Doctor Sutilis (Cuentos)

Part 16

Chapter 163,936 wordsPublic domain

Pero no estaba solo; en el espejo también vió Arqueta la imagen de Juana la regordeta... con cuyas mejillas de rosa hacía Medianez, el presidente sin cartera, lo mismo que él, Arqueta, había hecho la noche anterior en las mejillas, menos frescas, de la esposa del presidente.

Arqueta dió un paso atrás. No entró en su gabinete... Entró en el otro, en el que presidía Medianez, es decir, presidir también presidía el de Arqueta, por lo visto... pero, en fin, se quiere decir que, rechazando el primer impulso de echarlo todo á rodar, se decidió á sacrificarse en aras de la patria. Pensó primero en desgarrar el uniforme que le quemaba, ó debía quemarle el cuerpo, como la túnica de... no recordaba quién; pero, no desgarró nada... y cinco minutos después llegaba en el coche de Medianez á casa de éste, donde aguardaban otros ministros y muchos políticos importantes. Allí estaba el _protector_ de la nueva situación, el del epigrama, que iba á gozar de su triunfo subrepticio.

Arqueta reparó que le miraba y le saludaba aquel prócer con sonrisa burlona, tal vez despreciativa. Hubo más. Notó que en un grupo que rodeaba al ilustre jefe de la minoría, se celebraba con grandes carcajadas chistes que el señor del epigrama decía en voz baja... Y á él, á Mariano Arqueta, le miraban los del grupo con el rabillo del ojo.

Sólo pudo oir esto que dijo el protector del ministerio en voz alta y solemne:

--_¡Sic itur ad astra!_

Carcajada general.

--“Sí, pensó Arqueta, eso va conmigo; el que sube _así_ á las estrellas... soy yo!”

Y se puso como un tomate.

--Arqueta--gritó en aquel instante el cáustico jefe de la minoría, dirigiéndose al nuevo ministro de Fomento:--Arqueta, la calumnia ya se ceba en usted.

--¡Cómo! ¿Qué dicen?

--Que no va usted á jurar... sino á prometer por su honor. Absurdo, ¿verdad? ¡Calumnia!...

EL VIEJO Y LA NIÑA

Viejo precisamente... no. Pero comparado con ella, sí; podía ser su padre. Eso bastaba para que los dos se vieran separados por un abismo de tiempo; y lo mismo que ellos, la madre de ella y el mundo, que los dejaba andar juntos y solos por teatros y paseos, sin desconfianza ni sospechas de ningún género. Era él primo de la madre, y ésta pensando en que, de chicos, habían sido algo novios, sacaba en consecuencia que dejar á su hija confiada á aquel contemporáneo suyo no ofrecía ningún peligro, ni podía dar que decir á la malicia.

Años y años vivieron así.

Si queréis figuraros cómo era él, recordad á Sagasta, no como está ahora, naturalmente, sino como estaba allá, por los días en que dijo que iba “á caer del lado de la libertad”... sin romperse ningún peroné, por entonces. Tenía don Diego facciones más correctas que don Práxedes, pero el mismo no sé qué de melancolía elegante, simpática. Tenía el pelo negro todavía, con algo gris nada más en un bucle, sobre la sien derecha. En aquel rizo disimulado había una singular tristeza graciosa, que armonizaba misteriosamente con la mirada entre burlona y amorosa, algo cansada, y triste, con resignación que dan la piedad y la experiencia. Vestía con gusto según la elegancia propia de su edad.

Ella... era todo lo bonita que ustedes quieran figurarse. Morena ó rubia, no importa. Dulce, serena, de humores equilibrados, eso sí.

Volvían del Retiro en una tarde de Septiembre, al morir el día. Habían estado en una tertulia al aire libre, rodeados, mientras ocupaban sillas del paseo, de una media docena de adoradores que á Paquita no le faltaban nunca. Eran todos jóvenes de pocos años; muy escogidos gomosos, como entonces se decía, de la más fina sociedad. No eran Sénecas, ni habían asado la manteca. Uno á uno, aislados, no empalagaban. Todos juntos, parecían ecos repetidos de la misma insustancialidad. Costaba trabajo distinguirlos, á pesar de las diferencias físicas.

Paquita, al llegar á la Puerta de Alcalá, se cogió del brazo de su inofensivo amigo, que venía un poco preocupado, algo conmovido, pero no con pensamientos tristes.

