Doctor Sutilis (Cuentos)

Part 5

Chapter 53,798 wordsPublic domain

Y en esto se disolvieron las Cortes y se anunciaron nuevas elecciones generales. Por cierto que cuando leyó esta noticia en la _Gaceta_ estaba Pastrana entresacando pinos en la Grandota, otra finca que no tenía relaciones con el Fisco; entresaca útil, en primer lugar, para los pinos supervivientes, como los llamaba el administrador; en segundo lugar, para el Marqués, su dueño, y en el último lugar, para Pastrana, que de los pinos entresacados entresacaba él más de la mitad moralmente en pago de tomarse por los intereses del amo un cuidado que sólo prestaría un diligentísimo padre de familia. Y ya que voluntariamente prestaba la culpa levísima, no quería que fuese á humo de pajas. En cuanto leyó lo de las elecciones, comparó instintivamente los votos con los pinos, y se propuso, para un porvenir quizá no muy lejano, entresacar electores en aquella dehesa electoral de Villaconducho. Pespunte, que se había resellado como Pastrana, pues para los admiradores como el sastre, incondicionales, las ideas son menos que los ídolos, Pespunte no podía imaginar adónde llegaban los ambiciosos proyectos de don Pedro. Lo único que supo, porque esto fué cosa de pocos días, y público y notorio, que el alcalde no haría aquellas elecciones, porque antes sería destituido. Como lo fué efectivamente. Las elecciones las hizo el señor administrador del excelentísimo señor marqués de Pozos-hondos, presidente del Ayuntamiento de Villaconducho, comendador de la Orden de Carlos III, señor don Pedro Pastrana y Rodríguez. Un día antes del escrutinio general, se publicó la segunda parte de los “Apuntes para la historia del privilegio”; en ella se demostraba finalmente que ya en tiempo del rey Don Pelayo pescaban salmones en el Sele sus próximos parientes los Marqueses de Pozos-hondos, encargados de suministrar el pescado necesario á todos los ejércitos del rey de la Reconquista durante la Cuaresma. Al siguiente día se recogieron las redes y se vació el cántaro electoral, todo bajo los auspicios de Pastrana; jamás el Marqués había tenido tamaña cosecha de votos y salmones.

III

Es necesario, para el regular proceso de esta verídica historia, que el lector, en alas de su ardiente fantasía, acelere el curso de los años y deje atrás no pocos. Mientras el lector atraviesa el tiempo de un brinco, Pastrana, por sus pasos contados, atraviesa multitud de funciones públicas, unas retribuídas y otras no, meramente honoríficas. Hechas las elecciones, resultó que el marqués de Pozos-hondos era cinco veces más popular en Villaconducho que su enemigo el candidato de oposición. De resultas de esta popularidad del Marqués, hubo que hacer á Pastrana administrador de Bienes Nacionales. También se le formó expediente por cohecho y se le persiguió en justicia por no sé qué minuciosas formalidades de la ley electoral; el Marqués bien hubiera querido dejar en la estacada á su administrador de votos, salmones y hacienda; pero don Pedro Pastrana hizo comprender perfectamente al magnate la solidaridad de sus intereses, y salió libre y sin costas de todas aquellas redes con que la ley quería pescarle. Pastrana no perdonó al Marqués el poco celo que había manifestado por salvarle.

Al año siguiente, en que hubo nuevas elecciones para Constituyentes nada menos, el candidato de oposición fué cinco veces más popular que el Marqués. Bueno es advertir que el candidato de oposición ya no era de oposición, porque habían triunfado los suyos. El Marqués se quedó sin distrito; y como se había acabado el tiempo del monopolio (según decía Pespunte, que se había echado al río para deshacer á hachazos las máquinas de pescar salmones), como ya no había clases, el pueblo pudo pescar á río revuelto, y aquel año la bailarina del Marqués no comió salmón. Pasó otro año, hubo nuevas elecciones, porque las cortes las disolvió no sé quién, pero, en fin, uno de tropa, y entonces no fueron diputados ni el Marqués ni su enemigo, sino el mismísimo don Pedro Pastrana, que, una vez _encauzada la revolución_... y encauzado el río, cogió las riendas del gobierno de Villaconducho, y en nombre de la libertad bien entendida, y para evitar la _anarquía mansa_ de que estaban siendo víctimas el distrito y los salmones, se atribuyó el privilegio de la pesca y el alto y merecido honor de representar ante el nuevo Parlamento á los villaconduchanos.

