Part 3
En medio de aquel vértigo de amor, en que yo estaba amando por dos á un tiempo, vi que la mosca pintada me decía, á intervalos de besos y entre el mismo besar, casi besándome con las palabras que decía: “Tonto, tonto mío, ¿por qué dudas de mí, por qué creer que la hembra no sabe sentir lo que tú sabes pensar? Tus alas rotas, tus movimientos difíciles y sin gracia aparente, tu miedo á los moscones, tu rubor, tu debilidad, tu silencio, todo lo que te abruma, porque juzgas que te estorba para el amor, yo lo aprecio, yo lo comprendo, y lo siento y lo amo. Ya sé yo que en tus brazos me espera oir hablar de lo que jamás supieron de amor otros machos más hermosos que tú; sé que al contarme tus soledades, tus luchas interiores, tus fantasías, has de ser para mí como ser divinizado por el amor; no habrá voluptuosidad más intensa que la que yo disfrute bebiendo por tus ojos todo el amor de un alma grande, arrugada y oscurecida en la cárcel estrecha de tu cuerpo flaco y empobrecido por la fiebre del pensar y del querer”. Y á este tenor, seguía diciéndome la mosca dorada tan deliciosas frases, que yo no hacía más que llorar y besarle los pies, aún más agradecido que enamorado. ¡Bendita fuerza de la fantasía que me permitió gozar este deliquio, momento sublime de la eternidad de un cielo! Al fin hablé yo (por mi cuenta) y sólo dije con voz que parecía sonar en las mismas entrañas:--¿Tu nombre? Mi nombre está en la leyenda que tengo al pie; esto dijo mi razón fría y traidora tomando la voz que yo atribuía á mi amada. Bajé los ojos y leí... _Musca vomitoria._
Al llegar aquí, la voz de la mosca sabia se debilitó, y siguió hablando como se oye en la iglesia hablar á las mujeres que se confiesan. Yo, como el confesor, acerqué tanto, tanto el oído, que á haber sido la mosca hermosa penitente, hubiera sentido el perfume de su aliento (como el confesor) acariciarme el rostro. Y dijo así:
--¡Mosca vomitoria! Éste era el nombre de mi amada. En el texto encontré su historia. Era terrible. Bien dijo Shakespeare: “estos jóvenes pálidos que no beben vino acaban por casarse con una meretriz”. Yo, casta mosca, enamorada del ideal, tenía por objeto de mis sueños á la enamorada de la podredumbre. Allí donde la vida se descompone, donde la química celebra esas orgías de miasmas envenenados que hay en los estercoleros, en las letrinas, en las sepulturas y en los campos de batalla después de la carnicería, allí acudía mi mosca de las alas de oro, de los metálicos cambiantes, Mesalina del cieno y de la peste. ¡Yo amaba á la mosca vampiro, á la mosca del _Vomitorium_! Yo había colocado en las regiones soñadas, en las regiones hiperbóreas, su palacio de cristal, y en las Hespérides su jardín de recreo; ¡por ella había corrido yo las aventuras más pasmosas que forjó la fantasía, estrangulando mosquitos y otras alimañas en miniatura, sin remordimientos de conciencia! Pero lo más horroroso no fué el desengaño, sino que el desengaño no me trajo el olvido ni el desdén. Seguí amando ciega á la _mosca vomitoria_, seguí besando loca sus alas de colores pintadas en el tremendo libro que me contó la vergonzosa historia.
