Part 7
Pero ¿por qué se había casado Eufemia? No, no era Héctor hombre que retrocediese ante los obstáculos de esta índole; había leído demasiado libros malos para que semejante contratiempo le acobardase á él, agregado de un cuerpo facultativo.
Formó planes que envidiaría cualquier novelista adúltero de Francia, y se dispuso á comenzar la novela de su vida, que hasta entonces había corrido monótona entre guardias, formaciones y pronunciamientos.
III
En el ínterin, como dice un orador que yo conozco; en el ínterin, Pánfilo no pensaba más que en encontrarle el _quid divinum_ á su mujer, sin que se le ocurriera dar con el quid de la dificultad.
Y así como Don Quijote averiguó al cabo que éste, y no otro, era el nombre significativo que convenía á la altura y calidad de sus proezas, Pánfilo entendió que Eufemia se distinguía por un delicadísimo gusto, que la inclinaba á lo más espiritual y sublime, á la quintaesencia de los afectos sin nombre, cuyos misteriosos matices jamás traducirán las Bellas Artes, ni la más profunda armonía, ni la lírica mejor inspirada. Oigamos, ó mejor, leamos á don Pánfilo:
“Pasan por el alma á veces extraños y sublimes sueños, adivinaciones de verdades del cielo, amorosas ansias, que no son, sin embargo, como la pasión ciega, sino como luz que estuviera enamorada del calor: pues todo esto es lo que siente y comprende Eufemia, mi mujercita, con maravillosa intuición. Sabe prescindir de la apariencia de las cosas, remontarse á la región ideal, que con ser ideal, es lo más real de todo. ¿Por qué me quiere á mí, sino por eso? Porque lee en mis ojos, tristes y apagados, el fuego que por dentro me devora. Un día me preguntó:--Si yo no te hubiera querido, ¿qué hubieras hecho tú?--¿Qué?--respondí.--Primero, llorar mucho, querer morirme y mirar de hito en hito á las estrellas; mirándolas, pensaría muchas cosas; me acordaría de mi infancia, de mi madre, de mi Dios, á quien adoré de niño, á quien olvidé de joven y á quien busco de viejo; y pensando estas cosas, no me olvidaría de ti, no, eso es imposible; sino que, mezclándote con todas ellas, poniéndote sobre todas, viendo bien claro, como lo vería, que las distancias de este mundo así en el espacio como en el tiempo, como en las formas, como en los sentimientos, son aparentes, y que todo acaba por juntarse, entenderse y quererse, viendo esto, me consolaría, y resignado, me pondría á estudiar mucho, mucho, para amar mucho y esperar mucho, y tener la seguridad de acercarme á ti al fin y al cabo, no sé dónde, ni sé cuándo, pero algún día, en algún lugar, donde Dios quisiera.
“Cuando Eufemia me oyó hablar así, no replicó; pero cerró los ojos y se quedó sintiendo y pensando todas esas cosas inefables que pasan por su alma en algunos momentos de extática contemplación. Cuando despertó de su embeleso, que bien habría durado una hora, me dirigió una dulce sonrisa y me dió un abrazo; pero nada dijo. ¿Qué había de decir? Me había comprendido, había penetrado la sublimidad de mi amor: eso bastaba.
“Aquella tarde vino á buscarla su primo González para ir á la Casa de Campo: ella no quería ir, pero al fin consintió á una insinuación mía, y se despidió de mí como si fuera al otro mundo. Y era que en aquel día inolvidable estaban tan unidas nuestras almas, que toda separación era dolorosísima.
“El alma de mi Eufemia es éter puro. ¡Cómo la quiero! Ella me inspira este buen ánimo que necesito para seguir, sin desmayar, en la formidable obra emprendida; quiero acabar para siempre con toda clase de pesimismo; quiero poner en su punto y en lo cierto la dignidad de la vida, la perfección de lo creado y la evidencia con que se presenta á mis ojos la finalidad de todo lo que existe, finalidad real á pesar del constante progreso y de la variedad infinita. Voy ahora á esperar á Eufemia, que debe de volver con su primo de los toros. Llevarla á los toros ha sido demasiada exigencia; pero como la otra vez yo la reprendí porque no era más amable con González, en esta ocasión se anticipó la pobrecita á los que consideraba mis deseos. ¡Como no vuelva desmayada!”