IV

Y aquí era donde yo le quería ver.

Tiene la palabra _La Correspondencia_:

“Ha llegado á Madrid el señor don Pedro Pastrana Rodríguez, diputado adicto por el distrito de Villaconducho, vencedor del Marqués de Pozos-hondos en una empeñada batalla electoral.”

Pasan algunos días; vuelve á tener la palabra _La Correspondencia_:

“Es notabilísima, bajo muchos conceptos, y muy alabada de las personas competentes, la obra publicada recientemente sobre _Los amillaramientos y abusos inveterados de la ocultación de riqueza territorial_, por el diputado adicto señor don Pedro Pastrana Rodríguez.”

“Ha sido nombrado de la comisión de *** el reputado publicista financiero señor don Pedro Pastrana Rodríguez, diputado adicto por Villaconducho.”

“No es cierto que haya presentado voto particular en la célebre cuestión de los tabacos de la Vuelta del Medio, el ilustrado individuo de la comisión señor Pastrana Rodríguez.”

“Digan lo que quieran los maliciosos, no es cierto que el ilustre escritor señor Pastrana, haya adquirido la propiedad de la marca _Aliquid chupatur_, con que se distinguen los acreditados tabacos de Vuelta del Medio. No es el señor Pastrana el nuevo propietario, sino su paisano y amigo el alcalde de Villaconducho, señor Pespunte.”

“Ha sido aprobado el proyecto de ley del ferrocarril de Villaconducho á los Tuétanos, montes de la provincia de ***, riquísimos en mineral de plata; los cuales Tuétanos serán explotados en gran escala por una gran Compañía, de cuyo Consejo de administración no es cierto que sea presidente el individuo de la Comisión á cuya influencia se dice que es debida la concesión de dicho ferrocarril.”

“Parece cosa decidida el viaje del Jefe del Estado á la provincia de ***. Asistirá á la inauguración del ferrocarril de los Tuétanos, hospedándose en la quinta regia que en aquella pintoresca comarca posee el señor Pastrana.”

“No pueden ustedes figurarse á qué grado llegan el acendrado patriotismo y la exquisita amabilidad que distinguen al gran hacendista, de quien fué huésped S. M., nuestro amigo y paisano el señor marqués de Pozos-oscuros, presidente, como saben nuestros lectores, de la Comisión encargada de gestionar un importante negocio en las capitales de Europa.”

“Ha sido nombrado presidente de la Comisión que ha de presentar informe en el famoso negocio de los tabacos de Vuelta del Medio, el señor marqués de Pozos-oscuros, ya de vuelta de su viaje á las cortes extranjeras.”

“Satisfactoriamente para el sistema parlamentario y su prestigio, ha terminado en la sesión de ayer tarde el ruidoso incidente que había surgido entre el señor marqués de Pozos-oscuros y el señor Pespunte, diputado por la Vuelta del Medio. El señor Pespunte, en el calor de la discusión, y un tanto enojado por el calificativo de _ingrato_ que le había dirigido el presidente de la Comisión, pronunció palabras poco parlamentarias, tales como ‘ropa sucia’, ‘manos puercas’, ‘río revuelto’, ’bragas enjutas’, ‘fumarse la isla’, ‘merienda de negros’, ‘presidio suelto’, ‘cocinero y fraile’, ‘peces gordos’, y otras no menos malsonantes. El digno diputado de la isla hubo de retirarlas ante la actitud enérgica del señor marqués de Pozos-hondos, ministro de Hacienda, que declaró que la honra del señor marqués de Pozos-oscuros estaba muy alta para que pudieran mancharla ciertas acusaciones. Nos alegraríamos, por el prestigio del sistema parlamentario, de que no se repitieran escenas de esta índole, tan frecuentes en otros Parlamentos, pero no en el nuestro, modelo de templanza”.