--¿Pero, ves, que he de estar condenada á bebé perpetuo?

--¿Cómo bebés? Eduardo ya tiene lo menos veinte años y Alfredo sus diez y nueve.

--¡Ya ves qué gallos!

--¿Y para qué quieres tu gallos?

Callaron los dos. Demasiado sabía don Diego que á Paquita no le gustaban los pocos años. De esto habían hablado mil veces, con gran complacencia del muy socarrón amigo, y, como tutor callejero de la niña.

Varios novios le había conocido don Diego á Paquita; como que él era su confidente en casos tales. Pero duraban siempre los amores inocentes de aquella niña, poco, y ahondaban casi nada en su espíritu. Por vanidad, por curiosidad, por agradar á la madre, que quería _relaciones_ que fueran _formales_ y procurasen una posición segura á la hija, admitía aquellos escarceos amorosos Paquita; pero, en rigor nunca había estado todavía “lo que se llama enamorada”. También esto lo sabía don Diego; y ella se lo repetía á menudo, casi orgullosa de aquel modo de sentir suyo, y se lo decía una vez y otra vez á su amigo y Mentor, como quien insiste en una obra de caridad.

En tantos años de vida íntima, de familiaridad constante, jamás de los labios de don Diego había salido una palabra que pudiese tomar Paquita por atrevimiento de galán con pretensiones. En cambio, su vida común estaba llena de elocuentísimos silencios; y en los contactos indispensables en paseos, teatros, iglesias, bailes, etc., etc., ni nunca había habido deshonestos ademanes, ni siquiera insinuaciones que la joven hubiese podido llevar á mala parte, había tenido por uno y otro lado no confesada delicia.

Paquita se fijaba en que los novios cambiaban y el _amigo viejo_ siempre era el mismo. Sin decírselo, los dos sabían que el _otro_ pensaba esto; que era mucho más _serio_ aquel contrato _innominado_ de su amistad extraña, que los amoríos pasajeros, casi infantiles, de la niña.

Otra cosa sabían los dos: que Paquita estimaba en todo lo que valía la pulquérrima conducta de don Diego, que jamás, ni con disculpa del grandísimo deseo ni con disculpa de la insidiosa ocasión, había sucumbido á las tentaciones que el íntimo y continuo trato le hacía padecer. Jamás el más pequeño desmán... y eso que la frialdad y apatía ni el más ciego podía señalarlas como causa de aquella prudencia sublime. Él y ella se acordaban de los besos que cuando Paquita era niña, niña del todo, regalaba al buen señor, y aquello había concluido para no volver; y don Diego había sido el primero á renunciar, sin que mediaran explicaciones, es claro, á tamaña regalía.

--¿Por qué has reñido con Periquillo?--le preguntaba en una ocasión el viejo á la niña.

--Porque se empeñaba en que me estuviera al balcón las horas muertas, viéndole pasear la calle, y yo no quise... porque me aburría.

Y los dos reían á carcajadas, pensando en aquel modo tan singular de querer á sus novios que tenía Paquita.

* * * * *

Aquella tarde volvía muy contento, para sus adentros, don Diego, porque en la tertulia, al aire libre, en el Retiro, él había lucido su ingenio, con gran naturalidad y modestia, á costa de aquellos pobres sietemesinos. Paquita le había admirado, echando chispas de entusiasmo contenido por los ojos; bien lo había reparado él. Por eso volvía tan satisfecho... y con una tentación diabólica, que mil veces había tenido, pero á que siempre había resistido... y que ahora no creía poder resistir.

Llegaron al Prado y á Paquita se le ocurrió sentarse allí otra vez. La tarde, ya cerca del obscurecer, estaba deliciosa; y declaró la niña que le daba pena meterse en casa tan pronto, perder aquel crepúsculo, aquella brisa tan dulce...

Se sentaron, muy solos, sin alma viviente que reparase en ellos.

Hablaron con gran calor, muy alegres los dos, sin saber por qué, los ojos en los ojos.

--¿En qué piensas?--preguntó Paquita al ver de pronto ensimismado á don Diego.

--Oye, Paca... ¿Quién es en el mundo la persona, sin contar á tu madre, de tu mayor confianza?

--¿Quién ha de ser? Tú.

