Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 5
Un relámpago de inspiración me iluminó haciéndome recordar lo que había oído de la grandeza de nuestro país, y contesté, resuelta, categóricamente:
--¡La República Argentina!
Los tres se echaron á reir, Orlandi, alzando los bigotes de tinta, don Néstor, estirando de oreja á oreja la gruesa boca húmeda, don Prilidiano con un ¡je, je, je! seco y sonoro como el choque de dos tablas. Me desconcerté y una ola de sangre me subió á la cara. Don Néstor acudió en mi auxilio, diciendo entrecortadamente:
--No es del todo exacto... pero siempre es bueno ser patriota... ¿No aprenden geografía en la escuela de Los Sunchos?... ¡Está bueno!...
Hice ademán de levantarme, considerando terminado el martirio con la muerte moral; pero el latinista me detuvo, haciéndome esta pregunta fulminante:
--¿Cuál es la función del verbo?
Medio de pie, con la mano derecha apoyada en el respaldar de la silla, clavé en él los ojos espantados y balbucí:
--¡Yo... yo no la he visto nunca!
La ira de don Prilidiano quedó sofocada por las carcajadas homéricas de los otros dos, entre cuyos estallidos oí que don Néstor repetía:
--¡Está bien, siéntese! ¡Está bien, siéntese!
Completamente cortado volví á sentarme en el banquillo, diciéndome que aquella tortura no acabaría sino con mi muerte, material esta vez; pero el rector acertó á contenerse y me dijo más claro, con burlona bondad:
--No, no. Vaya á su asiento. Vaya á su asiento.
Los oídos me zumbaban, pero, al pasar junto á los bancos, parecióme oir: «Es un burro», y pensé en huir sin detenerme, hasta Los Sunchos, pero no tuve fuerzas. Caí desplomado en mi asiento. ¡Cómo se habían reído de mí profesores y alumnos! ¡de mí, de quien, en mi pueblo, no se había atrevido nadie á reirse, de mí, de Mauricio Gómez Herrera!...
IX
Como era lógico--aunque ahora quizá no lo parezca,--entré á cursar el primer año del Colegio Nacional, y con este favor empezó el primer calvario de mi vida, quizás el único hasta hoy.
En cuanto supo que «había pasado», tatita se volvió á Los Sunchos, dejándome en poder de los Zapata, cuyos procedimientos resultaron ¡ay! muy otros que los de mis padres, y cuyo seco rigor era la antítesis de la tolerancia cariñosa ó servil á que estaba acostumbrado. En un principio, traté de rebelarme contra esta tiranía sobre todo contra la de misia Gertrudis; pero mis esfuerzos se estrellaron en su carácter inflexible, que pocas veces trataba de disimular bajo una apariencia dulzona.
--¡Es por tu bien!--me decía, después de arrancarme á las más inocentes diversiones.--¿Qué diría tu padre, si te dejáramos hacer lo que quisieras, y perder el tiempo á tu antojo?
--Tatita--replicaba yo airado,--no me ha tenido nunca encerrado como un preso, y no me perseguía como usted.
--¡Es por tu bien, te repito! Y, además, seguimos las instrucciones del mismo don Fernando. Acuérdate de que, cuando don Néstor le dijo que, si no estudiaba mucho, te quedarías en primer año, tu padre me recomendó: «Átemelo á soga corta, misia Gertrudis. ¡Téngamelo en un puño!» ¡Ni más ni menos! ¡Y... basta de discusión!