Hasta aquí _La Correspondencia_.

Ahora un oficio de la fiscalía: “Advierto á usted, para los efectos consiguientes, que ha sido denunciado por esta fiscalía el número primero del periódico _El Puerto de Arrebata-capas_, por su artículo editorial, que titula ‘¡Vecinos, ladrones!’ que empieza con las palabras ‘Pozos obscuros, y muy obscuros’, y termina con las ‘á la cárcel desde el Congreso’.”

V EPÍLOGO

_La Correspondencia_: “Para el estudio del proyecto de reforma del Código Penal ha sido nombrada una Comisión compuesta por los señores siguientes: Presidente, D. Pedro Pastrana Rodríguez...”

DE BURGUESA Á CORTESANA

Mi querida Doña Encarnación: Ya sé que las de Pinto dijeron por ahí á los amigos que las de Covachuelón no iríamos á las fiestas por falta de posibles ó por falta de amor á los regocijos, como dice mi Juan que se llama eso; no haga usted pizca de caso, porque ya nos hemos encargado los sombreros, de ésos que parecen de hombre, que son la última moda, según dijo la modista, que es de París de Francia, como si dijéramos; porque si bien ella no nació allá ni lo vió con sus propios ojos, su marido es de pura raza parisién: ¡conque figúrese usted! Iremos, y tres más, lo cual, para evitarle á usted molestias de andar buscando casa y demás, nos iremos derechitos á la suya, y así se ahorra usted la incomodidad de tener que entenderse con fondistas y amas de huéspedes, que en estos días sacarán la tripa de mal año y pedirán por una habitación un ojo de la cara. Adjunta les remito la lista de las monadas y cachivaches que mi hija la mayor quiere que usted le tenga comprados para el mismo día en que lleguemos; porque todo su prurito es que de cien lenguas se la tome por una madrileña; porque ser provinciana es muy cursi, ya ve usted; y aunque yo la digo que lo que se hereda no se hurta, y que de la casta le viene al galgo... y que una Covachuelón, que desciende de cien Covachuelones, aunque sea con el aire de la montaña, puede tenérselas tiesas, en punto á buen tono y chicq (_sic_) con la más encopetada cortesana, que puede ser hija de un cualquiera; digo que, á pesar de esto, la niña quiere que usted la tenga preparados esos trastos; y no es que aquí no haya guantes de ésos que llegan hasta los hombros, porque también los vende, la modista que tiene un marido de París; pero ¿qué quiere usted?, estas muchachas del día están perdidas por no ser de su tierra. Y mire usted en confianza, doña Encarnación, y aquí _inter nos_, como dicen los franceses, la chica está en estado de merecer, y aquí todos son pelagatos; no hay proporciones; ¿quién sabe si alguno de esos caballeros en plaza, de que tanto hablan los periódicos, se enamorará de mi niña? En ese caso, nos quedaríamos á vivir en Madrid, que es lo que yo le digo á Juan; pero mi Juan es tan terco, que no quiere abandonar este destino humilde, indigno de un Covachuelón, porque dicen que es seguro, y manos puercas. ¡Como si no conociéramos el mundo, doña Encarnación, y no supiéramos que eso de gajes es cosa común á todos los destinos, con tal que haya buena voluntad! Yo, á decir la verdad, no sé de qué son esos caballeros en plaza; pero sin duda serán unos cumplidos caballeros que apaleen el oro, ó por lo menos las fanegas de trigo, que todo es apalear. Demás de esto, mi Juan, que tiene mucho amor á las Instituciones, no perderá el tiempo durante nuestra estancia en ésa, ni se dormirá en las pajas, porque el Ministro le tiene ofrecido torres y montones; pero ojos que no ven... y así atenaceándole de cerca y no dejándole ni á sol ni sombra, verá usted cómo se logra un ascenso, que buena falta nos hace, porque con este modestísimo sueldo y todas las manos que Juan quiera, no se puede vivir: y si no, ahora se ve, lo que es una deshonra, que para emprender un viaje á la Corte, con rebaja de precio y todo, la familia de un Covachuelón se halla obligada á vender los cubiertos de plata y algunas alhajas de los Covachuelones que fueron. Dígales, dígales usted á las de Pinto (sin contarles lo de los cubiertos), cuánto hacen y pueden los de Covachuelón en alas ó en aras (nunca digo bien esta palabra) de su amor á las Instituciones. Aquí se ha corrido el rumor de que por culpa de Moyano ya no había fiestas; que es ese señor, que dicen que es muy feo, y lo prueban, había aguado la función; pero no lo hemos creído, porque es imposible. Dios no puede consentir que mi hija se quede sin su caballero en plaza, porque eso sería como quedarse en la calle; ni mi esposo ha de pudrirse y pudrirme en este rincón obscuro; los Covachuelones pican más alto, y amanecerá Dios y medraremos: porque la mala voluntad de las de Pinto poco podrá contra los altos escrutinios de la Providencia, que á todas voces llama á los de Covachuelón á la Corte. Diga usted de mi parte al señor don Juan, su marido (¡qué diferencia entre los dos Juanes! el de usted tan dócil, tan rico y tan amigo de su negocio), pues dígale usted que me busque sin pérdida de tiempo papeleta para todas partes: queremos verlo todo, lo que se llama todo, porque ¿á qué estamos? no es cosa de vender una los cubiertos para volverse luego dejando por ver alguna cosa. He leído en _La Época_ que los provincianos llegarían tarde para sacar papeleta: ¡qué sabrá ella! _La Época_; como si esos perdularios gacetilleros, que son la perdición del país, hubieran de ser antes que nosotros, que servimos á la Patria y á las Instituciones desde un rincón de España, con celo, inteligencia y lealtad, como decían los mismísimos liberales cuando dejaron cesante á mi marido. ¡Sería de contar que la señora de Covachuelón é hija se quedaran sin papeleta para ver todo lo reservado y todo lo no reservado!

