Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira

Part 7

Chapter 73,925 wordsPublic domain

Celebrábanse entonces, como ahora, en Los Sunchos, al mediar la primavera, fiestas populares introducidas por los vecinos españoles y adoptadas con entusiasmo por la población criolla: las Romerías. En un gran terreno cercano al pueblo alzábanse tinglados, tiendas de lona, galpones de madera, enramadas, quioscos, improvisándose una aldea volante, una especie de paradero de indios, que se adornaba con banderas, follaje, gallardetes, guirnaldas de telas baratas y churriguerescas, y que habitaban algunos comerciantes establecidos en el pueblo, y muchos de ocasión, ofreciendo baratijas, géneros y ropas ya invendibles, y sobre todo, cosas de comer y de beber, buñuelos, cerveza, tortas fritas, vino carlón, chorizos asados... En la gran «carpa» de la Sociedad Española se instalaba un bazar de caridad, atendido por las niñas más conocidas del pueblo, y en el que se vendían, se remataban ó se rifaban mil «clavos» generosamente regalados por los comerciantes fuertes. La gente menuda tenía, como diversión, palo-jabonado, rompecabezas, calesitas; el populacho, baile al aire libre, al son de gaitas y tamboriles, rara vez substituídos por la banda de música de Los Sunchos, que tocaba, sobre todo, en la «carpa» de la Sociedad, punto de reunión de la gente distinguida. Una atmósfera sensual, intensificada por todos los efluvios de la primavera, una loca necesidad de divertirse, de gritar, de moverse, de rozarse, reinaba en las romerías, y embriagaba á todos, comenzando por la masa popular, para invadir poco á poco las capas superiores. Más capitosas que el carnaval, porque reunían á todo el mundo en un solo sitio, el contagio sexual era en ellas más rápido y avasallador; pero en la ingenuidad de las costumbres, esto no lo advertían sino el cura, que predicaba contra los excesos y pedía moderación, y alguno que otro viejo, cuyas observaciones se tomaban generalmente como una demostración de envidia de los que ya no pueden divertirse.

Aquel año fuí el asiduo cortejante de Teresa, un poco por iniciativa propia, un poco porque ella halló manera de cautivarme con sus monadas, acercándoseme á cada rato, en un principio, con el pretexto de ofrecerme cedulillas de la rifa, ó artículos del bazar de Caridad. Bailamos toda la noche, cuantas veces se organizó el baile para la «gente decente», en un tablado hecho á propósito junto á la «carpa» de la Sociedad; le di el brazo, acompañándola cuando ejercía sus funciones de vendedora á través de la multitud acudida del pueblo y de las aldeas y estancias vecinas, y no desperdicié la ocasión de decirla mil ternezas que la conmovían y la enajenaban, hasta el extremo de sentirla temblar, al apoyarse con abandono en mi brazo.

--¡Pero eres un malo, un perverso!--me decía.--¡No te puedo creer! ¡Si me quisieras de veras no te pasarías los meses enteros sin ir á verme!

¿Era el cuarto de hora de de Espada _d'aprés_ Rabelais? Así lo creí, pues le declaré que si no iba á verla era porque «me daba rabia» hablar con ella, habiendo gente delante, ó con una reja de por medio.

--Si me esperaras en la huerta, donde podemos conversar á gusto, yo iría á verte todas las noches.

--¡Pero eso está muy mal hecho!--exclamó.

¿Por qué? ¿Qué había de malo? ¿No tenía confianza en mí? ¿No estábamos acostumbrados á andar juntos y solos, desde chicos? É insistí:

--No me digas que sí ni que no. Esta noche iré á la huerta. Si quieres, me esperas; si no estás, lo sentiré mucho y me volveré á casa...

Lo dije con un acento de tristeza y terminé con un tono de vaga amenaza, tales que, vencida, me estrechó el brazo y me miró á los ojos con la vista turbia. Iría á la huerta, sin duda alguna.

Don Higinio, como es natural, había notado mis asiduidades y la actitud de Teresa, pero no les dió importancia, ó, más bien dicho, se felicitó, sin duda, de nuestro acuerdo, que debía conducirnos á la ejecución de sus proyectos matrimoniales, de larga data planteados.

