Doctor Sutilis (Cuentos)

Part 2

Chapter 23,981 wordsPublic domain

La biblioteca de don Eufrasio era una habitación abrigada, tan herméticamente cerrada á todo airecillo indiscreto por lo colado, que no había recuerdo de que jamás allí se hubiera tosido ni hecho manifestación alguna de las que anuncian constipado; don Eufrasio no quería constiparse, porque su propia tos le hubiera distraído de sus profundas meditaciones. Era, en fin, aquélla una habitación en que bien podría cocer pan un panadero, como dice Campoamor. Junto á la mesa escritorio estaba un brasero todo ascuas, y al extremo de la sala, en una chimenea de construcción anticuada, ardían troncos de encina, que se quejaban al quemarse. Mullida alfombra cubría el pavimento; cortinones de tela pesada colgaban en los huecos, y no había rendija sin tapar, ni por lado alguno pretexto para que el aire frío del exterior penetrase atropelladamente, sino por sus pasos contados y bajo la palabra de ir calentándose poco á poco.

Largo rato pasé gozando de aquel agradable calorcillo, que yo juzgaba tan ajeno á la ciencia, siempre tenida por fría y casi helada. Creíame solo, porque de ratones no había que hablar en casa de Macrocéfalo, químico excelente, especie de Borgia de los mures. Yo callaba, y los libros también; pues aunque me decían muchas cosas con lo que tenían escrito sobre el lomo, decíanlo sin hacer ruido; y sólo allá en la chimenea alborotaban todo lo que podían, que no era mucho, porque iban ya de vencida, los abrasados troncos.

En vez de evacuar las citas que llevaba apuntadas, arrellanéme en una mecedora, cerca del brasero, y en dulce somnolencia dejé á la perezosa fantasía vagar á su antojo, llevando el pensamiento por donde ella fuere. Pero la fantasía se quejaba de que le faltaba espacio entre aquellas paredes de sabiduría, que no podía romper, como si fuesen de piedra. ¿Cómo atravesar con holgura aquellos tomos que sabían todo lo que Platón dijo, y que gritaban aquí ¡Leibnitz! más allá ¡Descartes! ¡San Agustín! ¡Enciclopedia! ¡Sistema del mundo! ¡Crítica de la razón pura! _¡Novum organum!_ Todo el mundo de la inteligencia se interponía entre mi pobre imaginación y el libre ambiente. No podía volar. ¡Ea!--le dije--; busca materia para tus locuras dentro del estrecho recinto en que te ve encerrada. Estás en la casa de un sabio; este silencio ¿nada te dice? ¿No hay aquí algo que hable del misterioso vivir del filósofo? ¿No quedó en el aire, perceptible á tus ojos, algún rastro que sea indicio de los pensamientos de don Eufrasio, ó de sus pesares, ó de sus esperanzas, ó de sus pasiones, que tal vez, con saber tanto, Macrocéfalo las tenga? Nada respondió mi fantasía; pero en aquel instante oí á mi espalda un zumbido muy débil y de muy extraña naturaleza: parecía en algo el zumbido de una mosca, y en algo parecía el rumor de palabras que sonaban lejos, muy apagadas y confusas.

Entonces dijo la fantasía: “¿Oyes? ¡Aquí está el misterio! Ese rumor es de un espíritu acaso; acaso va á hablar el genio de don Eufrasio, algún demonio, en el buen sentido de la palabra, que Macrocéfalo tendrá metido en algún frasco.” Sobre la pantalla de transparentes que casi tapaba por completo el quinqué colocado sobre la mesa, que yo tenía muy cerca, se vino á posar una mosca de muy triste aspecto, porque tenía las alas sucias, caídas y algo rotas, el cuerpo muy delgado y de color... de ala de mosca, faltábale alguna de las extremidades, y parecía, al andar sobre la pantalla, baldada y canija. Repitióse el zumbido, y esta vez ya sonaba más á palabras; la mosca decía algo, aunque no podía yo distinguir lo que decía. Acerqué más á la mesa la mecedora, y aplicando el oído al borde de la pantalla, oí que la mosca, sin esquivar mi indiscreta presencia, decía con muy bien entonada voz, que para sí quisieran muchos actores de fama:

