Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 4
Isabel Contreras, mayoral de la diligencia, subía entretanto nuestro equipaje á la imperial--la valija de tatita y dos ó tres maletas atestadas de ropa blanca, de dulces y pasteles, amén de una canasta con vituallas para almorzar en el camino.--Muchos apretones de manos. Mamita me abrazó, llorando desgarradoramente.
--¡Vamos! ¡Arriba, que se hace tarde!
Papá y yo ocupamos el ancho asiento del cupé, hubo algunos gritos de despedida, recomendaciones y encargos confusos, la galera echó á andar con gran ruido de hierros, chasquidos de látigo, silbidos de los postillones y ladridos de perros, seguida á la carrera por una pandilla de muchachos desarrapados que la acompañaron hasta el arrabal. Teresa se había asomado á la ventana, y, lejos ya, desde el fondo de la calle Constitución, todavía vi flotar en el aire su pañuelito blanco...
VII
El viaje en la galera, muy agradable y divertido en un principio, sobre todo á la hora de almorzar, que adelantamos bastante para entretenernos en algo, resultó á la larga interminable y molesto, aun para nosotros que no íbamos estivados entre bolsas y paquetes, como los infelices pasajeros del interior.
--¡Qué brutos hemos sido en no venirnos á caballo!--decía mi padre.
Él utilizaba muy poco la diligencia, prefiriendo los largos galopes que lo dejaban tan fresco como una lechuga, y después de los cuales afirmaba con naturalidad no exenta de satisfacción:
--Veinte leguas en un día no me hacen «ni la cola», con un buen «montado» y otro de tiro.
Pero temía que la jornada fuese demasiado penosa para mí, y no era hombre de hacer noche en mitad del camino, pues consideraría menoscabada con ello su fama de eximio jinete, ó, más bien, de «buen gaucho». En cuanto á mí, doce leguas era el maximum que había alcanzado en mis excursiones, pero tampoco me asustaban las veinte, en mi petulancia juvenil.
Nuestra única diversión era mirar el campo, que parecía ensancharse inacabablemente delante de la galera, lanzada á todo galope de sus doce caballos flacos y nerviosos, atados con sogas, ensillados con cueros que ya no tenían ó nunca habían tenido la forma de un arnés, y tres de ellos, á la izquierda, montados por otros tantos postillones harapientos, de chiripá, bota de potro y vincha en la frente, sujetando las negras y rudas crines de su cabellera. Los tres gritaban alternativamente, haciendo girar sobre sus cabezas la larga trenza de su arriador, que caía implacable, ora sobre las ancas, ora sobre la cabeza de los pobres «mancarrones». Contreras, desde su alto pescante, con cuatro riendas en la izquierda, blandía con la derecha el látigo largo y sonoro, nunca quieto, azotando sin piedad los dos caballos de la lanza y los dos cadeneros, y la diligencia, envuelta en una nube de polvo, iba dando saltos en las asperezas del camino, como si quisiera hacerse pedazos para acabar con aquella tortura que la hacía gemir por todas sus tablas, por todos sus hierros, por todos sus vidrios á un tiempo.
Terminaba el verano. Las entonces escasas cosechas de aquella parte del país--hoy océano de trigo,--estaban levantadas ya, los rastrojos tendían aquí y allí sus erizados felpudos, la hierba moría, reseca y terrosa, y el campo árido nos envolvía en densas polvaredas, mientras el sol nos achicharraba recalentando las agrietadas paredes del vehículo. En el paisaje ondulado y monótono, el camino se desarrollaba caprichosamente, más obscuro sobre el fondo amarillento del campo, descendiendo á los bañados en línea casi recta, como un triángulo isósceles de base inapreciable, ó subiendo á las lomas en curvas serpentinas que desaparecían de pronto para reaparecer más lejos como una cinta estrecha y ennegrecida por el roce de cien manos pringosas. Pocos árboles, unos, verdes y melenudos, como bañistas que salieran de zambullirse, otros, escasos de follaje, negros y retorcidos, como muertos de sed, salpicaban la campiña, cortada á veces por la faja caprichosa y fresca de la vegetación, siguiendo el curso de un arroyo, pero sin interés, con una majestad vaga y difusa, indiferente, en suma, para la mayoría, y mucho más para mí, que, medio adormecido, pensaba confusamente en mis compañeros, en Teresa, un poco en mi madre, desconsolada, y un mucho en la vida de desenfrenado holgorio que llevara durante tantos años en Los Sunchos. ¿Se había acabado la fiesta para siempre? ¿Me aguardaban otras mejores?
