Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 3
Era la hija única de don Higinio Rivas (don Inginio para el pueblo), personaje que compartía con mi padre, muy secundariamente, la dirección política del departamento. Se llamaba Teresa y, según la ve ahora mi experiencia, no pasaba en aquel tiempo de ser una muchacha casi tan vulgar como su nombre (¿ó es que el nombre me parece vulgar porque lo llevaba ella?). Sin embargo, resultaba entonces para mí la flor de la maravilla, porque tenía el divino prestigio de la juventud, y porque en nuestra democracia campesina ocupaba en realidad un puesto análogo al de una princesa, así como yo podía parecer un príncipe sin corona. Morena, de cabellos y ojos negros, cara oval, nariz fina y recta, boca grande y roja, barbilla un tanto avanzada, sin rasgo alguno notable, tenía, no obstante, una tez aterciopelada de morocha, sonrosada en las redondas mejillas, que era un verdadero encanto é invitaba á besarla, ó á morderla como un fruto maduro. De estatura mediana, gruesa por falta de ejercicio y exceso de golosinas y mate dulce, parecía bajita y esto le afeaba un tanto el cuerpo que, más esbelto, hubiera resultado gracioso. En cambio, tenía el don de atraer con su mirada bondadosa y suave, como lejana ó dormida, y con su palabra lenta y melosa á causa de un ligero ceceo y de las inflexiones largas y cantantes de la voz. Era, en suma, una criollita poco excepcional, pero en Los Sunchos hubiera obtenido el primer premio, á estilarse allí los concursos de belleza. Siempre á una ventana del viejo caserón que, rodeado de árboles, daba frente á casa en la calle de la Constitución, Teresa, que fué mi compañera en la primera infancia, me seguía infatigablemente con los ojos en mis continuas idas y venidas, sin que yo parara mientes en aquel interés, ni tratara de investigar sus causas. Pero cuando sentí las iniciales aspiraciones amorosas y comencé á soñar en la mujer ideal, el instinto me llevó á fijar la vista en ella, como en la posible realización de mi deseo poético de conquistar el primer perfume de una flor de invernáculo, ó por lo menos de jardín cultivado y custodiado. Aquel «hortus conclusus» llegó, en fin, á detener mi atención y á despertar en mí un sentimiento exteriormente parecido al amor; amor cerebral, apenas, primer despertamiento de la imaginación en consorcio con los sentidos, como lo prueba la forma en que me di cuenta de que lo experimentaba...
Era una noche, tarde ya, y mientras todos dormían en casa, yo leía con entusiasmo la _Mademoiselle de Maupin_, de Teófilo Gautier; como á Paolo y Francesca los amores de Lancelotto, aquel libro sensual me produjo extraordinario y repentino vértigo. La sugestión surgió, imperativa, y, como si se iluminara de golpe mi cerebro, vi rodeada de un nimbo la imagen de Teresa, tal como nunca se había presentado á mis ojos ni á mi imaginación, hermosa, provocativa, con un encanto nuevo y fascinador. Tan poderoso fué este choque recibido por mi espíritu, que--cual si se tratara de una cita convenida de antemano,--salté de la cama con arrebato infantil, me vestí á toda prisa, y sin pensar en la ridiculez y la inutilidad de mi acción, salí á la calle y, envuelto en la sombra de la noche, sola ánima viviente en el pueblo amodorrado, comencé á tirar piedrecitas á los vidrios de la que, improvisamente llamaba ya «mi novia», con la esperanza de verla asomarse y de trabar con ella el primer coloquio sentimental, vibrante de pasión... Como ni ella ni nadie se movió en la casa, al cabo de una hora de salvas inútiles me volví desalentado, como quien acaba de sufrir un desengaño terrible, creándome toda una tragedia de indiferencia, infidelidades y perfidias, en la que no faltaban ni el rival, ni el perjurio, ni el arma homicida con sus consiguientes lagos de sangre.