_--Sucedió en la suprema monarquía de la Mosquea, un rey que, aunque valiente, la suma de riquezas que tenía su pecho afeminaron fácilmente._

--¿Quién anda ahí? _¿Hospes, quis es?_--gritó la mosquita estremecida, interrumpiendo el canto de Villaviciosa, que tan entusiasmada estaba declamando; y fué que sintió como estrépito horrísono el ligero roce de mis barbas con la pantalla en que ella se paseaba con toda la majestad que le consentía la cojera.--Dispense usted, caballero, continuó reportándose, me ha dado usted un buen susto; soy nerviosa, sumamente nerviosa, y además soy miope y distraída, por todo lo cual no había notado su presencia.

Yo estaba perplejo; no sabía qué tratamiento dar á aquella mosca que hablaba con tanta corrección y propiedad, y recitaba versos clásicos.

--Usted es quien ha de dispensar--dije al fin, saludando cortésmente--: yo ignoraba que hubiese en el mundo dípteros capaces de expresarse con tanta claridad y de aprender de memoria poemas que no han leído muchos literatos primates.

Yo soy políglota, caballero; si usted quiere, le recito en griego la _Batracomiomaquia_, lo mismo que le recitaría toda la _Mosquea_. Éstos son mis poemas favoritos; para usted son poemas burlescos, para mí son epopeyas grandiosas, porque un ratón y una rana son á mis ojos verdaderos gigantes cuyas batallas asombran y no pueden tomarse á risa. Yo leo la _Batracomiomaquia_ como Alejandro leía _La Ilíada_...

_Arjómenos proton Mouson yoron ex Heliconos..._

¡Ay! Ahora me consagro á esta amena literatura, que refresca la imaginación, porque harto he cultivado las ciencias exactas y naturales, que secan toda fuente de poesía; harto he vivido entre el polvo de los pergaminos, descifrando caracteres rúnicos, cuneiformes, signos hieráticos, jeroglíficos, etc.; harto he pensado y sufrido con el desengaño que engendra siempre la filosofía; pasé mi juventud buscando la verdad, y ahora, que lo mejor de la vida se acaba, busco afanosa cualquier mentira agradable que me sirva de Leteo para olvidar las verdades que sé.

Permítame usted, caballero, que siga hablando sin dejarle á usted meter baza, porque ésta es la costumbre de todos los sabios del mundo, sean moscas ó mosquitos. Yo nací en no sé qué rincón de esta biblioteca; mis próximos ascendientes y otros de la tribu volaron muy lejos de aquí, en cuanto llegó la amable primavera de las moscas y en cuanto vieron una ventana abierta; yo no pude seguir á los míos, porque don Eufrasio me cogió un día que, con otros mosquitos inexpertos, le estaba yo sorbiendo el seso que por la espaciosa calva sudaba el pobre señor; guardóme debajo de una copa de cristal, y allí viví días y días, los mejores de mi infancia. Servíle en numerosos experimentos científicos; pero como el resultado de ellos no fuera satisfactorio, porque demostraba todo lo contrario de lo que Macrocéfalo quería probar, que era la teoría cartesiana, que considera como máquinas á los animales, el pobre sabio quiso matarme, cegado por el orgullo, tan mal herido en aquella lucha con la realidad.

Pero en la misma filosofía que iba á ser causa de mi muerte hallé la salvación, porque en el momento de prepararme el suplicio, que era un alfiler que debía atravesarme las entrañas, don Eufrasio se rascó la cabeza, señal de que dudaba, en efecto, si tenía ó no tenía derecho para matarme. Ante todo, ¿es legítima á los ojos de la razón la pena de muerte? Y dado que no lo sea, ¿los animales tienen derecho? Esto le llevó á pensar lo que sería el derecho, y vió que era propiedad; pero, ¿propiedad de qué? Y de cuestión en cuestión, don Eufrasio llegó al _punto de partida_ necesario para dar un solo paso en firme. Todo esto le ocupó muchos meses, que fueron dilatando el plazo de mi muerte. Por fin, analíticamente, Macrocéfalo llegó á considerar que era derecho suyo el quitarme de en medio; pero como le faltaba el rabo por desollar, ó sea la sintética que hace falta para conocer el fundamento, el porqué, don Eufrasio no se decidió á matarme por ahora, y está esperando el día en que llegue al primer principio, y desde allí descienda por todo el sistema real de la ciencia, para acabar conmigo sin mengua del imperativo categórico. Entretanto fué, sin conocerlo, tomándome cariño, y al fin me dió la libertad relativa de volar por esta habitación; aquí el aire caliente me guarda de los furores del invierno, y vivo, y vivo, mientras mis compañeras habrán muerto por esos mundos, víctimas del frío que debe hacer por ahí fuera. ¡Mas, con todo, yo envidio su suerte! Medir la vida por el tiempo, ¡qué necedad! La vida no tiene otra medida que el placer, la pasión desenfrenada, los accidentes infinitos que vienen sin que se sepa ni cómo ni por qué, la incertidumbre de todas las horas, el peligro de cada momento, la variedad de las impresiones siempre intensas. ¡Ésa es la vida verdadera!