Lo que va entre comillas es extracto de un diario inédito.
IV
Ello es que el primo se había declarado á la prima. Había hablado él también de amores que en el cielo empiezan y siguen en la tierra; del más allá y del algo desconocido, trinando principalmente contra el derecho civil vigente y los matrimonios desiguales.
Que Eufemia quería á Pánfilo no debía ponerse en tela de juicio, y no se puso. No lo hubiera consentido Eufemia, para la cual era axiomático: primero, que su esposo era un sabio, y segundo, que ella le quería como á las niñas de sus ojos.
En vista de que el dogma era inalterable, Héctor procuró barrenar la moral, obrando como un sabio mucho mayor que su primo.
La mujer siempre es un poco protestante: piensa que _fides sine operibus_ vale algo, y que á fuerza de creer mucho, se puede compensar el defecto de pecar no poco.
--Tu marido es un sabio, convenido; pero ¿y eso qué?--Esto dijo el primo, que fué como leer en el ya citado fuero interno de Eufemia.--Supongamos que tú te enamoras de otro hombre que sólo sepa lo que Dios le dé á entender, ¿bastará la sabiduría de tu marido para evitar lo inevitable?
Eufemia no tenía qué contestar.
De hipótesis en hipótesis, llegaron los primos
Al puente que separa Á Eva inocente de Eva pecadora.
V
Dejábamos al doctor Pánfilo entre San Marcos y la puente.
Era una tarde de Mayo. Pánfilo escribía la última cuartilla de su obra, que iba á ser inmortal y que se titulaba: _Eufemia. Investigaciones acerca de la dignidad y finalidad racional de la vida humana. Endemonología aplicada, basada en una arquitectónica racional de la biología psíquica, especialmente la prasológica._
Un rayo de sol, que entraba por la ventana, caía sobre el papel que iba emborronando el doctor. Escribía esto: “... Tal ha sido el propósito del autor; demostrar con argumentos tomados de la realidad viva que el predominio de la felicidad se observa ya hoy en nuestras sociedades civilizadas, sin necesidad de recurrir á la hipótesis probable, pero no necesaria, de ulterior sanción de otros mundos mejores. Debe, sí, el filósofo recurrir á la experiencia, pero no fijando sólo su examen en la propia individual; pues nada significa el apasionado testimonio del que lamenta desgracias peculiares; hay otra experiencia, que una sabia y bien ordenada estadística moral y civil puede suministrarnos, y en ella podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que sea lo que quiera de la propia fortuna...”
Al llegar á “fortuna”, sintió el filósofo que le sacudían el papel.
Era Merlina, la galguita de mi cuento, que se había subido á la mesa y se paseaba arrogante sobre _Las investigaciones acerca de la dignidad_, etcétera, etc.
Pánfilo suspendió su trabajo. Un recuerdo dulcísimo, el más querido de su vida, le trajo lágrimas á los ojos.
Á Merlina debía el doctor su felicidad propia, individual, sin necesidad de endemonologías ni de arquitectónicas biológicas, sólo por una casualidad, por una indiscreción de la perra, según frase de Eufemia.
Embelesado por este recuerdo, se estuvo el doctor largo rato pasando la mano izquierda por el lomo de Merlina.
La galguita se dejaba querer. Pero de pronto dió un brinco; saltó de la mesa á la ventana, y apoyó las patas delanteras sobre un tiesto. Las orejas se le pusieron muy tiesas, y aulló Merlina con señales de impaciencia. Parecía que deseaba arrojarse por la ventana.
Se levantó de su poltrona el doctor para ver lo que causaba tal impresión en su galguita.
En el jardín, dentro de la glorieta, Héctor González y Eufemia Rivero y González representaban en aquel momento la escena culminante de _Francesca da Rimini_.
Pánfilo oyó el chasquido de... El lector puede imaginarse qué clase de chasquidos se usan en tales casos.
El autor de las _Investigaciones_ retrocedió instintivamente, se desplomó sobre el sillón y ocultó la cabeza entre las manos.
Cuando volvió al sentido y abrió los ojos, vió delante, en un papel blanco, unas palabras, que se le antojaban escritas con una tinta de color de rosa.
Leyó: “... podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que, sea lo que quiera de la propia fortuna...”
