Doctor Sutilis (Cuentos)

Part 18

Chapter 183,520 wordsPublic domain

Y Reyes se detuvo ante los resplandores de las cucharas junto al escaparate de Meneses. Como si obedeciera á una sugestión, clavaba los ojos sin poder remediarlo en aquellos reflejos de blancura. No había motivo para dar un paso adelante ni para darlo hacia atrás, y se estuvo quieto ante la luz. No sabía adónde ir: ahora se le ocurría recordar que no tenía plan para aquella noche: un cuarto de hora antes hubiera jurado que le faltaría tiempo para todo lo que debía hacer antes de acostarse, para lo mucho que iba á divertirse..., y resultaba que no había tal cosa; que no tenía plan, que no había pensado nada, que no tenía dónde pasar el rato, para olvidar aquellas necedades que se le clavaban en la cabeza. ¿Por qué no estaba ya contento? ¿Por qué aquel optimismo, que casi como un zumbido agradable de oídos, ó mejor como una sinfonía, le había acompañado por la calle de Alcalá arriba, ahora se había convertido en _spleen_ mortal? “Hablemos claro: ¿le tengo yo envidia á Rejoncillo?” Y Antonio sonrió de tal modo, que cualquier transeúnte hubiera podido creer que se estaba burlando de la plata Meneses. “¡Envidia á Rejoncillo!” El pensamiento le pareció tan ridículo, la reacción del orgullo fué tan fuerte que, como si todas aquellas pasiones que le tenían parado en la acera se hubiesen convertido en descarga eléctrica, dió Antonio media vuelta automática, echó á andar hacia la Carrera de San Jerónimo, descendió por ésta, atravesó la Puerta del Sol, tomó por la calle de la Montera arriba y entró en el Ateneo.

Se vió, sin saber cómo, en aquellos pasillos tristes y obscuros, llenos de humo: allí el calor parecía una pasta pesada que flotaba en el aire, y que se tragaba y se pegaba al estómago. Sin saber cómo tampoco, sin darse cuenta de que la voluntad interviniese en sus movimientos, llegó al salón de periódicos, se fué hacia el extremo de la mesa, y se sentó decidido á no mirar más que papeles extranjeros, por lo menos coloniales, que de fijo no hablarían de la subsecretaría de Rejoncillo. Á él mismo le parecía mentira verse repasando las columnas de una colección de _Diarios de la Marina_.

Después tomó _Le Journal de Petersbourg_..., que estaba cerca. Allí se hablaba, en una correspondencia de París, de las últimas poesías de un escritor francés á quien trataba él. Esta consideración fué un ligero tónico. Reyes fué acercándose á los periódicos españoles; desde la mitad de la mesa comenzaban á verse acá y allá ejemplares borrosos de _La Correspondencia_; tenían algo de pastel de aceite apestoso acabado de salir del horno. No pudo menos; hizo lo que todos los presentes: cogió _La Correspondencia_. En la segunda plana, en medio de la tercera columna, estaba la noticia, poco más ó menos como él la había visto sobre las losas húmedas y brillantes de la calle de Sevilla. Allí estaban Augusto Rejoncillo y su subsecretaría; era, efectivamente, la de Ultramar. Era un hecho el nombramiento; nada de reclamo, no; un hecho: se había firmado el decreto.

