Part 15
--¡Oh! eso es modestia... ¡Oh, Trabanco! Usted por aquí... cuánto tiempo...
--Sí, señora; catorce años lo menos...
--Sí, catorce...
--¿Y ésta es?
--Luz...
--¿Bebé?
--Sí, Bebé... ¿Ha crecido, eh?
Y Luz, sonriente, sencilla, _natural_, mucho más natural que los versos de Trabanco, miró y saludó con un apretón de manos, al antiguo amante de aquella madre de quien ella nada malo sabía ni sospechaba.
Siguió la conversación entre las señoras, Ibáñez y Trabanco. Ibáñez era poeta también, pero de otra generación... literaria, aunque poco menos viejo que Trabanco. Pero Ibáñez estaba de moda, era entre místico y diabólico y con las señoras tenía mucho más partido que Trabanco había tenido en sus mejores tiempos. Además, vivía casi siempre en París ó en Londres, y esto le refrescaba la fama como si fuera sal.
Lo que Julita Frondoso, anciana respetable, muy bien conservada, le pedía á Ibáñez era, efectivamente, unos versos para un abanico de Luz. Luz tenía también álbum-abanico, ó mejor, lo tenía su madre á nombre de Luz. La arrogante moza, figura de Diana, era pura, noble, enérgica; si coqueteaba, era por procedimientos que nada tenían que ver con las letras ni con los abanicos.
Pero Trabanco, al oir lo del álbum, miró á la virgen arrogante y tranquila, y un momento temió que el álbum de la hija, sugestión de la madre, fuera un registro simbólico, como aquel otro abanico en que él había escrito: “El molino viejo”...
Por lo demás, Trabanco y la de Frondoso se miraban y se sonreían, como dos antiguos conocidos que nada recordaban de intimidades y ternezas... Aún Trabanco, como poeta, daba cierto tinte de filosófica _añoranza_ á las reminiscencias comunes... pero la de Frondoso, nada absolutamente, nada parecía recordar; es decir, se acordaba de todo, pero como si no. En una casa que veían enfrente habían tenido su nido de amores, pues allí vivía Ángel, y allí le visitaba Julita. Trabanco lo recordó, miró á la casa, al balcón de su gabinete... También, por casualidad, la de Frondoso miró hacia allí... pero sin pensar en nada remoto, pensando en Ibáñez, en Luz... en el álbum, en los versos que Ibáñez prometía llevar al teatro al día siguiente...
¡La de Frondoso! ¡Oh! una señora muy respetable. Aquella gente nueva nada malo sabía de tal dama; se había olvidado su vida alegre; no era ya nadie más que la madre amabilísima de una de las muchachas más hermosas y elegantes de Madrid... En cuanto al álbum-abanico... era una manía inocente, inofensiva, que todos seguían respetando.
Trabanco, viendo seguir calle arriba á la dama vistosa, siempre alegre... siempre frívola; sin los vicios que la edad le había hecho abandonar, pero con la manía que era como la cáscara, ya vacía, del vicio, pensó para sus adentros una porción de cosas, filosóficas como ellas solas, de una filosofía ni pesimista ni optimista... casi cómica.
Y se dijo lleno de benevolencia irónica...
--¡Qué diferencia entre Julita Frondoso... y la _Magdalena_.
UN REPATRIADO
Antonio Casero, de cuarenta años, célibe, doctor en Ciencias, filósofo de afición, del riñón de Castilla, después de haber creído en muchas cosas y amado y admirado mucho, había llegado á tener por principal pasión la sinceridad.
Y por amor de la sinceridad salía de España, por la primera vez de su vida, á los cuarenta años; acaso, pensaba él, para no volver.
Véanse algunos fragmentos de una carta muy larga en que Casero me explicaba el motivo de su emigración voluntaria:
“...Ya conoces mi repugnancia al movimiento, á los viajes, al cambio de _medio_, de costumbres, á toda variación material, que distrae, pide esfuerzos. Este defecto, porque reconozco que lo es, no deja de ser bastante general entre los que, como yo, viven poco _por fuera_, y mucho por dentro, y prefieren el pensamiento á la acción.