¡Oh, imaginación desenfrenada! ¿Quién podrá admitir que, sin otra causa que el propio demente arrebato, aquella noche pensé en el suicidio, lloré, mordí las almohadas y representé para mí solo toda una larga escena de violencias románticas?... Hoy quizá me explique aquel estado de ánimo. De mí podía decirse, seguramente, que por la edad y el temperamento, amén de las lecturas especiadas, me hallaba en el punto en que no se ama una mujer, ni la mujer en general, sino sencillamente en que se comienza á amar el amor; situación difícil y peligrosa, á poco que falten los derivativos.
Pero, con toda mi desesperación, después de divagar, algo febril, acabé por dormirme tan tranquilo, como si nada hubiese pasado. La pesadilla en vigilia cedió su lugar al sueño sin ensueños de la adolescencia que se fatiga hasta caer rendida con el esfuerzo físico de largas horas.
V
Al día siguiente, bien temprano, cuando desperté, como si el sueño hubiese sido sólo un paréntesis, y aunque me sintiera fresco, dispuesto y con la cabeza despejada, reanudóse la pesadilla y la imaginación recobró sobre mí su imperio tiránico. Menos nervioso, sin embargo, me vestí con un esmero que no acostumbraba, y me dirigí á casa de Teresa, resuelto á aclarar la situación, absolver posiciones, y, si á mano venía, enrostrarle su desvío y acusarla de traición. Y, en pleno drama, me sentía alegre.
Ya he hablado de la vehemencia de mi carácter y de mi empuje para realizar mi voluntad; no extrañará, pues, que en aquella época estas peculiaridades llegaran á la ridiculez, y menos si se tiene en cuenta, por una parte, que dada la inexperiencia de la muchacha mi tontería no resultaría para ella ridícula, sino dramática, y por otra, que aquella mañana primaveral hacía un calor bochornoso y enervante, soplaba el viento norte, enloquecedor, el sol, á pesar de la hora temprana, echaba chispas, y la tierra húmeda con las lluvias recientes, desprendía un vaho capitoso, creando una atmósfera de invernáculo.
Don Inginio acababa de salir á caballo, y Teresa tomaba mate, paseándose lentamente en el primer patio, cuando yo llegué. Al atravesar nuestro jardín asoleado y la calle, cuyo suelo de tierra abrasaba bajo el sol, sentí como un zumbido en el cerebro, y toda mi tranquila frescura desapareció. No vi á Teresa, no vi más que una imagen confusa, morena y sonrosada, con largas trenzas cadentes sobre el suelto vestido de muselina, y olvidando toda la escena combinada en mi cuarto, corrí hacia ella, la así de la cintura y exclamé con arrebato, como si la niña estuviera ya al corriente de cuanto había pasado ó yo imaginara.
--¿Por qué sos así?
Este ex abrupto, casi demente, produjo su efecto natural, cuya lógica comprendí, aunque no estuviese acostumbrado á tales repulsas. No se trataba de una de mis siervas, y aquel arranque la sobrecogió, la espantó, la indignó. Con violento ademán, se libertó de mi brazo, y en su movimiento medroso y brusco dejó caer y rodar por las baldosas el mate que se rompió con sordo ruido, mientras la bombilla de plata saltaba repicando con notas argentinas.
La reacción se produjo bruscamente en mí. Al acto impulsivo y brutal siguió una timidez extrema. Quise decir algo y sólo acerté á iniciar la frase con un risible «pero... pero...» varias veces repetido. Traté, nuevo Quijote, de recordar alguna circunstancia análoga, leída en los libros, pero no evoqué sino hechos vagos y caricaturescos, enteramente fuera de situación, y, con el amor propio herido por la vergüenza, allí hubiese puesto fin á las cosas, si la muchacha, magnífica é instintivamente femenina, no me hubiera tendido un puente y quitado toda importancia á la escena, diciéndome con su ligero ceceo, mientras recogía la bombilla y los restos del mate:
--¡Qué zuzto me haz dado! Eztaba diztraída.
No agregó más. Era innecesario y no le hubiera sido fácil. Pero aquellas pocas palabras bastaron para devolverme el aplomo, y me permitieron buscar un nuevo plan, otro punto de partida para el ataque. Y, sin mucho cavilar, comprendiendo instintivamente que en el presunto enemigo podía ver un secreto aliado, comencé por donde primero se me ocurrió, es decir, por la más tonta de las trivialidades.
