Doctor Sutilis (Cuentos)

Part 11

Chapter 113,797 wordsPublic domain

--...Y después, si Dios quiere, como otros han llegado, puedo llegar á ministro... y como no soy ambicioso, juro á Dios que con los treinta mil reales de la cesantía me contento; sí, los treinta mil... aquí, en esta tierra de mis padres, en la aldea, bajo estos árboles, con vosotros...

Y Zalamero se enternece de veras y suspira porque ha hablado con el corazón. En el fondo es como el aguador que junta ochavos y sueña con la terriña. Zalamero, el palaciego del sistema parlamentario, el pobre de la Corte de los Milagros... del salón de conferencias: el mendicante representativo, no sueña con grandezas, no quiere meter al país en un puño, imponer un credo.

¡Qué credos!

Ser ministro ocho días, quedarse con treinta mil... y á la aldea. Es todo lo Cincinnato que puede ser un Zalamero. No quiere ser gravoso á la patria. “Si me hubiesen dado una carrera, hoy sería algo. Pero un hombre como yo ¿á qué ha de aspirar sino á ser ministro cesante cuando la vejez ya no le consienta trabajar... el distrito?”

LA CONTRIBUCIÓN TRAGICOMEDIA EN CUATRO ESCENAS

ESCENA PRIMERA

Estación de Pinares. Al amanecer. El campo cubierto de escarcha. Mucho frío. El tren parado delante del andén. Algunos viajeros de tercera corren á la cantina, donde se sirve café malo, pero caliente. Muchos se soplan las manos, otros dan patadas fuertes contra el suelo, otros se pasean, mientras se les prepara el café. Los empleados, pocos y mal vestidos, de la estación, muestran actividad extraordinaria. Es que en un coche de lujo, en un _break_, viajan altos funcionarios de la Compañía y un ministro, el de Hacienda.

UN VIAJERO DE 3.ª

Enfermo, de color de aceituna, muy débil, vestido con un traje claro muy ligero; se acerca, andando y hablando con dificultad, al jefe de la estación, que pasa con mucha prisa.

¿Me hace el favor?

EL JEFE

¿Qué hay?

VIAJERO DE 3.ª

¿Cuántos minutos para aquí?

EL JEFE

¿No lo ha oído usted? Cinco.

VIAJERO DE 3.ª

Pero como decían... que hoy... que se habían bajado unos señores que tienen que hacer ahí fuera... y se les esperaría... Pensaba yo...

EL JEFE

Eso no es cuenta de usted ni mía.

El jefe desaparece sin oir las excusas del viajero de 3.ª, que teme haber ofendido á aquel personaje.

VIAJERO DE 3.ª

Á otro empleado de la estación.

¿Se puede saber cuánto pararemos aquí?

EL EMPLEADO

¡Uf! Lo menos un cuarto de hora. ¿No ha visto usted que se han apeado esos señores para ver las obras del puente? Lo menos un cuarto de hora.

VIAJERO DE 3.ª

Con expresión de alegría y agradecimiento.

Muchas gracias, muchas gracias... Pero ¿está usted seguro que un cuarto de hora lo menos?

EL EMPLEADO

Con el humor del jefe:

Hombre, ¿quiere usted una hipoteca?

Se va.

VIAJERO DE 3.ª

No, señor, gracias... Usted dispense... Basta la palabra... ¡Quince minutos! ¡Oh, sí, me decido! ¡Dios mío, dame fuerzas!

Con gran trabajo, respirando con dificultad, se dirige hacia... _lo que no puede decirse_. Lee:

_Señoras_... ¡Aquí no!

Da otros cuantos pasos con gran dificultad. Lee:

_Caballeros._

Vacila; muestra gran desaliento.

No hay más... Sí, aquí debe de ser.

Desaparece. Pasan tres minutos. Suena una campana.

UNA VOZ

Señores viajeros, ¡al tren!

Los pasajeros del _break_ ya han ocupado su coche. Al parecer, tienen prisa. Uno de ellos se dirige al jefe de estación, que se cuadra.

EL PERSONAJE

Sí, sí; ahora mismo. Pite usted. El ministro se siente mal y hay que llegar cuanto antes á la ciudad...