--¡Ah, pícaro!--me dijo, golpeándome el hombro.--Ya te he visto de «temporada»... ¡Como ha de ser! Los muchachos se apuran á ocupar nuestro sitio, y no tienen reparo en dejarnos á un lado...

Me reí, sin contestar, pensando en cuán distintos de los suyos eran mis planes, y diciéndome: «Si éste piensa en casarme, ya está fresco. ¡Cualquier día renuncio yo á mi libertad por una cosa que puedo obtener sin semejante sacrificio!» Sin embargo, me prometí, tanto si Teresa acudía á la cita, cuanto si me dejaba plantado, conducirme de allí en adelante con mayor cautela y ocultar en lo posible nuestros amores, para no dar asidero á don Higinio y rehuir sus insinuaciones, que no tardarían en ser exigencias.

Teresa me aguardó cuando, al volver de las romerías, todos se hubieron acostado en su casa. Hablamos largo rato, ella con ternura, yo con diplomacia, sentados bajo un enorme sauce que había en el fondo de la huerta. Un momento creí que estaba completamente á mi discreción, pero á la primera libertad que quise tomarme se levantó sin aspavientos, y separándose un paso de mí, me dijo con serenidad y blandura:

--No, eso no, Mauricio. Me has prometido portarte bien, y por eso estoy aquí. Conversemos cuanto quieras, pero con juicio. Mira que ya no somos criaturas.

¡Sonsa! ¡Más que sonsa!

Había tanta tranquila resolución en su acento, que me quedé cortado, sin acertar á decir palabra. La entrevista perdió para mí todo su encanto. ¿Quién la hacía tan cauta? ¿Cómo, en su inocencia y en su afecto, real y grande, hallaba, sin embargo, fuerzas para resistir? No lo sé, aunque me parece efecto de la educación, no de las lecciones paternas, sino de las charlas íntimas con las amigas que van revelándose mutuamente la vida y sus peligros. Pensé que el «cuarto de hora» no había sonado ó había pasado ya, pero, repuesto de la primera impresión, logré decirla algunas nuevas ternezas, prometiéndola ser más serio en adelante, no importunarla en otra cita que pedí para la siguiente noche.

--Sí, vendré. Pero tienes que jurarme que estarás quietito.

Le estreché la mano, y me fuí, rabiando conmigo mismo. Debía haber sido más audaz, debía... Y me puse á forjar para lo futuro planes de seducción análogos á los leídos en las novelas, recordando al propio tiempo el aforismo de de la Espada: «Para conquistar á una mujer desinteresada, se necesita mucho tiempo y mucha paciencia. Á su tiempo maduran las uvas, y el pobre porfiado saca mendrugo, mientras que el exigente se queda afeitado y sin visita». Pero me parecía que nuestros amores duraban ya tanto, tanto...

--¿Será que no me quiere? ¿Ó tiene la decidida voluntad de que me case con ella, y sabe que para eso es necesario no ceder? ¡Diablo de muchacha!... ¡Bah! consultaré á de la Espada, lo haré mi confidente... ¿Por qué no?... Él sí que tiene experiencia... y no dirá nada á nadie...

XIII

Al día siguiente, revelé á de la Espada todos mis secretos, sin omitir ni aun el fracaso de mi última tentativa. Se echó á reir.

--¡No seas tonto!--dijo.--No te aflijas ni te desalientes. La muchacha está á punto, y sólo te falta la ocasión. ¡No vayas á asustarla! Por el contrario, inspírale la mayor confianza posible, y espera. La casualidad te proporcionará, indudablemente, algún momento de gran emoción para ella. Ése es el bueno, y habrá que aprovecharlo... Pero ¡ten cuidado! Mira que el padre no es de los que aguantan esas cosas, y en cuanto llegue á descubrir tus intenciones, ó su realización, si no te mata es muy capaz de casarte á la fuerza. Tanto más cuanto que es íntimo amigo de tu padre.

--¡Bah!--repliqué.--Ya veremos lo que se hace. No le tengo miedo al viejo, y no es el primero que tiene que jorobarse. ¡Cuántos del pueblo, según tú mismo me has dicho, han tenido que hacerse los sonsos, para evitar que el escándalo fuese más grande!...