--¿Has visto--pregunté con acento indiferente,--la cantidad de macachines que hay en el campo?
Como si aquello la interesara de veras, sonrió, dió un paso hacia mí, é inquirió, clavándome los ojos, negros y francos:
--¿Hay muchoz?
--¡Muchísimos! ¿Querés que te traiga?
--¿Con ezte zolazo? ¡No, no! Te podría dar un ataque á la cabeza.
--¡Bah! El sol no me hace nada. Siempre ando al sol y nunca me hace nada.
--Ademáz, no me guztan.
Lo dijo con mucha coquetería, ruborizada, encantadora por el ceceo, la sonrisa tierna, el brillo feliz de los ojos. Yo busqué otro obsequio.
--¿Y los huevos de gallo?
--¡Oh! Ezo zí; pero no para comerloz: los pongo en los floreros, con los penachos de cortadera, y resultan máz bonitoz...
--¡Pues ya verás! ¡Ya verás el montón que te traigo!--exclamé con resolución, como si prometiera realizar una hazaña, tanto que, alarmada, tratando de detenerme dulcemente, porque yo salía ya á toda prisa:
--¡No vayas á hacer ningún dizparate, Mauricio!--suplicó.
--¡Dejá, dejá no más!
Y salí corriendo, sí. Por tres razones: porque la situación, mucho menos tirante que en un principio, no dejaba, todavía, de serme embarazosa; porque aquel pretexto, aunque traído de los cabellos, me servía á maravilla para retirarme con dignidad, dejando pendiente la escena, y porque acababa de ocurrírseme un acto romántico que, trasnochado y todo, era de los que siempre producirán gran efecto en el corazón femenino. Huevos de gallo, no había, por el momento, sino en una barranca á pico, junto al arroyo, y las matas de la plantita silvestre, cuyos frutos aovados y nacarinos son la delicia de los muchachos, colgaban sobre lo que podía llamarse un abismo, apenas más arriba de las cuevas de los loros barranqueros, expertos descubridores de sitios inaccesibles para instalar su nido.
Los que arriesgan la vida por realizar el capricho de una mujer amada, sea en las traidoras neveras, buscando la flor de los hielos, sea en el cubil para recoger un guante perfumado entre las fauces de las fieras, tenían toda mi admiración, no sólo por su heroísmo, sino también porque su voluntad les llevaba á la realización de sus apasionados deseos. ¡Ésos son hombres! Quieren un triunfo, un placer, y se lo pagan sin fijarse en el precio, más grandes que quien tira su fortuna por un capricho, aunque éste sea muy grande también, pese al ridículo de que suelen rodearlo los que no comprenden su acción heroica. Yo me sentía capaz de hacer lo mismo que los primeros, y agregaré que aun me sentiría con disposiciones análogas, si el motivo determinante fuera de mayor cuantía. Así como en la adolescencia fuí capaz de exponerme por ofrecer huevos de gallo á una chiquilla, así también, ahora que peino canas, me siento apto para intentar cualquier esfuerzo, heroico ó no, loable ó vituperable, si de él depende el logro de un fin que me importe mucho. Qué fin no hace el caso. Bástame con afirmar mi capacidad de acción.
Una hora después de mi brusca partida, volvía yo á casa de Teresa con el pañuelo lleno de grandes perlas verdosas, semitransparentes, que se destacaban sobre el verde más obscuro y sucio de las hojas. La niña recibió el regalo con regocijo y se empeñó en que le contara dónde y cómo había hecho la hermosa cosecha. En el lenguaje tosco é impreciso que era entonces mi único medio de expresión, relaté la aventura, el descenso hasta la mitad de la Barranca de los Loros, valiéndome de una cuerda atada á un árbol al borde del abismo, los chillidos alborotados y furiosos de los loros al creerse atacados, las oscilaciones de la cuerda en el vacío, mientras arrancaba la fruta y la metía en los bolsillos, el dolor de las manos quemadas por el roce violento, la dificultad de la ascensión final, cuando hubiera sido tan fácil, si la cuerda alcanzara, bajar hasta el arroyo que corría á diez metros de mis pies... Teresa, maravillada, me acosaba á preguntas, obligándome á completar el relato con minuciosos detalles, muchos de ellos inventados ó evocados de mis lecturas, para dar más realce á la proeza. Los ojos le brillaban de entusiasmo. Sus labios, algo gruesos y tan rojos, sonreían con expresión admirativa, y, al propio tiempo, angustiada, y sus mejillas se coloraban y empalidecían alternativamente. Cuando terminé:
--¡Muchaz graciaz!--murmuró.--¡Zos muy valiente!
