Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira

Part 9

Chapter 93,725 wordsPublic domain

No fué tan grato mi primer encuentro con Pedro Vázquez, estudiante entonces de derecho en la Facultad de una provincia vecina, y que había ido á la ciudad de paseo. Como todos los demás, me felicitó por mi rápida carrera, pero con cierto aire burlón, que yo tomé por crítica ó protesta muda.

--¿Quisieras verte en mi lugar, eh?--le dije, enfadado, con tono de superioridad hiriente, significándole que debía tener su poco de envidia.

--¿Yo? No creas. ¡Te va á costar tanto trabajo mantenerte á la altura de tu puesto!... Yo no aceptaría por nada, á nuestra edad, un cargo tan lleno de responsabilidades... ¡Hacer buenas leyes y gobernar bien al pueblo! No; es una tarea inmensa, un sacrificio enorme. Solón ha dicho...

--¡No me importa lo que diga Solón, señor estudiante!--interrumpí, rabiando por la solapada y sangrienta ironía que creí ver en sus palabras.--¿Acaso los demás diputados se preocupan de semejantes tonterías? ¡«Sos» un pavo que nunca sabrás vivir, y no te das cuenta de nada! No todos han de proyectar las leyes desde el primer momento, y cualquiera, con un poco de sentido común, puede saber si son buenas ó malas las que se le presenten...

--¡Oh! Ese papel está bueno para los burros que no tienen decoro ni aspiraciones, no para un muchacho como tú, inteligente y de corazón, que puedes ser más tarde muy útil á tu tierra. No, Mauricio, no te envidio, por ahora. Hay que prepararse mucho para tareas así, y yo no estoy preparado; apenas si empiezo á aprender... Dentro de algunos años no digo que no. Pero, ahora, lo principal es estudiar.

--Sí, las cosas viejas de los libros viejos, las antiguallas del tiempo de Mari-Castaña. ¡Vaya una sabiduría!

--De lo viejo ha salido lo nuevo. Lee el Espíritu de las leyes de Montesquieu y verás.

--En fin, Vázquez, no estamos de acuerdo.

Esto lo dije con blandura, convencido de que no llevaba mala intención, esforzándome por ser afectuoso, pero con ganas de darle unos sacudones por burlón si se reía de mí, por tonto si hablaba en serio. Cuando nos separamos me fuí, sin embargo, rumiando lo que había dicho, prometiéndome leer á Montesquieu, y confesándome que sabía muy poco para legislador, aunque no mucho menos que la mayoría de mis colegas.

La ciudad se me presentaba completamente distinta de la otra vez, y mi individualidad no había sufrido las antiguas torturas al verse empequeñecida, suprimida casi. Muy al contrario, mi yo se agigantaba, pues ocupando, relativamente, el mismo lugar que en mi pueblo, el escenario más complejo y vasto me daba mucha mayor significación, para mí mismo y para los demás. El trasplante me favorecía esta vez, enriqueciéndome y vigorizándome. Había ganado en todo, hasta en lo que á sensualismo y diversiones se refiere. Las costumbres eran allí más fáciles que en Los Sunchos--hablo de la gente de cierta posición,--y no dejé de aprovechar esta circunstancia. El éxito es una aureola que deslumbra á muchas mujeres, y mi brillante aparición en la escena política, á una edad en que otros no se han puesto, casi puede decirse, los primeros pantalones largos, me hizo el niño mimado de las damas. Algunas me concedieron amables entrevistas matinales ó á la hora de la siesta, momentos propicios si los hay, porque generalmente los maridos sólo temen la infidelidad nocturna... ¡Cuánto gracioso impudor en algunas que, para el cónyuge serían, sin duda, de una desesperante mojigatería!... Pero no se exagere el alcance de estos párrafos. Más que inmoralidad, más que licencia en las costumbres, debe verse en todo aquello una simple exteriorización de primitiva ingenuidad, una especie de regresión al estado natural, coadyuvada, si no fomentada, por la completa remisión de los pecados, en la que nadie dejaba de creer. Y si lo cuento es, sólo, porque estas aventuras pasajeras ahuyentaban cada día más de mi cerebro la idea del matrimonio, mientras me alejaban, también, de Teresa, un poco por temor, un mucho por desdén que las comparaciones me inspiraban. Sin una pasión que ciegue, el matrimonio es un disparate, sobre todo en la primera juventud; con la pasión que ciega, es una locura en todo tiempo. Se me dirá que los hijos imponen el matrimonio, pero esto, en la actualidad, es un craso error, aunque antiguamente pudiera resultar exacto. Los hijos toman la vida como viene, y suelen tener mejores ejemplos en una unión libre, desligable á la primera falta, que en un hogar legítimo donde, al cabo de algunos años, marido y mujer no pueden aguantarse y tienen que aguantarse aunque se desprecien y se odien, cosa que disimularán á los extraños, á los mismos amigos, pero que resultará siempre evidente para los hijos... Pero no era mi intención meterme en estas honduras, sino sencillamente, decir que cada día me afirmaba más en el propósito de no casarme con Teresa--sobre todo con Teresa,--porque, ¿cómo arrostrar á sabiendas los peligros que veía ejemplarizados á mi alrededor, el infortunio, el ridículo, quizás ambos á la vez, sin una gran compensación?

