Doctor Sutilis (Cuentos)

Part 17

Chapter 173,898 wordsPublic domain

Don Elías Cofiño, natural de Vigo, había hecho una regular fortuna en América con el comercio de libros. Había empezado fundando periódicos políticos y literarios, que escribía con otros aficionados á lo que llamaban ellos el cultivo de las musas. Cofiño se creyó poeta y escritor político hasta los veinticinco años; pero varios desencantos y un poco de hambre, con otros muchos apuros, le hicieron aguzar el sentido íntimo y llegar á conocerse mejor. Se convenció de que en literatura nunca sería más que un lector discreto, un entusiasta de lo bueno, ó que tal le parecía, y un imitador de cuanto le entusiasmaba. Y además, comprendió que á Buenos Aires no se iba á ejercer de Espronceda ni de Pablo Luis Courier (que eran sus ídolos), y que sus chistes é ironías recónditas, casi copiados de Courier y de _Fígaro_, no los entendían bien aquellos pueblos nuevos. En fin, se dejó de escribir periódicos, y descubrió con gran satisfacción su aptitud latente para el comercio. Importó libros franceses, ingleses y españoles; estudió el gusto del público americano, lo halagó al principio, “procuró rectificarlo y encauzarlo” después; se puso en correspondencia con las mejores casas editoriales de Londres, París y Madrid, y en pocos años ganó lo que jamás literato alguno español pudo ganar; y decidido á ser rico, continuó con ahínco en su empeño, y no paró hasta millonario.

La muerte de su esposa, una linda americana, hija de inglesa y español, poetisa en español y en inglés, le quitó al buen Cofiño el ánimo de seguir trabajando; traspasó el comercio, y con sus millones y su hija única, de siete años, se volvió á Europa, donde repartió el tiempo y el dinero entre París y Madrid. La educación de Rita (así se llamaba la niña, por recordar el nombre de la difunta madre de don Elías) era la preocupación principal de Cofiño, que quería para su hija todas las gracias de la Naturaleza y todos los encantos que á ella puede añadir el arte de criar ángeles que han de ser señoritas. Ensayó varios sistemas de educación el padre amoroso; nunca estaba satisfecho, ni en parte alguna encontraba, aunque las pagaba á peso de oro, suficientes garantías para la salud material y moral del idolillo que había engendrado. Si pasaba un año entero en Madrid, al cabo renegaba de la educación madrileña, y decía que no había en la capital de España maestros dignos de su hija. Levantaba la casa, trasladábase á París, y allí parecía más contento de la enseñanza; pero después de algunos meses comenzaba á protestar el patriotismo, y temía que Rita se hiciera más francesa que española, lo cual sería como ser menos hija de Cofiño.

En estas idas y venidas pasaron los años, y se gastó mucho dinero; y cuando ya creyó completa la educación de su ángel vestido de largo, se fijó en la corte de España, donde pasaban los inviernos. El verano y algo del otoño los repartía entre Vigo y una quinta deliciosa que había comprado el rico librero cerca de Pontevedra á orillas del poético Lerez.

Don Elías, si no todos, conservaba algunos de sus millones, y si algo de su capital perdió en una empresa periodística en que se metió, por una especie de palingenesia de la vanidad, aún sacó, amén de las manos en la cabeza, incólumes unos doscientos mil duros y el propósito de no meterse en malos negocios, por halagüeños que fuesen para su amor propio.