Y se puso encarnada como una flor de seibo, mientras bajaba la vista para mirar las frutitas que sostenía con ambas manos en el delantal.
Pensé que la situación había cambiado radicalmente; pero no me atreví á utilizar sus ventajas, ó no encontré el medio de aprovecharlas. Limitéme á decir que aquello no tenía importancia, que cualquiera hubiese hecho lo mismo, que estaba pronto á todo por complacerla... Me dió, en premio, un ramito de jazmines del país, que ella misma cultivaba, y me dijo sonriente, al despedirme:
--Y no hagáz como antez, no seaz tan «chúcaro». Vení á vernos de cuando en cuando.
--¡Ya lo creo que vendré!
Y fuí todos los días, á veces mañana y tarde, preferentemente cuando don Inginio no estaba en casa. Renació así la intimidad de la niñez, pero en otra forma. Aunque evidentemente enamorada de mí, aunque cándida y confiada, Teresa se mantenía en una reserva que, en otra mujer, hubiera parecido calculada y hábil. Sin tomar demasiado á mal mis avances, sabía tenerme á distancia y rechazar sin acrimonia toda libertad de acción, permitiéndome, en cambio, todas las que de palabra me tomaba. Éstas no eran muchas, á decir verdad, porque los abstrusos ó almibarados requiebros que me proporcionaban algunas novelas, me parecían incomprensibles para ella, é inadecuados por añadidura, mientras que las fórmulas oídas en mi mundo rústico é ignorante, las burdas alusiones, los equívocos rebuscados y brutales, la frase cruda, grosera, primitivamente sensual, asomaban, sí, á mis labios, pero no salían de ellos, por una especie de pudor instintivo que era, más bien, buen gusto innato comenzando á desarrollarse. Jugábamos, en suma, como chiquillos, corriendo y saltando, nos contábamos cuentos y ensueños, y había en ella una mezcla de toda la coquetería de la mujer y todo el candor de la niña, que irritaba y, al propio tiempo, tranquilizaba mis pasiones...
VI
Tal fué la primera parte de mis primeros amores serios, que no pasaron, naturalmente, inadvertidos para don Inginio, quien no les puso obstáculos, sin embargo, considerando que el hijo de Gómez Herrera y la hija de Rivas estaban destinados el uno á la otra, por la ley sociológica que rige á las grandes casas solariegas, en el sentir de los creyentes, todavía numerosos, en estas aristocracias de nuevo ó de viejo cuño. Aquel astuto político de aldea, calculaba, sin duda, que si bien mi padre no poseía una fortuna muy sólida, el porvenir que se me presentaba no dejaría de ser, gracias á mi nombre, fácil y brillante, sobre todo si tatita y él se empeñaban en crearme una posición. Ni al uno ni al otro le faltaban medios para ello, y los dos unidos podrían hacer cuanto quisieran.
Bajo y grueso, con la barba blanquecina y los bigotes amarillos por el abuso del tabaco negro, la melena entrecana, los ojos pequeños y renegridos, semiocultos por espesas cejas blancas é hirsutas, la tez tostada, entre aceitunada y rojiza, don Inginio parecía, físicamente, un viejo león manso; moralmente era bondadoso en todo cuanto no afectaba á su interés, servicial con sus amigos, cariñoso con su hija, libre de preocupaciones sociales y religiosas, de conciencia elástica en política y administración, como si el país, la provincia, la comarca, fueran abstracciones inventadas por los hábiles para servirse de los simples, socarrón y dicharachero en las conversaciones, á estilo de los antiguos gauchos frecuentadores de yerras y pulperías. Rara vez se quedaba entre Teresa y yo; prefería dejar que el destino urdiera su tela, pronto, sin embargo, á intervenir en el momento oportuno para la mejor realización de sus proyectos. Aunque conociera gran parte de mis diabluras y excesos, parecía no temer que yo abusara de la situación, quizá por su absoluta confianza en Teresa, quizá, también, porque contaba con mi temor y mi respeto hacia él, considerándose excepcionalmente defendido por su prestigio y por mi propio interés. Para demostrarme cuál era éste, me decía, á menudo, que mi padre y él harían de mí «todo un hombre», haciéndome vislumbrar la fortuna y el éxito. Teresa, al oirlo, aprobaba calurosamente, y yo me quedaba perplejo, sin poder adivinar sus planes, é intrigado con ellos.
