Part 10
Sí, Nila, lo sé todo: sé su historia de usted... hasta donde la sabe Fernando. ¿Para qué contársela á usted? Fuera impertinencia. Para hablarle de otras cosas, del retrato que me llevé y del escapulario que por Petra usted me envió, necesito, si he de ser sincero, conocerla á usted más, para estar seguro de no profanar, hablando con usted de ellas, cosas tan serias y respetables como son el retrato de la hermana de Fernando y el escapulario de su señora madre de usted. Su affmo. amigo, q. b. s. p.,
_El Filósofo._
IV
Amigo... filósofo (repito que no sé su nombre de usted; Fernando le ha engañado): observo con cierta vanidad que es usted mucho más difuso y desordenado que yo al escribir: empieza usted un asunto... se pierde en pormenores, y ¡adiós _hilo del discurso_! Además, también es usted menos... delicado... ¡Qué pocas galanterías me dice usted!... Hablar así á una _dama_ es enseñar las uñas... antes de limpiarlas. No importa. Los filósofos me gustan así. Los amantes, no. Observe usted que yo no hablaba directamente nada apenas de nuestra _impossible flirtation_, y usted... apenas habla de otra cosa, aunque sea para negar su posibilidad. Pero vamos á otro asunto. Á lo que _hoy_ me importa. Digo hoy porque otro día, que esté yo más desocupada, hablaremos de otra cosa. Dejo para más adelante lo de su amor de usted _en alemán_, lo de las _ingenuas_, su afición á los pimpollitos (señal de vejez). (Ahora la grosera soy yo, ¿verdad?) No haga usted caso. Le comprendo á usted... un _poco_ (hasta donde puede comprender una mujer _no extraordinaria_) porque..., _auch ich war in Arcadien geboren_: (_yo también nací en Arcadia_) (Schiller), y yo también sé alemán y _supe_ querer en _alemán_. Yo también fuí, si no filósofo ni _amigo íntimo_, mujer pura, virgen _imposible_ (y con todo, hubo quien pudo). Pero á eso íbamos, antes del paréntesis. Íbamos á mi historia. ¿Conque la sabe usted? ¿Está usted seguro? Usted sabrá la que Fernando le contó; pero, ¿es ésa mi historia? Ésta es la cuestión. Lo primero que _exijo_ es que me la cuente usted... Porque... puede muy bien suceder que yo no la sepa. Ó porque Fernando no le haya contado á usted la misma que yo le conté á él... ó porque yo me haya olvidado de la historia que le conté á Fernando. Veamos. Venga ésa, la que usted sabe, y después yo desembucharé la historia _auténtica_... si me conviene. Diga usted lo que sabe, criatura. Su amiga y colega en pedantería, _Nila_. Hoy no hay postdata: no la merece usted.
NOTAS:
[1] Yo amo al que desea lo imposible.--(N. de C.)
MEDALLA... DE PERRO CHICO
¿Que no conocen ustedes á la de Casa-Pinar? ¡Pues si no se ve por ahí otra cosa! Ella es la golondrina que sí hace verano.
En cuanto asoma Agosto, se presenta Agripina Pinillos, hija de la marquesa viuda, y pontificia, de Casa-Pinar.
Es una golondrina que no viene de África, á no ser que África empiece en Pajares. Viene de tierra de Campos ó cosa así: es _high life_... de _tierra_, y, á todo tirar, de _Toro_.
Todos los veranos aparece con una protesta que no se le cae de los labios, á saber: que por milagro de Dios no está en San Sebastián ó en Ostende ó en Corls... eso, en fin, donde la señora de Cánovas.
Todavía da la mano como se daba el año ochenta y tantos, es decir, como quien da una coz con los remos delanteros. Si no fuese por la moda, ese ídolo que no conocieron los griegos, la de Casa-Pinar sería una perfecta hermosura. No es la Venus Urania, es la Venus... _snob_.
Sí; representa el _snobismo_... de cabotaje.
Porque no sale de nuestras costas.
Quiere ser más figurín que estatua. Entre Fidias y el _modisto_ mejor de París, ella no vacilaría: se pondría en manos del _modisto_.