Calló la mosca para lanzar profundo suspiro, y yo aproveché la ocasión, y dije:

--Todo eso está muy bien; pero todavía no me ha dicho usted cómo se las compone para hablar mejor que algunos literatos...

--Un día, continuó la mosca, leyó don Eufrasio en la _Revista de Westminster_ que dentro de mil años, acaso, los perros hablarían, y, preocupado con esta idea, se empeñó en demostrar lo contrario; compró un perro, un podenco, y aquí, en mi presencia, comenzó á darle lecciones de lenguaje hablado; el perro, quizá porque era podenco, no pudo aprender; pero yo, en cambio, fuí recogiendo todas las enseñanzas que él perdía, y una noche, posándome en la calva de don Eufrasio, le dije:

--Buenas noches, maestro, no sea usted animal; los animales sí pueden hablar, siempre que tengan regular disposición; los que no hablan son los podencos y los hombres que lo parecen.

Don Eufrasio se puso furioso conmigo. Otra vez había echado por tierra sus teorías; pero yo no tenía la culpa. Procuré tranquilizarle, y al fin creí que me perdonaba el delito de contradecir todas sus doctrinas, cumpliendo las leyes de mi naturaleza. Perdido por uno, perdido por ciento uno, se dijo don Eufrasio, y accedió á mi deseo de que me enseñara lenguas sabias y á leer y escribir. En poco tiempo supe yo tanto chino y sánscrito como cualquier sabio español; leí todos los libros de la biblioteca, pues para leer me bastaba pasearme por encima de las letras, y en punto á escribir, seguí el sistema nuevo de hacerlo con los pies; ya escribo regulares patas de mosca.

Yo creía al principio, ¡incauta!, que Macrocéfalo había olvidado sus rencores; mas hoy comprendo que me hizo sabia para mi martirio. ¡Bien supo lo que hacía!

Ni él ni yo somos felices. Tarde los dos echamos de menos el placer, y daríamos todo lo que sabemos por una aventurilla, de un estudiante él; yo, de un mosquito.

¡Ay! Una tarde--prosiguió la mosca--me dijo el tirano: Ea, hoy sales á paseo.

Y me llevó consigo.

Yo iba loca de contenta. ¡El aire libre! ¡El espacio sin fin! Toda aquella inmensidad azul me parecía poco trecho para volar. “No vayas lejos”, me advirtió el sabio cuando me vió apartarme de su lado. ¡Yo tenía el propósito de huir, de huir por siempre! Llegamos al campo. Don Eufrasio se tendió sobre el césped, sacó un pastel y otras golosinas, y se puso á merendar como un ignorante. Después se quedó dormido. Yo, con un poco de miedo á aquella soledad, me planté sobre la nariz del sabio, como en una atalaya, dispuesta á meterme en la boca entreabierta á la menor señal de peligro. Había vuelto el verano, y el calor era sofocante. Los restos del festín estaban por el suelo, y al olor apetitoso acudieron bien pronto numerosos insectos de muchos géneros, que yo teóricamente conocía por la zoología que había estudiado. Después llegó el bando zumbón de los moscones y de las moscas, mis hermanas. ¡Ay! En vez de la alegría que yo esperaba tener al verlas, sentí pavor y envidia; los moscones me asustaban con sus gigantescos corpanchones y sus zumbidos rimbombantes; las moscas me encantaban con la gracia de sus movimientos, con el brillo de sus alas; pero al comprender que mi figura raquítica era objeto de sus burlas, al ver que me miraban con desprecio, yo, mosca macho, sentí la mayor amargura de la vida.