--¿Qué quiere decir don Inginio cuando habla de hacerme «todo un hombre»?--pregunté un día á Teresa.--¿Te ha dicho algo sobre eso?
--Puede ser--contestó con sonrisa indefinible, llena de reticencias.--Lo único que puedo decirte--agregó, muy afirmativa,--es que tatita te quiere mucho, y que siempre hace todo lo que dice.
No tardaría, por mal de mis pecados, en conocer aquellos proyectos, que habían de darme los primeros días desgraciados de mi vida.
Entretanto, y como si temiera un pesar futuro, Teresa me demostraba un afecto cada vez más tierno, entusiasta y confiado, y me miraba con cierta admiración, dulce caricia á mi amor propio y causa de obscura felicidad.
Satisfecho por el momento con estas sensaciones tan gratas, no intenté renovar la fracasada tentativa y me mantuve en actitud correcta, desahogando el exceso de mi vitalidad, el ansia insaciada de acción, en las antiguas correrías picarescas con los pillastres del pueblo que, ya mayorcitos, habían ensanchado, como yo, el teatro de sus diversiones, refinando y complicando también los elementos de éstas. Pero cada vez me sentía menos interesado por mis camaradas. Más precoz que casi todos ellos, atraíanme los hombres hechos y derechos, cuyos placeres me parecían más intensos y picantes, más dignos de mí, y por esto se me veía continuamente en los cafés, donde se jugaba á los naipes, en el reñidero, en las canchas, en todos los puntos de alegre reunión, donde si no se me recibía con regocijo, tampoco se me demostraba enfado ni desdén.
Pero esta agradable vida y mis inocentes amores se interrumpieron á un tiempo, de allí á poco. Tatita, inspirado por don Inginio, según supe después--y aquí comienza la realización de los misteriosos proyectos de éste,--declaró un día que la enseñanza de don Lucas era demasiado rudimentaria para prepararme al porvenir que me estaba deparado, y que había resuelto hacerme ingresar en el Colegio Nacional de la capital de la provincia, antesala de la Facultad de Derecho, á la que me destinaba, ambicionando verme un día doctor, quizá ministro, gobernador, presidente... Recuerdo que, al comunicarme su decisión, lo hizo, agregando juiciosas consideraciones:
--El saber no ocupa lugar. Pero no es eso sólo. En la ciudad te relacionarás muy bien, gracias á mis amigos y correligionarios, y una relación importante, una alta protección, valen más en la vida que todos los méritos posibles. También, sepas ó no sepas, el título de doctor ha de servirte de mucho. Ese título es, en nuestro país, una llave que abre todas las puertas, sobre todo en la carrera política, donde es imprescindible, cuando se quiere llegar muy lejos y muy alto. Algunos han subido sin tenerlo, pero á costa de grandes sacrificios, porque no ostentaban esa patente de sabiduría que todo el mundo acata. Pero, en fin, aunque no llegaras á ser doctor, siempre habrías ganado, en la ciudad, buenas cuñas para los momentos difíciles y para el ascenso deseado, conociendo y conquistándote á los que tienen la sartén por el mango y pueden «hacerte cancha» cuando estés en edad.
La resolución de mi padre me dió un gran disgusto, pues preví que cualquiera cosa nueva sería peor que la vida de holganza y libertad á que estaba acostumbrado. Me opuse, pues, con toda mi alma, protesté, hasta lloré, tiernamente secundado por mamita, que no quería separarse de mí, y para quien mi ausencia equivalía á la muerte, siendo yo el único lazo que la ligaba á la tierra. Mi resistencia, airada ó afligida, según el momento, fué tan inútil como las súplicas maternas: tatita no cedió esta vez, tan profundamente lo había convencido don Inginio, entre otras cosas con el ejemplo de Vázquez, fletado meses antes á la ciudad, aunque su familia no tuviese los medios de la nuestra.