“Verdad es que la misma historia de la filosofía nos ofrece ejemplos de grandes pensadores muy activos, muy metidos en el mundanal trasiego, como, v. gr.: Platón, con sus idas y venidas á Sicilia, sin contar otras idas y venidas y su discípulo y rival Aristóteles, que no fué _peripatético_ sólo en su escuela de Atenas, sino recorriendo mucha tierra y viendo y haciendo muchas cosas. De los modernos, se puede citar, entre los muy activos, á Descartes y á Leibnitz, por más ilustres. Pero, con todo, entre los de nuestras aficiones, son más los que siguen el ejemplo de Kant, que apenas salió en su vida de su Königsberg. Carlyle, en su _Viaje á Francia_, póstumo, nos hace ver la gran importancia que da al acto de _valor personal_... de decidirse á hacer la maleta y pasar el Estrecho; y Paul Bourget, en su novela _El discípulo_, nos ofrece la psicología del pensador sedentario que pasa las de Caín porque tiene que ir de París á una ciudad cercana. Yo, aunque indigno, también aborrezco los baúles, las facturas, los andenes, las fondas, los trenes, las caras nuevas, la vida nueva, la congoja infinita de variar, en todo lo que se refiere á las necesidades del mísero cuerpo y á las nimiedades de la vida social.
“Muchas veces me han censurado, y hasta se han reído de mí, creo, porque nunca he salido de España. ¡No he estado en París! ¡París! Magnífico, si yo pudiera llevar mi casa conmigo, como el caracol... y, por supuesto, ir por el aire. El mundo civilizado, sobre poco más ó menos, en lo que merece atención, es lo mismo ya en todas partes, y lo que varía de región á región es lo que mortifica al sedentario maniático, cual yo, que en ropa, alimento, lecho, vivienda, costumbres de la vida ordinaria, no puede sufrir las variaciones. Yo me siento hermano del chino, del hotentote; pero ¡cómo pondrán el caldo por ahí fuera! Francia es como patria de mi espíritu; pero ¡creo que por allí dan un chocolate!...
“...Y, á pesar de todo eso, emigro; sí, me voy; dejo á España. _Dimito._
“Sí, dimito, por creerme indigno de ella, mi magistratura de español _en activo_. Yo, sobre que, después de pensar y sentir muchas cosas en esta vida, en que tanto he reflexionado y sentido, ahora tengo por _deidad_ la sencillez sincera, la humilde ingenuidad para conmigo mismo; no quiero, como diría Bacon, _ídolos_ de la _caverna_, ni del _teatro_, ni del _foro_, ni de la _tribu_; mi ídolo es la sinceridad ¡Culto austero, amargo; pero noble, sereno!
“Pues, bien, amigo mío, ahondando en mi espíritu, mirando _cara á cara_ mi sentir más íntimo, he llegado á convencerme de que... yo _no siento la patria_. No, no la siento como se debe sentir; lo mismo me sucede con la pintura: digo que no la siento, porque comparo el efecto que me produce con el que causa á otros, y con el que yo experimento en presencia de la música buena, de la poesía, de la arquitectura, y veo su inferioridad palmaria. La patria es una madre ó no es nada; es un _seno_, un _hogar_, se la debe amar, no por _a_ más _b_, no por efecto de teorías sociológicas, sino como se quiere á los padres, á los hijos, lo de casa. Yo no amo así á España; me he convencido de ello ahora al ver nuestras desgracias nacionales y lo poco que, en resumidas cuentas, las he sentido. No, no me quieras consolar de esta decepción íntima diciéndome que casi todos los españoles están en el mismo caso. Es verdad, pero allá ellos; que emigren también. Sí, ya sé que los más, sin descontar aquéllos que han impreso su dolor patriótico en multitud de ediciones, en rigor, han visto pasar las cosas como si la lucha de España y los Estados Unidos fuera _res inter alios acta_.