“¡Qué país!”--se puso á pensar Reyes, sin darse cuenta de ello; él, que hacía alarde desde muy antiguo de despreciar el país absolutamente y no acordarse de él para nada.--“¡Qué país!” “Todo está perdido; pero ¡esto es demasiado! Esto da náuseas. ¿Quién quiere ya ser nada? Diputación, cartera..., ¿qué sería todo eso para el amor propio? Nada..., peor, un insulto... ¿Cómo me había de halagar á mí ser ministro... habiendo sido antes Rejoncillo subsecretario? Por este lado no hay que buscar ya nunca nada; la política ya no es carrera para un hombre como yo; es una humillación, es una calleja inmunda; hay que tomar en serio esta resolución estoica de no querer ser diputado ni ministro, ni nada de eso, por dignidad, por decoro”. Y en el cerebro de Reyes estalló la idea fugaz y brillante de ser jefe de un nuevo partido, que llamó en francés, para sus adentros, el partido _zutista_, el de “no ha lugar á deliberar, el de la anulación de la política, el partido _anarquista_ de la aristocracia del talento y de la distinción”. Sí, había que matar la política, convertirla en oficio de menestrales, dársela á los zapateros, á los que no saben leer ni escribir: un político era un hombre grosero, de alma de madera, limitado en ambiciones y gustos, un ser antipático: había que proclamar el _zutismo_ ó _chusismo_, la abstención; las personas de gusto, de talento, de espíritu noble y delicado no necesitaban gobernar ni ser gobernadas. “Iremos al Congreso para cerrarlo y tirar la llave á un pozo”--pensaba decir en el programa del partido. Por supuesto, que en Reyes estos conatos de grandes resoluciones eran _relámpagos de calor_, menos, fuegos de artificio á que él no daba ninguna importancia. Dejaba que la fantasía construyera á su antojo aquellos palacios de humo, y después se quedaba tan impasible, decidido á no meterse en nada. Sin embargo, la idea del partido _zutista_ era hermosa, aunque irrealizable. Sobre todo, había servido para elevarle á sus propios ojos, “sobre aquellas miserias de subsecretarías y Rejoncillos”. “No, él no tenía envidia á aquel mamarracho; de esto estaba... seguro”; pero el pensar en ello, el irritarse ante la majadería del ministerio que hacía tal nombramiento, ya era indigno de Antonio Reyes; el hombre que llevaba dentro de la cabeza el plan de aquella novela, que no acababa de escribir por lo mucho que despreciaba al público que la había de leer.

En el salón de periódicos comenzó cierto movimiento de sillas y murmullo de conversaciones en voz baja. Los socios pasaban á la cátedra pública. Los gritos de un conserje sonaban á lo lejos, diciendo: “¡Sección de ciencias morales y políticas! ¡Sección de ciencias morales y políticas!...”

VI

La cabeza de Cervantes de yeso, cubierta de polvo, bostezaba sobre una columna de madera, sumida en la sombra; y los ojos de Reyes, fijos en ella, querían arrancarle el secreto de su hastío infinito en aquella vida de perpetua discusión académica, donde los hijos enclenques de un siglo echado á perder á lo mejor de sus años, gastaban la poca y mala sangre que tenían en calentarse los cascos discurriendo y vociferando por culpa de mil palabras y distingos inútiles, de que el buen Cervantes no había oído jamás hablar en vida. Sobre todo, la sección de ciencias morales y políticas (pensaba Reyes que debía de pensar el busto pálido y sucio) era cosa para volver el estómago á una estatua que ni siquiera lo tenía. Malo era oir á aquellos caballeros reñir, con motivo de negarle á Cristo la divinidad ó concedérsela; malo también aguantarlos cuando hablaban de _los ideales del arte_, de que él, Cervantes, nada había sabido nunca; pero todo era menos detestable que las discusiones políticas y sociológicas, donde cuanto había en Madrid de necedad y majadería ilustrada se atrevía á pedir la palabra y á vociferar sus sandeces, ya retrógradas, ya avanzadas como un adelantado mayor. Aquellos socios, pensaba Reyes, se dividían en derecha é izquierda, como si á todos ellos no los uniera su nativo cretinismo en un gran partido, el partido del _bocio invisible_, del nihilismo intelectual. Sí, todos eran unos, y ellos creían que no; todos eran topos, empeñados en ver claro en las más arduas cuestiones del mundo, las cuestiones prácticas de la vida común y solidaria, que no podrán ser planteadas con alguna probabilidad de acierto hasta que cientos y cientos de ciencias auxiliares y preparatorias se hayan formado, desarrollado y perfeccionado. Entretanto, y hasta que los hombres verdaderamente sabios, de un porvenir muy lejano, muy lejano, tal vez de nunca, tomaran por su cuenta esta materia, la ventilaban con fórmulas de vaciedades históricas ó filosóficas todos aquellos anémicos de alma, más despreciables todavía que los políticos prácticos, empíricos; porque éstos, al fin, iban detrás de un interés real, por una pasión propia, cierta, la ambición, por baja que fuese. El miserable que en nuestros tiempos de caos intelectual se dedica á la política abstracta, á las ciencias sociales, le parecía á Reyes el representante genuino de la estupidez humana, irremediable, en que él creía como en un dogma. Y si Antonio despreciaba aún á los que pasaban por sabios en estas materias, ¡qué sentiría ante aquellos buenos señores y jóvenes imberbes, que repetían allí por milésima vez las teorías más traídas y llevadas de unas y otras escuelas!