Se marchaba y yo me quedaba temblando de cólera y de impotencia. ¿Qué se había hecho de mi indomable voluntad? ¡Ay! desterrado, en el aislamiento, en un mundo desconocido y hostil, sin los sólidos puntos de apoyo de mamita, de los sirvientes, de todos cuantos me adulaban para adular á mi padre, sentíame deprimido, incapaz de iniciativa y de rebelión, desde que mis primeros esfuerzos revolucionarios sólo arribaron á hacer mayor la severidad de mis carceleros. Porque los Zapata lo eran: no me dejaban ni á sol ni á sombra, no me permitían salir solo; inspirado por su mujer, don Claudio me llevaba todos los días al Colegio, para hacerme imposible el dulce vagar de la «rabona». Los domingos y fiestas tenía que ir con ellos á misa, al sermón, á la doctrina, y, en los intervalos, me hacían acompañarles á recorrer las calles como un bobo, cuando no á hacer visitas que me daban un tedio mortal y acababan con mi resto de energía. La vigilancia de misia Gertrudis no se adormecía un momento. Me había dado un cuarto contiguo al suyo, para tenerme siempre á la vista ó al alcance de la mano y de la voz; limitaba mis relaciones con las chinitas á lo más estrictamente necesario para mi servicio, sin dejarme charlar ni jugar con ellas; registraba todas las noches mi habitación y mis bolsillos para confiscarme los cigarros y cuanto libro de entretenimiento me procurara á hurtadillas; á media noche se levantaba para hacer una ronda por la casa, ver si las criadas dormían y si todo estaba en orden, celosa, hasta la manía, de una moral que, según las malas lenguas, no había sido su culto cuando moza, ni aun en los umbrales de la vejez. «Era de las que daban vuelta los santos cara á la pared--contábanme sus contemporáneos, años más tarde,--y don Néstor Orozco no fué ni el primero ni el último de sus amigo», y añadían nombres y detalles que no hacen al caso, riéndose unos de don Claudio, denigrándolo otros por su tolerancia según ellos interesada. En mi tiempo, misia Gertrudis trataba probablemente de redimir sus antiguos pecados con la monástica austeridad de los últimos años, ya fríos, sin sol ni flores. ¡Dios la haya perdonado en mérito de lo que hizo gozar y luego sufrir á los demás, si no en gracia de los interminables rosarios que nos hacía rezar todas las noches, de rodillas sobre el rudo enladrillado de la sala semi á obscuras!
Con todo, mi ingenio me permitía burlar de cuando en cuando su espionaje, especialmente para fumar y leer novelas que encuadernaba con las tapas de los libros de texto. Pero aquel sistema depresivo daba aparentemente sus frutos que cualquier observador superficial como misia Gertrudis y don Claudio, podía haber juzgado benéficos y duraderos, sin que fueran, en realidad, ni una ni otra cosa: del Mauricio arrebatado, alegre y franco de Los Sunchos, había hecho un muchachón disimulado, avieso y triste, una criatura aislada y arisca, como un perro perseguido. Ocultamente también escribí varias veces á mi madre, quejándome de la horrible sujeción y pidiendo que le pusiese remedio; me contestaba, afligida, diciendo que nada podía contra la voluntad de mi padre, que éste estaba resuelto á «hacerme hombre», y mandándome dulces, tabletas y un poco de dinero, muy poco, porque tatita se lo había prohibido por consejo y exigencia de los Zapata. De vez en cuando, agregaba noticias de Teresa Rivas, que siempre le preguntaba con mucho interés por mí... Estas cartas, lejos de consolarme un tanto, hacían mayor mi desaliento y mi depresión, privándome de mis últimas esperanzas.
Acababa de quitarme toda energía mi situación en el Colegio, donde los condiscípulos me demostraban la mayor antipatía, un poco por mi culpa, sea dicho de paso, y sin que la provocara el favoritismo de mi admisión, ni la estupenda ridiculez de mi examen, aunque á veces recordaran, burlándose, el famoso «Yo no la he visto nunca». Y es que, en un principio, falto de experiencia é iniciando una política inhábil y contraproducente, quise imponerles el mismo respeto y el mismo acatamiento de que gozaba en Los Sunchos, donde «era monitor». Esta pretensión, mezclada quizás á un poco de envidia por mi buena figura, y de celos por cierta condescendencia de algunos profesores, desencadenó la enemistad de los muchachos, y el «monitor-pajuerano», como me decían, fué la víctima de sus camaradas, que no vislumbraban siquiera, tras él, la sombra omnipotente y amenazadora del papá. Esta enemistad, que se traducía en agresiones colectivas, manteos, «ronga-catonga» bailadas en torno mío, no sin puñetazos, puntapiés, escupidas y otras amenidades escolares, de que nunca me quejé á los superiores por caballeresco puntillo, cedió un tanto, casi por completo, después de varios combates con «los más guapos», en los que, por fortuna, resulté casi siempre vencedor. Pero la sorda hostilidad no cesó nunca, porque, envalentonado con mi triunfo, me mostré altivo en demasía, y porque mi forzoso aislamiento, fuera de las horas de clase y de los recreos en los claustros sombríos ó en el gran patio del Colegio, no me permitía cultivar amistad alguna, ni aun la del mismo Pedro Vázquez, alumno de segundo año ya. ¿Cómo hacerme de camaradas íntimos, si don Claudio ahuyentaba en la calle á mis condiscípulos, que de otro modo quizás se hubieran unido á mí?