Entretanto me preocupaba y me urgía la aprobación de mi diploma, pues no creería en mi buena suerte mientras no me viera en mi banca de diputado. É interrogaba á todo el mundo, con aire indiferente, si á su juicio se presentarían ó no dificultades.

--¡Qué se han de presentar! Su diploma es como una carta en un buzón.

No decían en el Correo, porque el correo era entonces una verdadera calamidad.

Asistía como interesado espectador á las sesiones preparatorias de la Legislatura, mucho más divertidas que el resto de la monótona vida provinciana--salvo los amoríos, los bailes y las francachelas,--y me paseaba en antesalas, trabando relación con mis colegas futuros. Allí se tomaba mate interminablemente, y se hablaba de política, de chismografía social, mezclado esto con las viejas anécdotas de que somos tan golosos los provincianos.

El «recinto» de la Cámara era, en una casa vieja de pretencioso frontispicio Renacimiento, un salón cuadrado, disfrazado de anfiteatro mediante unas barandillas de madera que dejaban á disposición de la barra el fondo y los rincones, llenos de largos escaños. Las «bancas» ó asientos de los padres conscriptos eran una especie de pupitres de escuela, colocados en tres filas semicirculares y decrecientes, las mayores á lo largo de la barandilla, las menores, naturalmente, en el centro, dejando en medio un espacio vacío. En el testero del salón, sobre la larga mesa de la presidencia, el gran retrato al óleo de un prócer de la provincia. ¡Qué majestuosa me pareció aquella sala la primera vez que entré en ella, con el pecho algo oprimido, como quien penetra en un antro misterioso! ¡Y con qué religiosa atención escuché lo que se decía, pagando la chapetonada y conquistando así el derecho de no hacerlo más tarde!

Los diputados decían sucesiva y enfáticamente una docena de sandeces, que entonces me parecían rasgos de elocuencia, tal es el prestigio del poder. Eligieron la mesa y comenzaron á discutir las actas de las elecciones, por mera fórmula, según me dijera misia Gertrudis: bien se veía que todos se habían puesto de acuerdo antes de entrar en sesión. Mi diploma era uno de los pocos que parecían peligrar, porque las elecciones de Los Sunchos habían sido, como de costumbre, protestadas por la oposición abstinente. Cuando me tocó el turno fuí invitado á entrar en el recinto para defenderlo. Como todos mis eminentes colegas habían sido electos más ó menos en la misma forma que yo, y habían pasado sobre iguales protestas, no les fué difícil convencerse de la legalidad de mi mandato, y de que:

«La impotencia hipocondríaca y perversa de cuatro ciudadanos egoístas y malos patriotas, hez de la sociedad, alejados de la opinión pública y desdeñados y aborrecidos por ella, como se hace con una víbora venenosa, los obliga á adoptar el único medio de fingirse vivientes, firmes y numerosos, de mostrarse engañosamente al pueblo como una fuerza respetable: la cínica protesta de una elección legal, en que se ha respetado la inmaculada pureza del sufragio, protesta que lleva al pie el nombre de cuatro individuos insignificantes, que quizá no sean ni siquiera electores, y la falsa afirmación de «siguen las firmas», testimoniada por un escribano sin fe, sin carácter, sin probidad. ¡No hay firmas, no hay hombres, no hay ciudadanos, señor Presidente!...