El empleado de marras habla en voz baja al jefe y señala al lugar por donde ha desaparecido el viajero de 3.ª. El jefe hace un gesto de contrariedad y se encoge de hombres. El personaje se retira de la ventanilla. El jefe espera unos segundos. El empleado y algunos viajeros, que se dirigían corriendo al tren, hacen señas, como de quien mete prisa á alguien, en la dirección por donde ha desaparecido el viajero de 3.ª.

EL EMPLEADO

¡Vamos, hombre, á escape!... Que se queda usted en tierra...

UN VIAJERO

¡Que se va el tren!

Suena el pito.

¡Que se va!... ¡Ese pobre hombre!... ¡Que no puede!... ¡Que se cae!... Allá ustedes.

Monta corriendo en su coche.

EL EMPLEADO

Pero ¿qué le pasa?

El tren empieza á moverse.

VIAJERO DE 3.ª

Aparece, arrastrándose casi, con una mano apoyada en el suelo y otra sujetando la ropa. Lívido, aterrado, habla con voz debilísima; quiere llegar al tren que marcha.

¡Socorro! ¡favor!... ¡Ayudarme, ayudarme! ¡No puedo, no puedo!...

Toca con una mano el estribo, un mozo de la estación y el empleado de antes se precipitan hacia él para contenerle.

EL EMPLEADO

¡Imprudente!... ¡Desgraciado!... ¡Que le arrastra, que le deshace el tren!...

VIAJERO DE 3.ª

¡Por Dios!... ¡Arriba!... Quiero morir allá... en Cardaña... junto á mi padre... ¡Falta tan poco!... ¡Ayuda, arriba!...

MUCHAS VOCES

¡Imposible!...

Quieren ayudarle los de dentro y los de fuera. Se abre una portezuela, se tienden varias manos. Todo inútil. El tren sigue, el viajero de 3.ª cae sin sentido en brazos del mozo de la estación. Todas las ventanillas, las del break inclusive, llenas de cabezas. Curiosidad inútil. El tren desaparece.

VOCES EN EL TREN

¿Quién es? ¿Quién será?

OTRAS VOCES

Dicen que es un soldado de Cuba que viene por enfermo...

ESCENA SEGUNDA

Cardaña. La estación. Mucho frío. Muy poca gente en el andén. Un viejecillo ochentón, apoyado en muletas, rendido de fatiga, se arrima á una columna de hierro y mira con ansiedad hacia la parte de Pinares, por donde va á llegar el tren. Llega el tren. Nadie se apea. ¡Un minuto de parada! grita una voz. Suena inmediatamente una campana, luego un silbido y el tren emprende la marcha.

EL VIEJO

¡Dios mío! ¿Qué es esto? Nadie, nada... ¿Se habrá dormido? No, imposible. Es que no viene. ¿Dónde se ha quedado? Si debía llegar ahora, sin falta... ¡Enfermo, enfermo por el camino!... ¡Mi Nicolás, Nicolás!... Nada; no viene... y ya se aleja el tren... ¡No viene... no viene!... ¡Dios mío!...

EL JEFE DE LA ESTACIÓN

¿Qué es eso, señor Paco? ¿Qué le sucede? ¿Le han arrojado ya de su casa esos caballeros _mandones_?

EL VIEJO

No... si ahora no es eso... No es la casa... Es mi hijo... Nicolás, que vuelve de Cuba muy enfermo, deshaciéndose... y debía llegar en este tren... ¡y nada!

EL JEFE

Calma, hombre; vendrá mañana.

EL VIEJO

No, no; ¡me da el corazón una desgracia!... ¡Hoy, hoy, era hoy!... Algo le pasó en el camino.

EL JEFE

Vaya, que es usted el rigor de las desdichas. Pero ¿qué hay de eso? ¿Es verdad que le han vendido á usted la huerta y la chozuca por mal pagador, por rebelarse contra el comisionado?... ¡Ja, ja! Usted, señor Paco, siempre tan... faccioso. ¿Pero no sabe que el que no paga la contribución... la paga de todas maneras?

EL VIEJO

Yo no podía pagar. ¡Les abandoné mi pobreza! Pero de mi rincón no me han echado todavía... ¡Ni me echarán! Quiero mi cama en mi choza para mi hijo, que viene enfermo de Cuba...

EL JEFE

¡Pero si le han vendido la choza, si ya no tiene allí nada suyo más que la cama!... Usted lo dice, usted se lo abandonó todo.

EL VIEJO

Irritándose.