La oportunidad de que hablaba «el galleguito», como le decíamos, no tardó, efectivamente, en circunstancias trágicas para mí... Había conversado muchas noches con Teresa, adormeciendo sus recelos, exasperando su amor, y entre nosotros reinaba la más deliciosa intimidad. Hablábamos de casarnos... hacíamos proyectos... Ella quería que viviésemos en casa de su padre, yo fingía exigir que habitásemos en la nuestra, y sólo se arribaba á un acuerdo, cuando nos proponíamos hacer una sola de las dos familias, cosa fácil, dada la amistad que las vinculaba.

--¡Lo malo es que así, nunca estaremos solos!--objetaba yo.--Siempre tendremos á uno de los viejos pisándonos los talones.

--¿Y eso, qué le hace?--replicaba Teresa.--Si no nos quisiéramos sería otra cosa, ¡pero nos queremos tanto!...

Pero, vamos al caso. Una tarde, y como solía desde que yo iba «haciéndome hombre», tatita me invitó á montar á caballo y acompañarlo hasta una chacra, á dos ó más leguas del pueblo, donde tenía un negocio pendiente que era preciso arreglar sin pérdida de tiempo. Su invitación era una orden, y no desagradable, porque nunca he visto más jovial compañero de viaje, y jamás me he aburrido á su lado.

No tardaría mucho en hacerse noche, porque habían dado ya las siete, pero el asunto urgía y ambos estábamos acostumbrados á recorrer el campo á cualquier hora, sin miedo al rayo del sol de mediodía, ni á las «luces malas» de la media noche. Llegamos á la chacra cuando acababa el día, con una puesta de sol admirable que envolvía la pampa entera en un manto de púrpura. Tatita arregló en un cuarto de hora ó veinte minutos lo que tenía que arreglar, apretamos nuevamente la cincha á los caballos y emprendimos el regreso. Era casi completamente de noche. Sólo una línea pálida, al Oeste, señalaba el sitio por donde se había marchado el sol. El crepúsculo, engañoso, nos fingía paisajes desconocidos, contagiándonos con su propia vacilación. Sin dejar de ver, no discerníamos la naturaleza de las cosas vistas, y sólo una larga práctica nos permitía seguir sin desviarnos la cinta descolorida del camino.

--¡Vamos á llegar muy tarde!--exclamó de pronto tatita.--Cortemos campo.

--¡Cortemos!--contesté, poniendo la cabeza del caballo en dirección á Los Sunchos, sin abandonar el galope.

El camino daba un gran rodeo para evitar un bañado intransitable en la época de las lluvias; aquella larga curva podía acortarse en una tercera parte tomando la línea recta, la cuerda, como si dijéramos, pero el trayecto no era muy cómodo, porque el campo, cubierto de grandes matas de cortadera y de hierbas altas, tenía, además, vastos limpiones llenos de viscacheras. Afortunadamente la pálida mancha de estos rompecabezas basta para advertir del peligro á un jinete experimentado, aun en la obscuridad de la noche, sobre todo si monta un caballo «vaqueano», uno de nuestros criollos de tan agudo instinto campero.

Me adelanté, pues, al galope largo, fiándome de mi cabalgadura que evitaba matorrales y viscacheras atento á todos los detalles, moviendo sin descanso las orejas, y habría galopado un cuarto de hora, cuando me pareció oir un grito. Detuve en seco el caballo y escuché. No oí nada más, ni siquiera el galope del zaino de tatita, cuyas herraduras debían resonar, sin embargo, en la tierra del bañado, dura entonces por la sequía como un pavimento de asfalto. ¿Qué significaba aquello? Alarmado volví grupas y corrí hacia atrás á rienda suelta. Nada veía, nada oía. Mi caballo dió de repente una terrible espantada junto á una viscachera, y echó á disparar pesando violentamente sobre el freno. Á duras penas logré contenerlo, y, acariciándolo le obligué á volver al paso hacia la viscachera, contra toda su voluntad... ¡Qué espectáculo! Primero entreví, lleno de susto, la masa del zaino que, con las patas rotas, resollaba y resoplaba lastimeramente. Un poco más lejos estaba tatita, tendido en la tierra petrificada de la viscachera. Me tiré del caballo, corriendo en su auxilio. Una larga herida le cruzaba el cráneo, bañándolo en sangre. No respiraba; el corazón parecía no latir...