Más poderosa que él su afición á las letras, que se irritaba de nuevo con la proximidad de la vejez, le obligaba á procurar el trato de los escritores, y no siempre de balde. Su primera vanidad era Rita; esbelta, blanca, discreta hasta en el modo de andar, elegante, que se movía con una aprensión de alas en los hombros, que miraba á todo como al cielo azul, seria y dulce, sin más que un poco de acíbar de ironía en la punta de la lengua para el mal cuando era ridículo, y para la ignorancia cuando recaía en varón constante obligado á saber lo que pregonaba tener al dedillo. Pero la segunda vanidad de Cofiño, poco menos fuerte, era la amistad de los grandes literatos. Cuando era pobre todavía y redactaba periódicos, tenía don Elías gusto más difícil; le asustaba la idea de tragarlas como puños, de admirar lo malo por bueno: pero ahora, el bienestar y los años le habían hecho más benévolo y estragado en parte el paladar. Ya tenía por grandes escritores á los que no pasaban de medianos, y aun á algunos que, apurada la cuenta, serían malos probablemente. Él, que no necesitaba de nadie, por tal de ser amigo de _notabilidades_, adulaba á los mismos á quienes solía dar de comer; y á más de un parásito suyo le hizo la corte con una humildad indigna de su carácter, altivo en los demás negocios. Á los académicos les alababa el diccionario y el purismo, y la parsimonia de su vida literaria, y con ellos hablaba de líneas griegas, de _castidad clásica_, y de los modelos. Con los autores revolucionarios se explicaba de otro modo, y decía pestes de los ratones de biblioteca y de las “frías convenciones del pseudo clasicismo”. Á los jóvenes les concedía que había que reemplazar á los ídolos caducos; á los viejos, que con ellos se moriría el arte. Y esto lo hacía el pobre don Elías por estar bien con todos, por ser amigo de todos, y porque la experiencia le había enseñado que el manjar de esta clase de dioses es la murmuración, y que en sus altares, más que el incienso, se estima la sangre de literato degollado vivo sobre el ara.

Todo ello se le podía perdonar al antiguo librero, porque el fin que se proponía no era bajo, ni siquiera interesado. Pero lo que no tenía perdón era su empeño de casar á Rita con un literato ilustre, ó por lo menos que estuviese en camino de serlo. Merecía Rita por su hermosura de rubia esbelta, de rubia con un _matiz_ de andaluza, suave, mezclado con otros de ángel y de mujer seria; por su educación completa, discreta y oportuna, por su candor, por su talento un poco avergonzado de sí mismo, y por los tesoros de virtud casera que todo lo suyo anunciaba, desde el modo de besar á un niño hasta la manera de doblar la mantilla, merecía por todo eso, y por su fortuna sana, aunque no fabulosa, un novio á pedir de boca, una gran proporción, algo así como un ministro, ó un banquero, ó un hombre honrado y guapo por lo menos. Pero don Elías exigía á todo pretendiente posible la condición de literato, y bastante conocido.

II

Augusto Rejoncillo, hijo legítimo de legítimo matrimonio de don Roque, magistrado del Supremo, y de doña Olegaria Martín y Martín, difunta, se hizo doctor en ambos derechos á los veinte años, doctor en ciencias físicas y matemáticas á los veintidós, y doctor en filosofía y letras á los veintitrés. Pero desde que tomó la primera borla empezó á figurar y á ser secretario de todo, y á pedir la palabra en la Academia de Jurisprudencia, y á decir: “Entiendo yo, señores”, y “tengo para mí”.

Y no era que tuviese para sí, sino que quería tener y retener y guardar para la vejez, por lo cual él y su papá bebían los vientos; y apenas se formaba un nuevo partido político, allí estaba Rejoncillo de los primeros, muy limpio, muy guapo (porque era buen mozo, vistoso), de levita ceñida, sombrero reluciente y guantes de pespuntes colorados y gordos. No lo había como él para alborotar ni para manipulaciones electorales. Había él hecho más mesas que el más acreditado ebanista, y el que quisiera ser presidente de alguna cosa, no tenía más que encargárselo.

Era colaborador de varios periódicos, pero confesaba que le cargaba la prensa; él prefería la tribuna. Á las redacciones iba de parte del jefe de semana (es decir, el jefe del partido ó de la partida en que _militaba_ aquella semana Augusto); llevaba _bombos_ escritos por el mismo jefe ó por Rejoncillo, pero inspirados en todo caso por el jefe. Para esto y para pedir las butacas del Real ó los billetes de un baile, solía presentarse en las oficinas de los periódicos, de las que salía pronto, porque le cargaban los periodistas humildes, y sobre todo los que presumían de literatos.