El estudio me interesaba muy poco; antes que aprender las largas lecciones de memoria, el musa musae, el bonus, bona, bonum, la nomenclatura interminable de los departamentos de provincia, los cuentos insípidos del Compendio de Historia Sagrada, prefería quedarme horas enteras mirando al aire, evocando las risueñas imágenes de Los Sunchos, ó rehaciendo las complicadas intrigas de las novelas. Era el más «burro» de la clase, pero mi insuficiencia no me molestaba en lo más mínimo, ni por mis condiscípulos ni por los profesores, olfateando instintivamente en estos últimos, quizás, una insuficiencia si no mayor, más perniciosa aún. Salvo raras excepciones eran ignorantes, se limitaban á tomar las lecciones con el texto en la mano, «docti cum libro», y contestaban rara vez á las preguntas que se les hacía para aclarar una duda, maestros improvisados, en fin, en una época en que las «cátedras» eran el refugio de los amigos del Gobierno que no tenían profesión ni aptitudes para ganarse el pan.
Mi vida, pues, no era vida. Moríame de hastío en casa de Zapata, que apenas recibía á dos ó tres personas, además del cura Ferreira y de fray Pedro Arosa, franciscano, y que no dió fiesta alguna después de la comida en honor de tatita; sufría y rabiaba en el Colegio, donde lo que aprendí fué de oirlo repetir á los demás; cada día me era más difícil procurarme novelas, porque el dinero escaseaba mucho, pues, como repetía misia Gertrudis:
--Aquí tienes todo cuanto necesitas, y la plata es la perdición de los muchachos, sobre todo en una ciudad como ésta--considerando que la dormida capital provinciana era una Babilonia, si no un París.
¿Qué hacer, entonces? ¡Volverme á Los Sunchos! Esta idea llegó á convertirse en obsesión. Pero, ¿cómo realizarla, sin medios, sin recursos? En último extremo, cansado de quejarme inútilmente á mi madre, había escrito á tatita, pintándole mis padecimientos con los más negros colores, y pidiéndole que me llamara á su lado, ó, por lo menos, me hiciera tratar de un modo más humano; pero él, convencido de que yo exageraba, alentado por los consejos de don Higinio, engañado por las cartas de don Claudio, me contestó diciéndome que aguantara, porque en la vida todo no eran rosas, y que mayores pellejerías había pasado él cuando muchacho para «hacerse hombre». Todavía no me doy cuenta de lo que se proponían doña Gertrudis y su marido tratándome así, y, á lo más que puedo llegar, es á decirme que daban libre curso á su carácter con los que estaban bajo su dependencia--las chinas y yo,--y que era más sabroso para ellos dominarme, engañando á tatita, so color de rigidez de principios. No cejé, sin embargo, y volví al asalto por la parte más débil, escribiendo una y otra carta á mamá, con tantas jeremiadas, revueltas entre repeticiones y faltas de ortografía, que la buena señora se resolvió, por fin, á desobedecer de lleno, y quizá, por primera vez, á su marido, enviándome algunos pesos bolivianos que yo le pedía con el pretexto de suavizar un tanto mis amarguras y comprar libros y otras cosas necesarias.
Una vez dueño de este capital maduré mi proyecto de fuga, no tan fácil como á primera vista podría creerse: me costó días enteros de meditación, pero el plan resultó de una pieza.
La galera para Los Sunchos salía los lunes, miércoles y viernes muy temprano, de una posada céntrica, el Hotel de la Bola de Oro, y después de atravesar la ciudad, se detenía en una pulpería de las afueras--la Esquina del Poste Blanco,--especie de sub-agencia para encomiendas y pasajeros, antes de emprender seriamente el galope, camino real adelante. Allí había que tomarla, no cabe duda, pues atravesando la ciudad alguien entre los acostumbrados espectadores del paso de la galera, había de verme, necesariamente.