--Bueno, pues...--y don Diego empezó á decir unas cosas que dejaba atónita á la niña. Él habló mucho, con mucha pasión y muchos circunloquios. Nosotros tenemos más prisa y menos reparos, y tenemos que decirlo todo en pocas palabras.

Ello fué algo así: don Diego propuso que jugaran á un juego que era una delicia, pero al cual sólo podían jugar dos personas de sexo diferente, si el juego había de tener gracia, y que se fiaran en absoluto la una de la otra. Era menester que se diera mutua palabra, seguro cada cual de que el otro la cumpliría, de no sacar ninguna consecuencia práctica del juego aquél; que por eso era juego. Consistía la cosa en confesarse mutuamente, sin reserva de ningún género, lo que cada cual pensaba y sentía y había pensado y sentido acerca del otro; lo malo, por malo que fuere, lo bueno por bueno que fuera también. Y después, como si nada se hubiera dicho. No debía ofenderse por lo desagradable, ni sacar partido de lo agradable.

Paquita estaba como la grana; sentía calentura; había comprendido y sentido la profunda y maliciosa voluptuosidad moral, es decir, inmoral, del juego que el viejo la proponía. Había que decir todo, todo lo que se había pensado, á cualquier hora, en cualquier parte, con motivo de aquel amigo; cuantas escenas la imaginación había trazado haciéndole figurar á él como personaje...

Paquita, después de parecer de púrpura, se quedó pálida, se puso en pie, quiso hablar y no pudo. Dos lágrimas se le asomaron á los ojos. Y sin mirar á don Diego, le volvió la espalda, y con paso lento echó á andar camino de su casa.

El viejo asustado, horrorizado por lo que había hecho, siguió á la pobre amiga; pero sin osar emparejarse con ella, detrás, como un criado.

No se atrevía á hablarle. Sólo, al llegar al portal de la casa de ella, osó él decir:

--Paquita, Paquita, ¿qué tienes? Oye: ¿Qué tienes? ¿Yo, qué te he hecho? ¿Qué dirá mamá?...

Ella, sin contestarle, ni mover la cabeza, la movió lentamente con signo negativo.

No, no hablaría: su madre no sabría nada... Pero al llegar á la escalera echó á correr, subió como huyendo, llamó á la puerta de su casa apresurada, y cuando abrieron desapareció, y cerró con prisa, dejando fuera al mísero don Diego.

El cual salió á la calle aturdido y avergonzado, y cuando vió á dos del orden en una esquina, sintió tentaciones de decirles:

--Llévenme ustedes á la cárcel, soy un criminal; mi delito es de los más feos, de ésos cuya vista tiene que celebrarse á puertas cerradas, por respeto al pudor, á la honestidad...

JORGE DIÁLOGO, PERO NO PLATÓNICO

--¿Qué hay de libros nuevos?--me preguntó Jorge, suspirando como distraído, dejando de pensar en mí y en lo que me había preguntado.

Estaba pálido, ojeroso, con cara de sueño y de mal humor. Yo le miré con atención y fijeza, y dando cierta intención maliciosa á mis palabras, contesté:

--Acabo de ver que Carlos Groos, ya sabes, el docto alemán que publicó en 1896 _Die Spiele der Tiere_ (_Los juegos de los animales_), publica ahora _Die Spiele der Menschen_ (_Los juegos del hombre_).

--Sí; ya me acuerdo. _Los juegos de los animales_... No hay más juego que ése. Porque... ¡valientes animales son todos los que juegan!

--Hombre, no _juegues_ tú con el vocablo...

--Ya sé que es feo jugar _de boca_... Y, en rigor, está prohibido... Véase el artículo...

--No digo eso. Juegas con el vocablo; porque animales...

--Sí; ya te entiendo. Se trata de los animales... no humanos. Bueno, pues el señor Groos los calumnia. Los animales no juegan. Sólo juega el hombre, que es el único ser metafísico y jugador. Es un efecto de la dichosa evolución. ¡Qué remedio! Yo quería corregirme, dejar el vicio... pero... imposible... Es cosa de la herencia... de la raza. Lo he leído en Ihering, en la _Historia de los indo-europeos antes de su separación_. Aquello desconsuela. Nuestros patriarcales y bucólicos ascendientes remotísimos... eran unos empedernidos jugadores. Mataban el tiempo, el tiempo monótono de aquella vida lacia, sin variedad, sin emociones nuevas, jugando y jugando... Y esto, generaciones y generaciones... ¡Ya ves! ¿Quién puede más que el hábito incrustado en la herencia?... Pastores... y jugadores...