“Él también escribía”, pero no letras de molde, en papel de muchas pesetas; escribía pedimentos y demás lucubraciones de litigio. Era pasante en casa de un abogado famoso, que era también jefe de grupo en el Congreso, y presidente de dos consejos administrativos de empresas ferrocarrileras.

Tanto como despreciaba la literatura, respetaba y admiraba el foro Rejoncillo; pero no como fin “último”, según decía él, sino como preparación para la política y ayuda de gastos.

Él pensaba hacerse famoso como político, y de este modo ganar clientes en cuanto abogado; y una vez abogado con pleitos, sacar partido de esto para ganar en categoría política. Era lo corriente, y Rejoncillo nunca hacía más que lo corriente, que era lo mejor. Sólo que lo hacía con mucho empuje.

Eso sí: los empujones de Rejoncillo eran formidables; si para ocupar un puesto que le convenía tenía que acometer á un pobre prójimo colocado al borde del abismo, por ejemplo, al borde del viaducto de la calle de Segovia, Rejoncillo no vacilaba un momento, y daba un codazo, ó aunque fuera una patada, en el vientre del estorbo, y se quedaba tan fresco como Segismundo en _La vida es sueño_, diciendo para su capote: “¡Vive Dios, que pudo ser!” Para que la conciencia no le remordiera, se había hecho á su tiempo debido escéptico de los disimulados, que son los que tienen más gracia; escéptico que guardaba su opinión y profesaba la corriente y defendía todo lo estable, todo lo viejo, todo lo que “podía llegar á ser gobierno, en suma”.

En un té político-literario conoció Augusto á Cofiño y á su hija. Rita había ido á semejante fiesta porque el ama de la casa era tan política como su esposo, ó más, y había convidado á las amigas. Cofiño había aceptado la invitación, porque el político era además literato. Hubo brindis, y Rejoncillo, pulcro, estirado, serio, con unos puños de camisa que daban gloria y despedían rayos de blancura, habló como un sacamuelas ilustrado, imitando el estilo y criterio del amo de la casa. _Hizo furor._ Fué el suyo el discurso de la noche. ¡Qué bien había sabido tratar las áridas materias políticas y administrativas con imágenes pintorescas y otros recursos retóricos, á fin de que no se aburrieran las señoras! Habló del calor del hogar con motivo de insultar al ministro de Hacienda; demostró que el impuesto equivalente al de la sal conspiraba contra esa piedra angular del edificio social que se llama la familia; y una vez dentro de la familia, hizo prodigios de elocuencia. ¿Por qué se perdió Francia? Por la disolución de la familia. ¿Por qué España se conservaba? Por la vida de familia. Hizo el panegírico de la madre, el elogio de la abuela, la apoteosis del padre y del hijo, y hasta tuvo arranques patéticos en pro de los criados fieles y antiguos. Pues bien: todo aquello quería destruirlo en _un hora_ (un hora dijo) el ministro de Hacienda. Síntesis: que el único ministerio viable sería el que formase el amo de la casa. De cuya esposa era amante Rejoncillo, según malas lenguas.

El triunfo de Augusto fué solemne. Al día siguiente hablaron de él los periódicos. El amo de la casa del té le hizo secretario suyo. Y él, enterado de que una joven, Rita, que le había aplaudido mucho aquella noche, era rica, se propuso tomar aquella plaza y se hizo presentar en casa de Cofiño.

III

Antonio Reyes era un joven rubio, de lentes, delgado y alto; tosía mucho, pero con gracia; con una especie de modestia de enfermo crónico cansado de molestar al mundo entero. Este modo de toser y la barba de oro fina, aguda y recortada, había llamado la atención de Rita Cofiño en la tertulia de cierto marqués literato, adonde la llevaba de tarde en tarde don Elías.

“El de la tos” le llamaba ella para sus adentros. Mientras multitud de poetas recitaban versos y el concurso aplaudía, y se hablaba alto, y se reía y gritaba, entre el bullicio Rita percibía la tos de Reyes, y cada vez sentía más simpatía por aquel muchacho, y más deseo de cuidarle aquel catarro en que él parecía no pensar. No sabía por qué, la hija de Cofiño encontraba en aquel ruido seco de la tos algo familiar, algo digno de atención, una cosa mucho más interesante que todas aquellas quejas rimadas con que los poetas se lamentaban entre dos candelabros, como si la tertulia pudiera mejorar su suerte y arreglar el pícaro mundo.

