Doctor Sutilis (Cuentos)

Part 13

Chapter 133,825 wordsPublic domain

No vaciló don Nicomedes. Pagó el viaje á Jesús Murias, que tenía un catarro crónico que no le dejaba respirar, cuanto más inspirarse; le regaló unos cuartos para la posada; le cargó las alforjas de ejemplares de los _Ecos de ambos ríos_, y le dió una carta de recomendación para el Sr. Sencillo, que así se llamaba el crítico corrosivo. ¿Que de quién era la carta? De Niceno en persona. Decía así: Ilustre Aristarco: no le conozco á usted. No lo necesito. No pido favor. Pido justicia... Y por ahí adelante, todo en estilo cortado, manía que había cogido Niceno, como una peste, corrigiendo pruebas de una obra de Henao y Muñoz.

* * * * *

Jesús se presentó á Herodes, es decir, Murias se presentó á Sencillo en la redacción de _El Erizo_. Saludó al Minos que tenía delante con uno de aquellos saludos que Fígaro llamaba, en casos semejantes, sordos; y precisamente saludó pensando en Fígaro y en aquel adjetivo, y procurando evitar toda _gauchería_ (como él se dijo para sus adentros, porque usaba los galicismos voluntarios hasta en sueños). Ya se verá después que la especialidad de Murias era el francés... y sus consecuencias.

Sencillo contestó al saludo de Murias sin mirarle, y siguió escribiendo en la mesa que tenía para él sólo. Por de pronto, no abrió la carta.

Murias no se ofendió. Él pensaba hacer lo mismo cuando fuese célebre: pensaba darse tono no viendo siquiera los principiantes que se le pusiesen delante.

Pasaron cinco minutos y tosió Murias, sin querer.

Levantó los ojos Sencillo y dijo:--Soy con usted. No puedo interrumpir ahora esto...

Vamos, pensó Jesús, tiene á algún poeta en el asador y temerá que se le queme.

El director del periódico, que observaba la escena desde su despacho, pues estaba la puerta abierta, se levantó, no sin vencer la prosa y se acercó á la mesa de Sencillo. Conocía al crítico, sabía cómo las gastaba y le quitaba todas las púas que podía. Allí _El Erizo_ era Sencillo; el director, D. Autónomo Eufemio de Pérezbueno, era lo menos áspero que cabía. Era una mantequilla de Soria de mucho bulto y muy ilustrado. Usaba bata de las talares y babuchas de Tánger. Flemático, hombre de mucho mundo... corrido con buena correa, no creía en los malos escritores, á fuerza de creerlos inofensivos... No digo que no los haya, decía, sino que es lo mismo que si no los hubiera.

Abreviando: Murias salió de allí con muchas ilusiones, gracias á las buenas palabras de Pérezbueno. Á Sencillo apenas le oyó el metal de su voz, pero don Autónomo le había dado palabra de que Sencillo--_Bisturí_ en el claustro... crítico--hablaría de los _Ecos_ de todos los ríos y canales de Castilla y Aragón que se pusieran por delante.

Pasaron años; por lo menos así le parecieron á Murias, aunque no eran más que días, y Sencillo nada dijo ni de _Ecos_ ni de resonancias. Murias se atrevió á ponérsele otra vez delante de la mesa. No estaba el director. Tosió Jesús, sin querer, de puro tísico; le miró Bisturí, le reparó bien y le mandó sentarse. Asado el poeta del día, Bisturí se volvió á Jesús y le preguntó, sin echar veneno, qué se le ofrecía... Murias, balbuciente, aludió á los _Ecos_ que estaban en el cajón de la derecha... si no recordaba mal. Buscó Bisturí y echó de menos... un cartucho de dulces que había metido allí. Bronca entre la crítica y la portería. El portero culpaba á un redactor.

_Quel giorno più non..._

No se habló más de los Ecos aquel día. Al siguiente, sí. Estaba el director. Pareció el libro... debajo de un pie de la mesa. Estaba haciendo de _forro_. Ni por el forro lo había mirado Bisturí.