“La misma observación, honda, amarga, despiadada, pero sincera, que he aplicado á mis íntimos sentimientos, la he podido hacer en torno mío. No hablemos de los egoístas francos, militares ó paisanos, que porque la ley, deficiente sin duda, no les exigía un sacrificio directo, ni de su persona, ni de sus bienes, veían con la indiferencia menos disimulada las catástrofes que nos hundían; no hablemos tampoco de los patrioteros hipócritas que por oficio tienen que emplear á diario toneladas de lugares comunes elegíacos en lamentar dolores de la patria que ellos no experimentan; pero ¡si fueran ésos solos! Yo he observado de cerca á quien ha luchado por España, ha expuesto su vida defendiéndola, y ha merecido gloriosos laureles... Ese mismo, que hubiera muerto en su puesto de honor..., lo hacía todo más por el honor que por cariño real, de hijo, á España. No había más que oirle relatar nuestras desventuras que había visto de cerca. No, no hubiera hablado así de las desgracias de una madre, de un hijo. Sin darse él cuenta, ajeno de hipocresía, bien se dejaba ver que más influía en su alma la alegría del noble orgullo, por su valor, su pericia, su brillante campaña, que el dolor por lo que España había perdido. Aquel héroe vencido, no había alcanzado menos gloria que la que el triunfo le hubiera podido dar; por eso estaba contento... y la patria, por la que hubiere muerto, quedaba en su espíritu, allí, en segundo término, como una abstracción de la geometría moral, exacta, pero fría...”
* * * * *
“Además, yo me siento poco español. Creo en el genio nacional; no sé en qué consiste precisamente; pero en ciertos momentos de la historia pragmática, y más en los rasgos populares y en ciertas cosas de nuestros grandes santos, poetas y artistas, adivino un fondo, mal estudiado todavía, de grandeza espiritual, de originalidad fuerte. En Santa Teresa y en Cervantes es donde yo adivino más caracteres esenciales de ese genio. Pero... ¡es tan recóndito y obscuro todo eso! En cambio, saltan á la vista, me hieren con tonos chillones y antipáticos las cualidades nacionales, mejor, los vicios adquiridos, que me repugnan y ofenden. Este predominio, casi exclusivo, de la vida exterior, del color sobre la figura, que es la idea; de la fórmula cristalizada sobre el jugo espiritual de las cosas; este servilismo del pensamiento, esta ceguedad de la rutina, y tantas y tantas miserias atávicas contrarias á la natural índole del progreso social en los países de veras _modernos_, me desorientan, me desaniman, me irritan... y me marcho, me marcho. Excuso decirte que no creo en regeneraciones ni en _Geraudeles_ patrioteros... Ni yo merezco vivir en España, ni España es de mi gusto. Yo no me siento capaz de sacrificar por ella lo que toda patria merece; no tengo, pues, derecho á que su suelo me sustente, su ley me ampare. Ella á mí no me ha dado lo que yo más hubiera querido: una sólida educación intelectual y moral, que me hubiera ahorrado esta farsa de semisabiduría en que vivimos los _intelectuales_ en España. No puedes figurarte lo que padece mi amor de sinceridad, hoy mi fe, con este fingimiento de ciencia prendida con alfileres á que nos obliga la mala preparación de nuestros estudios juveniles. Yo veo mi poder reflexivo, mis facultades intuitivas, mi juicio y mi experiencia, muy superiores á los medios de instrucción sólida de que dispongo, para aprovechar en la sociedad esas facultades. Si no fuera español, sino francés, inglés, alemán, no tendría que lamentar tan bochornosa deficiencia. Ser tuerto en tierra de ciegos, no puede ser consuelo más que para egoístas y vanidosos. Yo quisiera tener dos buenos ojos en tierra en que no hubiera ni tuertos ni ciegos. Ser de la multitud, en Atenas...
“...No se puede creer en regeneradores, porque faltan las primeras materias para toda regeneración. Emigro; ni yo creo en España, ni ella debe esperar nada de mí. Cuando perdimos las escuadras, cuando se rindió Santiago, me puse un poco malo del disgusto... Sí, poco; pronto sané, más contento con este orgullo de querer _algo_ de veras á la patria, que apenado con las irremediables desgracias... Por la pérdida de padres y de hijos, se siente otra cosa más fuerte, más honda: el dolor por la ausencia de la madre no lo endulza la conciencia de la ternura filial; en cambio, al sentir que yo quería á España algo más que los patriotas vocingleros, me sorprendí gozando de cierta alegría íntima... Y después, ¡qué pronto fuí olvidando las pérdidas, las vergüenzas nacionales!... No, España; no te merezco. Ni mi espíritu, hecho extranjero por lectura de franceses, ingleses y alemanes, te comprende bien, ni soy, en definitiva, un buen hijo. Seré el hijo pródigo... que no vuelve.”