Procuré, si no olvidar, porque esto no era posible, distraer mi pena, y como se vuelve al hogar abandonado por correr las locuras del mundo, así volví á la ciencia, tranquilo albergue que me daría el consuelo de la paz del alma, que es la mayor riqueza. ¡Ay! Volví á estudiar, pero ya los problemas de la vida, los misterios de lo alto no tenían para mí aquel interés de otros días; ya sólo veía en la ciencia la miseria de lo que ignora, el pavor que inspiran sus arcanos; en fin, en vez de la calma del justo, sólo me dió la calma del desesperado, engendradora de las eternas tristezas. ¿Qué es el cielo? ¿Qué es la tierra? ¿Qué nos importa? ¿Hay un más allá para las moscas que sufrieron en la vida resignadas el tormento del amor? Ni yo sufro resignada, ni sé nada del más allá. La ciencia ya sólo me da la duda anhelante, porque en ella ya no busco la verdad, sino el consuelo; para mí no es un templo en que se adora, es un lugar de asilo; por eso la ciencia me desdeña. Perdida en el mar del pensamiento, cada vez que me engolfo en sus olas, las olas me arrojan desdeñosas á la orilla como cáscara vacía. Y éste es mi estado. Voy y vengo de los libros sabios á la poesía, y ni en la poesía encuentro la frescura lozana de otros días, ni en los libros del saber veo más verdades que las amargas y tristes. Ahora espero tan sólo, ya que no tengo el valor material que necesito para darme la muerte, que don Eufrasio llegue á la Sintética, y sepa, bajo principio, que puede en derecho aplastarme. Mi único placer consiste en provocarle, picando y chupando sin cesar en aquella calva mollera, de cuyos jugos venenosos bebí, en mal hora, el afán de saber, que no trae aparejada la virtud que para tanta abnegación se necesita.
Calló la mosca, y al oir el ruido de la puerta que se abría, voló hacia un rincón de la biblioteca.
III
Don Eufrasio volvía de la Academia.
Venía muy colorado, sudaba mucho, hacía eses al andar, y sus ojillos, medio cerrados, echaban chispas. Yo estaba en la sombra y no me vió. Ya no recordaba que me había dejado en su _camarín_, perfumado con todos los aromas bien olientes de la sabiduría.
Creía estar solo y habló en voz alta (al parecer era su costumbre), diciendo así á las paredes sapientísimas que debían de conocer tantos secretos:
--¡Miserables! ¡Me han vencido! Han demostrado que no hay razón para que el animal no llegue á hablar, pero afortunadamente no se fundan en ningún dato positivo, en ninguna experiencia. ¿Dónde está el animal que comenzó á hablar? ¿Cuál fué? Esto no lo dicen, no hay prueba plena; puedo, pues, contradecirlo. Escribiré una obra en diez tomos negando la posibilidad del hecho; desacreditaré la hipótesis. Estas copitas que he bebido en casa de Friné me han reanimado. ¡Diablos! Esto da vueltas: ¿si estaré borracho? ¿Si iré á ponerme malo? No importa; lo principal es que les falte el hecho, el dato positivo. El animal no habla, no puede hablar. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué hermosa es Friné! ¡Qué hermosa bestia! ¡Pues Friné habla! Bien, pero ésa no se cuenta: habla como una cotorra, y no es ése el caso. Friné habla como ama, sin saber lo que hace; aquello no es amar ni hablar. ¡Pero vaya si es hermosa!
Macrocéfalo sacó del bolsillo de la levita una petaca; en la petaca había una miniatura: era el retrato de Friné. Le contempló con deleite y volvió á decir:--No, no hablan, los animales no hablan. ¡Bueno estaría que yo hubiese sostenido un error toda la vida!
En aquel momento la mosca sabia dejó oir su zumbido, voló, haciendo un espiral en el aire, y acabó por dejarse caer sobre la miniatura de Friné.
Macrocéfalo se puso pálido, miró á la mosca con ojos que ya no arrojaban chispas, sino rayos, y dijo en voz ronca:
--¡Miserable! ¿Á qué vienes aquí? ¿Te ríes? ¿Te burlas de mí?
--¡Como usted decía que los animales no hablan!
--No hablarás mucho tiempo, bachillera--gritó el sabio, y quiso coger entre los dedos á su enemiga. Pero la mosca voló lejos, y no paró hasta meter las patas en el tintero. De allí volvió arrogante á posarse en la petaca.--Oye--dijo á Macrocéfalo--los animales hablan... y escriben...--Y diciendo y andando, sobre la piel de Rusia, al pie del retrato de Friné, escribió con las patas mojadas en tinta roja: _Musca vomitoria_. Don Eufrasio lanzó un bramido de fiera. La mosca había volado al cráneo del sabio; allí mordió con furia... y yo vi caer sobre su cuerpo débil y raquítico la mano descarnada de Macrocéfalo. La mosca sabia murió antes de que llegase Don Eufrasio á la filosofía sintética.
Sobre la tersa y reluciente calva quedó una gota de sangre, que caló la piel del cráneo, y filtrándose por el hueso llegó á ser una estalactita en la conciencia de mi sabio amigo. Al fin había sido capaz de matar una mosca.