--Basta de disculpas prehistóricas y darwinistas... No me has entendido, ó no has querido entenderme... ó todo te sabe á lo que te pica. El juego de que habla Groos no es ése; es el juego como diversión ó recreación, según dice el Diccionario, en que no se persigue otro propósito que la distracción misma...

--Á propósito del Diccionario. Los que hablan mal de ese libro académico no conocen su gran mérito. Es un libro de moral... Á lo menos á mí, casi me convirtió. Verás lo que pasó. Un día, viéndome encenagado en el pícaro juego, sin poder remediarlo, convencido de que eran inútiles los propósitos de enmienda, quise saber á lo menos cómo se definía académicamente el vicio que me dominaba, y me fuí al Diccionario oficial, y leí: “Juego, pasatiempo, recreación, aquello que se hace por espíritu de alegría y sólo para divertirse y entretenerse.” No era esto; _mi juego_ no era pasatiempo, ni alegría; ¡era infierno!... Seguí leyendo: “Ejercicio recreativo sometido á reglas, y en el cual se gana ó se pierde.” Lo de ejercicio no me _llenaba_, porque ¡se hace tan poco ejercicio pasando doce horas arrimado al tapete verde! Y lo de “se gana ó se pierde” no es exacto, porque muchas veces se queda... á juego, ni se pierde ni se gana. Si el banquero _abate_ con nueve y yo también... ni pierdo ni gano. Y si salgo del Casino con el mismo dinero con que entré... ni pierdo ni gano. “Para darle mayor aliciente--continúa el Diccionario--aventúrase en él con frecuencia algún dinero.” Los académicos deben de ser _peseteros_ por esa manera de hablar. “Merece reprobación--sigue la Academia--cuando la ganancia ó la pérdida puede ser importante; cuando se juega por vicio ó _cuando el jugador no tiene por objeto divertirse ó entretenerse, sino hacer suyo el dinero ajeno_.” Al leer esto, sentí toda la sangre en el rostro; estaba muerto de vergüenza. ¡Qué lección inesperada me daba el _léxico_ oficial! ¡Cuánto había yo leído contra el juego! Pero nunca aquella bofetada de moralidad me había azotado el rostro. Tolstoi con su moral de maníaco, combatiendo lo mismo que el juego el vino, el tabaco... el servicio militar y el trabajo, no me había hecho sonrojarme. Siempre que se atacaba el juego como _vicio_, yo me disculpaba con la decencia que pueden tener los viciosos. El juego me parecía diabólico, pero noble, jugando como caballero, es claro. ¡Cuántos sofismas había inventado yo para disculpar mi vicio! Le había encontrado analogías con mil cosas, malas, pero no bochornosas. Así como el amor ilegal es pecado, pero no sórdido, no bajo, el juego me parecía incompatible con la vida económica ordenada de la sociedad... pero no infame, no vil, no mezquino; sin relación con la codicia, con el robo. ¡Jesús, el robo! Y de repente el Diccionario ¡zás!, me daba aquella bofetada... ¡No me había fijado! Al juego se iba para _hacer suyo el dinero ajeno_... Era verdad; á eso se iba. Lo mismo que los usureros y que los ladrones... para hacer de uno el dinero ajeno... contra la voluntad de su dueño también; porque nadie tiene voluntad de perder. ¿Que se expone el dinero propio en cambio? También el avaro expone la salud, la vida; el usurero se expone á quedarse sin lo prestado, y el ladrón... á ir á presidio. Sí, no cabe duda; el juego es eso: desear quedarse con el dinero ajeno. ¿Querrás creer que me dió asco el juego? Vi en mí un pecado de la índole ruin de que siempre me había creído libre; un pecado sórdido, de injusticia con el prójimo, de repugnante _psiquis_... (_Pausa._)

--¿Y qué?

--Pues nada. Que estuve sin jugar... mucho tiempo.

--¿Mucho, eh?

--Sí; ¡varias semanas!

--Pero, ¿cómo volviste á lo sórdido, á lo ruin, á lo que... (perdona, tú lo has dicho) se parecía al robo?...