Años atrás, antes de irse él á París se hablaba en la sección de ciencias morales y políticas de la _cuestión social en conjunto_, y se discutía si la habría ó no la habría. Los señores _de enfrente_, los de la derecha (Reyes se sentaba á la izquierda, cerca de un balcón escondido en las tinieblas), acababan por asegurar que siempre _habría pobres entre vosotros_, y con otros cinco ó seis textos del Evangelio daban por resuelta la cuestión. Los de la izquierda, con motivo de estas citas, negaban la divinidad de Jesucristo; y con gran escándalo de algunos socios muy amigos del orden y de asistir á todas las sesiones, «se pasaba de una sección á otra indebidamente»; pero no importaba, ya se sabía que siempre se iba á dar allí, y el presidente, experto y tolerante, no ponía veto á las citas de un krausista de tendencias demagógicas, que “con todo el respeto debido al Nazareno”, ponía al cristianismo como chupa de dómine, negando que él, Fernando Chispas, le debiera cosa alguna (á quien él debía era á la patrona), pues lo que el cristianismo tenía de bueno, lo debía á la filosofía platónica, á los sabios de Egipto, de Persia, y en fin, de cualquier parte, pero no á su propio esfuerzo. De una en otra se llegaba á discutir todo el dogma, toda la moral y toda la disciplina. Un caballero que hablaba todos los años tres ó cuatro veces en todas las secciones, se levantaba á echarle en cara á la religión de Jesús, según venía haciendo desde ocho años á aquella parte, á echarle en cara que colocase á los ladrones en los altares, y perdonase á los grandes criminales por un solo rasgo de contrición, estando á los últimos. Y citaba _La Devoción de la Cruz_, escandalizándose de la moral relajada de Calderón y de la Iglesia.

Entonces surgía en la derecha un hegeliano católico, casi siempre consejero de Estado, gran maestro en el manejo del difumino filosófico. “Se levantaba, decía, á encauzar el debate, á elevarlo á la región pura de las ideas”; y la emprendía con _Emmanuel_ Kant (así le llamaba), Fichte, Schelling y Hegel, que eran los cuatro filósofos que citaba en esta época todo el mundo, exponiendo sus respectivas doctrinas en cuatro palabras. Los krausistas de escalera abajo replicaban, llenos de una unción filosófico-teológica, como pudiera tenerla un _bulldog_ amaestrado; y con estudiada preterición citaban al mundo entero, menos á Krause, el maestro, encontrando la causa de tantos y tantos errores como, en efecto, deslucen la historia del pensamiento humano, en la falta de método, y sobre todo en no comenzar ó discurrir cada cual desde el primer día que se le ocurrió discurrir, por el yo, no como mero pensamiento, sino en todo lo que en la realidad es...

Todo esto era hacía años, antes de irse él, Reyes, á París. Ahora, recordando semejantes escaramuzas, y contemplando lo presente, sentía cierta tristeza, que era producida por la romántica perspectiva de los recuerdos.

En aquellas famosas discusiones, en que Cristo lo pagaba todo, había á lo menos cierta libertad de la fantasía; á veces eran aquellas locuras ideales morales en el fondo, no extrañas por completo á las sugestiones naturales de la moral práctica; en fin, él les reconocía cierta bondad y cierta poesía, que tal vez se debía á no ser posible que aquello volviese; tal vez no tenían más poesía que la que ve la memoria en todo lo muerto. Ahora el _positivismo_ era el rey de las discusiones. Los oradores de derecha é izquierda se atenían á los hechos, agarrados á ellos como las lapas á las peñas. Aquello no era una filosofía; era un _artículo de París_, la cuestión de los quince, ó el acertijo gráfico que se llama “¿dónde está la pastora?” Caballeros que nunca habían visto un cadáver hablaban de anatomía y de fisiología, y cualquiera podría pensar que pasaban la vida en el anfiteatro rompiendo huesos, metidos en entrañas humanas, calientes y sangrando, hasta las rodillas. Había allí una carnicería teórica. Las mismas palabras del tecnicismo fisiológico iban y venían mil veces, sin que las comprendiera casi nadie; el individuo era el protoplasma, la familia la célula, y la sociedad un tejido..., un tejido de disparates.

Antonio, muy satisfecho en el fondo de su alma, porque penetraba todo lo que había de ridículo en aquella bacanal de la necedad libre-pensadora, se levantó de su butaca azul y salió á los pasillos, dejando con la palabra en la boca á un medicucho, que había aprendido en los manuales de Letourneau toda aquella masa incoherente de datos problemáticos y casi siempre insignificantes.