Cuando se ve desnuda, se desprecia. Y vuelve á ser el pavo real, satisfecho de sus plumas, cuando se ciñe el ridículo traje de baño y se pone el sombrero que la convierte en un patache á toda vela, ó el gorro ignominioso que la hace parecerse á un frasco de esencias. ¿Queréis que os salude la de Casa-Pinar, ya que tenéis el honor de tratarla y ser acreedor de su señora madre, por ejemplo?
Pues en vano aspirais á tal privilegio... si llevais chaleco al balneario.
Es necesario, para que Agripina os honre con algo más que una imperceptible inclinación de cabeza, que os presentéis con zapatos blancos, de tela y con semicírculos de charol, con faja chillona y camisa churrigueresca terminada por cuello blanco de los que dan garrote al dar vuelta.
Agripina Pinillos viene á la playa á curar no sé qué humores, que más parecen humos; pero la vida que hace no es para llegar á vieja. Como el otro dijo: _mi cura de aguas_, ella puede decir... _mi cura de vientos_. Y no es por lo que la dé el aire, sino porque todo lo sacrifica á los huracanes de la vanidad.
Se levanta á las doce, porque trasnocha, y se va muy peripuesta á _Las Carolinas_ en el momento preciso en que no se puede dar un paso por los corredores.
Se da algunos días, cuando hay muchos espectadores sin chaleco, un baño de arena y de malicia. Usa bañero, que como no trae chaleco, no se hace acreedor á su desprecio.
Al obscurecer la veréis en las Termópilas de la calle Corrida, dando “los codazos que daba Mesalina” en las estrecheces de la acera, delante de _Colón_.
De noche, ya se sabe, en las Catacumbas de Dindurra, esto es, en el Teatro Cómico, que no se da un aire al de Lara porque allí no hay aire ni para eso. Total, que la de Pinillos no respira en todo el día. Vive del aire que lleva en la cabeza.
¿Ama? Sí, ama, según su género (algodón) á un joven, también triguero, que tiene un traje para cada hora del día. ¿Qué digo cada hora? La indumentaria de este sietemesino puede reemplazar á un reloj de sol, porque va cambiando según el astro rey sube y baja por el espacio. Fijaos bien y veréis que el sombrero de Juanito Pinabete y Conífera no es absolutamente el mismo á las once que á las once y cuarto.
Pero ¡ay! Pinabete _está llamado á desaparecer_ del corazón de trapo de Agripina. Porque acaba de llegar un teniente armado de todas armas, el cual tiene tantos trajes como Juanito, más el uniforme que á última hora se viste para deslumbrar á Agripina con todos aquellos cordones, bordaduras y cimeras...
Y Pinabete no tiene uniforme; lo cual le hace suspirar exclamando:
¡Si yo fuera... siquiera bombero!
Para terminar:
Dicho sea en honor, ó en deshonor, según se mire, de Agripina la de Casa-Pinar.
Ya que en esta mujer no hay nada espiritualmente humano, confesemos que algo humano hay, según la materia.
Porque _Xuaco_, el buen mozo que la baña, tiene mucho apego á esta parroquiana, y eso que sabe que las de Casa-Pinar no dan propina.
* * * * *
Paca Blanco también es de Castilla, del mismo pueblo que la de Pinillos. Se baña allá, hacia las últimas casetas de la _Sultana_. Al llegar á la orilla del agua parece una figura dantesca, con su saco largo, obscuro, de graves y preciosos pliegues. Es alta, esbelta, de alabastro; no se baña con sombrero, ni gorro, ni papalina; el sol le bruñe el rodete negro, de picaporte, el radiante casco de Minerva aldeana. Sus ojos, moras maduras, se ven más de lejos; y de cerca, las pocas veces que miran despacio y con susto, son todo un hartazgo de delicias, unas bodas de Camacho de golosinas del alma. La Paca es hija de un cosechero rico que vive, no á lo pobre, pero sí á lo modesto. La Paca no es señorita, ni gana. Su hermosura soberana es anterior á la división de clases.
Se baña al salir el sol. Nada de bañero. No sube á los balnearios, no va al teatro. Mucha playa, paseos por Santa Catalina, y cuando hay mucha ola ó salen barcos grandes, un ratico de contemplación, apoyada en el muro alto del muelle. Se llena Paca los ojos, serios y soñadores, de la poesía del horizonte, como si esperase algo que de allá lejos le ha de traer una ventura.