Pánfilo cogió con gran parsimonia la pluma, y concluyó el párrafo: “... la humanidad, en conjunto, prospera, y es feliz en esta tierra con la conciencia del progreso y del fin bueno que aguarda al cabo á todas las criaturas. Para el que sepa elevarse á esta contemplación del bien general, como el más importante aun para el propio interés, bien puede decirse que el cielo comienza en la tierra”.
Pánfilo había terminado su obra, la obra de su vida entera, la que le había gastado el cerebro y los ojos.
Por cierto que sintió en ellos algo extraño; miraba á todas partes, y aquel matiz halagüeño que veía en la tinta, dominaba en todos los objetos.
¡Pobre doctor! Se había declarado la enfermedad cuyos síntomas no había conocido: el Daltonismo.
Desde aquel día Pánfilo todo lo vió de color de rosa.
NOTA. Pánfilo, en griego, viene á ser el que todo lo ama.
Lo cual en castellano significa: Quien más pone, pierde más.
En cuanto á Eufemia, siguió viviendo convencida: primero, de que su esposo era un sabio; segundo, de que amarle era su obligación.
El dogma era el mismo siempre: sólo se había relajado la disciplina.
LOS SEÑORES DE CASABIERTA
¡Pero estos señores de Casabierta no tienen vida privada!
Así se explica lo que le sucedió con ellos á don Eufrasio Paleólogo, presidente del Casino de Villapidiendo, gran lector de periódicos y elector nato del señor de Casabierta, candidato nato también á la Diputación de Villapidiendo.
Pues señor, vino á Madrid Paleólogo á unos asuntos del común, ó del procomún, como él cree que se dice; y claro, en seguida, es decir, en cuanto se dejó dar lustre á las botas en la Puerta del Sol, junto al Imperial, se dirigió á casa del señor de Casabierta.
¡Entró!--El señor no está... Ya, ya lo sé; pero de seguro está la señora.--Caballero, ¿usted qué sabe?--Hombre, sepa usted que trata con una persona ilustrada que lee los periódicos y tiene coleccionados en un tomo los artículos de Almaviva... La señora se levanta á las nueve; hace su _toilette_--usted no sabe lo que es eso--hasta las diez; toma un piscolabis, que consiste en una copa de jerez seco, y versos de Grilo, mojados en el jerez. Á las once recibe en el salón verde, que tiene una consola Pompadour, una chimenea de la Regencia... de Espartero y muchos platos allá cerca del techo. Como si lo viera, hombre, como si lo viera. Ea, déjeme usted pasar.--Por aquí, caballero, por aquí.--No, señor, voy bien; los íntimos entran por aquí: á mí me recibirá en su _boudoir_ chocolate claro, color serio, propio de señora leída al par que _dettachée_ de las vanidades del mundo. ¿Usted qué se figura, hombre de Dios, que en Villapidiendo no sabemos francés españolizado y entrar en el _boudoir_ por donde entran _les intimes_, y en francés como ellos?
En efecto, Paleólogo, que fué carlista y estuvo emigrado, sabe su poquito de francés, y lo que no, lo aprende en Almaviva, Ladevese, Blasco, Asmodeo y otros escritores del Instituto. Es un alcalde á la moderna, con la facha de Luján alcalde; pero tan fino como Sardoal cuando era del Ayuntamiento.