--Mire, misia María--dijo irónicamente mi padre á mamá, que insistía en tenerme á su lado.--Deje que el mocoso se haga hombre. Prendido á la pretina de sus polleras, no servirá nunca para nada.
Mi madre calló y se limitó á seguir llorando en los rincones, de antiguo sometida sin réplica á la voluntad de su marido. Rogó y consiguió, tan sólo, que se me pusiese en una casa cristiana, donde no hubiera malos ejemplos, perdición de los jóvenes, juzgándome, en su candor, tan blanco é inocente como el cordero pascual. Yo, entretanto, fuí á desahogar mi dolor en el seno amante de Teresa.
¡Con qué asombro vi que consideraba mi destierro como un sacrificio penoso, pero necesario para mi felicidad! Ganas tuve hasta de insultarla, cuando me dijo ceceando, con los ojos llenos de lágrimas, en su lenguaje indeterminado á veces, que mi partida era para ella un desgarramiento, que me iba á echar mucho de menos y le parecería estar completamente sola, como muerta, en el pueblo, pero que, como se trataba de mi bien, se consolaba pensando en volverme á ver hecho un personaje.
--Además--agregó,--la ciudad te va á gustar mucho, te vas á divertir, te vas á olvidar de Los Sunchos y de tus amigos. ¡Esto sería lo peor!--suspiró tristemente.--¡En cuanto le tomes el gusto ya no querrás volver!
--¡No seas tonta! ¡Lo único que yo quisiera sería quedarme!...
Llegó el día de la partida. Momentos antes de la hora corrí á despedirme de Teresa que me abrazó por primera vez, espontáneamente, llorando, desvanecida la entereza que se había impuesto para infundirme ánimo. Yo me conmoví, sintiendo por primera vez también que quería de veras á aquella muchacha ó que tenía un vago temor de lo futuro desconocido y me aferraba conservadoramente á la familia.
En casa, mamita, hecha una mar de lágrimas, renovó la escena, dramatizándola hasta el espasmo, y su desconsuelo produjo en mí una extraña sensación. No había que exagerar tanto; yo no me iba á morir y puede que, por el contrario, me esperaran muchos momentos agradables en la ciudad... La desesperación materna tuvo la virtud de devolverme la sangre fría.
Cuando, en la puerta de casa, se detuvo la diligencia que, tres veces por semana, iba de Los Sunchos á la ciudad y de la ciudad á Los Sunchos, habían llegado en manifestación de despedida los notables del pueblo: don Higinio Rivas, alegre y dicharachero, el intendente municipal, don Sócrates Casajuana, muy grave y como preocupado de mi porvenir, el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra, protector conmigo, servil con tatita, el comisario de policía, don Sandalio Suárez, que, tirándome suavemente de la oreja, tuvo la amabilidad de explicarme: «En la ciudad no hay que ser tan cachafaz como aquí. Allí no hay tatita que valga, y á los traviesos los atan muy corto.» Entre otros muchos, no olvidaré á don Lucas que creyó de su deber alabar mis altas dotes intelectuales y de carácter, y vaticinarme una serie indefinida de triunfos:
--¡Este joven irá lejos! ¡Este joven irá muy lejos! ¡Será una gloria para su familia, para sus maestros--entre los cuales tengo el honor de contarme, aunque indigno,--para sus amigos y para su pueblo!... Estudie usted, Mauricio, que ningún puesto, por elevado que sea, resultará inaccesible para usted...
En seguida, como si sus vaticinios fueran de inminente realización, agregó:
--Pero, cuando llegue la hora de la victoria, no olvide usted al humilde pueblo que ha sido su cuna, haga usted todo cuanto pueda por Los Sunchos.
--¡Sí! ¡Que nos traiga el ferrocarril, y... y un Banquito!--dijo burlonamente don Inginio.
Todos rieron, con gran disgusto de don Lucas, que quería ser tomado en serio.