Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 6
--¿No te parece, Fernando--dijo mamita después de una pausa,--que este muchacho debería irse á acostar? Con el viaje de hoy, y las aflicciones, si tiene que salir mañana temprano, se nos va á enfermar...
--Es posible.
Mamá insistió?. La enfermedad era inevitable. En aquel mismo instante ya tenía fiebre. Y si caía en cama en la ciudad, ¿cómo me cuidarían? ¿No sería mejor dejarme descansar unos días, muy pocos, hasta la vuelta de la galera, por ejemplo?
--Bueno--contestó, por fin, tatita, como quien hace un sacrificio.--Irá en el otro viaje, ¡pero eso, sin remisión!
--¡No iré nunca!--pensé.
--Voy á escribir á don Claudio dándole una satisfacción y pidiendo disculpas á misia Gertrudis de tu parte, para que te perdone.
--¡No me ha de perdonar!--murmuré.
--¿Por qué? Al fin y al cabo, no has hecho más que una muchachada.
No pude menos que sonreirme.
--¿Ó has hecho algo más, que no sabemos todavía?
Conociendo el carácter de tatita, no vacilé en contarle la travesura de las trenzas, pero traté de hacerlo con habilidad y gracia, comenzando por describir las dos figuras de la vieja sin y con sus postizos, la pretensión ridícula de su coquetería senil, tan contraria á la beatería, la rabia que me daba verla presumir de muchacha... Cuando agregué que los cerdos se habían precipitado, en el chiquero, á devorar aquel amasijo de crines engrasadas, como si fuera un plato delicado, y pinté la cara que pondría misia Gertrudis buscando su cabellera, tatita rompió á reir á carcajadas, echándose hacia atrás en su sillón, como si estuviera asistiendo á la escena más cómica de su vida. Estaba derrotado...
Poco rato después, me fuí, en apariencia, á dormir, pero en realidad me quedé atisbando para ver si tatita escribía á los Zapata, con esa incertidumbre de los muchachos que no saben decirse: «esto sucederá y no otra cosa». No escribió, naturalmente, porque no era hombre de pedir disculpas á nadie, por nada de este mundo; en cambio, adiviné que comentaba risueño mis aventuras de la ciudad, primero con mamita, después con don Inginio que, sabedor de mi escapatoria, fué á casa en procura de mayores datos. Al oir entrar al viejo Rivas, me acerqué al comedor para sorprender algo de lo que dijeran. El juicio era, más bien, favorable para mí. Don Higinio estaba pronto á creer que los Zapata habían ido demasiado lejos, tanto más cuanto que los muchachos criollos son amigos de la libertad y no «hijos del rigor», y á mí se me había transplantado violentamente de la independencia casi total á una especie de encarcelamiento.
--Pero, así y todo--terminó,--es preciso que se haga hombre, ¿no es cierto, misia María?...
Sostenido nerviosamente por las mismas emociones, en cuanto los viejos se fueron al club, consideré que cualquier cosa era mejor que meterme como un tonto en cama, y sin pedir permiso á nadie, me escabullí en busca de mis camaradas. La visita de don Higinio me había hecho pensar en Teresa, pero esta evocación quedó muy en segundo término, siendo lo dominante la tentadora «farra» con los amigotes. Sin embargo, al salir muy recatadamente, para evitar las posibles inútiles objeciones de mamita, oí un siseo que partía de su ventana, allí, en la casa de enfrente.
Sabiendo mi llegada, Teresa me aguardaba á la reja, segura de que iría á conversar con ella ó temerosa de que no la recordara--caben ambas interpretaciones en el determinismo femenil.
