Part 14
Roque llegó con el último grupo, con el cura de la parroquia, el arcipreste y otros clérigos. No se dignó mirar al padre de su difunta. Entre la gente del duelo ya se notaba que empezaba á ser tema viejo y gastado el del triste suceso que allí los reunía y los daba de comer aquel día. El elemento laico mostraba más hipocresía ó más cuidado de las _formas_; aún se repetían los lugares comunes que debieran servir de consuelo y no sirven; se conservaban los rostros con expresión compungida. El clero disimulaba menos su indiferencia, y esta franqueza del egoísmo inconsciente tiene algo de relativamente simpática. Enterrar al prójimo era el oficio de aquellos buenos párrocos y capellanes sueltos; de eso vivían; de modo que no era cosa de llorarlo. Además, sin darse cuenta de ello, los curas mostraban, entre los aldeanos, cierto aire de superioridad, así como de casta, ó por lo menos de clase. Hablaban y bromeaban en presencia de los destripaterrones casi con la misma libertad que empleaban en sus gaudeamus de las fiestas, cuando todos eran de Iglesia. Las bromas y libertades de los clérigos rurales podían no ser del mejor gusto, ni graciosas, ni _correctas_; pero eran inocentes, casi infantiles. Faltaban á ciertas reglas de urbanidad clerical, si cabe hablar así, que hubiera exigido la presencia de un obispo, v. gr. Pero que ofendiesen á Dios aquellas maneras algo descompuestas, no es cosa segura.
Roque, de vuelta del entierro, ya era otro. Pensaba exclusivamente en sus huéspedes, no en la difunta. El gesto de vinagre se atenuó; quedaba el traje negro de invierno encargado de recordar el papel _social_ que representaba el viudo. Servir bien á los señores sacerdotes, y á los de la villa, y como se pudiera á los demás, éste era ya el único afán del que iba á quedarse con la casería de que ya era dueño, _de hecho_, hacía tantos años.
--¡Señores, á la mesa!--dijo Roque con tono solemne y algo fúnebre, en pie, en medio de la puerta del corral, donde estaban muchos curas examinando las vacas y los recentales.
--¡Santa palabra!--se atrevió á decir un capellán, picado de viruelas, pequeño, vivaracho, que hacía alarde de ser travieso, franco y todo lo mundano que las sinodales permitían.
Subieron todos al comedor, improvisado en la sala del piso alto, estrecha, oscura y mal pintada de amarillo y verde; lujo introducido por Roque, que era ambicioso y aspiraba al sibaritismo, allá, para cuando ahorrara bastante.
Una cabecera la ocupó el arcipreste y otra el párroco de Llantones, que fué diciendo:
--Aquí Jove, aquí Puao, aquí Contreces, aquí Granda...
Y así fué señalando silla á cada uno de los curas designándoles con el nombre de la respectiva parroquia, si la tenían.
Á la derecha del arcipreste sentaron á Manín; á la del párroco de Llantones se sentó Roque.
Manín hubiera sentido orgullo delicuescente si hubiera sido capaz de apreciar que aquello del sitio era un honor. Pero él no picaba tan alto en materia de pompas y vanidades, como la inspección de los pucheros y ollas le habían dado la seguridad de que sobraba comida, hasta para los pobres, no daba importancia al sitio, sino al hecho de estar sentado á la mesa. El dónde, importaba poco.
--¡Don Manuel, ánimo! ¡Hay que comer, qué diantre!--dijo don Primitivo, el curita de las viruelas, que estaba cerca del aturdido Manín.
--Sí, señor; ya lo creo. Comeremos... ¡qué remedio!...
Iba á suspirar, pero lo dejó, porque lo reputó una excusada y repugnante hipocresía. Su Ramona, que le vería desde el cielo, ó desde el purgatorio, de fijo aprobaría su conducta; además, con ella, con su hija, no tenía para qué andarse con cumplidos: harto sabía ella que su padre no había comido cosa fina, comida de curas nada menos, muchos años hacía. ¿Cómo no habían de alegrársele los sentidos? ¡Olía tan bien la sopa humeante! Estaba la mesa tan blanca, el pan parecía tan tierno, tan caliente y generoso el vino... ¡Quién dijo pena!... es decir, pena sí, claro; pero luego, luego... á otra hora, otro día... muchos días... ¡sí, carape, muchos días!... más cada día, acaso... ¡Recontra! ¡pues no iba á ponerse á pensar en aquello tan negro, tan triste!...