Agapito Milfuegos leía poemas caóticos, de los que resultaba que el universo era una broma de mala ley inventada por Dios para mortificarle á él, al mísero Agapito. Restituto Mata se quejaba en _sonetos esculturales_ de una novia de Tierra de Campos, que le había dejado por un cosechero; Roque Sarga lamentaba en romances heroicos (no tan heroicos como los oyentes) la pérdida de la fe, y Pepe Tudela cantaba la electricidad, el descubrimiento del microscopio y la materia radiante. Antonio Reyes tosía.

Rita no habló nunca con Antonio en aquella tertulia. Pocos meses después de haberse fijado ella en él, dejó de sonar allí la tos interesante.

--¿Y Reyes?--dijo cualquiera una noche.

--Se ha ido á París--respondieron.

--¿Quién es ese Reyes?--preguntó Rita á su padre al volver á casa.

--¿Antonio Reyes?--Un excéntrico, un holgazán, un muchacho que vale mucho, pero que no quiere trabajar. Es decir..., lee..., sabe..., entiende...; pero nadie le conoce. Ahora se ha ido á París de corresponsal de un periódico, de corresponsal político..., cualquier cosa..., á ganar los garbanzos...; es decir, los garbanzos no, porque allí no los comerá... Es lástima; vale, vale...; entiende, lee mucho, conoce todo lo moderno...; pero no trabaja, no escribe. Es muy orgulloso. Además, está malo; ¿no le oías toser? Un catarro crónico..., y la solitaria; además de eso, una tenia... Creo que es gastrónomo... y que come mucho... Es un escéptico, un estómago que piensa.

Rita no volvió á ver á Reyes, ni á oir hablar de él, en mucho tiempo.

IV

--De cuatro á cinco, no lo olvide usted; el viernes...--dijo una voz de mujer, vibrante, dulcemente imperiosa; y una mano corta y fina, cubierta de guante blanco, que subía brazo arriba, sacudió con fuerza otra mano delgada y larga.

Regina Theil de Fajardo se despedía de Antonio Reyes, recordándole la promesa de asistir á su tertulia vespertina del viernes. Montó ella en su coche, que desapareció en la sombra; y Reyes, que había ratificado su promesa inclinando la cabeza y sonriendo, quedóse á pie entre los rails del tranvía sobre el lodo. La sonrisa continuaba en su rostro, pero tenía otro _color_; ahora expresaba una complacencia entre melancólica y maliciosa.

El silbido de un tranvía que se acercaba de frente con un ojo de fuego rojo en medio de su mancha negra, obligó á Reyes á salir de su abstracción. En dos saltos se puso en la acera, y subió por la calle de Alcalá hacia el Suizo.

Era una noche de Mayo. Había llovido toda la tarde entre relámpagos y truenos, y la tempestad se despedía murmurando á lo lejos, como perro gruñón que de mal grado obedece á la voz que le impone silencio. El Madrid que goza se echaba á la calle á pie ó en coche, con el afán de saborear sus ordinarios placeres nocturnos. Después de una tarde larga, aburrida, pasada entre paredes, se aspiraba con redoblada delicia el aire libre, y se buscaba con prisa y afán pueril el espectáculo esperado y querido, el rincón del café, que es casi una propiedad, la tertulia, en fin, la costumbre deliciosa y cara.

Antonio Reyes entró en el Suizo Nuevo, y se acercó á una mesa de las más próximas á la calle.

--Se han ido todos--dijo al verle don Elías Cofiño, que le esperaba leyendo _La Correspondencia_.--¿Cómo ha tardado usted tanto? ¿Sabe usted lo de Augusto?

--¿Qué Augusto?--preguntó Reyes, mientras se quitaba un guante, distraído, y sonriendo todavía á sus ideas.

--¿Qué Augusto ha de ser? Rejoncillo.