Al sentirla allí, súbitamente despertados mis instintos novelescos, vuelto á la vida de antes, corrí á la ventana á saludar en ella toda la poesía erótico-sentimental que encarnaba para mí. Á mis transportes, al propio tiempo ingenuos y perversos, respondió la niña con una emoción intensa y contagiosa. Su pobre alma se enajenaba más con los sentimientos que con las pasiones, mientras yo, como un actor, me entusiasmaba con el papel que las circunstancias me distribuían, pronto á ser Otelo ó Marco-Antonio, Don Juan ó Marsilla. La dije--y en aquel momento yo mismo lo creía,--que había vuelto á Los Sunchos, despreciando los esplendores de la ciudad, sólo porque no podía vivir lejos de ella.
Y tanto efecto le produjo este eterno y tonto estribillo, que asomando la carita morena entre dos barrotes de hierro, me tendió como una flor los labios frescos y rojos, para darme el primer beso.
XI
Como mi fiebre de acción no me permitía quedarme allí, platónicamente, observé á Teresa que podrían sorprendernos y que no quería enojar más á tatita, para quien estaba en cama desde hacía mucho. Minutos después entraba en el Café de la Esperanza, buscando á mis amigos, y la casualidad quiso que papá estuviera allí, jugando á la treinta y una ciega. Hizo como que no me veía, y siguió su partida tranquilamente. Este síntoma me pareció mucho más favorable y decisivo que todos los anteriores. ¡Adiós los Zapata!
Salí con mi pandilla, buscando un sitio más libre para reanudar nuestras diversiones. Los camaradas me habían recibido con grandes muestras de alegría y entusiasmo, y como llevaba en el bolsillo los bolivianos que Contreras no quiso recibir, hicimos aquella noche, en el trinquete de la Zorrita, la más memorable de las fiestas, continuada en el mismo diapasón hasta formar una como cuaresma de vida maravillosa, que me parecía un sueño encantado después de mis prisiones en la ciudad.
Pero, ni aun embriagado por estas delicias, descuidé completamente la parte seria de las cosas, y mal seguro todavía de mi elocuencia que podía fallar por causas exteriores y transitorias, escribí á mi padre una larga carta, modelo de diplomacia juvenil, y de la que destilaban las indirectas lecciones zapatiles. Decíale que, dado mi carácter, tan análogo al suyo--cosa de que me enorgullecía,--la corrección de mi conducta dependía precisamente de la mayor ó menor amplitud de mi libertad, pues nunca haría yo lo de otros que, desconociendo su valor, abusan de ella hasta perderla. Á mí, como á él, sin duda, la sujeción me enloquecía. Su afectuosa vigilancia (tan distinta del malévolo espionaje de gente incapaz de interpretar acciones y menos aún pensamientos), había sido hasta entonces más que suficiente para hacerme cumplir con mi deber, y no valía la pena--antes bien era un error,--cambiarla por un despotismo de extraños que me impulsaba necesariamente á la rebelión... Todo esto salvo su mejor parecer...
Ni la sintaxis era clara ni la analogía exacta, pero el fondo resultó así. Además, las cartas de los hijos, por vulgares que sean, resultan para los padres una revelación y un encanto, si no están corroídos por el cáncer de la crítica. Y notable efecto produjo la mía en tatita. Inmediatamente escribió á los Zapata, diciéndoles que «por razones de salud» yo no volvería á la ciudad, que me perdonaran si «acaso» les había faltado en algo, y que me enviaran la ropa y los libros... Pero antes me había arrancado la promesa de estudiar seriamente en casa para presentarme á fin de año como «libre» en los exámenes.
--Tienes los programas, los libros, y con lo que has aprendido ya, podrás pasar fácilmente. Si pasas, el año que viene te mandaré á la ciudad en otras condiciones, sin tutores que te majaderéen, «como un hombre». Pero para eso hay que prometerme que te portarás bien.
--¡Sí, tatita! «¡como un hombre!»--juré, pensando para mis adentros que los hombres suelen no portarse bien.