--¿Arroz ó fideos... Manín?--preguntó el arcipreste.
--_Mezámelo, mezámelo_--contestó el padre de Ramona con humildad y candor de paloma.
Quería decir que le dieran fideos y arroz.
Comía, devoraba Manín; á dos carrillos; engullía de prisa, como perro ó gato que asalta una despensa, mirando receloso á su yerno entre bocado y bocado. Roque estaba muy ocupado con sus atenciones de amo de casa que quiere agasajar á los huéspedes. Por eso--pensaba Manín--le dejaba á él comer todo lo que quería.
Sonreía el padre de la difunta á derecha é izquierda, mirando á todos con expresión de agradecimiento y ternura, como diciendo: ¡Gracias, señores; gracias por admitir al mísero padre de Ramona, que en paz descanse, á esta mesa tan bien servida, donde va á sacar la tripa de mal año, de muchos malos años!
La primera copa de buen vino de Toro la recibió el cuerpo de Manín como si con ella le hubiesen ungido rey y emperador de la felicidad terrenal. ¡Qué cosas de cariño, de intimidad caliente, familiar, llena de recuerdos dulcísimos, le decía el jugo de la uva al caerle por la garganta abajo!
Vino el primer cocido, el puchero fresco, lleno de golosinas, tales como buen chorizo, jamón, menudos de gallina, tocino rancio, y Manín dejó que le llenara Don Primitivo el plato, hasta convertírselo en pirámide, de todas aquellas delicias del estómago.
La conversación empezaba á animarse. No había ya reserva alguna, hipocresía de ningún género, ni aun por parte del elemento laico, que antes fingía cierta pena. Así como cuando hay fiesta nadie se acuerda del santo, ahora nadie se acordaba de la difunta, á cuya salud... eterna estaba comiendo toda aquella concurrencia de cristianos tibios.
Se habló de la cosecha, del último concurso convocado por el señor obispo, de los masones; pero la alegría franca, aunque no descarada ni de manifestaciones bulliciosas, no se mostró hasta que comenzaron los chascarrillos. Á Manín le parecía inagotable el vino, y como el vino los cuentos; creía que aquellos señores curas sacaban del fondo de los vasos todas aquellas historias que acababan siempre por un chiste, que reían todos, y que él no entendía las más veces, pero celebraba también con una carcajada y un trago. Los cuentos eran, los más, relativos al clero; solía ser el héroe un famoso cura de La Parada, á quien Manín estaba admirando y envidiando, como César á Alejandro. ¡Si él hubiera sido párroco! ¡Qué tragos, qué pitanzas, qué comilonas!
* * * * *
Vino la morcilla, con las _fabes_ y el _llacón_ y la sidra. ¡Madre de Dios, qué recuerdos de dicha olímpica despertaban en las entrañas de Manín aquellos olores! Sí, en las entrañas; porque eran recuerdos, sensaciones, deleite de paladar _alucinado_ por evocaciones de remota harturas; asociación de ideas, y aún más, de voluptuosidades; sentimentalismo de la gula... ¡qué sabía el pobre Manín! Pero ello era un encanto, estómago y corazón participaban de la delicia...
¡La juventud, la abundancia... el pasado... su madre, su mujer... su hija... sus ensueños!... Manín aflojó el cinto ruin con que sujetaba los pantalones, se limpió el sudor de la frente con la servilleta... y se bebió de un trago un vaso de vino tinto.
Carne asada, un pato, calabacines rellenos... todo eso fué pasando por la mesa y de todo comió el de Pepa José como por cuatro; y de camino bebía como seis...
Indudablemente, el mundo ya le parecía otro: quería pensar y echaba de menos lo que él no sabía que se llamaba lógica; quería sentir y sentía cosas extrañas, ilógicas también; por ejemplo: perdonaba á su yerno y le abrazaba, _in mente_ y al recordar á Ramona no le dolía mucho por dentro, sino que la veía como en el centro de la tierra muerta de risa y contenta de ver á su padre tan bien comido y en camino de coger una borrachera de las que se duermen dos días...