_En fin_, ó finalmente, como decían los italianos en la Comedia, Paleólogo ya está sentado frente á la señora de Casabierta.--Casabierta no está en casa. Ha ido...--Sí, supongo que habrá ido á afeitarse; es la hora precisamente.--Sí, señor; antes venía el barbero á casa...--Sí, ya sé; pero desde que le cortó aquel poquito de oreja de que hablaron los periódicos... ¡pícaros barberos!, ya no hay clases... ¡y qué versos tan hermosos los que hizo su oreja de usted, digo, no, su hija de usted, la rubia, la Pilarita, al cacho de oreja de su papá difunto, el cacho se entiende.--¿Usted los conoce?--Toma, y los sé de memoria... ¡si los publicaron cinco periódicos! Y diga usted ¿qué es de él?--Creo que está en Córdoba.--¿El cacho de oreja?--No, señor, Grilo; creí que hablaba usted de Grilo, que fué el que improvisó los versos de la niña.--Bien, lo mismo me da; ¿y qué es de Grilo?--Pues ayer comió aquí.--Pero ¿no dice usted que está en Córdoba?--Bien, pero eso no quita.--¿No quita? (¡Y este Almaviva que no explica estas cosas!) ¿Y el ojo de gallo de usted, señora?--Tan robusto.--Hace días que no hablan de él las crónicas de salones.--¡Es un ojo de gallo muy modesto!--Es moda ser modesto, pero decirlo, porque si no como si no se fuera. ¿Y qué tal les han sentado á ustedes las anguilas del _lago Tiberiades_ del miércoles?--¡Cómo! ¿Usted sabe que comimos anguilas el miércoles? --Sí, señora, por los periódicos. Las anguilas no tienen vida privada. Á propósito, señora, ¿es verdad que la viudita de Truchón ha tenido un tropiezo?--No, señor; ha tenido un hijo, pero nadie lo sabe.--Dispense usted, señora, yo lo sabía; pero creí que se trataba ya de otro, es decir, de otro lance. Ése que usted dice le refirieron los periódicos de la manera más discreta. En Villapidiendo nadie cayó en la cuenta más que yo, y por eso no comprendieron aquel sueltecito que decía: “La señora viuda de Truchón ha tenido que guardar cama. Celebraremos que la interesante viuda se restablezca pronto”. Dicen que demostró gran valor durante la crisis de la enfermedad, ó como dijo el clásico:
“En aquel duro trance de Lucina...”
por eso sé yo que parió sin novedad, porque conozco la Mitología y conozco á la viuda.--¿Usted la ha tratado?--Á la Mitología no, ni á la viuda tampoco. Pero leo; algo se sabe, y he visto tantas crónicas con alusiones transparentes á sus transparentes gracias y costumbres... que algo se ha transparentado.
(_Pausa._) ¡Oh, señora, feliz la honrada madre de familia que puede dar á luz, á la prensa, como quien dice, todos los hijos que quiere! ¡Todas las hojas literarias de los periódicos estaban consagradas el lunes al rorro de usted. ¿Cómo está, cómo está el muñeco?--¡Hermosísimo!--¿Y es cierto que tiene esa inteligencia que dice el revistero _Begonia_?--Pues ya lo creo, y más.--Qué saladísimo estaba Ricardo Flores, el que firma _Cardoenflor_ (por imitar á Fernanflor, que no me gusta porque habla poco de salones), qué gracioso estaba Ricardito contando las travesuras de su bebé de usted durante la ceremonia del bautizo.--Está gracioso, pero calumnia al muchacho.--Sí, dice que antes que le hicieran cristiano tenía en la iglesia cara de aburrido como un perro ó como un librepensador.--El revistero no sabe que los niños no entran en la iglesia hasta que les echan los demonios fuera del cuerpo.--Pero lo mejor son los versos de Cigarra, el chiquitín junto á la pila bautismal. Los sé de memoria:
«En la pila bautismal todo el Jordán se refleja, te moja el cura la oreja y ya estás libre del mal. El acto sacramental mata en tu pecho el pecado y se abre regenerado, como rosa alejandrina, tu ser á la fe divina, pues de pila te ha sacado el ministro de Marina, en el acto acompañado de más augusta madrina.»
--¡Hermosa décima! ¿Verdad usted?--Décima precisamente, no, señora.--Bien, ya lo sé, es la _docena del fraile_, un nuevo género de décimas de trece versos, que ha inventado Cigarra, para que cupiesen el ministro de Marina y la madrina más augusta. Ya ve usted, por verso más ó menos no habíamos de ser unos mal criados.--No cabe duda; y más vale que sobre que no que falte.--Á propósito de versos, señor de Paleólogo. Me va usted á sacar de un apuro. Aquí en casa vamos á representar una comedia, pero nos falta un personaje. ¿Sería usted tan amable?...--Señora, yo no soy personaje más que en Villapidiendo...--No importa, ¿quiere usted _crear el papel_ de Cocupassepartout?--Señora; mucho crear es, pero si no hay otro Cocu... yo lo haré, como se hacen esas cosas en Villapidiendo.--¡Oh, gracias, gracias!--Por supuesto, ¿usted sabe francés?... Condición indispensable.--Pero qué, ¿vamos á representar en francés?--No, señor, en castellano, es una traducción de Fois Grass, el corresponsal del _Bombo_ en París... y ya ve usted, hace falta dominar el francés... para pronunciar correctamente los galicismos.--¿Y cómo se llama la comedia?--Espere usted... se llama...--¡Ah! ya sé, lo he leído ayer en los periódicos, se llama: _Á qué sueñan las jóvenes hijas_, es un fusilamiento de Musset. Pues cuente usted conmigo. Por supuesto, ¿hablarán los periódicos de los ensayos?--Ya lo creo, hombre; hablarán _por encima del mercado_...