EL DOCTOR PÉRTINAX
I
El sacerdote se retiraba mohíno. Mónica, la vieja impertinente y beata, quedaba sola junto al lecho de muerte. Sus ojos de lechuza, en que reverberaba la luz de la mortecina lamparilla, lanzaba miradas como anatemas al rostro cadavérico del doctor Pértinax.
--¡Perro judío! ¡Si no fuera por la manda, ya iría yo aguantando el olor de azufre que sale de tu cuerpo maldito!... ¡No confesarse ni á la hora de la muerte!...
Este impío monólogo fué interrumpido por un ¡ay! del moribundo.
--¡Agua!--exclamaba el mísero filósofo.
--¡Vinagre!--contestó la vieja sin moverse de su sitio.
--Mónica, buena Mónica--prosiguió el doctor hablando como pudo--; tú eres la única persona que en la tierra me ha sido fiel... tu conciencia te lo premie... esto se acaba... llegó mi hora, pero no temas...
--No, señor; pierda usted cuidado...
--No temas: la muerte es una apariencia; sólo el egoísmo... individual puede quejarse de la muerte... Yo expiro, es verdad, nada queda de mí... pero la especie permanece... No es sólo eso: mi obra, el producto de mi trabajo, los majuelos del pueblo, mi propiedad, extensión de mi personalidad en la Naturaleza, quedan también; son tuyas, ya lo sabes, pero dame agua.
Mónica vaciló, y ablandándose al cabo, cuanto un pedernal puede ablandarse, acercó á los labios de su amo no sé qué jarabe, cuya sola virtud era trastornar el juicio del moribundo más y más cada vez.
--Gracias, Mónica, gracias, y adiós; es decir, hasta luego. Queda la especie; tú también desaparecerás, pero no te importe, quedarán la especie y los majuelos, que heredará tu sobrino, ó mejor dicho, nuestro hijo, porque ésta es la hora de las grandes verdades.
Mónica sonrió, y después, mirando al techo, vió en la obscuridad de arriba la imagen reluciente de un tambor mayor, de grandes bigotes y de gallarda apostura.
--¡No sería mala especie la que saliera de tu cuerpo enclenque y de tu meollo consumido por las herejías!
Esto pensó la vieja al tiempo mismo que Pértinax entregaba los despojos de su organismo gastado al acervo común de la especie, laboratorio magno de la Naturaleza.
Amanecía.
II
Era la hora de las burras de leche: San Pedro frotaba con un paño el aldabón de la puerta del cielo y lo dejaba reluciente como un sol. ¡Claro! Como que era el aldabón que limpiaba San Pedro el mismísimo sol que nosotros vemos aparecer todas las mañanas por el Oriente.
El santo portero, de mejor humor que sus colegas de Madrid, cantaba no sé qué aire, muy parecido al _ça irá_ de los franceses.
--¡Hola! Parece que se madruga--dijo inclinando la cabeza y mirando de hito en hito á un personaje que se le había puesto delante en el umbral de la puerta.
El desconocido no contestó, pero se mordió los labios, que eran delgados, pálidos y secos.
--Sin duda, prosiguió San Pedro--, ¿usted es el sabio que se estaba muriendo esta noche?... ¡Vaya una noche que me ha hecho usted pasar, compadre!... ¡No he pegado ojo en toda ella, esperando que á usted se le antojase llamar; y como tenía órdenes terminantes de no hacerle á usted aguardar ni un momento!... ¡Poquito respeto que se les tiene á ustedes aquí en el cielo! En fin, bienvenido, y y pase usted; yo no puedo moverme de aquí, pero no tiene pérdida. Suba usted... todo derecho... No hay entresuelo.
El forastero no se movió del umbral, y clavó los ojos pequeños y azules en la venerable calva de San Pedro, que había vuelto la espalda para seguir limpiando el sol.
Era el recién venido, delgado, bajo, de color cetrino, algo afeminado en los movimientos, pulcro en el trato de su persona y sin pelo de barba en todo su rostro. Llevaba la mortaja con elegancia y compostura, y medía los ademanes y gestos con académico rigor.