Sí; lo abandoné porque no podía pagar trimestres y más trimestres... Me pedían un dineral... Una injusticia... Mientras pude trabajar, pagué á regañadientes, pero pagué; ahora, solo, baldado, inútil, sin trabajo... apenas como... y he de pagar... ¿Con qué? ¡Rayos! ¡Mi casa, la huerta!... Se la llevaron, bueno; ya es de otro... ¡Rayos! Pero si Nicolás llega enfermo, ¿dónde le meto? ¡Vive Dios! ¡En mi choza, en su casa!

EL JEFE

Juicio, juicio, señor Paco. Con los mandones no se juega. No haga usted un disparate. Y salga, que esto se queda solo y yo me voy arriba.

EL VIEJO

Saliendo de la estación hacia el pueblo.

¡Dios mío! Pero ¿dónde está mi hijo? ¡Enfermo!... ¡Abandonado en el camino!... ¡Muerto, acaso muerto!

ESCENA TERCERA

La tarde del mismo día. Calle de aldea, solitaria, delante de la casucha del señor Paco. El alcalde y dos hombres mal encarados, vestidos á lo ciudadano, pero con mala ropa, se acercan al señor Paco, sentado á la puerta de su casa.

EL ALCALDE

¡Ea, señor Paco, esto se acabó! La paciencia y todo, se acaba.

EL SEÑOR PACO

¿Qué quiere usted decir, señor alcalde?

EL ALCALDE

Que estos señores vienen á tomar posesión de lo que es suyo. Que esta casa ya no es de usted. Que usted ha dejado que la Hacienda se incautase de sus bienes y sin mezclarse usted en nada, despreciando la ley, como si ésta no tuviera que cumplirse, ha visto sin moverse que, paso tras paso, como pide la justicia, se fueran llenando todos los requisitos para dejarle á usted en la calle... Y ahora que eso ya es de otro, de este caballero que acompaña al señor comisionado, á quien usted conoce...

EL SEÑOR PACO

Sí; demasiado.

EL ALCALDE

Ahora que usted no tiene ahí dentro más que unos pocos muebles, ni quiere sacarlos, ni se va con la música á otra parte... y eso no está en el orden. Haber pagado á su tiempo.

EL SEÑOR PACO

No tenía con qué.

EL ALCALDE

Eso no es cuenta mía. Ni esto tampoco... Entendámonos: estos señores recurren á mí, porque, por la presente, y á falta de mejor... postor... eso es, soy la fuerza pública, vamos al decir. Está usted ejecutado; la ley ya no tiene más que hacer... á no ser que quiera que materialmente se le eche á patadas...

EL SEÑOR PACO

¡Atrévase usted, señor alcalde!...

EL ALCALDE

No, yo no. Es usted un pobre viejo. Pero vendrá la guardia civil, ya que es usted tan testarudo. Este caballero ya ha estado aquí tres veces. Tiene razón al quejarse de que no se le haya hecho salir de aquí á usted á su debido tiempo. Por lástima han hecho todos la vista gorda hasta llegar el último momento... Pero ésta es la de vámonos. Tanto derecho tiene usted á estar en esta casa como en la mía. Yo, por motivos de orden público, digámoslo así, vengo á darle el último aviso por las buenas. Este señor ya está cansado de aguantarle... Conque, ó deja usted libre la puerta... ó vienen los guardias ¡y hay violencia!

EL SEÑOR PACO

¡Que venga un ejército! Que me maten... de aquí no me muevo. Espero á mi hijo... á Nicolás... que viene muy enfermo... ¡Dios mío! ¡Si llega! ¿En dónde le acuesto? Viene de Cuba... deshaciéndose... Mi cama es suya... ahí, en ese rincón donde nació... donde moriremos los dos abrazados... en nuestra casa, donde murió su madre... en mi choza... mía, pese á todas las contribuciones del mundo. No pago, porque no puedo... ¡pero mi casa es mía!

EL COMISIONADO

Señor Paco, esta casa es de este caballero, que la ha adquirido del Estado en la forma que señala la ley y con todos los requisitos del caso; hace mucho tiempo que está usted aquí de sobra. Bastante se ha levantado el brazo. Si usted no hubiese sido terco... si hubiera pagado...

EL SEÑOR PACO

Sombrío, como transtornado.