Los hábitos recién adquiridos de disimulo me sirvieron en la circunstancia como si sólo para ella me los hubieran inculcado; después tuve ocasión de utilizarlos muchas veces con éxito, probando que los frutos de la buena educación no se pierden nunca. Bueno, pues; con gran sorpresa y mucho gusto de misia Gertrudis, que hasta entonces tenía que despertarme tres y cuatro veces cada mañana, comencé á madrugar por iniciativa propia, y á dar cortos paseos, con el libro en la mano, como quien estudia, primero en la huerta, después en la acera de la calle, casi siempre á la vista de la vigilante centinela, pero cuidando de desaparecer á veces un momento, para que fueran adormeciéndose sus sospechas. Cuidé también de hablar mucho por aquellos días, de un paraje pintoresco, á una legua ó poco más de la ciudad, al otro extremo del Poste Blanco, que habíamos visitado en una excursión con los Zapata, y donde el río, que más cerca era apenas un hilo de agua tendido sobre un inmenso lecho de cantos rodados, ofrecía entonces, gracias á una especie de dique natural, un buen bañadero y un excelente sitio para pescar bagres y dientudos. El «Mojarral» con sus sauces, sus peces y su bañadero no se me caía de la boca, y cualquiera hubiese jurado que yo no pensaba en otro paraíso.
--¡Así me gusta! ¡Estás muy estudioso!--decía misia Gertrudis, no sin sorna, al verme salir de mi cuarto, con el libro en la mano, casi de madrugada.--Si seguís así, un día de estos te vamos á llevar al «Mojarral».
--¡Sí! Pero que sea pronto... ¡Tengo tantísimas ganas!
En fin, un martes por la noche deposité una maletita con parte de mi ropa en el fondo de la huerta, que daba á una calle excusada, y en un rincón de donde podría sacarla fácilmente sin ser visto. Me acosté, en seguida, pero no me fué posible dormir: la fiebre me devoraba, considerábame libre ya, y renacía en mí el muchacho inventivo y resuelto de Los Sunchos, aparentemente domado por el freno terrible de los Zapata, hasta el punto de buscar en mi imaginación cómo vengarme de misia Gertrudis. No encontré, por el momento, castigo alguno digno de su perversidad, y dejé que la ocasión me ofreciera la venganza, jurándome, sin embargo, no abandonar jamás este santo propósito. Como, apenas me amodorraba, despertaba sobresaltado, soñando que me habían descubierto, resolví levantarme, de noche aún. Debí hacer ruido, porque misia Gertrudis gritó de pronto:
--¿Quién anda ahí?
Volví á meterme en cama, medio vestido, y oí que la vieja se levantaba á su vez precipitadamente, encendía luz, se asomaba á mi cuarto y luego salía al patio á hacer una ronda extraordinaria.
--¡Esta es la mía!--me dije, sin reflexionar, inspirado por mi grande amiga, la oportunidad.
Y precipitándome al dormitorio de misia Gertrudis--don Claudio tenía cuarto aparte,--tomé de sobre la cómoda, donde las ponía siempre, sus magníficas trenzas castañas, que sólo se ataba á la cabeza una vez terminadas las faenas matinales. ¿Qué iba á hacer con ellas? No lo sabía ni me importaba por el momento.
Amaneció poco después, sin que misia Gertrudis volviera de su inspección, y yo salí, como de costumbre, con el libro en la mano. La vieja estaba haciendo fuego en la cocina. Corrí á la huerta, tiré en el lodo infecto del comedero de los cerdos las hermosas trenzas que los «cuchis» se encargarían de devorar ó destrozar, por lo menos, como un plato exquisito, saqué la maleta de su escondite, y, por las calles solitarias aún, envueltas en húmeda neblina, me fuí al boliche del Poste Blanco, á esperar la galera de Los Sunchos que ya estaría por llegar. En efecto, la aguardaba hacía dos minutos, cuando se detuvo en la puerta, con gran ruido de hierros y de maderas entrechocados. El mayoral, Isabel Contreras, y los postillones, entraron á tomar su segunda «mañanita», de caña pura, caña con limonada ó ginebra, sorbida ya la primera en la Bola de Oro, y á recoger encomiendas, correspondencia y pasajeros, si los había. Y había uno: yo.