Murias empezó á observar al crítico mas en silencio. Pero cada vez más humilde. Bisturí acabó por fijarse en aquel tipo que venía semanas y semanas á pedir que lo pusieran en parrillas si lo merecía, pero que se hablara de él, y que lo pedía poniendo el rostro á todos los desaires.

Todavía no había dicho nada del libro Sencillo, cuando ya era casi como de la casa, á fuerza de trato y familiaridad, Jesús Murias.

Casi convencido de que no tendrían eco los Ecos, empezó á alimentar otra esperanza... pensando en que necesitaba alimentarse él. Se habían acabado los cuartos de Niceno. Jesús aspiraba á ser _meritorio_ en _El Erizo_. Pérezbueno á los colaboradores regalados no les miraba el diente. Pero no había plaza. No había dónde poner un alfiler ni un galicismo en el periódico.

Cierto redactor _maleante_--que era el que se comía los caramelos del _sacerdote_ con púas--propuso, con la mayor seriedad, que Murias entrase á formar parte de la colaboración de _El Erizo_ en la sección... de fajas.

“Podía escribirlas; no pegarlas, por supuesto.”

Murias no le tiró un tintero ni nada al redactor maleante.

No aceptó el empleo. Pero sí otro que le ofreció el director. Fué de cronista á la tribuna del Senado.--¿Quiere usted que sea cáustico?--Sea usted el pimiento del baturro zaragozano...

Al día siguiente aquel poeta llamaba animal al respetable presidente de la Cámara alta; dudaba, con ironía, de la honradez de tres generales victoriosos y dirigía alusiones pornográficas á lo más augusto. Presidio seguro para toda la redacción si se publicaba aquello.

_El Erizo_ siguió sin clavarse en la ley de imprenta como hasta entonces. Y las crónicas del Senado firmadas por Arquiloco salían todos los días.

“Mis _yambos_ en prosa”, llamaba él á las crónicas, hablando con sus amigos en Fornos.

--Pero, hombre, le preguntó uno á Pérezbueno, ¿cómo se las echa de Arquiloco el pobre Jesús, si sus crónicas del Senado son anodinas, inocentes?...

--¡Oh!--exclamó D. Autónomo--¡Qué han de ser anónimas! ¡Si ustedes las vieran! Cantáridas, injurias, calumnias, _yambos_ á toca teja... Lo que hay es que al corregirle las pruebas yo _le quito las ocurrencias_ (Histórico). No queda más que lo que él copia del extracto de una agencia. Pero él ser, es una ventosa.

Y el pobre Murias aguantaba esto y aguantaba el hambre, porque sueldo ¡Dios lo diera!

Cuando ya Jesús era lo que se llama redactor de _El Erizo_, aunque á prueba... de pruebas, y sin probar bocado, _por fin_ Bisturí se dignó hablar de los _Ecos de Entrambasaguas_.

Y decía Bisturí en _El Erizo_: “Ahora se verá si soy ó no imparcial de veras. El autor es un amigo, un compañero... pues bien, por lo mismo se le debe la verdad entera...” Y la verdad era digna de los yangüeses que apalearon á D. Quijote.--Murias se quedó en la cama unos días, porque se sentía molido materialmente. No se reconocía hueso sano.

No volvió por _El Erizo_, y, en la cama, recibió una carta del Mecenas de Cantarranas, don Nicomedes, que le decía entre otras cosas: “Nos hemos equivocado. No es usted lírico. Bisturí ha puesto el filo en la llaga. Acaso sea usted épico. Pero por si acaso, probemos otra cosa. Cuente usted conmigo. ¿Quiere usted traducir un diccionario de teología, en veinticinco tomos? Se trata de la lengua de Fenelón. Cinco duros por tomo.”

--Bueno, seré _épico_--se dijo Jesús resignado.--Traduciré los veinticinco tomos. Y ésta es la primera estación. Las que faltan se recorrerán en el segundo y último capítulo de esta historia, _arrancada á la realidad_.

MANÍN DE PEPA JOSÉ

Manín de Pepa José, si hubiera nacido señorito y hubiera estudiado y escrito en los periódicos, hubiera sido un _esteta_. Pero en Llantones, parroquia rural cerca de Gijón, Manín no era más que un _folganzán_, que no valía la _borona_ que comía... cuando la comía.