--¡Tontos, todos tontos!--pensaba: y una ola de agua rosada le bañaba el espíritu. Ya no se acordaba de Rejoncillo, ni de Reseco; la sensación de una superioridad casi tangible le llenaba el ánimo; sí, sí, era evidente; aquellos hombres que quedaban allí dentro dando voces ó escuchando con atención seria, algunos de los cuales tenían fama de talentudos, eran inferiores á él con mucho, incapaces de ver el aspecto cómico de semejantes disputas, la necedad hereditaria que asomaba en tamaño apasionamiento por ideas insustanciales, falsas, sin aplicación posible, sin relación con el mundo serio, digno y noble de la realidad misteriosa.

En los pasillos también se disputaba. Eran algunos jóvenes que, sin sospecharlo siquiera Reyes, despreciaban las disputas de la sección. Hablaban también de filosofía, pero no tenía nada que ver su discusión con la de allá dentro: éstos habían venido á parar á la cuestión de si había ó no metafísica, á partir de la última novela publicada en Francia. Antonio se acercó al grupo, y no estuvo contento mientras notó alguna originalidad y fuerza en la argumentación. Un joven moreno, pálido, de ojos azules claros y muy redondos, soñadores, ó por lo menos distraídos, hablaba con descuido, sin atar las frases, pero con buen sentido y con entusiasmo contenido.

--¿Quién duda, señores, que, en efecto, el positivismo ha de ir... no digo que sea en este siglo, ¿eh? pero ha de ir poco á poco..., vamos, modificándose, cambiando, para acabar por ser una nueva metafísica?...

--Esa tendencia ya aparece en algunos escritores--, dijo otro, pequeño, rubio, vivaracho, de lentes, que gesticulaba mucho, y al cual el moreno, el distraído, oía con atención cariñosa. Siguió hablando el chiquitín de escritores alemanes modernísimos que repasaban la filosofía de Kant, y la de Fichte, y la de Hegel para ver de encontrar en ella bases nuevas de una metafísica que había que construir á todo trance.

Entonces Reyes sonrió con disimulado desprecio, satisfecho, y se apartó también de aquel grupo. Al fin había encontrado lo que quería. “También aquéllos disparataban; creían en resurrecciones metafísicas; ¡bah!, tontos como los otros, como los positivistas de café, como los pobres diablos de allá dentro, aunque no lo fueran tanto.”

Salió del Ateneo. El cielo se había despejado; los últimos nubarrones se amontonaban huyendo hacia el Norte; las estrellas brillaban como si las acabaran de lavar; una poesía sensual bajaba del infinito oscuro.

Reyes comparó al Ateneo con el cielo estrellado y salió perdiendo el Ateneo. Debía estar prohibido discutir los grandes problemas de la vida universal, sobre todo cuando se era un _cretino_. Las estrellas, que de fijo sabían más de esas cosas sublimes que los hombres, callaban eternamente; callaban y brillaban. Reyes, en el fondo de su alma, se sintió digno de ser estrella.

Bajó la calle de la Montera. El reloj del Principal dió las diez. Una mujer triste se acercó á Antonio rebozada en un mantón gris, con una mano envuelta en el mantón y aplicada á la boca. Él la miró sin verla, y no oyó lo que ella dijo; pero una asociación de ideas, de que él mismo no se dió cuenta, le hizo acordarse de repente de su aventura iniciada. Regina Theil estaba en Rivas. ¡Oh! ¡el amor, el galanteo! Un temblor dulce le sacudió el cuerpo. Á dos pasos tenía un coche de punto. El cochero dormía; le despertó dándole con el bastón en un hombro, montó y dijo al cerrar la portezuela:

--¡Á Rivas, corre!

VII

La berlina, destartalada, vieja y sucia, subió al galope del triste caballo blanco, flaco y de pelo fino, por la cuesta de la calle de Alcalá. Antonio, en cuanto el traqueo de las ruedas desvencijadas le sacudió el cuerpo, sintió una reacción del espíritu, que le hizo saltar desde el deleite casi místico de la vanidad halagada en su contemplación solitaria, á una ternura sin nombre, que buscaba alimento en recuerdos muy lejanos y vagos. Era una voluptuosidad entre dulce y amarga esforzarse en estar triste, melancólico por lo menos, en aquellos momentos en que el orgullo satisfecho le gritaba en los oídos que el mundo era hermoso, dramática la vida, grande él, el hijo de su padre. El run, run de los vidrios saltando sobre la madera, el ruido continuo y sordo de las ruedas, le iban sonando á canción de nodriza; gotas de la reciente tormenta, que aún resbalan en zig-zag por los cristales, tomaban de las luces de la calle fantásticos reflejos, y con refracciones caprichosas mostraban los objetos en formas disparatadas. Un olor punzante, indefinible, pero muy conocido (olor de coche de alquiler lo llamaba él para sus adentros), le traía multitud de recuerdos viejos; y se vió de repente sentado en la ceja de otro coche como aquél, á los cinco años, entre las rodillas de un señor delgado, que era su padre, su padre que le oprimía dulcemente el cuerpecito menudo con los huesos de sus piernas flacas y nerviosas. ¡Qué lejos estaba todo aquello! ¡Qué diferente era el mundo que veía entre sueños de una conciencia que nace, aquel niño precoz, del mundo verdadero, el de ahora!