Contreras, que como miembro conspicuo de la población flotante de Los Sunchos, me conocía como á sus manos, y respetaba á tatita, á quien, según ya dije, servía de correo especial y de informante celoso, me hizo la mejor acogida, no se metió en indiscretas averiguaciones á propósito de mi presencia allí, y me dispensó el señalado honor de invitarme á que lo acompañara en el pescante, mientras ponía él mismo mi valija en la imperial. Cuando hice mención de pagar el pasaje, rechazó el dinero.
--Ya me pagará don Fernando.
¡Si yo hubiese sabido! ¡Cuántas semanas antes hubiera desertado de la zapatil mazmorra!
Charlando durante el viaje, y animado por alguna libación en las postas, con la falta de reserva que caracteriza á la petulancia infantil, y que no había corregido del todo, todavía, pese á la inquisitorial fiscalización de misia Gertrudis, conté por lo largo á Contreras mis padecimientos y mi escapatoria, cuando «ya no podía aguantar más». Sobresaltóse el buen paisano en un principio, pensando en sus responsabilidades, y ya iba á arrepentirme de mi desmedida confianza, cuando reaccionó, echóse á reir á carcajadas, y, haciendo restallar su largo látigo, exclamó:
--¡Hijo é tigre, overo has de ser! ¡Éste no desmiente la casta!
Se rió mucho más de la jugarreta del pelo postizo, diciendo que bien se la merecía la «perra vieja» aquella, y después, como hombre ducho, me aconsejó que no me dejase ver por tatita antes de hablar con mi madre, porque las madres son siempre las «mejores tapaderas» para los hijos, y porque «hay que tener mucho ojo con el mal genio de don Fernando». Y, para hacerlo mejor, detuvo la galera en una callecita solitaria, á corta distancia de casa, guardó la maleta para enviármela más tarde, y me estrechó campechanamente la mano con la suya, como papel de lija, diciéndome:
--Y ahora, compadre, bajesé y vaya corriendo á su mamá, que es la única que tendrá lástima de sus penurias... Dígale que aquí, como en cualquiera otra parte puede «hacerse hombre».
¡Hacerse hombre!... Rodó la galera, siguiendo su camino, y yo me quedé inmóvil, alelado, entre alegre y temeroso. Allá, muy lejos, quedaban la ciudad, el Colegio, doña Gertrudis, don Claudio, el latín, el infierno, como una horrible pesadilla. Estaba en Los Sunchos, en «mi» pueblo, en mi teatro, y aunque receloso de lo que iba á ocurrir, me sentía con más valor, con más fuerzas, dueño de mí mismo, en fin!
X
Mi madre me recibió con transportes de alegría, extraordinarios en ella, y después de abrazarme y besarme mil veces, como loca, se echó á llorar de pronto, sin preguntarme nada, mezclando sus besos, sus abrazos, sus risas y sus lágrimas con exclamaciones entrecortadas y frases de cariño. Era un alma amante la de mamita, un alma apasionada que, sin embargo, no pudo tener en la vida más pasión que yo, olvidada como estaba por los hombres y las cosas, y que sólo se desahogaba en una religión muy alta y muy pura, aunque bastante velada por la superstición, ó mejor dicho, por una especie de iconolatría quietista. Sólo después de largo rato me interrogó sobre los motivos de mi regreso--que adivinaba perfectamente,--y se condolió de mis padecimientos hasta las lágrimas. También es verdad que yo los describí con calurosa elocuencia, y que hubiera podido conmover á otra que mi madre, siempre que fuese crédula y blanda de corazón.
--¡Has hecho bien! ¡Has hecho bien, mi hijito, en escaparte! ¡Pobre mi hijo!--exclamaba.--Yo hablaré con tu padre y lo convenceré de que tienes razón.
Y en un rapto de santo egoísmo, reveló el fondo de su pensamiento:
--¡Me hacías tanta falta!
Cuando, á la hora de comer, tatita volvió de sus quehaceres ó diversiones acostumbrados, mamá, que me había hecho quedar en mi cuarto, le habló largo rato á solas. De tiempo en tiempo, llegaban hasta mí la voz irritada de mi padre y la suplicante de mamita. Por fin, hubo un prolongado silencio, que interrumpió una china diciéndome desde la puerta:
--¡Niño! ¡Don Fernando que vaya al comedor!