* * * * *
Pero volvió. Yo me encontré al pobre Antonio Casero en la Puerta del Sol, disponiéndose á subir á un ómnibus que le llevara á... los toros, á una novillada cualquiera. Volvía de Inglaterra, Alemania y Francia, triste, desmejorado, flacucho.
--Estoy--me dijo--como aturdido. He llegado á ese escepticismo de la conducta, mil veces más angustioso que el de la inteligencia. ¡No sé qué hacer! ¡No sé dónde estar! Huí de España, como sabes, con gran esfuerzo, no por apartarme de ella, sino por cambiar, por moverme. Sabes las razones que tuve para emigrar. Pero ¡fuera de España tampoco _sabía vivir_! ¡Tenía la patria más arraigada en las entrañas de lo que yo creía! El clima, el color del cielo, el del paisaje, su figura, el modo de comer, el modo de hablar, lo extraño de los intereses públicos, el no importarme nada de cuanto me rodeaba; las costumbres, que me parecían irracionales por no ser las mías; todo me repugnaba, me ofendía; todo era hielo y aspereza, una especie de magnetismo enemigo que me acosaba en todas partes. Hasta respiraba peor. Tal vez lo más espiritual de mi ser continúa siendo extranjero, pero cuanto en mí es tierra, barro humano, que es lo más, ¡ay! es español y no puede vivir fuera de la patria. No, no puedo vivir en España... pero tampoco fuera. Y en tal conflicto... vuelvo, aborrezco el _españolismo_, pero me llamo de hoy más _Vicente_, y me voy donde los demás españoles... á los toros. _Natura naturans._ Después de todo, ¡qué sería de España si emigrasen todos sus hijos ingratos, que no la aman bastante! Quedaría desierta.
DOBLE VÍA
Al año de ser diputado y madrileño _adoptivo_, Arqueta ya era bastante célebre para que todo el mundo conociera un epigrama que se había dignado dedicarle nada menos que el jefe de la minoría más importante del Congreso.
--“Ese Arqueta, había dicho, no sólo no tiene palabra fácil, sino que no tiene palabra.”
Eso ya lo sabía Arqueta; nunca había pretendido ir para Demóstenes, ni ése era el camino; pero el tener palabra difícil no le estorbaba, y el no ser hombre de palabra le servía muchísimo. Claro que este último defecto le acarreaba enemistades, pues las víctimas de aquella carencia le aborrecían é injuriaban; pero ya tenía él buen cuidado de que siempre fueran los caídos los que pudieran comprobar toda la exactitud del epigrama... de la minoría. ¿Á que nunca había faltado á la palabra dada al presidente del Consejo de Ministros ó á cualquier otro presidente de alguna cosa importante? ¡Ah! pues ahí estaba el toque. Lo que era, que muchas veces había que navegar de bolina; algunas bordadas había que darlas en dirección que parecía alejarle de su objeto, del puerto que buscaba, pero aquel zis-zás le iba acercando, acercando, y á cada cambiazo, ¡claro!, algún tonto se tenía que quedar con la boca abierta.
Orador, ¡no! La mayor parte de los paisanos suyos que habían sido expertos pilotos del cabotaje parlamentario habían sido premiosos de palabra... y listos de manos. ¡La corrección! ¡Fíate de la corrección y no corras! En el salón de conferencias, en los pasillos, en el _seno_ de la comisión, en los despachos ministeriales, Arqueta era un águila. ¡Cómo le respetaban los porteros! Olían en él á un futuro personaje.
Además, aunque el diputado Arqueta no esperaba su medro del poder legislativo, se iba al bulto, ó sea al poder ejecutivo. Se agarró á las faldas... de la señora del ministro de Hacienda y la declaró buena presa; los Arqueta y Conchita Manzano, la ministra, se habían conocido en un balneario del Norte.
Conchita era una jamona que procuraba prolongar el otoño de su vida hasta bien entrado el invierno. Mejor. Ya sabía Arqueta que no se le iba á dar miel sobre hojuelas; se contentaba con la miel, con el turrón. En el balneario, aunque el trato fué de mucha confianza, Arqueta no pudo conocer, de seguro, si la ministra era una de las catorce señoras malas del P. Coloma.