Manín, sin miedo á su yerno ni al arcipreste, rompió á hablar alto, y contó cuentos verdes, y filosofó á su modo acerca de la comunión de los santos y el perdón de los pecados. Dijo lo que quiso, nadie le fué á la mano. El infeliz creía que todos estaban tan exaltados como él; no podía notar que desentonaba, que la alegría de los demás era contenida, expresiva sin estrépito, sobre todo, sin imprudencias, sin paradojas sentimentales... Nada de eso podía ver, se puso en pie, peroró, lloró, abrazó á diestro y siniestro... y cuando llegó la hora de los licores, abrazado á la botella de aniseta, pegajoso y dulzón, cantó á su modo, en prosa bable, una égloga elegíaca, invocando el derecho de gozar del presente, de aquella orgía, que lo era para él la comilona; y se esforzaba en compaginar, con palabras incoherentes, el dolor y la alegría, su desgracia cierta y su pasajera delicia, con no menos poesía, en el fondo, y no menos incomprensible para el vulgo, que Shelley cuando quiere en el _Epipsychidion_ armonizar el amor á dos mujeres á un tiempo.
Roque dejaba á su suegro disparatar, desentonar, descomponerse, escandalizar... Le convenía... Ya lo veían aquellos señores; testigos eran: quedaba explicado por qué él trataba al padre de su difunta como á un perro... Si se le dejaba comer y beber bien, se ponía así, loco...
* * * * *
El escándalo fué mayúsculo. “Tenía razón Roque: su suegro era _imposible_.” La opinión, en las aldeas del contorno, fué unánime. En la comida del entierro nadie, ni los más indiferentes al duelo de la casa, se habían extralimitado. Se había querido, como siempre, distraer á la familia, contando chascarrillos, animando la conversación, pero todo con cierto tino, sin salir del tono conveniente... y él, Manín, el padre de la difunta, se había emborrachado, y había cantado coplas sucias y había llorado... vino y sidra... ¡Horror!
* * * * *
Algunos meses después, ni Roque, ni el párroco de Llantones, ni el arcipreste, ni ninguno de aquellos comensales tan morigerados se acordaban ya, ni en sus cortas oraciones, de la pobre Ramona, que comía tierra. De lo que sí se hablaba algunas veces todavía era del escándalo que había dado Manín de Pepa José en la comida de los funerales de su hija...
Manín volvió á su choza miserable, á su vida de perro pastor; decrépito, comiendo como un anacoreta... borracho de lágrimas, de recuerdos, de necesidad... lleno de lástima de sí mismo... y viendo el mundo vacío, enemigo, con él porque por él ya no cuidaba aquella hija que parecía ruda y era como el aire, como la luz, como el calor... La necesitaba, con ansias de enfermo caduco... y ella no venía, no volvía, no podía volver...
Manín deseaba un remedio que no sabía buscar, en sus cortos alcances; el remedio que él quería era el suicidio, pero no daba con él. Los animales no suelen suicidarse, aunque padecen mucho á veces. Manín era como un rocín viejo, podrido, desamparado... que no sabía suicidarse. Acaso estaba chocho, con la idea-dolor fija de su Ramona... que no estaba allí, en Llantones... en la casería... para compadecerse del pobre viejo, y darle aire, luz, calor... vida... la vida aquélla que ni se marchaba ni se quedaba; que él tenía y no tenía... Para su delirio de penas, Ramona ausente era el sol muerto, y él, Manín, desnudo, en la calle, tiritando de frío... ¡con miedo, con sed, con hambre!...
ÁLBUM-ABANICO
Ó al revés, abanico-álbum _como gustéis_. La señora de Frondoso tenía uno, célebre en todo Madrid. Por el tiempo en que comienza esta fiel historia de sucesos reales, ya el álbum de versos y dibujos era cosa bastante desacreditada, y el abanico convertido en álbum, el colmo de lo cursi. Pero la señora de Frondoso había leído en _Pepita Jiménez_ que la esencia de lo cursi estaba en el excesivo temor de parecerlo; y se hubiera creído más cursi que todas las cursis juntas si hubiera renunciado á que la pusieran versos en los abanicos, considerando que se había abusado de este género de galantería, que ya apestaba al mundo, pero que á ella no le apestaba. Y en el círculo de sus relaciones, ó mejor, en la corte de Cupido que la rodeaba, lo ridículo é impertinente era quejarse de la anticuada manía.