Hemos de verlo todo: dígaselo usted así á don Juan: no rebajo nada.

¡Oh, quién fuera condesa, amiga mía! Pero de menos nos hizo Dios, y como Juan, el mío, ande derecho y en un pie, y haga lo que yo le diga, ¡quién sabe adónde podremos llegar, y si vendrá día en que yo le vea á él mismo hecho un caballero en plaza, título que me suena de perlas, y que no puedo quitármelo de la imaginación! No canso más; consérvese usted buena y no se olvide de los encarguitos. Su amiga de toda la vida que desea abrazarla pronto,

_Purificación de los Pinzones de Covachuelón._

_P. D._ Le advierto á usted que Juan se muere por los caracoles, y le dará usted una sorpresa agradable si se los presenta para almorzar el día que lleguemos. Supongo que irán ustedes á esperarnos con los criados, porque llevaremos mucho equipaje, y esos mozos de cordel la confunden á una con una palurda y piden un sentido. Suya,

_Purificación._

Otra P. D. Le advierto á usted que en las camisolas y en los pañuelos que le encargué el otro día para Juan, han de ponerse estas letras: P. Juan, que no significan Padre Juan, sino que Juan es marido de Purificación, como usted sabe. Un Covachuelón no podría poner en sus camisas unas simples iniciales como cualquiera. Expresiones á su Juan de usted.

_Pura._

Pajares, 1.º Febrero.