Su madre, Pepa José, es decir, una Josefa, mujer de un José, quedó viuda ya en edad madura, y aunque la _casería_ que llevaba en arrendamiento, en la escritura del contrato parecía cosa de Manín, heredero de José, quien mandaba en todo era la madre; sólo con ella se contaba. Enjuta, alta, de mucho hueso, mirada fiera, actividad febril, gestos hombrunos, era un águila para el trabajo, para el cuidado de la hacienda, y sus criados y jornaleros andaban en un pie. Sólo Manín, el hijo único, gozaba el privilegio de la benevolencia de aquella mujer que no daba un bocado de pan sin que se lo pagara algún servicio. Pero Manín era otra cosa; por él y para él trabajaba ella tanto. No era fuerte, no mostraba aptitud para las faenas del campo, y la madre había soñado con hacerle sacerdote. Pero él, muy contento con trabajar poco y cuando quería, no entraba por lo de cantar misa. El trabajo le repugnaba... pero el ascetismo también. Le gustaba la alegría, el ruido, el baile. Era gaitero de afición, y de habilidad notoria. Con la gaita suavizaba el carácter de su madre, aquella fiera; la embelesaba con aquellos gorgoritos estridentes del puntero y con las notas asmáticas que salían de las profundas entrañas del fuelle.

Cuando Pepa aturdía á gritos á los vecinos en media legua á la redonda, riñendo á un criado ó atosigando á un deudor, y las imprecaciones de aquella Euménide de pan llevar retumbaban en el castañar que rodeaba la _casería_, Manín, tocando el _Altísimo Señor_ ó la _Praviana_ en la gaita desafinada y melancólica, aplacaba poco á poco á la furia, la atraía y acababa por enternecerla.

* * * * *

Manín era de oficio, de verdadero oficio, soñador. Un soñador alegre, que buscaba la soledad para saborear los recuerdos de las fiestas, de las romerías, de los bailes alegres, llenos de _ijujús_ tempestuosos, horrísonos, expresión de _histerismo_ de centauros. Manín no sabía que el _ijujú_ era celta; él lo consideraba como una manera de _relinchar_ de los mozos de la aldea. Y él relinchaba también, sobre todo allá para sus adentros.

¡Si el mundo fuera siempre cortejar, bailar la danza prima, disparar el cachorrillo para solemnizar la procesión, tocar la gaita _al alzar_ en la misa cantada el día de la fiesta! ¡Y después, á la luz de la luna, por el _castañeo_ arriba, acompañar á una rapaza, y _echar la presona_ á la puerta de su casa hasta cerca del alba! ¡Y luego, á solas, en la _llinda_, ó á la hora de la siesta, sentir la brisa llena de olores queridos, familiares, reclinado el cuerpo sobre la rapada yerba, y soñar despierto, rumiando recuerdos dulces; como las vacas, sentadas á la sombra, rumiaban su alimento!

* * * * *

Pero la vida no era eso. En faltándole su madre ¿qué iba á ser de Manín? Y Pepa envejecía, y tenía achaques, que le procuró el trabajo excesivo. Se sentía herida de muerte y temblaba por el porvenir de aquel hijo, incapaz de dirigir la hacienda. Ya se había susurrado por la aldea que el _amo_, si moría Pepa, y Manín quedaba solo, no le dejaría seguir con el arrendamiento, porque en poder de tal _casero_ los bienes perderían mucho.

Pepa vió la única salvación de su hijo en casarlo con una mujer que fuera como ella, que se pusiera los pantalones, y trabajara y dirigiera la casería. Rosa Francisca de Xunco fué la moza que ella deseaba. Era como ella, hormiga con alas para la codicia. Era hija de un vecino que siempre había envidiado la casería de Pepa José.