--Fulanito, tiene usted que hacerme algo para el abanico--decía la de Frondoso á cualquier nuevo amigo presentado en su círculo escogido--; y Fulanito se guardaba de repetir los lugares comunes que corrían contra los abanicos literarios, y prometía escribir, y escribía y procuraba esmerarse. ¡Vaya, y que era fácil distinguirse entre aquellas patas de mosca que llenaban el _país_ del álbum de viento! Ayala á la derecha; Campoamor por arriba; Núñez de Arce, con su _Excelsior_, por debajo; Manuel del Palacio á babor...; Echegaray allá á lo lejos... No había formas desconocidas, ni aficionados completamente memos; todos los firmantes eran poetas de verdad, ó, por lo menos, mozos de chispa, ó buenos mozos, ó ilustres políticos, ó periodistas célebres, ó cómicos insignes. Dígase pronto, porque ello se ha de saber. La señora de Frondoso amaba mucho; y su marido, secretario del Círculo, consejero de ferrocarriles y afortunado bolsista, no había sido más que uno de los primeros eslabones de una cadena de oro con que ella voluntariamente sujetaba el corazón. Era rica, hermosa todavía, muy franca, muy bien educada, digámoslo así; muy afable, muy natural, nada gazmoña. Su esposo era un hombre muy simpático y muy influyente, amigo y deudo de grandes personajes, algunos de escogida aristocracia... Todo Madrid sabía que Julita Medero, ó á la francesa, como la llamaban, Julita Frondoso, era... la _Pródiga_; y sin embargo, no sólo las catorce señoras malas que hay en la corte, según la estadística del P. Coloma, sino las muchas docenas de damas intachables de la más culta y distinguida sociedad, transigían con Julita, y la llevaban en palmas, siempre que ella quería, que no era todo el año. Porque había temporadas en que se la veía muy poco entre la gente de su _mundo_, y entonces ó desaparecía ó iba á sitios poco _distinguidos_ con otras damas, también ricas y de mucho tono... pero un poco separadas del trato de las familias más escrupulosas.
La de Frondoso volvía á los _suyos_ siempre que quería, y nadie temía que trajera consigo la peste que hubieran podido pegarle aquellas _otras_.
Este privilegio lo debía Julita á muchas cosas. En parte, á su humor equilibrado, alegre, sin aturdimiento; á su trato simpático, cordial; á su atractivo singular, que era tal, que muchas veces se vió enamoradas de ella, en pura amistad, á las mismas que debían estar celosas, por causa del respectivo marido. Tenía la de Frondoso una particular complacencia en conquistar á un tiempo á un amigo... y á su mujer; y lo conseguía no pocas veces. Nadie hablaba mal de ella... en detalle. Se reconocía, en general, que no había por dónde cogerla, porque eso era notorio; pero... _nada más_. Nadie comentaba sus aventuras una á una, ni se hablaba de su querido _actual_; no se la seguían los pasos. Tenía la gran _virtud_... mundana de _no dar escándalo_. Cierto beneficiado de una catedral, amigo suyo, había dicho en una ocasión delante de ella: “Si no puedes ser casto, sé cauto”; y ella había convertido en dogma de moral la frase, digna de Cicerón. Secreto, siempre secreto. Nadie tenía pruebas, que pudieran valer en juicio, de lo que era una convicción común. “Concretamente no se sabe nada”, se repetía por todas partes. En fin, aquello sí que era cursi y de clavo pasado: hablar de los adulterios de Julita. ¡Adulterios! ¡Jesús, qué palabrota tan poco oportuna y tan escandalosa... tratándose de Julita Frondoso! Amigos, protegidos, así se debían llamar los amantes de aquella señora. No eran sus _admiradores_, sino mejor sus _admirados_; era ella la que admiraba. Su especialidad era... el _plato del día_; el hombre de quien hablaban los periódicos de aquella semana..., ése era el seductor... á quien Julita procuraba seducir. Parecía á veces la de Frondoso la _flor natural_ de un certamen. Se _adjudicaba_ al más excelente versificador, ó al diputado de más labia, ó al espadachín de más agallas y más arte. Nunca llegó á los toreros. Pero sí á los ministros. Un ministro joven le parecía un encanto, si no era tonto. Por lo general, prefería las bellas artes, incluyendo las letras. El poeta era lo mejor, y lo que más se le pareciese, en seguida. En pintura entró por el naturalismo primero que en literatura. En la época de los últimos resplandores de la hermosura de esta señora, empezaba el realismo á estar de moda en España; y ella lo acogió, en las artes plásticas, concediendo sus favores á Pablito Fonseca, que era un paisajista de la escuela natural. Su especialidad eran las vacas sentadas sobre la yerba. Pablito no tenía dos dedos de frente; pero sus vacas eran _pedazos de la realidad_ puestos en el lienzo. Daban ganas de ordeñarlas. Por unas cuantas semanas, algunos chuscos llamaron á la de Frondoso la de _Finojosa_. Ya comprenden ustedes por qué.