Mi querida Visitación: Cuando ésta llegue á tus manos estará tu pobre Pura, tu buena amiga, enterrada en vida, con no sé cuántos kilómetros de nieve sobre la cabeza. Nos ha cogido la mayor nevada del siglo en medio del puerto, y no podemos volver atrás ni llegar á nuestro bendito pueblo, del que ojalá no hubiéramos salido nunca. El correo lo llevan los peatones; yo he ofrecido el oro y el moro por que me pasara un peatón, y por que me pesaran en el estanquillo, para llegar á mi destino en calidad de certificado, costara los sellos que costara: ¡imposible! me fué forzoso renunciar á mi proyecto, y aquí me tienes extraviada en el camino como carta de Posada Herrera. Mi Juan, ese hombre de bien, no hace más que dar pataditas en el suelo, soplarse las manos y exclamar de vez en cuando: ¡maldita sea mi suerte! ¡Calzonazos! ¡Como si no fuera él la causa de todos nuestros males! Figúrate, tú, Visita, que lo primero que hace Juan en cuanto llegamos á Madrid, es coger una pulmonía. Verdad es que por más de veinticuatro horas la disimuló para que yo no me incomodara y pudiese ver los festejos; pero ¡buenos festejos te dé Dios! Yo quería estar en todas partes á un tiempo, como es natural en tales casos; para esto es necesario correr mucho; pues nada, Juan no daba paso; que le dolía esto, que le dolía lo otro, y no se meneaba. Tomamos un coche para los tres, el cochero refunfuña y me dice no sé qué groserías respecto á si yo abultaba por cuatro, y Juan... ¡qué te parece! no le rompió nada.

Se pone en movimiento aquel armatoste y á los cuatro pasos el caballo... cae muerto. Juan se enfureció porque yo le eché á él la culpa; pelea tú con un hombre así; en fin, nos volvemos á casa, y doña Encarnación, con una oficiosidad que me da mala espina, declara que Juan está malo y que debe acostarse; y se acuesta, y viene el médico, y dice que mi esposo tiene pulmonía. Ya ves cómo todos se conjuraban contra mí. ¡Adiós visitas al Ministro, adiós ascenso, adiós quedarnos en Madrid! Añade á esto que doña Encarnación, que es una jamona muy presumida, no había comprado más que adefesios para mi hija, todo cursi y de moda del año ocho. Purita pataleó y echó la culpa á su papá, que efectivamente es quien nos trae en estos malos pasos de ser provincianas y tener que guiarnos por los envidiosos de Madrid. Pedíamos billetes á D. Juan: ¡que si quieres! ni uno solo había podido conseguir, y eso que amenazó con la dimisión de su destino, pero no dimitió: ¡qué había de dimitir, si estos burócratas de Madrid no saben lo que es dignidad! Pero dirás tú, y con razón: ¿por qué tu Juan había de necesitar que nadie mendigara billetes para su mujer? Es verdad, y en eso hablas como una Santa Teresa; pero Juan, nada, en su cama, queja que te quejarás, preparándose á bien morir y sin pensar en billetes, ni en caballeros en plaza, ni en ascensos, ni en todo eso que me trajo á la corte en mal hora. En fin, Visita, no hemos visto nada, á no ser las iluminaciones, que valientes iluminaciones estaban; y se dió el caso de andar la familia de Covachuelón sin cabeza (porque la cabeza tenía malo el pulmón), de andar por aquellas plazuelas y calles de Dios, como unas cualesquiera, como unos papanatas, codeándose con la plebe y teniendo que dejar la acera á los que la llevasen, aunque fueran hijos del verdugo. Aquí no se respetan las clases, ni el abolengo, y no le conocen á una en la cara los pergaminos ni la categoría. No creas que el bullicio fué tan grande como dicen, y de mí te puedo asegurar que no grité viva nada, porque esto no es modo de tratar á la gente. ¿Te acuerdas de aquel don Casimiro á quien sacamos diputado por los pelos, y gracias á estanquillos y chorizos de los decomisados? Pues ¡asómbrate! don Casimiro, que tenía un paquete de entradas para todas partes, pasó junto á nosotros sin saludarnos, en un coche muy elegante, que no sé de dónde lo habrá sacado ese pelagatos. Y dicen que la conciliación se arraiga y que esto va á durar; ¡mira tú qué postura de conciliación es ésta, ni si lleva trazas de arraigarse un Ministerio tan destartalado y montado al aire! Después de ver tanta farsa y tanto descaro, no me quedaba más que ver, y quise volverme á mi tierra; el mismo día en que la enfermedad de Juan hacía crisis, según dijo el médico, cogí á Juan por los pies, le vestí, y lo tapé, y escondí entre cinco mantas: _hice la crisis_ yo, y nos metimos en el tren correo. Juan, dócil por la primera vez de su vida, se puso bueno en el camino, ó por lo menos disimuló el mal; y aquí nos tienes con la nieve al cuello, en un lugarón que no tiene nombre en el mapa; yo furiosa, Purita desesperanzada de coger una proporción, y Juan dando pataditas en el suelo, soplándose los nudillos y murmurando á cada paso: “¡Maldita sea mi suerte!”