Rosa se casó con Manín sin mirarle siquiera, pensando nada más que en mandar allí, donde tanto mandaba Pepa. Eran iguales ambas hembras; pero por lo mismo eran incompatibles. Eran dos abejas reinas; una tenía que sucumbir. Como una especie de pacto tácito, venía á ser condición de la boda que Rosa no tuviera mucho tiempo que obedecer á nadie; sobraba Pepa, si lo tratado era tratado. Pepa bien lo conocía. Admiraba á Rosa, veía en ella el futuro amparo, y tirano también, de su Manín; y aborrecía á Rosa necesitándola, y le envidiaba aquella sucesión que tenía que dejarle ella. Pero Pepa murió pronto. Rosa Francisca ocupó su puesto y todo siguió como antes: los criados andaban en un pie, la _casería_ prosperaba, y Manín tocaba la gaita, soñaba despierto en la _llinda_, y echaba de menos, un poco, el cariño áspero, pero cierto, de su madre. Rosa no le mimaba, ciertamente; le despreciaba; le tenía en constante olvido; pero le dejaba comer sin trabajar apenas.

Manín sintió también, además de la ausencia de su madre, la ausencia de las aventuras amorosas: ya se había acabado lo de _echar la presona_, el _cortejar_ los sábados de noche, hasta la aurora del domingo. ¿Con qué reemplazar aquella dulzura? ¿Con el juego de bolos? Probó... pero aquello no le hizo gracia. Montaigne no encontraba ni en la gula ni en placer alguno un sustituto digno del amor: comprendía á los viejos que se consolaban con los buenos tragos, pero él no podía reemplazar con la embriaguez el amor. Manín, si no cosa tan delicada como el _rebrincar_ y ergotizar con una buena moza, acabó por encontrar cierto encanto en las copas de anís escarchado, de malvasía y de rosa. Los licores dulzones fueron el sucedáneo de los galanteos para aquel epicurista de montera. Iba á los mercados de Gijón y allí se despachaba á su gusto bebiendo en un café, entre el _señorío_, aniseta, rosa, málaga y cosas así. Mucha dulzura, y ver candelillas, y figurarse el mundo menos malo de lo que positivamente era... Y á casa á dormir, oyendo frases de desprecio de aquella Rosa, que era su tirano, pero también el amparo que le había dejado su madre.

* * * * *

Tuvieron una hija. Buenos insultos le costó á Manín. Rosa hubiera querido un hijo.

No lo hubo. El trabajo mata, por lo visto. Mientras Manín se conservaba fresco, lozano, pese á los años, Rosa empezó á decaer; una vejez prematura, precipitada, acabó con ella... y tuvo que pensar en lo mismo en que había pensado Pepa José algún día. Si moría ella, ¿á quién iría á parar la casería? El nuevo amo, hijo del otro, tampoco la dejaría en poder de aquel trasto inútil de Manín... Y Rosa, con el mismo fin con que Pepa había buscado una mujer para Manín, buscó un marido para Ramona, la hija de Manín y de Rosa.

Ramona se parecía á su padre: era alegre, soñadora como él, poco activa, débil de carácter; no servía ella, como su madre y su abuela, para cuidar la hacienda. Pero Roque de Xuaca, el marido que escogió Rosa, sin consultar á Ramona, la mujer de Roque, era el aldeano más codicioso y tenaz para el trabajo de todo el concejo. En su juventud, mientras fué soltero, nunca fué á las romerías por las mozas, sino por los bolos. Ganar algunos céntimos en la bolera, á fuerza de sudores, era todo su recreo. El resto de la semana, en vez de los bolos del domingo, tenía la _fesoría_, la pala, la guadaña... los céntimos se los sacaba á la tierra. Se casó sin amor, sin nada más que codicia; dispuesto á ser el amo cuanto antes. Rosa murió pronto, y Roque empezó á tratar á su suegro peor que al perro, que le servía más guardándole la casa.

Manín temblaba ante el marido de su hija; no pensó en disputarle el dominio: desde luego aceptó su papel de carga inútil. Trabajar de veras no podía, no sabía; cada vez menos. Á pesar de las buenas apariencias, Manín por dentro se sentía viejo, muy débil, cada día con más necesidad de amparo, de que le cuidaran, de que le dejasen sus aficiones de pobre diablo amigo de los tragos dulces, de la excitación alegre del licor... Pero Roque no consentía ni siquiera lo que Rosa había tolerado por desprecio. Roque de Xuaca era brutal, soez, cruel. Á Ramona la tenía en un puño, y la pobre hija de Manín, siempre enferma, no se atrevía á defender á su padre. Ni Manín se quejaba delante de Ramona, por miedo de que el marido la maltratase si ella abogaba por su padre.

