena, y lanzando una carcajada histérica cayó en las olas sin sentido. El señor V... acudió en vano á salvar á la no muy casta esposa; con la fuerza del paroxismo la robusta dama sujetaba al nada atlético esposo, y en tanto las amargas olas, con esa fría impasibilidad de la naturaleza, arrastraban á la infortunada pareja. Ambos hubieran perecido á no estar cerca el señor X... que pudo sacar á la arena al señor V... donde le dejó antes que volviera en sí. El señor X... se echó otra vez al agua; los circunstantes, gente toda de Madrid, le dejaron hacer: creyeron que esta vez iba á salvar á la dama... pero se le vió desaparecer entre las amargas olas, y ni la señora de V... ni el señor X... volvieron á la arenosa playa, hasta que la marea trajo horas después dos cadáveres.”
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Cuando leyó don Restituto la confesión de su esposa en el libro de cuentas, exclamó: ¡Yo te perdono! Después meditó y dijo:
--Y á él también le perdono. ¡Al fin le debo la vida! Si no es por él me ahogo en el mar ó... en mi cara esposa.
LA PERFECTA CASADA
Don Autónomo, que celebraba sus días en Septiembre, pues en ese mes “cae” San Autónomo, y que lo diga la _Leyenda de Oro_; don Autónomo Parcerisa acaba de comer _opíparamente_ rodeado de su esposa é hijos, muy satisfecho, alegres todos, felices. No había familia más dichosa en el mundo. Vivían en una _mediocritas si no áurea_, por lo menos de plata sobredorada, la cual les permitía en los días que repicaban en gordo tirar la casa por la ventana, en forma de símbolo, por supuesto; es decir, sin pagar una _onza_ en el gasto extraordinario, que lo demás quedaba muy guardado en la caja de caudales, en el Banco y en las arcas de la Equitativa, donde don Autónomo se había asegurado.