En las postas, mientras Contreras, los postillones y los peones «ociosos», lentos y malhumorados, reunían los caballos, siempre dispersos, aunque la galera tuviese días y horas fijos de «paso», los pasajeros todos bajábamos á estirar las piernas entumecidas en la inmovilidad. Como estas postas eran, generalmente, una esquina ó pulpería--pongamos mesón, para hablar castellano y francés al mismo tiempo,--se explicará la inevitable ausencia del refresco hípico, con la imperativa presencia del refresco alcohólico. Tatita pagaba la copa á todo el mundo, y la caña con limonada, la ginebra ó el suisé,[2] daban nuevas fuerzas á nuestros compañeros de viaje para seguir desempeñando resignadamente el papel de sardinas. ¡Cómo lo adulaban, exteriorizando familiaridades que parecerían excluir toda adulación! ¡Y cómo me sentía yo orgulloso de ser hijo de aquel dominador, tan servilmente acatado!...
Llegamos, por fin, á la ciudad, anquilosados por tan largas horas de traqueo. La galera rodó por las calles toscamente empedradas, despertando ecos de las paredes taciturnas, y haciendo asomarse á las puertas las comadres que nos seguían con la vista, curiosas, inmóviles y calladas, ladrar furiosos los perros alborotadores, correr tras el armatoste desvencijado la turba de chiquillos sucios y casi desnudos, cuyo entusiasmo tiene manifestaciones de odio, en la torpe confusión de los instintos y las sensaciones.
Y, al caer la tarde, entre resplandores rojizos, cálida y triste, la galera nos depositó frente á la casa de don Claudio Zapata, «la casa cristiana, donde no había malos ejemplos, perdición de los jóvenes», reclamada por mamita. Don Claudio y su mujer nos aguardaban á la puerta.
Ambos hicieron grandes agasajos á tatita, casi sin parar mientes en mí, lo que me lastimó mucho, pensando que estaban llamados á constituir provisionalmente toda mi familia. Con la indiferencia de mi padre y el apasionamiento de mi madre se llegaba á un término medio mucho más caluroso. Y esta primera impresión tuvo una fuerza incalculable: de semihombre que era en Los Sunchos, me sentí, de pronto, rebajado á niño, regresión que iba á seguir experimentando después, y que se manifestó de nuevo, en otras proporciones, cuando me estrené de lleno en la vida bonaerense, años más tarde...
La hembra de aquella pareja--¿era la hembra, aquel sargentón de fornidos hombros, pecho como alforjas, porte militar, gran cabellera castaña--postiza, claro,--bozo negro en el labio, mano de gañán, mirada imperativa, voz agria y fuerte, nariz de loro, pie de gigante? ¿Era el macho aquel pajarraco enclenque, delgado como una vaina de daga sobre la que se hubiese puesto una pasa de higo con bigote y perilla blancos (caricatura de tatita), con dos cuentas de azabache en vez de ojos?--La hembra, digo, al verme inmóvil y cortado, dando vueltas al chambergo al borde de la acera, creyó llegado el momento de representar su papel femenino, mostrándose algo afectuosa, y se dirigió á mí, diciéndome las palabras más agradables y maternales que se le podían ocurrir. Pero su voz tenía inflexiones desapacibles, y pese á sus melosos aspavientos, me produjo una sensación de antipatía, algo como una intuición de que todo aquello era falso y de que por su parte me aguardaban muchas desazones. Tan honda fué esta impresión que--vuelto á ser niño, como ya dije,--los ojos se me llenaron de lágrimas que disimulé y me sorbí como pude porque nadie advirtiera una emoción de que nadie se preocupaba en realidad, pero que hubiera desconsolado á mamita, si la hubiese supuesto y que la hubiera desesperado si la hubiese visto...