Llegada la época de los exámenes fuí á alojarme en la casa de huéspedes de la viuda de Calleja, donde vivían varios estudiantes del campo y de otras provincias. Era el prototipo de esas posadas vergonzantes, sin respetabilidad y al propio tiempo sin descaro, en que se explota un nombre de familia á veces venerable, por mercantilismo ó por necesidad--á falta de otro medio de subsistencia,--y que abundan en provincia. No la describiré, pero no olvidaré nunca, tampoco, aquellos manteles inmundos y aquel infernal desorden, en que la patrona, las chinitas, los huéspedes y los visitantes nos burlábamos como á porfía de las reglas más elementales del buen vivir. ¡Qué casa de Tócame-Roque ni qué Auberge du Libre Échange! Para divertirse, allí, en la respetable pensión de la distinguida viuda del señor Calleja, sobrina de un obispo y tía de un diputado. Si yo no hubiera tenido Los Sunchos, me quedo en aquella Capua sórdida si se quiere, pero, en cambio, tan libre, precisamente lo que más había envidiado desde casa de Zapata... ¡Viva la libertad! y pasemos á otra cosa.
¿Á qué decir que me dejaron suspenso en varias materias--creo que cuatro de seis--y que en otras pasé por suerte ó por benevolencia de la mesa examinadora? ¿Para qué contar que el latinista don Prilidiano Méndez, después de otras preguntas, me invitó con alevosía y ensañamiento á que declinara el «quis vel qui», del que yo sólo sabía la aleluya de «todos los burros se quedan aquí»? Todo aquello no me importaba un ardite. Intuitivamente comprendía que ni en colegios ni en facultades se aprende nada, y hoy mismo, si quisiera ser completamente franco... En fin, no lo diré, pero es el caso que en nuestro país, los hombres realmente superiores se han ilustrado casi siempre solos, han sido autodidactas, «self made men», mientras que los rutinarios, los mediocres, han tenido casi siempre un diploma universitario como un pasaporte de complacencia...
Para desquitarme de los malos ratos que me había procurado el examen, ocurrióseme darle uno á misia Gertrudis, antes de volver á la aldea. No tenía que quebrarme mucho la cabeza para inventar una buena broma: abrigaba la seguridad de que mi presencia bastaría para darle un soponcio, y con algunos requiebros como «¡Bicho feo! ¡Vieja mamarracho!» ú otros, estaba seguro de mi venganza, pues rabiaría quince días por lo menos. Pasé por su casa sin verla, dos, tres veces, á la cuarta estaba precisamente en el umbral, con su acostumbrado aspecto de sargentón que llevase la mochila sobre el pecho, y con una nueva cabellera castaña más abundante y más juvenil que nunca.
--¡Bicho feo!--silbé.
Volvió los ojos hacia mí con tal expresión al reconocerme, que el «¡Vieja mamarracho!» no pudo salir de mi boca. ¡Tuve miedo, como hay Dios! ¡Tuve miedo y eché á correr! Es la primera y última vez que he sentido el pánico en mi vida, como Facundo acosado por el tigre...
Volví á Los Sunchos con la santa intención de no poner de nuevo los pies en la ciudad, y ni siquiera fingí prepararme para los misericordiosos exámenes de marzo. No quería, no podía renunciar otra vez, ni por un momento, á mi individualidad, tan señalada en el pueblo y tan desvanecida é insignificante en aquel escenario. «Más vale cabeza de ratón que cola de león», como decía tatita.
Mamá se encargó de arreglar las cosas á medida de mis deseos, para tenerme definitivamente á su lado. Yo «quería trabajar, empezar á ganarme la vida». Era lo más fácil procurarme una ocupación, tarea ó empleo que me preparara prácticamente á la lucha por la existencia, ya que la teoría no era de mi agrado ni «me entraba en la cabeza», como afirmaba yo. Habló varias veces con tatita al respecto, y como me valí de Teresa para conquistar á don Higinio que, decididamente, ejercía gran influencia sobre mi destino, papá accedió sin muchas dificultades y diciéndose quizás que, como me dedicaría á la política que no exige sino «fuerza en los dedos y resolvencia», cualquier camino era bueno, con tal que me permitiera meterme en danza lo más pronto posible. Y el intendente municipal, don Sócrates Casajuana, á la primera insinuación me concedió un empleíto rentado que iría preparándome á más altas funciones.