Pero, amigo, en materia de novelas, “¡mi Feuillet de mi alma!” decía Julita; y, dicho sea en puridad, lo que le gustaba á ella de verdad era el folletín criminal, con un misterio en cada número del respectivo periódico. Una hija que estaba una porción de semanas sin padre, y que á lo mejor encontraba tres ó cuatro...; eso, eso era lo que encantaba á Julita.
Si al cabo entró por la novela más ó menos naturalista, fué gracias al carácter firme y genio áspero de Ángel Trabanco, poeta lírico _predominantemente_ descriptivo, que despreciaba de modo olímpico el argumento, la _fábula_, y en poesía y en novela quería ver el mundo real pintado por él mismo, por el mundo, no por las aventuras de los muñecos humanos que lo pisaban y profanaban. Con todo su mal genio, Trabanco, si quiso conquistar el corazón de Julita, ó por lo menos alquilarlo por una temporada, no tuvo más remedio que pasar por las horcas caudinas del _álbum-abanico_. Quedaba un rincón en blanco, y allí, con letra muy menuda, el poeta descriptivo de mal genio tuvo que pintar en unos veinte versos, modelo de concisión y fuerza plástica, _El molino viejo_. Era un molino cansado de moler, en ruinas por fuera y por dentro; la molinera vieja, la cítola gastada... ¡Magnífico de verdad y de tristeza! “Ese molino soy yo”, dijo la de Frondoso. No valieron protestas; se empeñó en que era ella, y le hizo gracia tener un parroquiano nuevo para el molino viejo de su corazón... Ángel se hizo querer más que otros, porque era dominante, desconfiado, montaraz, decía Julita. La convenció de que tenía la pobre muy mal gusto literario, y le hizo leer las novelas de los Goncourt, que la aburrían, y las de Balzac y demás maestros consabidos, que no las podía concluir sin dormirse.
Pero al álbum-abanico no pudo hacerla renunciar. Aquel registro de notabilidades más ó menos pasajeras siguió siendo la manía de Julita; los amantes variaban; la manía siempre era la misma. Como se decía que aquellos abanicos poéticos y artísticos eran las _actas de los mártires_, es decir, listas de los amantes de Julita, ésta creyó oportuno advertir á Trabanco que en tal supuesto había notoria exageración.
--Oye, tú--le dijo un día:--la tirria que le tienes al abanico ilustrado, como tú dices, no será porque creas que han sido amigos míos, así como tú, todos estos señores... Te juro que nunca tuve nada con Zorrilla, ni con Campoamor, ni con Pepe Luis...
--No; si á quien yo temo es al _nuevo Parnaso_.
--Yo soy franca, ya lo sabes; un cómico francés, que fué íntimo de casa, allá en París, me decía que ya Molière, en una comedia que se llama _L’Etourdi_, justificaba la brevedad de los amores: cuanto más breves sean los extravíos, menos malos serán.
Y la de Frondoso, con mediana pronunciación, repetía siempre que hablaba de esto:
_Si notre esprit n’est pas sage á toutes les heures, Les plus courts erreurs sont toujours les meilleurs._
--Y tú no puedes quejarte, Nerón--añadía la simpática matrona--; hace un siglo que te quiero.