Algunos amigos de mi padre, noticiosos de su llegada, acudieron á saludarlo, y poco á poco llenóse de gente la vasta sala desmantelada, de la que recuerdo, como decoración y mueblaje, una docena de sillas con asiento de paja--las de enea ó anea de los españoles--dos sillones de hamaca, amarillos, montados sobre simples maderas encorvadas, paredes blanqueadas con cal, de las que pendían algunas groseras imágenes de vírgenes y santos, iluminadas con los colores primarios, como las de Epinal, ó las aleluyas, una consola de jacarandá muy lustroso y muy negro, sosteniendo un niño Jesús de cera envuelto en oropeles y encajes de papel, el piso cubierto con una vieja estera cuyas quebrajas dibujaban el damero de los toscos ladrillos que pretendía disimular, y el techo de cilíndricos troncos de palma del Paraguay, blanqueados también y medio descascarados por la humedad, como si tuvieran lepra.
Dos chinitas descalzas y vestidas con una especie de bolsas de zaraza floreada, atadas á la cintura formando buches irregulares y sin gracia, con las trenzas de crin, azul á fuerza de ser negro, pendientes á la espalda, la tez muy morena, las narices chatas, la mirada esquiva y recelosa como de animal perseguido, los ademanes bruscos é indecisos, como de semisalvajes, hacían circular entre las visitas el interminable mate siruposo, endulzado con grandes cucharadas de azúcar rubia de Tucumán, acaramelada con un hierro candente y perfumada con un poco de cáscara de naranja. Eran el acabado reflejo de las chinas de casa--que no he descrito,--pero menos resueltas, menos vivarachas, menos bonitas y más desarrapadas también.
Yo me aburría solemnemente, fuera del ancho círculo regular que formaban las visitas, sentado en un rincón obscuro, olvidado por todos, muerto de hambre, de cansancio y hasta de sueño, porque después de escuchar un rato la chismografía social y política á que se entregaban aquellos ciudadanos, hablando á ratos cuatro y cinco á la vez, mi atención se había relajado y me dejaba presa de un sonambulismo que sólo me permitía oir palabras sueltas, que no me sugerían sino imágenes borrosas é inconexas. Mi padre puso, por fin, término á esta situación, proponiendo un paseo «para estirar las piernas», frase cuyo significado interpreté al momento: irían hasta el café ó el club á jugar al billar ó el truco, y á beber el vermouth de la tarde. Fuí el primero que se puso en pie lanzando un suspiro de liberación. De los visitantes, unos se excusaron, otros se dispusieron á acompañar á tatita.
--¡No vuelvan tarde, que pronto va á estar la cena!--recomendó misia Gertrudis con una sonrisa avinagrada, la más dulce, sin embargo, de su corto repertorio.
Salimos, pues, y en el trayecto comencé á conocer la «maravillosa» ciudad de calles angostas y rectilíneas formadas por caserones á la antigua española, de un solo piso, algunas con portales anchos y bajos, pretendidamente dibujados á lo Miguel Ángel, sobre cuyo dintel solía verse, entre volutas, ya una imagen de bulto, ya el monograma I. H. S., flanqueados, algo más abajo, por series de ventanas con gruesas y toscas rejas de hierro forjado. Á cada cien varas ó menos se veía la fachada, el costado ó el ábside de alguna iglesia ó capilla, el largo paredón de un convento, y de algunas tapias desbordaban sobre la calle las ramas de las higueras, el follaje de las parras, el verdor grisáceo de durazneros y perales polvorientos. Por las ventanas abiertas solían entreverse, al pasar, las habitaciones interiores de las casas, análogas á la sala de don Claudio, con escasos muebles, piso de ladrillo ó de baldosa, tirantes visibles, paredes encaladas é ingenuos adornos cuyo motivo principal eran las estampas de santos, las vírgenes de yeso, y á veces un retrato de familia groseramente pintado al óleo. Todo aquello era primitivo, casi rústico, de un mal gusto pronunciado y de una inarmonía chocante, pero debo confesar que esta impresión es muy posterior á mi primera visita, porque entonces, sin entusiasmarme desmedidamente, la ciudad me causó un efecto de lujo, de grandeza y de esplendor que nunca había experimentado en Los Sunchos. ¡Qué hacerle! ¡Nadie nace sabiendo!