Casi nunca ríe; pero si una ola salta por encima del muro y la refresca el rostro con agujitas saladas, que son como una caricia, se enjuga las mejillas de rosa, un poco sonriente.
De noche, con su padre, á tomar el fresco, á oir la música de Begoña, de lejos, desde lo oscuro.
No tiene novio; no tiene amores. Pero tiene algo mejor: los espera.
Cualquiera diría que se aburre en los baños. Y no hay tal: cuando está allá en su Castilla, contemplando la llanura de tierra, se acuerda con amor triste de la llanura del agua; de lo que sintió y sonó en su orilla. Verdad es que ahora, á orillas del Océano, recuerda con vaga _saudade_ sus queridos llanos de Castilla.
* * * * *
DIÁLOGO EDIFICANTE
PERSONAJES:
La Capilla evangélica.--La Catedral de Covadonga. Coro de Catedrales.
LA CAPILLA
Cerrada.
¿Por qué no me abren? Por fanatismo.
LA CATEDRAL
Asomando algunas columnas á flor de tierra.
¿Por qué no me sacan de cimientos? ¿Por qué no me construyen de una vez? ¿Por qué no me cubren, á lo menos, para librarme de la intemperie? Por avaricia, por indiferentismo.
LA CAPILLA
Como el pino del Norte suspiraba por la palmera del Mediodía, podemos amarnos y entendernos, ¡oh catedral católica!, tú desde tu vericueto de Covadonga, yo desde este desierto madrileño...
LA CATEDRAL
No diré yo tanto. Nada de coaliciones imposibles. Quéjate tú por tu cuenta, y yo me lamentaré por la mía. No somos hermanas. _Non possumus._ Somos un contraste.
LA CAPILLA
Como quieras. Pero de nuestra antítesis sale una armonía elocuente. Á mí no me dejan _abrirme_ y ya estoy construída. Á ti te abrirán sin inconveniente, pero no te construyen. Si no fuera absurdo se podría decir que quien sale perdiendo es Dios, que tiene dos templos menos.
LA CATEDRAL
En otros siglos, valga la verdad, no te dejarían abrirte tampoco, y hasta se atreverían á derribarte; pero, en cambio, á mí me construirían en poco tiempo, con entusiasmo, á la voz de la fe viva y ardiente.
LA CAPILLA
Hoy existe bastante fanatismo para inutilizarme á mí y poca fe para levantar tus paredes, tus torres. De la religión se han quedado con lo peor, con la intransigencia.
LA CATEDRAL
Sí; no cabe negar que falta fe y hay fanatismo. Pero todavía hay fanáticos peores que los nuestros. Los fanáticos descreídos. El fanático con dogma tiene esa disculpa, el dogma; pero ¿qué le queda al impío que ni siquiera es tolerante?
LA CAPILLA
¿Hay de ésos en tu patria?
LA CATEDRAL
Muchos. Son inquisidores herejes, familiares de la apostasía, ó lo que es peor que todo: sectarios intransigentes de la negación, _celotas_ de la impiedad superficial, sicarios del ateísmo. ¡Hay español nieto de cien cristianos que ha dado su religión por cuatro frases hechas... con cuatrocientos galicismos!
LA CAPILLA
Tal vez constituyen la mayoría entre unos y otros. Los fanáticos á la antigua no quieren más culto que su culto; como si su dios fuera el sol, no el Espíritu Eterno, toleran en la sombra otros ritos, otras ceremonias religiosas, pero no á la luz del día. ¡Adoran á Febo y temen que se profane su culto!
LA CATEDRAL
Los fanáticos _modernos_ no conciben que se construya una catedral en Covadonga á expensas de toda la nación, como obra patriótica, como grandioso monumento que conmemora la primera hazaña de la reconquista, el primer milagro del valor español en su lucha de tantos siglos contra los sectarios de Mahoma. “¿Por qué una catedral?--gritan--¿Y la libertad de cultos? ¿Y el racionalismo? Los que no oímos misa ¿por qué hemos de construir una catedral?”