--¿Qué le pasa?--dijo Antonio con gesto de mal humor, como quien elude una conversación inoportuna.

--¡Que al fin le han hecho subsecretario!

--¡Bah!

--¡Es un escándalo!

--¿Por qué?

--¿Cómo que por qué? Porque no tiene méritos suficientes... Yo no le niego talento... Es orador... Es valiente, audaz... Sabe vivir... Dígalo si no su _Historia del Parlamentarismo_, en que resulta que el mejor orador del mundo es el marqués de los Cenojiles, el marido de su querida...

Antonio, que tenía cara de vinagre desde que oyera la noticia que escandalizaba á Cofiño, se mordió los labios y sintió que la sangre se le caía del rostro hacia el pecho.

--No diga usted... absurdos--(murmuró entre airado y displicente).--No son dignas de que usted las repita esas calumnias de idiotas y envidiosos. Regina es incapaz de...

--¿De faltar al marqués?

--No..., no digo eso. De querer á Rejoncillo. Es una mujer de talento.

Don Elías encogió los hombros. No quería disputar. No creía á Regina incapaz de querer á cualquiera. ¡Le había conocido él cada amante! Pero no se trataba de eso. Lo que don Elías quería demostrar era que Rejoncillo no merecía ser subsecretario de Ultramar, al menos por ahora.

--Pero, ¿usted cree que tiene suficiente talla política para subsecretario?

Reyes contestó con un gesto de indiferencia. Quería dar á entender que no le gustaba la conversación, por insignificante.

--¿Ha estado aquí Celestino?--preguntó, por hablar de otra cosa.

--¡Pobre! Sí.

--¿Se ha quejado del palo?

--Es un bendito. Él no dice nada; pero ese diablo de Enjuto sacó la conversación; le preguntó si anoche le habían hecho salir al escenario todavía..., y él se puso colorado y dijo que sí, entre dientes, como si se avergonzara de los aplausos del público. La verdad es que el artículo de Juanito no tiene vuelta de hoja; es implacable, pero no hay quien las mueva, tiene razón; el drama es malo, perro, y no merece más que el desprecio y la broma...

--Pues bien aplaudió usted la noche del estreno...

--Diré á usted: la impresión... así, la primera impresión... no es mala; y como es amigo Celestino, y el público se entusiasmaba...; pero Reseco ha puesto los puntos sobre las i i. ¡Ése sí que tiene talento!

Otra vez se le avinagró el gesto á Reyes. Sacudió un guante sobre la mesa y se puso de pie. Aquella noche estaba inaguantable don Elías; no decía más que necedades. “No había peor bicho que el aficionado de la literatura”. Sin poder remediarlo, y después de un bostezo, dijo Antonio:

--Reseco..., ¡ps!..., en tierra de ciegos... En París Reseco sería uno de tantos muchachos de _sprit_; aquí es el terror de los tontos y de los Celestinos.

Don Elías admiraba al tal Reseco, aunque no le era simpático; pero la opinión de Reyes, que venía de París, de vivir entre los literatos de moda, le parecía muy respetable. Sí; Antoñico, como él le llamaba delante de gente para indicar la confianza con que le trataba; Antoñico frecuentaba en París las _brasseries_, donde tomaban café, cerveza ó chocolate ó ajenjo notables _parnasianos_, ilustres pseudónimos de la _petite-presse_ y de algunos periódicos de los grandes; Antoñico había sido corresponsal parisiense de un periódico de mucha circulación, y el tono desdeñoso con que hablaba en sus cartas de ciertas celebridades francesas y españolas, había sobrecogido á don Elías, y le había hecho traspasar poco á poco su consideración de aquellas celebridades maltratadas al que las zahería. Cofiño siempre había sido un poco blando en materia de opiniones; pero los años le habían convertido en cera puesta al fuego. Cualquier libro, comedia, discurso, artículo, ó lo que fuese, le entusiasmaba fácilmente; pero una opinión contraria expuesta con valentía, con desprecio franco y con dejos de superioridad burlona y desdeñosa, le aterraba, le hacía ver un talento colosal en el que de tal manera censuraba; dejaba de admirar el libro, comedia, discurso ó lo que fuese para someterse al tirano, al crítico que había subvertido sus ideas y consagrarle culto idolátrico, mientras no hubiera mejor postor: otro crítico más fuerte, más burlón, más desengañado y más desdeñoso.