--¡Las firmas están!--gritó una voz desde la barra.

--«Habrá... habrá nombres inventados, nombres supuestos que no figuran en el padrón. ¡No, no hay ciudadanos, señor Presidente! Sólo hay ambiciones inconfesables, y, como ya dije, la rabia feroz de la impotencia. (Muy bien en las bancas). Vengo á apoyar decididamente al Gobierno que nos rige con general aplauso. Esto es sabido, y esto despierta contra mí el odio de los que quisieran substituirse á él. Esos cuatro fomentadores de anarquía son, pues, mis enemigos naturales. Entretanto, el Gobierno actual cuenta con la inmensa mayoría del pueblo, y ésa es la que me ha elegido por mis opiniones. No declarar legítimo mi mandato sería sospechar de impopularidad al mismo poder ejecutivo que aclaman las muchedumbres entusiastas y del que quiero ser modesto, pero abnegado colaborador.»

Esto lo copio de la versión taquigráfica, corrigiendo apenas el estilo, no por presunción, sino porque me gustan las buenas formas, lo que podría llamarse el aseo en la ropita oratoria. El fondo era así, vago, indeterminado é insultante para los adversarios. De más está decir que, como en mi célebre examen de ingreso, allí también pasé por unanimidad. Presté juramento y me senté por fin en «mi banca». Era, definitivamente, un personaje.

Escuché desde entonces los discursos con menos respeto, y comencé á comprender como por vaga intuición, que aquello no valía nada, que yo podría hacerlo mejor sin mucho esfuerzo, sin todo ese trabajo de años á que Vázquez se refería. Y resolví ponerme á leer discursos parlamentarios. La indigente biblioteca de la Legislatura, compuesta de unos pocos centenares de volúmenes, me proporcionó los diarios de sesiones del Congreso: devoré á Sarmiento, Avellaneda, Rawson, Mitre, Vélez Sarsfield; leí docenas y docenas de discursos, reteniendo más las frases que la doctrina y creándome un repertorio de lugares comunes que pudieran no parecer tales. Compré también algunos libros de Castelar, una traducción de Cicerón, otra de Mirabeau, y me puse á leer la Historia de la Revolución Francesa, que entonces me entretenía como antes las novelas de aventuras. Los discursos de la Convención me enriquecieron notablemente, y traté de imitar su vehemente entusiasmo, su heroica entereza, en la forma de los míos. Siempre que hablaba en la Cámara era como si la patria estuviese en peligro; los otros «buenos oradores», escasos entre mis colegas, hacían, por otra parte lo mismo, de modo que, á propósito de la construcción de un camino ó de cualquier otro detalle, las sesiones de nuestra humilde Legislatura, alcanzaban el diapasón de las más vibrantes y memorables de la historia.

Un discurso que pronuncié sobre el estado de las escuelas primarias en la provincia, mereció que algunos corresponsales escribieran á Buenos Aires, y dos ó tres diarios me dedicaran palabras elogiosas en los sueltos. Éste fué el mayor espolazo que haya recibido mi ambición, desde entonces pronta á desbocarse. Me propuse conocer la capital, los hombres de gobierno, el presidente de la República, ciudadano de gran talento, elocuentísimo orador él también, y ¡quién sabe! quizás abrir una brecha que me permitiese lanzarme á la conquista de aquel emporio, y triunfar, y ser allí lo que había sido en Los Sunchos, lo que era en mi ciudad provinciana, si no el primero, uno de los primeros, con un porvenir de gloria y de grandeza.