Mi temerosa incertidumbre desapareció como por encanto: iba á verme frente de los hechos, con la firme voluntad de no doblegarme. Además, auguraba mucho bueno de la forma en que se presentaba aquel choque: si tatita no estuviera pronto á ceder y quisiera castigarme, se precipitaría furioso á mi cuarto, no me llamaría al comedor.
Sin embargo, me recibió con una piedra en cada mano, colérico en apariencia, llenándome de improperios y amenazándome con «darme de lazazos hasta que me corriera la sangre». Me afirmé en mi opinión de que era una tormenta de verano y que ya comenzaba á aclarar, pero no dejé de sobresaltarme un poco cuando me dijo:
--Has hecho mal, pero muy mal, y mereces un buen castigo. Te has portado como un bellaco, y si no fuera por tu madre, verías lo que te pasaba. Porque ella me lo pide y por ser la primera vez, me contento con que te vayas inmediatamente á casa de Zapata, le pidas perdón y no vuelvas á hacer de las tuyas. ¡Mañana sale la galera!...
Yo me encabrité, y con el pecho oprimido, casi á punto de romper á llorar, hice un esfuerzo y dije desgarradoramente:
--¡Pero, tatita!... ¡Si son unos tiranos, unos verdaderos verdugos! ¡Yo no he hecho nada para que me tengan preso!... ¡No, tatita! puede matarme, pero yo no iré... ¡Prefiero que me mate!
--¿Que no irás?--estalló mi padre indignado, esta vez de veras, porque no toleraba la abierta oposición.--¡Eso será lo que tase un sastre! ¡Habráse visto! ¡Cuando yo mando se obedece y se calla la boca! ¡Irás á la ciudad y les pedirás perdón, canejo!
--¡Fernando, por Dios!--clamó mi madre.
--No tengas miedo. No le voy á hacer nada. Pero, en cuanto á lo otro, ¡no hay tu tía! ¡Irá á la ciudad, y más pronto que ligero!
--No iré, no iré. ¡Me tiraré de la galera si es preciso, pero no iré!
Esto no lo dije. No. Hubiera sido demasiado. Lo pensé, tan sólo, y me lo juré á mí mismo. Á decirlo, mi padre me da sin más trámite una zurra de no te muevas, en el arrebato de su impulsividad.
Hubo un largo silencio.
--¡Bueno! ¡Ahora, á comer!--ordenó tatita, por fin, calmado ya.
La comida comenzó lúgubremente. Todos callábamos, y las mismas chinitas que servían la mesa se deslizaban sin ruido, como sombras, asustadas por la tormenta. Hasta la lámpara de petróleo me parecía lanzar una luz trágica sobre el mantel. Por último, al servirse el asado de tira con ensalada de lechuga--aún me parece verlo en la fuente, con las angostas costillas en forma de escalera, cubiertas de morena película, y la gordura dorada chorreando jugos y chirriando todavía,--mi padre me preguntó con tono natural:
--¿Y cómo ha sido eso?
Repetí el relato, primero tímidamente, después con cierta entereza, al final entusiasmado por mis propias palabras, acumulando cargos contra don Claudio, contra misia Gertrudis, descubriéndolos con repentina clarividencia, inventándolos á veces. Y, por último, indignado de veras, exclamé:
--Se vengan en mí de que son unos pelagatos, y me hacen pagar los desaires que les hace todo el mundo. ¡Se alegran de tener como un sirviente, como un esclavo, nada menos que al hijo de Gómez Herrera!...
¿Quién dijo que la lisonja es la mercancía más barata y más productiva? Sea quien sea, dijo una gran verdad.
Tatita se sintió herido en su amor propio ó encontró aquella coyuntura favorable para hacer una diversión y encaminarse á sus verdaderos propósitos. El caso es que vi pasar un relámpago por sus ojos, y juzgué que había tomado el buen rumbo.
--¡No respetan á nadie!--agregué.--Para ellos todo es cuestión de suerte y de favoritismo, y los más ricos y los que pueden más, no son más que unos busca vidas.
--¡Hum, hum!--hizo tatita, receloso.--¿Han hablado de mí?
--¡Dios los hubiera librado! Lo que es estando yo, no han dicho nada. Pero, como hablan pestes de todos los amigos...
--¡Está bien! ¡Está bien! ¡Ésas son suposiciones y nada más!--interrumpió, mal engestado.