Paleólogo se despidió. Eran las once y quince. Sabía por los periódicos que era la hora de inspeccionar la lactancia de Bebé.
Si el lector quiere, volveremos á visitar á los señores de Casabierta con el presidente del Casino de Villapidiendo, y acaso veamos la comedia de Fois-Gras..., si se logra.
EL POETA-BUHO HISTORIA NATURAL
--Señorito, un caballero quiere hablar á usted.
--¿Qué trazas tiene?
--Parece un empleado de _La Funeraria_.
--¡Ah! Ya sé quién es: es don Tristán de las Catacumbas. Que pase.
Y entró don Tristán de las Catacumbas, á quien conozco de haberle pagado varios cafés sin leche. Es alto, escuálido, cejijunto, lleva la barba partida como Nuestro Señor Jesucristo, tiene el pelo negro, los ojos negros, el traje negro y las uñas negras. Lo único que no tiene negro son las botas, que tiran á rojas.
Me dió un apretón de manos, fúnebre como él solo; el apretón de manos del Convidado de Piedra. Hay hombres que aprietan la mano como una puerta que se cierra de golpe y nos coge los dedos. Es su manera de probar cariño.
Don Tristán habla poco, pero _lee_ mucho. Es un poeta inédito, de viva voz; si se le pregunta cuántas ediciones ha hecho de sus poesías, contesta con una sonrisa de muerto desengañado: “¡Ninguna! Yo no imprimo mis versos: no hago más que leerlos á las almas escogidas”. Para él son almas escogidas todas las que le quieren oir. Calculando el número de veces que ha leído sus versos, dice don Tristán, usando de un tropo especial, que consiste en tomar el oyente por el lector que compra el libro, que sus _Ecos de la tumba_ han alcanzado una tirada de nueve mil ejemplares. Quiere decir que los ha leído nueve mil veces á nueve mil mártires de la condescendencia.
--Pues señor Clarín, sabrá usted cómo he escrito otro libro de poesías y vengo á leérselo á usted.
--¿Entero?
--Y verdadero; sí, señor. Pero tiene cuatro partes; leeremos una cada día, y en cuatro sesiones despachamos. Quiero saber su opinión de usted, porque aunque á mí la crítica epitelúrica me importa un bledo, porque yo tengo el pensamiento puesto en lo alto (y señalaba al techo), como esta vez acaso me anime á dar mi obra á la estampa, si se muere un tío mío, á quien ya he dedicado un canto fúnebre...
--¡Ah! pues cuente usted con ello.
--¿Con qué?
--Conque se morirá su tío de usted.
--Eso creo; pues decía que si el tío me deja, agradecido, unos cuartos, imprimo el libro; y en tal caso espero que usted me tratará como merezco. Yo no pido más que justicia. Lo que quiero es que usted _se penetre_ de esta poesía y no hable sin enterarse. Lo mejor para esto es que yo mismo lea mis versos y le haga fijarse en sus transcendentales pensamientos.
--¿Sabe usted?... Me espera el barbero... Tengo una barba de tres días.
--¡Ah! ¿Usted se afeita?--exclamó el de las Catacumbas con acento de compasión... Que espere el barbero... Oiga usted la primera parte siquiera. El libro se titula _El Requiem eterno_. Primera parte: “Idilio del subsuelo”.
--Le advierto á usted que el subsuelo es del dominio del Estado...
--El subsuelo es aquí el del cementerio. La segunda parte, que leeremos otro día, se titula “Fuegos fatuos”; la tercera, “Responsos de mi lira”, y la cuarta, “Rimas de luto”. Le advierto á usted que yo prescindo de la forma.
--Hace usted bien; yo que usted, prescindiría de todo, hasta de la madre que me parió...