Pocos días después, á principios de año, tomé posesión de mi empleo, y aquí comenzó mi vida de «aprendiz de hombre...» Como todavía era muy muchacho y poco inclinado á la observación, las oficinas de la Municipalidad, cerebro y corazón del pueblo, sin embargo, me fastidiaban profundamente. Á la media hora de estar en mi puesto, sentado á una mesa llena de papeles inútiles, me moría de hastío y escapaba á divertirme en otra parte. Sin embargo, á la larga, conocí el personal superior y subalterno: don Sócrates, el intendente, paisano astuto y retobado, gordo y de piernas torcidas, por andar á caballo desde niño de teta, gran mercachifle, gran especulador, gran rata del presupuesto; el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra, no sé si menos tosco ó más presuntuoso, gran comerciante también; el tesorero, don Ubaldo Miró, que, con un sueldo miserable alcanzaba, sin embargo, á llevar una vida casi suntuosa, gracias á su habilidad para el escamoteo y á la bondad benévola con que adelantaba los sueldos á los empleados y peones, mediante un módico interés; los secretarios, uno de la intendencia--Joaquín Valdez--otro del Concejo--Rodolfo Martirena--que andaban siempre á caza de propinas, y que las provocaban deteniendo los expedientes todo el tiempo que podían y prolongando indefinidamente la tramitación de cualquier asunto que no interesara á los partidarios más caracterizados de la «situación».
Yo estaba adscripto á la Oficina de Guías, como escribiente; pero mi jefe, Antonio Casajuana, hermano de don Sócrates, no me observaba nunca por mis ausencias, antes bien parecía invitarme á continuar aquella nueva especie de «rabona». Después, comprendí el por qué de su conducta: no quería testigos molestos, y yo le estorbaba tanto que se había quejado amargamente á su hermano de mi nombramiento intempestivo. Y es que cobraba de más á los ganaderos que enviaban animales, cueros ó lanas á otros departamentos, se robaba las estampillas que debían quedar obliteradas en el libro de guías, y hasta daba certificados falsos á los encubridores de los cuatreros, ganándose así buena parte de los abigeatos, moneda corriente entonces... Es natural, era hermano del intendente, su otro socio era el tesorero, ni la comuna, ni la misma provincia, tenían fuerzas bastantes para reprimir el cuatrerismo, y es máxima de buen gobierno encauzar todo mal irremediable. Cuando supe esto, más por indiscreciones malévolas de gente envidiosa que por observación personal, no dejé de utilizar el secreto, modestamente, para mis gastos menudos, sin intención de hacer fortuna, como los otros. Siempre he sido imprevisor, y no lo lamento.
En cuanto escapaba de la oficina, divertíame corriendo el pueblo y los alrededores, á pie unas veces, pero, generalmente, á caballo, con algunos camaradas mayores, pero tan zánganos como yo, y persiguiendo á las muchachas de los ranchos y las casuchas de las afueras, con una especie de odio, primera manifestación, todavía desviada, de mi futura inclinación irresistible al bello sexo.
Ya iniciado en las aventuras domésticas, era aún incapaz de cortejar en regla y con perseverancia, pero Marto Contreras, hijo de mi amigo el mayoral, paisanito de diez y siete á diez y ocho años, diablo y atrevido como él sólo, con quien me había ligado estrechamente, me aleccionó, haciéndome adoptar para mis amores un término medio rústico y brutal, cuya fórmula es ésta: «Hay que pastoriarlas».
Estos amores eran, pues, simplistas, sin preparativo alguno, casi animales: un momento de vértigo, una violencia y se acabó. Á veces, continuaban algún tiempo, había hecho una conquista; pero, en la mayoría de los casos, se me huía después como á un enemigo. Teresa quedó relegada al fondo obscuro de la memoria, aunque la viese casi todos los días, al pasar.