Sin embargo, más que todo aquello, me gustó la plaza pública, muy vasta y llena de árboles, con una gran calle circular de viejos paraísos cuyas redondas copas verde obscuro se unían entre sí formando una techumbre baja, una especie de claustro lleno de penumbra por el que se paseaban, en fila, dándose el brazo, grupos de niñas cruzados por otros de jóvenes que las devoraban con los ojos ó las requebraban al pasar, mientras que los viejos--padres benévolos y madres ceñudas,--sentados en los escaños de piedra ó de listones pintados de verde, mantenían con su presencia la disciplina y el decoro.
Apenas mi padre entró en el Café de la Paz con sus amigos, me hice perdiz y corrí á fumar un cigarrillo en el quiosco de madera que, para la música de las «retretas», se elevaba en mitad de la plaza, olvidado del hambre por el gusto de verme libre después de tan larga sujeción. Allí, entre nubes de humo, contemplé admirado aquel, para mí enorme, hormiguear de gente, y tras de los árboles, las casas y las pardas torres de las iglesias, allá lejos, las colinas que circundan la ciudad dejándola como en un pozo y que el sol poniente iluminaba con fulgores morados y rojizos. Y, de repente, un hondo, un irresistible sentimiento de tristeza se apoderó de mí: encontrábame solo, abandonado,--como si aquel cinturón de colinas me separara del mundo,--en medio de tanta gente y tantas cosas desconocidas, y me imaginé que así había de ser siempre, siempre, porque no existía ni existiría vínculo alguno entre aquella ciudad y yo. Ningún presentimiento profético me entreabrió el porvenir; todas mis ideas iban directamente hacia el pasado. Volví á experimentar, más aguda, la sensación de hambre, pero aquella congoja del estómago, más que física, parecía producida por el miedo, por una espectativa temerosa, como cuando, muy niño aún, los cuentos de la costurera jorobada me sugerían la presencia virtual de algún espíritu maléfico ó la aproximación de algún peligro desconocido. ¡Me sentí tan pequeño, tan débil, tan incapaz hasta de defenderme!... El mismo exceso de esta sensación hizo que la sacudiese, levantándome de pronto y corriendo hacia el Café de la Paz.
Cuando entré, las luces de petróleo, el rumor de las conversaciones, el chas-chas de las bolas en el inmenso billar, la presencia de mi padre y sus amigos me devolvieron la calma. Como todavía recuerdo el aspecto del cielo y de las cosas en aquella tarde memorable, creo que me había perturbado--ayudándola el cansancio y el trasplante,--la intensa melancolía del crepúsculo.
VIII
En casa de Zapata nos aguardaba hacía rato la cena, gargantuesca como toda comida de gala en provincia.
Alrededor de la mesa de mantel largo, muy blanca pero con tosca vajilla de loza y gruesos vasos de vidrio, además de don Claudio, misia Gertrudis, mi padre y yo, sentáronse varios convidados de importancia: don Néstor Orozco, rector del Colegio Nacional, don Quintiliano Paz, diputado al Congreso, el doctor Juan Argüello, abogado y senador provincial, don Máximo Colodro, intendente de la ciudad, y el doctor Vivaldo Orlandi, médico italiano, situacionista, que acumulaba los cargos de director del hospital, médico de policía y de la municipalidad, profesor del Colegio Nacional y no recuerdo qué otra cosa, con gran ira y escándalo de sus colegas argentinos.