Si algún día llego á mi casita, y desempeño los cubiertos, y junto algunos cuartos procedentes de las manos de Juan, que él llama groseramente puercas, y pongo esos cuartos á réditos y saco una renta regular para ir tirando... te juro, Visita (tanto es lo que aborrezco la conciliación), te juro que presento la renuncia del destino de Juan y me declaro _ilegala_.

_Purificación._

EL DIABLO EN SEMANA SANTA

Como un león en su jaula, bostezaba el diablo en su trono; y he observado que todas las potestades, así en la tierra como en el cielo y en el infierno, tienen gran afición al aparato majestuoso y solemne de sus prerrogativas, sin duda porque la vanidad es flaqueza natural y sobrenatural que llena los mundos con sus vientos, y acaso los mueve y rige. Bostezaba el diablo del hambre que tenía de picardías que por aquellos días le faltaban, y eran los de Semana Santa.

Tal como se muere de inanición el cómico en esta época del año, así el diablo expiraba de aburrido; y no bastaban las invenciones de sus palaciegos para divertirle el ánimo, alicaído y triste con la ausencia de bellaquerías, infamias y demás proezas de su gusto.

Según bostezaba y se aburría, ocurriósele de pronto una idea, como suya, diabólica en extremo; y como no peca S. M. _in inferis_ de irresoluta, dando un brinco como los que dan los monos, pero mucho más grande, saltó fuera de sus reales, y se quedó en el aire muy cerca de la tierra, donde es huésped agasajado y bienquisto por sus frecuentes visitas.

Fué la idea que se le ocurrió al demonio, que por entonces comenzaba la tierra madre á hincharse con la comenzón de dar frutos, yéndosele los antojos en flores, que lo llenaban todo de aromas y de alegres pinturas, ora echadas al aire, y eran las alas de las mariposas, ora sujetas al misterioso capullo, y eran los pétalos.

Bien entiende el diablo lo que es la primavera, que antes de ser diablo fué ángel y se llamó luz bella, que es la luz de la aurora, ó la luz triste de la tarde, que es la luz de la melancolía y de las aspiraciones sin nombre que buscan lo infinito. Lo que sabe el diablo de argucias, díganlo San Antonio y otros varones benditos, que lucharon con fatiga y sudor entre las tentaciones del enemigo malo y las inefables y austeras delicias de la gracia. Claro es que al atractivo celestial, nada hay comparable, ni de lejos, y que soñar con tales comparaciones es pecar mortalmente; pero también es cierto que, aparte de Dios, nada hay tan poderoso y amable, á su manera, como el diablo; siendo todo lo que queda por el medio, insulso, tibio y de menos precio, sea bueno ó malo. Para todo corazón grande, el bien, como no sea el supremo, que es Dios mismo, vale menos que el mal cuando es el supremo, que es el demonio.