Volví la vista á todos lados. El camino estaba lejos, y por el bañado no pasaba nadie, sobre todo á aquellas horas. ¿Qué hacer? ¿Dejar á tatita y correr en busca de socorro, ya que ni agua tenía á mi alcance para tratar de hacerlo volver en sí? No había otro partido que tomar. Lo recosté lo mejor que pude, le hice una almohada con mi blusa y mi poncho, observé de nuevo si respiraba, si se movía, y, convencido de lo contrario, con el corazón en la boca, monté y emprendí la más desesperada de las carreras hacia Los Sunchos, cuyas luces se veían á la distancia.

Azorado y sin poder coordinar bien las ideas, traté, sin embargo, de reconstruir el accidente: preocupado por un asunto que podía significarle la pérdida de una crecida suma de dinero, tatita se había distraído, confiando en el instinto del viejo caballo, que conocía perfectamente el campo en muchas leguas á la redonda. Pero el zaino habría tenido también su momento de distracción, bastante para meter las manos en una cueva de viscacha, «bolearse» y proyectar á su jinete á varios metros de distancia. El pobre tatita debió dar con la cabeza en la tosca dura que rodeaba las viscacheras... ¿Estaría muerto? ¡No! Semejante fin no era el de un hombre como él. Una simple «rodada» no acaba con los gauchos de su temple. ¡No! Cuando mucho, sufriría un largo desmayo y la herida sería fácil de curar... La primera juventud se rebela contra la idea de la muerte.

Volví con gente que, por fortuna, encontré en las afueras del pueblo, mientras un hombre corría á avisar al médico y á buscar un coche. Yo esperaba encontrarlo en su sentido, incorporado y pronto á emprender la marcha; pero seguía inerte, tibio aún, y no fué posible hacerle tragar una gota de la ginebra llevada á prevención. El doctor Merino, que llegó diez minutos después, sólo pudo comprobar el fallecimiento.

No omitiré aquí un episodio que, pese á las circunstancias trágicas, me ocupó un instante, produciéndome honda impresión. Fidel Gomensoro, uno de los paisanos que me habían acompañado, oyendo que el zaino de tatita resollaba y se quejaba casi como una persona, se acercó á examinarlo.

--Tiene las dos patas quebradas--dijo.--Hay que despenarlo.

Y, sacando el facón de la cintura, con ademán resuelto, de un solo tajo lo degolló, consumando así, sin pensarlo, un sacrificio usual en la tumba de los antiguos señores de la pampa...

El cadáver del pobre tatita fué tendido cuidadosamente en el carruaje, y yo lo seguí al paso de mi caballo, sin saber lo que me ocurría, como si yo también hubiese recibido un golpe en la cabeza... Antes de llegar al pueblo, nuestro pequeño grupo había aumentado considerablemente, y al pasar por las calles principales, dirigiéndonos á casa, formábamos ya un imponente cortejo: la noticia había cundido y todo el mundo acudía, los amigos, los indiferentes y los enemigos, atraídos por la pena, la curiosidad ó la disimulada satisfacción. Entretanto, algunas mujeres rodeaban ya á mamita, preparándola para la horrible sorpresa. Al oirnos llegar, se precipitó hacia el carruaje, presintiendo que sólo encontraría un cadáver. La escena fué desgarradora, y entonces comprendí cuánto amaba mi pobre madre á aquel hombre que había vivido con ella treinta años de indiferencia y de abandono.

El velorio y los funerales hicieron época en Los Sunchos. Mamita, incapaz de ocuparse de nada, sino de llorar y rezar junto á su esposo, dió carta blanca á amigos y sirvientes, y la mesa estuvo puesta durante treinta y seis horas largas, alternándose el chocolate con los vinos y licores, los «churrasquitos» con el mate dulce ó amargo, el puchero con la chatasca, las empanadas, la chanfaina y las tortas fritas. Una nube de chinas de las casas amigas había ido «á ayudar» convirtiendo la nuestra en pandemonium, y la sala, el comedor, las habitaciones de respeto, estaban llenas de visitantes, hombres y mujeres que hablaban de política, contaban cuentos, jugaban á las prendas, iniciaban ó continuaban sus intrigas amorosas... Y esta animada tertulia, en que sólo faltó el baile, se prolongó hasta la hora de conducir los restos á su última morada.