Esta casa es para mi hijo... Ahí, en esa cama moriremos los dos... abrazados... ¡Si viene! ¡Si no ha muerto por el camino!

EL DUEÑO NUEVO

Nada, nada; yo no sirvo para ver estas cosas. Que se cumpla la ley en todos sus extremos. Yo me voy y volveré cuando la fuerza me haya dejado mi propiedad libre de estorbos... Con Dios, señores.

EL ALCALDE

Espere usted. Ea, tío Paco, ya se me sube á mí el humo á las narices. Aquí ya no hay civiles que valgan: yo soy alcalde... y me basto y me sobro... Deje usted libre el paso... ó me lo llevo á la cárcel...

EL SEÑOR PACO

Blandiendo una muleta.

Moriré aquí dando palos al que se acerque... En muriendo los dos... ahí dentro, en esa cama, cargad con todo. Llevadnos de limosna al campo santo... y todo es vuestro. Pero me da el corazón, miserables, que si os abandono la choza antes que él venga... no vendrá; _se habrá muerto_ en el camino, en el barco, entre las ruedas del tren, ¡qué sé yo! Si le aguarda su cama en su choza... en el rincón donde nació... vendrá, sí, vendrá... ¡Se lo pido á Dios de rodillas!

Se arrodilla temblando y apoyando las manos en el suelo. Silencio solemne. Aquellos cafres callan con respeto, relativo, á la desgracia y á la oración del anciano.

ESCENA CUARTA Y ÚLTIMA

Se oye el ruido estridente de las ruedas de una carreta del país. Aparece por la calleja que desemboca frente á la choza del señor Paco una carreta de bueyes guiada por un aldeano y escoltada por dos civiles. Dentro de la carreta un bulto largo cubierto con un lienzo gris.

UN GUARDIA CIVIL

Aquí es, señores, ¿no vive aquí el señor Paco Muñiz de la Muñiza?

EL ALCALDE

Ahí le tienen... Á buen tiempo llegan, señores guardias... Yo soy el alcalde del pueblo, y este hombre...

EL GUARDIA

Espere un poco, señor alcalde. El caso es...

EL SEÑOR PACO

Como iluminado por una revelación al ver la carreta, se dirige hacia ella, sin apoyarse en las muletas, que arroja; levanta el lienzo gris, descubre un cadáver y se abraza, entre alaridos, al muerto.

¡Nicolás! ¡Mi hijo! ¡Mi Colasín!

EL ALDEANO

Al alcalde.

Se nos ha muerto en el camino. Es un soldado de Cuba que venía por enfermo. Se bajó en Pinares... no pudo montar en el tren... y se moría. Suplicó que por caridad se le trajera á Cardaña... á morir en su casa, junto á su padre...

EL SEÑOR PACO

Incorporándose airado, como loco.

¡Miserables, dejadme lo mío! ¡Ya pago, ya pago! ¿No me robáis porque no pagaba?... ¿Y ese hijo? ¿Y esa vida? ¡Alcalde, ahí tienes la contribución! ¡Entiérramela!

Con las manos crispadas señala al muerto.

TELÓN MUY LENTO

EL RANA

Tenía cincuenta años que parecían setenta; una levita que no lo parecía, del color de la vía pública, el gris que se coge en el arroyo como una pátina; barba rala, corrida, del color de la levita; tres ó cuatro dientes; una camisa, y muy arraigadas convicciones políticas, sociológicas y aun filosóficas y teológicas. Había aprendido á leer allá en Cuba, cuando la otra guerra, siendo voluntario en un batallón provincial; y ahora leía periódicos y más periódicos arrimado á los pilares en los porches del Ayuntamiento. Siempre leía de prestado, porque él su poco dinero lo gastaba en aguardiente y en tabaco. Era peón de albañil, pero casi siempre dimisionario. No estaba conforme con la marcha del mundo. Cuando él era joven, la culpa de todos los males la tenía el _oro de la reacción_; ahora parecía ser que el enemigo era “el infame burgués”. “Sea”, se había dicho el Rana; y, como antes del oscurantismo y de los _presupuestívoros_, ahora maldecía del burgués, del zángano de levita. Y eso que él, por invencible afición, siempre vestía de levita, verdad es que debida á la munificencia de algún aborrecido burgués. Era el borracho más popular de su pueblo, y todas las clases sociales le encontraban gracia al Rana, y veían en él, acaso, el último representante de una generación famosa de perdis populares, que eran, en cierto modo, orgullo de la ciudad por el ingenio de todos ellos, por los rasgos originales y muy cómicos de su excitada fantasía. El Rana, á pesar de sus ideas disolventes, de su _bala rasa_ (alcohol puro) anarquista, no tenía un enemigo, ni siquiera entre el clero, que él despreciaba con serenidad olímpica. Sin embargo, sus lucubraciones teológicas más de una vez le hicieron dormir en la prevención, por la forma más que por el fondo. Cuando la prensa local encarecía la necesidad de perseguir la blasfemia, el Rana no se libraba de los rigores del terror blanco. Pero salía de prisiones sin abdicar uno solo de sus principios; y aquella misma noche volvía á presentarse tan borracho como el día anterior y tan encastillado en sus negaciones impías y en sus imprecaciones escandalosas.