El sabio es el más capaz de amar á la mujer, pero la mujer es incapaz de estimar al sabio. Lo que digo de la mujer es también aplicable á las moscas. ¡Qué envidia, qué envidia sentí al contemplar los fecundos juegos aéreos de aquellas coquetas enlutadas, todas con mantilla, que huían de sus respectivos amantes, todos más gallardos que yo, para tener el placer, y darlo, de encontrarse á lo mejor en el aire y caer juntos á la tierra en apretado abrazo!

Volvió á callar la mosca infeliz; temblaron sus alas rotas; y continuó tras larga pausa:

_--Nessun maggior dolore Che ricordasi del témpo felice Nella miseria..._

Mientras yo devoraba la envidia y la vergüenza de tenerla y sentir miedo, una mosca, un ángel diré mejor, abatió el vuelo y se posó á mi lado, sobre la nariz aguileña del sabio. Era hermosa como la Venus negra, y en sus alas tenía todos los colores de iris; verde y dorado era su cuerpo airoso; las extremidades eran robustas, bien modeladas, y de movimientos tan seductores, que equivalían á los seis pies de las Gracias aquellas patas de la mosca gentil. Sobre la nariz de don Eufrasio, la hermosa aparecida se me antojaba Safo en el salto de Léucade. Yo, inmóvil, la contemplé sin decir nada. ¿Con qué lenguaje se hablaría á aquella diosa? Yo lo ignoraba. ¡Saber tantos idiomas, de qué me servía, no sabiendo el del amor! La mosca dorada se acercó á mí, anduvo alrededor, por fin se detuvo enfrente, casi tocando en mi cabeza con su cabeza. ¡Ya no vi más que sus ojos! Allí estaba todo el universo. _Kalé_, dije en griego, creyendo que era aquella lengua la más digna de la diosa de las alas de verde y oro. La mosca me entendió, no porque entendiera el griego, sino porque leyó el amor en mis ojos.

--Ven--me respondió hablando en el lenguaje de mi madre--: ven al festín de las migajas, serás tú mi pareja; yo soy la más hermosa y á ti te escojo, porque el amor para mí es capricho; no sé amar, sólo sé agradecer que me amen: ven y volaremos juntos; yo fingiré que huyo de ti...--Sí, como Galatea, ya sé, dije neciamente.--Yo no entiendo de Galateos, pero te advierto que no hables en latín; vuela en pos de mis alas, y en los aires encontrarás mis besos... Como las velas de púrpura se extendían sobre las aguas jónicas de color de vino tinto, que dijo Homero, así extendió sus alas aquella hechicera, y se fué por el aire zumbando: _¡Ven, ven!_... Quise seguirla, mas no pude. El amor me había hecho vivir siglos en un minuto; no tuve fuerzas, y en vez de volar, caí en la sima, en las fauces de don Eufrasio, que despertó despavorido, me sacó como pudo de la boca, y no me dió muerte porque aún no había llegado á la metafísica sintética.

II

La mosca de mi cuento

Tras nueva pausa prosiguió llorando: ¡Cuánta afrenta y dolor el alma mía halló dentro de sí, la luz mirando que brilló, como siempre, al otro día!

Sí, volvimos á casa, porque yo no tenía fuerzas para volar ni deseo ya de escaparme. ¿Cómo? ¿Para qué? Mi primera visita al mundo de las moscas me había traído, “con el primer placer, el desengaño” (dispense usted si se me escapan muchos versos en medio de la prosa: es una costumbre que me ha quedado de cuando yo dedicaba suspirillos germánicos á la mosca de mis sueños). Como el _joven enfermo_ de Chénier, yo volví herida de amor á esta cárcel lúgubre y sin más anhelo que ocultarme y saborear á solas aquella pasión que era imposible satisfacer; porque primero me moriría de vergüenza que ver otra vez á la mosca verde y dorada que me convidó al festín de las migajas y á los juegos locos del aire. Un enamorado que se ve en ridículo á los ojos de la mosca amada, es el más desgraciado mortal, y daría de fijo la salvación por ser en aquel momento, ó grande como Dios, ó pequeño como un infusorio. De vuelta á nuestra biblioteca, don Eufrasio me preguntó con sorna: “¿Qué tal, te has divertido?” Yo le contesté mordiéndole en un párpado: se puso colérico. “¡Máteme usted!” le dije.--“¡Oh! ¡Así pudiera! pero no puedo; el sistema no está completo; _subjetivamente_ podría matarte; pero falta el fundamento, falta la síntesis”.