Vivía exclusivamente para la política; sólo en ella pensaba, estuviese donde estuviese, trabajando ó divirtiéndome, amando ó durmiendo, porque hasta mis sueños eran políticos, y mis amoríos buscaban mayor influencia y más poder para mí. Ningún detalle me parecía nimio, y todo, hombres, cosas, hechos iban almacenándose en mi memoria, que tengo magnífica. Ahora mismo podría contar la vida y milagros de centenares de personas, tanto altamente colocadas cuanto modestas y aun insignificantes. Formaba mi arsenal, con avidez y con paciencia, y comenzaba á utilizarlo para avezarme á su manejo.

Como aprendizaje del uso de mis armas, escribía en «Los Tiempos», diario que era una reproducción agrandada de «La Época» de Los Sunchos, y mis sueltos incisivos, mordaces, casi siempre animados con una anécdota verdadera ó imaginada, se destacaban del resto de aquella prosa indigesta y burda, lana de colchón con que se rellenaban las columnas del periodicucho. Mi fama comenzó á cundir, y ya muchos me consideraban como una personalidad naciente, mientras que otros me tenían como á un muchacho mal educado é insolente, capaz de las mayores desvergüenzas.

Entretanto, mamita, Teresa, don Higinio, Los Sunchos quedaban muy lejos, allá atrás, allá abajo, como perdidos en la bruma para siempre. Sólo, de tiempo en tiempo, una carta de Teresa venía á sobresaltarme, á turbarme un momento: su secreto, nuestro secreto, iba á dejar de serlo; la verdad se impondría dentro de muy poco, y, desesperada, me suplicaba que fuera, que arreglara las cosas, que la salvara de toda una inminente tragedia...

¿Para qué me habría yo metido en semejante atolladero?

XVII

Me pareció oportuno realizar el proyectado viaje á Buenos Aires, antes de decidir lo que había de hacer. Pedí licencia á la Cámara y algunas cartas de presentación de mis amigos del Gobierno para los «ases» de la gran capital. Con esto, mi diploma de diputado, mi calidad de periodista y mi apellido patricio, salí, seguro del éxito, en busca de mis primeras aventuras bonaerenses. Las puertas del mundo oficial y las de muchos salones provincianos, abriéronse de par en par ante mí. Visité á varios miembros notables de mi familia, que ni siquiera tenían noticia de mí, pero que me recibieron deferentemente, poniéndose á mi disposición y dando por cumplidos todos sus deberes con esta manifestación de cortesía.

Buenos Aires estaba, desgraciadamente, muy agitado. Respirábase allí una atmósfera candente, nuncio de una tempestad. Los ciudadanos se adiestraban en el uso de las armas y en el ejercicio militar, á vista y paciencia del Gobierno de la nación, contra quien iban, impotente para reprimirlos sino con una medida de fuerza que hubiera sido señal de la revolución, quizá de la guerra civil. Las antiguas desavenencias mezcladas de celos entre Buenos Aires y las provincias hacían crisis, y esta crisis era amenazadora. En la doble capital no cabían los dos grandes poderes, el nacional y el porteño, que se disputaban la hegemonía, y el drama político empezado desde los albores de la independencia, corría rápidamente á su desenlace. ¿Cuál sería éste? ¿Triunfaría la altiva Buenos Aires sobre todo el resto del país, imponiéndose como la cabeza pensante á los demás miembros del cuerpo? ¿Lograríamos los provincianos abatir su orgullo y hacerla entrar en razón? ¡Arduo problema cuya solución parecía exigir sangre!

Fuí á saludar, entretanto, al Presidente de la República, hombre encantador, de maneras algo afectadas, muy fino, muy amable, tanto que, á primera vista podría creérsele débil, femenil. Me parece estarlo viendo, pequeñito, menudo, bien proporcionado, sin embargo, con la frente ancha, coronada por cabellos largos, negros y ensortijados, ojos llenos de inteligente viveza, bigote y perilla, negros también. Hablaba con mesura, escogiendo las palabras, y sus frases tenían siempre un ritmo cantante. Así, cuando hablaba en público, era una delicia escucharle, porque se hubiera dicho que su oratoria era musical, persuasiva y tranquilizadora como una caricia.