En Madrid creció la confianza, por la cuenta que les tenía á _los diputados_ por Polanueva, y el ministro participó de la intimidad de los amigos de su mujer. Juana llegó á ser confidente de Concha, que algo tendría que contarla; y el ministro, Medianez, hizo su favorito de Arqueta, que era el encargado por su excelencia de no tener palabra, siempre que convenía dársela á alguno y recogerla sin que él la devolviese.
La clase de servicios que Arqueta prestaba á Medianez eran todos del género que á Mariano le gustaba, _entre bastidores_; se referían _á lo que no puede decirse_ (¡la delicia de Arqueta!), y aquellos lazos eran de los que sólo abate la muerte; y puede que tampoco, porque lo probable será encontrarse en el infierno.
Arqueta, cuando convino, fué director general, subsecretario y otra porción de cosas, algunas sin nombre oficial, ni sueldo _explícito_.
Á pesar de la pureza que el de Polanueva atribuía á la clase de relaciones que le unían al _hombre público_, ponía su principal confianza en las delicias del hogar doméstico... del _hombre público_. Cuando Arqueta pudo afirmar, para su coleto, que Conchita Manzano era _de las catorce_, fué cuando respiró tranquilo.
* * * * *
Subieron y bajaron varias veces los _suyos_, y Arqueta llegó á verse con méritos suficientes para _entrar en una combinación_, para ser ministro, siquiera fuese temporero... que ya sabría él aprovechar la temporada y aunque fuese el temporal. Un inconveniente de jerarquía encontraba: que siendo ministro era tanto como su padrino y no estaba bien. Pero fué el caso que las circunstancias hicieron que Medianez estuviera _indicadísimo_ para presidir un ministerio de transición, de perro chico, sin ministros de _altura_; pero que podían ser todo lo _largos_ que quisieran. Y allí estaba él. Presidente Medianez y él, Arqueta, en Fomento ó donde Dios fuera servido... ¿por qué no? Así las categorías seguían respetándose, pues el presidente seguía siendo el jefe, el amo...
¿Por qué no entraba él en las candidaturas que preparaba Medianez por si le llamaban?
Siempre había atribuido á las faldas de Conchita la fuerza decisiva, cuando había que influir en el ánimo de Medianez y hacerle servir en caso grave los intereses de Arqueta. Ahora había que apretar por este lado.
“¡Lo que puede el amor!, pensaba Arqueta. Todo el mundo dice, y es verdad, que Medianez sabe llevar con dignidad los pantalones; que no es de los políticos que dejan que gobierne su mujer. En efecto, yo noto que Conchita no suele imponerse á su marido; más bien le teme que le manda... y, sin embargo, en todo lo referente á mis cosas ¡como una seda! Pido una gollería, Medianez se enfada, Concha vacila... aprieto yo, se sacrifica ella, pido, ruego, insisto, mando, y... ¡conseguido!
“Ahora el empeño es grave. Pero hay que echar el resto. Medianez ve en mí _poco_ ministro; tiene mil compromisos... ¡No importa, venceré!... Apretemos.”
--¿No te parece á ti que debo apretar?, le decía á su mujer. Y Juana, sin vacilar, contestaba:
--¡Pues es claro! ¡Aprieta!
Ella también seguía cultivando la amistad de la de Medianez y la del ministro mismo; pero, es claro, que pasando lo que pasaba, y que su esposa, naturalmente, no sabía, Arqueta no creía decoroso que Juana apretase también; aparte de que lo que él no lograra menos lo conseguiría su pobre mujercita.
La ministra juraba y perjuraba que ella tenía en perpetuo asedio á su marido para que diera un ministerio, si formaba gabinete, al pobre Mariano, que era el hombre de mayor confianza que tenían.
--Pero, desengáñate, digas tú lo que quieras yo no mando en Medianez tanto como tú crees. Me hace caso cuando cree que tengo razón. Así hablaba, en sus intimidades, la ministra á su amante; pero éste no se daba á partido; insistía, insistía; aprieta que apretarás.