Las otras ingenuas diversiones con los camaradas--excepción hecha de Marto,--comenzaron á parecerme, poco después, insulsas, parangonadas con la compañía de los empleados de la Municipalidad, mucho más entretenidos porque, siendo «más hombres», se pasaban el día en peso conversando de carreras, de riñas, de partidos de pelota, diciendo compadradas, contando duelos y otras atrocidades, chismorreando amoríos más ó menos escabrosos, después de lo cual, como intervalo, salían á tomar el vermouth (mermú) á horas de almuerzo, y como final, al caer la tarde, hablando entonces magistralmente de política, y combinando el programa nocturno. Comencé á frecuentarlos, más interesado cada día. Jugábamos al billar, hasta que entraba la noche; comíamos en casa ó en el restaurant, á la disparada, y después nos reuníamos, ora aquí, ora allí, en la «timba» del Manco, en el establecimiento de Ilka, la polaca, donde solía haber descomunales bochinches, y en el que nadie entraba sin que un agente de policía lo registrase para quitarle las armas, ó en algún otro sitio del mismo género. Me sorprendió encontrar, alrededor de un tapete criollo ó bajo un emparrado polaco, no sólo á los camaradas, á los demás contemporáneos, sino también á toda la flor y nata de Los Sunchos, con el mismo don Sócrates á la cabeza. ¡Y dicen que la Grecia antigua no renace en nuestro «páis», con Sócrates y todo!... En fin, á la madrugada nos íbamos á acostar, y yo gozaba de esa hora admirable en que todo lo viviente calla un momento, reconcentrándose, reconstituyéndose en el sueño, para despertar, poco después, más fresco, más ardiente, más vigoroso. Siempre he tenido un flaco por los grandes espectáculos de la Naturaleza, y creo que si la política no me hubiese absorbido por completo, hoy sería el descriptor más notable de las bellezas y la grandiosidad del paisaje argentino.
Pero no es posible repicar y andar en la procesión.
XII
Pocos años más tarde, una diversión de otro orden, que me atraía muchísimo, fué el punto de arranque de una de las manifestaciones más significativas de mi vida.
Solía yo visitar de noche la redacción de «La Época», periódico semi oficial, sostenido por la Municipalidad y redactado por un joven aventurero español, que respondía al sonoro nombre de Miguel de la Espada, mozo capaz de escribir cuanto conviniese á los que le pagaban, y tipo común de todos los pueblos y ciudades de la República. La imprenta era una casucha de tres piezas, sucia y miserable, situada á pocos pasos de la plaza pública, en una calle adyacente. En el primer cuartujo estaba instalada la Redacción, con una mesa larga de pino blanco, llena de diarios y papeles, un pupitre alto para los libros de caja de la Administración, varias sillas de enea, una silla de baqueta, de alto respaldo, piso de ladrillos hechos polvo, paredes blanqueadas, llenas de telarañas y manchas de tinta y de mugre, cieloraso empapelado, del que colgaban lamentablemente varias tiras de papel, despegadas por las goteras... Aquello olía á humedad, á aceite, á petróleo. En la segunda habitación, obscura y mal ventilada, veíanse los burros y las cajas de componer, para los tres operarios; en la tercera estaba la vieja prensa de mano y el catre del peón. Allí reinaba de la Espada, y allí nos reuníamos algunas noches varios jóvenes situacionistas, á comentar la vida doméstica, social y política de Los Sunchos. Eran de oir las habladurías, chismes, críticas, difamaciones y calumnias que formaban el fondo de aquellas amenas charlas, análisis de la vida y milagros del pueblo entero, en que los detalles faltantes eran substituídos con ventaja por otros, fruto de la imaginación de los contertulios. La famosa botica de Paredes, llamada el «mentidero», no aventajaba en nada á la redacción de «La Época». Allí me inicié en todos los misterios de la aldea, conocí la historia de todas las familias, supe las faltas de éstos, los errores de aquéllos, los delitos de los otros, aquilaté la virtud exigida de las mujeres y comencé á ver otro aspecto del mundo, quizás algo exagerado, quizás un poco ennegrecido, pero, en resumen, muy aproximado á la realidad.