Me habló de mi provincia, de la suya, de la desgracia de nuestro país, siempre agitado por disensiones intestinas y ofreciendo un espectáculo de anarquía y violencia al mundo, que consideraba á las nuevas naciones de la América del Sur, y, sobre todo, á la nuestra, como grupos de chiquillos revoltosos, si no como tribus semiprimitivas, incapaces de comprender la libertad, y, por lo tanto, de gozar de ella. Y, sin duda, para no penetrar más en el fondo de las cosas y no hacer confidencias intempestivas á un jovenzuelo que era, al fin y al cabo, desconocido, se levantó, dando por terminada la audiencia. Nunca lo volví á ver, pero conservo clara y viva la impresión que me produjo.

Poco duró mi permanencia en Buenos Aires, porque algunos dirigentes del partido me aconsejaron que volviera á mi provincia, donde podía hacer falta: la inminente rebelión de la capital porteña repercutiría, quizás en alguna otra parte, y aunque mi provincia estuviera al abrigo de todo temor y toda sospecha, como defensora decidida de la causa nacional--eran sus palabras,--nunca es malo estar prevenido, y en épocas de disturbios cada soldado debe ocupar su puesto. Me fuí, pues, y véase cómo asocia uno egoísticamente á sus pequeñas necesidades, los más grandes intereses colectivos: me fuí haciendo votos porque estallara no una revolución, sino toda una guerra civil, convencido de que en esta tragedia me sería más fácil desenlazar mi dramita íntimo, de acuerdo con mis deseos, es decir, quedando libre de todo compromiso.

En la ciudad me esperaba una carta de don Higinio, todavía ignorante de la desgracia que lo amenazaba. La abrí, no sin recelo. Se refería al negocio de la chacra, que marchaba muy bien, gracias á su «muñequeo». Había conseguido que la misma oposición clamara por la apertura de las calles, creyendo hacerme daño al desmembrar «una posesión feudal, que, como los castillos medioevales, dominaba al pueblo de Los Sunchos, aunque sin protegerlo ni servirle, sino á modo de dique contra su desarrollo natural». La Municipalidad fingía indignarse mucho contra aquella pretensión; pero estaba, naturalmente, pronta á ceder en cuanto él lo indicara. No era oportuno todavía, si se quería obtener una buena indemnización.

Contingencia feliz é ingrata á la vez, que me dejó perplejo. Agregábase un elemento más á mis vacilaciones que ya eran sobradas, aunque, en el fondo, mi resolución fuera inmutable. Don Higinio, de cuya influencia política necesitaba todavía, don Higinio, que, como buen criollo, era muy capaz de vengarse sangrientamente de mí, preparando este brillante negocio, me obligaba aún más á contemporizar con él. ¿Cómo salvarme del compromiso, cómo ganar tiempo, al menos?... Á fuerza de buscar, se me ocurrió una idea luminosa, y escribí á la muchacha, en una forma ambigua, sólo clara para ella, diciéndole que más que nunca guardara su secreto, y á don Higinio preguntándole si iría pronto á la ciudad, pues me urgía hablarle de un asunto muy importante que no podía tratarse por cartas, pero que tampoco era cuestión de días más ó menos. Un «se trata de mi felicidad», debía sugerirle el tema probable de la entrevista.

Me precipitaba hacia el escándalo, precisamente para contrarrestarlo, y elegía la ciudad, donde las cosas más graves, las que serían catástrofes en una aldea, pueden pasar inadvertidas, y donde toda defensa es más fácil. En aquel teatro se equilibraban mejor nuestro poder y nuestras armas.

Como lo había supuesto, el viejo se precipitó á la cita. Creo que estaba más contento que la misma Teresa, pues creía realizar un sueño de muchos años y crear para sus nietos toda una aristocracia, dándoles al propio tiempo gran fortuna, elevada posición y un nombre envidiable, un apellido patricio.