Después de mirar una buena pieza la obra de San Pedro, dió media vuelta y quiso desandar el camino que sin saber cómo había andado, pero vió que estaba sobre un abismo de obscuridad en que había tinieblas como palpables, ruidos de tempestad horrísona, y á intervalos ráfagas de una luz cárdena, á la manera de la que tienen los relámpagos. No había allí traza de escalera, y la máquina con que medio recordaba que le habían subido, tampoco estaba á la vista.
--Caballero--exclamó con voz vibrante y agrio tono:--¿se puede saber qué es esto? ¿dónde estoy? ¿por qué se me ha traído aquí?
--¡Ah! ¿Todavía no se ha movido usted? Me alegro, porque se me había olvidado un pequeño requisito. Y sacando un libro de memorias del bolsillo, mientras mojaba la punta de un lápiz en los labios, preguntó:
--¿Su gracia de usted?
--Yo soy el doctor Pértinax, autor del libro estereotipado en su vigésima edición, que se intitula _Filosofía última_...
San Pedro, que no era listo de mano, sólo había escrito á todo esto Pértinax...
--Bien: ¿Pértinax de qué?
--¿Cómo de qué? ¡Ah! sí; querrá usted decir ¿de dónde? así como se dice: Tales de Mileto, Parménides de Elea... Michelet de Berlín...
--Justo, Quijote de la Mancha...
--Escriba usted: Pértinax de Torrelodones. Y ahora, ¿podré saber qué farsa es ésta?
--¿Cómo farsa?
--Sí, señor; yo soy víctima de una burla; esto es una comedia; mis enemigos, los de mi oficio, ayudados con los recursos de la industria, con efectos de teatro, exaltando mi imaginación con algún brebaje, han preparado todo esto, sin duda; pero no les valdrá el engaño: sobre todas estas apariencias está mi razón; mi razón, que protesta con voz potente contra y sobre toda esta farándula; pero no valen carátulas ni relumbrones; que á mí no se me vence con tan grosero ardid, y digo lo que siempre dije y tengo consignado en la página 315 de la _Filosofía última_..., nota b de la subnota _alfa_, á saber: que después de la muerte no debe subsistir el engaño del aparecer, y es hora de que cese el concupiscente querer vivir, _Nolite vivere_, que es sólo cadena de sombras engarzada en deseos, etc., etc. Conque así, una de dos: ó yo me he muerto, ó no me he muerto; si me he muerto, no es posible que yo sea yo, como hace media hora, que vivía; y todo esto que delante tengo, como sólo puede ser ante mí, en la representación no es, porque yo no soy; pero si no me he muerto, y sigo siendo yo, éste que fuí y soy, es claro que esto que tengo delante, aunque existe en mí como representación, no es lo que mis enemigos quieren que yo crea, sino una farsa indigna tramada para asustarme, pero en vano, porque ¡vive Dios!...
Y juró el filósofo como un carretero. Y no fué lo peor que jurase, sino que ponía el grito en el cielo, y los que en él estaban comenzaron á despertarse al estrépito, y ya bajaban algunos bienaventurados por las escalonadas nubes, teñidas, cuál de gualda, cuál otra de azul marino.
Entretanto San Pedro se apretaba los ijares con entrambas manos, por no descoyuntarse con la risa, que le sofocaba. Más se irritaba Pértinax con la risa del Santo, y éste hubo de suspenderla para aplacarle, si podía, con tales palabras:
--Señor mío, ni aquí hay farsa que valga, ni se trata de engañar á usted, sino de darle el cielo, que, por lo visto, ha merecido por buenas obras, que yo ignoro; como quiera que sea, tranquilícese y suba, que ya la gente de casa bulle por allá dentro y habrá quien le conduzca donde todo se lo expliquen á su gusto, para que no le quede sombra de duda, que todas se acaban en esta región, donde lo que menos brilla es este sol que estoy limpiando.
--No digo yo que usted quiera engañarme, pues me parece hombre de bien; otros serán los farsantes, y usted sólo un instrumento sin conciencia de lo que hace.
--Yo soy San Pedro...
--Á usted le habrán persuadido de que lo es; pero eso no prueba que usted lo sea.
--Caballero, llevo más de 1.800 años en la portería...
--Aprensión, prejuicio...
--¡Qué prejuicio ni qué calabaza!--grita el Santo ya incomodado un tantico--; San Pedro soy, y usted un sabio como todos los que de allá nos vienen, tonto de capirote y con muchos humos en la cabeza... La culpa la tiene quien yo me sé, que no se va más despacio en el admitir gente de pluma donde bendita la falta que hace. Y bien dice San Ignacio...