El que absorbió toda mi atención en los primeros momentos fué, con justicia, el doctor Orlandi. Hombre de cincuenta y cinco á sesenta años, alto, delgado, seco, de ojos negros pequeños y vivísimos, cutis aceitunado y rugoso, nariz aguileña algo rojiza en el extremo, gran cabellera que, como el bigote y la perilla que llevaba á lo Napoleón III, era de un negro tan negro que resultaba sobrenatural, decía pocas palabras, con rudo acento piamontés, en tono siempre sentencioso y dogmático. Después me aseguraron que era un cirujano habilísimo, el mejor de las provincias, y que en su mano hubiera estado conquistar, como médico, la misma capital de la república. Esto no me admiró tanto como su sombrero de copa, inmenso y brillante, que llevaba de medio lado y hundido hasta las cejas cuando andaba por la calle y que, en la circunstancia, había puesto cuidadosamente sobre una de las consolas de jacarandá. También me ocupó don Néstor, anciano bajo y grueso, blanco en canas, de cara de luna llena, muy risueño siempre, amable conversador de ancha y roja boca, cuyos labios carnosos y sensuales relucían húmedos como besando las palabras que modulaba no sin gracia con una especie de cadenciosa melopea. Le gustaba hablar de «los tiempos de antes», y al referirse á su juventud parecía buscar el testimonio de misia Gertrudis con una sonrisa picarescamente expresiva. Varias veces se insinuó en la mesa que «había sido muy diablo», cosa que me hizo mucha gracia, sobre todo cuando replicó:
--Y no lo tienten al diablo... Porque todavía, todavía... Y acuérdense que más sabe por viejo que por diablo... ¿No es así, misia Gertrudis?
--¿Qué quiere que yo sepa, don Néstor?--contestó evasivamente el sargentón, con un tono de enfado que hizo sonreir á todos menos el marido.
Cuando mi padre habló, por fin, de mí, al servirse los postres--arroz con leche cubierto de canela en polvo, dulce de zapallo y de membrillo y tabletas y confites de Córdoba--yo me estremecí en el extremo de la mesa á que me habían relegado con la orden tradicional de «no meter mi cuchara», vale decir de no despegar los labios, como si quisieran que «aprendiese para estatua». Me estremecí porque tatita dijo:
--Aquí tienen ustedes un mocito que quiere hacerse hombre. Viene á estudiar para «doctor» y cuenta, como yo cuento, con la ayuda de los amigos. Es muy pollo todavía, pero tiene enjundia suficiente para no quedarse aplastado á lo mejor. Va á entrar al Colegio Nacional, y usted, don Néstor, bien puede darle una manito.
--Con mucho gusto--contestó el interpelado.--Hasta le pondremos cuarta si es preciso--agregó mirándome con sonrisa entre burlona y afectuosa.--¿Estás bien preparado para el examen de ingreso?
--¿Cómo dice?--balbuceé, no entendiendo la pregunta y con toda mi indígena descortesía, como si fuera el más «chúcaro» de mis jóvenes convecinos.
--Que si has terminado tus estudios en la escuela de Los Sunchos.
Comprendiendo á medias, contesté, no sin cierto orgullo:
--Era monitor.
--¡Ah!--exclamó don Néstor, divertidísimo.--¿Conque, monitor? ¡está bueno! ¡está bueno! Ser monitor no es moco de pavo, pero...
Tatita corrió en mi auxilio diciendo socarronamente:
--La verdad... La verdad es que no sabe muy mucho; pero, hay que considerar... hay que considerar lo brutos que son los maestros de campaña... Y el tal don Lucas de Los Sunchos es tan mulita que no sirve ni para «rejuntar» leña... ¡Vaya, don Néstor, no se haga el malo y no me lo abatate al chico... ya sabe que en el camino se hacen bueyes...! ¡Y usted, doctor--dirigiéndose á Orlandi,--dé un «arrempujoncito», pues hombre!
Esto fué dicho con tal jovialidad bonachona que todos se echaron á reir; todos menos, naturalmente, doña Gertrudis, que no conseguía llegar á mostrarse amable ni aun para adular á tatita.
--Tien l'aspetto mucho inteliguente--sentenció el doctor, examinándome con sus ojillos escrutadores.--Y los cóvenes creollos aprenden muy fáchile.
--Eso es verdad--asintió don Néstor.--Nuestra muchachada es viva como la luz. En cuanto á éste, ya se despertará en el Colegio. Si para admitir á los que vienen del campo exigiéramos que se presentaran al examen de ingreso como unos Picos de la Mirándola, el Colegio quedaría monopolizado por la ciudad. Por eso el examen es, á veces, una mera formalidad, casi un simulacro... Podemos hacer esta concesión, confiando en nuestro excelente plan de estudios y en el saber de nuestros profesores. Sí, amiguito; el Colegio Nacional no es la escuela primaria de Los Sunchos. ¡Aquí se hacen hombres!