¡Porque lo quiere la historia! ¿Por qué no habéis de construir en Covadonga una mezquita, ni una pagoda, ni un frío monumento anodino, _abstracto_ como el del Dos de Mayo, lo cual equivaldría á olvidar la mitad, por lo menos, de lo que Covadonga representa? ¿Que no queréis hacer de Covadonga un Lourdes? Perfectamente; pero si no queréis que otros, aunque sea poco á poco, hagan eso, apresuraos á hacer otra cosa, una obra nacional, un gran recuerdo histórico; y como la Historia es como es y no como el capricho de cada cual, Covadonga, quiéralo ó no el racionalista _negativo_, tiene que representar dos grandes cosas: un gran patriotismo, el español, y una gran fe, la fe católica de los españoles, que por su fe y su patria lucharon en Covadonga. Una catedral es el mejor monumento en estos riscos, altares de la patria.
LA CAPILLA
Hablas como un libro. Y esos fanáticos _nuevos_ son tan irracionales como los viejos, que me niegan el derecho á la vida porque, llamándome yo cristiana, y sin que nadie me niegue tal nombre, ostento en mi fachada una cruz y un letrero que dice: “Cristo, redentor eterno”. ¿Qué hay de malo en esto?
LA CATEDRAL
Creerán que lo dices con segunda.
LA CAPILLA
El signo de la cruz ¿no es siempre santo? ¿Ó es que quieren parecerse esos fanáticos ortodoxos al impío Strauss, que en sus _Confesiones_ llega á declarar que la cruz le repugna?
LA CATEDRAL
Con la Constitución del Estado en la mano te demuestran que no tienes derecho á la cruz de la fachada...
LA CAPILLA
Así argumentaban los saduceos cuando querían probar á Roma que Jesús barrenaba la constitución judaica...
LA CATEDRAL
En cambio, si los fanáticos _nuevos_ triunfan, ya harán otra Constitución para declarar que en España tanto como yo representa cualquier zaquizamí en que á un extravagante soñador se le antoje exhibir un culto de su invención... y acaso de su industria. Unas constituciones niegan la historia y otras niegan la filosofía... Pero al fin á ti sólo te perjudican tus contrarios, los que ven en ti el símbolo de la abominación. Pero á mí me dejan abandonada todos, los que debieran ser mis amigos por patriotas y los que debieran serlo por patriotas y por creyentes de mi Iglesia. Hace muchos años, un santo obispo, varón elocuente y virtuoso, lleno de humildad y de fe, vino de Levante, de país muy diferente de estas mis brumosas montañas, y él, hijo del sol, de la clara y diáfana atmósfera mediterránea, se enamoró de estos lugares húmedos y oscuros por el encanto singular de estas montañas, sagradas para el cristiano y para el patriota. La idea del santo obispo fué construir aquí una catedral sobre estos vericuetos dantescos, y en los primeros trabajos necesarios empleó su patrimonio. La fe y el patriotismo de los demás debía ayudarle, convertir en realidad su noble idea... Pero España no comprendió la grandeza del propósito. Se convirtió en cuestión de interés provincial puramente lo que debiera ser empresa nacional, porque Covadonga no es sólo de Asturias, es de España.
LA CAPILLA
Y esta aristocracia ilustre, cuyas principales damas tan ruda guerra me han declarado á mí, ¿no ha dado su dinero, no ha facilitado su influencia para levantar tus muros y hacer de tus naves un santuario digno de la gran idea religiosa y española que representas?
LA CATEDRAL
Esas damas ilustres, cuyos títulos reunidos parecen un índice de la historia de España, no se han acordado de mí... ni del origen de su grandeza. Cuanto más ilustres esos grandes apellidos y esos grandes títulos, más se acercan á mí. No hay nobleza castellana más pura, más grande que la que tenga su origen cerca de estas fuentes, de estas aguas que se despeñan por ese torrente abajo...
LA CAPILLA
Conque todas esas señoras que han ido á suplicar á Sagasta que no se me abra...
LA CATEDRAL
Ignoran todas que un modesto sacerdote anda por Asturias de puerta en puerta mendigando una limosna para ir construyéndome poco á poco y con el menor gasto posible, sin la magnificencia arquitectónica que merezco... Debiera ser yo la obra espontánea, simultánea y unánime de todas las fortunas de España, y no soy más que una humilde prueba de la caridad y del _provincialismo_ de unos pocos asturianos... ¿Qué más? Se acaba de celebrar el centenario de Cristóbal Colón y su descubrimiento, y todos han pensado en Granada, nadie se acordó de Covadonga. Yo no discuto si esas ilustres señoras y esos insignes obispos que piden al Estado que no consienta tu apertura hacen bien ó hacen mal. Lo que digo es que mucho más urgente que impedir á los demás abrir sus templos es construir los propios.