De la Espada era hombre de unos treinta años, menudito y móvil, de ojos pequeños, llorosos y casi sin pestañas, cetrino, con un bigotito de cerdas, horrible, en fin, pero tan simpático merced á su gracia madrileña, á su picaresco pesimismo... Solía resumir las conversaciones por medio de sentencias que constituían todo un curso de enseñanza, la síntesis de lo nuevo para mí, en aquel entonces, aunque flaquearan bastante en cuanto á originalidad. Había sido en pocos meses, cuanto se podía ser, desde acomodador de teatro en Buenos Aires, hasta director de periódico en Los Sunchos, y decía (vaya un ejemplo):
--Todas las mujeres tienen su cuarto de hora, y el que acierte á acercárseles en ese momento, puede estar seguro de obtenerlas.
Ó bien:
--Todos los hombres se venden; la cuestión es dar con el precio.
Ó bien:
--Para llamar honrado á un hombre es preciso ponerlo en la mayor necesidad, y, al mismo tiempo, darle ocasión de que robe. Si no roba es honrado. Pero en esas condiciones no hay quien no robe.
Igual cosa digo de la mujer honesta. No hay mujer que no haya engañado á su marido, por lo menos en pensamiento, si ante su vista pasó alguien á su juicio mejor que el marido. Ante su vista ó también ante su imaginación...
Estas doctrinas me seducían, aunque hiciera de vez en cuando algunas reservas, porque, entre otras cosas, no podía admitir que mi madre hubiera faltado, ni aun soñando, á sus deberes. Pero esta excepción no alcanzaba, generalmente, á la madre de los demás, y pecaba por exceso de limitación. La sabiduría de de la Espada, se infiltraba, pues, en mí, y no había de tardar en ensayarla en la práctica de la vida.
Otro entretenimiento que no debo pasar por alto, pues tuvo cierta influencia en mi vida: iba á menudo á tomar mate con el viejo comisario don Sandalio Suárez, en la misma comisaría, interesándome en la organización de la vigilancia y otros servicios, y, sobre todo, en los problemas policiales, aunque Sherlock Holmes no hubiese nacido todavía, ni el genial Poe y el monótono Gaboriau hubiesen llegado á Los Sunchos. Yo interrogaba al viejo paisano acerca de las maravillosas facultades investigadoras de los Rastreadores, y la admirable perspicacia de Facundo, que pinta Sarmiento.
--Todas esas son camamas--contestaba don Sandalio.--Nadie descubre á los criminales, cuando no se entregan ellos mismos, y yo, que te hablo, con todos mis años de policía, no he agarrado á ninguno, sino en fragante, por casualidad, ó porque, de sonso, se me entregó él mismo.
Me contaba sus recuerdos, casi todos político-electorales, y varias veces me invitó á acompañarle en sus pesquisas, en las que yo colaboraba con entusiasmo. Recuerdo, entre otras cosas, el asesinato de una mujer, cuyo autor busqué por el buen método, averiguando á quién podría aprovechar su muerte. Di con el marido, enamorado de otra, joven y bonita, y lo hice prender. Pero, pocas noches después, un borracho se jactó en una trastienda de ser el asesino, y de que nadie sospecharía de él. Detenido é interrogado, supimos que había asesinado á la mujer por «gusto», sin razón ni objeto, sólo porque se le ocurrió, estando muy ebrio, al verla asomada á la puerta de su casa... Este fracaso no me desalentó, y hasta me propuse perseguir y descubrir á los cuatreros que infestaban el departamento.
--¡Déjate de cuatreros!--exclamó don Sandalio, cuando le hablé de mi intención.--Si te metés en eso te va á salir la torta un pan! ¡El chasco que te darías si los descubrieses y supieses que eran don, y don, y otros que tampoco te quiero nombrar!
Pero dejemos la policía para seguir el hilo de mi historia.