--Verás. Eché mis cuentas. Según mis cálculos, yo, en conjunto, llevaba perdido mucho más dinero que ganado. Todavía _me tenían por allá_ algunos miles de duros. Iba por el desquite. Iba por lo mío. Aquello no era jugar, y no hacía mío el dinero ajeno... sino el mío.

--Vamos, sí; les habías hecho una señal á las monedas y á los billetes, y cuando no eran los tuyos los que ganabas... los devolvías.

--Ya sabes que el dinero se considera como cosa _fungible_...

--¿Pues entonces?... Además, tus _deudores_(!), es decir, los que te habían ganado á ti, ¿eran los mismos á quienes tú ganabas?

--Ese argumento tiene menos fuerza que el que empleó para anonadarme la pícara realidad...

--¿Y fué?...

--Que aquellos señores, que no eran los que me habían ganado... me ganaron también. (_Nueva pausa._)

Me daba lástima del pobre Jorge. No quise molestarle con nuevas observaciones _virtuosas_ tan fáciles de encontrar. ¡Es tan fácil lidiar _los vicios_ desde la barrera cuando no se tienen!

--¡El juego!--continuó el jugador.--Los filósofos no saben lo que es. Montaigne, que ha hablado de tantas cosas, de tantos vicios, no tiene ningún capítulo dedicado al juego. Montaigne hablaba de lo que sabía, de lo que había experimentado. Renán se queja de que los filósofos no han tomado el amor en serio del todo, y su verdadera filosofía está sin hacer. Y es verdad. Y la causa será que los filósofos no suelen enamorarse de veras. Lo mismo les pasa con el juego. ¡La estética del juego! existe; pero no es ésa de que hablan esos libros nuevos... Como que el juego... no es juego..., no tiene nada de juego, en ese otro sentido de _finalidad sin fin_ de que ya Kant hablaba. No debiera usarse la misma palabra para cosas tan diferentes. Una opinión muy generalizada entre los estéticos, es que el arte... es juego. Schiller, en sus célebres cartas sobre la ciencia de lo bello, siguiendo á Kant, desenvuelve admirablemente la teoría...

--Sí; y ahora la estética de tendencia positivista, ó mejor acaso la que estudia lo bello y el arte en su aspecto psico-fisiológico, sigue el mismo criterio. Spencer, como es sabido, también admite la teoría del arte juego...

--Y se ha dicho que el juego es un exceso, una sombra de la vida... lo mismo que se ha dicho del amor. Renán le preguntaba un día á Claudio Bernard por el misterio del amor, y el gran fisiólogo le decía: “No, no hay cosa más sencilla que el amor; es la vida que sobra...” De modo que amor y juego son plétora, lo que rebosa...

--El juego, según este Groos de que hablábamos, es un ejercicio natural de los aparatos sensoriales y de los motores, de las facultades del espíritu (inteligencia se entiende) y de los sentimientos, en atención al placer... La actividad por el placer mismo de la actividad, eso es el juego...

--¡Qué cosa tan diferente del otro _juego_, de _mi_ juego! El jugador no busca el placer... y en eso se engañan muchos que ven las cosas desde fuera... Busca la ganancia; sólo que la busca en la forma picante, misteriosa, inexplicable... de la suerte. ¡La suerte! Estoy por decir que el jugador es un metafísico apasionado que interroga de cerca y con interés el misterio metafísico en cada jugada... ¿Hay ley? ¿No hay ley? ¿Es casualidad? ¿Qué es casualidad? ¿La Providencia se mezcla en estas cosas? ¿El calculo de las probabilidades hasta dónde sirve?... Y después... ¡una cosa terrible! Lo que á mí, al fin, me ata al juego hasta por la filosofía... quiero decir, por el sofisma, es... que la _vida es juego_. Sólo el que aspira al _nirvana_, á la _abulia_, á la _apatía_, puede decir que no es jugador. Los demás, todos juegan. La vida y la muerte son un modo de _copar_ la banca. Cada latido del corazón es un golpe de fortuna, una carta que se juega; cada vez que respiro puedo perder ó ganar la vida... La riqueza ó la miseria... juego...; el mérito... juego. ¿De dónde me viene el talento ó la estupidez? ¿De dónde vienen las _judías y las cristianas_, los _nueves_ ó las _figuras_?... Del misterio, del horrible _cincuenta por ciento_..., del abismo que se llama pares ó nones, cara ó cruz...