CORO DE CATEDRALES
¿Qué importa una capilla protestante en esta tierra en que somos nosotras legión? ¡Somos un bosque de torres cristianas! ¡Pero muchas amenazamos ruina! ¡Que se salve la Giralda! ¡Que resplandezca la linterna mágica de León, aquella inspiración sublime de piedra! ¡Levantad en Covadonga, no una pobre basílica amanerada y raquítica por su miseria, sino un reflejo glorioso de nuestra grandeza! ¡La fe de León, de Burgos, de Sevilla, de Granada, se salvó en Covadonga!
LA CAPILLA EVANGÉLICA
¡Oh, coro sublime! ¡Oh, sublime religión de Jesús!... ¡Tú sola pudiste inspirar estos ideales himnos de piedra!...
Bajando la voz, porque á Segura llevan preso.
_¡Christus redemptor æternus!_
UN CANDIDATO
Tiene la cara de pordiosero; mendiga con la mirada. Sus ojos, de color de avellana, inquietos, medrosos, siguen los movimientos de aquél de quien esperan algo, como los ojos del mono sabio á quien arrojan golosinas, y que devorando unas, espera y codicia otras. No repugna aquel rostro, aunque revela miseria moral, escaso aliño, ninguna pulcritud, porque expresa todo esto, y más, de un modo clásico, con rasgos y dibujo del más puro realismo artístico: es nuestro Zalamero, que así se llama, un pobre de Velázquez. Parece un modelo hecho á propósito por la Naturaleza para representar el mendigo de oficio, curtido por el sol de los holgazanes en los pórticos de las iglesias, en las lindes de los caminos. Su miseria es campesina; no habla de hambre ni de falta de luz y de aire, sino de mal alimento y de grandes intemperies; no está pálido, sino aterrado, no enseña perfiles de huesos, sino pliegues de carne blanda, fofa. Así como sus ojos se mueven implorando limosna y acechando la presa, su boca rumia sin cesar, con un movimiento de los labios que parece disimular la ausencia de los dientes. Y con todo, sí, tiene dientes, negros, pero fuertes. Los esconde como quien oculta sus armas. Es un carnívoro vergonzante. Cuando se queda solo ó está entre gente de quien nada puede esperar, aquella impaciencia de sus gestos se trueca en una expresión de melancolía humilde sin dignidad picaresca, sin dejar de ser triste; no hay en aquella expresión honradez, pero sí algo que merece perdón, no por lo bajo y villano, sino por lo doloroso. Se acuerda cualquiera, al contemplarle en tales momentos, de Gil Blas, de don Pablos, de Maese Pedro, de Patricio Rigüelta; pero como este último, todos esos personajes con un tinte aldeano que hace de esta mezcla algo digno de la égloga picaresca, si hubiese tal género.
Zalamero ha sido diputado en una porción de legislaturas; conoce á Madrid al dedillo, por dentro y por fuera; entra en toda clase de círculos por altos que sean; se hace la ropa con un sastre de nota, y con todo, anda por las calles como por una calleja de su aldea remota y pobre.
Los pantalones de Zalamero tienen rodilleras la misma tarde del día que los estrena. Por un instinto del gusto, de que no se da cuenta, viste siempre de pardo, y en invierno el paño de sus trajes siempre es peludo. Los bolsillos de su americana, en los que mete las manazas muy á menudo, parecen alforjas.
No se sabe por qué, Zalamero siempre trae migajas en aquellos bolsillos hondos y sucios, y lo peor es que, distraído, las coge entre los dedos manchados de tabaco y se las lleva á la boca.
Con tales maneras y figura, se roza con los personajes más empingorotados, y todos le hacen mucho caso. “Es pájaro de cuenta”, dicen todos.