Y era verdad; la de Frondoso se había acostumbrado á su poeta del molino viejo, y no llevaba trazas el trueno de venir por causa de ella.
Pero al vate le llamaron á su pueblo, donde le esperaba una buena moza, que le quería muchos años hacía, y que acababa de heredar algo más sólido que los poemas descriptivos. Trabanco habló claro. Julita trató de disuadirle; le aconsejó que se quedara en Madrid para hacerse _célebre de veras_; esto en el lenguaje de Julita, quería decir: hacerse hombre político con el riñón cubierto. Le prometió ayudarle con la influencia de su marido y otras que ella tenía... Quedaron en discutirlo en el tren, saliendo juntos de Madrid, ella para Francia y él para su pueblo... Si ella le convencía en unas cuantas horas... seguirían juntos á Francia...
La de Frondoso no vió á Trabanco ni en la estación ni en el tren. No le volvió á ver en muchos años. Le perdonó, le escribió; él contestó dos, tres veces; después, ni cartas.
Julita perdonó esto también... y á los pocos meses para ella Trabanco era un joven de porvenir, que había cortado la carrera casándose con una _ingenua_ de pueblo. Y tan amigos.
* * * * *
Pasaron más de doce años, trece ó catorce; la de Frondoso siguió viviendo en Madrid, y Trabanco en Barcelona, en Sevilla, en el extranjero algunas temporadas; á Madrid no fué nunca más que de paso. Muy de tarde en tarde, leía Ángel en los periódicos algo referente á las tertulias de la señora de Frondoso; según los revisteros de salones, el encanto de aquella morada era Luz, aquella _Bebé_ de que tanto le hablaba _illo tempore_ Julita; la niña esbelta y precoz que había visto él muy pocas veces, siempre de lejos.
Una tarde, en uno de sus raros viajes á la corte, Trabanco hablaba con varios amigos, políticos y literatos, en un corrillo en la Carrera de San Jerónimo.
Á tales fechas, Trabanco era muchas cosas antes que lírico. Con el dinero de su mujer había hecho negocios muy sanos en la industria taponera; el corcho y su mercado eran una de las preocupaciones más importantes del poeta de cabeza gris y grandes patas de gallo alrededor de los ojos, siempre enérgicos y soñadores. El corcho le había llevado al estudio de ciertas cuestiones económicas muy prácticas; de estas cuestiones había ido por asociación de hechos á la política, y en la actualidad era un candidato á la diputación á Cortes, tan encasillado como otro cualquiera. Pero seguía siendo poeta y viendo el mundo por su aspecto de hermosura plástica; de tarde en tarde publicaba un tomo de versos, muy elegante, con grabados muy bonitos. No le atormentaba la mucha ó poca venta, como antaño; el corcho le permitía estar tranquilo respecto de este particular. Regalaba muchos ejemplares, recorría muchas redacciones y se hablaba bastante de los versos de Trabanco, sin que nadie pusiera interés en negarle el talento poético, que ni subía ni bajaba. Cuando había alguna vacante de académico de la Española, no faltaban _críticos_ que _indicaban_ á Trabanco, sin escándalo de nadie. Y nada más. Ésta era toda su gloria. Como se ve, Trabanco no había llegado á ser _célebre de veras_, como la de Frondoso hubiera querido, y acaso hubiera conseguido si él no se hubiese separado de ella y de la corte.
En fin, aquella tarde, cuando más animada estaba la conversación del corrillo, dos damas muy bien vestidas, altas las dos, una vieja y otra muy joven, deslumbradora de lozanía y belleza, pasaron junto á aquel grupo, que se abrió para dejar libre la acera.
--¡Ibáñez!--exclamó la dama entrada en años deteniéndose y alargando una mano á un buen mozo, pero muy gastado, que formaba parte del corro.
--Señora... Luz...
--Me tiene usted olvidada.. Y tú, Luz, ríñele...
--No lo crea usted. Mañana mismo...
--Sí, siempre mañana...
--Mañana sin falta tiene usted eso en el palco; ¿no le toca á usted mañana en el Español?
--Sí, sí; ¿pero están ya hechos?
--Sí, señora, sí. No valen nada... pero...