--Prescindo de la forma y me voy al fondo.
--Sí, ya sé; al fondo de la tumba. Es usted el topo de la poesía...
--¡Bonita frase! Ahora oiga usted... Primera parte: “Idilio del subsuelo”.
I
Llegaron los gusanos á devorar su corazón de cieno; en su sangre cebáronse inhumanos, y los mató el veneno.
--¿Qué tal?
--Que les está bien empleado. ¿Quién les manda ser _inhumanos_ á esos gusanillos?
--Esto de llamar inhumanos á los seres irracionales, no es cosa mía; lo he visto en un poeta que lee en el Ateneo.
--No; si yo no me quejo. Ya ve usted: á mí, ¿qué me importa? Yo no soy gusano.
--Continuemos.
II
La llevaban á enterrar...
--Como á la Constitución.
--La llevaban á enterrar en un ataúd muy ancho, en el que llevan á todos los difuntos de aquel barrio. El cadáver se movía con los tumbos que iba dando. Yo les hallé en el camino. --Detened, les dije, el paso. No va _completo_ el vehículo, aún hay sitio para ambos; llevadme también á mí que yo la carrera pago; poco hay desde aquí á la muerte, el viaje no será caro...
--¿Y le enterraron á usted?
--No, señor; todo eso es un decir.
III
Exhumaron su cadáver, lleváronlo al panteón...
--¿Ésos habrán sido los progresistas?...
--¡Silencio!
En el campo santo humilde sólo la tumba quedó, y en el hueco de la tumba enterré mi corazón.
Oiga usted ahora el IV. Y me leyó todos los números romanos posibles; cuando terminó la primera parte, olía á difunto.
--¿Qué opina usted? Así, en conjunto...
--Opino que debe usted esperar, para publicar su _Requiem eterno_, alguna ocasión solemne... por ejemplo, sería de mucha actualidad en el día del juicio...
--Eso es muy tarde...
--Bueno, pues cuando se inaugure la Necrópolis...
--Señorito, el barbero espera en la antesala.
--Dígale usted que se vaya, que hoy ya me ha hecho la barba este caballero...
DON ERMEGUNCIO Ó LA VOCACIÓN DEL NATURAL
¿Cuándo y por qué se empezó á hablar de don Ermeguncio en los periódicos? Nadie lo sabe; yo sólo puedo asegurar que yo siempre oí llamarle literato distinguido.
La vez primera que su nombre significativo sonó en mis oídos, por lo demás era ya famoso, fué con motivo de unas oposiciones á una cátedra de Psicología, Lógica y Ética. Sí; yo lo vi en la _Gaceta_; estaba el último en la lista de jueces. Don Ermeguncio de la Trascendencia, autor de obras; don Ermeguncio era, pues, ya por aquel entonces autor de obras.
Eran los tiempos en que mandaban los krausistas. Por aquella época todo se dividía en parte general, especial y orgánica. Don Ermeguncio había escrito una _Memoria sobre el arte de extirpar los caracoles en las huertas_; y una _Sociedad de Antropología general_ le dió un _accésit_ por su trabajo, que se dividía, no faltaba más, en parte general, especial y orgánica. Ignoro por qué una Sociedad de Antropología perseguía los caracoles; pero consigno un hecho.
Otra vez le _adjudicaron_ á Trascendencia una _rosa natural_, que le tuvieron que mandar á Madrid desde Alicante. La había ganado en un certamen escribiendo una oda en verso libre. _Á la influencia de las bibliotecas populares en el adelanto general de la cultura._ Por supuesto, la oda iba también dividida en parte general, especial y orgánica.
Por estas dos producciones principalmente llamaba la _Gaceta_ autor de obras á don Ermeguncio de la Trascendencia.
Primero faltaba el sol que don Ermeguncio dejase de asistir á la clase de todos los catedráticos que habían sido ó estaban á punto de ser ministros. Él ya era doctor; ¡pero amaba tanto la ciencia!
Desde que fué juez de oposiciones, Trascendencia se creyó en sazón para considerarse, sin prejuicio ni sobrestima, un hombre importante, de la clase de los sabios, subclase de los filósofos.
Pero vino Pavía y el sistema filosófico de don Ermeguncio se disolvió como el Congreso. Aquella crisis de la política coincidió con una crisis económica de Trascendencia.