--¡Don Higinio!--exclamé al verlo.--Mi asunto no corría tanta prisa.

--No--dijo ladinamente.--Si he venido por otras muchas cosas; y de paso es natural que te pregunte lo que querés.

--Yo hubiera debido ir á Los Sunchos; pero ya comprende usted que mis ocupaciones de la Cámara me lo impiden.

No había ido, temiendo, además de lo que ya he dicho, las escenas con Teresa, y su posible indiscreción... ¡Oh! las mujeres saben callar, pero de repente, cuando no hay peligro ó á ellas les parece que no lo hay, se les va la lengua y arman un enredo, sin querer.

--Se trata de Teresa--agregué.--Usted bien sabe que nos queremos desde hace mucho, desde que éramos muchachos. ¿Nos dará usted su consentimiento para casarnos?

--¡Pero, hijito, cómo no! ¡Si es mi mayor deseo, y cuanto antes!

Me abrazó conmovido.

--Cuanto antes, me parece mucho decir. Yo creo que será mejor esperar hasta el año que viene. Mis asuntos no están bien claros y los recursos no son muchos, mientras no se arregle lo de la chacra.

--Se arreglará. Y, además, yo soy bastante rico para que no les falte nada.

--Otra cosa: tengo que preocuparme de mi posición y no puedo descuidar ni un momento la política, si he de hacer camino. Debo frecuentar asiduamente la sociedad, los comités, el club, la casa de gobierno, la Legislatura. Todo pinta muy bien; pero, con la desgraciada perspectiva de una revolución en Buenos Aires, quizá de una guerra civil, si me casara ahora, tendría que abandonar á mi mujercita ó no cumplir con los deberes que me imponen mi puesto y mi partido...

--¿Y cuándo, entonces?

--¡Oh! el año que viene, á más tardar. El año que viene estará completamente despejada la situación del país y la mía...

Un relámpago de recelo atravesó por los ojos de don Higinio. Le parecía extraño--y me lo dijo,--que una vez resuelto á casarme, lo dejara para más tarde, sin ardor juvenil de inmediata realización. Que antes vacilara, sí, es comprensible; pero, decidido ya, la demora resultaba menos natural. ¡En fin! que él no hubiera obrado así, y en su tiempo la gente se casaba sin preocuparse de las revoluciones. ¡Pero, sobre gustos no hay nada escrito!

--Será, pues, para el año que viene. Escríbele á Teresa. Yo mismo le llevaré la carta para ver la cara que pone.

¡Escribirle! Siempre he tenido miedo de escribir cosas comprometedoras, y la carta anterior me había costado prodigios de ingenio. Salí del paso lo mejor que pude.

--Ella ya sabe--dije.--Lo sabe desde antes de venirme á la ciudad.

--¡Ah, picarones!... ¡y qué calladito lo tenían!

Se quedó todo el día conmigo, haciendo proyectos, castillos en el aire, como si él fuera el novio. Seríamos reyes en Los Sunchos, y en la ciudad, y en el mismo Buenos Aires, donde Teresa brillaría un día como una reina.

Aquí se me escapó una réplica, que tuvo más tarde consecuencias trascendentales.

--Déjese de eso, viejo--le dije.--Teresa es demasiado modesta para que se pueda lucir en Buenos Aires. De allí vengo, y debo prevenirle que las mujeres tienen una educación muy distinta, son grandes señoras, no muchachas ignorantes, como las de nuestros pueblitos de provincia.

Se quedó mirándome, sin replicar palabra, como si mi frase le hubiera producido la más honda impresión, y nuestra charla terminó con esto.

Cuatro días después, una carta de Teresa me daba noticia de lo ocurrido en Los Sunchos, á la llegada de don Higinio. Éste, loco de alegría, le había dicho que yo acababa de pedir su mano. Ella, cuando el viejo agregó que el casamiento se celebraría el año siguiente, no pudo reprimir un grito:

--¡Cómo el año que viene! ¡Es imposible, imposible! ¡Si mucho antes!...