Á la sazón aparecióse en el portal la majestuosa figura de un venerable anciano, vestido de amplia y blanquísima túnica, el cual, mirando con dulces ojos al _filósofo colérico_, le dijo, mientras cogía sus flacas manos, con las que él tenía de luz, ó, por lo menos, de algo muy tenue y esplendoroso:
--Pértinax, yo soy el solitario de Patmos; ven conmigo á la presencia del Señor, tus pecados te han sido perdonados y tus méritos te levantaron, como alas, de la tierra triste y llegaste al cielo, y verás al Hijo á la diestra del Padre... El Verbo que se hizo carne.
--Habitó entre nosotros, ya sé la historia; pero señor San Juan, digo y repito que esto es indigno, que reconozco la habilidad de los escenógrafos; pero la farsa, buena para alucinar á un espíritu vulgar, no sirve contra el autor de la _Filosofía última_.--Y el pobre filósofo escupía espuma de puro rabiado.
El portal estaba lleno de ángeles y querubines, tronos y dominaciones, santos y santas, beatas y beatos y bienaventurados rasos. Hacían coro alrededor del extranjero y escuchaban con sonrisa... de bienaventurados, la sabrosa plática que tenían ya entablada el autor del _Apocalipsis_ y el de la _Filosofía última_. Como San Juan se explicara en términos un tanto metafísicos, fué apaciguándose poco á poco el furioso pensador, y con el interés de la polémica llegó á olvidar la que él llamaba farsa indigna.
Entre los del coro había dos que se miraban de reojo, como animándose mutuamente á echar su cuarto á espadas. Eran Santo Tomás y Hegel, que por distintas razones veían con disgusto en el cielo al autor de la _Filosofía última_, obra detestable en su dictamen, esta vez de acuerdo. Por fin, Santo Tomás, terciando el manteo, interrumpió al filósofo intruso, gritando sin poder contenerse:
_¡Nego suppositum!_
Volvióse el doctor Pértinax con altiva dignidad para contestar como se merecía al Doctor Angélico, el cual, después de haberle negado el supuesto, se preparaba á anonadarle bajo la fuerza de la _Summa teológica_ que al efecto hizo traer de la biblioteca celestial. Diógenes el Cínico, que andaba por allí, puesto que se había salvado por los buenos chascarrillos que supo contar en vida, no por otra cosa, Diógenes opinó que la mejor manera de sacar de sus errores al doctor Pértinax era enseñarle todo el cielo, desde la bodega hasta el desván. Á esto, Santo Tomás apóstol, dijo:--Perfectamente; eso es, ver y creer. Pero su tocayo, el de Aquino, no se dió á partido; insistió en demostrar que la mejor manera de vencer los paralogismos de aquel filósofo era recurrir á la _Summa_. Y dicho y hecho; ya llegaba con cuatro tomos como casas sobre las robustas espaldas una especie de mozo de cordel muy guapo que llamaban por allí Alejandrito, y era efectivamente Alejandro Pidal y Mon, tomista de tomo y lomo que estaba en el cielo de temporada y en calidad de corresponsal. Abrió Santo Tomás la _Summa_ con mucha prosopopeya, y la primer _q_ con que topó vínole como pedrada en ojo de boticario. Ya el Santo había juntado el dedo índice con el pulgar en forma de anteojo, y comenzaba á balbucir latines cuando Pértinax gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
--¡Callen todas las Escolásticas del mundo donde esté mi _Filosofía última_! En ella queda demostrado...
--Oiga usted, señor filósofo, interrumpió Santa Escolástica, que era una señora muy sabida; yo no quiero callar, ni es usted quién para venir aquí con esos aires de taco, y lo que yo digo es que ya no hay clases, y que aquí entra todo el mundo.
--Señora, exclamó el Santo Job, haciendo una reverencia con una teja que llevaba en la mano y usaba á guisa de cepillo--; señora, sea todo por Dios, y dejemos que entre el que lo merezca, que todos cabemos. Yo creo que mi amigo Diógenes dice bien; este caballero se convencerá de que ha vivido en un error si se le hace ver el Universo y la corte celestial tal como son efectivamente; esto no es desairar á Santo Tomás, mi buen amigo, Dios me libre de ello; pero en fin, por mucho que valga la _Summa_, más vale el gran libro de la Naturaleza, como dicen en la tierra; más vale la suma de maravillas que el Señor ha creado, y así, salvo mejor parecer, propongo que se nombre una comisión de nuestro seno que acompañe al doctor Pértinax y le vaya haciendo ver la fábrica de la inmensa arquitectura, como dijo Lope de Vega, á quien siento no ver entre nosotros.