Comprendió vagamente don Elías que á Reyes le disgustaba, por lo menos aquella noche, hablar de Reseco y hablar de Rejoncillo; y como la actualidad del día eran la subsecretaría del uno y el _palo_ que el otro le había dado al pobre Celestino, y don Elías difícilmente hablaba de cosa que no fuese la actualidad literaria, ó á lo menos política de los cafés, teatros, ateneos y plazuelas, pensó que lo mejor era callarse y levantar la sesión. Y se puso en pie también, preguntando:

--¿Viene usted á Rivas?

--¿Al estreno de Fernando? Antes la muerte. No, señor, tengo que hacer.

--Lo siento. Yo... tengo que ir... Me cargan las zarzuelas de Fernandito...; pero tengo que ir...; es un compromiso... Además, tengo que recoger á Rita, que está en el palco de... (don Elías se turbó un poco, recordando lo que antes había dicho), en el palco de Cenojiles.

--¿Con Regina?

--Sí, con la marquesa... Conque, ¿no viene usted?

Antonio vaciló.

--No (dijo, después de pensarlo mucho); no...; tengo que hacer...; acaso... allá... al final, á la hora del triunfo.

--Ó de la silba...

--¡Bah! Será triunfo... ¡Ya no hay más que triunfos! Hasta mañana ó hasta luego...

V

Reyes anhelaba quedarse solo con sus pensamientos; reanudar las visiones agradables que le habían acompañado desde la Cibeles al Suizo; pero, ¡cosa rara!, en cuanto desapareció don Elías, se encontró peor, menos libre, más disgustado. Recordó que cuando era niño y se divertía cantando á solas ó declamando, si un importuno le interrumpía un momento, al volver á sus gritos y canciones ya lo hacía sin gusto, con desabrimiento y algo avergonzado, hasta dejar sus juegos y romper á llorar. Una impresión análoga sentía ahora: aquel tonto de don Elías le había hecho caer del quinto cielo; le había hecho derrumbarse desde gratas ilusiones que halagaban la vanidad, los sentidos y tal vez algo del corazón, á los cantos rodados de la crónica del día; había caído de cabeza sobre la subsecretaría de Rejoncillo y sus presuntos amores con la de Cenojiles; y después, de necedad en necedad, había rebotado sobre el artículo de Reseco...; y... “¡que un majadero pudiera tener tanta influencia en sus pensamientos!” Antonio emprendió la marcha por la calle de Sevilla hacia la del Príncipe, decidido á olvidar todo aquello y á volver á la idea dulcísima (sí, dulcísima, por más que coqueteando consigo mismo quisiera negárselo), de sus relaciones casi seguras, seguras, con Regina Theil. Pero, nada; los halagüeños pensamientos no volvían; no se ataban aquellos hilos rotos de la novela que ya él había comenzado á hilvanar, sin quererlo, mientras subía por la calle de Alcalá. En vez de aventuras graciosas y picantes, representábasele entre los ojos y las losas mojadas y relucientes á trechos, la imagen abstracta de la subsecretaría de Rejoncillo; era vaga, confusa, unas veces en figuras de letras de molde medio borradas, tal como podrían leerse en _La Correspondencia_; otras veces en la forma de un sillón lujoso, algo sobado, no se sabía si de raso, si de piel, ni de qué estructura..., y á lo mejor, ¡zás! Rejoncillo vestido de frac, con gran pechera reluciente, saltando de suelto en suelto por los de _La Correspondencia_, hasta plantarse en el de su subsecretaría; ó bien saludando á muchos señores en una sala, que era igual que el vestíbulo del Principal, á pesar de ser una sala. “¡Quería decirse que estaba soñando despierto, y que el sueño, á pesar de la voluntad vigilante, se empeñaba en ser estúpido, disparatado!”