“Zalamero, mozo listo,” repiten los ministros de más correa. Fascina solicitando. El menos observador ve en él algo simbólico; es una personificación del genio de la raza en lo que tiene de más miserable, en la holgazanería servil, pedigüeña y cazurra. “Yo soy un frailuco--dice el mismo Zalamero--; un fraile á la moderna. Soy de la orden de los mendicantes parlamentarios.” Siempre con el saco al hombro, va de ministerio en ministerio pidiendo pedazos de pan para cambiarlos en su aldea por influencias, por votos. Ha repartido más empleos de doce mil reales abajo, que toda una familia de ésas que tienen el padre jefe de partido ó de fracción de partido. Para él no hay pan duro; está á las resultas de todo; en cualquier combinación se contenta con la peor; lo peor, pero con sueldo. Sus empleados van á Canarias, á Filipinas; casi siempre se los pasan por agua; pero vuelven, y suelen volver con el riñón cubierto y agradecidos.
--¿Qué carrera ha seguido usted, señor Zalamero?--le preguntan las damas.
Y él contesta sonriendo:
--Señora, yo siempre he sido un simple hombre público.
--¡Ah! ¿Nació usted diputado?
--Diputado, no, señora; pero candidato creo que sí.
--¿Y ha pronunciado usted muchos discursos en el Congreso?
--No, señora: porque no me gusta hablar de política.
En efecto; Zalamero, que sigue con agrado é interés cualquier conversación, en cuanto se trata de política bosteza, se queda triste, con la cara de miseria melancólica que le caracteriza, y enmudece mientras mira receloso al preopinante.
No cree que ningún hombre de talento tenga lo que se llama ideas políticas, y hablarle á Zalamero de monarquía ó república, democracia, derechos individuales, etc., etc., es darle pruebas de ser tonto ó de tratarle con poca confianza. Las ideas políticas, los credos, como él dice, se han inventado para los imbéciles y para que los periódicos y los diputados tengan algo que decir. No es que él haga alarde de escepticismo político. No; eso no le tendría cuenta. Pertenece á un partido como cada cual; pero una cosa es seguirle el humor al pueblo soberano, representar un papel en la comedia en que todos admiten el suyo, por no desafinar, y otra cosa es que entre personas distinguidas, de buena sociedad, se hable de las ideas en que no cree nadie.
Zalamero, en el seno de la confianza, declara que él ha llegado á ser hombre público... por pereza, por pura inercia. “Dejándome, dejándome ir, dice, me he visto hecho diputado. Nunca me gustó trabajar; siempre tuve que buscar la compañía de los vagos, de los que están en la plaza pública, en el café, azotando calles á las horas en que los hombres ocupados no parecen por ninguna parte. ¿Qué había de hacer? Me aficioné á la cosa pública: me vi metido en los negocios de los holgazanes, de los desocupados, en elecciones. Fuí elector y cazador de votos, como quien es jugador. Cuando supe bastante me voté á mí propio. El progreso de mi ciencia consistió en ir buscando la influencia cada vez más arriba. He llegado á esta síntesis: todo se hace con dinero, pero arriba. Cuanto más arriba y cuanto más dinero, mejor. El que no es rico, no por eso deja de manejar dinero; hay para esto la tercería de los grandes contratos vergonzantes. El dinero de los demás, en idas y venidas que ideaba yo, me ha servido como si fuera mío.”
Mientras muchos personajes andan echando los bofes para asegurar un distrito, y hoy salen por aquí, mañana por los cerros de Úbeda, Zalamero tiene su elección asegurada para siempre en el tranquilo huerto electoral que cultiva abonando sus tierras con todo el estiércol que encuentra por los caminos, en los basureros, donde hay abono de cualquier clase.
Aunque trata á duquesas, grandes hombres, ilustres próceres, millonarios insignes, cortesanos y diplomáticos, en el fondo Zalamero los desprecia á todos, y sólo está contento y sólo habla con sinceridad cuando va á recorrer el distrito, y en una taberna, ó bajo los árboles de una pumarada, ante el paisaje que vieron sus ojos desde la niñez, apura el jarro de sidra ó el vaso de vino, bosteza sin disimulo, estira los brazos, y á la luz de la luna, con la poética sugestión de los rayos de plata que incitan á las confidencias, exclama con su voz tierna y ronca de pordiosero clásico, dirigiéndose á uno de sus íntimos aldeanos, agentes, electores, sus criaturas.