¡Qué ridículo me pareció desde aquel día Macrocéfalo! ¡Esperar la síntesis para matar, cuando yo hubiera matado á todas las moscas machos y á todos los moscones del mundo que me hubiesen disputado el amor, á que yo no aspiraba, de la mosca de oro! Más que el deseo de verla, pudo en mí el terror que me causaba el ridículo, y no quise volver á la calle ni al campo. Quise apagar el sentimiento y dejar el amor en la fantasía. Desde entonces fueron mis lecturas favoritas las leyendas y poemas en que se cuentan hazañas de héroes hermosos y valientes: la Batracomiomaquia, la Gatomaquia, y sobre todo, la Mosquea, me hacían llorar de entusiasmo. ¡Oh, quién hubiera sido Marramaquiz, aquel gato romano que, atropellando por todo, calderas de fregar inclusive, buscaba á Zapaquilda por tejados, guardillas y desvanes! Y aquel rey de la Mosquea, Salomón en amores, ¡qué envidia me daba! ¡Qué de aventuras no fraguaría yo en la mente loca, en la exaltación del amor comprimido! Dime á pensar que era un Reinaldos ó un Sigfrido ó cualquier otro personaje de leyenda, y discurrí la traza de recorrer el mundo entero del siguiente modo: pedirle á don Eufrasio que pusiera á mi disposición los magníficos atlas que tenía, donde la tierra, pintada de brillantísimos colores en mapas de gran tamaño, se extendía á mis ojos en dilatados horizontes. Con el fingimiento de aprender geografía pude á mis anchas pasearme por todo el mundo, mosca andante en busca de aventuras. Híceme una armadura de una pluma de acero rota, un yelmo dorado con restos de una tapa de un tintero; fué mi lanza un alfiler, y así recorrí tierras y mares, atravesando ríos, cordilleras, y sin detenerme al dar con el océano, como el musulmán se detuvo.

Los nombres de la geografía moderna parecíanme prosaicos, y preferí para mis viajes las cartas de la geografía antigua, mitad fantástica, mitad verdadera: era el mundo para mí según lo concebía Homero, y por el mapa que esta creencia representaba, era por donde yo de ordinario paseaba mis aventuras: iba con los dioses á celebrar las bodas de Tetis al océano, un río que daba vuelta á la tierra; subía á las regiones hiperbóreas, donde yo tenía al cuidado de honradísima dueña, en un castillo encerrada, á mi mosca de oro. Cazaba los insectos menudos que solían recorrer las hojas del atlas y se los llevaba prisioneros de guerra á mi mosca adorada, allá á las regiones fabulosas.

--Éste--le decía--fué por mí vencido, sobre el empinado Cáucaso, y aún en sus cumbres corre en torrentes la sangre del mosquito que á tus pies se postra, malferido por la poderosa lanza á que tú prestas fuerza, ¡oh mosca mía! con dársela á mi brazo por conducto del alma que te adora y vive de tu recuerdo.--Todas estas locuras, y aun infinitas más, hacía yo y decía, mientras pensaba don Eufrasio que estudiaba á Estrabón y Ptolomeo.--La novela en Grecia empezó por la geografía; fueron viajeros los primeros novelistas, y yo también me consagré en cuerpo y alma á la novela geográfica. Aunque el placer del fantasear no es intenso, tiene una singular voluptuosidad, que en ningún otro placer se encuentra, y puedo jurar á usted que aquellos meses que pasé entregado á mis viajes imaginarios, paseándome por el atlas de don Eufrasio, son los que guardo como dulces recuerdos, porque en ellos, el alivio que sentí á mis dolores lo debí á mis propias facultades.