“Esto... _ó_ lo otro”. En esa _ó_, en esa disyuntiva está el símbolo del juego... y de la existencia... Voy ahora á casa...; mis hijos, mis entrañas, ¿estarán durmiendo... ó muertos?... ¡Quién sabe!... Están durmiendo; ¡bien! ¡qué hermosos! ¡qué inocentes! Pero ¿mañana? El porvenir, la _carta_ que les tocará... la vida que les espera... ¿Qué puedo yo para conseguir su dicha futura? Todos mis cálculos, mis previsiones, mis cuidados, mis ahorros, ¡inútil _martingala_! Mis esperanzas... ilusión como las supersticiones del jugador... En el fondo de la magna cuestión del libre albedrío, de la libertad y la gracia, de la libertad y el determinismo, de la filosofía de la contingencia, que hoy da nombre á una escuela, lo que se ve es el _quid_ del juego... No; el juego, el _mío_, no es diversión, no es broma, no es desinterés, no es finalidad sin fin... Es todo lo contrario; el interés, la ganancia, el egoísmo en la lucha con la suerte...: lo mismo que la vida _non sancta_, que es la vida de casi todos. Los grandes hombres, los _héroes_, decía Carlyle, toman la realidad, el mundo, en serio. No son _dilettanti_. Lo mismo el jugador. El azar para mí ó contra mí... Ésta es su idea, siempre seria, siempre con _fin_, siempre interesada...

--Sin embargo, en el juego, no el _tuyo_, el otro, el juego por el placer de la actividad, se llega, según _nuestro_ autor, á lo que él llama _el placer del mal_, á jugar con el propio dolor. Además, hay la _catarsis_ de Aristóteles, el placer de la calma tras la borrasca.

--No, no importa. Ni por ahí existe afinidad entre los _juegos_ y el juego. El jugador no busca el dolor del juego, que es grande, por el dolor, por el placer de saber que es un dolor buscado, querido: no, porque él sabe bien que la pasión le domina y que aquel dolor no es voluntario; y además, tolera el dolor por la esperanza de ganar, no por el gusto de poder triunfar de él. En cuanto á la catarsis, no tiene aplicación... Porque la calma para el jugador nunca llega. Todo es borrasca. Después de ganar... quiere, _necesita_ ganar más. Es un judío errante, no para nunca su ambición.

--Groos habla también de juegos _guerreros_, los del placer de luchar, de vencer á un contrario...

--Tampoco en eso hay afinidad entre los _juegos_ y el juego. En _La Traviata_, el tenor juega por ganar á un rival... Eso es música. El jugador _de veras_ no quiere el dinero de Fulano, quiere el dinero; en el juego hay disputas, pero no hay rivalidades, ni personalismos, ni rencores: no hay más enemigo que la _contraria_. Suerte, ganancia, pérdida. Ésas son las _categorías_.

--Pues Groos dice textualmente que las _apuestas_ son juegos _guerreros_, y los juegos de azar apuestas intelectuales. El juego de azar tiene para él tres elementos: el placer de ganar, que crece con la importancia de lo que se arriesga, _sin que la ganancia por sí sea el objeto del juego_; el placer de una excitación fuerte, y el placer de la lucha...

--Sí, pistolas de salón, de viento. Ese juego lo hay..., la lotería de las viejas... ¡y aún! No; en el juego _verdad_ no se sienten esas emociones pueriles; se quiere dinero, ganancia, y se quiere por el _único_ camino del jugador, la suerte. Que salga cara, si jugamos cara; que sean pares, si jugamos pares... y no por acertar, sino por ganar. Suerte, interés, eso es todo. ¡La excitación fuerte! Ésa no es incentivo aunque el jugador crea que sí. Es un castigo, es una maldición del juego, como el _remordimiento_, la _vergüenza_ de perder, después. Desengáñate; el juego... no es broma. Es como la vida, es como la metafísica... La vida racional quiere penetrar en el misterio para saber de su destino, porque teme y quiere esperar, ser feliz... El jugador, igual. _Ser ó no ser_, ésa es la cuestión... _Venir ó no venir_... ésa es la cuestión. _Estar á la que salta_; eso hace el jugador. Y eso hace el que no renuncia á las contingencias de la realidad. _Ó ser santo_... _ó jugar_...

SINFONÍA DE DOS NOVELAS[2] (SU ÚNICO HIJO.--UNA MEDIANÍA).

I