Grandísimo era el respeto que á todos los santos y santas merecía el Santo Job, y así, aunque otra le quedaba, el de Aquino tuvo que dar su brazo á torcer, y Pidal volvió con la _Summa_ á la biblioteca. Procedióse á votación nominal, en la que se empleó mucho tiempo, por haber acudido al portalón del cielo más de medio martirologio, y resultaron elegidos de la comisión los señores siguientes: el Santo Job, por aclamación; Diógenes, por mayoría, y Santo Tomás apóstol, por mayoría. Tuvieron votos: Santo Tomás de Aquino, Scoto y Espartero.
El doctor Pértinax accedió á las súplicas de la comisión y consintió en recorrer todas aquellas decoraciones de magia que le podrían meter por los ojos, decía él, pero no por el espíritu.
--Hombre, no sea usted pesado--le decía Santo Tomás, mientras le cosía unas alas en las clavículas para que pudiese acompañarles en el viaje que iban á emprender. Aquí me tiene usted á mí, que me resistía á creer en la Resurrección del Maestro; vi, toqué y creí; usted hará lo mismo...
--Caballero, replicó Pértinax--, usted vivía en tiempos muy diferentes; estaban ustedes entonces en la edad teológica, como dice Comte, y yo he pasado ya todas esas edades y he vivido del lado de acá de la _Crítica de la razón pura y de la Filosofía última_, de modo que no creo nada, ni en la madre que me parió; no creo más que en esto: en cuanto me sé de saberme, soy conscio, pero sin caer en el prejuicio de confundir la representación con la esencia, que es inasequible, esto es, fuera de, como conscio, quedando todo lo que de mí (y conmigo todo), sé, en saber que se representa todo (y yo como todo) en puro aparecer, cuya realidad sólo se inquieta el sujeto por conocer por nueva representación volitiva y afectiva, representación dañosa por irracional y pecado original de la caída, pues deshecha esta apariencia del deseo, nada queda que explorar, ya que ni la voluntad del saber queda.
Sólo el Santo Job oyó la última palabra del discurso, y rascándose con la teja la pelada coronilla, respondió:
--La verdad es que son ustedes el diablo para discurrir disparates, y no se ofenda usted, porque con esas cosas que tiene metidas en la cabeza ó en la representación, como usted quiere, va á costar sudores hacerle ver la realidad tal como es.
--¡Andando, andando!--gritó Diógenes en esto--á mí me negaban los sofistas el movimiento, y ya saben ustedes cómo se lo demostré: ¡andando, andando!
Y emprendieron el vuelo por el espacio sin fin. ¿Sin fin? Así lo creía Pértinax, que dijo:--¿Piensan ustedes hacerme ver todo el Universo?
--Sí, señor--respondió Santo Tomás apóstol (único Santo Tomás de que hablaremos en adelante)--, eso pronto se ve.
--¡Pero hombre, si el Universo (en el aparecer, por supuesto) es infinito! ¿Cómo conciben ustedes el límite del espacio?
--Lo que es concebirlo, mal; pero verlo, todos los días lo ve Aristóteles, que se da unos paseos atroces con sus discípulos, y por cierto que se queja de que primero se acaba el espacio para pasear que las disputas de sus peripatéticos.
--Pero ¿cómo puede ser que el espacio tenga fin? Si hay límite, tiene que ser la nada; pero la nada, como no es, nada puede limitar, porque lo que limita es, y es algo distinto del ser limitado.
El santo Job, que ya se iba impacientando, le cortó la palabra con éstas:
--¡Bueno, bueno, conversación! Más le vale á usted bajar la cabeza para no tropezar con el techo, que hemos llegado á ese límite del espacio que no se concibe, y si usted da un paso más, se rompe la cabeza contra esa nada que niega.
Efectivamente; Pértinax notó que no había más allá; quiso seguir, y se hizo un chichón en la cabeza.