Poetizar la vida con elementos puramente interiores, propios, éste es el único consuelo para las miserias del mundo: no es gran consuelo, pero es el único.

Un día don Eufrasio puso encima de la mesa un libro de gran tamaño, de lujo excepcional. Era un regalo de Año Nuevo, era un tratado de Entomología, según decían las letras góticas doradas de la cubierta. El canto del grueso volumen parecía un espejo de oro. Volé y anduve hora tras hora alrededor de aquel magnífico monumento, historia de nuestro pueblo en todos sus géneros y especies. El corazón me decía que había allí algo maravilloso, regalo de la fantasía. Pero yo por mis propias fuerzas no podía abrir el libro. Al fin don Eufrasio vino en mi ayuda: levantó la pesada tapa y me dejó á mis anchas recorrer aquel paraíso fantástico, museo de todos los portentos, iconoteca de insectos, donde se ostentaban en tamaño natural, pintados con todos los brillantes colores con que los pintó Naturaleza, la turbamulta de flores aladas, que son para el hombre insectos, para mí ángeles, ninfas, dríadas, genios de lagos y arroyos, fuentes y bosques. Recorrí ansiosa, embriagada con tanta luz y tantos colores, aquellas soberbias láminas, donde la fantasía veía á montones argumentos para mil poemas: el corazón me decía “más allá”; esperaba ver algo que excediera á toda aquella orgía de tintas vivas, dulces ó brillantes. ¡Llegué por fin al tratado de las moscas! El autor les había consagrado toda la atención y esmero que merecen: muchas páginas hablaban de su forma, vida y costumbres; muchas láminas presentaban figuras de todas las clases y familias.

Vi y admiré la hermosura de todas las especies, pero yo buscaba ansiosa, sin confesármelo á mí misma, una imagen conocida: ¡al fin! en medio de una lámina, reluciendo más que todas sus compañeras, estaba ella, la mosca verde y dorada, tal como yo la vi un día sobre la nariz de D. Eufrasio, y desde entonces á todas las horas del día y de la noche dentro de mí. Estaba allí, saltando del papel, grave, inmóvil, como muerta, pero con todos los reflejos que el sol tenía al besar con sus rayos las alas de sutil encaje. El amante que haya robado alguna vez un retrato de su amada desdeñosa, y que á solas haya saciado en él su pasión comprimida, adivinará los excesos á que me arrojé, perdida la razón, al ver en mi poder aquella imagen, fiel exactísima, de la mosca de oro. Mas no crea usted, si no entiende de esto, que fué de pronto el atreverme á acercarme á ella; no, al principio turbéme y retrocedí como hubiera hecho á su presencia real. Un amante grosero no respeta la castidad de la materia, de la forma; para mí no sólo el alma de la mosca era sagrada: también su figura, su sombra misma, hasta su recuerdo. Para atreverme á besar el castísimo bulto tuve que recurrir á mi eterno novelar; en mis diálogos imaginarios ya estaba yo familiarizado con mi felicidad de amante correspondido; y así, como si no fuese nuevo el encanto de tener aquella esplendorosa beldad dócil y fiel al anhelante mirar de mis ojos, sin apartarse de ellos, como quien sigue un deliquio de amor, acerquéme, tras una lucha tenaz con el miedo, y dije á la mosca pintada: “Estoy, señora, tan acostumbrado á que todo sea en mi amor desdichas, que al veros tan cerca de mí y que no huís al verme, no avanzo de miedo de deshacer este encanto, que es teneros tan cerca; tantas espinas me punzaron el corazón, señora, que tengo miedo á las flores; si hay engaño, sépalo yo después del primer beso, porque, al fin, ello ha de ser que todo acabe en daño mío”. No contestó la mosca, ni yo lo necesitaba; mas yo, en vez de ella, díjeme tantas ternuras, tan bien me convencí de que la mosca de oro sabía despreciar el vano atavío de la hermosura aparente y conocer y sentir la belleza del espíritu, que al cabo, con todo el valor y la fe que el amante necesita para no ser desairado ó desabrido en sus caricias, lancéme sobre la imagen de ricos colores y de líneas graciosas, y en besos y abrazos consumí la mitad de mi vida en pocos minutos.