Roque ensayó lo imposible: obligar á Manín á trabajar de veras, con provecho y constancia. Manín sólo tuvo fuerzas de voluntad... para oponerse á tales ensayos, nuevos en su vida y de fracaso seguro. Lo que es trabajar como los demás no trabajaría por mucho que mandara Roque. Podía matarle de hambre, de un palo; pero hacerle pasar el día encorvado rompiendo terrones, era imposible. Pero el de Xuaca no se dió por vencido. Renunció á tener en Manín un esclavo que le ahorrase un criado, pero no renunció á sacar del pobre viejo todo el partido posible. Como á un chicuelo, se le obligaba á llevar el ganado al pasto, era el _rapacín de la llinda_ y se le empleaba en otras labores fáciles, sencillas, pero molestas para un anciano. Y, por supuesto, se le acortó la ración. Se acabaron los buenos tragos, los viajes en pollino á la villa, los bocados de pan tierno, la ropa limpia y fresca; hasta se le echó del cuarto desahogado y caliente que ocupaba en la casa nueva y se le obligó á vivir en la choza antigua de la casería, á un tiro de fusil de la vivienda de su hija. Para Roque, su suegro era menos que el último jornalero.

Manín se sintió aislado, sitiado por hambre; quería matarle á fuerza de hastío, de soledad, de privaciones... ¡Málaga, rosa, marrasquino! ¡Recuerdos del bien perdido! Ni una _copiquiña_ en un año. _Borona_, _fabes_, agua... un poco de leche, poco... y lo demás tristeza, frío, soledad, aburrimiento... Lo que no podía Roque era vencer la afición de Manín á las delicias de que le privaba. Soñaba con ellas, no pensaba en otra cosa. La privación de aquellos placeres materiales, de los buenos tragos, de los buenos bocados, le hacía dar un interés exclusivo á tales cosas; toda su voluptuosidad, que antes se esparcía en tantas delicias, el amor, la música, la vaga poesía del ensueño, la danza, la conversación alegre... ahora se reducía á complacencias del paladar, que no podía conseguir, y que cada día deseaba con más fuerza.

Cuando le echaban en cara su apego á tales apetitos groseros, Manín se enternecía, con lástima infinita de sí mismo, y, como un anacreonte elegíaco, procuraba demostrar que á un pobre viejo que ya no podía gozar de otros placeres, los buenos tragos, los buenos bocados se le debían como se le debe el respeto.

Pero Roque le trataba peor cada día: llegó á reducirle á la condición, casi casi, de un mendigo.

* * * * *

Murió Ramona en un mal parto. Roque, seguro de tiempo atrás de que con la casería se quedaba él, se vistió de negro, con ropa de invierno en Agosto, antes de que el cadáver saliera de casa. Puso el rostro duro, compungido, con mueca avinagrada, y recibió á los señores curas y á los parientes y vecinos que vinieron al entierro y á los funerales, con seria amabilidad, sin extremar las manifestaciones del dolor, sin olvidar sus deberes de amo de casa para con los huéspedes, pero sin descuidarse un momento en su papel de viudo que debía estar por dentro muy afligido. Con suspiros contestaba á los consuelos de rúbrica, y en silencio pagaba con obsequios las máximas filosóficas y religiosas con que los huéspedes procuraban mitigar la pena que él estaba en el caso de sentir.

De Manín nadie se acordaba; pero él vino desde su destierro de la cabaña vieja sin que le llamaran, y á nadie se le ocurrió echarlo de allí, como tampoco se echaba al perro, que entraba y salía en la alcoba mortuoria.