Era el caso que, por una de esas combinaciones tan comunes en la política de bastidores (la que gustaba á Mariano), Medianez estaba haciendo el juego de aquel jefe del partido contrario que decía epigramas contra Arqueta. El jefe de Medianez no quería ministerios de transición; el enemigo sí, porque no estaba propuesto para entrar en el Gobierno; necesitaba dividir al adversario, desacreditar á un Gabinete intermedio y llegar él á tiempo y como hombre prevenido. Medianez y Arqueta bien veían el juego, pero como la coyuntura era única para que Medianez fuera presidente del Consejo, estaban decididos á comprar aquellos rábanos, que pasaban, y caiga el que caiga.
Lo que no sabía Arqueta era que el jefe del partido contrario, que ayudaba á subir á la presidencia á Medianez, ponía sus condiciones al personal del Gabinete futuro, y había declarado que Arqueta no era _persona grata_.
Medianez ocultaba á su amigo las batallas que reñía con aquel señorón para obligarle á transigir con el diputado por Polanueva, á quien él quería á todo trance llevar consigo al Gabinete que iba á presidir.
En fin, para abreviar, vino la crisis, que fué laboriosa; hubo soluciones á porrillo; ministerios de altura y ministerios de perro chico... y por fin ¡oh alegría! vino un ministerio que “nacía muerto” según las oposiciones, pero nacía, que era lo principal: el ministerio Medianez.
¡Y Arqueta entraba en Fomento!
¡Qué escena, la de Arqueta con la ministra, cuando supo que estaba él en la lista de ministros!
Concha estaba muy contenta, claro; pero mucho más preocupada. No salía de su asombro. Estaba segura de no haberle arrancado á su marido palabra redonda de hacer ministro al buen Arqueta. Pero, en fin, ya era un hecho.
Con su mujer estuvo Mariano menos expansivo, porque tenía ciertos resquemores de conciencia, aunque muy leves... Al fin, era por una infidelidad conyugal por lo que llegaba á la anhelada poltrona... ¡Pobre Juana! Pero, qué diantre, como ella no estaba en el secreto y se veía ministra, también debía alegrarse muchísimo.
Ya lo creo que se alegraba. Estaba radiante de alegría. Ella fué la que encargó á escape el uniforme, ó lo sacó de la nada, de repente, según lo pronto que estuvo listo.
Á las once de la mañana iban á jurar y á las diez Juana ya había vestido, con sus propias manos, á su marido el vistoso uniforme, reluciente de oro, con que iba á entrar en la brega ministerial. La casa se había llenado de amigos y amigas. Y, ¡oh colmo del honor y de la amabilidad!, á las diez y media recibió el matrimonio un volante de Medianez en que decía: “Espéreme usted: voy yo á buscarle en mi coche y á dar la enhorabuena personalmente á Juana.”
Á la cual se le cayeron las lágrimas al leer esto.
¡Qué triunfo!
Llegó el presidente nuevo, Medianez, de uniforme también, aunque no tan flamante como el de Arqueta.
Aquella casa era una Babel.
Arqueta... tuvo un momento de debilidad.
Todos le decían que estaba muy guapo con el uniforme; pero el caso era que él, por no parecer fatuo, no había podido mirarse á su gusto en un espejo, vestido de uniforme. ¡Y era el sueño de su vida!
Tuvo que confesarse que su dicha no hubiera sido completa aquel día, si no hubiese podido aprovechar dos minutos para contemplarse á solas, á su gusto, en el espejo, adorando su propia imagen ministerial. En su gabinete ¡dónde mejor! Allí donde tanto había soñado con el triunfo, quería verla reflejada en aquel armario de espejo que tantas veces le había invitado á confiar en la _explotación del físico_.
Nada más fácil, entre el barullo de la multitud que llenaba la casa, que eclipsarse un momento...
Sin que nadie le echara de menos, con las precauciones de un ratero, Arqueta se dirigió á su gabinete. Atravesó el despacho; la puerta estaba entreabierta... enfrente estaba el armario en cuya clara luna se quería contemplar.
¡Demonio! Antes de que las leyes físicas permitieran que Arqueta pudiera verse reflejado en el espejo... vió en él, con toda claridad... un uniforme de ministro. ¡Era el presidente!