Yo estaba aturdido. Tatita había sido tan bondadoso, tan camarada, que lo quería de veras, y su ausencia repentina é irrevocable, producíame, al propio tiempo que dolor, una rara sensación de espanto, como si me encontrara de pronto y por primera vez ante lo desconocido amenazador. Pero todo esto, terror y pena, era vago, indeciso, como si no me diera, como si no pudiera darme cuenta exacta del hecho brutal, como si pasara por una confusa y angustiosa pesadilla...

Hubo discursos junto á la tumba de don Fernando Gómez Herrera, cuyo ataúd acompañó el pueblo en masa hasta el pobre y descuidado cementerio de Los Sunchos, cubierto de pasto y poblado de peludos y de víboras. Don Sócrates Casajuana, el intendente municipal, dijo que era un prohombre á quien la patria y su partido debían sacrificios innumerables. Don Temístocles Guerra declaró que perdíamos en él un vecino progresista y un ciudadano patriota, que no podría ser reemplazado jamás. El doctor Argüello, senador de la provincia, que, con el diputado Quintiliano Paz, había ido expresamente á Los Sunchos, para honrar la memoria de tatita, habló en nombre del poder ejecutivo y de la legislatura, recomendando al pueblo que siguiera las admirables huellas del probo y austero ciudadano, prematuramente desaparecido cuando, en plena madurez, mayores servicios podía prestar á la patria.

Yo oía todas aquellas frases como quien oye un vago y molesto zumbido, y no podría reconstituirlas ahora, si después no las hubiera escuchado cien veces, dichas sobre cien tumbas diferentes, siempre las mismas, siempre triviales, siempre demostrando un desconocimiento casi completo de la personalidad á quien se honraba, siempre sin proporción ni medida, como si todos los hombres, iguales en la muerte, la hubiesen sido también en la existencia.

Á la puerta del cementerio, acompañado por el cura, don Genaro Cecchi, por algunos presuntos parientes de papá ó de mamá, y por don Higinio Rivas, que lagrimeaba sinceramente, estreché una tras otra todas aquellas manos indiferentes, y escuché de aquellas bocas sin emoción las rituales palabras de pésame. Esta larga, esta interminable ceremonia fué para mí una tortura. Por fin, en el mismo carruaje que la antevíspera había recogido el cuerpo inanimado de mi padre, volví á casa, en un estado de estupor, sólo comprensible si me digo que la naturaleza turba y enajena el cerebro del hombre en las grandes catástrofes, anestesiándolo en cierto modo, hasta que empieza á acostumbrarse al dolor. El cura y don Higinio me acompañaban.

En casa, y con otras señoras y niñas, Teresa trataba de consolar á mamita que, encerrada en su cuarto, á obscuras, llorando y rezando, no quería ver á nadie ni dejarse distraer de su pena bajo pretexto alguno. Me tuvo abrazado largo rato, cubriéndome de besos y bañándome en sus lágrimas.

Á la hora de comer, todas las visitas se marcharon, excepto Teresa, que quedó para acompañar á mi madre y manejar la casa, por indicación de don Higinio.

Por la noche, solos, viendo y compartiendo mi honda aflicción, me habló más tiernamente que nunca. Embriagados por el dolor, hubo un instante en que nos abrazamos, perdida la cabeza.

Y este fué el momento de gran emoción de que hablara de la Espada.

XIV

La muerte de tatita dejaba en manos de don Higinio Rivas los destinos políticos de Los Sunchos, que había compartido con él. Era el caudillo único é indiscutible, entre otras cosas porque, conocedor de los secretos del gobierno de la comuna, tenía á todas las autoridades como si dijéramos rendidas á discreción. Convencido de que tarde ó temprano me casaría con Teresa, ignorante del cambio radical introducido en nuestras relaciones, sabiendo que mi padre nos había dejado más deudas que bienes, que mamita era incapaz de salir del atolladero y que yo no sabría manejarme mucho mejor que ella, me propuso encargarse desinteresadamente de arreglar nuestros negocios, de modo que nos dieran satisfacción.