Manín estaba, más que afligido, aturdido, desorientado. ¿Qué iba á ser de él? Algunos, los pocos que no sabían el desprecio con que se miraba al pobre viejo en la casa, le daban el pésame y procuraban consolarle también. Estos consuelos le hicieron pensar á Manín algo en lo que le pasaba: perdía á una hija, á Ramona, su hija única... Su carácter de padre exigía sentir una pena moral, honda... más honda... Manín sentía una pereza invencible de padecer. Comprendió que si se empeñaba en enternecerse, en afligirse, imaginándose _cosas finas_ como antaño cuando comía y bebía bien y tenía la sangre caliente, conseguiría algo, conseguiría atormentarse, recordar la niñez de Ramona, remotas caricias... pero todo eso podía excusarse. Manín suspiraba, murmuraba frases de resignación mezcladas con otras de dolor... pero se resistía, en sus adentros, á dejar que la imaginación se le fuese por los campos negros de la pena. Además, si pensaba en Ramona, tenía que pensar en sí mismo, en cómo quedaba él... y aquello sí que era serio, terrible, cosa positiva, perentoria, mal de un vivo, no de muertos, que ya no son... No, no; nada de pensar en el dolor que le aguardaba...

Por el olfato empezó Manín á separarse de todas aquellas tristezas imaginarias á que le invitaban los curas y los vecinos que le hablaban de la muerta.

De la cocina, muy próxima, venían olores que eran delicias positivas en forma de esperanza que casi se podía paladear. Entró en la cocina. Se preparaba la gran comilona del funeral, el banquete en la aldea inexcusable. El _xenru_, el yerno, Roque, estaba en todo; la dignidad de la casería exigía aquel sacrificio: buena comida y muchos curas á cobrar la pitanza. Mostrándose rumboso y no dejando un momento el gesto avinagrado, que él creía de tristeza, probaba Roque lo que debía á su papel de viudo mejor que con frases que no se le ocurrían. En día tan lleno de cuidados no pensó en la difunta directamente ni cuatro veces. Además, allí no había pasado nada en rigor: él ya era el amo; continuaría siéndolo.

Manín, mientras el clero y los demás del duelo cumplieron con todas las diligencias debidas al _cuerpo_ (así llamaban todos al cadáver de Ramona), se quedó en casa alrededor de los pucheros, y cuando volvió de la lejana iglesia el fúnebre cortejo, ya sabía el pobre hambriento á qué atenerse; en la mesa principal, la de los clérigos, había puesto para él, y había dos sopas, dos pucheros, tres principios, arroz con leche, café, queso y vino y licores. Cuatro botellas de cuello largo había visto él sobre la masera. Aquellos eran los licores. No sabía leer y no pudo enterarse por los rótulos del contenido, pero no dudaba de que algo de aquello sería dulce.

Manín se impacientaba. Tardaban en volver los clérigos y legos que habían ido á enterrar á su hija, á su Ramona, y á cantarle un gorigori de los repicoteados. ¿Si se quemaba el arroz con leche? ¿Y la sopa? ¿No se perdería la sopa? Si se hubiera atrevido él á meter baza en la cocina, habría aconsejado á la respetable María Xuanón, la gran cocinera de la comarca, que no echase el arroz y los fideos tan pronto, porque las misas de difuntos cantadas con todo lujo son muy largas.

Manín se plantó, como gallo vigilante, en lo más alto de la _saltadera_, entre la _quintana_ y la _llosa_, para adelantar los sucesos, para dominar más camino y ver cuándo aparecían los primeros señores que habían de volver de la iglesia y del cementerio. Por la frente, para que no le deslumbrase el sol, Manín divisó el primer grupo, negro, compacto; después otro de más gente, y otro y otro... Volvían como bandada de cuervos que se disuelve. ¡Qué poca prisa se daban! ¡Cuánta hipocresía!--pensaba Manín á su manera.--¡Vienen con pies de plomo para disimular la gana que tienen de coger las tajadas! Todos parecen abrumados por la pena, y están sintiendo exclusivamente el hambre.

Cuando llegaron á la _saltadera_ los del primer grupo, Manín dejó el paso libre. Los más eran aldeanos que le conocían bien; dos ó tres que eran de la _villa_ le dieron el pésame otra vez, le estrecharon la mano. Manín gruñó agradecido, pero algo turbado, como temiendo que aquel honor no le correspondiera, en concepto de su yerno, el viudo, y esto pudiera costarle el asiento que tenía á la mesa.