Las rodillas del padre eran almohada dura, pero que al niño se le antojaba muy blanda, suave, almohada de aquella cabeza rubia, un poco grande, poblada de fantasmas antes de tiempo, siempre con tendencias á inclinarse, apoyándose, para soñar.

Reyes atribuía á los recuerdos de su infancia un interés supremo; conservábalos con vigorosa memoria y con una precisión plástica que le encantaba; los repasaba muy á menudo como los cantos de un poema querido. Como aquella poesía de sus primeras visiones no había otra; desde los seis años su vida interior comenzaba á admirarle; su precocidad extraordinaria había sido un secreto para el mundo; era un niño taciturno, que miraba sin verlas apenas las cosas exteriores.

La realidad, tal como era desde que él tenía recuerdos, le había parecido despreciable; sólo podía valer transformándola, viendo en ella otras cosas; la actividad era lo peor de la realidad; era enojosa, insustancial; los resultados que complacían á todos, le repugnaban; el querer hacer bien algo, era una ambición de los demás, pequeña, sin sentido. De todo esto había salido muy temprano una injusticia constante del mundo para con él. Nadie le apreciaba en lo que valía; nadie le conocía; sólo su padre le adivinaba, por amor. En la escuela, donde había puesto los pies muy pocas veces, otros ganaban premios con estrepitosos alardes de sabiduría infantil; él entraba, los pocos días que entraba, llorando; érale imposible recordar las lecciones aprendidas al pie de la letra; sabíalas mejor que los otros, estaba seguro de comprenderlas y el maestro siempre torcía el gesto, porque Antonio tartamudeaba y decía una cosa por otra. En las reuniones de familia, donde se celebraban improvisados certámenes de gracias infantiles, el chico de Reyes siempre quedaba oscurecido por sus primitos, que saltaban mejor, declamaban escenas de Zorrilla y García Gutiérrez, recitaban fábulas y tenían _salidas_ graciosas. Se acordaba como si fueran de aquel instante, de los elogios fríos, de los besos helados con que amigos y parientes le acariciaban por complacer á su padre, que sonreía con tristeza y siempre acudía después de los otros á calentarle el alma con un beso fuerte, apretado y con un estrujón entre las rodillas temblonas y huesudas. Su padre comprendía que los demás no encontraban ninguna gracia en su hijo. Á los dos se les olvidaba pronto y la familia entera se consagraba á cantar las alabanzas del diablejo de Alberto, del chistosísimo Justo, de Sebastián el sabio, que á los siete años anunciaban seguras glorias de la familia de los Valcárcel.

Emma Valcárcel se llamaba su madre.

La imagen de aquella mujer flaca, enferma, de una hermosura arruinada, que jamás había visto él en su esplendor de juventud sana y alegre, llenó el cerebro de Antonio. Este recuerdo fué un dolor positivo; no tenía la triste voluptuosidad alambicada de los otros.

“¡Mi madre!...” dijo en voz alta Reyes; y apoyó la cabeza en la fría y resquebrajada gutapercha que guarnecía el coche miserable. Encogió los hombros, cerró los ojos y sintió en ellos lágrimas. El ruido de los cristales y de las ruedas, más fuerte ahora, le resonaba dentro del cráneo; ya no era como canto de nodriza; tomó un ritmo extraño de coro infernal, parecido al de los demonios en _El Roberto_.

NOTAS:

[2] La novela _Su único hijo_ ha sido ya publicada y forma el tomo segundo de estas obras completas; de _Una medianía_, que iba á ser continuación de la anterior, tan sólo ha escrito Clarín el presente fragmento. No obstante hallarse incompleto (lo mismo que el cuento _Feminismo_, del que no se publicó más que lo reproducido anteriormente), creemos que debe figurar en este tomo, en la seguridad de que el público lo encontrará interesante.