Ya apareció aquello: «¡Se hacen hombres!» Este idiotismo había de perseguirme toda la vida sin que hasta ahora sepa yo lo que quiere decir.
--Preséntese el niño sin cuidado--continuó don Néstor, volviendo á su húmeda sonrisa que había abandonado un instante.--Ahora lo tratarán como si lo presentaran en bandeja. Pero, después, ¡cuidado con los exámenes de fin de curso! ¡Entonces... entonces habrá que saber, amiguito; hay que hamacarse!
Todo aquello de exámenes, colegio, profesores, plan de estudios, me parecían á veces, pamplinas, palabras sin sentido, gracias á mi profunda ignorancia; pero, inmediatamente después me intimidaban, como algo cabalístico y misterioso, como un rito terrible y arcano que sólo el poder de mi padre hacía accesible para mí,--tan accesible que todas las primeras dificultades se desvanecían ante su conjuro.--¿Por qué no habría de seguir siempre siendo así?... Y, ahito de comidas pesadas, mareado por el vino fuerte y amargo de la tierra, definitivamente rendido por la fatiga del viaje, comencé á dar cabezazos sobre la mesa, «á pescar» como decía tatita, soñando ya, semidespierto, con las pruebas de las sociedades secretas descritas en los novelones, como si se impusieran á un ser que, ajeno á mí, fuese al propio tiempo yo mismo.
--¡Se le van los bueyes, amigo!--gritó mi padre al verme dar con la frente en el mantel maculado de salsas y de vino.--Váyase á hacer nono. Mísia Gertrudis, ¿dónde es el cuarto del chacho?
--Yo lo he de llevar--dijo la vieja, levantándose y haciendo terminar para mí aquella comida que debió asumir colosales proporciones, pues mucho más tarde parecióme oir, entre sueños, gran vocerío é inextinguibles carcajadas.
Algo monótonos, pero agradables por la libertad que me procuraba mi papel de cola de tatita, á quien seguía á todas partes, esquivándome en todas para fumar ó corretear, pasaron los días que me separaban del misterioso y vagamente temido examen de ingreso.
Entré en la vasta aula, abovedada y solemne, pese á su poca elevación y merced á su aspecto alargado de catacumba, y me mezclé con otros chicos, más azorados que yo, casi sin ver la mesa examinadora, allá, en el extremo de la sala, destacándose con su tapete verde, su campanilla de plata y el amenazante bombo de las bolillas, sobre la pared blanca de cal, bajo un gran crucifijo negro, de madera, y tras de la cual se sentaban, en el medio don Néstor con su sonrisa, á la derecha el doctor Orlandi con el bigote y la perilla más negros que el betún, y á la izquierda un hombrecillo pálido y enjuto como un haz de sarmientos, quien, según después supe, era el doctor Prilidiano Méndez, profesor de latín, idólatra de esta lengua que, muerta y todo, era para él el Paladión del saber y la civilización humanos: quien ignorara el latín «estaba dispensado de tener sentido común», y quien lo supiera podía, á su juicio, ignorar todo lo demás y ser, sin embargo, una deslumbrante lumbrera.
No entendí nada en los abracadabrantes interrogatorios sufridos por los muchachos que me precedieron, y preguntas y respuestas eran para mí un zumbido molesto de cosas informes, el rezongo de una liturgia desconocida. Pero una desazón me oprimía el pecho, perdido ya completamente mi aplomo de Los Sunchos, y cuando me llegó la vez, á pesar de mi convicción de invulnerabilidad, tiritando me acerqué á la silla que, en medio de un espacio vacío y frente al tapete verde, me parecía el banquillo de un acusado si no de un reo de muerte...
¿Qué me preguntaron primero? ¿Qué contesté? ¡Imposible reconstituirlo! Sólo recuerdo que don Prilidiano se inclinó al oído de don Néstor, y murmuró, no tan bajo que yo no lo oyera, con los sentidos aguzados por el temor:
--¡Pero si no sabe una palabra!
--¡Bah! Para eso viene, para aprender. Es el hijo de Gómez Herrera--dijo don Néstor.
--¡Ah! entonces...
El doctor Orlandi cortó el aparte, preguntándome:
--¿Cuále é il gondinende más grande del mondo?