Amigo de marchar con el siglo, había renunciado á ser republicano, ya que los jóvenes de la esquina del Ayuntamiento se reían de la política; y era anarquista, pero disidente, porque los de esta opinión le habían expulsado con toda solemnidad de su grey, con el frívolo pretexto de que empalmaba las borracheras y era el hazmerreir de los burgueses, y admitía de éstos propinas, prendas de vestir y otras humillaciones.

Pero el Rana, haciendo eses, y mirando al cielo, con quien se pasaba el día de coloquio, pues era su costumbre decírselo todo á las nubes, al _tal_ Dios, desdeñando ponerse al habla con los míseros mortales, el Rana, digo, perdonaba á sus correligionarios porque no sabían lo que hacían, y les dedicaba sonrisas de desprecio en un todo iguales á las que le merecía el alto y bajo clero. Además de no estar conforme con el _credo_ (así decía él) de su partido, en lo tocante á la bebida, también protestaba contra los alardes de cosmopolitismo, porque él era patriota ¡por vida de la Chilindraina! y había expuesto la vida en cien combates por la... _eso_ de la patria: en fin, “¡Viva Cuba española!”, gritaba El Rana, que en esta materia no admitía bromas ni novedades. Bueno que la república fuera un... mito, eso, un mito..., pero en la _aquello_... de la patria, que no le tocaran el Carlos Más (Marx), ni el Carlos Menos, ni Carlos Chapa..., porque el Rana, allí donde se le veía... había sido voluntario del heroico batallón de la _Purísima_ (alabada sea ella), añadía el Rana, que sólo estaba mal con el elemento masculino de la Sacra Familia; y eso de boca.

“Mil éramos, predicaba entusiasmado en medio de la plaza, mil éramos cuando íbamos por la carretera de Castilla arriba: ciento cuatro volvimos de Cuba... Los demás todos muertos... unos por uno, otros por otro..., ¡todos muertos! ¡Viva la anarquía y el libertinaje! Fuego y fuego en el burgués..., pero el que me toque á... pues, á Cuba española, que se entienda con este cura, hablando mal, con el Rana, veterano distinguido del batallón provincial de la Purísima, alabada sea ella... Me... _caso_ en el _tal_ del _Tal_.”

Y si pasaba por allí un polizonte iba el Rana á la prevención por blasfemo.

* * * * *

Una mañana muy fría, de Diciembre, salió el Rana muy temprano del zaquizamí en que dormía, y previo el ordinario tocado de pasarse la mano por los ojos, se encaminó á la estación del ferrocarril del Norte, pisando la dura escarcha, soplándose los dedos y hablando entre dientes con las _podridas_ nubes. La letra de lo que quería decir no era muy clara, pero la música era ésta: pestes contra el frío, contra el hambre, contra el infame burgués y contra la falta de patriotismo del obispo, del alcalde, del gobernador y demás oscurantistas, digo burgueses.

El Rana había leído en un periódico local, el día anterior, que aquella mañana, en el primer tren saldrían por el ferrocarril del Norte quince voluntarios que embarcarían en La Coruña con destino á Cuba. Una semana antes la ciudad en masa había despedido entre gritos de entusiasmo patriótico á todo un batallón de infantería que de allí había salido para la guerra. Se había obsequiado á los soldados con cigarros, fiambres, vino, reparto de pesetas y grandes dosis de cariño fraternal, inspirado en el amor á la patria. Estaba bien. El Rana era el primero en aplaudir aquella manifestación. Pero ahora...