--Yo conseguiré que se queden con la chacra y que puedan pagar á los acreedores por medio de una amortización, arrendando las tres cuartas partes del terreno, que no les hace falta. Para que vivan, para el puchero, la ropa y los gastos menudos, no será difícil que el gobierno de la provincia pase una pensión á la viuda, y yo mismo iré á la ciudad á trabajar hasta conseguirla. Es lástima que Fernando haya muerto sin arreglar sus cosas, y que fuese tan despilfarrado, porque hubiera podido dejarles una fortunita. Pero, ¡no importa! Con todo, la chacra valdrá mucho á la vuelta de pocos años y podrás venderla muy ventajosamente cuando mejoren los tiempos. Tu mamá, entretanto, necesita muy poca cosa, «vos podés» manejarte con el sueldito de la Municipalidad, que ya te han aumentado dos ó tres veces, y lo principal es ir viviendo sin que los usureros les claven las uñas.

Se interrumpió, vaciló un poco, como si le costara lo que iba á decir, y agregó:

--¡Esto, muchacho, es un secreto para nosotros dos y para tu mamá, nada más! Fernando tenía mucha confianza en mí, y con razón, porque siempre fuí muy su amigo... Temiendo que algún día pudieran obligarlo á vender la chacra en malas condiciones, me pidió que se la hipotecara con pacto de retroventa. Naturalmente, esto era «engaña-pichanga». Hicimos en la escribanía el contrato de hipoteca, y yo le di una contracarta sin fecha, declarando que me ha pagado y que la propiedad sigue siendo suya: esto para el caso de que me sucediera una desgracia repentina, porque entre nosotros no había necesidad de semejante garantía. Esa carta debe estar entre los papeles del finado. Tráemela y te daré otra para tu resguardo. La hipoteca vence en estos meses; la renovaremos á tu nombre y al de tu mamá, con las formalidades de la testamentaría, y así nadie podrá nunca meter el diente en lo único que les queda.

Se interrumpió, para añadir después, con una risita entre maliciosa y avergonzada:

--Todo esto no será muy legal; pero, hijito, cada uno se agarra con las uñas que tiene, y á mí me parece que tu tata tenía mucha razón de no querer quedarse en camisa y en el medio de la calle, para pagar á sus acreedores, que son casi todos gente rica, y que no necesita de esos cobres. Vos, por tu parte, como irás pagando, no tenés nada que echarte en cara...

Dimos á don Higinio cuantos poderes necesitaba para regir libremente nuestros asuntos. Arrendó parte de la chacra en buenas condiciones, obtuvo la pensión del gobierno de la provincia y otra del nacional para «la viuda é hijo de un guerrero del Paraguay», arregló con los acreedores exigiéndoles una importante quita y haciéndolos contentarse con una pequeña amortización anual--«del lobo un pelo», decía él,--de manera que, en vez de empeorar, nuestra situación mejoró, porque ya no estaba allí tatita, manirroto á quien ningún dinero daba abasto, y porque yo no me había acostumbrado todavía á tirar la plata, gracias á las pocas ocasiones que Los Sunchos me ofrecían, y gracias, también, á que Teresa tenía aún la facultad de absorberme. En casa reinaba, pues, la abundancia, y hubiera reinado la alegría si mamita, como la enredadera que se encuentra de pronto sin arrimo, aunque sea el rudo y áspero de una tapia, no se hubiera marchitado y abatido, más silenciosa y solitaria que nunca.

--Pocos años de vida le quedan á misia María--murmuraba la gente al verla pasar como un fantasma, sin ser ya ni la sombra de la mujer de antes, que, taciturna y resignada, tenía, sin embargo, manifestaciones simpáticas y amables para todos.

--¿Por qué te afliges tanto, mamita?--me atreví á decirla una vez.--Al fin y al cabo, tatita no te hacía tan feliz...

Me miró espantada, como si acabara de blasfemar, y exclamó:

--¡Mauricio! ¡Era tu padre!

La religión de la familia primaba en ella, sobre cualquier otro sentimiento, sobre todo raciocinio.

Así fué pasando lenta y monótonamente el tiempo, hasta que don Inginio quiso un día complementar con un golpe maestro la magnífica ayuda que nos había prestado, poniendo en marcha de un modo decisivo su proyecto de «hacerme hombre».