--¡Lo que yo temía!--exclamó al pisar el andén, donde le dejaron entrar á la cuarta ó quinta blasfemia.

--¡Lo que yo temía! ¡Ni un alma! ¡Muera el burgués! ¡Abajo lo existente!... ¡Ni un alma!... ¡Sean ustedes _Daoíces_ para esto!... ¡Claro!... Los pobretones son voluntarios; como yo, como el Rana, allá en mis buenos tiempos... Son el _Queso_, _Piniella_, el _Marqués_, _Viruela_, _Viruso_, el _Troncho_... cuatro gatos, la hez, eso, la hez del pueblo soberano... Una limpia, ¿eh? ¡Dígalo usted, burgués infame!... ¡Una limpia!... ¡Dígalo usted claro!

Y el Rana, hablando y andando, se dirigió á la cantina solitaria, donde pidió una copa de aguardiente, al mismo tiempo que ponía sobre el mostrador unos cuantos perros chicos, pero sin separar de ellos la mano. Era aquel gesto una fórmula á que le obligaba su escaso crédito. Quería decir que tenía con qué pagar; no que pagaría de fijo.

Como la cantinera le mirase con cierta sorna y no se diera mucha prisa á servirle, El Rana, con ceño digno de las Euménides, se encaró con la pobre muchacha y la abrumó bajo el peso de cien blasfemias é imprecaciones.

“¿De qué se dudaba allí? ¿De su buena fe de pagador ó de su amor á la... _eso_ de la patria?”

“¿Tenía él ó no tenía decoro? ¿Tenía ó no tenía razón? Ni el obispo, ni el alcalde, ni una rata, venía á ‘despedir á los quince _Daoíces_’ que iban á morir por España, como el más currutaco general ó cadete...” Bebió dos ó tres copas; dejó sobre el mostrador algunas monedas, recogió otras, y siempre hablando con las nubes, se fué hacia el grupo de voluntarios, que también soplándose las manos daban diente con diente y patadas en el suelo, formando piña cerca del tren, preparado ya para la marcha.

--¡Eh, Rana, faltan cinco céntimos!...--le gritó no muy incomodada la cantinera.

El Rana se encogió de hombros, y con un ademán de pródigo, exclamó:

--Para ti--y llegó al grupo de voluntarios, donde no fué mal recibido. El _Queso_ le estrechó la mano con efusión, y dijo:

--¡Bien por el Rana! Vivan los patriotas de la _Purísima_.

--Alabada sea ella. Pero el podrido obispo, ¿por qué no viene hoy á echar bendiciones? Y el alcalde, ¿para cuándo deja los _puros_ y los vivas?...

--¡Porque sois la hez, Queso! Esto es una limpia... Os barre el hambre, os echa á morir, á la alcantarilla, á la manigua, la _nesecidad_... Y, claro... los señoritos, los burgueses... no se levantan de la cama á la hora que barren los barrenderos del Ayuntamiento...

* * * * *

La verdad era que en la estación no había ni _elemento oficial_, ni muchos curiosos ó patriotas. Casi ninguno. Había, sí, mujeres harapientas, niños pobres que lloraban ó reían, los pedazos del corazón cubiertos de andrajos, que dejaban en el pueblo aquellos muchachos que iban... no sabían á qué... á morir probablemente... á padecer por la... _eso_, de la patria.

El Rana no se explicaba bien--porque blasfemar no es argüir;--pero él veía clara la cosa: lo que pasaba por el espíritu... de vino de aquel insigne borracho, traducido de las nieblas alcohólicas de su conciencia al lenguaje usual, era esto:

“No valen más mil que quince. Aquellos chicos no tenían la culpa de ser tan pocos. No valía decir que el pueblo acababa de entusiasmarse pocos días antes. En estos casos no vale el cansancio. Aquel desaire á la _hez_ de la población, que iban de su propio querer á morir por España, era una ingratitud, una crueldad. El voluntario no es menos que el soldado que _sirve al rey_ porque le toca. _Allá_ son iguales; pero en el _arrancar_ tiene el voluntario más mérito. Y no valía pensar que el _Queso_, el _Marqués_, _Viruela_, iban echados por la miseria, por no luchar con el hambre, por dar pan á su madre, ó á su mujer ó á sus hijos...